El invierno seguía su curso, las Navidades habían quedado atrás pero no el frío y la humedad. Al llegar febrero la nieve se fundió en los alrededores del colegio, pero la sustituyó un tiempo frío y lluvioso muy desalentador. Había unas nubes bajas de color entre gris y morado suspendidas sobre el castillo, y una constante y gélida lluvia convertía los jardines en un lugar fangoso y resbaladizo. En las mazmorras el profesor Snape corregía los deberes que los alumnos le habían entregado tras las vacaciones. El frío y la humedad parecían penetrar a través de los muros. El hombre hizo un suave giro de muñeca y agitó su varita, acto seguido un par de troncos cayeron en la chimenea avivando el fuego. Era casi media noche y estaba cansado, pero aún le quedaban los trabajos de los de primero por corregir. Levantó la vista de los pergaminos y observó la botella medio vacía que restaba en la esquina de la mesa, por un momento estuvo tentado de llenarse un vaso y terminar con los restos de licor que quedaban, pero desechó la idea. Poco a poco el sueño fue apoderándose de él hasta que cayó dormido encima del escritorio. El fuego fue extinguiéndose hasta dejar la habitación fría y húmeda.
A la mañana siguiente se levantó con el cuerpo dolorido. Estaba helado y le crujían las articulaciones con cada paso que daba. Se dio una larga ducha de agua caliente para entrar en calor, pero aun así le quedó un poco de frío en el cuerpo que esperaba que se le fuera yendo si se abrigaba lo suficiente. Al salir de la ducha notó como le flaqueaban un poco las piernas y tomó la decisión de no bajar a desayunar al gran comedor y pedir a un elfo que le trajera la comida a su despacho. Tras comerse el desayuno empezó a encontrarse un poco mejor así que se puso manos a la obra con los preparativos para las clases. Por la tarde tenía doble hora con los de primero y eso requería bastante trabajo y una gran dosis de paciencia. Mientras la mayoría de sus alumnos eran unos zoquetes, Johanna destacaba más y más con cada clase. Era la primera alumna que tenía de quien podía sentirse orgulloso, pero por cuestión de orgullo no podía reconocerlo ni dejar que ella lo notara. Después del día de Navidad no se habían vuelto a ver a solas, y para él era mejor de esa forma ya que cada vez le costaba más controlarse y eso le crispaba. Después de tanto tiempo no soportaba la idea de perder el control de esas maneras por una mujer. Se repetía una y mil veces que no podía ser, que además de ser su alumna era mucho más joven. Pero cada vez que se esforzaba en sacarle puntos negativos a la situación una vocecita interior surgía para decir "es mayor de edad, y tiene suficiente cabeza como para saber lo que está haciendo". Pero aun así, su parte racional conseguía callar la vocecilla interior que lo empujaba al vacío de una relación tóxica para los dos. Él, por su lado, seguía castigándose por la pérdida del único amor de su vida y ella, si seguían con ese peligroso juego, corría el riesgo de acabar demasiado apegada a alguien tan indeseable como él y no podía permitirlo.
Cuando terminó de preparar la lección de la tarde, se levantó para estirar un poco las piernas. En los pasillos del castillo no hacía tanta humedad como en las mazmorras, pero aun así se notaba el frío. No había alumnos molestos correteando pues estaban todos en sus respectivas clases y aprovechó para salir a los jardines. Ni un rayo de sol conseguía atravesar la gruesa capa que cubría el cielo. Snape decidió volver dentro, pues en cualquier momento empezaría a llover.
De vuelta a su despacho se sentó en una de las butacas de terciopelo verde y se perdió tras las páginas de Ars Almadel. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando el alboroto de los estudiantes en el pasillo lo sacó de su ensimismamiento.
La clase empezó con la misma tranquilidad de todos los días. Los estudiantes, temerosos, prestaban atención a las explicaciones e instrucciones del profesor. Pero lo difícil estaba por venir.
Severus apuntó en la pizarra los ingredientes para la poción que tenían que preparar junto a las instrucciones, y los estudiantes rápidamente tomaron nota.
POCIÓN CALMANTE
Opio en polvo
Hojas de adelfa
Estramonio
Arena fina
Roca volcánica
En un caldero de cobre calentar agua a 30 grados y echar la arena poco a poco, es preferible que la arena no se pose. Echar 5 gramos de opio y 1 gramo de estramonio, cuando adquiera un color amarillento echar hojas de adelfa cada minuto hasta que adquiera un color rosado. Cuando sea rosa claro echar la roca volcánica, que se hundirá. Esperar hasta que la piedra flote, entonces ya estará lista para tomar.
Los alumnos se apresuraron en coger los ingredientes que les hacían falta para empezar a preparar su poción cuanto antes.
Era una poción bastante sencilla y esperaba que a pesar de la torpeza natural de los muchachos, esta vez no tuvieran demasiados problemas. Pero era pedir demasiado puesto que a los treinta minutos de haber empezado un alumno se mareó con los vapores del opio por haber echado demasiado y se desplomó haciendo que sus ingredientes y los de dos de sus compañeros cayeran al suelo. Snape cogió al alumno en brazos e hizo una señal a Patrik que estaba en el otro lado del aula dando indicaciones a unas chicas de Griffindor.
- Mientras yo llevo al señor Brown a la enfermería, el profesor Idnoril se queda al cargo. Terminad vuestras pociones y entregadle una muestra al profesor para que os pueda evaluar.
Sin decir nada más salió por la puerta con el niño en brazos dejando a la clase totalmente en silencio. Con las prisas no se dio cuenta de que Johanna se quedó mirándolo hasta que desapareció tras la puerta. Aunque lo más probable es que tampoco se hubiera dado cuenta puesto que había evitado cruzar la vista con la chica des del inicio de la clase.
En la enfermería, Severus dejó al joven en manos de la anciana Señora Pomfrey y de su sobrina quien iba a relevarla de sus funciones en un par de años. Severus conocía a Diane Pomfrey, coincidieron en Hogwarts y alguna que otra vez ella le había ayudado a curar las secuelas de algunas de las maldiciones lanzadas por el grupo de Potter. Era una Hufflepuff que desde joven ya destacaba en los hechizos y pociones curativas. Hacía dos años que había dejado San Mungo para tomar el relevo a su tía en la enfermería del colegio.
Severus dejó al chico en buenas manos y volvió a su clase que ya habría terminado. Al entrar en el aula solo quedaban dos personas. Sentado en su escritorio, Patrick le señalaba a Johanna partes de un libro que la chica miraba con atención y un leve sonrojo en las mejillas. El profesor sintió como le hervía la sangre y cerró la puerta con un sonoro portazo para, a continuación cruzar la habitación a grandes zancadas. Los dos jóvenes se dieron la vuelta para comprobar el origen del ruido. Johanna percibió como Patrick perdía un poco de color en su rostro. De un salto se levantó de la silla del profesor y se apartó unos centímetros para dejarle paso.
- La clase ha terminado. – Dijo el profesor mirando a su ayudante con rostro severo.
- Que agradable eres cuando quieres. – Susurró Johanna.
Patrick se despidió de la chica con un guiño y se retiró. Johanna también se fue dejando al profesor solo en su aula ya vacía. Miró las botellas que había encima de la mesa. Solo la mitad eran rosas, la otra mitad oscilaba entre púrpura y fucsia aunque había algunas que habían adoptado un tono verde e incluso alguna amarilla. Severus creía que la ineptitud de sus alumnos no podía asombrarlo más, pero se superaban año tras año. En medio de aquella catástrofe de pociones maltratadas, resaltaba una. Una que tenía el tono de rosa perfecto, él ya sabía a quién pertenecía antes incluso de mirar la etiqueta. Cogió la botella y la levantó para ver su contenido a trasluz, era perfecta ni él la podría haber hecho mejor. No tenía mucho mérito pues era una poción sencilla, pero aun así volvía a estar realizada con la misma metódica perfección con la que lo hubiera hecho él. Cuando leyó el nombre de la etiqueta, el corazón empezó a latirle con fuerza y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
- ¡Patrick! – Gritó el profesor.
De la puerta del fondo salió su ayudante.
- Termina tú de corregir este desastre. – Le dijo señalando el montón de botellitas de su escritorio. – Yo tengo que salir.
Se puso en pie y dejó a su ayudante con la tarea que le había encomendado. Necesitaba despejarse, así que decidió ir en busca de algunos ingredientes al bosque prohibido. Había ciertas flores que solo se podían ver en las noches de invierno, esa sería una buena manera de apartar su mente de pensamientos indeseables.
Ya había oscurecido y en el bosque hacía frío. Se adentró en las profundidades varita en mano. Estuvo andando casi una hora hasta llegar a una gran explanada cubierta de arbustos con pequeñas flores blancas que brillaban a la luz de la luna. Al poco de llegar empezó a llover, estuvo a punto de volver al castillo, pero ya que había llegado hasta allí quería recolectar las flores que había ido a buscar. Con cada minuto que pasaba la lluvia iba incrementando su intensidad. Severus estaba calado hasta los huesos y el frío iba apoderándose de su cuerpo poco a poco. De vuelta al castillo estaba tan empapado que ni siquiera veía por donde andaba. En un cruce de caminos se equivocó y tuvo que dar la vuelta alargando el camino una hora más. Cuando llegó al límite del castillo estaba mareado, le daba vueltas la cabeza y sentía nauseas. Estaba helado y calado hasta los huesos. A la altura de la cabaña de Hagrid su cuerpo no pudo aguantar y se desplomó quedando tendido bajo la lluvia. Cuando recuperó la conciencia no sabía cuánto tiempo había pasado. La lluvia había terminado, pero seguía empapado. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió ponerse en pie. Comprobó que las flores, que había ido a buscar, siguieran a salvo en los bolsillos interiores de su capa y puso rumbo al castillo. Tenía que conseguir llegar a su habitación sin que lo vieran en aquél lamentable estado. Pensó que podría haber hecho un hechizo impermeabilizador para su capa, pero ya era tarde para ello. Tras cruzar el umbral de la puerta principal le volvieron a fallar las piernas. Antes de caerse se sujetó al picaporte para mantener el equilibrio. Miró a ambos lados por si alguien le había visto. Cuando pensó, aliviado, que no le habían visto se percató de la presencia de Sam que corrió a socorrerle.
- ¡Por Merlín, Severus, Estas empapado! – Exclamó el chico. – Además tienes la piel ardiendo. ¿Puede saberse dónde estabas metido con esta tormenta?
El profesor no le respondió. No quería dar explicaciones, ni mentirle.
- Te voy a llevar a la enfermería.
Snape intentó protestar, pero Sam le hizo callar.
- No hay pero que valga. Ahora mismo te vas a la enfermería.
Con la ayuda de Sam llegó a la enfermería donde le recibió Diana con su habitual pelo castaño alborotado. Al ver al hombre su rostro se tornó serio.
- Gracias Sam. – Le dijo ella mientras se recogía el pelo en un moño y se ponía una bata blanca. – Aquí estará en buenas manos. – Miró al débil profesor. – Quítate la ropa mojada. – Le dijo señalando un biombo que había al otro lado de la enfermería. Ahora pido que te traigan ropa seca.
- Gracias Di. Lo dejo en tus manos. – Dijo Sam antes de irse.
Diana llamó a un elfo doméstico que rápidamente le trajo una muda seca al profesor y se encargó de que las flores fueran adecuadamente guardadas por petición de Severus.
Tras el biombo el profesor yacía temblando entre sudores fríos. Diana le midió la temperatura.
- Tienes mucha fiebre Severus. ¿A quién se le ocurre salir con este tiempo sin un hechizo impermeabilizador? Tendrás que pasar esta noche en la enfermería.
Diana le colocó un paño mojado en la frente y le dio de beber una cucharada de poción pimentónica.
A la mañana siguiente, la fiebre le había bajado un poco, pero no lo suficiente. Sentía malestar en todo el cuerpo y la cabeza le retumbaba como si la hubiera metido dentro de las campanas del Big Ben. Al abrir los ojos se dio cuenta de donde estaba. Aquellas inconfundibles paredes blancas, el biombo y la camilla de hospital. Rápidamente se incorporó para levantarse. Pero la cabeza empezó a darle vueltas y tuvo que tumbarse de nuevo. Volvió a intentarlo un poco más despacio, pero apareció Diana mirándolo con el ceño fruncido.
- ¿Dónde crees que vas?
- Pues a mi despacho, tengo clases que preparar. – Dijo con la mano en la cabeza intentando que así disminuyeran las punzadas de dolor que sentía.
- De ninguna manera. Patrick se encargará de las clases de hoy, y seguramente de las del resto de semana. Ya está hablado con la directora y no pienso discutir contigo.
Snape apretó los puños con fuerza, pero no dijo nada. Estaba demasiado débil para discutir.
- De todos modos, no te preocupes que no te obligaré a quedarte aquí. – Dijo la mujer con una media sonrisa. – Se cuánto odias los hospitales, así que no te retendré en contra de tu voluntad.
Se sacó una botellita del bolsillo de la bata y se la dio a su compañero.
- Tómate una cucharada de esto cada noche durante tres días y estarás totalmente recuperado para seguir sembrando el pánico entre los alumnos. Pero estos tres días tendrás que pasarlos en reposo absoluto.
Severus recogió la botellita que le entregó la Doctora y se fue susurrando un "gracias" apenas audible.
Los tres días siguientes se le hicieron eternos. Desde su habitación escuchaba las clases que tenían lugar en el aula de pociones con unas orejas extensibles de las que vendían en Sortilegios Weasley y que había confiscado unos años atrás. Los alumnos parecían pasarlo muy bien con Patrick y eso le disgustaba. Pero había una cosa que le ponía de peor humor. Cada tarde, tras finalizar las clases, Johanna se acercaba para preguntar por él y Patrick siempre le decía lo mismo. Que estaba mejor, pero no podía recibir visitas. Luego aprovechaba para pasar rato a solas con su alumna con cualquier excusa estúpida, un libro nuevo de pociones, su excelente trabajo en clase o su impresionante talento.
