La reina de tus caprichos
- ¿Cosas peores? –Continué riendo mientras notaba tu hocico, acariciando mi cuello.
- Sí, ¿Quieres comprobarlo? –ronroneaste apoyando tu recuperada erección entre mis muslos. Me alarmé un poco, insegura sobre la seriedad de tu propuesta.
- ¿Albert? –No sabía como plantearlo. No era que no lo deseara, de hecho me estaba muriendo de ganas por descubrir como se sentiría ser tuya por completo… Y empecé a desechar mis dudas, al rendirme al apasionado asalto de tu lengua a mi boca, como única respuesta, mientras tus manos intentaban apartar de tu camino el molesto camisón. Recuperé un poco de cordura, al notar que lo lograbas y estabas intentando hacer lo mismo con mi ropa interior– Albert ¡Espera! ¿Qué estamos haciendo?
- Amarnos –repusiste espontáneo, al tiempo que pretendías exponer mis senos.
- ¿Creía que…? ¿Hasta dónde quieres llegar? –Te aparté con una mano en tu pecho pero reteniéndote con la otra en tu cuello. Sabía que estabas conteniéndote continuamente, pero tú mismo eras el primero en recordarme la incertidumbre que nos aguardaba en Europa. Exhibidos al fin, acariciaste, perezoso, el contorno de mis pechos, dibujando el signo del infinito en ellos… No supe si de forma consciente o por inercia, pues parecías hipnotizado en tu contemplación- ¿Albert? –solicité, más insegura.
- Deseo poseerte –susurraste, provocando un delicioso y angustioso calambre que recorrió mi cuerpo. No me miraste, seguías enfocado en mis pechos-, no voy a engañarte Candy, hace mucho que lo deseo… Desde antes incluso de estar juntos –Te percibí incómodo.
- Albert…, yo también..., también te deseo..., pero..., no dejas de decirme que puede ser peligroso en este viaje… ¿Y si me quedara embarazada?
- Bueno, ahora estás con tu ciclo y es más seguro… -Continuabas acariciándome sin mirarme a los ojos.
- En teoría… Pero he visto demasiados casos de embarazos que se han dado por esto, por confiarse en esos días y demasiados han acabado como yo –agregué dolida, en referencia a mi orfandad–…, niños abandonados sin padres –Logré que me miraras.
- Sabes que eso nunca le sucedería a un hijo nuestro… La boda se realizará a nuestro regreso –Por un momento tu rostro tomó una expresión extraña de preocupación, como si recordaras algo– Si hace falta, podemos pedir al capitán que nos case…
- Ya te dije, en una ocasión, que no es la boda lo que me preocupa. Yo solo quiero estar contigo, pero ¿Y si nos pasa algo a alguno, mientras buscamos a Stear?
Intentaste salir de encima de mí pero no te dejé– Candy –suspiraste–, si es cierto, que también lo deseas, no quiero esperar a nuestro regreso… Si no estuvieras conmigo, hubiera sido mucho más fácil. Pero ahora, tenerte tan cerca…, y tienes razón. He pensado mucho en cómo me forzaste a traerte -Te miré sorprendida sin comprender a dónde querías llegar ¿No ibas a perdonarme nunca eso?-. Razonaste que, para ti, no tenía sentido quedarte en América sola, o si había la posibilidad de que yo no volviera…
- Sí, y sigo pensando lo mismo, no me arrepiento de estar contigo… Lo volvería a hacer.
- Como te acabo de decir –Volviste a suspirar-, he pensado mucho en ello estos días. Si hay la posibilidad de que nos pase algo…, pues preferiría haberte tenido alguna vez como mi mujer… Quizás te suene egoísta… No quiero imaginar esa posibilidad…, pero… No quisiera morir o sobrevivirte sin haberte hecho mía…
- ¡Albert! Yo tampoco –Te acaricié la cara, impulsada por el sentimiento de ternura tras tus palabras. Hasta ese momento te habías mantenido tenso bajo mi tacto. Noté como al fin te relajabas. Volvías a acercarte a mí para besarme, lentamente, saboreando el perfil de mis labios, demandando entrada. Volví a rodear tu cuello con ambos brazos dejándome seducir por tus caricias, que transformaron su languidez inicial en posesión demandante de mis muslos, contra tu erección, por momentos, acompasando a tus húmedos y, cada vez más, feroces besos.
Ambos empezamos a balancearnos como las anteriores ocasiones. Me sentía sobrecogida por la capacidad que tenías para excitarme. Apenas unos minutos antes discutíamos y ahora estaba dispuesta a entregarme a ti sin reservas.
Con tus brazos y piernas, sin apartar tu boca de mí, te deshiciste de las sábanas que aún nos cubrían. Después, proseguiste tu ataque a mi ropa interior, lanzándola al piso.
- Ahora vuelvo –Saltaste de la cama hacía el baño, para volver a aparecer con una toalla– Será mejor que pongamos esto, si no queremos tener cambiarlo todo después…
- ¡Ah! –La colocamos extendida sobre la cama y retomamos nuestros besos y caricias, progresivamente más atrevidas, acompasándolas con nuestras risas y jadeos. Parecíamos un par de niños compitiendo por hacerlo mejor que el otro. Finalmente apresé tu pene, recordando así su tamaño. Volví a asustarme, pero ya no por las consecuencias –Albert, no estoy preparada, tengo miedo.
- ¿Qué? –exclamaste, notablemente desesperado y consternado-. ¿Miedo? ¡Por dios, Candy! Imaginarte embarazada de mí, provoca más mi deseo -Me miraste con intensa y oscurecida mirada-. Deja de preocuparte, mañana nos casamos y jamás os faltará de nada, si algo me pasara -agregaste enronquecido-. Tía Elroy te ayudará… ¡Buff! -Resoplaste exasperado-. No me hagas pensar en ella ahora ¡Candy, por favor! ¡Te necesito! -Mordisqueaste mi oreja y mi cuello jadeante-. ¡Te necesito tanto!
- No, no es eso… Yo también te necesito -contesté aún sin asimilar la tormenta de emociones y sensaciones que me estabas provocando. Todo aquello me sobrepasaba. Te deseaba con locura, me sentía amada, me excitabas aún más con tus confesiones, pero el tamaño de tu miembro realmente me asustaba. No quería ofenderte, ni que después no te atrevieras a tocarme. Pero realmente sentí pánico.
- ¿Entonces? –Me miraste tristemente suplicante, causándome un nudo mayor en mi garganta- ¿Qué pasa?
- Es que…, es que tú… -Me moría de vergüenza… Tampoco es como que hubiera visto demasiados penes erectos… ¿Y si resultaba que esa era la medida normal? Pero ¿Realmente era posible que aquello entrara en una mujer? De los pocos dibujos que había visto, sabía que no podía fiarme… Las proporciones de las mujeres tampoco eran muy reales… Llenas de curvas y carnes por doquier… A su lado, yo era un simple palillo raquítico ¿Y los miembros? bien, parecía que a los hombres les gustaba dibujarlos exagerando su tamaño, llegando incluso a la aberración… Pero existían infinidad de representaciones distintas… ¡Sí! Yo no había ojeado los libros de la biblioteca de los Andrew…, pero, en la sección de medicina de la escuela, también teníamos los nuestros… O más bien dicho, los médicos tenían los suyos e ingenuos creían que las enfermeras no lo sabíamos.
- ¿Yo, qué, princesa? –Me hiciste reaccionar, aún más extrañado.
- Tú… eres… muy… eres… mayor…
- ¿Qué? –Te apartaste apenado-. ¿Cómo que mayor? Eso siempre lo has sabido ¿No? –Malinterpretaste–. No te entiendo ¿Me estás llamando viejo? –No dabas crédito.
- No no no no, no –me repetí arrepentida y más avergonzada aún–, no mayor de edad…, mayor de eso –Con lo atrevida que era últimamente para algunas cosas y lo tonta que me sentía en aquel momento.
- ¿Mayor en eso? –Inclinaste tu cabeza, aún sin comprender.
- Sí, tu eso… Tu pene –apenas susurré, casi inaudible, apartando mi mirada.
- Te da miedo… ¿Mi pene? –Parecías desencajado.
- Ssssí… -Me ruboricé. Quedamos paralizados, manteniendo nuestras miradas, supuse que cada uno sospesando sus posibilidades… Las mías, esconderme debajo de la cama, saltar por la borda o encerrarme en el baño lo que quedaba de travesía ¿Y se suponía que yo debía ser tu futura esposa y madre de los herederos Andrew? Pero no podía evitar tener miedo. Una cosa era nuestros juegos y disfrutar del tacto de tu cuerpo, que me enloquecía, y otra era que "aquello" entrara en mí… Seguro que te estabas arrepintiendo de haberme escogido. Empecé a sentirme mal, notando un dolor inmenso en el pecho por la pena, la vergüenza y la frustración.
Permaneciste unos momentos más estudiándome y luego te fijaste en tu miembro, visiblemente consternado, mientras este empezaba a aflojar.
Continuará...
