24. CHANTAJE
Casi al medio día del siguiente día, Hinata se encontraba en sus labores como señora de la casa, escuchó que llamaban a la puerta, Karui atendió con Killer B detrás de ella.
—Señorita Hinata, un caballero la busca. —dijo Karui.
Hinata palideció al darse cuenta que se trataba de Kabuto Yakushi, pero decidió que tenía que enfrentar sus temores.
—Killer B, Karui, pueden marcharse —ordenó Hinata. Ambos contemplaron con recelo al visitante, reticentes a dejarla en compañía de un hombre con un aspecto tan misterioso. Pero al final obedecieron y salieron de la estancia.
—¿Qué desea? —inquirió Hinata cuando estuvo segura de que no podían oírla.
—Parece que le ha ido muy bien desde la última vez que la vi ¿no? — observó el hombre—. Aunque el delantal me ha sobresaltado. Siempre había creído que las damas ricas no se ensuciaban las manos.
Hinata se irguió de repente.
—Suelo ayudar a limpiar esta casa, señor —explicó—. Es el hogar de mi esposo y me gusta dejarlo lo mejor posible para él.
—Veo que se ha enamorado del tipo —observó el señor Yakushi —. ¿Ese bebé es de él o de mi querido difunto patrón?
Hinata levantó a Boruto del suelo y lo sostuvo en brazos.
—Es de mi marido —espetó—. ¡Orochimaru nunca me puso una mano encima!
—Desde luego que le creo —repuso el hombre—. Mató a Orochimaru antes de que pudiera hacerle daño. Pero el bebé es un poco mayor. No perdió mucho tiempo en engendrarlo. —Miró a Boruto.
—Pero ahora veo que el hombre que estaba con usted la otra noche es el padre de la criatura. No hay duda de que posee la nobleza y el atractivo de su cónyuge. Me imagino que lo debió conocer poco después de haberse cargado al pobre Orochimaru.
—No ha venido a hablar de mi hijo o de mi marido, señor Yakushi — interrumpió Hinata—, así que, por favor, ¿puede decirme qué quiere? A mi esposo no le agrada que converse con extraños en su ausencia.
El hombre esbozó el sustituto grotesco de una sonrisa.
—¿Cree usted que su hombre se pondrá celoso de mí, señora Namikaze? —inquirió con mofa—. No, no lo creo, pero sí que sospecharía si viera a un hombre que acaba de conocer. —La observó con recelo—. Sé que mató al pobre Orochimaru, pero no se lo he dicho a nadie. Mi discreción se merece una recompensa ¿no cree, señora Namikaze?
Hinata empezó a temblar ante la mirada fría y calculadora del visitante.
—¿Qué quiere?
—Unas cuantas libras ahora —empezó a pedir—, y que me mantenga calentito y contento. Tengo una bonita tienda en Konohagakure, pero soy un hombre codicioso al que le gustan las mismas cosas que a los ricos. Unas cuantas joyas o quizá una buena suma de dinero. He oído que su marido es rico. Se lo puede permitir.
—Mi marido no sabe nada de esto —dijo Hinata—. Y no maté a Orochimaru. Resbaló sobre el cuchillo.
Yakushi sacudió la cabeza con fingida expresión de tristeza.
—Lo siento mucho, señora Namikaze, pero por casualidad ¿alguien fue testigo de ello?
—No —repuso ella—, no había nadie más que yo. Y no puedo probarlo.
El hombre se le acercó. Hinata pudo sentir un fuerte olor a colonia que, por alguna razón, le era extrañamente familiar. No sabía dónde o cuándo, pero le inspiraba terror. Retrocedió apretando a Boruto con fuerza.
El bebé soltó un chillido de protesta, arrancando una carcajada a Yakushi, que se apresuró a taparle la boca con sus garras. Al ver la mano, Hinata se sobresaltó, pues eran iguales a las que había visto en su pesadilla.
—No tengo dinero —susurró con voz ronca—. Nunca lo he necesitado. Mi esposo siempre se ha ocupado de mis necesidades.
—Su hombre se ocupa muy bien de usted, ¿eh? ¿Estaría dispuesto a pagar para que no la colgaran por asesinato? —inquirió con desprecio.
Hinata se estremeció. No podía permitir que le contara a Naruto lo que había hecho.
—Tengo algunas joyas. Puedo dárselas —respondió. Yakushi suspiró satisfecho.
—¡Aja! Eso me gusta más. ¿Qué es lo que tiene? Llevaba unas muy bonitas la otra noche. Tráigalas y todo lo que tenga para que pueda indicarle lo que sirve y lo que no.
—¿Las quiere ahora? —preguntó insegura.
—Claro, no voy a marcharme sin ellas —repuso Yakushi.
Hinata pasó por su lado con cuidado y se apresuró escaleras arriba hasta la habitación. Dejó a Boruto llorando decepcionado en el cuarto de los niños con Yuka, y se dirigió al dormitorio.
Abrió el joyero y cogió el broche de esmeralda y los pendientes de diamantes que habían pertenecido a la antigua propietaria de Harthaven. Dejó el resto de las joyas, sintiéndose culpable por haber cogido los pendientes.
No tuvo valor para tocar las demás joyas de la madre de Naruto sabiendo el cariño que le guardaba. El dolor que sentía por tener que desprenderse de sus presentes era muy hondo.
Recordaba muy bien los momentos en los que Naruto se las había regalado. No los iba a olvidar nunca a pesar de no tenerlas. Y Naruto seguramente se daría cuenta cuando viera que ya no se ponía el collar de perlas. Era el favorito de su esposa y lo llevaba muy a menudo. Se secó las lágrimas y metió las alhajas en el bolsillo del delantal. Antes de abrir la puerta exhaló un profundo suspiro.
Yakushi la esperaba pacientemente, satisfecho con sus planes de chantaje. Cuando la joven le mostró las piezas, el hombre sonrió satisfecho y se las arrebató con avaricia.
—Sí, esto servirá... por ahora. ¿Está segura de que es todo lo que tiene? — inquirió.
Hinata asintió.
—Pensaba que los ricos tenían más —observó Yakushi.
—Es todo —dijo Hinata, llorando de nuevo.
—No, señora, no se disguste. Y no se preocupe porque no voy a contar a nadie lo que hizo —comentó—. Pero necesitaré más baratijas.
—¡Pero si no tengo más! —exclamó Hinata impotente.
—Será mejor que las consiga antes de que se las pida —la amenazó.
—Por favor márchese ahora —le rogó llorosa—, pronto regresará mi esposo. No es una persona a la que pueda ocultarle las cosas, y si le ve, querrá saber por qué ha venido.
—Desde luego, mi presencia no queda bien en el salón de una dama — apuntó él con una amarga sonrisa. Hizo una reverencia y se marchó sin mirar atrás.
Hinata se dejó caer en una silla, agotada, llorando y aliviada a la vez. Podía arrebatárselo todo, a excepción de lo que más amaba... Naruto y Boruto. Pero cuando ya no pudiera hacer frente a sus demandas ¿qué le haría? ¿Contarle a Naruto la historia? Se estremeció. No podía dejar que eso sucediera. Debía mantenerlo contento para que la dejase continuar viviendo... y amando.
Yakushi desmontó y se dirigió hacia un poste frente a su tienda para atar las riendas. Luego tocó el bolsillo repleto de joyas, muy satisfecho pues había conseguido una buena cantidad sin tener que trabajar.
Antes de entrar en la tienda, se limpió la boca babosa con la manga del abrigo. Se volvió para cerrar y, al ver a Naruto Namikaze sacarse el sombrero y saludarlo desde fuera, se quedó helado.
—Señor Yakushi, tuvimos un breve encuentro la otra noche en el teatro Dock, si lo recuerda —comentó Naruto.
—Sí. — Kabuto Yakushi se atragantó, palpando nervioso el bolsillo del abrigo.
—¿Puedo pasar? —inquirió Naruto—. Hay un asunto del que me gustaría hablar con usted.
—¿Hablar conmigo, señor? —preguntó el hombre. Naruto entró en la tienda y se quedó frente al dueño. Era mucho más alto y corpulento que él.
Kabuto Yakushi tragó saliva con dificultad y cerró la puerta.
—Me he enterado que posee el original del vestido que llevaba la señorita Rōran la pasada noche —explicó—. Me gustaría verlo, señor. Yakushi casi dejó escapar un suspiro, aliviado.
—Sí, señor —afirmó—. Un momento. —Se fue hacia la parte trasera de la tienda. Regresó al cabo de poco rato y colocó el vestido en los brazos de Naruto.
—Se lo compré a un vendedor ambulante hace unos meses, señor —le explicó cuidadosamente.
—Lo sé —repuso Naruto—. ¿Cuánto?
—¿Cuánto qué, señor? —se sobresaltó Yakushi.
—¿Cuánto pide por el vestido? —aclaró—. Deseo comprarlo.
—Pero, señor... —empezó a decir el modisto.
—Diga un precio —ordenó Naruto. Yakushi no se atrevió a dudar y soltó la primera cifra que le vino a la cabeza.
—Tres libras... y seis peniques, señor—. Naruto buscó las monedas en su bolsillo con una expresión de interrogación.
—Me cuesta creer que lo consiguiera tan barato, señor Yakushi.
Yakushi se dio cuenta del error que había cometido y respondió tartamudeando:
—Es su señora... Con su belleza es la única que puede hacer justicia al vestido. Considérelo un regalo de parte de un compatriota, señor—. Naruto escudriñó al hombre.
—No lleva aquí mucho más tiempo que mi esposa, ¿verdad, señor Yakushi? ¿Un mes, quizá dos? Ella...
—Casi cuatro, señor —aclaró Yakushi, mordiéndose el labio inferior. Naruto examinó el trabajo hecho a mano del corpiño.
—Entonces sabe cuándo llegó mi mujer —observó. Yakushi se secó el sudor de la frente.
— Sāra, la señorita Rōran, lo mencionó la otra noche.
—Debió abandonar Londres cuando conocí a Hinata —reflexionó Naruto.
—Es posible, señor —respondió Yakushi con voz apagada.
—¿Por qué dejó Londres, señor Yakushi? —inquirió. El hombre palideció.
—Mi patrón murió, señor, y perdí mi empleo, así que tomé mis ahorros y me vine —contestó.
—Parece que tiene usted mucho talento, señor Yakushi. La señorita Sāra así lo afirma —comentó Naruto.
—Trabajo muy duro, señor—respondió Yakushi.
—Estoy seguro de ello —replicó Naruto dándole el vestido—. ¿Le importaría envolvérmelo?— Yakushi casi esbozó una sonrisa.
—Lo haré encantado, señor.
Naruto entró con paso decidido en el salón de Harthaven y encontró a Hinata arrodillada encerando las patas de la mesa. A su lado, en el suelo, Boruto jugaba con una pelota de un color vivo al tiempo que balbuceaba sonidos que sólo eran inteligibles para él.
El hombre se aclaró la garganta y Hinata se volvió y, con un grito de alegría, se puso en pie de un salto lanzándose en sus brazos. Naruto soltó una carcajada al sentir el ardor del abrazo de Hinata.
La levantó del suelo y empezó a girar alegremente. Al dejarla en el suelo, la joven le sonrió con ojos brillantes, y se colocó el delantal y el pañuelo en su sitio.
—¡Dios Santo! —exclamó Naruto, llevándose las manos a las caderas—. No pareces tener la edad suficiente para compartir mi lecho. Te echaría catorce años. No puedes ser la misma muchacha que casi despertó al servicio la otra noche mientras gozaba junto a mí. ¿Pudo haber sido una bruja la que se coló en mi cama y me arañó y mordió?
Hinata se ruborizó al mirarle.
—¿Crees que Menma nos oyó? No podría mirarle a la cara —afirmó. Naruto esbozó una sonrisa maliciosa.
—Si lo hizo, estoy seguro de que conocía muy bien esos sonidos, de modo que no dirá nada siendo el caballero que es. Pero no temas, cielo. Lo que escapó a mis besos fue algo más que jadeos de placer.
Hinata se echó a reír y lo abrazó.
—Haces que me abandone, Naruto. Y tras una noche como ésa me resulta extremadamente difícil volver a pisar el suelo —comentó.
Él la besó en la frente y sonrió.
—¿Alguna queja, cielo?
—Jamás. —Hinata suspiró. Luego de unos segundos alzó la cabeza y le acarició la barbilla con ternura—. Es siempre una aventura estar en la cama contigo.
Naruto soltó una carcajada y se fue al vestíbulo. Cuando regresó, le entregó el paquete.
—Esto te pertenece —apuntó—, y si algún día decides deshacerte de él otra vez, quémalo o despedázalo, pero no lo intercambies. Así nadie que se parezca a Sāra, que por cierto me exaspera más allá de mi razonamiento, podrá cogerlo y hacer una copia. Recuerdo muy bien tu imagen en él, y no quiero que una furcia arruine lo que para mí constituye un recuerdo dulce y glorioso—. Hinata palideció.
—¿Le has comprado el vestido al señor Yakushi? —inquirió.
—Sí —contestó Naruto—. No podía soportar la idea de que otra mujer se lo pusiera.
La joven sonrió suavemente, aliviada. Había conversado con el señor Yakushi y el hombre había guardado su palabra. Se puso de puntillas y lo besó.
—Gracias, querido. Lo guardaré con tanto cariño como el vestido de bodas y me lo pondré para ti en ocasiones especiales.
Había transcurrido cerca de una semana, cuando una tarde Sāra se presentó inesperadamente. Menma había ido a ver a unos amigos y todavía no había regresado.
Naruto, Hinata y el pequeño estaban en el salón, disfrutando de una velada tranquila. Hinata estaba en el suelo, a los pies de Naruto, y acababa de amamantar a Boruto, que ahora estaba en el regazo de su padre disfrutando de la atención de sus progenitores.
El brazo de Hinata descansaba sobre el muslo de su esposo mientras jugaba con su hijo, y no se había preocupado en abrocharse el vestido, sintiéndose segura tras las puertas de la mansión.
Pero esas mismas puertas no detuvieron a Sāra, que empujó a Shino en la entrada principal, e irrumpió en la estancia.
Hinata se volvió sobresaltada, mirando a su alrededor. Naruto alzó la vista y, al ver a Sāra, frunció el ceño al pensar en el placer que le produciría retorcer el pescuezo a esa mujer. No estaba dispuesto a levantarse para mostrarle sus respetos.
—Al parecer disfrutas interrumpiendo a la gente, Sāra —murmuró Naruto.
Sāra contempló la escena con una sonrisa ponzoñosa y observó con mordacidad el brazo de Hinata apoyado sobre su marido y el escote de su vestido abierto.
Naruto vio cómo la mujer examinaba a su esposa. Al pensar en una ocasión en que Sāra se había paseado desnuda por la habitación, recordó que su cuerpo había empezado a perder firmeza, como era normal en una mujer madura.
Sus caderas se habían ensanchado ligeramente y sus pechos eran más flácidos. Si tuviera un poco de sentido común, ahora se habría ruborizado avergonzada en lugar de mirar a Hinata con mofa.
Pero la señora Namikaze no cedió ante la mirada de superioridad de la intrusa, dejando su brazo y el vestido tal como estaban. La expresión de Sāra la enfureció, y le disgustó que fuera excepcionalmente ataviada con un traje amarillo de muselina, sin duda una creación del señor Yakushi.
Todo indicaba que el hombre era un artista, aunque era difícil imaginarse a un ser tan odioso confeccionando una creación tan exquisita. Se preguntó si los vestidos que Orochimaru Mitarashi había afirmado eran suyos, en realidad eran de él. Era algo en lo que pensar.
Sāra se detuvo delante de ellos, con las piernas separadas y los brazos en jarras. Sonrió.
—Que círculo familiar tan pintoresco —comentó—. Cuanto más te veo, Naruto, más me convenzo que el matrimonio le sienta muy bien. Pareces el padre y marido perfecto.
Naruto arqueó una ceja mirándola, pero Sāra se volvió y dejó sin ningún cuidado sus guantes y sombrero polvorientos sobre la mesa recién encerada. Luego tomó asiento frente a él y se dirigió a Hinata con una insensibilidad alarmante.
—¿Puedes servirme una copa? —inquirió—. Un poco dé Madeira, si está frío.
Encolerizada, Hinata se levantó y caminó hacia el bar abrochándose el vestido.
Sāra siguió hablando, esta vez dirigiéndose a Naruto.
—Viniendo de Konohagakure por ese viejo camino polvoriento la necesidad de apagar mi sed ha aumentado, y disfruto tanto tus excelentes vinos, querido —apuntó—. Es tan difícil encontrarlos en estos días, y casi he agotado los que me diste.
Naruto se sentó a jugar con Boruto, quien al parecer había perdido aparentemente las ganas de divertirse desde el arribo de Sāra, y lanzó miradas de recelo a la mujer preguntándose qué la habría traído esta vez.
Hinata regresó y le entregó la copa bruscamente.
—Gracias —dijo en un tono frío e impersonal—. ¿Puedes dejarnos solos durante un rato? Hay unos asuntos que me gustaría discutir con tu marido —sentenció forzando la última palabra.
Hinata, temblorosa, se apresuró a coger al niño que estaba en el regazo de Naruto. Lleno de ira, el hombre agarró el brazo de su mujer y echó una ojeada a la pelirija apretando las mandíbulas.
Estaba apunto de darle la réplica, cuando vio los ojos de Hinata arrasados en lágrimas. La joven sacudió la cabeza furiosa, levantó al niño y, escondiéndose tras él, salió de la habitación a toda prisa. Huyó al estudio a calmar a su hijo, que ahora lloraba por haber sido apartado de su padre, y se secó las lágrimas.
Naruto contempló a Sāra fríamente sabiendo que su rudeza había herido profundamente a su esposa.
—Bueno, Sāra. ¿Qué asuntos son ésos? —la interrogó, enojado. Ella esbozó una sonrisa lenta y confiada.
—Esta tarde en Konohagakure he conocido a un viejo amigo tuyo, Naruto — comentó.
—¿A quién? —preguntó desinteresadamente.
—Bueno... —Soltó una carcajada—. No es exactamente un viejo amigo... sólo un antiguo miembro de tu tripulación. Lo reconocí enseguida al pasar por delante de él en mi carruaje. Era uno de los hombres del Fleetwood. Pobre alma, estaba completamente ebrio, pero me reconoció como una íntima amiga tuya. Fue de gran ayuda.
—¿Ayuda? —inquirió Naruto—. ¿En qué sentido?— Sāra echó la cabeza atrás, riendo satisfecha.
—De veras, Naruto, nunca imaginé que te dejaras pillar de ese modo... y por esa puta confabuladora. Te juro que lo hubiera intentado hace mucho si hubiera sabido que funcionaría.
—¿De qué demonios estás hablando, Sāra? —exigió Naruto.
—Vaya... ya sabes, querido —respondió irónicamente—. Hinata, tu pequeña e inocente Hinata, una furcia. Konohamaru me lo contó todo... cómo él y Killer B la encontraron haciendo la calle, cómo te obligaron a casarte con ella, todo.
—Es obvio que no todo —gruñó Naruto. Se levantó y se sirvió un trago. Sāra prosiguió, contenta.
—Sé que te da igual Hinata, querido. Ha habido demasiados rumores acerca de habitaciones separadas. No necesité a nadie para saber lo que sentías por ella. Sólo que no podía entender por qué te habías casado. Pero esta tarde... esta tarde cuando Konohamaru me lo contó, entendí que tu matrimonio era una farsa. Ahora puedes deshacerte de Hinata, mándala de vuelta a Inglaterra.
Puedo perdonar tu pequeña aventura en Londres y volver contigo. Podemos ser felices. Lo sé. Me ocuparé de tu hijo, pues no hay duda de que es tuyo... por suerte. Lo querré y seré buena con él. Todo el mundo lo entenderá cuando expliquemos que te obligaron a casarte.
Naruto la miró fijamente por unos instantes, atónito, luego empezó a hablar con cautela.
— Sāra, escucha atentamente lo que voy a decirte ya que si no me entiendes, es que eres estúpida. Si realmente piensas que alguien puede obligarme a que me case en contra de mi voluntad, es que no me conoces nada. Ahora convéncete de lo que te voy a decir —añadió pausadamente—, como si tu vida fuera en ello. Mi esposa no era una prostituta. Era virgen la primera vez que la poseí, y Killer B puede dar fe de ello. El niño es mío. Ella es mi esposa con mi consentimiento y no voy a tolerar tu mala educación en esta casa. De ahora en adelante, la tratarás con todo el respeto que se merece la señora de Harthaven. Ya no tienes ningún derecho sobre mí, ni sobre mi casa o mi propiedad.
Sāra se incorporó de la silla y se sirvió otra copa de vino. Se la bebió delante de él y lo observó.
—De modo que escoges a esa joven antes que a mí —espetó con desprecio. Naruto esbozó una sonrisa.
—Hice mi elección hace tiempo, Sāra. Ahora sólo la reafirmo.
La mujer entornó los ojos y se volvió para mirar por la ventana. De pronto se dio media vuelta hacia él.
—Es extraño, Naruto, que menciones el respeto y la propiedad en la misma frase. —Sorbió un poco de vino, atravesó la habitación dejando el sofá entre los dos. Apoyó su brazo sobre él y alzó la copa como en un brindis—. En realidad a eso es a lo que venía. Lo he reconsiderado y creo que mis tierras valen el doble de lo que pagaste.—Hizo una pausa y lo observó con los párpados entornados, esperando su reacción.
Él arrugó la frente, pero se encogió de hombros.
—Ya lo negociamos Sāra, y ya está... firmado, sellado y entregado. Ya no te queda más que Oakley y las pocas hectáreas sobre la que está construido. ¡Se acabó!
—¡Desde luego que se acabó! —escupió la mujer—. Entonces hablemos de respeto. ¿Cuánto crees que se tratara la gente a ti y a la estúpida de tu esposa cuando les diga que una ramera te obligó a casarte?
La voz de Naruto retumbó en toda la casa.
—¡Cierra la boca, perra! ¡No permitiré que calumnies a mi mujer en su propia casa! —Bajó la voz hasta emitir casi un gruñido—Me importa un rábano lo que hagas fuera de esta casa. Cuenta lo que desees. No habrá hombre o mujer que se atreva a repetir delante de mí tus injurias. Eres una perra, Sāra, física y mentalmente.
—¿Ahora soy una perra? —gritó ella a voz en cuello. Le arrojó a la cara el vino y estrelló el vaso contra el suelo—. ¡Una perra, claro! Era virgen cuando me tomaste la primera vez. Me suplicaste que me casara contigo y me prometiste el mundo para conseguir mi tesoro más preciado.
Luego zarpaste, te casaste con la primera pelandusca que encontraste por la calle y la arrastraste hasta aquí convertida en tu esposa. Me prometiste fidelidad, me arrebataste la virginidad y luego las tierras por dos duros. Bien, pues quiero más. —Empezó a reír tontamente y el tono de su voz se hizo halagüeño.
—. Debo tener más. Naruto. Tengo que pagar mis facturas y únicamente me queda la casa, y no puedo venderla. Me estaría muriendo de hambre si no fuera por los peniques que he conseguido ahorrar. Nadie me fía desde que me apartaste de tu vida.
Naruto, furioso, tuvo que hacer un esfuerzo para no pegarle. Se pasó la mano por la cara.
—¿Virgen? —exclamó—. ¡Dios Todopoderoso! No eras más virgen que la vaca que está pastando ahí fuera. ¿Crees que soy imbécil? ¿Crees que estoy tan sordo y ciego que me tragué el estúpido juego de aquella noche? ¡No sería capaz de nombrar a todos los hombres con los que te acostaste antes y después del compromiso sagrado! —Su voz hizo temblar las paredes—. ¿Qué te hace soñar que voy a tolerar que calumnies a mi amada?
—¡Una vez me amaste! —gritó Sāra —. Y, además, no duermes con ella. Está en boca de todos. ¿Por qué ella y no yo? Podría compartir tu lecho y hacer que olvidaras que existe. Pruébame. Poséeme. ¡Dios mío, me amaste una vez!
—¡Amarte! —Naruto se echó a reír—. ¡No! Únicamente te toleré, y como cualquier muchacho pensé que sabía lo que quería hasta que me enfrenté a la realidad. Vi ante mí una belleza desconocida y de inmediato comprendí lo que deseaba. ¿Belleza? Sí. ¿Pasión? Sí. —Se inclinó sobre el rostro de la mujer para enfatizar cada una de las palabras.
—Pero también amor tierno, dedicación, lealtad ciega y dignidad. Cualidades que sobrepasan tu capacidad de entrega. La amo cada instante de mi vida —añadió a voz en cuello—. La protejo de las rameras que desean rebajarla y calumniar su virtud. Con la bendición de Dios engendraremos muchos hijos e hijas, de modo que no bases tus esperanzas en esa mentira y no vuelvas a mentar lo que harías con ella para rebajarla a tu nivel. —Se acercó a la mesa, cogió los guantes y el sombrero de Sāra y se los tiró a la cara.
—Ahora saca tu miserable ser de esta casa y mantén el hedor de tu desilusión fuera de estas puertas. Y jamás me hagas oír una mentira que provenga de tu boca o me complacerá mucho retorcer ese cuello del que tan orgullosa estás. Lárgate, perra. Has quebrantado la buena educación y ya no eres bienvenida en este hogar.
Sāra miró a Naruto sin decir palabra. Reunió la energía que le quedaba para obedecer las indicaciones del hombre y, pálida, salió de la habitación encolerizada. Al salir empujó a Menma, que llevaba un rato escuchando, pasmado ante el extraño despliegue de mal genio de su hermano.
Sāra salió al porche, bajó por las escaleras y, recogiéndose las faldas, ascendió al carruaje sin mirar atrás. No vio a Killer B, apoyado en una columna, escupir al suelo a sus espaldas.
Mientras el carruaje de Sāra se alejaba, Hinata salió a la puerta del estudio y echó un vistazo al salón, donde estaba su marido.
Éste todavía tenía los puños apretados y el tic nervioso en el rostro. Al verla, su expresión se suavizó y alzó los brazos invitándola a unirse a él. Hinata, con el pequeño en brazos, corrió a abrazarle amorosamente.
Hinata salió de la cocina limpiándose las manos en el delantal. Había pasado un día agradable ayudando a Cora a hacer el pan. Alzó la vista al oír un caballo galopando hacia la verja y sonrió. Era Menma que, al llegar, descendió del agotado animal y corrió hacia ella. Al ver la expresión del hermano menor de su marido, su alegría se tornó en aprensión.
—¿Dónde está Naruto? —preguntó Menma ásperamente.
—Pensé que estaba contigo en el campo —respondió Hinata.
Señaló en dirección al establo, donde un mozo cepillaba a Kurama. El semental no estaba en mejor estado que los pantalones de gamuza de Menma. Los dos habían galopado salvajemente.
—No le he oído llegar —trató de explicar Hinata en su confusión. Pero Menma ya estaba corriendo hacia la casa, así que se recogió las faldas y lo siguió—. Menma ¿qué ocurre? ¿Qué pasa? —inquirió.
Él se volvió y, al ver su expresión, Hinata se aterrorizó. Las palabras no hubieran conseguido el mismo impacto en ella.
—Menma, ¿vas a contarme qué ha ocurrido? —gritó. Presa del pánico clavó sus uñas en el brazo de su cuñado, pero éste, ajeno al dolor, no lo notó—. ¡Menma, dímelo! —exclamó, zarandeándolo.
Incapaz de hablar por un momento, al final consiguió decir:
— Sāra está muerta. La han asesinado—.Hinata retrocedió llevándose una mano a la boca y sacudiendo la cabeza incrédula.
—Es cierto —insistió Menma—. La han estrangulado, desnucado.
—¿Por qué quieres saber dónde está Naruto? —inquirió. Menma no deseaba responder.
—¡Menma! —exigió Hinata.
—Vi salir corriendo a Naruto de Oakley —afirmó al fin—. Él no me vio. Cuando entré, Sāra estaba muerta.
Hinata no daba crédito a sus oídos.
—¡No! —Se alejó con una mirada acusadora—. ¡No fue él! ¡No puede haber sido él! ¡No, Menma, él no! ¿Cómo puedes siquiera pensarlo?
—¿Crees que deseo hacerlo? Lo vi, Hinata, y ayer por la noche ambos oímos cómo la amenazaba —explicó.
—Pero ¿por qué fue allí? —preguntó Hinata. Menma desvió la mirada.
—Menma, contéstame —insistió ella—. Tengo derecho a saberlo. Él soltó un suspiro antes de hablar.
— Sāra le envió una nota mientras estábamos en el prado. En ella decía que sabía algo acerca de ti que debía contarle. Intenté detenerlo, pero me derribó y juró que le cerraría la boca a esa bruja. Fue Lulu la que le llevó la nota y la pobre se quedó aterrorizada.
Cuando llegué a casa de Sāra, el daño ya estaba hecho. Naruto salió de allí como si le persiguiera el diablo, y Jacob, el mozo de cuadras de Sāra, también lo vio y fue en busca del sheriff.
Hinata sintió que se mareaba. ¿Una nota? ¿Una nota acerca de ella? ¿Qué más podía haberle contado Sāra? De pronto el señor Yakushi y su relación con la mujer le vinieron a la mente.
Soltó un suspiro sonoro. Si Yakushi le hubiera contado a Sāra lo de Orochimaru Mitarashi, pensó ella, habría tratado de decírselo a Naruto. Entonces, puede haberla matado él, cegado por la ira. Ayer noche la amenazó... ¡No! No lo creía capaz de cometer semejante crimen.
—¡No! ¡No fue él! ¡Lo sé! —afirmó, testaruda, sacudiendo la cabeza, furiosa—. ¡Es mi marido! ¿Acaso no sabría si es capaz de algo así?
—Dios Santo, Hinata —gruñó Menma, atormentado ante la posibilidad de que tuviera que ser él quien acusara a su hermano- La atrajo hacia él, aplastándola—. Cielo ¿no ves que deseo estar equivocado? Yo también lo amo. Es mi sangre... ¡mi hermano!
La firme resolución de su cuñada no hizo más que martirizarlo. Súbitamente la soltó y se apresuró a entrar en la casa. Hinata lo siguió. Menma, repitiéndose una y otra vez que estaba equivocado, y Hinata, convencida de que lo estaba.
Abrieron la puerta del dormitorio. Ambos se detuvieron en el umbral y vieron a Naruto mirando por la ventana que daba al patio donde momentos antes habían estado discutiendo. Hinata corrió a sus brazos gritando.
—¡Dínoslo, Naruto! —lo apremió abrazándolo con desesperación—.¡Dinos que no fuiste tú!
—Amor mío... —murmuró él suavemente. Menma se acercó con miedo a que se lo confirmara. Naruto lo miró y sonrió con expresión de tristeza.
—¿Crees que la maté yo, Menma? —preguntó.
—Oh, Dios, Naruto —dijo con un hilo de voz, sacudiendo la cabeza. Estaba realmente atormentado—. No deseo creerlo, pero vi cómo salías de su casa y cuando entre estaba muerta. ¿Qué se supone que debo pensar?
Naruto acarició el cabello de su esposa y respondió a su hermano.
—¿Me creerías, Menma, si te dijera que no tengo nada que ver con el asesinato... que ya estaba muerta cuando llegué?
—Naruto, sabes que creeré cualquier cosa que me digas —respondió el hermano—. Pero si no fuiste tú ¿quién lo hizo?
Naruto suspiró.
—¿Por qué motivo iban a violar a Sāra, Menma?— Hinata dejó escapar un profundo gemido.
—¿Violar? —se sobresaltó el hermano pequeño.
—¿No te diste cuenta? —sonrió el mayor.
—¡La violaron! —inquirió Menma sin dar crédito—. Pero ¿quién pudo violarla? Ella hubiera accedido.
—Exacto —apuntó Naruto.
—Cielo Santo, no había pensado en ello —admitió Menma, sentándose en una silla a reflexionar sobre lo que había visto. Tenía la mirada perdida. Tras un rato, se levantó y caminó hasta la ventana. Permaneció contemplando cómo la brisa mecía las copas de los árboles
—Debe de haber sido como tú has dicho —murmuró pensativo—. Cuando la vi... la habitación estaba revuelta y le habían rasgado la ropa. Pensé que te habías peleado con ella. No se me pasó por la cabeza una violación. Tú no hubieras... —Se ruborizó y lanzó una mirada a Hinata, que escuchaba tranquila.
—Tú jamás te hubieras molestado tanto —continuó, volviéndose—. Y al pensarlo de nuevo, estoy de acuerdo contigo en que la forzaron. Por tal como estaba, daba la impresión de que el agresor se acababa de marchar. No cabe duda de que cuando la mató todavía estaban practicando el acto. Pero ¿a quién podría haber rechazado tan violentamente?
Naruto volvió a mirar por la ventana.
—Menma, quiero hablar con Lulu. ¿Puedes traérmela?— El hermano pequeño asintió.
—¿Has averiguado algo?— Naruto se encogió de hombros.
—Puede. No estoy seguro. Primero tengo que hablar con la chica — respondió.
Menma esbozó una sonrisa, confiando plenamente en la inocencia de su hermano.
—Iré a buscarla. Será mejor que averigües algo antes de que Uchiha llegue.
Una vez que Menma se hubo marchado. Naruto se acercó a Hinata y la miró a los ojos.
—Gracias por confiar en mí —murmuró.
—No sería una buena esposa si no lo hiciera —repuso ella dulcemente, acariciándole el rostro. Él se apartó y se volvió.
—Podría haberla matado, Hinata, si hubiera llegado primero. Estaba de tan mal genio que derribé a Menma al tratar de impedir que fuera a casa de Sāra. Cuando leí la nota quise matarla. Y al verla en el sucio suelo, con la ropa rasgada y el cuerpo, del que tan orgullosa estaba, desnudo, me di cuenta de lo cerca que había estado de arrebatarle la vida. Me alarmé al pensar en lo que había estado a punto de hacernos.—Se volvió—. ¿Lo ves?, me dio igual que estuviera muerta. No sentí dolor por su pérdida, sino alivio por haberme librado de ella y no tener que ser colgado por ello. Pero pude haberla asesinado...
—¡Oh, mi amor! —exclamó Hinata, abrazándolo—. Tal vez estuvieras furioso, pero nada me hará creer que eres capaz de cometer semejante atrocidad. No es propio de ti.
Naruto la abrazó con fuerza, encontrando consuelo en su fe incondicional en él.
—Oh, Hinata, Hinata —murmuró—. Te amo tanto. Te necesito. Te deseo a todas horas.
Lágrimas de dicha acudieron a los ojos de Hinata mientras permanecía envuelta en sus brazos. Era tan reconfortante ser amada por él.
Naruto aspiró la fragancia del cabello de su amada y bajó la vista. Lentamente relajó los dedos y, allí, en la palma de su mano, yacía el diamante de Kushina Namikaze.
