SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Treinta y Ocho:
Blanco
Inuyasha sostenía a Kagome fuerte contra su pecho, su mano buscaba frenéticamente un pulso en su cuello, "Vamos, maldición, palpita maldición—palpita—vamos Kagome—palpita, palpita, palpita!" Repetía las palabras en su cabeza mientras sus dedos se alineaban al costado de su garganta buscando desesperadamente la indicación de que su cuerpo aún retenía vida. Su dedo presionó duro en su cuello, esperó y esperó—no sintió palpitaciones bajo las almohadillas de su mano, no sintió nada.
Las fosas nasales de Inuyasha se abrieron mientras sus pupilas se dilataban con pánico, absoluto horror y temor. "No tiene pulso." Se escuchó susurrar pero la voz sonaba lejos. "Ella no—no hay—Jinenji!" Gritó el nombre a todo pulmón, absoluto terror llenó su voz.
El demonio más joven saltó hacia él sin pensar en su seguridad, recorriendo rápidamente la corta distancia hacia Inuyasha mientras cruzaba sobre cuerpos y armas abandonadas. Algunos de los villanos que ya estaban recuperando la conciencia miraban el espectáculo pero ninguno se atrevió a moverse como si supieran que la situación era desesperada. Jinenji llegó a un alto junto al otro mitad demonio cayendo inmediatamente de manos y rodillas. "Sr. Inuyasha?"
"No está respirando." Le dijo Inuyasha rápidamente abrazando más fuerte a Kagome, sus ojos se tornaron casi animalistas, los instintos de demonio que no deberían haber sido capaces de salir en su actual estado de cierta forma salieron a la superficie. "No hay pulso—ni respiración—ni pulso." Miró a Jinenji, su rostro como el de un pequeño niño perdido, desesperado y asustado. "Yo—no puedo—Jinenji—," su voz se desvaneció, incluso en su estado de pánico fue incapaz de decir el resto en voz alta. "No puedo perderla!"
Jinenji miró al hombre ante él, el hombre fuerte y orgulloso que estaba mirándolo con ojos abiertos, lágrimas suspendidas en sus oscuras pestañas, amenazando con desbordarse. Sus ojos estaban rojos en los bordes, una señal de que tal vez estaba al borde del llanto o (más probablemente) transformarse e ir a una matanza.
"Sálvala!" Gritó él cuando Jinenji no reaccionó, un leve contorno resaltaba sus pómulos mientras le gritaba al otro demonio.
Jinenji parpadeó sorprendido, reconociendo la adición de marcas demoníacas en el rostro del hombre de cabello negro. "Eso es extraño." Pensó ladeando su cabeza, asombrado por las perturbadoras líneas dentadas.
"Sálvala o juro que te mataré!" Gruñó Inuyasha de repente, su voz sonaba demoníaca mientras sus ojos destellaban completamente rojos por un segundo igualando sus marcas.
Jinenji se tambaleó hacia atrás, sus ojos dilatados con temor, no entendiendo cómo un mitad demonio en su estado humano podría transformarse y perderse en su sangre de demonio. Nunca había visto algo así pero eso no decía mucho, Jinenji nunca había visto a otro mitad demonio antes de Inuyasha.
"Ahora!" Rugió Inuyasha, su voz hizo eco tan fuerte en el bosque que un búho lejano chilló en respuesta. "Hazlo ahora o me ayude Dios que empujaré mi mano por tu garganta y destrozaré tus entrañas desde tu estómago."
Jinenji palideció ante la grotesca descripción pero logró luchar contra ella. "Está bien, Inuyasha solo está asustado—se siente arrinconado y soy el único que puede ayudarlo, ayudarla." Tragó y sacudió su cabeza sacándose de su estado de terror, se obligó a enfocarse. "Concéntrate." Con esa idea Jinenji inhaló un profundo respiro, calmando todo su cuerpo mientras cerraba sus ojos y exhalaba. "Calma—respira profundo—toma el control—esa es la única manera en la que la salvaré. Soy un doctor y la salvaré." Con una inspiración más profunda abrió sus ojos de golpe, mirando a Inuyasha con una mirada doctoral, vacía y de negocios. "Acuéstala—," ordenó, su voz más fuerte de lo que hubiese sonado.
Inuyasha comenzó a jadear, sus ojos miraban salvajemente a Jinenji. El humano en él había escuchado la orden, el humano en él entendía que Jinenji era la mejor opción de Kagome para vivir a lo que sea que le estuviese pasando pero el demonio en él estaba enojado, era territorial, temía por la vida de su mujer. Apretó su agarre en ella, incapaz de dejarla caer. Subconscientemente, la olfateó aunque su nariz humana no era ni de cerca lo fuerte suficiente para distinguir su salada fragancia de flores y mar. Respirando fuertemente, miró a Jinenji como si culpara al otro demonio por su falta de sentidos y acercó más a Kagome, escondiendo su pálido rostro en la curva de su cuello mientras acariciaba el lugar en su hombro que había marcado tiempo atrás. Trató de gruñir como antes pero esta vez el ruido no fue tan intimidante, su garganta de nuevo era más humana que de demonio.
"Escúchalo!" Gritó una voz dentro de su cabeza. Cerró sus ojos en respuesta, sus manos la sostenían mientras escondía su rostro en su cabello, presionando su nariz contra esa marca, contra esa conexión; podía sentirla desvaneciéndose de él.
"No!" Gritó el demonio resurgiendo en él, gritó mientras lo envolvía el temor, no podía sentir a su mujer, su conexión con ella estaba desapareciendo. "Mujer herida, protege mujer!"
"Esto no la protegerá." Refutó la voz humana, fuerte a pesar de su naturaleza más débil. "Nosotros no podemos hacer nada pero él sí puede."
"No!" El demonio en Inuyasha gritó con furia mientras halaba a Kagome tan fuertemente que los huesos de la joven tenían que estar al borde de romperse. Jadeó, sus oscuros ojos destellaron con dorado y rojo mientras se giraba para mirar a Jinenji, los colmillos que deberían haber estado ausentes se asomaron sorprendentemente.
Jinenji lamió sus labios y aclaró su garganta, disponiéndose a ser fuerte. Miró a Kagome, estaba pálida y el fuerte agarre y el zarandeo no le ayudaban a su condición. "Él no está en sus cinco sentidos, la lastimará." Jinenji asintió para sí sabiendo que no tenía opción sino arriesgarse a resultar herido por este hombre si iba a salvarla. "Por la Srta. Kagome, tengo que ser fuerte."
Obligándose a sentir coraje, a sentir fuerza interior, Jinenji se puso de pie en toda su altura, suspendiéndose sobre el otro demonio con sus duros ojos azules mirando la cabeza de Inuyasha. Inuyasha lo miró, sus ojos coloreados de un rojo más oscuro, su cabello cambiaba entre plateado y negro, unos pocos mechones asumían el antinatural color mientras un aura de malicia lo rodeaba espesamente. Reveló sus colmillos, ahora eran más largos, más extensos, más animalistas y menos humanos.
Jinenji no se inmutó. "Acuéstala—ahora!" Rugió mostrándole al otro demonio que no estaba intimidado en lo más mínimo. Este no era el momento para egos y territorios, este era el momento de salvar una vida, una que no solo era preciada para el hombre en frente de él sino también para Jinenji, y no dejaría que esa maravillosa vida se desvaneciera por algún demonio guardián, sin importar qué tan largos fueran sus colmillos o cuán perverso fuera su gruñido—aunque eso no significaba que no estuviera aterrorizado. "Si no escuchas, morirá!"
Inuyasha parpadeó sorprendido ante las fuertes palabras de Jinenji, el humano en él finalmente fue capaz de abrirse camino entre la voz demonizada. "Es por su vida! Hazlo por su vida!" Gritó a través de la neblina, le suplicó. "Por favor, escúchalo, es un doctor, puede ayudar!" Con prontitud, Inuyasha asintió, si estaba asintiéndole a Jinenji o a la fuerte presencia humana dentro de él era desconocido.
Estremeciéndose y sacudiéndose, Inuyasha se obligó a acostar a Kagome sobre su espalda, nunca removiendo sus ojos de su pálido cuerpo sin vida. Permanecieron fijos en la mujer, observándola con atención tan intensa que se hubiera prendido en llamas ante el calor de la mirada. Mordió el interior de su mejilla mientras miraba sus labios sin vida, había visto antes labios tan pálidos como esos. El recuerdo fue suficiente para enfriar su sangre.
"Papá!" Gritó un pequeño niño mientras caía por la baranda del Shikuro, su pequeño cuerpo caía en las furiosas olas de un mar huracanado.
"Miroku!" Gritó Inuyasha en respuesta, su mente no registró ni le importó que el niño lo hubiese llamado padre. Eso no importaba, lo que importaba era su vida. "Miroku!" Gritó mientras corría hacia la baranda, buscando desesperadamente alguna señal de la pequeña figura, la única indicación fue un pequeño punto de piel blanca, una mano hundiéndose bajo una ola.
Sin titubear, Inuyasha saltó por el costado del barco antes de poder entender que estaba saltando a un mar asolado por una tormenta y se sumergió en las mortales aguas, rezando porque su hijo aun estuviera vivo. Se sumergió tan profundo como pudo, sus ojos bien abiertos buscando desesperadamente por el pequeño niño. Un parpadeo de blanco, un pequeño cuerpo hundiéndose más y más llamó la atención de sus ojos. A pesar de su necesidad por oxígeno se obligó a sumergirse más y más profundo hasta que alcanzó esa fantasmal mano, agarrándola fuertemente antes de patear con todo su poder para regresar a la superficie.
Su cabeza irrumpió en la cima del agua y jadeó por aire, levantando a Miroku para que la cabeza del niño estuviera sobre la superficie.
"Capitán!" Gritó Myoga desde la cubierta, su voz llena de terror.
Él apenas escuchó el grito sobre el fuerte rugido de la tormenta. "Por aquí!" Gritó mientras tragaba agua, sus ojos apenas capaces de distinguir el barco que se encontraba un poco retirado de su lado. Fue afortunado de no haberse alejado mucho.
"Soga-a." Fue el sonido de Totosai. "Soga-a!"
Inuyasha parpadeó mientras la lluvia golpeaba su rostro, qué habían dicho—una soga? Mirando desesperadamente alrededor buscaba tratando de ver lo que el hombre estaba indicando. No vio nada sino una ola dirigiéndose directo hacia él y Miroku. "Mierda!" Gritó mientras halaba a Miroku fuerte contra él, la ola se estrelló en ellos hundiéndolos en el mar, volteándolos y empujándolos. Sostuvo a Miroku con todo su poder, rezando por tener la fuerza para mantenerlo a salvo. La fuerte sensación subsidió y se atrevió a abrir sus ojos y a tratar de subir, era imposible pero tenía que adivinar.
Pateando con ambas piernas y estirando una mano (la otra sostenía a su entonces desconocido hijo) se abrió camino hacia la superficie, su cabeza irrumpió de nuevo. Frenéticamente, miró alrededor por algo a qué aferrarse, se topó con una soga.
"Gracias a Dios." Jadeó mientras usaba la fuerza que le quedaba para nadar hacia ella con un brazo, alcanzándola con urgencia. "La tengo!" Gritó tan fuerte como pudo una vez que tuvo la soga firmemente en su agarre. "Rápido!"
Solo pasaron segundos antes de sentir un tirón mientras los regresaban a bordo.
El recuerdo se desvaneció, sus pensamientos vagamente regresaron al presente. "Los labios de Miroku se veían así," pensó Inuyasha para sí mientras de nuevo sentía el pánico crecer dentro de él. "Cuando nos sacaron del mar." Mordió su labio, esa no era una buena señal. "Haz algo, maldición!" Se encontró gritándole a Jinenji mientras desviaba sus ojos de Kagome para mirar al otro mitad demonio. "Por qué no estás haciendo nada?"
"Lo haré." Respondió Jinenji mientras conducía su oído hacia su pecho.
Inuyasha siseó, apretando sus dientes creó el ruido mientras inhalaba un profundo respiro en respuesta, sus instintos protectores aun increíblemente fuertes a pesar de su sangre humana. Apretando sus dientes, hundió sus dedos en la tierra, redirigiendo sus manos del instinto inicial que tuvo: el instinto de golpear a Jinenji en la cara—duro.
"No, maldición." Maldijo Jinenji por primera vez en su vida, sus ojos abriéndose en pánico mientras retiraba su cabeza de su pecho, sus manos buscaron su muñeca, sintiendo por algo más.
Los ojos de Inuyasha se movían entre el rostro de Jinenji y la mano del demonio. "Qué—por qué no—por qué no, por qué maldición?"
Jinenji soltó su muñeca y puso ambas manos en su garganta, cerrando sus ojos mientras fruncía su entrecejo, sintiendo por el pulso que Inuyasha había dicho no existía. No había ninguno. Retirándose, Jinenji inhaló un profundo respiro, sus ojos subían y bajaban por su cuerpo. "Ella está pálida—no hay flujo de sangre—no hay latidos para hacer mover la sangre—no hay pulso en su muñeca." Miró sus manos. "O en su cuello." Miró su garganta mientras mordía su labio. "Qué hago?" Inhaló temblorosos respiros. "Está muerta—no está respirando, su corazón se detuvo—no puedo regresar a alguien de la muerte!"
"No te quedes mirándola!" Le gritó Inuyasha de nuevo. "Haz algo—por qué no estás haciendo nada—vamos!"
"No hay latidos!" Le dijo Jinenji sin rodeos mientras apretaba y soltaba su puño. "No puedo hacer nada sin un latido."
"Qué estás diciendo?" Respondió Inuyasha pero ya sabía lo que significaban las palabras de Jinenji. Un hombre sin latidos era un hombre que estaba muerto. No había manera de hacer latir un corazón una vez que se detenía, ninguna en absoluto—era imposible.
"Ella está—," la voz de Jinenji se quebró en su garganta mientras sus ojos comenzaban a humedecerse de rabia consigo mismo y ante la situación que dominaba su corazón. Levantó sus manos para cubrir su rostro mientras leves sollozos comenzaban a sacudir su cuerpo. "Ella está—," hipó. "Está muerta!"
Inuyasha sintió todo su mundo comenzar a derrumbarse a su alrededor, su mentón se desplomó, su corazón se detuvo, el sudor que había estado descendiendo por su rostro se tornó mortalmente frío. Trató de hablar pero su voz se atascó en su garganta, alojándose en su tráquea. Sintió una humedad en sus ojos, nublaba su visión, sintió su pecho subir y bajar, sintió su labio inferior comenzarle a temblar. Nunca había sentido esta sensación como adulto, ni una vez. La había sentido de niño cuando murió su padre, la había sentido cuando su madre le siguió siendo un adolescente, pero nunca la había sentido como adulto—ni cuando Kikyo había muerto había sentido el peso de lágrimas brotar de sus ojos y por su rostro. Este no era él, el Capitán Inuyasha del Shikuro no lloraba.
Lentamente, como si estuviera en un sueño, Inuyasha levantó una mano para tocar su rostro, sus dedos rozaron contra la extraña humedad que estaba ahí, leve pero estaba ahí. "Qué?" Preguntó mientras retiraba su mano y miraba las gotas de agua salada en sus dedos. Distraídamente, miró hacia el cielo medio sospechando que eran gotas de lluvia y no lágrimas pero no habían nubes alineadas en la Vía Láctea esa noche, estaba despejado, anormalmente despejado.
Inuyasha apretó sus ojos llevando una mano para tocar la extraña humedad no creyendo que fuera verdad, no creyendo que sus lágrimas fueran necesarias. "Ella no está muerta." Se dijo mientras inhalaba un tembloroso respiro. "Estas no son lágrimas—esto no está pasando."
Aún ninguna gota de lluvia caía sobre sus mejillas, solo lágrimas sinceras.
La humedad de su dolor bajaba por su rostro y como una cascada comenzó a caer por su mentón como si fuera un gran acantilado. "Kagome." El nombre sonó dulce en su cabeza pero contenía una mortal connotación detrás. "Kagome." Podía ver su sonrisa, esa dulce sonrisa de aceptación que no había cambiado en el transcurso del último mes. Aun cuando ella lo hubiese odiado esa sonrisa aún había existido pero ahora, se había ido, ido con ella, muerta, hundida en su cuerpo sin vida.
"Has—um—conocido un mitad demonio?"
"No."
Inuyasha abrió sus ojos mientras el recuerdo de esa noche de exactamente un mes atrás llenó su mente. Parecía extraño recordar eso, pensar en un momento cuando ella no había sido consciente de quién era en realidad o, para el caso, quién era ella realmente.
"Puedo—llamarte por tu nombre?"
Parpadeó, su visión de cierta forma nublada mientras su voz lo alcanzaba, otra pregunta de esa noche. "Me dejaste llamarte por tu nombre," recordó recordando la forma en que su voz había sonado esa primera vez, como si el mundo hubiese terminado cuando pronunció cada sílaba pero no lo hizo. El mundo había continuado girando a pesar de llamarlo por su nombre y se habían vuelto más cercanos. "Tú—me aceptaste aun entonces, no es verdad?" Notó, el sonido de ella diciendo gentilmente su nombre llenó su cabeza. "Incluso antes de saber lo que era, lo aceptaste."
"No es igual."
El recuerdo de unas horas atrás lo inundó, la manera en que su mano se había sentido en su rostro, tocando su cabello, sus orejas humanas. Había sido delicada, gentil y contemplativa. Le había hecho sentir cosas y sensaciones que nunca había conocido en su cuerpo y en su corazón. Era dulce, era sensacional y era el epítome de la aceptación. Ella lo había aceptado solo así.
"Pero aún eres tú, verdad?"
"Aceptación." Inuyasha mordió su labio, el dolor atravesó su corazón.
"Eres tú, verdad?"
Ella había dicho eso, había aceptado a su humano, aceptó a su demonio, aceptó lo que era sin pensarlo dos veces y había sonreído cuando lo dijo. Su rostro se había iluminado y sus mejillas se habían sonrojado mientras susurraba las palabras, el corazón de Inuyasha latía ante el sonido.
"Dicho sea de paso," su voz era suave, su expresión un poco traviesa. "Me gustan más tus orejas de perro."
Los ojos de Inuyasha se abrieron, las lágrimas se detuvieron mientras el significado detrás de su declaración se asentaba totalmente.
"Me gustan más tus orejas de perro."
Ella lo aceptó—
"Me gustan más tus orejas de perro."
Como un mitad demonio.
"Lo siento." Jinenji se encontró susurrando apologéticamente inconsciente de los pensamientos del hombre ante él. "Lo—siento—mucho—."
"Ella me aceptó." La idea atravesó la cabeza de Inuyasha. "Me aceptó por quien soy. Demonio, humano, mitad—Kagome me acepta. A ella no le importa." Las lágrimas comenzaron a formarse de nuevo esta vez el dolor era aún mayor. "No puedo perderla. Ella—es la única persona que me acepta. Que solo me ve, verdaderamente me ve y me quiere a pesar de mi sangre, a pesar de mi herencia, a pesar de mi boca soez y mi mal humor no la perderé! Me rehúso." Lentamente, miró a Jinenji quien estaba llorando, sus sollozos salían en jadeos. "Haz algo." Se encontró diciéndole al llorón. "Haz algo." Salió fuerte, suplicante y desesperado.
Jinenji levantó una mano secando sus ojos. "No hay nada."
"Tiene que haber—algo—cualquier cosa—aun si es imposible tienes que intentar—," presionó Inuyasha llorando abiertamente, las lágrimas una adición anormal a su rostro. "Ella lo hizo por ti." Le dijo a Jinenji gruñendo a través de su propio dolor, su voz humana produjo el ahogado sonido. "Ella hizo lo imposible por ti!" Sus manos de repente se expandieron mostrando a todas las personas en el claro quienes ahora estaban despiertas observando la escena, toda la malicia que había estado alojada permanentemente en sus corazones se habían evaporado en el cielo nocturno. "Si ella puede hacerlo entonces tú también!" Le apuntó un acusador dedo a Jinenji. "Al menos tienes que intentarlo."
Jinenji miraba los asustados ojos del Capitán, los ojos de un hombre que no podría sobrevivir si la actual situación escalaba. Parpadeó, el mundo se tornó en cámara lenta mientras se giraba para mirar el pálido cuerpo de Kagome. Ella había hecho lo imposible—no estaba seguro de qué era lo que había hecho pero había detenido a esas personas, había abierto sus manos y liberado una esencia tan pura que había sacado la maldad y el odio de personas que estaban tan llenas de ellas que las cegaban. Lo había hecho sin pensar, se detuvo en frente de él sin pensar, lo defendió sin pensar, peleó por él sin pensar y lo aceptó sin pensar, lo vio por lo que era en el interior en vez de su apariencia exterior sin pensar.
"No puedo dejarla morir." Jinenji sintió las palabras permear su mente, resonando fuertes en sus oídos. "No puedo dejarla morir pero qué—cómo lo detengo?" Cerró sus ojos tratando de pensar en algo, algo que pudiera hacer para salvarla—repasó los textos y libros médicos que había leído, dejó a su mente explorar las lecciones que su padre le había ofrecido brevemente, lecciones que su madre le había dado hasta este día—nada podía importar, no había manera de reiniciar un corazón que se había paralizado en un pecho.
"Onegai."
La cabeza de Jinenji se levantó cuando la palabra extranjera golpeó su cerebro. Miró a Inuyasha, analizando los ojos de un hombre que estaba muriendo por dentro.
"Onegai," repitió la extraña palabra, sus ojos miraban a Kagome, observándola con tal pérdida, con tal dolor que hizo doler el corazón de Jinenji. "Jinenji-sama," susurró antes de girarse para mirar el rostro de Jinenji, sus ojos suplicantes, traduciendo las palabras que Jinenji no podía entender. "Onegai."
"Por favor." De cierta forma Jinenji supo que estaba diciendo 'por favor'. Por favor sálvala, no puedo vivir sin ella, la necesito, sálvala por favor. Inuyasha estaba destrozado; esto lo mataría así como la había matado a ella. "Él me defendió, él—me dio una razón para vivir y no puedo proteger la suya." Miró a Kagome sintiéndose completamente inútil. "Lo siento—," le susurró al hombre suplicante. "No puedo hacer latir un corazón—no hay manera—no puedo simplemente golpear su corazón y hacerlo funcionar—" Las palabras de Jinenji se desvanecieron, su mente formuló algo que era loco y no tenía sentido pero parecía probable. "Espera un minuto."
La voz de Jinenji se congeló en sus labios recordando una pieza de literatura que había leído el último año sobre la posibilidad de presionar en el pecho para estimular los músculos del corazón incluso después de haberse detenido. No estaba probado—era considerada ridícula por la comunidad médica pero qué mal haría intentarlo? Al menos podría decir que lo había intentado.
Sus manos comenzaron a temblar, su tamaño hizo que su mente entrara en pánico mientras su idea comenzaba a tomar forma. "Puedo presionar su pecho, estimular las palpitaciones de los músculos del corazón. Podría funcionar, podría funcionar." Asintió para sí mientras se acercaba más a su frío cuerpo, a punto de colocar sus enormes manos en su pecho pero se detuvo cuando notó que sus manos eran tan grandes que cubrían todo su pequeño cuerpo. "Mis manos son muy grandes," notó mientras sus latidos comenzaban a escalar en su pecho, sus ojos buscaban una solución. "Necesito unas más pequeñas—," sus ojos se paralizaron en las manos de Inuyasha—manos que no la aplastarían.
"Inuyasha!" Gritó llamando la atención del hombre, tenía que actuar rápido, no había manera de decir cuánto podría soportar su cuerpo sin sangre para su corazón y oxígeno para sus pulmones. "Coloca tus manos en una bola, juntas así!" Ordenó Jinenji mientras colocaba una mano sobre la otra, mostrándole a Inuyasha cómo colocar la palma de una mano en los nudillos de la de abajo.
Inuyasha parpadeó confundido, sus ojos nublados con lágrimas, incapaces de enfocarse. "Qué-?"
"Quieres salvarla o no!" Gritó Jinenji en el rostro del hombre, su adrenalina lo presionó a hacer y decir cosas que nunca había pensado hacer ni decir.
Instantáneamente, Inuyasha pareció desembriagarse, sus ojos abiertos comprendiendo. "Qué hago?" Preguntó sin preámbulo haciendo que Jinenji asintiera satisfecho.
"Tus manos," Jinenji señaló las suyas, de nuevo mostrándole al Capitán cómo realizar el ejercicio salvavidas del que había leído. "Haz que tus manos se vean como las mías."
Sin pensarlo dos veces, Inuyasha obedeció, fijando sus manos para imitar la manera en que Jinenji había colocado las suyas. "Ahora qué?"
"Pon tus manos en su pecho y empuja. Empuja unas cuantas veces—abajo y arriba duro pero no tan duro como para romper sus costillas." Demostró en el suelo, empujando gentilmente cuatro o cinco veces, su palma hundiéndose en la tierra.
Inuyasha levantó una ceja completamente confundido. "Ella no se ahogó." Protestó bruscamente reconociendo el gesto como uno realizado para víctimas de ahogamiento.
Jinenji sintió hervir su sangre en sus venas mientras sus ojos destellaban rojos. "Sólo hazlo!" Sintió su corazón latir más salvajemente en su pecho mientras el miedo al hombre más fuerte que tomaba represalias se apoderaba de él. Estaba asustado, asustado del hombre ante él pero—ahora no había tiempo para temer; no había tiempo para nada sino salvar una vida. "Por favor, esta es su única oportunidad." Jinenji continuó suplicando, esperando que el otro hombre confiara en él, que creyera en él como antes. "Yo lo haría pero mis manos son muy grandes," señaló sus enormes manos y luego a Kagome. "La mataría."
Inuyasha no se detuvo a pensar ante esas palabras, colocó sus manos en su pecho entre sus senos, sostenidas en la manera que Jinenji le había demostrado, y empujó como el joven demonio le había demostrado en el suelo. Enfocó sus ojos en ella, observando mientras todo su cuerpo se movía bajo la presión de sus palmas. Su pecho se agitaba con cada empujón pero nada de oxígeno entraba en ella, ni de vida regresaba a ella. "Vamos." Pensó Inuyasha para sí, no entendiendo lo que estaba haciendo pero confiando en el otro demonio. "Funciona—esto tiene que funcionar."
Jinenji miraba intensamente, sus ojos observaban mientras las manos de Inuyasha empujaban en el pecho de Kagome justo sobre su corazón. "Funcionará? Hará latir su corazón?" Lamió sus labios e inhaló un profundo respiro, la acción hizo que su mente brotara con ideas. "Aire—," la palabra salió de sus labios. "Necesita aire." Se dio cuenta mientras inhalaba otro respiro. Kagome no estaba respirando y el solo estimular su corazón no la haría respirar otra vez. Era como una víctima de ahogamiento—tenía que tener aire. "Aire."
"Aire?" Preguntó Inuyasha mientras continuaba empujando en su pecho, sus ojos moviéndose entre ella y Jinenji.
"Ella no puede respirar—," explicó Jinenji rápidamente. "Necesita a alguien que respire por ella."
"Cómo demonios hago eso?" Respondió Inuyasha mientras continuaba presionando en su pecho a un ritmo gentil, sus manos comenzaban a cansarse pero su voluntad implacable.
"Como una víctima de ahogamiento, sacas el agua de su estómago y luego exhalas aire en su boca para inflar los pulmones!" Jinenji asintió vigorosamente. "Inhala un respiro profundo y luego empújalo en sus pulmones. La hará tener que respirar." Le dijo Jinenji antes de añadir firmemente. "Sólo hazlo," antes de que Inuyasha pudiera discutir.
Pero Inuyasha no iba a discutir. Sin pensarlo más, realizó perfectamente la siguiente acción, esta era una que conocía—la había realizado pocas veces durante su vida en el mar, una vez se la realizó a Miroku en ese recuerdo de tiempo atrás.
Echando hacia atrás la cabeza de Kagome y pellizcando su nariz, inhaló un profundo respiro y presionó sus labios sobre los suyos, empujando tanto oxígeno en su cuerpo como se lo permitiera el suyo.
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"Me siento ingrávida." Murmuró Kagome mientras sentía sus ojos abrirse para cerrarlos de nuevo, "Estoy flotando." Su voz sonaba a la deriva para sus oídos, incorpórea, casi suspendida, flotando sobre su cabeza en vez de provenir de su boca.
Lentamente, trató de abrir sus ojos una vez más, su mente disponiéndola a despertar pero su cuerpo decía que todavía no era el momento, que necesitaba descansar—alejarse. Con sus ojos aun cerrados, le permitió a su mente divagar, permitiéndose simplemente relajarse y alejarse, los recuerdos la tocaban, entrando y saliendo de su consciente, pequeños destellos apenas visibles para los ojos de su mente moviéndose justo detrás de sus párpados.
Vio una sonrisa; la sonrisa de un hombre. Cómo sabía que era la sonrisa de un hombre, no estaba segura pero de alguna manera sabía que era un hombre. Era humano, demonio? La sonrisa destelló en el fondo de sus ojos, era tímida, infantil, juvenil y encantadora—un pequeño colmillo se asomaba de los labios fuertemente cerrados. "Demonio." Murmuró en el vacío, el sonido de su voz de nuevo se presentó sobre ella, lejos de ella, como si no fuera una parte de ella.
Sí, la sonrisa le pertenecía a un demonio—
Otro destello apareció detrás de sus párpados, la imagen de unos ojos dorados abiertos y grandes, engreídos y llenos de fuerza interior pero también de un poco de tristeza. Era una tristeza que no había entendido hasta ahora, verdad? Era separación, rechazo, una parte de esa sonrisa y esos ojos que lo perturbaban, perturbaban una parte de él que no le había mostrado, no le había mostrado al mundo. Vio otro destello, un movimiento ligero que llamó su atención, plateado y brillante resplandeciendo en la luz de la tarde, crispándose—era una oreja, una oreja de perro en una cabeza humana. "Cachorro."
Y entonces se fueron, el movimiento fue reemplazado por nada sino negro. Negro encontró su visión pero no el negro de la ausencia, había algo ahí, algo negro en color, algo que se había vuelto negro por el cambio—su cabello había cambiado, sus orejas habían cambiado, sus ojos habían cambiado, esa sonrisa había cambiado. Negro, todo negro, orejas humanas a los lados de su cabeza, y no había colmillos en su boca—todo era diferente, todo en él excepto—
Otro destello encontró su visión, justo la vista de sus ojos, eran negros, negros y tristes.
Negro y dorado, dorado y negro: dos lados de un rostro marcaba lo mismo por la similitud que ambos compartían—ambos estaban llenos de tristeza. "Por qué?" Preguntó ella, "Por qué están tristes?"
Y lo sabía, sabía por qué estaba ahí la tristeza, sabía qué la había formado, el odio que había puesto esa tristeza en sus ojos.
"Mitad demonio." La palabra la llenó, la consumió, la apuñaló en el pecho tan fuerte que no pudo inhalar. Se sintió claustrofóbica, se sintió apretada y encogida, no podía respirar. Necesitaba regresar, regresar a ese hombre herido, era importante, su dolor era importante, ella era importante para él, para ayudar a aliviar ese dolor. Ella lo necesitaba y él la necesitaba se diera cuenta de cuánto o no. "Inuyasha!" Gritó por él, desesperada, su nombre desgarrando su garganta no más olvidado.
"I-I-n-nuyasha-a-a."
Sus ojos se abrieron de golpe mientras su voz y su nombre hacían eco hacia ella, el sonido rebotaba de un millón de paredes que no podía ver, todo lo que podía ver era blanco, era completamente blanco, indefinidamente blanco. Su pánico disminuyó, la sensación en su corazón se disipaba lentamente mientras miraba a su alrededor en el presente e infinito vacío blanco.
"Dónde estoy?" Susurró para sí mirando alrededor, como si tratara de encontrar alguna especie de punto de referencia para notar su localización. No vio nada. No había nada aquí, nada excepto un gran vacío blanco.
Parpadeó varias veces y rodeó su cuerpo con sus brazos o al menos pensó que lo hizo pero ninguna sensación de consuelo la inundó. Bajando la mirada, buscó sus pies, sus manos, por su todo pero se encontró con ese mismo vacío, esa misma nada—esa vacante de color. Era como si ella fuera parte del vacío, parte de esa blancura infinita.
"Estoy muerta?" Se preguntó en silencio pero sus pensamientos eran proyectados a su alrededor como si los hubiese dicho en voz alta.
"No estás muerta."
Si hubiese tenido su cuerpo habría saltado ante la extraña voz que entró en su mente. "Quién está ahí?" Llamó girándose, mirando en cada dirección tratando de ver quién había hablado. No vio nada.
"Estás asustada?" Preguntó de repente la misma voz a su lado, su corazón se alojó en su garganta.
Kagome se alejó de la voz mientras miraba intentando ver de dónde había venido, aún no vio nada. "Estoy asustada." Respondió sincera a la pregunta de la voz, su propia voz temblaba levemente.
"No hay necesidad de temer," la voz hizo eco en un oído, luego en el otro. "Kagome."
Ella parpadeó y tragó antes de hablar lentamente. "Cómo sabes—mi nombre?"
Una carcajada llenó el vacío, el sonido envolvía todo lo que tocaba. "Sé todo lo que ha sido y todo lo que será."
Los ojos de Kagome se abrieron, su mente corría buscando una explicación. "Eres—," titubeó, sus ojos aun buscaban el origen de su conversación. "Dios?"
La voz rió fuertemente, el sonido ensordecedor en el abismo blanco. "No—no soy Dios, Kagome." Llegó la gentil y calmada respuesta. "Alguna vez fui como tú, un ser viviente pero llevo muerta mucho tiempo."
"Entonces," Kagome trató de concluir. "Todavía no estoy muerta?"
"No estás ni viva ni muerta," habló la voz tranquilamente, el sonido pareció cubrir todo en una sábana de calidez y seguridad. "Tampoco existes ni no existes, ni eres parte del mundo terrenal ni parte de este."
"Qué—?"
"No te preocupes por eso, Kagome," la voz era velada, sintiéndose como si las palabras estuvieran siendo dichas directamente en el oído de Kagome. "No es importante. Todo lo que necesitas saber es que estás muy viva, aun si no estás en tu cuerpo terrenal ahora."
Kagome parpadeó rápidamente y se miró de nuevo entendiendo totalmente por qué no había visto piernas o brazos y en vez, se encontró con nada sino una borrosidad que se asentaba en su línea de visión. Tragó esperando sentir pánico en cualquier momento pero el sentimiento nunca llegó, en vez, fue inundada con un entendimiento que no debió haber sido tan fácil de obtener. "Mi alma." Identificó fácilmente. "Esta es mi alma."
"Sí," aceptó la voz. "Es un alma muy antigua."
Kagome levantó la vista, sus ojos buscaban el cuerpo detrás de la voz, no vio nada; la comprensión creció de nuevo. "También eres un alma?"
"Sí." Respondió.
"Entonces este lugar—?"
"No es definible."
Kagome habría fruncido sus ojos si tuviera un alma capaz de semejante acto. "Qué?"
"No tiene nombre," explicó la voz suave y delicadamente, el sonido un poco más difícil de escuchar como si estuviera alejándose de ella. "Tampoco puede nombrarse."
"De acuerdo—," murmuró Kagome antes de continuar. "Entonces por qué estoy aquí?"
"El poder de una Miko es grandioso, Kagome," la voz pareció saltar a su alrededor, moviéndose a su otro lado, el sonido hacía eco en las paredes mientras se hacía más fuerte—no enojada, solo más fuerte. "No estaba diseñado para ser usado con tal inmensidad."
"Usé demasiada de mi energía?" Le murmuró Kagome a la voz invisible, su comprensión aumentaba mientras pensaba en eso.
"Exactamente." Le dijo la otra alma, su voz suave, una caricia en la blancura. "Has usado tanto de tu poder que tu cuerpo se agotó pero con un poco de descanso estará listo para contener de nuevo tu alma."
"Entonces estoy aquí para dejar que mi cuerpo descanse por un segundo," infirió Kagome escépticamente. "Porque no puedo contener más mi alma? Está muy cansado?"
"Sí. Y mientras tu cuerpo descansa en ese mundo terrenal," la voz se estaba volviendo más y más difícil de escuchar con cada segundo como si el alma estuviera desapareciendo, tal vez aburrida de ella. "Tu alma temporalmente residirá aquí." La voz entraba y salía antes de regresar fuerte a los oídos de Kagome. "Debes tener cuidado, Kagome," advirtió, el sonido titubeante como si no debiera decir nada en el tema presente. "Este mundo no es indulgente. Sólo te dejará descansar temporalmente una vez." Era fuerte, demandante mientras continuaba. "No te dejará descansar así otra vez; si regresas te atrapará."
"Me atrapará?"
"Si ves este blanco otra vez, Kagome," la voz era siniestra. "Estarás muerta."
Era extraño sentir su corazón latir en su pecho cuando sabía que actualmente no tenía pecho ni corazón para que la acción tuviera lugar. "Entonces no puedo usar mis poderes o moriré?"
"Sí," la voz se desvaneció haciéndose suave una vez más. "Y no." Regresó un millón de veces más fuerte. Casi lastima sus inexistentes oídos mientras chillaba penetrantemente junto a ella. "El cuerpo no puede sustentar el poder que posees Kagome, por eso es mortal."
"De acuerdo," susurró Kagome perpleja. "Entonces, básicamente estás diciendo que si uso ese poder moriré."
"Tu cuerpo solo morirá si canalizas ese poder a través de él," la voz se tranquilizó pero aún sonaba perturbadoramente cercana a su cabeza. "No puede soportar la fuerza de la energía, no estaba diseñado para tal poder pero eso no significa que no hayan cosas que fueran diseñadas con ese uso en mente."
"Cosas?"
"Sí, Kagome." Confirmó el alma, el sonido ahora tras ella pero fácilmente escuchada. "Por siglos las Mikos y sus equivalentes occidentales han encontrado formas para controlar este poder, canalizándolo a través de objetos diseñados para amplificar y simplemente soportar su enormidad." La voz se presionó en el oído de Kagome, asegurándose de que asimilara cada palabra. "Debes encontrar algo para canalizarlo, algo que pueda soportarlo, controlarlo, algo fuera de ti. Si puedes encontrar tal cosa, entonces tu cuerpo no sufrirá el destino de la muerte porque no soportará el poder que ningún mortal podría manejar."
Kagome sintió como si sus ojos se hubiesen abierto, inexistentes, sintió como si los vellos en su nuca se hubiesen erizado, incluso en este lugar en el que no podían residir. "Cómo, cómo encuentro tal cosa?"
"Cuando lo veas, lo sabrás. Te llamará, Kagome y no tendrás opción sino tomarlo y canalizar todo tu poder a través de él." La voz estuvo tranquila pero solo por un segundo como si estuviera pensando o hubiese sido perturbada por alguna ocurrencia invisible. "Pronto regresarás al plano terrenal." La voz ahora era borrosa, casi ida. "Él te regresará," la voz casi pareció sonreír.
"Él?"
El alma pareció ignorarla. "Está llamándote."
Kagome agudizó sus oídos tratando de escuchar lo que la borrosa voz había aludido. "No escucho nada."
"Es suave y aun fuerte—débil y aun fuerte—triste—y aun sanador." La voz se desvaneció, el blanco se desvaneció y Kagome se encontró consumida por el negro.
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Jinenji se inclinó sobre Inuyasha mientras exhalaba en la boca de Kagome, empujando el aire vital profundo en sus pulmones. "Ahora las manos!" Ordenó rápidamente, sus enormes ojos azules fijos en la joven en frente de él, esperando más allá de toda esperanza que esto funcionara, tenía que funcionar.
Sin tanto como un movimiento de cabeza, Inuyasha obedeció colocando sus manos en su pecho de la misma manera que antes, presionando firmemente—uno—dos—tres—cuatro—
"Aire!" Jinenji interrumpió el movimiento. "Dale más aire, ahora!"
Sin pensar, Inuyasha obedeció acomodando de nuevo su cabeza hacia atrás, inhaló oxígeno antes de presionar sus labios en el gesto menos romántico que hubiese ejecutado en una mujer.
"Manos—," presionó Jinenji, su voz desesperada. "Rápido, las manos!"
Él obedeció, sus manos ya estaban en su pecho preparadas para empujar una vez más cuando de repente, ella inhaló un profundo respiro, sus ojos se abrieron enormes, del tamaño de platos de té. Jinenji alcanzó deteniendo sus manos mientras la observaba, sus ojos abiertos y llenos de pánico.
"Kagome?" El enorme mitad demonio logró susurrar mientras ella se giraba sobre su costado, tosiendo y jadeando mientras comenzaba a respirar de nuevo.
"Por favor, que esté bien." Inuyasha apenas logró pensar para sí mientras la observaba jadear y rodar levemente sobre su estómago antes de toser y volver sobre su costado, sus manos apretaban fuertemente su abdomen.
El jadeo subsidió, volviéndose un fuerte y doloroso sonido de tos seca y luego un ruido carrasposo mientras inhalaba aire que había estado ausente de su cuerpo por algún tiempo. Ella tosió, el sonido doloroso para los oídos de ambos mitad demonios mientras la observaban cerrar sus ojos, agua brotaba de ellos mientras rodaba sobre su espalda, su cuerpo sacudiéndose con sus esfuerzos para respirar y no ahogarse al mismo tiempo.
Inuyasha la observaba mientras tosía, sus manos rodeaban su estómago aún más fuerte sosteniendo sus costados mientras raspaba y jadeaba violentamente. Luchó con la urgencia de alcanzarla, agarrarla y halarla hacia él, no quería nada más que presionar sus labios en los suyos—no en la manera como lo había hecho sino en un beso reafirmante de vida. Necesitaba sentirla, necesitaba saber que estaba viva. "Kagome." El nombre resonó en su cabeza mientras lágrimas de completa felicidad llenaban sus ojos. "Está respirando, está viv—," hizo una mueca cuando la tos repentinamente se tornó en vómito y Kagome rodó sobre sus manos y rodillas antes de exhalar. "Está vomitando."
La mueca se volvió una ola de nauseas, el demonio dentro de él menguaba mientras su adrenalina subsidiaba. Apenas logró ver a Jinenji moverse para sujetar sus hombros, levantándola lejos del lugar en el suelo donde había vomitado pero no se atrevió a moverse. No porque no quisiera (porque estaba seguro de querer) sino porque su cuerpo no se movía más. Se sentía pesado, cansado como si cada músculo en su cuerpo estuviera por rendirse.
"Ella está bien." Parecieron decir todos con él. "Está bien, podemos descansar." Aceptaron todos. Inuyasha sintió sus ojos abrirse y cerrarse, su mente alejándose de la situación mientras el alivio lo invadía de la cabeza a los pies.
"Está bien." La distante voz del demonio en él gruñó en acuerdo antes de abandonarlo completamente, una rápida retirada, haciéndolo sentir aún más pesado.
"Está viva." Inuyasha logró susurrar mientras comenzaba a sentirse soñoliento o tal vez débil; su cuerpo humano no era capaz de soportar la tensión de la sangre demonio y luego su repentina ausencia por encima de su cercana experiencia con la muerte y la herida de bala aun curándose.
"Srta. Kagome?" El gentil sonido de la voz de Jinenji llenó el aire mientras el enorme demonio la giraba, encarándola inconscientemente hacia Inuyasha.
Sus ojos se abrieron con el movimiento, los profundos y tormentosos grises instantáneamente captaron los ojos de Inuyasha. "Inuyasha?" Susurró en la oscuridad mientras lo distinguía por la luz de las antorchas que colgaban de los árboles donde los aldeanos las habían colocado antes.
Inuyasha sintió su corazón saltarse un latido ante el sonido de su débil voz. "Kagome." Susurró, la sonrisa en su rostro llena con amor, amor que no había notado que estaba mostrándole. "Estás viva." Susurró mientras se le acercaba, una mano alcanzando por ella, rozando suavemente contra su mejilla mientras descansaba en los brazos de Jinenji.
Kagome cerró sus ojos ante el contacto, su expresión serena asimilando la sensación de sus callosas manos en su suave piel. "Inuyasha." Murmuró mientras cedía a sus caricias. El sonido hizo detener su corazón y las lágrimas que habían estado rebosando sus pestañas a punto de casi caer.
Con un movimiento para Jinenji de que iba a tomarla, alcanzó para colocar una mano debajo de sus rodillas, antes de envolver su otro brazo alrededor de su hombro, halándola fuertemente hacia él mientras su corazón gritaba con alivio que no se permitiría mostrar en sus ojos. "Estabas muerta." Pensó solo para sí acunándola delicadamente en su pecho antes de sentarse, cruzando sus piernas, permitiéndole a sus cansados brazos un descanso al colocarla simplemente en su regazo. Sin otra idea, agachó su cabeza y colocó su frente contra su hombro. La posición imposible para cualquier otro hombre. Inhaló su aroma con su nariz humana pero a pesar de eso fue capaz de aspirarlo, la esencia de flores y de mar calmaba sus nervios, haciéndolo sentir cansado y soñoliento. Golpeó su nariz contra el lugar donde descansaba su marca, el demonio en él volvió a la superficie lo suficiente para reafirmar esa conexión.
"Pareja." Pareció susurrar antes de desaparecer una vez más, sin regresar hasta que el sol se elevara en el horizonte.
Sintió a Kagome moverse contra él, su mano fue a tocar su cabello levemente antes de caer. Estaba demasiado cansada para moverse. Lentamente, él se separó para poder mirar su rostro y sonreírle cuando abrió sus ojos. "Estás viva." Repitió pero sus palabras contenían un significado tan profundo que tocaron su alma.
"Por supuesto," rió pero el sonido se mezcló con tos, giró su rostro hacia su pecho no queriendo toserle directamente en su cara. Después de un momento, subsidió y lo miró de nuevo, sus ojos lo recorrieron lentamente. Sus dedos se elevaron, las almohadillas de sus dedos apenas tocaron su mejilla antes de descender para descansarlas en su pecho. "Te ves así como me siento." Trató de bromear pero el amor en sus ojos no era tema de risa.
"Entonces debes sentirte horrible," le sonrió y se miró haciendo énfasis. "Porque me veo como una mierda."
Ella no pudo sonreír otra vez, estaba demasiado cansada pero el mensaje fue transmitido en sus ojos. Esos pozos grises sonreían más brillantes de lo que sus labios pudieron mientras susurraba sus próximas palabras. "Todavía eres humano." Le dijo, sus ojos viajaron a los costados de su cabeza luego a la cima y luego de regreso a su rostro. "Aun tienes los ojos de tu madre."
"Sí." Asintió él, pero igual sintió una leve punzada en su corazón. Incluso ahora mientras la sostenía en sus brazos lleno con tanta felicidad, con tanta gratitud de que aún estuviera aquí viva y hablando con él, se sintió afligido por la idea de que trajera el hecho de que todavía fuese humano.
"Inuyasha—," ella sacudió su cabeza lentamente antes de que la sonrisa resaltara sus ojos una vez más pero no alcanzó sus labios. "Cuando el sol salga," se esforzó para hablar aun cuando cada palabra era difícil, su cuerpo estaba tan increíblemente cansado que encontró difícil mantener sus ojos abiertos por más tiempo. "Tú—," sus ojos comenzaron a cerrarse. "Regresarás, verdad?" Susurró levemente mientras su mano alcanzaba para tocar su camisa rota, sus dedos la agarraron como si el aferrarse a él la mantendría despierta.
Inuyasha la miró por un minuto, su mente trataba de comprender qué estaba pasando pero estaba demasiado confusa para decirlo en realidad. Sintió un cosquilleo de temor entrar en él, por qué estaba preguntando, acaso estaba decepcionada de que pudiera cambiar, quería que se quedara de esta forma, había mentido antes cuando le dijo que le gustaba más esta forma o al menos las orejas de cachorro? Reuniendo algo de su arrogancia de marca logró fruncir sus ojos en su cansado estado. "Sí," le dijo secamente, su voz neutral pero esa neutralidad hablaba volúmenes. "Cuál es tu punto?"
Ella sonrió, forzando el rasgo en su rostro, sus ojos finalmente se cerraron, su expresividad ahora ausente. Pero esa sonrisa habló volúmenes, le dijo que sabía—sabía lo que estaba pensando y que no debería haberse preocupado. "Bien," sus palabras eran suaves y difíciles de escuchar pero eran reales y fuertes con significado. "Extrañaba ese—tú." Las palabras se desvanecieron y la cabeza de Kagome se ladeó cayendo silenciosamente contra su pecho, estaba dormida, exhausta pero muy viva.
Jinenji, quien había estado en silencio durante la conversación, tragó, sus enormes ojos azules miraban al Capitán quien miraba a Kagome, su rostro lleno con amor. "Sr. Inuyasha?" Murmuró haciendo que el hombre lo mirara. "Ahora qué?"
Inuyasha parpadeó varias veces y levantó la mirada mientras la abrazaba fuerte, sus ojos miraban a los aldeanos quienes ahora estaban mayormente despiertos rodeándolos, todos ellos se veían confundidos como si no tuvieran memoria del incidente. Se sentía exhausto, quería dormir, acurrucarse con Kagome (para asegurarse de que estaría ahí cuando despertara) y desvanecerse pero sabía que ahora no era el momento. Aún había mucho por hacer. Miró a los hombres y mujeres mientras gruñían, algunos aun malheridos. Necesitarían ayuda, ayuda que solo Jinenji y él podrían ofrecer.
Inhaló un profundo respiro y miró su agotado cuerpo. Estaba durmiendo suavemente contra él, su pecho subía y bajaba, arriba y abajo, arriba y abajo. Estaba a salvo, estaba viva, y aunque nunca quería dejarla ir otra vez, sabía que necesitaba irse, había personas que necesitaban ayuda y él necesitaba ayudarlos. Agachándose, besó su frente gentilmente, permitiendo que todos sus sentimientos de alivio y amor entraran en ella a través de sus cansados labios humanos. Separándose, le agradeció a Dios por la oportunidad de besar su frente mientras dormía, porque si tuviera que besarla desde su muerte, habría maldecido sus nombres.
"Vamos a llevarla adentro y a tu madre." Comentó Inuyasha obligándose a levantar aunque sus piernas estuvieran temblorosas y a punto de ceder. Colocó a Kagome más firmemente en su agarre, cargándola como si fuera el tesoro más grande que el mundo hubiese conocido. "Y luego ayudaremos a los aldeanos." Señaló con su cabeza a las personas rodeándolos quienes ahora comenzaban a suministrarse los primeros auxilios entre ellos mismos y sus pares.
"Pero—," Jinenji protestó mirando al tembloroso hombre frente a él. "No estás en condición de moverte."
"Keh." Inuyasha levantó hacia su rostro la mujer en sus brazos e inhaló su aroma. Le daba fuerza, fuerza que su cuerpo no debería haber tenido. "Estaré bien." Le dijo honestamente al otro demonio mientras le sonreía al rostro durmiente de la mujer. "En tanto como la tenga para vivir, seré capaz de vivir cualquier cosa." Avanzando, llevó fácilmente a Kagome hacia la casa como si fuera un demonio y no un humano el que hubiese sido herido, desgastado y prácticamente casi muerto de pena. "Vamos, Jinenji." Llamó sobre su hombro al joven. "Entre más pronto nos pongamos a trabajar, más pronto podré dormir."
Jinenji observó asombrado mientras ese hombre fuerte entraba en la casa, moviéndose sobre piernas que todavía no deberían caminar con tal fuerza. "Asombroso." Murmuró para sí obligándose a levantarse. "Ambos son, asombrosos."
Inuyasha reemergió de la casa, buscándolo con agudos ojos negros. "Vamos ya, mueve tu trasero!" Gritó mientras alzaba a Haniyama aún inconsciente entrándola también en la casa. "No necesitas preparar tus provisiones? Hay mucha gente enferma."
Jinenji sonrió y asintió, la fuerza del hombre aparentemente invencible ante él hizo que sus propios pasos hacia la casa fueran un poco más fuertes.
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Después de asegurarse de tener todo lo que podría necesitar para tratar a los heridos, Jinenji e Inuyasha salieron de la pequeña casa, ambos mirando cansadamente a los aldeanos heridos, sabiendo que habían causado esas heridas.
"Por dónde comenzamos?" Susurró Jinenji hacia el mitad demonio más bajo.
Inuyasha solo se encogió de hombros. "Supongo que con los que nos dejen ayudarles?" Gruñó dando un paso hacia el claro. Los humanos rodeándolo lo miraron escépticamente y gruñó. "Me pregunto si recuerdan?" Pensó mientras mordía su labio. "Por favor, díganme que olvidaron, esa sería una buena adición al poder de Kagome—hacer que las personas a las que casi mato olviden lo que hice." Parpadeó secamente. "Conociendo mi suerte, recuerdan cada minuto de eso." Con un profundo suspiro indicó para que Jinenji se detuviera a su lado. "Vamos, la única manera de comenzar es—comenzando."
Jinenji tragó pero aceptó en silencio. "Um—," llamó en el grupo de personas que estaba de pie y vendando las heridas de los otros. "Yo—um—tengo algunos—implementos—estaría feliz de ayudar, si—quieren." Su voz de nuevo era suave y tímida.
Los aldeanos no se movieron. Sólo lo miraron mientras en silencio continuaban ayudándose mutuamente de la única manera en que podrían con limitado conocimiento médico. Jinenji bajó su cabeza levemente, sus enormes ojos estudiaban a las personas que conocía de nombre. Los heridos de bala de Inuyasha ya habían sido atendidos (probablemente durante la duración de la batalla en la cual la barrera había sido creada) e incluso algunos con los huesos rotos ya los tenían entablillados pero aún estaba adoloridos. Para su conocimiento, ninguna de las personas rodeándolo conocía muy bien de hierbas medicinales para hacer medicina adecuada para aliviar el dolor.
Sus ojos continuaron observando la multitud por unos minutos, asimilando la vista de las personas que había lastimado, sus ojos aterrizaron inesperadamente en Henry—el hombre que había lanzado contra un árbol, el hombre que muy probablemente se había perforado un pulmón. Henry estaba sentado contra un árbol, una mujer joven (su esposa Amelia) a su lado, trataba de ayudarlo a beber algo de agua mientras continuaba tosiendo sangre. Jinenji frunció, de la experiencia (aunque era experiencia que había adquirido de textos médicos) sabía que Henry estaba en peligro de morir pronto si su pulmón estaba perforado, pero no sería capaz de establecer la extensión de sus heridas hasta que pudiera examinar al hombre.
Sin pensarlo, se alejó de la seguridad del lado de Inuyasha e hizo su camino hacia Henry y su esposa. "Um—disculpen?" Susurró mientras los alcanzaba pero también podría haber gritado para que todos se giraran y miraran. Nerviosamente, se movió de un pie al otro, el inocente gesto ruidoso por su tamaño.
"Sí?" Habló Amelia levantándose valiente, sus ojos miraban a Jinenji cansadamente.
"Yo—noté que él está, um, tosiendo mucha sangre," tartamudeó Jinenji mientras la mujer lo observaba con esos ojos cansados, pero al menos estaba escuchando. "Yo—sé que—um, que podría ser una señal de un—un—bueno, un pulmón perforado, si gusta podría—darle un vistazo?" Terminó, su voz esperanzada pero su expresión gacha como si estuviera esperando un golpe.
Amelia lo observó por un minuto, su expresión contemplativa y un poco temerosa pero por el contrario vacía de algún odio.
Desde una distancia, Inuyasha estudiaba su lenguaje corporal, analizando su movimiento de pies y manos. Así no era como se movía alguien cuando estaba lleno de odio; así era como se movía una esposa cuando estaba tratando de decidir qué era lo mejor para su esposo. Debería confiar en el hombre ante ella, el gigante tartamudo que estaba ofreciéndole un consejo médico? Debería tener miedo de él, ser aprehensiva? Inuyasha sonrió, "Si esas son sus únicas preocupaciones, entonces Kagome en verdad removió sus odios." Sonrió mientras añadía. "Y probablemente no recuerdan la pelea, oh día de suerte!" Suspiró, otra idea entró. "Si no recuerdan entonces—por qué creen que están aquí? Qué creen que pasó?" Era una muy buena pregunta—de hecho dos muy buenas preguntas.
La joven mujer lamió sus labios e inhaló un profundo respiro, todos los ojos estaban en ella mientras llegaban sus próximas palabras. "Tú regresaste de la muerte a esa chica." Murmuró, sus ojos gachos, su voz suave. "Yo lo vi, nunca he visto a nadie realizar un milagro así."
"No fue un milagro." Intervino Inuyasha haciendo a un lado sus otros pensamientos mientras caminaba hacia ellos, su cuerpo aun cansado pero su voluntad grande para seguir de pie. "Jinenji es un doctor, simplemente usó su habilidad para salvar su vida."
La mujer miró al Capitán humano, su mente aun asustada pero su corazón tan dispuesto a escuchar, tan claro, tan capaz de ver. Lentamente, parpadeó y se giró de Inuyasha para mirar la tímida forma de Jinenji. "He escuchado historias de tu padre," le dijo, su voz más tranquila con cada palabra. "Por mucho tiempo fue el doctor de la aldea, verdad?"
Jinenji mordisqueó su labio, años de persecución y abuso lo hacían sentir pequeño bajo su temerosa mirada. "Um—," comenzó y miró a Inuyasha buscando seguridad. El demonio le dio una cansada sonrisa y un movimiento de cabeza poco entusiasta, era suficiente. "Sí, mi papá fue—el—um—el doctor de su aldea. Me entrenó cuando era pequeño."
La mujer asintió y llevó su mano hacia su pecho, soportándolo con suaves dedos. "Crees—bueno—," miró a su esposo, sus ojos brillaban con lágrimas. "Que en verdad—podrías ayudarlo?"
Jinenji fue sorprendido por sus palabras, por la extraña aprobación en sus ojos, esa extraña aceptación. Kagome en verdad había desaparecido sus odios y reemplazó su injustificada malicia con algo completamente suyo: aceptación, con ojos que podían ver verdaderamente. Sí, aún había cierta cantidad de temor en esta mujer pero el temor no estaba más acompañada con rabia o repulsión. Jinenji sintió su corazón llenarse con alegría mientras veía en la mirada de esa pequeña mujer, analizando sus ojos color avellana, no eran tan abiertos como los de Kagome pero estaban quebrados, estaban dispuestos a ver y con el tiempo, esperanzadoramente, lo mirarían de verdad y lo verían por quien era realmente.
"Puedo intentarlo." Habló suavemente mientras se arrodillaba ante ella, una expresión amable en su rostro. "Los pulmones perforados son difíciles de curar pero si no es muy grave, ciertamente puedo hacerlo recuperarse."
La mujer lo miró inquieta por un momento pero no regresó nada del anterior odio. En vez, su mirada simplemente era una que las mujeres les daban con frecuencia a los extraños, una mirada correcta en su rostro.
Alrededor de ella, los otros aldeanos esperaban, algunos de ellos muy adoloridos pero de voluntad fuerte para ir con el demonio, no por malicia, sino por temor—tenían miedo de lo desconocido. Este era un hombre en el que nunca habían confiado, un hombre que nunca habían identificado como un doctor, cómo podría confiar en él esta joven, cómo?
Jinenji le dio a la joven una suave sonrisa, siendo extra cuidadoso de no mostrar sus colmillos. "Le gustaría que le echara un vistazo ahora?" Habló, una nueva confianza entró en él mientras la observaba mirándolo con ojos llenos de escepticismo en vez de furia y rabia.
Ella tragó pero asintió rápidamente. "No quiero que muera." Dijo mientras caía de rodillas a su lado, su preocupación por su esposo la dominaron mientras descansaba gentilmente una mano en la pierna de Henry.
Jinenji sonrió y le asintió mientras se ponía a trabajar sintiéndose alegre y útil.
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"Gracias a Dios." Gruñó Inuyasha mientras terminaban de vendar al último paciente, una mujer que había sido golpeada en la cabeza en algún momento por Inuyasha o Jinenji, no era seguro. Les había tomado unas pocas horas al equipo del doctor y (aunque nunca lo admitiría) enfermera terminar de dar tratamiento médico a todos los aldeanos.
Con el pasar del tiempo, habían aprendido que Kagome había hecho más que solo remover el odio, había cambiado el curso de eventos para estas personas—todos creían que había habido un ataque en la aldea y que el ataque los había llevado hacia el hogar de Jinenji y su madre. Ninguno de ellos recordaba pelear con Inuyasha o Jinenji. De hecho, parecían recordar a Inuyasha ayudándolos a pelear o algo así.
Al final, una cosa era segura, los poderes de Kagome eran mucho más grandes de lo que alguien pudiese imaginar.
"No te alegres todavía." Le murmuró Jinenji a Inuyasha mientras se levantaba y miraba hacia la línea de árboles a unos pies. "Tengo un paciente más por ver hoy."
"Santo Dios." Refunfuñó Inuyasha mientras miraba el horizonte aclarando lentamente. Probablemente estaba cerca de amanecer, no podía esperar a que llegara. Inuyasha bostezó, "Tan pronto como el sol salga por el horizonte mi cuerpo se curará y no me sentiré cansado. Dios, odio ser humano." Estirándose una última vez y flexionando su cuello, siguió a Jinenji quien ya había avanzado hacia el árbol, hierbas medicinales en mano. Se detuvo en seco una vez que vio al paciente en cuestión. "Por qué demonios lo ayudaría?"
"Sr. Carver." Llamó Jinenji, inconsciente de los pensamientos de Inuyasha, dirigiéndose hacia el hombre que le había albergado más odio que cualquier otra persona.
El Sr. Carver no hizo contacto visual; en vez, continuó recostado contra el tronco del árbol, sus ojos mirando a la nada, lejos de Jinenji, orgulloso y arrogante a pesar de todo el cambio que había creado Kagome. Parecía estar en su propio pequeño mundo o tal vez estaba ignorando al mitad demonio—algo de malicia aún quedaba presente en su corazón que incluso Kagome no pudo destruir.
"Um—," susurró Jinenji observando al hombre mirar a la distancia. "Sé que ya se ocuparon de su herida de bala, señor, pero yo—ah—tengo algunas hierbas que son—bueno—um—ayudan con el dolor."
El anciano no respondió, sus ojos aun miraban a la distancia, su rostro inexpresivo mientras observaba el sol que estaba comenzando a asomarse sobre el horizonte, para alivio de Inuyasha.
"Bueno," Jinenji aclaró su garganta, colocando la pasta de hierbas junto a la mano del hombre antes de retirarse. "Si quiere usarla—solo frótela en la herida." Hizo el movimiento con sus manos antes de reír, el sonido incómodo en el frío aire. "Bueno—me—um—iré, buenas noches—um, días." Se giró, sus enormes ojos miraban a Inuyasha por alguna especie de señal. El mitad demonio apenas se encogió antes de que la señal llegara del sonido de la voz del Sr. Carver.
"Jinenji." Dijo el nombre, el sonido hizo que todos dejaran de respirar en el claro, mitad demonio y aldeanos por igual. "No sé por qué y no me importa tener que explicarlo." Su voz era brusca pero sus palabras eran significativas. "Pero por alguna razón hoy yo—," se desvaneció por un momento, reuniendo sus pensamientos. "Mientras te observaba ayudarnos, me recordó a tu padre." Alcanzó para tocar el ungüento que Jinenji había puesto a su lado. "Él fue un buen hombre, sabes."
Jinenji asintió, el Sr. Carver continuó.
"Lo conocí por mucho tiempo. Me vio crecer; fue nuestro doctor de familia cuando era un niño." Rascó su nariz distraídamente. "Fue proveedor para mi familia cuando nos mudamos aquí, nos ayudó a ponernos de pie, nos dio comida, ayudó a mi padre a construir una casa." Inhaló un profundo respiro, sus ojos perturbados con los recuerdos. "Recibió a todos mis hijos, incluso unos cuantos nietos antes de que muriera." Pausó por un momento en la palabra 'muriera' y Jinenji se preguntó si habría visto morir a su padre. "Salvó a mi esposa cuando dio a luz y salvó a mi hijo mayor cuando se enfermó de sarampión." Miró hacia el cielo, sus ojos estudiaban las estrellas. "Fue un buen hombre, un hombre honesto—por mucho tiempo pensé que su única culpa fue que eligiera casarse con una humana." Miró sus manos. "Hasta que juntos engendraron un hijo. En ese momento, me di cuenta que su falla más grande fue amarla."
Sus palabras ardieron pero Jinenji no se atrevió a interrumpir.
"Resentí a ese niño. Para nosotros," señaló alrededor. "Ese niño empañó el nombre de un buen demonio pero—y no puedo hablar por todos nosotros pero espero que sí—estábamos equivocados." El Sr. Carver miró directamente a Jinenji, sus ojos rudos, dominantes, carismáticos de cierta forma. "Puedes tener sangre mezclada pero aún eres el hijo de ese buen hombre. Esta noche te observé curar a esas personas y me asombré cuando pensé por un segundo que—," sus ojos se tornaron brumosos con recuerdos. "Pensé que estaba viéndolo. Que tú eras él." Miró a Jinenji, sus ojos que alguna vez habían estado tan llenos de odio, ahora estaban llenos de comprensión. "Tienes el mismo don que él para la medicina. Sólo desearía haberlo visto mucho antes."
Jinenji tragó y asintió, inseguro de qué decir exactamente. Después de varios minutos, en los cuales el silencio solo era interrumpido por los ruidos de la noche, decidió sonreír. "Lo perdono." Le dijo al orgulloso hombre mientras cerraba sus ojos, lágrimas de felicidad golpeaban su piel. "Y—le agradezco por sus amables palabras."
"Jinenji." El hombre se dirigió a él de nuevo por su nombre, fue un gesto amable aun cuando su voz sonara agresiva. "Espero que con el tiempo llegues a ayudarnos como lo hiciste hoy, todos los días." El hombre desvió la mirada, su orgullo nubló sus ojos por un momento pero sólo un momento mientras el poder de Kagome hacía su magia sacando al hombre de sus pensamientos racistas antes de que pudieran formarse. "Lo apreciaríamos, si fueras capaz de brindarnos tu habilidad cuando la necesidad se presente."
Jinenji estaba en silencio, su corazón latía salvajemente en su pecho. Nunca en todos sus años de vida había imaginado que pudiera ocurrir un cambio tan completo. Kagome era una diosa—no había otra explicación. Solo una diosa podía remover tanto odio, tanta malicia y desprecio de los ojos de un hombre que lo había querido muerto toda su vida. Tal vez eso era por qué casi había muerto, le había tomado una gran cantidad de poder promulgar tal cambio. "Gracias Kagome." Pensó él, su corazón alcanzó por ella, tan feliz de que la hubiese salvado. De haber hecho lo imposible por ella, cuando claramente ella había hecho lo imposible por él. "Nunca seré capaz de repararte por esta gran hazaña que has hecho por mí." Pensó para sí mientras secaba sus ojos e intentaba no llorar.
"Señ—o-o-r," aclaró su garganta y lamió sus labios, disponiéndose a controlar sus emociones. Se sonó, el sonido como el de un caballo antes de finalmente dejarlas ir, permitiéndole a las lágrimas caer abiertamente para que todos vieran. "Estaría honrado." Susurró entre sus lágrimas. "De ayudarles en lo que pueda." Levantó la mirada, sus ojos llenos de esperanza. "Como parte de esta aldea, como su vecino," dijo la palabra, su corazón lleno de felicidad cuando nadie le gritó por admitirlo. "Es lo menos que puedo hacer."
Entonces, la sonrisa de Jinenji fue un millón de veces más brillante que el sol naciente.
Fin del Capítulo
Dejen sus Reviews, por favor
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Notas:
RCP – RCP es una técnica moderna de reanimación. El desarrollo del método actual comenzó en 1767 cuando la Sociedad para la Recuperación de Personas Ahogadas fue creada en Ámsterdam. Para el tiempo de este fic no había una estrategia distinta que se asemeje a la RCP, sin embargo, los médicos habían sido conscientes de:
Aplicar presión manual en el abdomen para sacar agua del estómago (Un concepto que precedió al acto de estimular el corazón empujando en el pecho)
Respiraciones en la boca de la víctima, usando un fuelle con el método boca a boca.
Por lo tanto es seguro asumir que alguien con entrenamiento médico sería capaz de deducir un método de reanimar una víctima de paro cardíaco. Sin embargo, debe notarse, que durante esta época el éxito de este método era relativamente escaso.
Pulmones Perforados – Jean Marc Gaspard Itard, un estudiante de René Laennec, reconoció el primer neumotórax (pulmones perforados) en 1803, lo cual son quince años después de este fic. Habiendo dicho eso, este solo es el primer caso documentado de un pulmón perforado, lo que significa que alguien más podría haberlo descubierto antes pero no había estado en posición para publicarlo para que lo viera toda la comunidad médica. Por lo tanto, haría posible que Jinenji lo hubiese descubierto primero, lol.
Hecho Divertido: En la guía de la Sociedad de Recuperación de Personas Ahogadas para reanimar a una víctima de ahogamiento, la respiración boca a boca o de boca a nariz incluye el consejo de que "se puede usar un paño o pañuelo para hacer que la operación sea menos indecorosa."
