Pues aquí estoy de vuelta, con un nuevo capítulo yay!
Muchas, muchas gracias a todas las lindas personitas que han entrado a leer el último capítulo, porque las visitas han subido y pasado de 6000 *corazón* *corazón* *corazón*.
Espero que os guste este nuevo capítulo. ¡Disfrutad de él!
Sin más, ¡el capi número 24!
Cap. 24: ¡Lo hemos encontrado!
Midoriya fue hacia él en cuanto vio el gesto del de pelo bicolor. Vio a su carcelera en brazos del príncipe, inconsciente y herida. Cerró por donde había entrado y colocó de nuevo todo a la vez que Todoroki cargaba con ella hasta su cama. La joven se quejó cuando la tumbó boca arriba y esto hizo que la colocara de lado. Izuku encendió una vela y se acercó a ellos, poniéndola en la pequeña mesita junto a la cama. A la tenue luz vieron los latigazos.
-¿Quién ha podido ser tan bárbaro? –se preguntó en un susurro el pelirrojo.
-Hay que curarla. Necesitamos agua caliente para limpiar las heridas.
-No puedo llamar a nadie, iré yo mismo –se quedó entonces a solas con la joven que había vigilado su breve estancia encerrado allí. Agradeció aquellos momentos de silencio aunque no dudaron mucho.
-Fue por tu culpa… te escapaste –no podía ver su cara, tan solo la nuca de pelo oscuro y la espalda. Aún así, imaginó qué expresión tendría.
-Eso es injusto –sabía que era una tontería contestar pero no pudo morderse la lengua. Estaba dolorido y cansado y sus nervios machacados. -¿De verdad me reprochas haber escapado?
-Si no te hubieras metido en el camino del rey no te habría encerrado –el de ojos claros ahogó una exclamación de sorpresa. No conocía a la joven apenas, salvo lo que le habían contado sus amigos pero siempre había pensado que sería una chica lista. Al parecer, se había equivocado. Rodeó la cama con la vela para mirarla mientras decía:
-¿Sabes acaso lo que el rey planea hacer? Empezar una guerra contra los demonios, a ti puede que no te importen pero a mí… –se quedó en silencio al ver su cara. Estaba llorando y no precisamente por las heridas de su espalda. Midoriya no lo sabía, el motivo de su llanto. Había trabajado muy duro para destacar, siempre manteniendo su potencial más destructivo oculto. Soportó desprecios de los soldados y faltas, insultos y tratos injustos. Se mordió el labio para frenar las lágrimas. ¿Cómo había podido ser tan ingenua? Nadie la había respetado en realidad. No consiguió cambio alguno en la opinión de nadie. Una mujer en su posición solo causaba un ligero alzamiento de cejas y una expresión de incredulidad. Incluso a la joven demonio la tenían más en consideración (por miedo a lo que podía hacer y a la gran confianza que el rey tenía en ella) pero eso no quitaba el hecho de ser mejor valorada. En el fondo se sentía sola. Nunca podría estar de verdad con el príncipe, lo suyo era algo condenado de antemano. Tampoco destacaría ni sería nunca un soldado de élite, al menos nunca la harían sentir así.
-Midoriya… –el muchacho se sorprendió, sabía su nombre. -Si quieres ayudar, márchate.
-¿Cómo? –buscó sus ojos en la penumbra. Lo miraba muy fijamente, con la fuerza que le daba aquella mirada tan oscura.
-No pasará mucho tiempo hasta que descubra que estás aquí. Lo sabe todo, TODO –alzó ligeramente la voz y se movió hacia él. Las heridas dolieron al tensar los músculos.
-Todoroki puede ayudar a evitar lo que se avecina, sé que corro peligro aquí pero entiende que yo no puedo…
-¡Todos corremos peligro! –lo interrumpió, apremiante. -Si se entera… si descubre que te ayudó a escapar… aunque sea su hijo, no dudará en castigarle. Ya es bastante peligroso si descubre que estamos juntos pero ayudarte a escapar sería la gota que colmaría el vaso.
-¿Cómo podría el rey encontrarnos aquí? –la chica tragó saliva y lo agarró de la ropa para acercarlo a él y susurrar, muy bajito:
-Él no. Ella. Todo lo sabe, todo lo escucha, nada escapa a su alcance. Quizás ya nos haya encontrado –como si hubieran esperado hasta ese momento, el picaporte se movió suavemente. Girando despacio, provocó un escalofrío en la columna vertebral de Midoriya. Se giró, ambos miraron hacia la puerta. Al abrirse, una cabeza de pelo oscuro y marcas en las mejillas hizo un barrido con la vista hasta que se topó con sus ojos claros. Sonrió sin alegría y dijo:
-¿Oh? Que inesperado, buscaba un fugitivo y encontré una historia de amor. Su majestad estará muy complacido –los siguientes segundos parecieron ir a cámara lenta. Momo solo pudo contener un grito ahogado al verse descubierta su historia con Shoto. El de pelo verde tensó todo su cuerpo mientras se movía hacia ella. Cargó el puño para agarrarla y reducirla antes de que pudiera hacer cualquier sonido. Solo tenía una oportunidad y debía hacerlo sin hacer ruido pero con toda la contundencia de la que pudiera contar. Y cuando estaba a escasos pasos de la puerta y la muchacha, algo en su expresión cambió. Se le pusieron los ojos en blanco y se precipitó hacia el suelo en peso muerto. Un brazo la agarró por el estómago, alzándola con rapidez para introducirla en el dormitorio y cerrar.
-Apaga la vela y escóndete en la cama con Momo. Corre el dosel y no hagáis ningún ruido –Todoroki ocultó a la inconsciente Jiro tras un biombo, encendió la vela junto a su escritorio y fingió leer unos papeles mientras el otro hacía lo que le había ordenado. La pesada cortina de terciopelo los ocultó en el mismo instante en que unos nudillos llamaron a la puerta. Al oír la voz del rey, la chica se encogió e Izuku tuvo que taparle la boca para que su respiración no los delatara.
-Hijo, ¿aún despierto? –el tono suave de su voz daba aún más miedo que sus gritos.
-Lo lamento padre, quería releer unos textos.
-¿Has escuchado algo por el pasillo? –Todoroki siguió mirando lo que tenía delante, como si la pregunta de su padre apenas le supusiera interés.
-Nada, ¿debería? –el mayor de los presentes no había llegado a entrar al dormitorio, aunque los dos chicos escondidos no podían saberlo. Su voz les llegó con un poco más de eco, quizás porque ya salía de la estancia.
-Ten cuidado esta noche, hay revuelo entre los guardias.
-¿Algo de lo que deba preocuparme? –esta vez sí alzó la vista para que viera que se inquietaba ligeramente. Endeavor sonrió como si acabara de recordar una broma privada de la que su hijo no formaba parte:
-Nada muchacho, duerme tranquilo –tras mirar de nuevo en la oscura habitación, cerró la puerta. Nadie se movió hasta que sus pasos se alejaron por la alfombra del largo pasillo, en dirección desconocida. Unos instantes después descorrió la cortina para mirar a Momo:
-¿Qué ha pasado? –la joven no dijo nada a pesar de tener ya libre la boca.
-Creo que debemos hablar de algunas cosas –susurró por fin la chica. Midoriya se apartó de la morena. El olor metálico a sangre lo había mareado.
Bakugou estaba de nuevo en su cabaña. Repasaba con la vista sus pertenencias, pensando qué podría llevarse en su pequeño petate. Había optado por cosas que pesaran poco pero pudieran marcar la diferencia. Algunas armas, vendas, hierbas medicinales que había preparado Izuku… De repente pasó por su cabeza algo: aunque su idea era traer de vuelta al muchacho, no podía olvidar el peligro de la misión. ¿Y si…?
Cogió para escribir y se sentó a la luz. Miró a ninguna parte, cavilando qué podía decirle. Solo por si acaso, de no necesitarla la destruiría y nadie sabría nunca de su contenido. Respiró hondo y comenzó.
La noche todavía era muy oscura cuando se reunieron. Tokoyami había sido informado y quedaba al mando. Nadie fue a despedirlos, no debían. En silencio, como ladrones, se escabulleron por las sombras para no despegar cerca y hacer ruido, a aquellas horas el aleteo de una mariposa parecía rugir como un animal salvaje.
No hablaron, estaban tensos y el frío les mordía las mejillas. De repente Bakugou se detuvo y tanto Kirishima como Hagakure imitaron su gesto. Cuando se giró, su gesto era muy serio. Abrió la boca, la cerró y repitió de nuevo antes de articular sonidos:
-Gracias por venir conmigo –el pelirrojo sonrió pero a la chica aquello la tomó por sorpresa. Se tocó nerviosa los pantalones de piel, en parte por no estar acostumbrada a ellos y en parte por la vergüenza. El rubio no dio tiempo a contestar, volvió a ponerse en marcha y ellos lo siguieron. Tenían por delante un camino largo.
El sol salía lentamente, las cortinas descorridas dejaron entrar el sol. Midoriya acababa casi de dormirse, se colocó un brazo sobre los ojos para protegerlos. Habían estado hasta tarde curando a la chica, explicando al príncipe lo que sabían y tratando también sus propias heridas.
Un suspiro escapó de sus labios. La joven demonio estaba atada y amordazada tras un enorme biombo pero aún no había despertado. O eso pensaban ellos. La muchacha llevaba un tiempo consciente, muy quita, esperando su oportunidad. El sueño la había vencido algunos minutos aquí y allá pero la mayoría del tiempo había estado despierta.
Todoroki se desperezó una hora después. Había pasado el rato en duermevela, tenso, pendiente de todos los ruidos que pudieran aparecer en el pasillo. Momo dormitaba a su lado en la cama, con el ceño fruncido por el dolor de las heridas. Se incorporó y buscó con la mirada a Midoriya. Sus ojos se encontraron y guardaron silencio. Entonces el príncipe hizo un gesto en dirección a donde estaba la otra; el de pelo verde asintió y fue a ver cómo estaba.
En cuanto estuvo a su altura, supo que estaba despierta. Lo disimulaba bien pero la tensión de los músculos la delataba.
-Sé que estás despierta –intentó sonar duro, amenazante. Como no obtuvo respuesta se agachó y la obligó a levantarse:
-¿Qué hacemos contigo? –el odio que destilaban los ojos de la joven lo abrumó. No necesitó decir nada para que entendiera que no colaboraría con ellos. Dejó que volviera a sentarse en el suelo y se alejó para hablar con su amigo:
-Esto es muy peligroso, no puedo quedarme aquí.
-¿Y te vas a ir tú solo?
-Tú no puedes desaparecer. Tienes que seguir con tus obligaciones y sin perder de vista a tu padre. También… tienes que cuidar de ella –ambos la miraron. Algunas de las heridas se habían abierto al moverse y algunas sangraban. Todoroki se giró de nuevo, tratando de templar los nervios y pensar con claridad. Podía darle provisiones y acompañarlo hasta el túnel que más lejos lo llevaría del castillo. Lo de Momo era más complicado, quería cuidarla y defenderla de su padre y aún así todavía tenía miedo.
Jiro no los perdía de vista, forcejeando suavemente y en silencio con sus ataduras. Notaba menos fuerza en las cuerdas. "Solo un poco más… solo un poco más" pensó para sí.
La suave brisa se había convertido en un viento cada vez más fuerte y más frío. Kirishima no se había planteado pedir que pararan, aunque se avecinaba una gran tormenta.
La muchacha les seguía el ritmo sin quejarse y mucho mejor de lo esperado por el rubio. Por supuesto no lo había mencionado, ella sabía a lo que iba y no sería un viaje precisamente placentero.
El tiempo empeoró, la lluvia empezó a caer con mucha más fuerza. Les entraba en los ojos, empapaba su ropa haciendo que pesara y ralentizaba sus movimientos. La joven se apartó el pelo de la cara y entornó los ojos para tratar de ver a través de la cortina de agua.
-Bakugou, se me ha ocurrido algo –gritó el dragón para hacerse oír. Parecía que el aludido no se enteró, salvo porque miró hacia él unos segundos.
-Si la altura no es demasiada para vosotros, podría volar sobre las nubes y evitar todas las molestias e incluso ganar tiempo. ¿Qué te parece? –tras unos minutos de pensarlo, aflojó el paso hasta detenerse. Recuperó el aliento y asintió:
-Pasaremos frío empapados como estamos pero lo prefiero.
-Yo también estoy de acuerdo –el chico no perdió tiempo. Se alejó un poco para quitarse la ropa y empezó a correr, tratando de encontrar un lugar con menos árboles. El rubio recogió sus cosas y se colgó la bolsa a la espalda. Tuvieron que avanzar otro poco hasta encontrar un lugar con suficiente amplitud para que pudiera despegar. Se acomodaron en el hueco entre sus hombros, se cubrieron bien con sus mojadas capas y, agarrándose con todas sus fuerzas, aguantaron la fuerza de la lluvia contra ellos en el despegue. La tormenta estaba un poco más arriba de lo calculado pero una vez que atravesaron las nubes, la noche despejada y helada les dio la bienvenida. Los dientes les castañetearon y perdieron la sensibilidad de las orejas. Apretados contra el cuerpo rojo del animal, agradecieron infinitamente el calor que desprendía. Kirishima mantuvo parte de su atención en ellos, si se morían de frío de poco serviría el tiempo que iban a ganar. Ya le daba igual que lo vieran, pensaba aprovechar hasta la última corriente de aire para ganar todos los minutos que pudiera. Por su amigo, por Midoriya, por todos.
La noche pasó rápida una vez que el viento secó sus ropas y poco a poco recuperaron algo de calor. Bakugou cavilaba sobre muchas cosas. No se permitía pensar en nada negativo con respecto a aquél plan, necesitaba toda su energía en ayudar a la chica que viajaba tras él. Porque, por mucho que le fastidiara la idea, no podía negar que ella tenía muchas más posibilidades de conseguir encontrarle.
El plan no era tan elaborado como cabría esperar, teniendo en cuenta que era un rescate. Hay quien dice que las cosas sencillas son las que mejor funcionan. Ellos habían apostado por eso: una vez que llegaran al lugar, se presentarían en el castillo. La muchacha se infiltraría. Ellos ganarían todo el tiempo que pudieran dentro y contaban con poder darle al menos un par de días; por supuesto, no se marcharían de allí pero todo sería un poco más sencillo y aún estaban dentro del castillo. Antes de aquello, harían una pequeña intrusión (además de una investigación) para orientar a la joven dentro del castillo. Partían de lo que siempre se contaba de los castillos humanos: altas torres, con pequeñas habitaciones expuestas a la intemperie albergaban a los prisioneros más rebeldes. U ocultas mazmorras, húmedas y oscuras, también podían ser el destino de aquellos que desobedecían al rey.
Bakugou sabía que aquello estaba un poco verde todavía. Sin embargo no se permitió, en absolutamente ningún momento, pensarlo. Ni en eso, ni en la posibilidad muy real de no encontrar al chico, de encontrarlo muerto o mutilado e incluso de provocar lo que habían estado tratando de evitar desde el principio: la guerra.
-Ba… ¿Bakugou? –la voz suave de Toru, a su espalda, lo hizo volver al presente. Ya estaba saliendo el sol, los rayos se sentían cálidos y agradables en la piel después del frío de la noche. Giró la cabeza para proyectar la voz hacia ella y que pudiera oírle a pesar del viento:
-¿Qué pasa?
-Quiero que sepas que haré todo lo que esté en mi mano para que Midoriya vuelva sano y salvo. Puedes confiar en mí, no volveré a fallaros –el rubio miraba a la altura donde estarían sus ojos aproximadamente. Por el tono de voz no habría podido decir si la chica estaba asustada o no. Sonrió de medio lado y asintió con la cabeza:
-Cuento contigo, Hagakure –volvió a mirar al frente. Y la chica lo agradeció. Por supuesto no podía ver su rostro pero temía que su respiración agitada fuera más que suficiente para delatar sus sentimientos: jamás la había llamado por su nombre. A veces incluso había dudado de que lo conociera. Siempre había sentido respeto por él pero en secreto, un poco de miedo siempre paralizaba su corazón cuando sus ojos se cruzaban. Nunca deliberadamente, hasta esos días, cuando la había mirado de verdad. No sabía si sería cosa de Midoriya, si el chico rubio había madurado o si simplemente la necesitaba para su propósito y la trataba más amablemente. Tampoco le importaba, sentía una deuda con su jefe, con su clan pero por encima de todos, con el humano. Porque si hubiera sido más fuerte y más valiente, podría haberlo salvado. Nunca más volvería a dejarlo atrás. La próxima vez, estaría a la altura.
Mientras volaban hacia allí, Midoriya y Todoroki trataban de evitar que la demonio escapara. Había soltado sus manos y, con un movimiento rápido, había tratado de salir de la habitación. Los reflejos del príncipe, producto de años de entrenamiento, lograron cerrarle el paso, no fueron sin embargo lo suficiente rápidos para atraparla. Tuvo que alejarse de la puerta con una mueca de disgusto. A pesar de eso, la chica mantenía la calma. Estudió con un movimiento de ojos la habitación: demasiado grande para que pudieran acorralarla pero también demasiado que recorrer para huir. Por un momento pensó en las grandes ventanas: muy arriesgado saltar a aquella altura desconocida.
Midoriya adivinó que arremetería contra ellos en dirección a la puerta un par de segundos antes de su primer movimiento. La tensión de los músculos, su gesto, algo le había dado la pista. Y no lo pensó, siempre lo hacía sin pensar: todos los músculos de su brazo derecho se tensaron. Poco a poco se fueron iluminando y apuntó, con toda la precisión de la que fue capaz, hacia ella. No para golpearla, sino para agarrarla y frenar su avance. El dolor que sintió en el impacto fue una sacudida a todo su cuerpo. Siempre lo era, había olvidado el dolor que recorría cada nervio imbuido por aquél poder que ni él mismo podía entender.
Para la muchacha fue una sorpresa. No solo no pudo contra su empuje, sino que se vió contra la pared opuesta en apenas un segundo. La honda de aquella fuerza rompió la piedra, hizo estallar los cristales, retumbar toda el ala del castillo. Demasiado tarde, Izuku entendió que acababa de venderlos a todos. Se giró, buscando a su amigo: con un movimiento había cogido a la joven, ya consciente y con mejor cara que la noche anterior, la había envuelto en una manta y empujaba por uno de los pasillos secretos. Sus ojos se disculparon por no poder hacer más y el de pelo verde entendió que debía improvisar.
Los soldados, el rey, los sirvientes… todos lo habían escuchado. Y se dirigían hacia allí. Cuando llegaron, el príncipe sujetaba por las muñecas a la chica de apéndices, que sangraba y parecía inconsciente.
-¡Hijo! ¿Qué ha pasado? –el aludido alzó la vista y frunció el entrecejo. Señaló con un gesto de la cabeza a la chica:
-¿No es esta una de tus subordinadas? ¡Me ha atacado! –la explosión de la pared y las llamas alrededor eran prueba de un ataque por parte del chico.
Poco utilizaba el poder heredado de su padre pero aquella vez había sido cuestión de vida o muerte. Para encubrir a su amigo, para que su padre desconfiara de la joven y para ocultar a Momo. Se preguntó, antes de prestar toda su atención en su padre, si el chico habría acertado con el camino.
Midoriya no había podido elegir el pasadizo por el que huir. Se quedó cerca de la puerta, escuchando. Sin embargo, las paredes de piedra amortiguaban las voces, apenas llegaban murmullos. A pesar de eso no quiso irse aún, por si el príncipe necesitaba ayuda.
Kirishima había perfeccionado con los años el vuelo. Su cuerpo podía parecer pesado a simple vista, contundente, pero nada más lejos de la realidad. Sus alas podían llevarlo volando durante horas sin cansarse. Y si utilizaba las corrientes de aire, aún mejor. Como aquél día. No había pedido ni un solo descanso y podía seguir así hasta la noche. Bakugou lo agradeció en silencio, sentía que el tiempo pasaba más deprisa de lo que ellos avanzaban pero tampoco quería forzar a su amigo. Por eso, cuando volvió a hacerse de noche, pidió parar. Sabía que estaría cansado, igual que la chica sentada tras él. Había aguantado el ritmo sin quejarse aunque estaba entumecida.
-Encenderé un fuego, Bakugou, a ver si pillas algo para cenar –el rubio asintió a su amigo y sonrió. Le apetecía correr detrás de algún animal después de tantas horas sentado. Cuando se quedaron solos, la joven invisible se estiró y correteo alrededor del fuego ya encendido.
-¿Cómo estás? –el pelirrojo lo preguntó con una sonrisa preocupada.
-Bien, cansada por tantas horas de vuelo pero bien.
-¿Estás preocupada? –aunque no la veía, desvió la mirada.
-No puedo evitarlo, pero eso no quita que estoy dispuesta a todo lo que haga falta –el otro se sentó junto al fuego y asintió:
-Espero que todo salga bien –se quedaron en silencio, esperando al otro.
No tardó mucho en llegar con dos enormes y gordos conejos. Sonrió y le tendió una a la chica, que empezó a despellejarlo con maestría. El rubio la imitó, aquella noche cenaría muy bien.
Las horas pasaron para Midoriya muy diferentes a como lo hicieron para el rubio. Para el de pelo verde, cada hora parecía un día. Porque estaba perdido. Conocía los pasadizos, algunos más que otros pero se había desorientado al tener que salir corriendo para que no lo descubrieran. Y se había perdido tanto, que ya sentía estar andando en círculos. Sediento y dolorido por las veces que se había caído por tropezar en la oscuridad, se arrepintió de aquél plan tan descabellado.
Había pasado todo el día vagando por los pasillos húmedos, oyendo las ratas corretear y a veces a los sirvientes a través de las paredes. Cuando sentía que no podía dar un paso más, escuchó pasos que retumbaban en el eco. Era la primera vez que los oía así y se asustó, ¿quién recorrería esos pasadizos a aquellas horas? Se pegó a la piedra fría, aguantando la respiración, a la espera.
Los pasos estaban cada vez más cerca. Vio lo que le pareció la luz de varias antorchas. Lo cegaron tanto que no pudo ver ninguna cara, solo escuchó sus voces:
-¡Lo hemos encontrado!
Continuará…
¿Qué será ahora de Midoriya? Bakugou, date prisa!
¡Las respuestas en el capítulo 25! Gracias por leer :3
Por cierto, si me dejáis algún review me haréis sentir muy feliz y traeré muy prontito el siguiente capítulo.
