Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«26»


Poco dispuesto a renunciar a su compañía, Naruto acompañó a Hinata a su dormitorio.

—¿Has disfrutado de la tarde, princesa? —le preguntó.

La expresión de cariño hizo brillar de tal forma sus ojos que de pronto parecieron dos grandes perlas brillantes.

—Muchísimo.

La besó y, buscando alguna razón para seguir cerca de ella, se acercó a la puerta que daba al cuarto contiguo. Al pasar por delante de su tocador, vio el reloj de su abuelo en un estuche de terciopelo y se detuvo a observar aquel objeto de oro macizo.

—¿Tienes algún parecido con tu abuelo? —le preguntó despreocupadamente, cogiendo el reloj y haciéndolo girar en su mano.

—No. He guardado el reloj para acordarme de él.

—Una pieza extraordinaria —comentó Naruto.

—Él era un hombre extraordinario —respondió Hinata en un tono cortés que disimulaba totalmente la sonrisa que podía escaparse de su mirada al observar su perfil.

Ajeno a todo ello, Naruto siguió observando el reloj. Recordó que un año antes había aceptado aquella pieza simplemente por obligación. Ahora la deseaba más que nada en su vida. Quería que Hinata le regalara otra vez el reloj. Quería que ella lo mirara como había hecho en aquella otra ocasión, con amor y admiración en sus ojos, y le entregara el reloj que había reservado para un hombre «digno» de él.

—Se lo regaló un conde escocés que admiraba a mi abuelo por sus conocimientos filosóficos —dijo Hinata.

Dejando el reloj otra vez en su estuche, Naruto se volvió. Pensaba que habría de esperar aún para ganarse su confianza, pero que algún día decidiría que era digno de ella. Tal vez se lo regalara el día de su cumpleaños, concluyó para sus adentros, siempre que cayera en la cuenta de que iba a celebrarlo dentro de cuatro días.

—Realmente es una pieza preciosa —repitió, añadiendo luego—: ¡Cómo pasa el tiempo! No te das cuenta y ha pasado otro año. En fin, te esperaré en el salón antes de cenar.

Naruto se acercó un poco al espejo para inspeccionar su afeitado. En un excepcional arranque de buen humor ante la perspectiva de ver a Hinata en el salón, se dirigió a su ayuda de cámara desde el espejo para decirle bromeando:

—¿Qué opina usted, Mathison... va a estropear el apetito de la dama esa cara mía?

El sirviente, que sostenía con paciencia detrás de él la impecable chaqueta negra a la espera de que Naruto enfundara sus brazos en ella, quedó tan sorprendido de que su taciturno señor se dirigiera a él en un tono tan amistoso que tuvo que aclararse la voz dos veces antes de tartamudear:

—Teniendo en cuenta que la dama en cuestión tiene un gusto de lo más refinado, me atrevería a decir que su aspecto esta noche hará sus delicias.

Lo del gusto refinado hizo sonreír a Naruto, pues recordó a su esposa sentada sobre el tronco de un árbol con la caña de pescar en la mano.

—Dígame algo, Mathison —preguntó Naruto mientras él se ponía la chaqueta—. ¿De qué color son las rosas que trepan por el arco que da a los jardines?

Sobresaltado ante el brusco cambio de tema y la pregunta en sí, Mathison respondió perplejo:

—¿Rosas, Excelencia? ¿Qué rosas?

—Usted necesita una esposa —respondió Naruto con una risita mientras daba unos pequeños golpes en el brazo de su sirviente con aire amistoso—. Está peor que yo antes. Por lo menos yo había visto que eran rosas lo del... —Se detuvo en el acto cuando Higgins empezó a golpear la puerta con un insólito frenesí, gritando:

—¡Excelencia... Excelencia!

Apartando a Mathison con un gesto, Naruto fue a abrir la puerta y se enfrentó con aire airado al majestuoso mayordomo.

—¿Qué demonios le ocurre a usted? —preguntó.

—Se trata de Nordstrom... uno de los lacayos, Excelencia —dijo Higgins, tan angustiado que incluso tiró de la manga de Naruto para llevarlo hacia el pasillo y cerrar la puerta antes de seguir en un balbuceo—: Se lo he comentado en el acto al señor Hatake, tal como me ordenó usted hacer en caso de que ocurriera algo inusitado. El señor Hatake quiere verle ahora mismo en su despacho. Ahora mismo. Me ha dicho que no se lo comentara a nadie, de modo que solo Jean, de la cocina, y yo estamos al corriente del atroz acontecimiento que...

—¡Cálmese! —le interrumpió Naruto, dirigiéndose ya a la escalera cubierta por la alfombra roja.

—¿De que se trata, Hatake? —preguntó en cuanto se hubo sentado en su escritorio a la espera de que el detective hiciera lo mismo.

—Antes de explicárselo —empezó Hatake con cautela—, tengo que hacerle una pregunta, Excelencia. Desde el momento en que salió usted de esta casa en su carruaje con las canastas de comida hoy, ¿quién se ocupó de la botella de cristal con oporto que contenía una de las canastas?

—¿Del oporto? —repitió Naruto, a quien había cogido por sorpresa aquello de hablar de vino en lugar de sacar el tema del lacayo—. Mi esposa lo sacó cuando me sirvió un poco.

Una curiosa expresión ensombreció los ojos del detective, pero se disipó luego al comentar:

—¿Bebió usted oporto?

—No —dijo Naruto—. El vaso se derramó sobre la hierba.

—Comprendo. ¿Su esposa, evidentemente, tampoco tomó...?

—No —respondió enseguida Naruto—. Al parecer soy el único que aguanta ese brebaje.

—¿Se detuvo en algún lugar y dejó las canastas sin vigilar antes de llegar a su destino? ¿En los establos, tal vez? ¿En alguna de las casas?

—En ninguna parte —respondió enseguida Naruto, impaciente por ver a Hinata e irritado porque aquella conversación se lo estaba retrasando—.¿A que demonios viene todo esto? Creía que quería comentarme algo sobre un lacayo llamado Nordstrom.

—Nordstrom está muerto —dijo Hatake en tono rotundo—. Envenenado. He sospechado la causa de la muerte cuando Higgins ha venido a buscarme, y el médico, el doctor Danvers, lo acaba de confirmar.

—¿Envenenado? —repitió Naruto, incapaz de acabar de digerir que hubiera podido producirse en su própia casa un acontecimiento tan macabro—. ¿Cómo demonios puede haber sucedido un accidente de este tipo?

—Lo único accidental aquí es la víctima. El veneno estaba destinado a usted. Me echo a mi mismo la culpa por no haberme planteado en ningún momento que el asesino podía intentar matarle desde el interior de su propia casa. En cierta manera —dijo el detective en tono áspero— yo soy el culpable de la muerte de su lacayo.

Curiosamente, la primera idea que se le ocurrió a Naruto fue que se había equivocado en cuanto a Hatake. A diferencia de la impresión que había tenido sobre aquel hombre, ahora veía que Hatake estaba entregado del todo a proteger las vidas de quienes le habían contratado y que su único objetivo no era el crematístico. Seguidamente se planteó que alguien de su propia casa había intentado envenenarlo y la idea le repugnó tanto que casi no pudo creerlo.

—¿Qué demonios le hace pensar que lo que podría ser un accidente con una explicación determinada sea un fracasado intento de acabar con mi vida? —preguntó enojado.

—Se lo explicaré de manera sucinta: se puso el veneno en la botella que contenía el oporto especial que toma usted, colocada entre todo lo que formaba parte de la comida campestre. Se sacó de las cestas todo a la vuelta en la cocina; lo hizo una criada llamada Jean. Higgins estaba allí en aquellos momentos y se fijó en que la botella tenía pegadas unas briznas de hierba. Higgins inspeccionó dicha botella, pensó que algún fragmento de hierba u otro desecho podía haber entrado en ella y en consecuencia lo consideró no apto para su consumo. Debo pensar —añadió Hatake, haciendo un breve inciso— que en Konohagakure siguen la costumbre imperante entre la buena sociedad que establece que el vino no consumido en las comidas pasa al mayordomo para su propio consumo o que éste lo ofrece a quien decide...

—En efecto —confirmó Naruto con aire tranquilo, atento, a la espera de que el detective siguiera.

—Eso es lo que me han dicho pero quería que me lo confirmara usted —dijo Hatake con un gesto de asentimiento—. Según está costumbre, el oporto de la botella pertenecía a Higgins. Ya que a él no le gusta su oporto especial, se lo dio a Nordstrom, el lacayo, para celebrar que ayer se había convertido en padre. Nordstrom se lo llevó a su habitación a las cuatro de la tarde de hoy. A las siete le han encontrado muerto; su cuerpo aún estaba tibio y tenía el oporto a su lado.

—La muchacha que friega me ha dicho que el própio Nordstrom abrió la botella de oporto esta mañana, lo probó para confirmar que no supiera a rancio, la llenó y la colocó en la canasta. Él mismo fue quien la llevó al carruaje esta tarde. Higgins me ha comentado que usted tenía prisa por marcharse y emprendió el camino un par de minutos después. ¿Me equivoco?

—Había un mozo de cuadra que sujetaba los caballos. No he visto al lacayo.

—No fue el mozo de cuadra quien puso el veneno en el oporto —dijo Hatake con gran seguridad—. Es uno de mis hombres. Me he planteado la posibilidad de que fuera Higgins pero...

—¡Higgins! —exclamó Naruto, pensando que aquello era tan rocambolesco que casi le hacía reír.

—Sí, pero Higgins no lo hizo —le tranquilizó Hatake, confundiendo la expresión de perplejidad de Naruto por la sospecha—. Higgins no tiene ningún motivo para hacerlo. Además, no es capaz de cometer un asesinato. El hombre estaba desquiciado con Nordstrom... no dejaba de retorcerse las manos y se comportaba peor que la fregona. Le hemos tenido que obligar a inhalar un poco de solución amónica.

En otras circunstancias, a Naruto le hubiera divertido la imagen de su serio e imperturbable mayordomo desquiciado, pero en aquellos momentos sus gélidos ojos azules no reflejaban diversión alguna.

—Siga —dijo.

—Fue también Nordstrom quien descargó los bultos y los llevó a la cocina. Por consiguiente, Nordstrom fue el único que manipuló la botella y el licor antes y después de la comida campestre. Evidentemente, él no puso el veneno. Jean, la criada, me ha asegurado que nadie más tocó la botella.

—¿Cuándo se puso, pues, el veneno en la botella? —preguntó Naruto, sin el menor presentimiento de que todo su mundo iba a derrumbarse en un instante.

—Puesto que hemos descartado la posibilidad de que se colocara antes de la comida —dijo Hatake tranquilamente—, la respuesta evidente es que se añadió al oporto durante la comida campestre.

—¡Eso es absurdo! —saltó Naruto—. Allí había solo dos personas: mi esposa y yo.

Hatake apartó con delicadeza la mirada para decir:

—Exactamente. Y puesto que no lo hizo usted, no queda más que... su esposa.

La reacción de Naruto fue instantánea e imprevisible. Pegó un estruendoso puñetazo contra la mesa al tiempo que se levantaba como un poseso, con todo el cuerpo vibrante de furia.

—¡Fuera de aquí! —exclamó en un tono apagado y salvaje—. Y llévese a los estúpidos que trabajan con usted. Si dentro de quince minutos no ha salido de mi propiedad, yo mismo le echaré, y si jamás me entero de que ha difundido usted esa infundada calumnia sobre mi esposa, ¡yo mismo le mataré con mis propias manos, y que Dios me asista!

Hatake se levantó poco a poco a pesar de que no había terminado. Por otro lado, no era tan tonto como para seguir tan cerca del enfurecido hombre que le había contratado. Retrocedió un largo paso y dijo con tristeza:

—Siento decirle que no es una infundada calumnia.

Un pánico inexpresable recorrió el cuerpo de Naruto, martilleando en su cerebro, desgarrándole el corazón al recordar a Hinata con la botella de oporto en la mano a su vuelta de la orilla del río. «Te apetece un poco? Es... del tipo especial que acostumbras a beber tu...»

—Su esposa ha ido otra vez a visitar en secreto a su primo está mañana.

Naruto agitó la cabeza como si quisiera negar lo que su cerebro empezaba a sospechar mientras que el dolor, la conmoción y la ira iban apoderándose de todo su ser.

Interpretando correctamente la señal de aprobación, Hatake dijo tranquilamente:

—Su esposa y su primo estaban prometidos cuando volvió usted. ¿No le parece raro que su primo renunciara a ella con tanta facilidad?

El duque volvió lentamente la cabeza y miró a Hatake con ira y dolor en sus azules ojos. No dijo nada. Se dirigió a la mesa en la que, sobre una bandeja de plata, se encontraba una botella de brandy, le quitó el tapón y llenó una copa hasta el borde. La bebió en dos tragos.

Detrás de él, Hatake dijo en tono amable:

—¿Me permite decirle que es lo que pienso y por qué?

Naruto hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza pero no se volvió.

—Siempre hay un motivo que explica un asesinato premeditado y en este caso el más plausible sería el beneficio personal. Teniendo en cuenta que quien puede ganar más con su muerte es lord Gaara, lógicamente sería él el principal sospechoso, incluso sin las pruebas adicionales que le señalan como tal.

—¿Qué «pruebas»?

—Enseguida entraremos en ello. Pero primero déjeme que le diga que estoy convencido de que los bandidos que le atacaron hace un año cerca de aquella aldea alejada no buscaban lo que llevaba encima ni le escogieron como víctima por casualidad. Ese fue el primer intento de acabar con su vida. El segundo tuvo lugar, evidentemente, poco después de que le raptaran en los muelles. Hasta entonces, la razón que habría podido mover a lord Gaara a eliminarle habría sido su título y sus propiedades. Pero ahora tiene una razón añadida.

Hatake hizo una pausa, esperando, pero el duque permaneció en silencio, dándole la espalda, con los anchos hombros completamente rígidos.

—La razón añadida es, por supuesto, el deseo de conseguir a su esposa, con la que ya intentó casarse y a la que sigue viendo en secreto. Puesto que es ella quien va a verle, creo que puede concluirse que su esposa también desea casarse con él, y eso no lo conseguirá mientras siga usted con vida. Lo que significa que ahora lord Gaara tiene un cómplice: ella. —Luego, inspirando profundamente, concluyó—: A partir de ahora tendré que serle franco: sí necesito su colaboración para proteger su vida...

Al ver que aquel hombre del otro lado de la estancia no respondía, el detective acertó al concluir que su silencio indicaba poca disposición, por lo que se apresuró a decir:

—Muy bien. Según habladurías captadas por mis hombres entre sus sirvientes, la noche en que atentaron contra su vida en Londres, su esposa dio un terrible susto a todo el mundo al no volver a casa hasta la mañana siguiente. ¿Sabe usted dónde estaba?

Naruto tomó otra copa de brandy sin volverse en ningún momento para mirar al detective.

—Me dijo que había dormido en una habitación vacía de la planta del servicio.

—¿Cree usted posible, Excelencia, que la persona a caballo que disparó contra usted aquella noche pudiera haber sido una mujer?

—Mi esposa es una tiradora excelente —respondió Naruto en tono sarcástico—. Si hubiera intentado matarme de un tiro no habría fallado.

—Era de noche e iba a caballo —murmuró Hatake más para sí mismo que dirigiéndose a Naruto—. Quizás el caballo se movió ligeramente al disparar. Con todo, dudo que fuera ella quien lo intentara... Demasiado arriesgado. Anteriormente, se habían contratado forasteros para liquidarlo, pero ahora lo están intentando ellos mismos, con lo que usted corre mucho más peligro y mi trabajo se complica infinitamente. Por ello pensaba pedirle que simulemos no estar al corriente del envenenamiento de Nordstrom, el lacayo. Vamos a dejar que su esposa y su primo crean que usted ignora sus planes. He dado órdenes al doctor Danvers de que diga que cree que Nordstrom ha muerto del corazón, y en realidad he sido muy cauteloso al interrogar a los sirvientes de la cocina sobre las actividades de hoy de Nordstrom y he procurado no insistir excesivamente en la botella de oporto.

»Mejor que no sospechen que hay algo delictivo. Si somos capaces de seguir con la estratagema y estrechar el cerco alrededor de su esposa y lord Gaara, lo más probable es que encontremos alguna pista sobre el próximo intento que traman y seamos capaces de agarrarles con las manos en la masa—concluyó Hatake—. Creo que lo intentarán de nuevo con el veneno pues creerán que no sabemos nada de ello, aunque tal vez no. Si siguen por ese camino, no se arriesgarán a envenenar nada que puedan ingerir otras personas, pues pensarán que más de una muerte despertaría sospechas. El brandy que está tomando ahora mismo, por ejemplo, lo más probable es que se pueda beber sin peligro, ya que se sirve a los invitados, pero vaya con cuidado con cualquier cosa, comida o bebida, que le sirva su esposa y que ella haya podido manipular sin que usted la vea. Aparte de eso, no nos queda más que esperar y observar.

Una vez hubo terminado, Hatake esperó en silencio alguna reacción de él, pero Naruto siguió rígido como un palo. Vaciló un momento y luego se inclinó ligeramente ante la impertérrita espalda de éste y en voz baja pero con auténtico pesar dijo:

—Lo siento muchísimo, Excelencia.

Hatake acababa de cerrar la puerta del despacho cuando rompió el sepulcral silencio del vestíbulo un estrépito de cristales rotos en el interior de la estancia. Creyendo que alguien había disparado a través de la ventana, Hatake abrió la puerta y luego quedó paralizado: una espléndida botella de cristal tallado con ribetes de oro, que había pertenecido a un rey francés, se encontraba sobre la pulida madera del suelo, a un palmo de la pared contra la que la había lanzado Naruto. Éste, cuya expresión no había revelado la menor emoción durante la conversación anterior, se encontraba frente a la repisa de la chimenea, agarrado a ésta en busca de equilibrio; los anchos hombros se estremecían en el angustioso silencio.

Hinata giró sobre sí misma haciendo volar suavemente la vistosa seda verde de su falda cuando Naruto entró en el salón y la deslumbrante sonrisa con la que iba a recibirle fue desvaneciéndose en sus labios al ver la rigidez en su mandíbula y la frialdad que reflejaban sus ojos.

—¿Al... algún problema, Naruto?

Al constatar que utilizaba en tono cariñoso su nombre, apretó completamente los dientes.

—¿Problema? —repitió él con cinismo mientras su mirada recorría el cuerpo de Hinata con insólito descaro, deteniéndose en sus senos, en la cintura y las caderas antes de fijarse en su cara—. Que yo sepa, no —respondió con cáustica indiferencia.

A Hinata se le secó la boca y el corazón empezó a latirle con fuerza, aterrorizada al advertir que Naruto se había apartado de ella, como si jamás hubiera existido la proximidad, la ternura y la alegría que habían compartido hacía poco. El pánico la llevó a intentar recuperar lo perdido tomando mano de la botella de jerez que vio sobre la mesa. Naruto le había dicho que le gustaba que se comportara como una esposa, por ello hizo lo primero que le vino a la cabeza. Llenó una copa con jerez y se la ofreció con una sonrisa temblorosa.

—¿Te apetece un poco de jerez? Los ojos de Naruto se convirtieron en dos centelleantes puñales al volverse hacia la copa que sostenía ella en la mano. Cuando la mirada subió hasta su rostro, Hinata retrocedió alarmada ante la violencia que vio reflejada en sus ojos. Sin quitarle la vista de encima, aceptó la copa que le ofrecía.

—Gracias —dijo y una fracción de segundo más tarde el frágil pie de la copa se partía en su mano.

Hinata soltó un chillido de sorpresa y se volvió en el acto en busca de algo para secar el líquido de la espléndida alfombra Aubusson antes de que llegara a mancharse.

—No te preocupes —dijo él cogiéndola del brazo y haciéndole dar la vuelta—. No importa.

—¿No importa? —dijo ella, turbada—. Pero...

En voz baja, sin emoción alguna en el tono, él respondió:

—Nada importa.

—Pero...

—¿Cenamos, querida?

Conteniendo el pánico que se iba apoderando de ella, Hinata asintió. Había pronunciado la palabra «querida» casi como un mote.

—¡No, espera! —exclamó, nerviosa, para añadir luego con timidez—: Quería darte algo.

¿Veneno?, pensó Naruto sarcásticamente, observándola.

—Esto —dijo ella y le tendió la mano.

En ella tenía el preciado reloj de oro de su abuelo.

Levantando sus deslumbrantes ojos hacia él, Hinata dijo con cierta inseguridad:

—Quie... quiero que sea tuyo. —Durante un atroz instante, pensó que Naruto iba a rechazárselo. Pero lo cogió de su mano y se lo metió con gesto despreocupado en el bolsillo de la chaqueta.

—Gracias —dijo él en tono indiferente—. Si funciona como Dios manda, ya hace media hora que deberíamos estar cenando.

Si le hubiera pegado un bofetón, Hinata no se habría sentido más herida ni desconcertada. Como una marioneta, colocó el brazo sobre el que él le ofrecía y juntos se dirigieron al comedor.

Durante toda la comida intentó en vano convencerse de que estaba imaginando aquel radical cambio de actitud.

Al constatar que no la llevaba a su cama para hacer el amor aquella noche, se mantuvo despierta intentando comprender que había hecho para que él la mirara con aversión.

Cuando él dejó de hablarle al día siguiente, a excepción de lo imprescindible durante las comidas, soportó la situación hasta la noche y por fin, tragándose el orgullo, le preguntó dócilmente qué había hecho mal.

Él la miró levantando la vista de unos papeles en su despacho, furioso por la interrupción, con los ojos clavados en su persona mientras ella esperaba nerviosa, suplicante, con las temblorosas manos enlazadas en la espalda.

—¿Mal? —repitió él con la frialdad de un perfecto desconocido—. Aquí nada está mal, Hinata, a excepción de tu percepción del tiempo. Como ves, Adams y yo estamos trabajando.

Hinata se volvió, avergonzada hasta lo más profundo de su alma al constatar la presencia de Adams, que estaba sentado a un pequeño escritorio cerca del ventanal.

—Le... le pido mis disculpas, milord. —En tal caso —dijo Naruto mirando hacia la puerta con un gesto vehemente—, si no te importa...

Hinata captó la grosera indirecta, se marchó y no hizo ningún intento por hablar con él hasta última hora cuando oyó que se metía en su dormitorio. Sacando fuerzas de flaqueza, se puso la bata, abrió la puerta que comunicaba las dos habitaciones y entró en la de él.

Naruto se estaba quitando la camisa cuando vio su reflejo en el espejo y volvió la cabeza.

—¿Qué ocurre? —dijo.

—Por favor, Naruto —respondió ella acercándosele como una ingenua tentadora, el pelo suelto sobre los hombros que iba rozando la delicada tela de seda rosa del salto de cama—, dime qué he hecho para hacerte enojar tanto.

Naruto miró aquellos grises ojos y cerró los puños conteniendo al tiempo un incontrolable impulso de estrangularla por su traición y otro, más poderoso, de meterla en su cama y simular creerse aunque fuera por solo una hora su encantadora y seductora duquesa descalza. Deseaba abrazarla, besarla, tomarla y perderse en su interior, borrar aquel último infierno. Una hora y nada más. Pero no podía, porque le resultaba imposible quitarse de la cabeza la atormentadora imagen de ella y Gaara abrazados planificando su asesinato. Ni siquiera una hora. Ni un minuto.

—No estoy enojado, Hinata —dijo con la máxima frialdad—. Y ahora vete. Cuando desee tu compañía te lo comunicaré.

—Comprendo —susurró Hinata, volviéndose.

Pero lo que «comprendió» él fueron las lágrimas que inundaban los ojos de su esposa mientras se alejaba con dolorida dignidad y se metía en su habitación.

CONTINUARÁ...