No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella no se esperaba la reacción de Edward. Ella había imaginado otro escenario: Besos, abrazos, un "olvidemos todo" quizás... Caricias, palabras bellas murmuradas al oído, un "siempre juntos", una follada allí mismo... ese tipo de cosas.

Pero nada de eso sucedió. Por el contrario, Edward, el mismo, que días atrás le rogaba que lo escuchara, la apremiaba con sus besos, y le decía que la amaba, estaba a años luz de Isabella.

El Río de la Plata y su azul sin igual eran al parecer más interesantes que ella. Luego de escuchar toda la historia él le había dado la espalda y permanecía en completo silencio.

Justo ahora que nada les impedía estar juntos, Edward permanecía distante y frío.

No sabía cómo actuar... ¿debía esperar pacientemente a que él se dignara a mirarla? ¿O debía obedecer a sus instintos más básicos y acercarse? Deseaba tanto tocarlo...

En ese preciso instante, tocarlo hubiese sido un completo desacierto. Edward se encontraba confuso detrás de esa máscara inescrutable. Todo había sido una trampa. Debió darse cuenta de que Kate podía llegar a ser tan calculadora y malvada. Todo ese sufrimiento no había sido producto de una lamentable casualidad, sino que había habido una premeditación, una clara intención de hacer daño. Y su propia madre estaba involucrada, por haber sido cómplice de esa absurda mentira... y por haber priorizado a esa estúpida sortija antes que la felicidad de su propio hijo.

Descubrir que había sido víctima de Kate y de Esme no fue lo peor. Lo más duro fue caer en la cuenta de que si no hubiese sido por el hecho fortuito de haber oído la verdad tras una puerta, Isabella jamás lo habría siquiera escuchado. Ella, el ser que él más amaba en el mundo, no había confiado en él. ¿Qué podía esperar entonces de los demás...?

Había hecho lo imposible por hablar con ella, pero todo había sido inútil. Nunca le había dado motivos para desconfiar de él… ¿Por qué entonces no le dio el beneficio de la duda? Con lo de Tanya, ella se había mostrado comprensiva y le había creído. ¿Por qué no hizo lo mismo esta vez? La amaba, amaba a Isabella por encima de todas las cosas, pero le dolía el corazón por no haber podido contar con su confianza, con su amor incondicional.

De Esme y Kate no podía sorprenderlo nada. ¿Qué se podía esperar de un burro más que una maldita patada? Pero de Bella, de su adorada Bella esperaba mucho más. Se moría de ganas de abrazarla, y de olvidar todo, pero decidió que le haría caso a su orgullo, se mantendría apartado de ella y la haría pensar.

Cierto que no era la forma en que le hubiera gustado castigarla. Lo que en realidad quería hacer era besarla hasta hacerle daño. O mejor, ponerla en sus rodillas y darle unos buenos azotes, para que aprendiera a confiar en él.

Sí. La mantendría alejada un tiempo. Tenía que hacerlo. Pero sólo un tiempo, porque ya no resistía más sin ella…

—Edward...

—Dime, Isabella.

—Mi amor... ¿no vas a abrazarme? Te he extrañado tanto...

—No, no voy a abrazarte. Ahora lo que necesito es estar solo. ¿Puedes retirarte por favor? Le pediré a Diego que te lleve a casa.

—¿Qué? —murmuró ella incrédula.

—Que le pediré a Diego que...

—No. No necesito a Diego ahora. Te necesito a ti. Ya he comprendido que todo esto fue una trampa y...

—Isabella, por favor, vete ya. No me escuchaste cuando te rogué que lo hicieras... ahora soy yo el que necesita pensar.

—¿Te estás vengando de mí? —preguntó dolida.

—Tómalo como quieras, pero déjame solo —fue la terminante respuesta.

A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas. Con un nudo en la garganta y con el corazón en la mano, cumplió con lo que él le había pedido. Lo dejó solo... y se fue desolada.

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—Odio decir "te lo dije", pero realmente te lo dije —le recriminó Marie al enterarse de todo lo que había sucedido.

—Lo sé, abuela. Me dijiste que no me apresurara a hacer suposiciones, y a tomar decisiones sin escucharlo...

—Y tú hiciste exactamente lo contrario, Isabella. Ahora pagarás las consecuencias. Es lógico que Edward necesite estar solo, quizás es la primera vez que lo decepcionas y...

—¿Lo he decepcionado? —preguntó alarmada— ¿Eso crees?

—Sí. Edward esperaba que confiaras en él, o por lo menos que le dieras el beneficio de la duda...

—Pero lo que yo vi... ¿Cómo iba a imaginar que...?

No pudo continuar. Estaba destrozada, porque su abuela tenía razón. Le había fallado a Edward y era lógico que él reaccionara de esa forma. Le dolía el alma por haberlo decepcionado, pero así era. Y ahora debía esperar...

Estaba abatida y se recluyó en su habitación, pues sólo deseaba dormir. Era la única forma de olvidar todo lo que estaba pasando y de darle a Edward el tiempo que necesitaba para sanar su herida.

Marie se sentía muy satisfecha. Ella siempre creyó en Edward, y ahora se confirmaba su intuición. Adoraba tener la razón, pero no quería admitirlo. Le partía el alma ver a Isabella tan triste, pero creía que era justo que recapacitara. De todas formas, quería hablar con Edward, así que decidió llamarlo por teléfono.

—Hola, querido.

Edward se sorprendió al escucharla llamarlo así. De la boca de Marie sólo esperaba sapos y culebras.

—Marie...

—Lo sé todo. Hice bien en confiar en ti, no me has defraudado.

—Pues en esa casa ha sido la única que lo ha hecho. Gracias.

Se lo escuchaba tan triste...

—Edward, sé que le estás dando una lección a Bella. Lo que te pido es que no la hagas sufrir demasiado, que no sea largo el escarmiento...

—¿El escarmiento? Bueno, quizás podríamos llamarlo así —dijo él, reflexivo.

—Está muy bien, querido. Es necesario, es justo. No deja de sorprenderme, pero...

—¿Por qué la sorpresa? Tengo sobrados motivos para hacerlo, Marie. Usted lo sabe —murmuró.

—Por supuesto, lo que me sorprende es que es la primera vez que te veo hacerle daño, sin otro objetivo que la simple venganza. Oh, lo siento, quise decir escarmiento... —dijo ella sin ironía.

Edward no supo qué decir. Era cierto. Cuando la había dejado de ver, a fines del año anterior, tenía una meta altruista: evitarle a Isabella un sufrimiento mayor. Pero ahora... Estaba tan tentado de olvidarse de todo y correr a buscarla. Quería perderse en su cuerpo, yacer enredado en sus cabellos, sobre ella, dentro de ella.

Y de pronto se le ocurrió. Un día más de sufrimiento no le iba a hacer daño. Por el contrario, la iba a poner a punto para lo que él tenía en mente.

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A la mañana siguiente, sonó el teléfono y Marie contestó. Luego le dijo a Isabella:

—Te ha llamado la secretaria de Edward, querida. Necesita que pases a supervisar la entrega de las últimas piezas de mobiliario del pent-house. Faltan muy pocos días para que los dueños se instalen, y él quiere que tú controles que todo esté como lo habías planificado.

—¿No ha dicho si Edward estará...? —preguntó esperanzada.

—Lo que ha dicho es que él no estará. Tuvo que viajar a Buenos Aires esta mañana, así que date prisa.

Oh, qué pena. Tenía la esperanza... ¿Cuánto duraría este martirio? Sabía que ella se lo había buscado, pero estaba desesperada por verlo.

Pasó toda la tarde en el pent-house, dirigiendo la instalación de los muebles y efectos decorativos que faltaban para dejarlo habitable. Ya se habían retirado todos los empleados, y sólo le restaba esperar una obra de arte que estaban a punto de entregarle para engalanar el bellísimo comedor.

Recorrió el departamento extasiada. Era tan hermoso. ¡Qué feliz sería esa familia!

Se preguntó si tendrían hijos. No sabía nada de ellos. De lo que sí estaba segura es que serían muy dichosos en ese lugar. Había sido pensado con amor, construido con amor, decorado con amor... Edward... decir amor y decir su nombre era una sola cosa.

"Cuánto te extraño, corazón. Si me perdonas, te juro que jamás volveré a desconfiar de ti. Me has dado sobradas pruebas de tu lealtad... y yo debí escucharte. Soy una tonta, y ahora tendré que sufrir que te alejes de mí. Sólo pido que, si volvemos a estar juntos, todo sea como antes".

Un sonido interrumpió sus cavilaciones. La llamaban de la recepción, necesitaban que bajara. ¿Qué pasaría? ¿Sería algún problema con la pintura? Era lo único que ella no había elegido, así que no tenía idea. Descendió. Uno de los encargados sostenía un paquete enorme, de su misma altura. Cuando se lo entregó, Isabella recordó inmediatamente la gigantografía que le había obsequiado a Edward en su cumpleaños, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Este paquete era tan similar… Subió con él a cuestas y se preguntó qué habría hecho Edward con su fotografía, ahora que estaba tan enojado con ella. ¿Estaría destruida en un bote de basura? Su corazón sangró de sólo pensarlo.

De regreso en el departamento tuvo la respuesta. Lo que tenía en las manos era exactamente eso: su gigantografía a escala real. Ella y Vainilla en el jardín de su casa, bañadas por el sol. ¿Qué significaba eso? Edward no podía ser tan cruel de enviarle de vuelta su regalo. Tenía muchas ganas de llorar, pero se contuvo al escuchar un extraño sonido. Era como... agua. Y provenía de arriba. ¿Sería posible que uno de los obreros hubiese dejado el grifo abierto? Corrió por las escaleras, temía un desborde que arruinara su bella obra. El sonido provenía de la master suite. Más precisamente de una de las duchas. Isabella se acercó temerosa. Se sentía como la protagonista de una película de terror. ¡Oh! Había alguien duchándose. Se adivinaba la silueta de un hombre a través del cristal empañado de la mampara. ¿Qué podía hacer? Estaba paralizada, no sabía si huir o enfrentarlo. Lo que menos quería era observar a un hombre desnudo, pero algo tenía que hacer, no iba a permitir que...

"Oh, Dios mío…". Sentía que estaba a punto de desmayarse. La cabeza le daba vueltas, se le nublaba la vista. Ante sus ojos, tenía el trasero más bello del mundo, la espalda más perfecta, las piernas más maravillosas. Tenía a su hombre duchándose frente a ella, y de pronto, todo el vapor le parecía una nube. De pronto se sintió en el mismísimo cielo… Soltó un grito, y él se volvió lentamente. Su piel enjabonada brillaba. Sus bellos ojos de gato centelleaban. No dijo nada. Sólo sonrió, y le tendió una mano.

Isabella entró vestida al plato de la ducha, y lo acorraló contra el cristal. Edward la abrazó y ella se lo comió a besos.

Besó su boca, su mejilla, sus párpados. Mordisqueó su cuello, su adorable nuez de Adán, y cuando llegó a su oído murmuró sólo una palabra: "Perdón". Lo sintió tensarse y luego relajarse mientras le apartaba los empapados cabellos del rostro y la miraba con deseo, y con una abrumadora ternura.

Isabella se derretía entre sus brazos. Para ella la felicidad tenía sólo un nombre: Edward Cullen. Se sentía como la espuma que se deslizaba por el resumidero a sus pies. Y se transformó en fuego, toda ella. Su cuerpo clamaba por el de Edward, y a él le pasaba lo mismo.

Él sentía que había terminado su horrible agonía. Estaba dichoso porque al fin estaban juntos. Ella era su vida, y ya no podía soportar la tortura de la distancia. Su orgullo se fue a la mierda, el escarmiento se fue a la mierda… ¿Por qué había de sufrir como un condenado, si podía estar con ella, junto a ella, dentro de ella? Era todo lo que quería en la vida, y ya no podía resistir. Le arrancó la ropa con urgencia hasta revelar esa piel que tanto amaba. Desnudos, con sus cuerpos adheridos, se devoraban mutuamente la boca.

Luego él se detendría a saborear cada centímetro del maravilloso cuerpo de Isabella porque en ese momento lo que quería era follársela. Así de simple. La penetró con fuerza, así como estaban, de pie y empapados. Tenía un coño magnífico y él casi se volvió loco a fuerza de desearlo. Cuando ella lo oprimió, él tuvo que apoyarse en la pared. Esa sí era una tortura, una desesperante y hermosa tortura. Si tenía que castigarla, lo haría así, embestida tras embestida contra el muro de la ducha.

Oprimió sus nalgas para introducirse más profundamente, y contempló extasiado cómo Isabella echaba la cabeza hacia atrás, mientras gemía pidiendo más… Se volvió loco y le mordió el cuello que ella le ofrecía. Le encantaba morderla, adoraba apretarla. Y algún día, cuando estuviese seguro de poder dominar ese torrente que estaba a punto de salir de su verga, la pondría sobre sus rodillas, y le daría una buena tunda, por haberlo sometido a ese sufrimiento.

Pero ahora sólo pensaba en resarcirse dentro de su cuerpo, una y otra vez. ¡Cómo la quería! Se derramó en ella, y una vez más, le dio la vida en esa acabada. Su pene no dejaba de bombear semen caliente en su receptiva vagina, y él no cesaba de gritar su nombre…

No hablaron demasiado esa tarde, por lo menos de lo que había pasado. Había comenzado a diluviar, pero ellos no lo notaron. Entre toallas húmedas y ropas empapadas, continuaban como dos desquiciados, follando una y otra vez, para recuperar el tiempo perdido.

—Eres una pequeña zorra, ¿lo sabes, verdad? —le dijo Edward, jadeando.

—Mmm, ¿ya no soy tu princesa? Cómo han cambiado las cosas —dijo ella con un enojo mal fingido.

—Lo eres. Eres mi princesa, mi puta, mi zorra. Cómo te gusta hacer cosas sucias, mi cielo. Y decirlas... —murmuró él con el deseo pintado en la mirada.

—¿He dicho algo malo? —preguntó ella asombrada.

—¿Malo? Yo no diría eso. Yo no lo llamaría decir algo malo a pedir "fóllame duro" o pedir "más adentro". No es propio de una lady, pero... ¿quién quiere una lady...? Yo prefiero a mi Barbie Puta —le dijo Edward, mientras descendía por su cuerpo —. Y ahora, te comeré el coño, y espero que continúes pidiendo lo que tu cuerpo necesita. Adoro complacerte, mi cielo.

Y estas fueron sus últimas palabras antes de perderse entre sus piernas. Isabella elevó las caderas para facilitarle el trabajo y cerró los ojos. Era imposible ser más feliz.

Ese departamento tenía magia...

Minutos después ella estaba intentando recomponer su cabello, que era una verdadera maraña. Se miró al espejo y se dijo que, aunque pudiese hacerlo, esa cara de recién follada no se le iba a borrar tan fácilmente.

Edward le prestó una mano, y comenzó a peinarla de pie, detrás de ella. Cuando sus ojos se encontraron en el espejo, él preguntó:

—¿El departamento ha quedado como lo esperabas, mi amor? ¿Han cumplido todas tus instrucciones?

—Sí. Para mí ha quedado perfecto. ¿Tú qué piensas? —le preguntó volviéndose a mirarlo.

—Pienso que has cumplido a la perfección la consigna. ¿La recuerdas?

—¿Cómo no hacerlo? Me dijiste que lo decorara a conciencia, como si fuese para mí. Que no escatimara, porque la gente que aquí viviría era muy exigente. Y así lohice, creo. Decoré este departamento como decoraría el mío, si lo tuviese.

—Lo has hecho —dijo simplemente Edward.

—Sí, ¿verdad? Ha quedado monísimo, sobre todo...

—No, lo has hecho. Isabella, cuando digo "lo has hecho", a eso me refiero. Has decorado tu propio departamento. Aquí viviremos en poco más de un mes, contando la luna de miel —le explicó Edward sonriendo.

Isabella no estaba segura de haber entendido. Se afirmó en el mármol y lo miró, incrédula.

—¿Qué? Edward, por favor, no bromees.

—No bromeo, aquí viviremos tú y yo, mi cielo. Sé que mi departamento actual no era del todo de tu agrado, así que pensé que éste podría...

—¿Me estás diciendo que compraste un departamento de dos millones de dólares? —lo interrumpió Isabella exaltada. Ella pensó que vivirían en el de Edward, y tenía la esperanza de ir cambiándolo poco a poco. Lo de los sanitarios portátiles la sacaba de quicio.

—No, te estoy diciendo que tú lo compraste. Está a tu nombre, Isabella. Es mi regalo de bodas para ti.

Bella no podía cerrar la boca, por eso él la ayudó, pero con un beso.

—Ven, siéntate porque tengo la impresión de que estás a punto de desmayarte, Princesa —y la obligó a tomar asiento en la tapa del inodoro.

—Pero... ¡es un departamento de dos millones de dólares, Edward! Y lo has puesto a mi nombre. ¿Estás loco? Todo ese dinero... Entonces ¿eres realmente rico? —le preguntó. Recién estaba cayendo en la cuenta de cuán rico era su novio.

Edward sonrió.

—Pues... sí.

—¿Tú eres el dueño de los negocios Cullen, de todos ellos?

—Sí lo soy. Y sí, dejé que creyeras otra cosa, pues temía que te alejaras de mí. Tu abuela es bastante prejuiciosa con eso.

—No me importa lo que piense ella, mi amor. No vuelvas a ocultarme nada, por favor. Puedo quererte igual, aunque seas asquerosamente rico...

Ésta vez Edward no sonrió, directamente soltó una sonora carcajada.

—Ay, mi vida. Qué bella eres. En realidad, somos ricos. Tú y yo, querida. Tienes que hacerte a la idea, porque la mía es malcriarte mucho. Te amo tanto, Isabella. No hay dinero, no hay posesión alguna que pueda pagar todo lo que me das. Si tú no me amaras, yo sería un indigente.

A Bella se le llenaron los ojos de lágrimas. Lo entendía porque a ella le pasaba lo mismo. Lo abrazó, conmovida, y murmuró en su oído: "Gracias, mi amor. Muchas gracias".

Él la miró sonriendo y le preguntó:

—¿Puedo tomar eso como un sí?

—¿Un sí a qué? —preguntó ella, confundida.

—A que en señal de agradecimiento por el obsequio que te acabo de dar, tú me hagas lo mismo que la última vez que estuvimos aquí...

Isabella sonrió. No necesitaba un pent-house para eso. Sería un placer, literalmente, sería un placer.

—Veremos. Los pintores ¿habrán dejado una escalera por aquí? —dijo, seductora.

E inmediatamente, se puso de rodillas, y lo adoró con su boca.

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Pero qué reconciliación, ¿no? Jajaja ¿qué opinan de estos dos? Por un momento pensé que Edward la haría sufrir más, pero solo sería más de lo mismo jajaja

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!