Trigésimo octavo

Una mujer es capaz de lo mejor y lo peor. Una mujer es capaz de dar a luz y enfrentarse a un ejército. Una mujer es capaz de erguirse en líder de un país, y cuidar de sus nietos en un parque. Una mujer es capaz de cocinar, hablar, leer, vestirse, organizar y conducir a la vez. Una mujer es capaz de convertir un puñado de ladrillos en un hogar. Una mujer es capaz de todo y de nada. Pero de lo que realmente carece una mujer, es de una mínima oportunidad para cerrar la cremallera trasera de su vestido más elegante.

Y yo, evidentemente, soy una mujer que tampoco lo logrará.

Me había duchado, peinado, maquillado, puesto los zapatos, preparado el bolso, y la cremallera de mi vestido seguía abierta por mi espalda. Y lo peor es que empezaba a temer por llegar tarde.

¿Dónde diablos está Kurt y por qué no vuelve ya? ¿Dónde están mis pastillas para la tos? ¿Qué pensaría Brian si me ve aparecer con el vestido desabrochado?

Tal vez el destino me estaba regalando algunas señales para que cancelara mi salida aquella noche. Tal vez me estaba diciendo que después de tres días encerrada en casa, superando aquel complicado catarro y protegiéndome de la nueva nevada que azotaba Nueva York, no era una buena idea salir a cenar con él. Pero, ¿qué iba a hacer?

A Brian le bastó una simple llamada mía avisándole de mi ausencia a clase el mismo jueves que enfermé, para tomarse la libertad de devolverme esa misma llamada la noche del sábado. Supuestamente lo hizo para interesarse por mi estado de salud, y para felicitarme por mi papel en el musical de Rupert. Sin embargo, nuestra conversación se alargó de manera casi surrealista, y terminé aceptando la invitación a cenar para aquella misma noche del domingo. Y lo cierto es que casi había empezado a apetecerme salir un poco, y no seguir pensando más en el drama romántico en la que se había convertido mi vida.

Tal vez Brian no era el compañero que más necesitaba en aquellos días, pero solo de esa forma podría quedar en paz con él, agradecerle su mediación con Rupert, y poner fin a una lucha interna por la desconfianza que empezó a invadirme en su contra.

Era mi profesor, y tan solo me quedaban dos meses de clases para poder certificar mis conocimientos de danza, por lo que tenía que estabilizar al menos mi relación con él, y evitar encontrarme alguna sorpresa desagradable a última hora. No estaba dispuesta a tirar dos años de mi vida de aquella forma.

No obstante, aquella cena solo iba a durar lo justo y necesario para alejar las malas vibraciones entre nosotros y nada más. El lunes a primera hora tenía prevista mi primera reunión con Rupert en el teatro, y ya apenas tenía signos de haber estado enferma. Solo una leve tos que calmaba a base de pastillas que sabían a regaliz. Estar de regreso pronto y descansar era primordial para mí. Y lo único que realmente tenía claro que iba a hacer. Siempre y cuando lograse cerrar mi vestido.

—Oh, por fin —mascullé tras escuchar como la puerta del salón se abría y Kurt parecía haber llegado de su flamante y romántico fin de semana con Blaine—. ¡Kurt! —le grité —¡Ven a mi habitación por favor! Necesito tu ayuda con el maldito vestido que me obligaste a comprar.

—Kurt no está —escuché detrás de mí. Santana no tardaba en asomarse por la puerta y averiguar qué es lo que tanto necesitaba, y yo no supe cómo reaccionar.

Tres días. Tres días desde que hablamos y nos sinceramos. Tres días en los que no volvimos a hacerlo. Nada de hablar, más que la lógica preocupación por mi estado y un, hoy no vuelvo a dormir que me regalaba cada noche, cuando decidía que prefería pasar la noche fuera de casa, en la cama de alguna chica o amiga que yo desconocía.

Confieso que era bastante duro estar en casa, sin Kurt merodeando entre nosotras, y sentir como el silencio se volvía tenso cuando nos mirábamos y nos esquivábamos. Pero al menos no habíamos vuelto a discutir, y eso era un gran avance para recuperar nuestra relación. De hecho, ni siquiera me obligó a recuperar mi tarea con las rosquillas, cuando regresé a la cafetería aquella misma mañana de domingo. Todo parecía volver a una relativa calma, y era de agradecer. No obstante, en aquel instante si me habló y presentí que verme así, hizo que su curiosidad aumentase para continuar haciéndolo.

—¿Vas a salir?

—Eh, sí, tengo una cena.

—¿Una cena? ¿Hoy?

—Sí. ¿Tú no vas a dormir fuera?

—No, voy a salir, pero regresaré —respondió sin dejar de mirarme—. ¿Con quién vas?

—Con, con Brian —balbuceé. En ese momento no recordaba si ella sabía de mi desencuentro con mi profesor. Si Quinn o Emma habían roto mi suplica de no decirle nada.

—¿Brian? —repitió un tanto sorprendida, y no tardó en adentrarse y acercarse a mí — ¿Vas a salir a cenar con él?

—Sí. Me, me llamó ayer y me dijo que si quería. Él, él le habló bien a Rupert de mí. Estoy en deuda.

—¿Deuda? ¿Qué tipo de deuda? —cuestionó regalándome algunos minutos más de conversación— ¿Le debes algo?

—No, claro que no. Pero, bueno, después de dos años buscando una oportunidad como esa, por fin ha llegado. Recuerda lo que sentía por él —No sé por qué fui tan estúpida al decirle aquello cuando ni siquiera lo deseaba. Conocer a Quinn me dejó claro que lo que yo sentía por Brian no era más que puro capricho, un simple interés por su atractivo y esa exquisita educación que mostraba de cara al público, logrando crear de él el príncipe perfecto. Pero no había nada más en mí. No sentía nada por Brian. Sin embargo, si era consciente de que se convertía en una buena oportunidad para erradicar cualquier duda en Santana respecto a mi decisión de olvidarme de Quinn.

Yo sabía que ella aún dudaba de mis palabras, y entendía que lo hiciese porque cuando se trataba del corazón, ni siquiera mis grandes facultades interpretativas lograban convencerla de tal cosa. Pero su mueca de sorpresa me dejó entrever que no esperaba que yo volviese a hablarle de Brian, y mucho menos a dejarle caer que esa cena era algo que había esperado durante tanto tiempo, y por fin iba a disfrutarla.

—Sentías —susurró de manera casi imperceptible—. ¿Necesitas ayuda?

—Eh, sí —respondí dándome la espalda—. No, no puedo subir la cremallera.

—Ok. ¿Puedo?

—Sí por favor. Voy a llegar tarde y no, no me gusta llegar tarde, ya sabes.

De poco iban a servir mis excusas. Creo que Santana ni siquiera me escuchó cuando comenzó a subir la cremallera. De hecho, ni siquiera habló.

—Gracias —balbuceé tras notar como el vestido quedaba perfectamente ajustado a mí cuerpo, y me regalaba la comodidad justa y necesaria para desenvolverme con soltura.

—Estás muy guapa —dijo rompiendo todos mis esquemas mientras retrocedía hasta la puerta de mi habitación.

—Gracias.

—¿Dónde vas a cenar? —se interesó, y el desconcierto volvía a mí.

No, no era normal aquel interés. De hecho, ni siquiera era normal que mostrase curiosidad después del último mes que habíamos vivido. Pero no solo por aquel mes. Santana no era como Kurt, y aunque no perdía detalle de nada de lo que sucedía a su alrededor, jamás preguntaba de aquella forma tan directa. Y mucho menos me halagaba sin más.

—Pues, he quedado en Manhattan. En The View.

—¿Qué? ¡No jodas! ¿Vas a cenar ahí?

Lógica su reacción. De hecho, yo también tuve esa reacción cuando Brian me dijo el lugar al que íbamos a ir. Cualquier neoyorkino sabía que ese restaurante situado en pleno Broadway, y que contaba con unas vistas espectaculares de toda la ciudad, era sin dudas un lugar perfecto para una cena romántica, para algo realmente especial. No todos los días se tiene la oportunidad de cenar observando todo Manhattan.

—Lo voy a intentar —musité un tanto ruborizada.

—Ese sitio es carísimo. ¿No puedes ir a otro sitio?

—Invita él —respondí sin saber muy bien por qué me preguntaba aquello. Con mi sueldo de camarera era imposible costearme un lujo como aquel. Suficiente hacía ya con llevar el único vestido de Gucci que había podido comprar en toda mi vida. Y era evidente que no había sido idea mía, sino de Brian.

—Oh, ok —masculló un tanto descompuesta—. Pues, pásatelo bien.

—Gracias.

Nada más. Santana me lanzó una última mirada que ni siquiera me decía nada. De hecho, parecía estar más centrada en algo que rondaba por su cabeza, y que ni siquiera la hacía reaccionar a unas simples gracias, o a una despedida.

Diez minutos después abandoné el apartamento sin recibir ninguna respuesta de su parte. Simplemente se dejó caer en el sofá con el teléfono entre sus manos y comenzó una guerra de mensajes con alguna de sus chicas, logrando que ignorase por completo mis últimos pasos en el apartamento.

Y media hora más tarde, después de que mi taxi sortease varios atascos en el centro de Manhattan y me dejase a las puertas del teatro Marquis, Brian me recibía con un impecable traje que habría hecho morir de emoción a Kurt. Un exquisito olor a perfume, y su perfecta y blanqueada sonrisa.

Confieso que hubo un momento en el que me olvidé de todo lo que nos había sucedido, y me dejé llevar por la emoción de ver como un hombre así me esperaba para invitarme a una cena tan especial como aquella. Sobre todo, cuando varias chicas pasaron junto a nosotros, y me miraron de soslayo con la envidia saliendo por cada poro de su piel. Sin embargo, esa sensación no duró demasiado en mí. Se esfumó justo cuando el ascensor nos llevaba a la planta 47, donde estaba situado el restaurante giratorio más espectacular de la gran manzana. Allí dentro de la cabina del ascensor empecé a notar las primeras muestras de incomodidad en mi cuerpo. No me gustaba en absoluto quedarme a solas con él, y supuse que lo vivido en su despacho fue el causante de aquel pequeño trauma.

Por suerte las vistas hacia el interior del hotel que también conformaba aquel edificio, me ayudaron a no desear querer salir de allí corriendo o gritando. Y menos mal que no lo hice.

Fue poner un pie en el comedor, y creer que era una estrella de Broadway.

Una plataforma circular recubierta por cristaleras que permitían la visión de toda Manhattan, desde el Rio Hudson al oeste hasta el edificio Chrysler al sudeste. Y que giraba lentamente de manera casi imperceptible para el ojo humano, pero si para un cuerpo como el mío.

Aunque la sensación de vértigo que me invadió en ese instante quedó en nada cuando tomé asiento en la mesa que había reservado Brian, y descubrí la verdadera altura de aquella planta. Y si a eso le añadíamos la somnolencia que aún me provocaban los antibióticos que tomaba para mi catarro, el resultado era una Rachel Berry que empezaba a palidecer por minutos, y fingía estar bien frente a la sonrisa encantadora de Brian. Por suerte la comida iba a lograr estabilizar mi estómago y no revolverlo más de lo que estaba.

La comida y su conversación.

Hubo algo bueno en aquella noche y que logró que mi mayor temor no saliese a relucir. Brian se dedicó a hablar de lo que más me gustaba, de lo que más me interesaba y eso fue una bendición para mí.

—De verdad Rachel, puedes tomarte el tiempo que necesites para prepararte el musical.

—Pero no quiero perder los últimos meses de clases.

—Bastará con que entrenes un poco en casa, y hagas las pruebas finales —me interrumpió—. Tienes suficiente nivel.

—¿De verdad? ¿De verdad puedo saltarme las clases y acudir solo a los exámenes?

—Sí.

—Pero, aún no sé el planning. De hecho, ni siquiera he hablado con Rupert. Mañana tengo mi primera reunión con él.

—Cuando puedas ir, vas. Cuando no, pues no —me sonrió cómplice—. Está bueno el pudding. ¿Verdad?

El teatro, los musicales, los beneficios de la danza para lograr papeles, los contactos en aquel mundo, los productores más exigentes y los más carismáticos y agradables. Las envidias y el peligro de permitir que entrasen en tu vida privada. Brian era un experto con las palabras. Fueron decenas de temas los que sacó y lograron que la noche se volviese cada vez más amena, y el tiempo pasase sin apenas darme cuenta. Estaba siendo una cita entre dos amigos, tal y como Brian me indicó que sería, y yo no podía estar más agradecida de que así fuera. Siempre y cuando la situación no se torciera como iba a hacerlo en apenas un par de minutos. O tal vez segundos. Quizás microsegundos, lo que dura un pestañeo y tardas en ser consciente de como la imagen que ven tus ojos en un breve despiste, llega a tu cerebro y la analiza para darte una respuesta certera y fiable de lo que es.

No sé si fue la extraña sensación de mareo que provocaba la rotación del restaurante, o una simple alucinación por los antibióticos que seguían en mi cuerpo. Pero allí, justo por detrás de la barra que rodeaba el centro del comedor, vi perderse a Quinn.

Sí, a Quinn Fabray, a Quinn la nieta de Eloise, Quinn la hermana de Emma, Quinn el amor de mi vida. Y ella ni siquiera me vio.

No podría ser otra persona. Me negaba a creer que, en la misma ciudad, hubiese una doble de mi princesa de Inglaterra. Me negaba a creer que había más de una Quinn por el mundo, porque yo solo quería tener a la original. Y supuse que mi desconcierto al ser consciente de lo que había visto durante apenas un par de segundos, llegó rápidamente a Brian.

—Ah, por cierto, hablando de movimientos en las clases, si haces el fouetté centrando el equilibrio sobre tu… ¿Rachel? ¿Estás bien?

Buena pregunta, pensé, pero no fue mi respuesta.

Lo miré tras dejar la copa de agua sobre la mesa y visualicé la mejor de las excusas que me hiciera poder levantarme, y seguir los pasos del fantasma de Quinn. O quien quiera que fuese.

—Eh, necesito, necesito ir al baño. ¿Me disculpas?

—Eh, claro —respondió un tanto extrañado—. ¿Pero estás bien?

—Sí, sí, estoy bien, tal vez un poco mareada —sonreí forzada—, pero todo bien. Vuelvo en seguida. ¿De acuerdo?

—Ok, si te parece voy pidiendo la cuenta y vamos a algún otro lugar. Yo también empiezo a marearme —bromeó, y yo ni siquiera le escuché. Dejé escapar la risotada más falsa que jamás había regalado, y tomé mi bolso dispuesta a perderme por aquel restaurante en busca de mi visión.

Y sí, digo perderme porque eso es lo que hice mientras trataba de evitar que Brian me descubriese merodear por allí. Solo tenía que subir unas escaleras que me llevaban a un pasillo y accedía a los baños, pero mi curiosidad me pudo y preferí barrer con la mirada toda la estancia, buscando algún indicio de Quinn en ella. No la encontré. Nada, no había ni rastro. De hecho, ni siquiera había chicas rubias que pudiesen haberme confundido, y eso empezó a preocuparme.

¿Estaba viendo visiones de verdad? ¿Mi locura había llegado a ese extremo? ¿Eran los antibióticos los culpables de aquello? Algún que otro camarero me miraba extrañado, y supuse que todas aquellas cuestiones no solo quedaban en mi mente. Demasiadas preguntas para alguien que trataba pasar desapercibida entre los estirados y selectos comensales que hablaban entre susurros, provocando un extraño y angustioso murmullo que no hacía más que acentuar el vértigo que producía la rotación.

Definitivamente, si iba a hacer uso del servicio, pero para tomar un poco de aire y refrescar mi nuca, como si ese gesto lograse aclarar mi mente, y me evitara seguir viendo fantasmas o alucinaciones.

Confieso que mientras me observaba en el espejo y lavaba mis manos, pensé en la posibilidad de llamar a Emma y preguntarle hasta averiguar si Quinn había regresado para realizar aquellos trámites que debía. Sin embargo, la deseché cuando vi como habían pasado casi diez minutos desde que me ausenté de la mesa, y Brian debía estar impaciente, y probablemente preocupado. Todo debió ser una estúpida alucinación con alguien parecido. Así que traté de no volver a pensar en ello, y regresé dispuesta a seguir con la amena e interesante cena.

No fue necesario que llegase a la mesa. Nada más salir del servicio escuché su voz cuando me disponía a descender por las escaleras, y no tuve más remedio que detenerme.

—¿Qué haces aquí?

—Estaba preocupado —se acercó obligándome detener mis pasos junto a la baranda del pasillo, desde donde curiosamente podía contemplar gran parte del comedor—. ¿Te encuentras mal? He estado a punto de entrar al ver que tardabas mucho, pero no quería armar un escándalo.

—Oh, lo siento —me disculpé—, lo siento Brian. Solo estaba aseándome un poco, estoy bien.

—¿Seguro? —se acercó más— Estás un poco pálida.

—Sí, bueno, creo que la rotación me está afectando y, supongo que los antibióticos también me influyen.

—¿Por qué no me has dicho nada? —musitó justo cuando vi como su mano se alzaba lentamente y apartaba algunos mechones de mi flequillo de la frente, para luego acariciarme con ella y comprobar mi temperatura.

Admito que me desconcertó bastante aquel gesto. Sin embargo, no fue incómodo. Lo hizo con delicadeza, preocupado por mi estado y yo no pude hacer otra cosa más que tratar de hacerle ver que todo iba bien.

—Tranquilo, estoy bien.

—¿Segura? ¿Ni siquiera te incomoda que me acerque a ti? —fue directo.

—¿Qué? No, claro que no —carraspeé—. Está bien, siento haberte preocupado.

—Rachel, gracias —susurró acortando distancias—, gracias por permitirme disculparme contigo. Por regalarme la oportunidad de demostrarte que no soy el capullo que creías.

—No, no creía eso de ti —fingí—, además, no creo que debamos volver a hablar de eso. Ya pasó, todo está olvidado —respondí tras sentir como, de nuevo, la incomodidad regresaba a mí.

—Rachel —susurró sin dejar de acercarse, tanto que ya casi no había espacio entre nosotros, y la barandilla no me permitía alejarme—. Sé que cuando salgamos de aquí, querrás marcharte y yo te voy a dejar ir, por supuesto —sonrió—, pero antes de que salgas corriendo, me encantaría poder decirte que…

—Brian —le interrumpí—, no acabemos con lo que hemos creado. Eres mi profesor y yo voy a seguir yendo a clases. Realmente me gustas, es más que evidente, me pareces un hombre espectacular. Pero…

—Pero —me acarició la mejilla—, me gustas, eres realmente encantadora y a pesar de que seas mucho más joven que yo, no he podido evitar fijarme en ti de una forma más, más personal. Sé que no estuvo bien cómo te traté, Rachel. Pero si me das la oportunidad puedo demostrarte lo que realmente vales. Mira todo esto, prometo hacerte sentir más especial de lo que ya eres.

Correr. Tenía ganas de correr. Sin embargo, seguí su consejo de una manera tan estúpida que no pude evitar lanzar una mirada al comedor, y ser consciente del lujo que me rodeaba. Un lujo que yo solo había soñado, pero que jamás creí que fuese a vivir de alguna forma. Todas aquellas mesas con matrimonios, parejas, enamorados que se miraban, que sonreían y disfrutaban de la cena. Las estrellas del cielo de Nueva York, que desde allí sí podían contemplarse sobre los rascacielos. La música, la delicada y suave música que amenizaba la velada y aquellas tenues luces que daban un toque romántico e íntimo, perfecto para la complicidad, para las miradas y las sonrisas. Todo era jodidamente perfecto para vivirlo con alguien como Brian, que, a pesar de sus terribles defectos, era un ser humano que se arrepentía de los errores y trataba de solucionarlo de la mejor manera posible. A pesar de los ojos inyectados en rabia de Quinn, que en ese mismo instante y justo cuando yo regresaba mi vista hacia él, ascendía por las escaleras hacia nosotros.

Si digo que me quedé paralizada, miento. Mis piernas se fusionaron con el suelo, y me convertí en piedra. En un muro, un pilar de esos que sostienen un edificio de miles de plantas y evitan que caiga. Un ser momificado que no sabía si estaba viviendo, o la inconsciencia me hacía verla cada vez que mis ojos se desviaban hacia algún lugar.

La única diferencia que pude notar con la primera aparición, es que esa vez no solo yo fui testigo de su aparición. Brian también la vio, y la sintió.

Quise hablar cuando la vi abalanzarse sobre el brazo de Brian que se anclaba a la baranda, y evitaba mi hipotética huida, pero la voz no salía de mi garganta.

—¡Qué! ¿Qué haces? —le recriminó rápidamente, y Quinn no tardó en meterse entre nosotros dos. De hecho, ni siquiera sé cómo logró hacerlo. Yo seguía inmóvil. Tratando de asegurarme que aquello estaba sucediendo y que mi princesa estaba allí, con su perfume, con su voz.

—¿Si la tocas te mato? —le amenazó de tal forma que un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. No podía verle la cara, solo contemplar su cabeza frente a mí y el desconcierto de Brian tras ella, con los ojos desencajados.

—¿Quién mierda eres? —le replicó perdiendo un poco los modales tratando de apartarla, y Quinn no tardó en reaccionar. Al igual que lo hice yo.

—¡Tú sí que eres una mierda! —espetó al tiempo que le regalaba un certero empujón, e hizo que Brian retrocediera varios pasos casi perdiendo el equilibrio—. ¿Quién te crees que eres? ¿Te crees superior por ser un jodido profesor? ¡Si vuelves a tocarla, te mato! ¡Meteré tu jodida cabeza en el rio Hudson!

—¡Quinn! ¿Qué haces? —dije al fin, pero ella no parecía atenderme. Se centraba en intentar empujar de nuevo a Brian, y éste en esquivarla mientras el murmullo empezaba a hacerse notar entre las mesas de los comensales, que observaban la escena atónitos.

—¿Pero qué diablos haces? Un momento, yo a ti te conozco, tú eres la estúpida de la tienda de flores, la que…

—¿Qué? ¿Qué? ¿Te crees más hombre por acorralar a una mujer como Rachel?

—¿De qué mierda hablas, lunática? Deja de tocarme, —esgrimió evitando un nuevo intento de Quinn por apartarlo de mí—. Me vas a manchar con tus manos llenas de tierra…

—¡No te acerques a ella! —escupió un tanto ofendida. De hecho, yo también lo hice tras escuchar las palabras de Brian, y no tardó en recuperar sus intenciones, volviendo con otro de los ataques que logró que Brian recibiera el tercero de los empujones que no debía haber recibido. El tercero que le hizo perder pie por culpa del primero de los escalones de las escaleras, y acababa con la estabilidad que lo mantenía en pie.

—Oh mierda, ¡Brian! —grité tirando de Quinn hacia mí, y viendo como ya me era imposible alcanzarle.

Sí, volviendo a las capacidades o facultades que una mujer tiene, excepto la de abrocharse la cremallera trasera de un vestido de Gucci, pude comprobar como no había nada más que no fuese capaz hacer. Sobre todo, cuando la rabia, la ignorancia de no saber lo que sucede, y dejarse llevar por el instinto para evitar lo que supuestamente era una injusticia, podía hacer que la bestia que todo el mundo lleva dentro, salga sin más y arrase con todo.

Tal vez Quinn era frágil, vulnerable, y caminaba como si fuese de cristal, pero aquella noche tuvo la suficiente fuerza como para lograr que un hombre de más de 180 cm, y unos 80 kilos de peso, descubriese que la gravedad y las escaleras no son buenas compañeras.