¡Holi!

¿Qué tal nos encontramos? Yo cómo veréis ya he vuelto a trabajar, así que veréis que las actualizaciones vuelven a ser algo más lentas, pero no os quejaréis porque hoy os traigo un capítulo bien larguito.

Aprovecho también para comentaros que este mes, concretamente el 26, Wicked Game cumplirá dos años. Madre mía, dos años ya, ¿quién iba a decírmelo a mí cuando empecé este fic pensando que sería una colección de One-Shots? La cuestión es que este año querría hacer algo especial, no sé si hacer un DIYS o algún concurso de relatos cortos o de dibujos de Wicked Game en el que podéis ganar quizás una ilustración o un marcapáginas hecho a mano por mí. Acepto sugerencias, pero como no sé si voy a actualizar para el 26, podéis seguirme en mi Instagram ItsasUmbrellasArt, donde subiré al final mi veredicto para celebrar el segundo aniversario de Wicked Game.

Daros las gracias a todes por estar aquí siempre leyéndome y apoyándome. De verdad, no esperaba que este fanfic fuera a darme la oportunidad de conocer a tanta gente maravillosa, talentosa y estupenda. Así que, en serio, gracias.

Y, como ya viene siendo costumbre porque soy muy pesada, esta pobre autora os pide que si no os supone mucho esfuerzo y deseáis aportar algo (o no), dejéis una review. No sabéis lo especial que es para mí recibir vuestros preciosos mensajes y aprendo muchísimo de vosotres. Además, sabéis bien que yo os respondo siempre siempre.

Disfrutad del capítulo.


Un día de estos, Astrid iba a matarle.

No sabía cuándo.

Ni cómo.

Ni cómo se libraría ella de morirse cuando lo hiciera.

Pero iba a matarle seguro.

Había sido un día muy largo. Demasiado. Odiaba discutir con Astrid, sobre todo cuando su novia se henchía tanto de orgullo que era imposible mantener una conversación razonable con ella. Se había marchado de la posada tan enfadado que había tenido que respirar hondo al darse cuenta de que las llamas de las antorchas que iluminaban la calle se extendían hacia arriba de forma salvaje y antinatural, causando que la gente de su alrededor se alarmara por la extraña reacción del fuego. Tan centrado había estado en alejarse de la posada y de no llamar la atención que, para cuando quiso darse cuenta, se encontró totalmente desorientado. Hipo no eran de los que se perdían con facilidad, pero estaba tan nervioso y su magia estaba tan revuelta dentro de él que no fue capaz de ubicarse.

Tenía la boca seca. Observó las tabernas abarrotadas de gente y se sintió tentado a entrar para saciar su sed, aunque lo descartó al segundo de planteárselo. Meterse en un lugar tan lleno de gente con bebidas claramente inflamables era el último sitio en el que debía estar. Además, convenía que se alejara de cualquier tentación relacionada con el alcohol. Había sido fuerte durante los últimos meses, probablemente porque su relación con Astrid había llenado de sobra el vacío que en aquellas oscuras semanas había ocupado el alcohol. Sin embargo, era la primera vez en mucho tiempo que se separaba una noche de ella y se sintió como un auténtico imbécil por sentir la tentativa de calmar su furia a través de un pinta de hidromiel.

Consideró que lo mejor sería volver con los dragones y, siendo plena noche, podría volar sobre Desdentao para calmar su ansiedad. Seguro que a su amigo le encantaba la idea tanto como a él. Caminó con paso apresurado por las sucias calles de Londinium hacia la muralla hasta que, de repente, tuvo la sensación de que alguien le estaba siguiendo.

Hipo tragó saliva.

Se metió por el primer callejón que encontró y, sin acelerar especialmente el paso, siguió caminando sin atreverse a mirar hacia atrás. Torció hacia a la derecha cuando salió de la callejuela y luego giró a la izquierda, otra vez a la derecha y luego se metió por otro pasadizo para regresar a una calle que no quedaba muy lejos de su posada. Se atrevió a mirar ligeramente hacia atrás y no vio a nadie sospechoso, aunque su magia estaba dentro de él muy alterada, percibiendo una amenaza invisible cerniéndose sobre él.

No podía volver a la posada. Exponer a Astrid a su persecutor sería una sentencia de muerte para ambos y, si conseguían atraparle y no matarle, su novia le buscaría seguro. Hipo tomó aire, ¿qué debía hacer? ¿Correr hasta que lo atraparan?

Podrías calcinarle.

Hipo sacudió la cabeza ante la sugerencia de su magia, consternado al darse cuenta que no hubiera descartado la idea de no estar rodeado de edificios construidos con estructuras de madera. Aún así, a cada día que pasaba, menos asqueado o aterrado se sentía por las propuestas de su magia y, a consecuencia de ello, sentía que había cierta afinidad con ella que hacía que se sometiera con más facilidad a su voluntad. Sin embargo, sabía que eso duraría poco si le atrapaban. Hipo torció hacia la derecha y sintió su alma caérsele a sus pies al ver que se había metido en un callejón sin salida. Su corazón latió fuerte contra su pecho, consciente de que había caído preso de su propia estupidez y despiste. Intentó volver por donde había venido, pero fue entonces cuando le golpearon por detrás en la cabeza.

Hipo cayó en la más profunda oscuridad.

Una serie de imágenes inconexas y borrosas nublaron su mente. Sus ojos fueron incapaces de enfocar nada, abrumados por la rapidez de las secuencias y el resonante sonido de las voces, gritos y ruidos que salían sin ningún orden de ellas le taladraban sus oídos sin ninguna piedad.

—A veces tenemos que sacrificar lo que más queremos para que perdure. Yo pagué el precio y volvería hacerlo —escuchó a una mujer decir.

—No te estoy pidiendo que seas como yo, jamás he querido que lo fueras. Solo quiero que seas la mejor versión de ti mismo, hijo.

Hipo sintió su corazón en un puño al creer reconocer la voz de su padre.

—¿Has oído alguna vez el graznido de un Furia Nocturna muriendo lentamente de dolor, Maestro de Dragones?

La voz de Drago se disolvió en el grito agónico de otro hombre que le resultaba espantosamente familiar.

—Amarla fue tu error, Hipo; aunque sois tan patéticos que sois perfectos el uno para el otro.

Le Fey. Hipo intentó enfocar la mirada, pero la imagen se había fundida con otras tantas que pasaban por sus ojos como si estuviera volando a toda velocidad. Oyó un grito agonizante que hizo que se quedara helado del horror. Aquella voz era la de Astrid.

—Prométemelo, Hipo —le escuchó decir en un hilo de voz—. Prométeme que…

Hipo extendió su mano ansioso por alcanzar la imagen distorsionada de Astrid, pero no tocó nada. Se concentró en tener una imagen clara de todo lo que estaba viendo, pero en su lugar, las imágenes comenzaron a diluirse a la vez que su mirada se nublaba por una espantosa sensación similar al vértigo. Una última imagen totalmente aguada y oscurecida se reprodujo ante sus ojos. Hipo intentó por todos los medios enfocar la mirada y mente en aquella escena, pero solo consiguió escuchar:

—¿Cuándo te darás cuenta que el listón que has puesto es tan alto que es imposible alcanzarte?

Aquella voz no la reconoció. Era joven, probablemente de una adolescente, pero no le resultaba en absoluto familiar. Aún así, Hipo no tuvo tiempo siquiera de procesar lo que acababa de escuchar cuando sintió que le sacudían con fuerza. Abrió por fin los ojos desorientado, cegado por el exceso de luz del lugar, y con un dolor de cabeza espantoso. La mano que zarandeaba de su hombre le soltó por fin y rumió.

—¡Ya era puta hora, joder! Ya solo me faltaba tener que cargar contigo medio muerto también.

Hipo parpadeó, en un esfuerzo de acostumbrarse a la luz, y fue a frotarse los ojos cuando escuchó el tintineo de unas cadenas. Observó horrorizado que su secuestrador le había encadenado al pie de la cama e incluso le había quitado su prótesis. Hipo tiró inútilmente de sus ataduras con el corazón latiendo fuerte contra su pecho y su magia revolviéndose dentro de él con mayor salvajismo y nerviosismo que nunca. Se obligó a respirar hondo antes de encarar al hombre que le había capturado, sentado frente a él, analizando cada gesto de su cara y movimiento con suma atención.

Había algo extrañamente familiar en él, pero no supo el qué. Lo que sí tenía claro, dado sus rasgos, es que aquel hombre era del Archipiélago. Probablemente rubio, aunque no estaba seguro debido a lo sucio que tenía el pelo; barba descuidada y mal cortada, y ropajes gastados que habían visto más inviernos que él. Hasta el parche en su ojo izquierdo necesitaba que lo pasaran por agua y jabón. La expresión de aquel desconocido era malhumorada y dura y su ojo, de un profundo azul, mostraba la frialdad de su carácter. Hipo tragó saliva, aunque se esforzó en sostener su mirada con la mayor dignidad posible.

—Te pareces a tu padre más de lo que recordaba, chico, aunque claramente eres hijo de tu madre —comentó el mercenario de repente.

Aquella voz… Hipo tenía que conocerle. Estaba seguro. Hablando de sus padres como hablaba, claramente debía ser de Isla Mema. ¿Pero quién era?

—¿Qué pasa? ¿Ahora no hablas? Con lo cotorra que has sido siempre me sorprende que no abras la boca.

El corazón de Hipo dio un vuelco. ¿Sería posible…?

—¿Finn Hofferson? —preguntó él en un hilo de voz.

El hombre abrió mucho su ojo, sorprendido porque le hubiera reconocido tan rápido. Se rascó la barba para fingir indiferencia, pero Hipo sabía que le había calado. ¿Cómo no reconocer la voz de Finn Hofferson? Su voz grave y rasposa había pronunciado los comentarios más crueles que jamás había escuchado y había sufrido su desprecio y frialdad de primera mano. Al parecer, Finn Hofferson nunca se había mostrado favorable a que un niño prematuro y débil, con claras carencias de liderazgo, lucha y fiereza vikinga, fuese el heredero de Isla Mema. Por aquel entonces, aún tenía el pelo y las barbas largas, muy rubias y bien cuidadas, y era uno de los guerreros más feroces de la tribu. Sin embargo, desde que Hipo tenía cierto uso de razón, siempre lo había visto enfadado y con una actitud muy agresiva. No soportaba a los niños y mucho menos a él, a quien siempre le insultaba por lo bajini, llamándole cosas como «llorón», «escoria» o «abominación», entre los que podía recordar; e incluso le daba algún que otro empujón cuando su padre o Bocón no miraban. Hipo jamás comprendió porque Finn Hofferson le odiaba tanto y, con solo seis años, lanzó muy avergonzado esta cuestión al herrero —le daba demasiado miedo preguntar al respecto a su padre—, pensando que quizás Hipo hubiera hecho algo mal sin darse cuenta. Sin embargo, Bocón sencillamente suspiró y le acarició la cabeza con una sonrisa triste diciendo:

—Tú no le has hecho nada, chico. Le pasó algo muy malo y, desde entonces, está siempre enfadado. No debería tomarlo contigo, lo siento mucho.

—¿Qué es lo que le pasó? —preguntó él ansioso.

Bocón parecía un poco contrariado.

—Te lo diré cuando seas mayor.

Hipo nunca llegó a saber qué fue lo que le pasó a Finn Hofferson sencillamente porque aquel hombre salió de su vida no mucho tiempo después, al poco de cumplir él los siete años. Su padre, por alguna razón que no recordaba, le mandó al exilio de la noche a la mañana y jamás se había vuelto a saber nada más de él. Aunque aquel hombre había desaparecido de su mente hasta su actual reencuentro, sus insultos y su desprecio aún habían calado hondo en el propio Hipo.

—No esperaba que fueras a recordarme, no eras más que un mocoso cuando me marché de la isla —comentó Finn con una sonrisa amarga.

—Dirás más bien cuando mi padre te echó de la isla —le corrigió Hipo de mala gana.

El mercenario estrechó su ojo.

—Injustamente —se defendió—. Tu padre siempre ha sido un cabronazo y nos llevábamos a matar, habría terminado marchándome de aquella isla de mierda en algún momento.

—Dudo mucho que mi padre te largara sin motivo alguno —le advirtió Hipo.

—¿Qué coño vas a saber tú? —escupió Hofferson malhumorado—. No eres más que un niñato inútil.

Aquel insulto hizo que sintiera una desagradable punzada en su pecho. Su magia rugió dentro de él, dispuesta a demostrarle que él no era ningún «inútil», por lo que Hipo tuvo que hacer un enorme sobreesfuerzo por no perder el control sobre sí mismo. Aún así, tiró de las cadenas en un intento inútil de soltarse y Finn chasqueó la lengua.

—Ahorra fuerzas, chaval. Es inútil que intentes soltarte y, aún haciéndolo, no podrás irte muy lejos sin tu pierna de juguete.

Hipo bufó.

—Que te den —soltó el joven furioso—. ¿Qué coño quieres de mí?

Hofferson sonrió de lado.

—¿De ti? Nada salvo la recompensa que van a darme por tu cabeza y la de tu novia —comentó él—. Que por cierto, ¿dónde está?

Hipo sostuvo su mirada en silencio, poco dispuesto a soltar prenda en nada relacionado con Astrid. Hofferson sacudió sus hombros y cogió la petaca que cargaba en su cinturón.

—¡Bah! —masculló él y dio un trago largo que hizo que el alcohol resbalara de su boca hasta la barba—. La encontraré. Supongo que en algún momento echará en falta a su perrito faldero.

—¿Quién te ha contratado? —preguntó Hipo ignorando su comentario.

—Quieto parao, chico. Aquí las preguntas las hago yo —replicó el mercenario de mala gana—. Tienes más acusaciones que el peor de los criminales: asesinato, traición, conspiración, robo… Incluso brujería.

Hipo contuvo su respiración.

—¿Y te las crees? —preguntó él dubitativo.

—Por supuesto que no.

El joven frunció el ceño.

—¿Entonces…?

—No me las creo porque no creo que seas capaz de matar a nadie ni hacer nada de lo que te acusan. Por supuesto, lo de la brujería es una soberana estupidez, dado que los hombres no podemos ejercer magia como las hijas de Freyja.

Hipo abrió mucho los ojos. Nunca había escuchado a ningún humano referirse a las brujas de aquella manera.

—Sin embargo —continuó el mercenario—, dicen que tu novieta es una bruja, ¿me equivoco? Bendecida con el poder de Thor.

Hofferson le observó como si esperara que Hipo le diera una afirmación al respecto, pero mantuvo su mejor expresión de indiferencia y la boca cerrada.

—Será más fácil si hablas, chico —comentó Finn con un atisbo de impaciencia.

—No tengo nada que decir —replicó Hipo con frialdad.

Hofferson dibujó una sonrisa maquiavélica. Tomó otro trago largo de su petaca.

—Estás enamorado hasta las trancas de ella, no hace falta que lo ocultes —se mofó el mercenario—. Las brujas son un imán de atracción para cualquiera, no importa que sean hombres o mujeres, si quieren pueden nublar tu mente y conquistarte sin mayor esfuerzo para conseguir lo que deseen. Freyja las bendice con magia y dones, pero también con gran belleza y voluptuosidad. No me extraña que hayas sido tan tonto para caer en las redes de una.

La magia y la sangre de Hipo hervían dentro de él. Apretó los puños con tanta fuerza que se le quedaron los nudillos blancas.

—¿Te estoy tocando la fibra sensible? —cuestionó Hofferson divertido—. Esto sería más fácil si tú hablaras y no me permitieras divagar tanto —Hipo sacudió la cabeza como respuesta y el mercenario puso los ojos en blanco—. Está bien, seguiré entonces. Cuando Thuggory vino a buscarme, me comentó que la bruja era tu amante, pero no creo que ese sea suficiente aliciente para que ella se quede contigo. ¿Cómo demonios una bruja iba acabar contigo? Eres tan poca cosa y…

—¿Por qué? —le cortó Hipo furioso, consciente de que aquel hombre estaba teorizando sobre un terreno pantanoso que se acercaba demasiado al vínculo que le unía a Astrid.

Finn Hofferson frunció el ceño.

—¿Por qué qué?

—Han pasado más de quince años desde la última vez que me viste —le recordó Hipo controlando la ira en su voz—. No me conoces ni sabes una mierda de mí y, aún así, sigues insultándome y torturándome como cuando era niño. ¿Qué coño te he hecho para que me trates así?

Finn Hofferson no mostró emoción alguna ante su pregunta. Sencillamente volvió abrir el tapón de su petaca y bebió hasta terminar todo el contenido; después, tiró el recipiente a una esquina del cuarto y se levantó para dirigirse a la puerta. Gritó algo en inglés en una acento espantoso que hizo que no le entendiera y volvió a entrar en el cuarto, dejando la puerta entreabierta. Poco tiempo después, una mujer de pelirroja, con ropajes que claramente la delataban como una prostituta, apareció con dos botellas en mano. Eldarion musitó algo a la mujer que no escuchó bien y le dio unas monedas. La mujer se retiró, no sin anter cruzar su mirada con la suya. Hipo intentó suplicarle ayuda, pero la prostituta se marchó como si nada hubiera sucedido.

¡Por Odín, ojalá Astrid apareciera pronto! Estaba tan alterado que apenas podía concentrarse en buscar su presencia y temía que al mínimo descuido perdiera el control sobre su propia magia. Es más, mientras Hofferson daba un trago a una de las botellas, observó que el metal de uno de sus grilletes se estaba calentando, cogiendo un ligero tono anaranjado. Hipo respiró hondo, implorando a su magia que se calmara. Su magia le obedeció a regañadientes.

—¿Quieres saber por qué nunca me has gustado, chico? —preguntó Finn Hofferson volviendo a sentarse en la silla que se encontraba ante la cama, aún con la botella en su mano.

—Estaría bien saberlo, no hay nada como que te digan por qué te odian —respondió Hipo con ironía.

Finn Hofferson sonrió.

—¿Qué sabes de tu nacimiento?

Hipo arqueó las cejas, claramente desconcertado por su pregunta.

—¿Cómo que qué sé? No esperaras que lo recuerde.

—Tu padre te contaría algo al respecto, ¿no? —cuestionó Hofferson con impaciencia.

—Sé que nací antes de tiempo —dijo Hipo sin comprender—. Que estuve enfermo una temporada, pero que después me recuperé, como otros muchos niños prematuros.

Finn Hofferson sostuvo su mirada unos segundos antes de decir:

—¿Tu padre no te dijo nada más? —insistió él.

—¿Qué más tendría que decirme?

El mercenario dejó la botella en el suelo.

—Tú jamás debiste haber nacido, Hipo Haddock. Tu nacimiento fue un mal augurio que terminó cumpliéndose.

Hipo se preguntó si no estaría demasiado borracho y le estaría tomando el pelo.

—Ya, bueno, no eres el primero que muestra su descontento por mi nacimiento al ver que no era lo que todos esperabais —terminó replicando el joven con sarcasmo.

—No lo entiendes, chico. Jamás debiste sobrevivir al parto y lo que pasó fue… contra natura.

El joven sintió la rabia manar dentro de él. ¿De qué iba aquel tío? Hofferson suspiró y volvió a coger la botella.

—Hay normas que no han de romperse jamás y cuando eso ocurre, los más inocentes son los que pagan las consecuencias —dijo él con frialdad y le observó con fiereza—. Salvando tu vida, trajo la desgracia a otros.

—¿A quienes? —cuestionó Hipo harto de sus recriminaciones.

Finn Hofferson no respondió a su cuestión y dio un trago más a la botella hasta terminarla.

—Se está haciendo tarde y tengo que ir a buscar a tu novia. Quiero partir esta misma noche al Archipiélago y me temo que no será fácil capturarla.

Hipo necesitaba ganar tiempo para darle margen a Astrid a que le encontrara. Desafió a Hofferson con la mirada antes de preguntar:

—¿Por qué demonios te contrató Thuggory? ¿Por qué sirves a alguien como Le Fey?

El mercenario dibujó un gesto de extrañeza.

—¿Quién?

—Kateriina Noldor está siendo poseída por una bruja llamada Le Fey —le explicó Hipo furioso—. Tiene a más de la mitad del Archipiélago poseído y es probable que esté trabajando con Drago Bludvist.

—No es probable, puedo asegurarte que ese hijo de perra está ejerciendo la caza de brujas por todo el Archipiélago, pero lo que dices no tiene ningún sentido. ¿Por qué una bruja iba a contratar al cazador de brujas más sanguinario de todo el norte? Pensaba que lo que te faltaba de músculo te sobraba de cerebro, pero veo que hasta en eso también resultas decepcionante.

—¡Ella fue quién asesinó a Bardo Noldor y a todas aquellas persona a los que se nos acusa de haber matado! —insistió Hipo desesperado, pero Hofferson parecía más concentrado en su segunda botella de alcohol rancio—. ¿Dónde queda el famoso honor de los Hofferson?

El mercenario tiró la botella vacía contra la pared y se encaró a él para coger de su túnica con fuerza.

—¿Qué sabrás tú del honor de los Hofferson, niñato de mierda? —escupió Finn Hofferson rabioso, Hipo arrugó la nariz por la peste a alcohol que salía de su boca.

—Mi abuelo mencionaba mucho a Thror Hofferson —le recordó Hipo cogiendo de su muñeca para que le soltara—. ¡Decía que no había hombre más honorable que él!

Finn apartó su mano de un manotazo e Hipo sintió su corazón latir fuerte contra su pecho, aterrado de que el ardor de su piel le hubiera delatado.

—Tu abuelo perdió la cabeza —le recordó Finn Hofferson algo contrariado—. No eras más que un crío cuando murió.

—Pero como comprenderás conozco a la perfección a cada Jefe que ha pertenecido a mi familia y a cada familia aliada que hemos tenido. Los Hofferson erais indudablemente el clan que más ha respaldado y apoyado a los Haddock —le explicó Hipo—. Thror Hofferson fue la mano derecha de mi abuelo cuando él era Jefe y perteneció al Consejo hasta que decidió retirarse.

—Y fue sustituido por su primogénito —añadió Finn con mirada ausente.

Hipo estudió su rostro unos segundos.

—¿Tú?

Hofferson hizo una mueca.

—Thror Hofferson tuvo más de un hijo —respondió antes de soltar un desagradable eructo—. Tengo que irme a buscar a tu novia, pero estate tranquilo que enseguida te subirán el desayuno —cogió junto a la cama, lejos de su alcance, un hacha que hasta ese momento no había visto y la acercó amenazante a su rostro—. Aquí nadie te va a hacer ni puto caso, pero haz una sola tontería y te corto la otra pierna, ¿entendido?

Hipo asintió resignado y el hombre volvió a dejar el hacha en su sitio antes de salir de la habitación sin mirar atrás. Esperó unos minutos para asegurarse de que el mercenario no regresaba y luego intentó por todos los medios alcanzar el hacha, pero estaba demasiado lejos y su rango de movimiento era muy reducido debido a las cadenas. De haber dispuesto de cualquier elemento, como hubiera sido su propia prótesis, habría intentado forzar las cerraduras con algún alambre o una pieza fina, pero Finn Hofferson se había asegurado de dejarle solo y desvalido.

Apoyó su cabeza contra la cama para respirar hondo. Su magia no paraba de alentarle que derritiera el metal de los grilletes, pero Hipo sabía bien que si se dejaba llevar acabaría quemando todo el burdel y no estaba dispuesto a cargar con eso en su conciencia. Aquel debía ser un buen momento para que se le ocurriera una de sus famosas ideas para huir de allí, pero su cabeza no paraba de darle vueltas a lo que Hofferson había dicho sobre las circunstancias que habían rodeado su nacimiento. ¿Por qué había sido un mal augurio? ¿Qué culpa había tenido él de haber sobrevivido a un parto complicado que había sucedido antes de tiempo? ¿A qué se había referido con lo de que había sido contra natura y que se habían roto las normas por él?

¿Quién las había roto?

Hipo no recordaba a su madre, apenas había sabido algo de ella y había sido puntualmente por Bocón. Su padre rara vez la había mencionado e Hipo había aprendido que forzarle a hablar de ella había sido demasiado doloroso para él. Ni siquiera estaba seguro de que su madre le hubiera querido realmente, quería pensar que sí. ¿Qué madre no querría a su hijo? Además, se supone que su madre había muerto cuando había intentado protegerlo de un ataque de dragones, aunque jamás supo de los detalles de tal suceso. Desde entonces, mucha gente había sentido mucha lástima por él por la falta de una figura materna; pero a Hipo, aún sintiéndose avergonzado por reconocerlo, le daba bastante igual la ausencia de una madre en su vida. Siempre habían sido él, su padre y Bocón, y no había tenido a una madre a la que echar en falta, ¿por qué entonces iba a dejarse afectar por algo que no había tenido nunca?

Escuchó la puerta del dormitorio abrirse e Hipo soltó un respingo cuando vio a aquella mujer de piel oscura con el cabello más rizado que había visto nunca entrando con una bandeja de comida. La mujer no parecía tener intención de pararse a hablar con él, pero Hipo necesitaba respuestas.

—Perdona, ¿dónde estoy exactamente?

La joven alzó la mirada hacia él con el ceño fruncido, como si le molestara que le hubiera dirigido la palabra, por lo que respondió con cierta sequedad:

—En uno de los burdeles del puerto.

Aquello era bueno. El puerto no estaba especialmente lejos de su posada, por lo que Astrid podría encontrarle con facilidad. Eso si Hofferson no la tenía ya retenida en otro lugar del burdel y le había estado engañando todo aquel tiempo para sacarle información.

—Oye, ¿sabes si también hay una chica retenida aquí por él? Tiene el pelo corto rubio, alta y de ojos azules. Es mi…

—No —le cortó ella al instante inclinándose para dejar la bandeja a su alcance—. Solo estás tú.

La tensión en sus hombros desapareció e Hipo no pudo evitar suspirar de alivio antes de sonreír de oreja a oreja. Si Astrid no estaba retenida, entonces era muy probable que fuera a encontrarle muy pronto. Soltó una carcajada que confundió a la mujer.

—¿Por qué te ríes? No creo que te encuentres en una situación como para partirte de risa —le achacó la prostituta.

—No es eso, es que mi novia me va a dar una hostia bien merecida cuando me encuentre —explicó Hipo.

La joven chasqueó la lengua.

—Pareces muy seguro de ello.

—Lo estoy —insistió él con una sonrisa.

La mujer sacudió la cabeza antes de incorporarse e Hipo no pudo evitar contemplarla fascinado. Era una joven muy guapa y sus vestimentas dejaban poco a la imaginación, aunque lo que le tenía impresionado era la tonalidad tan oscura de su piel. En el Archipiélago era un área con poco diversidad racial, por lo que ver a alguien tan diferente y al mismo tiempo tan igual era fascinante.

—¿Tengo monos en la cara o qué? —preguntó la mujer molesta.

—Perdona, es que no había conocido a nadie con un tono de piel como el tuyo —respondió con honestidad.

La mujer arqueó sus finas cejas, claramente sorprendida por su respuesta.

—¿Te molesta? —preguntó ella desafiante.

Hipo frunció el ceño por esa pregunta.

—¿Por qué debería hacerlo?

—No sé, a la gente habitualmente le da asco.

—Pues no entiendo por qué —insistió Hipo horrorizado—. ¿Por qué tendría que asquearme el color de la piel de nadie?

La joven sacudió los hombros, como si estuviera resignada a vivir una realidad que claramente era injusta con ella.

—Eres un poco raro —apuntó ella estrechando los ojos.

—Ya, me lo dicen mucho —concordó él—. Oye, ¿no podrías…?

—No pienso soltarte. Él es uno de mis mejores clientes y no pienso jugarme el cuello por ti —le cortó tajante la prostituta—. Lo siento mucho, es una putada, pero yo tengo que comer. Debiste andarte más listo.

Casi parecía que estuviera escuchando a la propia Astrid echándole la bronca por haberse dejado capturar, pero comprendía a la perfección y respetaba la decisión de la prostituta. Hipo resopló y la joven se despidió haciendo un torpe gesto con su mano. Cerró la puerta tras ella e Hipo volvió a quedarse completamente solo.

Bueno, casi solo. Su magia hizo acto de presencia junto a todos sus miedos e inseguridades.

¿Y si Astrid no aparecía?

No es que tuviera otro remedio más que rescatarle, pero le inquietaba la tardanza de su novia. ¿Y si seguía enfadada con él por la discusión de ayer y había decidido abandonarlo a su suerte por un rato para darle un escarmiento? Hipo apoyó su cabeza contra el pie de la cama y cerró los ojos. No, aquello era demasiado sádico, incluso para Astrid. Hipo conocía bien los sentimientos de Astrid hacia él, por lo que se sintió imbécil ya por sólo cuestionar que su novia no viniera a rescatarle.

¿Y por qué necesitas que te rescate? Puedes salir de aquí tú solito.

Hipo gruñó al escuchar el bisbiseo de su magia en su oído. ¡Qué pesada llegaba a ser a veces! Había que mencionar que en las últimas semanas había estado más compenetrado que nunca con su magia y era rara la vez que ésta se dirigiera directamente a él. Por lo general, sólo aparecía cuando su ansiedad estaba por las nubes o porque se encontraba en una situación de peligro. Aquel, por supuesto, era un escenario en la que corría peligro y sus nervios estaban a flor de piel, por lo que la molesta presencia de su magia no le dejaba pensar fríamente un plan de huída.

Miró de nuevo los grilletes y analizó sus opciones. Si contara con algún alambre o cualquier elemento que le permitiera forzar la cerradura estaría libre en cuestión de segundos, pero Finn Hofferson se había asegurado de poner todos sus posibles recursos fuera de su alcance. Derretir el metal de los grilletes era otra opción, probablemente la más sencilla, pero la más letal. En su estado, su magia podía dominarlo con suma facilidad y le aterraba la sola idea de que la cosa se le fuera de las manos.

Se llevó las manos a la cara frustrado y observó la bandeja de comida que la prostituta había traído. Contaba con pan, algo de queso, gachas que no tenían un aspecto muy apetitoso y un vaso humeante de lo que parecía té. Olisqueó el pan y el queso para asegurarse de que no le hubieran echado nada extraño, aunque tenía el estómago tan cerrado que no dio más de dos mordiscos. Apartó la bandeja con desgana e tiró una vez más de las cadenas, con una vaga esperanza de que tal vez esta vez fueran a romperse de verdad.

De repente, sintió una náusea tan espantosa que no tuvo ni tiempo para retener la bilis que subió como un rayo por su exófago. Echó el pan y el queso que acababa de comerse junto con la hiel de su estómago. Hipo no entendía nada, ¿qué había pasado? Por un segundo, se había sentido terriblemente enfermo y ahora volvía a estar bien al margen del sabor desagradable y amargo de su boca. Descartó al instante que su estómago hubiera rechazado la comida que acababa de ingerir, más que nada porque sentía algo dentro de él que no paraba de vibrar.

El vínculo.

Hipo solo había vomitado una vez a causa del vínculo, pero por aquel entonces había estado tan borracho que solo contaba con lagunas de aquel vergonzoso suceso. Sin embargo, recordaba perfectamente las reacciones de Astrid cuando Kateriina —o más bien Le Fey— le había besado.

¿Habría Astrid…?

No.

Ni hablar.

No iba a ir por ahí. Los celos le habían llevado a aquella situación y ni de coña iba a dejarse llevar por ellos otra vez. Cuando apareciera Astrid le pediría explicaciones, hasta entonces lo mejor sería mantener la calma y encontrar un brillante plan que le ayudara a salir de allí. Analizó la longitud de las cadenas, su recorrido era suficiente para que pudiera mover los brazos, pero no lo bastante como para que pudiera moverse mucho más allá. Además, sin su pierna tampoco podría ir especialmente lejos, así que eso debía ser lo primero que debía encontrar. Una opción factible era utilizar el hacha de Finn para cortar las cadenas, pues tenía pinta de ser lo bastante resistente y afilada para cortar el metal, pero estando tan fuera de su alcance lo veía imposible. Observó también que las cadenas estaban enganchadas a unos aros metálicos incrustados en la madera de las patas de la cama. Quizás, con un poco de suerte, podía desencajar esos aros de la madera, aunque lo iba a tener un poco complicado sin un alicate. Sin embargo, cabezón como era él, decidió probar con sus propias manos.

Hipo nunca había destacado por su fuerza física, pero sus años en la herrería le había dado cierta destreza. Apoyándose contra la cama, cogió el aro entre sus dedos y empujó con fuerza hacia fuera. El metal estaba bien incrustado en la madera, por lo que apenas se movió. Hipo tomó aire mientras se frotaba los dedos para aliviar el escozor del esfuerzo y volvió a intentarlo con todas sus fuerzas. Ésta vez, el aro sí se movió y, pensando que tal vez conseguiría sacarlo, sintió la euforia sacudir todo su cuerpo, hasta tal punto que su magia reaccionó con la misma excitación. El metal se calentó tan rápido al contacto de su mano que para cuando quiso darse cuenta la pata de la cama había empezado a arder levemente.

Hipo entró en pánico por un segundo.

Solo uno.

Entonces reaccionó.

Soltó el aro metálico para sujetar la madera de la cama. El fuego no quemaba su piel, más bien era un cosquilleo que acariciaba su piel con mimo. Antes de conocer a Astrid, quemarse estaba a la orden del día. Trabajar en una herrería y entre dragones había causado que sus manos y sus brazos estuvieran repletos de quemaduras que ya apenas le dolían por la costumbre. Por no mencionar que aún recordaba el fuego quemar su espalda cuando cayó directo a la bola de fuego de la Muerte Roja. Sin embargo, ya casi ni recordaba lo que era quemarse. Ahora el fuego era parte de él, su amigo y su enemigo al mismo tiempo. Le temía por la influencia que ejercía en él, transformándole en alguien totalmente opuesto a lo que él pensaba que era. Los gritos de Sven Gormdsen, pasto de las llamas que él había encendido desde su interior, aún le perseguían en sus peores pesadillas, pero también encontraba la satisfacción de quemar la iglesia de Fira con aquel pedófilo dentro, torturado hasta el último segundo de su miserable vida a causa de las llamas.

Tal vez Finn Hofferson tuviera razón.

Puede que su existencia fuera contra natura después de todo.

¿No decían que no existían los hombres bruja? ¿Que ni siquiera existen brujas con el poder de manejar el fuego?

Tampoco se suponía que nadie podía domar a un Furia Nocturna y él lo había conseguido.

¿Por qué su magia había de ser diferente?

Hipo cerró los ojos y respiró hondo.

Él había pagado un precio por mantener su amistad con Desdentao. Sin embargo, su pierna había sido el pago justo por traer la paz de nuevo al Archipiélago y tener a Desdentao y al resto de dragones en Isla Mema para siempre.

El precio de su magia, en cambio, era uno más alto que el de su propia pierna, pues aceptar su lado mágico equivalía a aceptar que una parte de su humanidad había muerto. Hasta ese momento no se había dado cuenta que ya no podía echarse atrás.

Jamás volvería a ser Hipo Horrendous Haddock III, el Maestro de Dragones, el heredero de la tribu de los Gamberros y el gran pacifista por excelencia. Ahora todo era diferente. Para lo bueno y para lo malo. Y si tenía que convivir con su magia el resto de su vida, más le valía que ambos supieran aceptarse el uno al otro.

Su magia pareció reaccionar a aquel pensamiento, pues de repente pareció que el fuego se había disipado. Hipo apartó la mano de la pata de la cama confundido y se sorprendió al ver no haber el más mínimo rastro de madera quemada.

¿Podía ser que…?

El corazón le dio un vuelco cuando escuchó la puerta del cuarto abrirse de repente y alguien entró de forma abrupta cerrándola tras ella. Por su vestimenta, Hipo pensó que sería una prostituta, pero se quedó sin respiración al darse cuenta de que no era otra que su novia.

—¿Astrid? —preguntó él en voz de hilo.

Astrid dio un bote al escuchar su voz, como si hubiera estado tan ensimismada en sus pensamientos que ni siquiera parecía haber sentido su presencia. No obstante, la bruja no dudó ni por un instante en abalanzarse sobre él para estrecharlo entre sus firmes brazos. Su pelo exhalaba un olor dulzón que hizo le hizo arrugar la nariz, pero ello no impidió que la apretara con fuerza contra su pecho, aterrado de que su presencia fuera una jugarreta de su imaginación.

—Lo siento —murmuró ella contra su cuello—. Lo siento muchísimo.

Hipo no quería soltarla. Le había encontrado, ¡por supuesto que lo había hecho! Se avergonzaba de haber siquiera dudado de las capacidades de su novia. Astrid rompió el abrazo y acunó su rostro entre sus manos templadas, estudiándolo ansiosa por si le hubiera pasado algo que ella no hubiera sentido en su propia piel. Hipo visualizó el carmín de sus labios que acentuaba el grosor de los mismos, haciéndolos más apetitosos.

—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? —preguntó angustiada.

—No. De momento, no me ha hecho nada —respondió él, aunque la preocupación no desapareció del rostro de la bruja—. Solo me ha formulado unas cuantas preguntas. Astrid, lo siento muchísimo, me pilló desprevenido y…

Su novia puso sus dedos contra sus labios para hacerle callar.

—Luego me lo cuentas todo —le pidió ella con suavidad—. No me ha sido nada fácil entrar aquí y me temo que va a ser todavía más complicado salir. Además, existe la posibilidad de que casi haya matado a un hombre.

Hipo sintió que la sangre abandonaba su cara.

—¡¿Qué?! ¿Cómo? —preguntó él horrorizado.

—No hay tiempo para contártelo.

Hipo quería reclamar que le diera todos los detalles al respecto, pero Astrid ya había enfocado su atención a las cadenas que le tenían atado a la cama. Tiró de ellas incluso con mucha más fuerza que él, pero como era de esperar sus intentos eran en vano.

—La llave la tiene él —le explicó el vikingo y recordó que todavía no le había dicho quién era su secuestrador—. Astrid, ese tía, creo que deberías saber…

—Ahora no, Hipo —le interrumpió ella con la mente en otra parte—. ¿Has probado en derretir el metal?

—Me da miedo usar mi magia y perder el control o que él me pillara —argumentó él algo avergonzado por no haber conseguido encontrar un buen plan y supo que no era el momento de contarle lo que había sucedido con la madera de la cama—. Bastante me está costando contenerla.

La bruja asintió, como si estuviera de acuerdo de que hubiera pecado de prudente. Cogió de nuevo de las cadenas, con un gesto que daba a entender que estaba teniendo cincuenta planes a la vez y que ninguno de ellos parecía darle resultado. Hipo recordó entonces su primera idea para salir de allí.

—Astrid, creo que él ha dejado su hacha aquí, debería estar junto a la cama.

Su novia se levantó a toda prisa para coger el arma. La estudió unos segundos en su mano, comprobado su peso y el filo, pero Hipo no necesitó más que ver el movimiento de su muñeca para comprobar que aquel hacha se amoldaba a ella casi a la perfección. Decía casi porque tenía conocimiento suficiente de armas y del cuerpo de Astrid como para saber que necesitaría calibrar ligeramente el hacha para que se ajustara a su movimiento corporal a la perfección. La anchura y la leve rotación de las caderas de su novia era siempre una traba para encontrar el arma perfecta. Se apuntó mentalmente de construirle él mismo un arma en cuando le fuera posible.

Astrid dejó la bolsa que cargaba sobre su hombro en la cama e Hipo estiró la cadena de su mano izquierda todo lo que puedo para que pudiera cortarla de un solo tajo. La cadena se rompió sin ninguna traba bajo el filo del hacha e iban a hacer lo mismo con el de su mano derecha cuando escucharon un chillido proveniente del pasillo. Ambos entrecruzaron sus miradas de pánico y supieron que tenían que espabilarse. Tras cortar la cadena que ataba su mano derecha, Astrid cortó la de su pie cuando reparó que no llevaba su pierna metálica.

—¿Dónde está tu prótesis? —demandó su novia nerviosa.

—No lo sé, cuando me desperté ya no la tenía puesta —respondió él igual de ansioso—. Ayúdame a levantarme, tenemos que encontrarla.

Hipo sintió su cuerpo quejarse por lo agarrotado que lo tenía tras haber estado tanto tiempo encadenado en el suelo. Astrid le ayudó sin mucho esfuerzo, pero su atención se fue enseguida al rastro de vómito que había en el suelo y del que no había reparado hasta ahora.

—¿Has vomitado? ¿Por qué? —preguntó ella horrorizada.

Hipo no pudo evitar sentir cierta furia por su pregunta, sobre todo porque no se había dado por aludida, aunque se esforzó en no parecer especialmente molesto.

—Esperaba que me lo explicaras tú.

Hipo se reprendió por no haber podido ocultar cierta acusación en su voz. Las mejillas de Astrid se encendieron levemente.

—Una prostituta ha cogido de mi pecho, pero no esperaba que el vínculo llegara hasta ese punto.

Hipo llevó sus ojos inconscientemente a sus pechos. Parecían que iban a reventar el escote de la blusa si cogía aire de más y su vientre estaba expuesto hasta algo por encima de su ombligo. No pudo evitar sentir la excitación y la rabia entremezcladas por verla vestida así.

—¿Y la ropa? —preguntó él malhumorado.

Astrid puso los brazos en jarras, claramente molesta.

—¿En serio quieres tener esta conversación ahora? —cuestionó ella en tono de reproche—. Porque por mí puedes llevar tú esta mierda de blusa mientras yo me pongo tu túnica.

Hipo se sintió como un estúpido. ¿Por qué se dejaba dominar tanto por los celos? No quería ser uno de esos que estaban obsesionados por controlar cada movimiento y acción de su pareja. Él no era así ni quería serlo nunca. Además, no es que Astrid quisiera vestir por gusto y no es que necesitara hacer un gran esfuerzo para seducirle…

Las brujas son un imán de atracción para cualquiera, no importa que sean hombres o mujeres, si quieren pueden nublar tu mente y conquistarte sin mayor esfuerzo para conseguir lo que deseen.

Hipo sacudió la cabeza para apartar a Finn Hofferson de sus pensamientos.

—Perdón, es solo que este tío me ha dejado muy rallado y… —empezó a excusarse.

Las voces alteradas del pasillo volvieron a interrumpirle y tuvieron que retomar la búsqueda de sus prótesis. Hipo saltó sobre su única pierna hasta el armario, mientras Astrid rebuscaba entre las cosas del mercenario. Allí no había nada más que ropa acumulada, la mayoría de ella ni siquiera parecía pertenecer a Hofferson, pero no era un mal escondite para guardar su pierna. Encontró una bolsa repleta de monedas de oro en el fondo del armario y no se lo pensó dos veces en meterla en su bolsillo. Él no era ningún ladrón, pero ojo por ojo...

—Hipo, ¿reconoces esta letra? —preguntó Astrid a su espalda con tono confuso.

Hipo no necesitó girarse saber qué había encontrado.

—Es la de Thuggory. Le contrató hace unos meses para encontrarnos.

—¿Y cómo coño lo ha conseguido? —cuestionó ella a la vez que oyó cómo arrugaba el papel en su mano—. Llevamos meses en el sur y otros tantos viajando, es imposible que supiera que estábamos aquí. ¿Quién es este tío?

Hipo se apoyó contra la puerta de su armario para mirar a su novia fijamente.

—No sé cómo demonios nos ha localizado, pero sé quién es.

—¡¿Quién?! —demandó saber la bruja desesperada.

El enorme alboroto del exterior les forzó a retomar la búsqueda de la prótesis. Ya tendrían tiempo después para hablar sobre Finn Hofferson. De repente, escuchó una puerta abrirse y el corazón de Hipo se paró en ese mismo instante. No se atrevía a mirar, aterrado de que Finn Hofferson hubiera aparecido para pillarlos con las manos en la masa, pero sabía que no podía esconderse tras la puerta del armario por siempre. Hipo asomó ligeramente la cabeza y observó que Finn Hofferson estaba junto a la puerta con expresión atónita.

—¡Me cago en la puta! —masculló el mercenario—. ¿Cómo coño te has liberado?

No se atrevió a mirar hacia Astrid. Su novia estaba tendida en el suelo, en el lado opuesto de la cama, deslizando su cuerpo bajo la misma con muchísimo cuidado de no hacer ruido. Hofferson rodeó la cama hasta dónde se encontraban las cadenas que Astrid había cortado hace pocos minutos. El hacha estaba tirada en el suelo, a pocos metros de él, pero sabía que si iba a por ella se caería de bruces contra el suelo y quedaría a merced del mercenario. Hofferson observó las cadenas con rostro impenetrable hasta que se decidió a fulminarlo con su único ojo.

—¿Dónde está? —escupió el mercenario.

—¿Quién? —preguntó él tontamente.

—Mi madre —contestó Hofferson con sarcasmo—. ¡La bruja! ¿Dónde coño está?

—No sé de qué me estás hablando —insistió él controlando el nerviosismo de su voz.

Su magia quería salir y atacar aquel hombre e Hipo no estaba muy seguro de que pudiera contenerse por mucho tiempo. Su estómago se cerró aún más cuando observó a Astrid salir por el otro lado de la cama, justo a espaldas del mercenario con la prótesis en su mano y bien en alto, dispuesta a golpear a Finn Hofferson con ella. Hipo se esforzó en mirar fijamente al mercenario.

—Está detrás, ¿verdad? —preguntó él con una sonrisa cruel.

Hipo intentó advertir a Astrid, pero Hofferson se giró rápido, con la mano en alto, dispuesto a atacar a su novia cuando se detuvo en seco. La bruja también se quedó muy quieta, sorprendida por la reacción de aquel hombre y con un gesto de extrañeza y sorpresa en su rostro.

¿Por qué Hofferson se había detenido?

—Imposible, tú…

La voz de aquel hombre pareció traerla de nuevo a la realidad porque le golpeó con fuerza en la cabeza con su pie metálico. Hofferson se balanceó hacia los lados antes de caer al suelo. Astrid parecía haberse quedado en estado de shock, incapaz de apartar su mirada de ese hombre. Hipo gritó su nombre y su novia reaccionó por fin corriendo hacia él para colocarle la prótesis. Apenas tuvo tiempo para decir nada cuando su novia cogió de su mano y tiró de su mano fuera de la habitación.

Corrieron sin detenerse un instante. Se dejó llevar por Astrid, quién parecía tener claro por dónde debían ir. Nadie pareció reparar en ellos, más teniendo en cuenta el alboroto que parecía haberse generado por causas ajenas a ellos. Escuchó nombres sueltos, gritos y cotilleos entre las prostitutas, mientras muchos de los puteros se apresuraban a salir de allí tan rápido como ellos. Salieron por lo que parecía ser la entrada principal del burdel, donde la gente corría de un lado a otro por los goterones que habían empezado a caer del cielo.

Sintió un leve chispazo contra su mano.

Hipo reparó que Astrid seguía corriendo sin mirarle siquiera, pero sin plantearse en soltar su mano bajo ninguna circunstancia. Corría tras ella, sin estar muy seguro de hacia dónde se dirigían, mientras la lluvia se intensificaba y el cielo oscuro rugía por los relámpagos que lo iluminaban. La magia manaba de ella sin control, hasta el punto que Hipo podía ver la electricidad salir de ella y fluir por su cuerpo. Su magia estaba en guardia, como si temiera que Astrid fuera atacarle, pero observó que salvo unos leves pinchazos, la magia de su novia no daba muestras de querer hacerle daño. Era como si Astrid le estuviera protegiendo de sí misma de forma inconsciente.

Hipo terminó tirando de su brazo, incapaz de seguir más el ritmo frenético de su novia y con la pierna dolorida por la carrera. Fue en ese momento en el que Astrid pareció darse cuenta de que estaba lloviendo e Hipo también reparó que su propio cuerpo emanaba vapor por el contraste de temperatura. Astrid estaba muy alterada, su magia seguía fluyendo de ella como un huracán: imprevisible, peligrosa y letal. Hasta la magia de Hipo parecía intimidada por tal inmenso poder.

—Estamos a salvo, Astrid —dijo él intentando soltar su mano entumecida, temeroso de que su magia pudiera quemarla como mecanismo de defensa, pero la bruja sólo le sujetó con más fuerza—. Amor, todo está bien.

Su estado debía ser deplorable también. Aún tenía el miedo en el cuerpo por lo que había podido suceder si Astrid no le hubiera rescatado de Finn Hofferson y le angustiaba enormemente ver a su novia en aquel estado tan ansioso como desconcertante a la vez. Por lo general, era él y no ella el que perdía el control. Un estridente trueno causó que la gente de su alrededor gritara de pánico y Astrid pareció comprender que aquella tormenta la estaba causando ella. Observó su propio cuerpo cubierto de finas ondas eléctricas, inconsciente hasta ese momento que había perdido todo el control sobre sí misma.

Le miró a los ojos, confundida, aterrada y más frágil que nunca. Rompió a llorar fuertemente, dejándolo impresionado y desconcertado. Astrid no era de las que lloraban, mucho menos así. Sus lágrimas se entremezclaban con la lluvia que no paraba de ir a más. La gente de su alrededor chillaba horrorizada, probablemente convencidos de que aquello pudiera ser un castigo divino o algo por el estilo; pero Hipo no podía apartar sus ojos de una Astrid desconsolada y muerta de miedo. La bruja terminó aflojando su mano e Hipo la soltó por fin para poder estrecharla como era debido entre sus brazos. La magia de su novia le propinó algún que otro chispazo por la intrusión e Hipo empleó todo su autoncontrol para que su magia no respondiera a sus amenazas. Astrid se abrazó con fuerza a él, hasta el punto de hacerle daño, aunque ni se le pasó por la cabeza quejarse. Enredó sus dedos entre sus mechones mientras le daba suaves besos en la coronilla para que se calmara.

Estuvieron mucho rato así, calados hasta los huesos, temblorosos, pero pegados el uno al otro como si se tratasen de una sola persona. Cuando la tormenta comenzó a amainar, Hipo supo que era el momento de moverse. Existía la posibilidad de que Finn Hofferson hubiera ido tras ellos y regresar a la posada, de momento, quedaba descartado. Hipo le propuso ir a otra por precaución, aunque Astrid simplemente asintió, demasiado ida y cansada como para formular palabra. Hipo cogió de su mano para entrar por una de las callejuelas que daban al puerto y, dado que ahora era él el que tenía el control de la situación, procuró mantener la calma. Encontró una posada a pocos metros de dónde estaban, con mejor pinta que el que se habían estado alojando hasta ahora. Por supuesto, también era más caro, pero Hipo no reparó en gastos gracias al dinero de Finn Hofferson. Pidió a la posadera la mejor habitación, ropa limpia, una bañera de agua caliente y que les subieran la cena. Hipo pudo observar el brillo en los ojos de aquella mujer cuando le entregó diez monedas de oro, una cantidad muy por encima de lo establecido, pero suficiente para que la posadera y el resto del personal se mantuvieran callados.

Tras recibir las llaves que abrían su habitación y escuchar atentamente las indicaciones de la posadera, Hipo cogió a Astrid de la mano para guiarla escaleras arriba. El cuarto era amplio y limpio, bastante más que el cuchitril en el que se habían estado alojando hasta ahora. Sentó a Astrid junto a la chimenea y, con mucho cuidado, la encendió con un chasquido con sus dedos. Buscó una manta en el armario y cubrió a Astrid para que entrara más rápido en calor. Su novia seguía con la mirada perdida y temblando como una hoja. Hipo deseaba con todas sus fuerzas que volviera a ser la de siempre, pero comprendía que Astrid necesitara su espacio y sus tiempos también.

Trajeron el barreño repleto de agua caliente junto con la comida y la ropa que Hipo había solicitado. Hipo dio propina tanto a la posadera como a los dos hombres y cerró la puerta con llave. Se giró de nuevo hacia su novia, quién tenía los ojos puestos en él y preguntó con suavidad:

—¿Puedes desvestirte sola?

Ella asintió con lentitud e Hipo observó en silencio cómo se quitaba la ropa húmeda hasta que tuvo que ayudarla con los lazos de la blusa. Bajo su tacto, Astrid parecía un témpano de hielo, aunque ello no impidió que Hipo acariciara con delicadeza la cicatriz que se extendía por toda su espalda. Sintió el cosquilleo del vínculo sacudir su cuerpo y la presión en sus pantalones, pero no se detuvo ni a pensar en su propia excitación y ayudó a Astrid a meterse dentro del barreño. Hipo metió la mano en el agua para comprobar la temperatura del agua. Se sentía demasiado templada, aunque él no era precisamente parcial.

—¿Esta bien de temperatura? ¿Quieres que lo caliente más? —preguntó él.

Su novia llevó su mano a su rostro e Hipo respiró aliviado al sentir su mano más caliente que antes. Pasó la mano por su pelo, apartándolo de sus ojos y entonces preguntó en un susurro:

—¿Te meterías conmigo en la bañera?

—¿Estás segura? —cuestionó él no muy seguro de que fuera lo correcto.

—¿Lo estás tú? —replicó ella.

Decir que no quería hacerlo hubiera sido mentir y Astrid se había vuelto una experta en calar sus mentiras, así que sencillamente se quitó la ropa y se metió en el barreño con ella. Su novia se acomodó contra su pecho tras ayudarle a quitarse la prótesis e Hipo posó sus manos sobre su vientre. Estuvieron un largo rato así, disfrutando del agua y del roce de piel con piel. Hipo podía estar así para siempre, casi estaría como en un nube si no fuera por la ligera molestia de su erección, pero no se planteó en hacer nada hasta que Astrid cogió de su mandíbula para besarle. El sexo con Astrid se había vuelto tan abrumador como necesario. No se había dado cuenta hasta ese momento que el haber estado tanto tiempo alejados había dejado un peso terrible en su pecho. No volver a verla, no sentirla entre sus brazos, no escuchar su voz gimiendo su nombre, murmurando cuánto lo amaba…

No podía concebir una existencia sin Astrid.

Ni podía ni quería hacerlo.

Tras alcanzar su orgasmo, Astrid buscó su mano mientras luchaban por recuperar el aire y sintió el errático latido de su corazón brincar a través de su pecho.

—No vuelvas a darme un susto como este —dijo advirtió su novia entre jadeos.

—No lo haré —le prometió él.

—No volveré a coquetear con nadie más ni haré nada que te haga sentir incómodo. Tenías toda la razón: era una falta de respeto.

Hipo apretó su mano agradecido. Se alegraba de que su novia le hubiera dado la razón con eso.

—Gracias.

Hipo secó y vistió a Astrid cuando se dieron por satisfechos. Cenaron por un rato en silencio hasta que su novia pareció sacar el valor para preguntar:

—¿Tienes ganas de contarme qué pasó después de que abandonaras la posada?

Hipo asintió.

—Claro.

Hipo iba a empezar a contar su relato, pero Astrid alzó la mano para interrumpirle.

—Antes quiero saber algo —tragó saliva—. Decías que le conocías.

Hipo tuvo que contener una mueca al ver que se refería a Finn Hofferson.

—Sí, le conozco —respondió con cierta sequedad.

—¿De qué? —preguntó ella insistente.

—Vivía en Isla Mema cuando era niño —explicó Hipo—. Casi no le he reconocido, porque por aquel entonces no estaba tuerto ni tenía el aspecto tan descuidado, pero su voz es inconfundible.

Se hizo un incómodo silencio y Astrid miró al fuego, esforzándose en ordenar todos sus pensamientos.

—Elea nos mencionó que una de las claves para ganar a Le Fey era "amansar" a un hombre tuerto —le recordó ella.

Hipo puso los ojos en blanco.

—Podría ser cualquiera, una casualidad sin más. No creo que sea él, ese hombre lleva enfadado toda su vida —argumentó él—. Esa fue una de las muchas razones por las que mi padre le echó de la isla.

—No creo que sea casualidad que el mercenario que Thuggory ha pagado para capturarnos sea precisamente tuerto —replicó ella intentó calmar su impaciencia—. Se llama Bain Eldarion, ¿no?

Hipo frunció el ceño. ¿Qué clase de nombre era aquel? ¡Qué rocambolesco!

—Claro que no, supongo que ese será el nombre que lleva ahora, porque tengo entendido que él deshonró el de su familia.

Astrid ladeó la cabeza sin comprender.

—¿Cómo se llamaba entonces? —preguntó ella con inevitable curiosidad.

Sostuvo su mirada unos segundos antes de responder:

—Finn. Finn Hofferson.

Astrid arrugó la nariz decepcionada.

—¿Qué pasa?

—Ese nombre me dice nada —dijo ella con impaciencia—. Me esperaba una revelación más chocante, como un hermano secreto de tu padre o algo por el estilo.

Hipo chasqueó la lengua.

—Mi padre ya tuvo un hermanastro, no le demos más, por favor —suplicó él.

Astrid soltó una risita, pero se quedó pensativa.

—Ese hombre no me atacó cuando me vio. Se quedó como en estado de shock —comentó la bruja desconcertada.

El vikingo ladeó la cabeza, no muy seguro de qué decir.

—¿Tal vez se vio deslumbrado por tu despampanante belleza? —bromeó él con una sonrisa.

Las mejillas de Astrid enrojecieron ligeramente y le dió una suave cachetada en el hombro.

—¡Hablo en serio! ¿No crees que es un poco raro? —preguntó la bruja.

—Finn Hofferson siempre fue un hombre extraño, Astrid. Probablemente le pillaste desprevenido y no supo reaccionar cuando te vio —explicó Hipo ante de dar un mordisco al pan con queso de su cena—. Honestamente, ni me sorprende que trabaje para Thuggory, Hofferson siempre ha odiado a los Haddock.

—Mencionaste antes que te había dejado muy rallado —comentó ella preocupada—. ¿Qué te ha dicho?

Hipo suspiró y le relató lo poco que Hofferson le había contado sobre las circunstancias que habían rodeado su nacimiento. Astrid escuchó con atención, indignada por el calificativo "contra natura" que Hofferson había usado en su contra.

—¿Se puede saber qué pasó para que dijera semejante barbaridad? Odio a la gente supersticiosa, los vikingos siempre habéis pecado de eso —se quejó la bruja molesta—. ¿Qué culpa va a tener un niño de las desgracias que les pasen a los demás?

Hipo, sin embargo, no podía dejar de pensar de que había una laguna importante en aquella historia. Hofferson había insinuado que se habían roto ciertas reglas y que ello había traído consecuencias fatales a los más inocentes. Es más, había insinuado que habiendo salvado su vida, se había traído la desgracia a otros. ¿Pero a quién? ¿Qué demonios había sucedido para que Hofferson hubiera pensado así de él?

Había mencionado a su familia, pero no había querido dar detalles al respecto. ¿Habrían muerto? Durante la guerra contra los dragones muchos grandes familias se habían extinguido y pocos conseguían acordarse de todos sus nombres. Puede que los Hofferson hubieran sido una de esas muchas familias, pero Hipo tampoco se había detenido a estudiarse todos aquellos nombres que tan poco le hubieran aportado.

Hipo no tenía recuerdo de otros Hofferson más que Finn y a Thror lo había conocido más por los delirios de su abuelo que por otra cosa. Se sentía algo frustrado por no haber estudiado más sobre los miembros que habían formado el Consejo antes del que aprobó su boda con Kateriina, aunque… ¿cómo iba a saber entonces que aquello pudiera ser relevante para su futuro? Finn Hofferson era una incógnita tan inoportuna como desafortunada, pues si había que calmar a un hombre tuerto para derrotar a Le Fey iban a estar bien jodidos si resultaba ser él.

Astrid posó su mano sobre la suya e Hipo alzó la mirada para encontrarse con sus bellos ojos del color del cielo en verano.

—No quieres resolver cincuenta cosas a la vez, Hipo, que nos conocemos —le achacó ella con suavidad—. Puede que de momento lo mejor sea evitar este hombre hasta que sepamos algo más de él. Quizás cuando regresemos al Archipiélago podamos descubrir más sobre ese tal Finn Hofferson.

—Pensaba que ibas a proponer el tener una conversación seria con él —bromeó el vikingo.

—¡Por Freyja, Hipo! ¡He cambiado, pero no tanto! —exclamó ella poniendo los ojos en blanco—. La diplomacia es lo tuyo, lo mío es romperle la cara a quién se atreva a tocarte un pelo o tocarme demasiado el coño.

Hipo carraspeó con una sonrisa por su última referencia y Astrid necesitó unos segundos para comprender su risa hasta que rompió a reír algo azorada.

—A veces te odio —musitó ella.

El vikingo se inclinó ligeramente para acercar sus labios a los suyos.

—No es verdad —murmuró él contra su boca.

Astrid mordió su labio inferior y acarició su mandíbula con los dedos. Hipo metió la lengua en su boca y se besaron por un rato largo, palpando sus rostros y sus cuerpos por encima de su ropa. La bruja apartó la bandeja aún llena de comida para sentarse sobre sus piernas y profundizar aún más el beso mientras sus dedos se enredaban en su cabello. Cuando llegaron al límite de aire, Astrid apoyó su frente contra la suya.

—¿No te da miedo? —preguntó ella de repente.

—¿El qué? —replicó él besando su mandíbula mientras sus manos subían de sus caderas hacia arriba.

—Lo dependientes que nos hemos vuelto el uno de la otra —explicó ella paseando los dedos por sus sienes—. El solo pensar que te pueda pasar algo me duele. Es como si me quedara paralizada por el terror —Astrid se apartó para mirarle directamente a los ojos—. Tengo la sensación de que a cada día que pasa el vínculo se estrecha cada vez más.

—¿Puede suceder? —preguntó él preocupado.

—No lo sé, quizás debería releer el capítulo sobre vínculos en el…

El rostro de Astrid perdió de repente todo su color y sus ojos se abrieron tanto que parecían que iban a salirse de sus cuencas.

—Astrid, ¿qué pasa? —preguntó Hipo desconcertado.

La bruja se llevó la mano a la boca, como si le hubiera entrado de repente una abrumante arcada. Hipo leyó el terror en sus ojos y sostuvo su rostro con cuidado para que posara su mirada en la suya.

—Respira hondo —le pidió él con suavidad y su novia obedeció como pudo su orden—. ¿Qué pasa?

Astrid tragó saliva y dio un barrido rápido a la habitación, como si estuviera buscando algo, y preguntó:

—¿Cogiste la alforja que había traído conmigo cuando salimos corriendo del burdel?

—¿La… alforja? —preguntó él confundido.

Hipo hizo memoria. Ahora que lo mencionaba sí recordaba que Astrid había aparecido cargada con una bolsa que había dejado sobre la cama cuando fue a soltar sus cadenas, pero después de eso no había ni tenido tiempo para pensar en la alforja o en lo que llevaba dentro. Sin embargo, en esa bolsa sólo podía haber habido un objeto lo bastante valioso y peligroso para que Astrid reaccionara así.

—Dime que no llevabas el grimorio ahí metido —dijo él en voz de hilo.

—¡¿Qué iba hacer con él si no?! —chilló Astrid histérica—. ¡No podía dejarlo en la posada!

Astrid se bajó de la cama hiperventilando y corrió hacia a la chimenea para ponerse la falda todavía empapada.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó Hipo turbado.

—¿Tú qué crees? ¡Tengo que recuperar ese libro! —chilló ella furiosa.

Hipo se esforzó en procesar lo que Astrid realmente quería decir.

—¿Pretendes que volvamos al burdel para recuperar el grimorio? ¡Finn Hofferson debe estar allí todavía! —exclamó él nervioso.

—¡Precisamente por eso tenemos que volver! —insistió Astrid poniéndose a todo correr la falda por encima del camisón—. Ese hombre está trabajando para Thuggory, lo que viene a ser lo mismo que hacerlo para Le Fey.

Hipo se levantó también de la cama y cogió su ropa para vestirse con ella.

—Por suerte, quizás ni siquiera le haya dado importancia al libro —musitó Astrid mientras terminaba de atarse la falda a la cintura—. Ese hombre apenas debe tener conocimiento sobre la brujería, así que…

—No estés tan segura —le cortó él—. Parecía bastante consciente de las dimensiones de tus poderes.

Astrid alzó la mirada con el ceño fruncido.

—¿A qué te refieres?

—Cuando me interrogó sobre ti parecía estar muy puesto sobre las brujas en general, incluso parecía estar familiarizado de lo que conllevaba que tú estuvieras bendecida por el poder de Thor.

La bruja contuvo la respiración.

—¿Crees que…? —Astrid tragó saliva—. ¿Crees que es un cazador de brujas?

—No —respondió Hipo convencido—. Me confirmó que Drago está ejerciendo la caza de brujas en el Archipiélago y no parecía aprobarlo.

—Aún así, eso no quita que pueda entregar el libro a Le Fey —replicó Astrid angustiada—. Le Fey quiere el grimorio por encima de todo y es nuestra única ventaja contra ella. Sin él y con el riesgo de que ella pueda adquirirlo, no vamos a tener nada a nuestro favor. La clave de nuestra victoria tiene que estar en el grimorio y si tengo que matar a ese cabrón para recuperarlo, creeme que lo haré.

Hipo no dudó ni por un instante que lo haría. No le hacía la más mínima gracia tener que volver a ver a Finn Hofferson, más sabiendo que el mercenario podía estar incluso esperándolos. Aún así, Astrid no parecía estar dispuesta a discutir. Su magia volvía a fluir rabiosa por ella e Hipo temió que volviera a suceder lo acontecido horas antes. No obstante, el poder de Thor parecía someterse a la ira de la bruja e incluso cuando tiró de su mano para salir de la habitación, Hipo sintió que esta vez Astrid tenía su magia bajo perfecto control.

Apenas había anochecido cuando salieron de nuevo a las calles de Londinium.

La población nocturna de la ciudad había empezado ya a salir derecha a las tabernas o a los burdeles, mientras que la diurna se replegaba rápida a sus hogares, huidiza del peligroso y maleante ambiente que reinaba en las calles durante la noche. Sin embargo, aquello no impidió que Astrid caminara acelerada, sujetando de su mano con fuerza para asegurarse de que no fuera a perderse o le secuestraran por el camino, y con una expresión de pocos amigos que espantaba a cualquiera que se atreviera a mencionar algo de su aspecto. Llevaba puesta la falda que le habían dado las prostitutas y, aunque no se había puesto aquella blusa que dejaba poco a la imaginación, la fina tela del camisón se traslucía con la luz de las antorchas que iluminaban la calle y marcaba sus pezones erectos por la baja temperatura de la noche. Al menos habían conseguido un par de botas prestadas en la posada y ya no tenía que ir descalza por los sucísimos suelos de aquella pestilente ciudad.

Se perdieron dos veces antes de encontrar el burdel. Hipo sintió un desagradable nudo en su estómago por regresar allí, pero no tuvo margen para titubeos. Pensó que entrarían por la puerta principal, pero Astrid le llevó a un callejón hasta alcanzar una ventana que estaba entreabierta. La bruja se impulsó contra el alféizar para subir con suma agilidad y ofreció su mano para ayudarle a entrar. La ventana daba acceso a una habitación vacía repleta de camas que olía a tabaco y a un perfume empalagoso que le resultaba muy desagradable. Astrid dio un barrido rápido a la habitación para percibir si había alguien oculto en la habitación y volvió a darle de la mano para guiarlo fuera de la habitación.

Caminaron sigilosos por un pasillo que daba a unas escaleras cuando Astrid paró de repente.

—¿Qué pasa? —preguntó Hipo asustado.

—¿No lo oyes? —dijo ella con el ceño fruncido.

Hipo se concentró en escuchar lo que fuera que estuviera escuchando Astrid, pero no oyó nada más que el más inquietante de los silencios.

—No oigo nada —confesó apurado.

—Exacto —concordó ella inquieta—. Esto es un burdel, debería oírse de todo por aquí y, sin embargo, solo hay silencio.

—Cuando nos fuimos había muchísimo revuelo —comentó Hipo—, pero nos fuimos tan rápido que…

—Habéis vuelto —dijo de repente una voz a su espalda.

Se giraron para encontrarse a la joven de piel oscura que había visto esa misma mañana. Sin embargo, tenía el ojo derecho hinchado y el labio partido, aunque aparentemente curado. Llevaba un chal puesto sobre sus hombros y cargaba con un balde que humeaba vapor.

—¡Johanna! —la nombró Astrid angustiada—. ¿Qué te ha…?

—Bri ha matado a Charlie —le cortó la joven sin ninguna emoción en su voz—. El burdel está cerrado.

—¿Charlie? —preguntó Hipo sin comprender.

—Es el que lleva el burdel —le aclaró Astrid—. ¿Qué te ha pasado, Johanna? ¿Y Bri? ¿Está bien?

—Cuando encontraron al hombre inconsciente junto a la habitación de Eldarion, el cocinero se chivó a Charlie de que había visto a una intrusa conmigo —explicó la joven con los ojos clavados en la bruja y Astrid tragó saliva—. Me imagino que no estaréis muy puestos en cómo funcionan los interrogatorios por aquí, pero creo que mi cara es prueba suficiente de que no son moco de pavo. Bri apareció de repente y apuñaló a Charlie varias veces hasta asegurarse de que estuviera muerto. Me imagino que aprovechó la ocasión para desquitarse de toda la rabia que llevaba conteniendo desde hacía tiempo.

—¿Y dónde…? ¿Dónde está Bri ahora? —preguntó Astrid dubitativa.

Johanna no respondió nada durante los siguientes segundos, encerrada de repente en sí misma y con la mirada perdida en ninguna parte. Hipo se preguntó si no estaría en estado de shock por lo sucedido aquel día.

—Los hombres de Charlie… lo tomaron con ella —explicó Johanna con lentitud, como si le costara hablar, aunque terminó dibujando una expresión furiosa en su rostro—. Nuestra vida no vale una mierda a los ojos de nadie, a veces ni siquiera entre nosotras, pero Bri… Bri nos quería y velaba por nosotras. Ha muerto de la peor forma posible, pero al menos consiguió lo que llevaba años soñando.

Tuvo que sorberse la nariz para no dejarse llevar por sus emociones, pero sus lágrimas descendían traicioneras por sus mejillas.

—Johanna…

—Vosotros sólo habéis acelerado lo inevitable —se adelantó a decir Johanna—. Eldarion mencionó que volveriais.

Hipo y Astrid cruzaron las miradas nerviosos.

—¿Está aquí? —preguntó Hipo.

—No, tras la hostia que recibió pensé que se quedaría al menos esta noche, pero aseguraba que tenía mucha prisa. Me dijo que os dejara un mensaje.

—¿Cual? —demandó Astrid saber.

—«Este grimorio me pertenece, pero sí lo queréis que ella se digne a buscarme.»

Hipo miró a Astrid buscando una respuesta a aquel enigmático mensaje, pero la bruja parecía tan confundida como él. Sus temores sobre que Finn Hofferson tuviera el grimorio y supiera lo que era se habían cumplido, pero lo que más le inquietaba era que parecía querer algo de Astrid.

Fuera lo que fuera, parecía ser que efectivamente una de las profecías de Elea iba a ser cierta e Hipo cada vez estaba más convencido que los Dioses se la tenían muy cruzada.

Pero que muy muy cruzada.

Xx.

Brusca nunca pensó que volvería tan pronto a Isla Mema.

Al menos no hasta que acabara la guerra.

En realidad, no debería estar allí. Estoico y Alvin habían sido muy claros al respecto: volver a Isla Mema era un claro suicidio y les había ordenado a todos, especialmente a ella, que regresar a su antiguo hogar quedaba totalmente descartado. Es más, ex-Jefe y Jefe habían reforzado la seguridad en los establos para asegurarse de que efectivamente nadie pudiera entrar o salir de allí sin orden explícita de Alvin.

En realidad, al principio Brusca tampoco había sido partidaria de regresar a Isla Mema, más sabiendo que Le Fey se encontraba por allí. No deseaba arriesgarse a que la atraparan de nuevo, sobre todo porque la reina y los Gormdsen la matarían de la forma más tortuosa o, peor, la harían prisionera por el resto de su mísera existencia. Sus deseos por el regreso de Astrid e Hipo se habían disipado de repente en el aire, poco dispuesta a correr un riesgo tan grande por traer de vuelta a dos personas de las que no había sabido nada desde hacía casi un año.

De alguna manera, Brusca se había dado de bruces con la realidad.

Heather tenía razón. ¿Qué conseguiría encontrando a Astrid? Aún poseyendo el dichoso libro mágico, ella no había dado nunca muestras de que pudiera vencer a la reina. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la había visto que tal vez sí fuera cierto que hubiera idealizado un concepto de ella que no era del todo real. Siempre había esperado que el regreso de Astrid equivaldría a derrotar a Le Fey, ¿pero y si realmente no podía hacerlo? Tal vez hacerles volver supondría la sentencia de muerte ya no solo para Astrid sino para Hipo también.

Brusca se encerró en sí misma. Decepcionada, enfadada e impotente por no ya tener claro lo que quería. Una parte de ella le gritaba que regresara a Isla Mema, la otra se encargaba de recordarle todas las torturas y humillaciones que había sufrido en su antiguo hogar durante los meses que estuvo esclavizada. La imagen de Le Fey, disfrazada con la delicada máscara de Kateriina Noldor, la perseguía todavía en sus peores pesadillas mientras la torturaba con su magia una y otra y otra vez.

No podía volver.

No se atrevía.

Y se odiaba por ello.

—¿Vas a estar así todo el tiempo? —le preguntó Heather la noche siguiente a la revelación de los últimos ingredientes.

Brusca se movió para mirar a Heather, quién estaba sentada sobre su esterilla en el suelo, observándola con expresión extraña.

—¿Así cómo?

—Pareces un vegetal —declaró la bruja con el ceño fruncido.

—Que te den, Heather —dijo Brusca agotada volviendo a girarse contra la pared—. No tengo ganas de escuchar tus tonterías.

—Serías una idiota si no tuvieras miedo de Le Fey, ¿lo sabías? —comentó Heather—. Astrid también la teme y todos los humanos que están en este lugar también, incluso sin saber quién es realmente. No por ello deberías dejarte llevar por ese miedo.

Brusca se incorporó para encarar a la bruja, convencida de que se estaría mofando de ella, pero su expresión era grave y muy seria.

—¿Qué quieres decirme con esto? —preguntó Brusca sin comprender.

—Deberías ir a Isla Mema. Consigue esos objetos que necesito y traigamos a Astrid de vuelta.

La vikinga parpadeó sorprendida.

—¿Por qué ahora quieres encontrarla? Tú odias a Astrid, ¿quién dice que cuando la traigamos no la entregarás a Le Fey para que te perdone?

—¿Te crees que soy tan inconsciente como para plantearme eso? Astrid será muchas cosas, pero de tonta no tiene ni un pelo —explicó Heather con impaciencia—. Sé que Astrid no puede vencer a Le Fey, ¿pero sabes qué puede hacer mejor que nadie?

—¿Qué? —cuestionó Brusca con recelo.

—Liderar un ejército de brujas —dijo Heather sonriente—. Lo he estado pensando mucho y creo que es algo que ni Le Fey ni Drago se esperarían y si alguien sabe de estrategia militar esa es Astrid.

—¿No decías que las otras brujas no podían ni verte en pintura? —replicó Brusca poco convencida—. ¿Qué te hace pensar que no piensen lo mismo de Astrid? Ella también perteneció al aquelarre de Le Fey, así que es probable que también quieran quitársela de en medio.

Heather sacudió la cabeza frustrada.

—No negaré que Astrid tiene cierta… reputación entre las brujas del Archipiélago, pero ello no quita que puedan cambiar de parecer y…

—Heather, ni tú misma te crees eso —le achacó Brusca tumbándose de nuevo en la cama—. Dejemoslo estar, ¿quieres?

Escuchó a la bruja suspirar y tumbarse de nuevo sobre la esterilla. Cuando pensó que por fin podría dormirse, Heather dijo:

—El miedo fue lo que me impidió tomar ciertas decisiones y ayudar a Astrid cuando tuve que hacerlo. No dejes que haga lo mismo contigo.

Poco tiempo después, la bruja se había quedado dormida, pero Brusca se había revelado por completo. Sin comerlo ni beberlo, su cabeza ya había empezado a trazar diferentes planes de cómo entrar en Isla Mema y encontrar dos objetos personales de Hipo y de Astrid. Se descubrió a sí misma pensando en dos lugares clave: la herrería y la casa de Gothi. Bocón y la galena deberían saber qué objetos deberían ser importantes y cercanos a la bruja y al vikingo. Si pudiera descubrir la manera de llegar a ambos lugares sin ser vista…

A la mañana siguiente, Brusca fue a ver a sus padres. No habían mostrado mucha mejora desde su llegada la Isla de los Marginados, pero habían amanecido de buen humor y sin dar muestras de violencia. Su madre se ofreció a peinarla y todo, aunque Brusca sabía que no era buena idea, dado que la última vez que entró en la celda, su madre casi estampó su cabeza contra la pared por un arrebato de ira.

—¿Cuándo van a sacarnos de aquí, cariño? —preguntó su madre con suavidad.

Su mirada estaba enfocada en su labor de bordado y su padre parecía concentrado en su celda en el tallado de lo que parecía ser un barco de juguete. A Brusca le había costado Dioses y ayuda convencer a Alvin para que les permitiera a sus padres hacer cosas para entretenerse mientras estuvieran encerrados. Cierto era que a veces daban fuertes muestras de violencia y locura, pero en otras ocasiones parecían ser los de siempre y les entraba mucha ansiedad por estar encerrados en un lugar tan pequeño. Tras hablarlo con Estoico, decidieron ceder a sus peticiones con la condición que sólo pudieran usarlos con supervisión y durante el día. En sus días malos, por supuesto, lo tenían absolutamente prohibido. Ver a su madre bordar a la luz de la ventana de su celda le llevaba a su infancia, a cuando le enseñaba a bordar en los retales de los vestidos que cosía para sus clientas y que ella jamás se pondría. ¿Hacía cuánto que no bordaba? Quizás desde el vestido que le cosió a Le Fey para su boda con Hipo.

—Pronto, mamá, cuando os recupereis —le prometió Brusca.

Su madre posó el bastidor en sus piernas y la miró con recelo.

—Llevas diciéndonos eso desde hace semanas, hija. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no nos pasa nada? —le recriminó su madre con severidad.

Brusca sabía que tenía que cambiar de tema o la cosa acabaría mal.

—¿Qué estás bordando?

La expresión de su madre cambió a una de sorpresa y entonces sonrió con dulzura.

—He pensado en ir adelanto algunas cosas que vendrían bien para el futuro —le mostró el dibujo de un bastidor y observó que era una cría de Cremallerus—. Algún día te casarás, ¿no? Tengo tu ajuar bastante adelantado en casa, pero no me había puesto todavía con la ropa de bebé, así que…

Brusca sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Be… bebé? —preguntó en un hilo de voz.

—Claro, hija. Un matrimonio conlleva que tendrás hijos después, así que ahora que tengo tiempo voy adelantando trabajo —explicó su madre sonriente—. Tu padre también está haciendo juguetes para ellos, ¿no es increíble? ¡Ya solo te falta encontrar el hombre indicado!

Brusca sintió su cuerpo sacudirse por el escalofrío que había recorrido su espalda.

—Mamá, yo…

Le pesaba tanto el pecho que casi no podía ni respirar. Tenía tantas ganas de contárselo todo a su madre, de fundirse en un abrazo con ella y llorar entre sus protectores brazos. ¡Llevaba tanto tiempo sintiéndose tan sola! ¡Tan incomprendida! Sin embargo, sabía que Sigrid Thorston no era dueña de su voluntad y que ahora mismo aquella mujer solo era un espejismo de su madre.

Y sólo había una forma de recuperarla.

De haber contado con más tiempo y de una mente más brillante, Brusca habría ideado un plan. Sin embargo, ni tenía tiempo ni ella era especialmente brillante, así que tuvo que conformarse con improvisar sobre la marcha, lo que conllevaba a que le iba ir bien, mal, muy mal o mortalmente fatal. Con tal de que el plan le saliera bien o relativamente mal le bastaba.

Decidió no llevar nada más que una bolsa con una cantimplora con agua, un trozo de pan con queso que sabía que no iba a comerse y una daga para complementar la que llevaba escondida en su bota. Se recogió el pelo en una trenza compleja que coronaba su cabeza y evitaba que se le cayese sobre la cara. Pese a que los días habían empezado a ser algo más cálidos, Brusca no titubeó en ponerse abrigada para no morirse congelada de camino a Isla Mema.

Colarse en los establos fue más fácil de lo que en un principio había pensado. Sus años de experiencia infiltrándose donde no debía había hecho que se hubiera convertido en un experta asaltante de moradas. Eso y que los guardias Marginados que hacían el turno de tarde estaban más preocupados en charlar que en prestar atención a quién entraba o salía del establo. Vómito levantó la cabeza tan pronto la olió y tiró de su otra cabeza para poder inclinarse a saludarla. Brusca le acarició el hocico con sumo cariño, ¡cómo echaba de menos volar sobre su dragón! Sin embargo, no podía llevarse al Cremallerus sin su hermano porque era demasiado difícil de manejarlo sola por su cuenta.

—Pronto volveremos a volar juntos, te lo prometo —juró la vikinga forzando una pequeña sonrisa, aunque ello no evitó la decepción en los ojos del dragón—. Lo sé, lo sé, no te quiero dejar en la estacada, pero no puedo arriesgarme a llevarte. Lo siento.

—¿Llevarte adónde?

Brusca apretó los puños cuando reconoció la voz de su hermano. Se giró furiosa no solo para encontrarse con él sino con Mocoso también. Ambos hombres la observaban con severidad, como si la estuvieran juzgando por lo que estaba haciendo.

—¿Qué coño queréis ahora vosotros?

—Sabemos lo que quieres hacer —replicó su hermano con la misma ferocidad.

—Y no vamos a permitirte que hagas esta locura tú sola.

La vikinga puso los ojos en blanco y se dirigió al establo de Colmillos con aquellos dos imbéciles pisándole los talones. El Pesadilla Monstruosa estaba durmiendo cuando Brusca entró en su cuadra y no parecía especialmente contento que le despertaran de su siesta.

—Brusca, escúchame —dijo su hermano, aunque ésta le ignoró—. ¡Que me escuches, hostia!

Chusco había tirado de su brazo con tanta fuerza que le hizo daño, pero no impidió que ella le diera un derechazo en la mejilla que hizo que la soltara y se tambaleara hacia atrás.

—No tengo motivos para escucharos a ninguno de los dos —escupió la vikinga furiosa—. ¿Por qué tendría que hacerlo? Los dos sois unos gilipollas llorones que no habéis dejado de amargarme desde que huimos de Isla Mema como si todo lo malo que estuviera sucediendo fuera mi puta culpa.

—Brusca… —intentó intervenir Mocoso, pero la vikinga no quería escucharle.

—¡No pienso permitir que nadie vuelva a controlarme nunca más! ¡Voy a terminar lo que me propuse hacer desde que salimos de Isla Mema y ni vosotros ni nadie va a impedirmelo! —chilló Brusca colérica—. Vosotros esconderos si queréis, pero yo no voy hacerlo más, ¡me niego!

—Brusca… —intentó interrumpirla ahora su hermano.

—¡Chivaos a Alvin y a Estoico si queréis! ¡Incluso a Camicazi! No voy a quedarme de brazos cruzados, esperando a que suceda un milagro mientras Le Fey se adueña de todo el Archipiélago y sus habitantes y…

—¡¿Pero quieres escucharnos de una vez, mujer?! —gritó Mocoso exasperado—. ¡Estamos aquí para ayudarte, cacho lerda!

Brusca abrió la boca, pero la cerró de nuevo.

—¿Cómo…? ¿Cómo que ayudarme?

Chusco se frotó la mejilla enrojecida por su puñetazo y miró a Mocoso antes de decir:

—Sabíamos que ibas a embarcarte a esta misión suicida y ya sabes que yo siempre me apunto a esos planes.

—Pero…

—Además, si te atrapan necesitarás a dos expertos que te respalden y te saquen viva de allí, ¿no? —clamó Mocoso con arrogancia, aunque su tono se suavizó con rapidez—. Tienes razón en todo lo que nos has echado en cara, Brusca. Ninguna disculpa que podamos formularte será suficiente para que nos perdones, así que déjanos ganarnos tu perdón haciendo lo que teníamos que haber hecho desde el principio.

Brusca estrechó los ojos, no muy convencida de si podía confiar en sus palabras.

—¿Estarías dispuesto a traer a tu primo de vuelta? —preguntó ella con recelo.

Mocoso hizo una mueca.

—Sabes de sobra que no puedo perdonar lo que nos hizo. Por su culpa, mi padre está muerto, pero… pero puede que su presencia aquí marque alguna diferencia. No lo sé, me cuesta tener fe después de que huyera en medio de la batalla de su propia boda...

—Huyó porque su padre se lo pidió, de haberse quedado lo habrían matado, lo sabes de sobra —le recordó Brusca con severidad.

—¡Me da igual! —exclamó Mocoso furioso—. ¡Jamás voy a perdonarle! Si no hubiera sido tan irresponsable de… de…

Las manos del vikingo temblaban por la ira, pero apretó sus puños con fuerza para calmarse e inhaló aire profundamente.

—Yo no tengo esperanzas de que ganemos, pero tú sí —explicó Mocoso con lentitud—. De momento, me basto con eso.

Brusca se sintió algo halagada de que Mocoso depositara semejante confianza en ella, aunque se preocupó en no darle tal satisfacción. Miró entonces a su gemelo, quien le observaba con la misma acritud que ella.

—¿Y tú qué?

—¿Yo que qué? —cuestionó él con recelo.

—¿Por qué coño quieres venir si todo esto te ha importado siempre una mierda? —le recriminó Brusca con las mejillas encendidas.

—Eres mi hermana —respondió Chusco evadiendo su mirada.

—Eso no te ha parecido importante nunca y... —soltó Brusca con amargura.

—Te equivocas —le cortó su gemelo y clavó sus ojos en los suyos—. Me importas más que a cualquiera, Brusca.

—Poco te has molestado en mostrarlo.

—Lo sé.

—Te posicionaste con Mocoso y te drogaste cuando te pedí una y mil veces que dejaras de hacerlo.

—Lo sé.

—Me has tratado como la mismísima mierda.

—Ya.

—Y no te has preocupado de hablarme en todo este tiempo.

—Bueno, ahí tú tampoco has sido precisamente la más cooperante y…

Mocoso le dio un puñetazo en el brazo y Chusco soltó un quejido. Chasqueó la lengua y fulminó a su amigo con la mirada antes de volverse de nuevo a ella.

—Lo que quiero decir es que… lo siento.

Brusca no estaba segura de que aquella disculpa fuera sincera y su hermano pareció captar el mensaje con solo leer su cara. Ambos conocían a la perfección su lenguaje no verbal como para adivinar lo que estaba pensando el otro.

—Yo también quiero recuperar a nuestros padres —le aseguró él—. No sé qué beneficio puede traer el regreso de Hipo y Astrid, pero también es cierto que no se me ocurre nada mejor. He sido un capullo y probablemente lo seguiré siendo, pero al menos quiero serlo un poquito menos contigo. ¿Me puedes dar esa oportunidad?

No tenía otra opción que dársela, sino la capulla iba a ser ella y, honestamente, aunque a veces lo odiaba más de lo que le quería, le aliviaba tener a su hermano de vuelta a su lado. Mocoso era una historia diferente, pero al menos parecía sincero con su discurso y la presencia de Chusco evitaba que quisiera retomar la discusión que tuvieron hacía semanas.

—Muy bien, si vais a venir conmigo tengo una condición que quiero que os quede bastante clara: aquí quien manda soy yo, ¿entendido? —ambos hombres asintieron obedientes—. Haréis todo lo que os diga y como yo os diga y si se os ocurre desobedecerme os lanzo por un precipicio.

Chusco y Mocoso sabían que aquella no era una vaga amenaza, así que volvieron a asentir sumisamente.

—¿Qué es lo quieres hacer exactamente? —preguntó Mocoso.

—Tenemos que conseguir dos objetos personales de Astrid y de Hipo. He pensado que donde más lógico sería buscar es en casa de Gothi y en la herrería.

—¿Por qué en la herrería? —cuestionó Chusco—. ¿No sería mejor ir a casa de los Haddock?

—Creo que Bocón puede darnos mejor orientación de lo que es más personal para Hipo —explicó Brusca—. Ninguno de los aquí presentes presumimos precisamente de ser amigos íntimos de él y Bocón lo conocía mejor que nadie, quizás incluso tenga alguna de sus pertenencias escondidas allí.

—¿Y de Astrid? —cuestionó Mocoso—. Porque de ella sí que estoy perdido.

—Por suerte, yo la conozco mejor que vosotros y tengo la esperanza de que Gothi no haya tirado sus cosas.

Chusco y Mocoso no dieron muestras de dudas u oposición a su horroroso e improvisado plan; es más, aunque no iba a admitirlo en voz alta, le hubiera venido bien una segunda opinión o algún plan alternativo al suyo, pero el tío de los planes siempre había sido Hipo y ellos tres no habían tenido que valerse nunca por sí mismos hasta ahora. Al menos no propusieron llamar a Camicazi, sobre todo porque la vikinga habría dado la voz de alarma tan pronto hubiera escuchado su plan.

Salieron de la Isla de los Marginados deprisa, corriendo y mal. Mocoso había intentado por enésima vez montar sobre Colmillos y la reacción furiosa del dragón había llamado la atención de los guardias. Chusco y Mocoso corrieron a montar sobre Vómito y Eructo mientras Brusca intentó por todos los medios calmar al Pesadilla Monstruosa, pero la ira de Colmillos solo hizo que el resto de dragones se pusieran nerviosos y salieran alterados de sus cuadras.

—¡Cálmate, Colmillos! ¡Por favor! —le suplicó Brusca intentando evadir las llamas de su cuerpo.

El Pesadilla Monstruosa rugió en su cara como respuesta y aquella reacción tan infantil, tan propia de su antiguo dueño, hizo que Brusca respondiera con un chillido que requirió todo el aire de sus pulmones. El fuego que cubría el cuerpo del dragón se apagó de repente y la criatura se pegó contra la pared, desconcertada por la reacción de Brusca quien ahora jadeaba por recuperar su respiración y sentía un desagradable picor en su garganta.

—¿Nos dejamos ya de tonterías? —preguntó la vikinga furiosa.

El Pesadilla Monstruosa pareció entenderla a la perfección, pues seguido inclinó su cuerpo para que Brusca pudiera montarse sobre la montura y salió de la cuadra en medio del caos que se había formado en los establos. Salieron torpemente de los establos, entre el griterío de los dragones y la gente que se había acercado para ver qué pasaba. Brusca juró ver la melena de Camicazi entre el gentío, pero Colmillos cogió altura con tanta rapidez que fue imposible saberlo.

Por suerte, la tarde ya estaba cayendo y había tantas nubes que fue fácil evadir a los Marginados que Alvin había mandado a buscarles. Sin embargo, Brusca sabía que las brujas no tardarían en salir y a esas no sería tan sencillo despistarlas. Miró hacia abajo y observó la densa neblina que cubría el agua. La vikinga hizo silenciosas señas a su hermano y Mocoso para que la siguieran. Los dragones volaron a ras del agua, escondidos en la niebla de los ojos vigilantes de las brujas de Le Fey y los centinelas que vigilaban la costa de Mema.

Alcanzaron Isla Mema cuando ya era noche profunda.

Se adentraron en la isla a través del bosque y pararon en una cala que encontraron a una distancia prudencial de la aldea. Los dragones acudieron al estanque de agua dulce para saciar su sed mientras que los vikingos aprovechaban para estirarse tras tantas horas de vuelo. Brusca se dirigió a ellos con aire decidido.

—Iremos primero a casa de Gothi —les indicó la joven—. Es la casa más apartada de la aldea y en la que menos nos exponemos a que nos pillen.

—¿No sería mejor separarnos e ir cada uno a buscar una cosa? —sugirió su hermano—. Así acabamos más rápido.

—No —se negó Brusca con firmeza—. Prefiero que nos mantengamos juntos por si ocurre algo. Yo entraré en casa de Gothi mientras vosotros hacéis guardia fuera.

—¡Un momento! ¿Gothi no estaba bajo arresto domiciliario? —preguntó Mocoso preocupado—. Seguramente haya guardias vigilando su casa.

¡Mierda! Brusca había olvidado ese detalle. Sin embargo, ¿qué otra opción tenían? La habitación de Astrid era el único lugar en toda Mema que podría tener algo de su propiedad y ahora que habían llegado hasta allí no podían regresar con las manos vacías.

—Acerquémonos hasta allí y analicemos la situación —propuso Brusca con falsa firmeza.

Los chicos la siguieron silenciosos, probablemente arrepentidos de haberse unido a su plan suicida, pero tuvieron el detalle de no hacérselo saber. Por fortuna, aún recordaba el camino a la aldea tan bien como la palma de su mano y, al haber dado un significativo rodeo, llegaron hasta la casa de Gothi sin toparse con nadie. Se escondieron tras unos arbustos que se encontraban a pocos metros de la casa y, como bien había señalado Mocoso, el hogar de la anciana contaba con vigilancia. Todos contuvieron un jadeo al reconocer al guardia.

—¡¿Patapez?! —exclamó Mocoso en voz baja—. ¿Qué hace ahí quieto? ¿Por qué coño no hace nada?

Patapez estaba medio adormilado sentado sobre una banqueta justo frente a la puerta de Gothi. Había perdido algo peso y se le veía demacrado, pero ni por asomo a los niveles en los que había estado Brusca. Mocoso se movió a su lado, como si tuviera tenía intención de salir del escondite para confrontar a su amigo, pero Brusca cogió a tiempo de su muñeca para que no hiciera ninguna estupidez.

—¿No ves que está bajo el hechizo de Le Fey? —le advirtió Brusca en un susurro—. ¡Sufre el mismo problema que nuestros padres! Hay que andarse con ojo porque éste no es el Patapez que conocemos.

—¡Nos delató, Brusca! —se quejó Mocoso.

—¡Porque Le Fey le ha comido el coco, hostia! —le recordó la vikinga con impaciencia y miró hacia la zona trasera de la casa que aparentemente estaba despejada—. Voy a ir por detrás, vigilad a Patapez y si hace algún movimiento raro que Chusco imite el rugido de un Cremallerus.

Su hermano cogió de su mano antes de que pudiera moverse.

—¿Estás segura de esto? —le preguntó su hermano inquieto.

—No —respondió ella a sabiendas que a su hermano no podía mentirle—, ¿pero qué otro remedio nos queda?

Chusco la soltó tan poco convencido como estaba ella y Brusca gateó por los arbustos hasta estar más o menos a la altura de la puerta trasera de la casita. Escuchó a Patapez bostezar y, sin pensárselo dos veces, corrió agachada hasta detrás de la casa. Se llevó la mano a la boca para callar sus jadeos a la vez que la sangre le palpitaba con violencia contra sus oídos. Esperó varios segundos, aterrada de que Patapez pudiera dar la vuelta a la esquina, pero sólo oyó otro sonoro bostezo que le dio a entender que su hipnotizado amigo no se había enterado de nada. Con mucho cuidado de no hacer ruido, Brusca tiró de la puerta y se deslizó dentro sin abrirla del todo.

La casa de Gothi estaba en plena penumbra, aunque Brusca olió la cera derretida de una vela que se había apagado no hacía mucho. Caminó titubeante, con los brazos extendidos hacia delante para cuidar de no darse con nada, y llamó a Gothi en un susurro casi imperceptible. Llegó a la altura de la cama de la anciana cuando recibió un golpe por su espalda. Brusca cayó al suelo y se mordió el labio con tanta fuerza para contener el grito de dolor que se hizo sangre.

—¡Gothi! ¡Para! ¡Soy yo! ¡Brusca! —exclamó Brusca en voz baja.

Sus ojos ya se habían hecho a la oscuridad y pudo definir a la anciana subido a la mesa con su bastón en alto. Brusca se medio incorporó cuando la anciana encendió una vela con una enorme expresión de sorpresa. Dibujó rápidamente en el suelo:

—¿Qué haces aquí?

—Hola a ti también —gruñó la vikinga dolorida—. Necesito tu ayuda, ¿tienes algo que Astrid por aquí?

La anciana frunció el ceño, claramente confundida. Brusca tuvo que armarse de paciencia para no perder los pocos nervios que le quedaban y le contó toda la historia de Heather y del hechizo de búsqueda. Gothi escuchó su relato atenta, sin interrumpirla una sola vez, y cuando Brusca terminó escribió en el suelo:

—Astrid no era especialmente materialista, pero aún tengo algunas de sus cosas. Lo que no sé es si te servirán.

—¿Dónde están? —preguntó Brusca.

—En su cuarto.

Brusca se levantó con la espalda aún dolorida cuando Gothi cogió de su túnica para que se detuviera.

—¿Qué?

—Subo contigo —dijo la anciana.

—Vale, pues vamos —concordó la otra dirigiéndose a las escaleras.

La anciana volvió a tirar de su túnica y Brusca hundió los hombros resignada. Consciente de que no podía decir que no y que la ayuda de Gothi era indiscutiblemente esencial para terminar cuanto antes, Brusca hincó una rodilla para que la anciana pudiera apoyarse contra su espalda y rodear su cuello con sus brazos. A pesar de su pequeño tamaño y de su aspecto de ser poca cosa, Brusca tenía la sensación de que Gothi pesaba como un maldito Gronkle, pero decidió no quejarse por una simple cuestión de dignidad. Subió las empinadas escaleras poco a poco, sudando como un pollo y jadeando, incapaz de comprender por qué había tantas escaleras. Cuando llegó al minúsculo rellano, Gothi bajó de la espalda de Brusca con suma habilidad y la vikinga tuvo que esforzarse en no tirarse al suelo para recuperar aire.

Sin embargo, cuando Gothi abrió la puerta de la habitación de Astrid, se espabiló enseguida. La habitación estaba como su amiga la había dejado la mañana de la boda de Hipo. Astrid siempre había sido obsesivamente ordenada y limpia, por lo que la cama estaba perfectamente hecha, su surtido de plantas medicinales estaban organizadas por orden alfabético e incluso su pequeña mesa de trabajo estaba despejada de suciedad salvo la capa de polvo que la cubría.

Brusca exploró la habitación sin atreverse a tocar demasiado, temerosa de que la bruja hubiera escondido algún elemento mágico a prueba de cotillas como ella o incluso contra la propia Le Fey, pero aquel cuarto había carecido de vida desde hacía demasiado tiempo.

—¿La echas de menos? —preguntó Brusca a la anciana casi sin pensarlo.

Gothi se quedó unos segundos con la mirada perdida en la pared y escribió sobre el polvo del suelo:

—Al principio no me gustaba nada, pero no negaré que luego resultó ser una buena compañía y, a pesar de ser una quejica, era trabajadora —explicó la anciana—. Ojalá me hubiera dado cuenta antes de quién era.

—Bueno, lo de que era una bruja…

Brusca se calló cuando vio que Gothi negaba con la cabeza y sus ojos estaban marcados por una profunda tristeza.

—¿Gothi? ¿Qué pasa? —preguntó Brusca inquieta—. La última vez que hablamos dijiste que sabías algo del pasado de Astrid y que cuanto menos supiera de ello mejor.

La anciana asintió.

—¿Por qué?

Los dedos de Gothi se quedaron blancos de lo fuerte que apretó su vara. Tardó un rato en redactar su respuesta:

—Es complicado.

Brusca puso los ojos en blanco.

—Tú lo haces complicado —le achacó la joven.

Gothi ignoró su comentario y arrastró una silla hasta la vieja cajonera que había junto al escritorio para subir y abrir el primer cajón. Sacó un peine de madera con pinta de desgastado y antiguo y se lo tendió a Brusca mientras rebuscaba más cosas. Le dio una bolsa llena de escamas azules de Nadder, uno de sus lazos que había recogido su pelo más de una vez y una cajita que Brusca reconoció al instante.

—¡Si ese es el costurero que le regalamos mi madre y yo! —exclamó la vikinga sorprendida dejando el resto de objetos a un lado y abriendo la cajita—. Se lo dimos en compensación por las horas que metió con nosotras para acabar los vestidos para la boda de Hipo y Kateriina.

Gothi escribió algo en el suelo.

—No creo que Astrid posea nada más que le pueda resultar más cercano —comentó la mujer—. Ya te digo que no era nada materialista y además vino con lo puesto… Le gustaba cepillarse el pelo y se lo cuidaba bastante, pero aparte de eso el único objeto que puede tener cierto valor emocional puede ser el costurero que le diste.

—¿Hipo no le regaló nada en todo este tiempo que estuvieron juntos? —cuestionó Brusca desesperada.

—Me temo que eran tan discretos con su relación que ni siquiera eso se compartían —contestó Gothi sacudiendo los hombros—. El costurero es el único objeto de Astrid que puede servirte de algo, solía usarlo bastante cuando estaba en casa, sobre todo para hacer remaches. Lo que no sé si realmente tiene un valor emocional importante para ella.

Brusca observó la cajita algo decepcionada. La había cogido de entre los tallajes sobrantes de su padre y su madre y ella habían metido materiales básicos que consideraron que podían serles útiles para Astrid. Recordaba aquel día perfectamente, Brusca todavía no había descubierto que Astrid era una bruja y había sido al poco de empezar a recibir pedidos de vestidos. Seguramente las ayudaba para despejar su mente de todos los problemas que Brusca por aquel entonces ignoraba, pero su madre, apurada porque no podía pagarla, insistió en que le hicieran un obsequio. La vikinga sugirió el costurero porque no se le ocurrió nada más original y porque no estaba realmente segura de lo que le podía gustar a Astrid. Cuando le dieron la cajita con unas agujas, una pequeña cuchilla usada y varios juegos de hilos, Brusca pensó que no podían haberle regalado nada más cutre, sobre todo porque la cara de Astrid estaba marcada por la confusión.

—¿No te gusta? —preguntó su madre al ver que la joven no reaccionaba.

—No, no es eso —se apresuró a decir Astrid con las mejillas enrojecidas—. Es que… nunca he recibido regalos.

Brusca y su madre intercambiaron miradas de sorpresa a la vez que Astrid observaba curiosa el contenido de la caja.

—No se me da bien coser, pero… gracias —dijo Astrid con una timidez inusual en ella—. No teníais que haberos molestado.

—No es molestia —replicó Brusca sonriente—. Así lo tienes como recuerdo de cuando aprendiste a coser con nosotras.

Brusca hubiera jurado que Astrid había tirado el costurero al fondo de un cajón para no volver a verlo nunca más, pero le resultó agradable saber que al menos en el poco tiempo que lo tuvo, Astrid lo había usado e incluso lo había dejado a mano para cuando lo necesitara. Brusca no estaba segura de si aquel objeto serviría o no para el hechizo, pero menos era nada y quería pensar que aquella cajita tenía más valor para su amiga que un peine.

Gothi gesticuló con sus manos para captar su atención y fue a escribir algo en el suelo cuando escucharon voces fuera. Ambas mujeres se quedaron paralizadas, aterradas de que el más mínimo movimiento pudiera delatar su encuentro. Las voces acrecentaron y consiguió reconocer la voz de Patapez replicando a Chusco.

—¡Serán imbéciles! —exclamó Brusca furioso—. ¡Nos han pillado!

De repente, las voces se apagaron y escucharon un golpe seco. La puerta de la casa de Gothi se abrió con un desagradable chirrido y Brusca pensó que iba a darle un infarto por lo rápido que le latía el corazón. Pensó que iba a desmayarse cuando escuchó la voz de Mocoso en el piso inferior:

—¿Brusca? ¿Estás ahí? Ha surgido un pequeño imprevisto.

La vikinga guardó el costurero en su bolsa y se inclinó para que Gothi volviera a subir de nuevo a su espalda. Bajó los primeros escalones algo tambaleante por lo empinada que era la escalera y se detuvo a medio camino cuando vio a Mocoso con la vista clavada en ella a la vez que jugaba con sus manos nervioso.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó Brusca con tono acusatorio.

—Patapez nos ha visto —respondió él y alzó las manos tan pronto Brusca iba a cantarle las cuarenta—. ¡Espera! ¡No nos ha delatado!

—¿Cómo coño no lo ha hecho? ¡Si está hechizado, por Odín!

—Lo hemos noqueado —respondió Chusco desde el exterior.

Sintió los bracitos de Gothi tensarse alrededor de su cuello y Brusca tuvo que contenerse para no matar allí mismo a Mocoso.

—¿Estáis tontos o qué coño os pasa? ¿No veis que habéis expuesto ahora a Gothi? ¡Ahora van a tomarlo con ella! —chilló Brusca colérica mientras terminaba de bajar las escaleras—. ¡Tendremos suerte si solo deciden matar a uno de los dos!

Gothi bajó de la espalda de Brusca y salió al exterior para echarle un ojo a Patapez.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Mocoso preocupado.

Brusca tenía la sensación que su cabeza iba más rápido que su capacidad de habla. Observó en silencio cómo Gothi comprobaba el pulso de Patapez y respiraba aliviada porque, en principio, parecía estar bien. Brusca no podía permitir que les pasara nada y, a la vista que esa misión ya de por sí era un suicidio, ¿qué perdían por intentar ir un poco más allá?

—Vendrán con nosotros —decidió la vikinga—. No pienso mancharme las manos de su sangre y, aunque Patapez siga bajo el hechizo de Le Fey, podemos encerrarlos como a mis padres. Vosotros llevad a Gothi y a Patapez hasta la cala e iré yo a la herrería.

—¿Tú sola? —cuestionó Mocoso—. ¡Ni hablar! ¿Y si te atrapan qué hacemos?

—Si no estoy para cuando la luna esté en lo más alto, os marcháis —Brusca le tendió la bolsa a Mocoso—. Hipo y Astrid estarán juntos seguro, así que si no consigo traer el objeto de Hipo, quizás Heather pueda hacer algo con esto.

—Pero Brusca, ¿no ves que…?

—Mocoso, haz lo que te digo —le interrumpió la vikinga muy seria.

El vikingo no lucía en absoluto contento por sus planes y parecía dispuesto a seguir discutiendo con ella; sin embargo, dos no discuten si una no quiere, así que Brusca optó por dar la conversación por finalizada saliendo al exterior. Chusco reaccionó también indignado por sus órdenes:

—¿Y si te pillan qué? ¡Te van a matar, Brusca!

—¿Por qué coño estáis tan convencidos de que van a pillarme? —replicó ella furiosa—. El trato porque vinierais conmigo era precisamente que ibais a obedecerme en todo los que mandara y esa promesa incluye esto. Llevad a Gothi y a Patapez hasta la cala y esperadme allí, si no llego a la hora acordada os largáis cagando leches de aquí.

—Pero…

Ésta vez fue Gothi quien alzó la mano para callar a los chicos y escribió algo en el suelo arenoso que apenas podía leerse por la leve luz de la antorcha que iluminaba la entrada de su casa. Mocoso no daba crédito a lo que estaba leyendo.

—¡No me parece bien! ¿Por qué es Brusca la que se tiene que arriesgar?

—¡Porque este es mi plan, coño! —chilló la vikinga—. Si sale mal soy yo la que tiene que asumir las consecuencias, no vosotros.

Chusco y Mocoso intentaron insistir que su plan era terrible y que no podía ir sola hasta la herrería, pero Brusca había tomado la decisión y, por suerte, Gothi se había posicionado a su favor. Mientras la galena preparaba un equipaje ligero para su repentina huida de la isla, le dieron un té calmante a un semiinconsciente Patapez para que no diera problemas en el regreso. Chusco cargó con la bolsa llena de botes de hierbas, algo de ropa y otros utensilios que la galena veía imprescindibles llevar. Gothi contempló Isla Mema con tristeza y Brusca le preguntó si se encontraba bien.

—Sólo me despedía por si acaso —confesó la anciana—. Me siento fatal por tener que marcharme.

—Es eso o arriesgar que te maten, Gothi —le advirtió Brusca preocupada.

La anciana asintió y se acercó a Chusco para subirse a su espalda, mientras que Mocoso cogió del brazo de Patapez para apoyarlo contra sus hombros y le ayudó a levantarse. Su amigo estaba tan drogado y desorientado que murmuró algo que nadie entendió. Brusca esperó a que bajaran por la pendiente en dirección al bosque hasta que los perdió de vista cuando entraron a la arboleda. Cerró la puerta de la casa de Gothi y cogió el camino contrario al que sus amigos había tomado.

Isla Mema estaba inusualmente silenciosa, pero también había más guardia de lo normal, probablemente por la presencia de la reina en la isla y como consecuencia de su huída tiempo atrás. Por suerte, la aldea seguía como siempre y Brusca conocía cada callejuela y escondite por el que podía caminar sin ser vista. Su estómago estaba hecho un manojo de nervios y su cuerpo estaba tan tenso que parecía que iba a partirse en cualquier momento. Al menos nadie la vio. Cuando estuvo cerca de la herrería se quedó quieta al escuchar unas voces que le resultaban muy familiares.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Lars? —escuchó a Bocón preguntar con exasperación—. La reuma me está matando, no puedo trabajar, y Thuggory dejó bien claro que la herrería debía estar cerrada hasta nueva orden.

—Que yo sepa jamás te habías quejado de la reuma antes —le achacó la voz ronca de Lars Gormdsen—. Y me suda la polla lo que diga Thuggory, el Jefe de Isla Mema soy yo y si te digo que tienes que reabrir la herrería la abres.

—¿Por qué tanta prisa ahora? —cuestionó Bocón irritado.

—Necesitamos suministrar armas para Isla Mema, se avecina una guerra, Bocón, y no quiero que la isla se quede expuesta a una derrota humillante y sin gloria.

—¿Una guerra contra quién? —replicó el herrero casi con mofa—. Quizás deberías preocuparte más por el bienestar de la gente de esta isla que por tus guerras imaginarias, Lars.

Brusca escuchó un golpe seco que la sobresaltó, pero decidió agacharse y caminar a gatas hasta la puerta trasera de la herrería.

—¿Qué insinuas, Bocón? ¿Crees que no sé que es el mejor para mi pueblo? Todo el Archipiélago está igual, todos hemos de ajustarnos el cinturón para cumplir con la reina —le achacó Lars Gormdsen con furia.

—¿Tu pueblo? —escupió Bocón indignado—. No hace falta que hagas discursos rimbombantes conmigo, Lars. Te conozco de siempre y sé de qué madera estás hecho. A ti te importa el poder, no Isla Mema.

—¡Bocón, harás lo que se te diga! —clamó el Jefe.

—No pienso hacer nada sin tener el visto bueno de Thuggory y, en caso de que lo apruebe, te advierto que yo sólo no puedo con la herrería —le recordó Bocón de mala gana—. Así que habla tú con él si quieres, seguro que estará encantado que interrumpas su cena con la reina.

Lars no soltó réplicas esta vez. Brusca escuchó otro golpe y un sonido como agua derramándose. Pocos segundos después, la joven observó en la oscuridad como Lars Gormdsen se alejaba de la herrería y aprovechó la oportunidad para deslizarse por la puerta trasera. La forja estaba bien iluminada e incluso limpia, pero inusualmente fría por la ausencia de Grump, el dragón de Bocón, y el horno que llevaba meses apagado. Brusca caminó algo vacilante, no muy segura de si habría alguien más a parte de Bocón cuando se encontró de bruces con el herrero. Bocón soltó un chillido y se llevó la mano sana al pecho y Brusca dio un traspiés hacia atrás que hizo que se chocara contra la esquina de una mesa.

—¡Mierda! —masculló ella frotando su zona lumbar.

—¿Brusca? ¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó Bocón jadeante dándose golpecitos en el pecho—. Joder, casi me matas del susto.

—¡Perdón! —exclamó ella—. No esperarías que iba aparecer dando palmaditas para que notaras mi presencia.

Bocón miró hacia los lados antes de coger de su brazo y arrastrarla a toda prisa hasta lo que parecía ser su cuarto. Brusca no había estado nunca allí, pero sin lugar a dudas era un espacio mucho más íntimo y menos expuesto que la forja. Bocón apartó un taco de libros que tenía puestos sobre una silla y la invitó a sentarse a la vez que él hacía lo mismo en su cama.

—¿Qué haces aquí, Brusca? ¿Estás loca y quieres que te pillen o qué demonios pasa aquí?

—Necesito que me ayudes, Bocón —le imploró ella.

Contó una vez más toda la historia de su búsqueda, su encuentro con Heather y el hechizo. A diferencia de Gothi, quién había sido mucho más receptiva con su relato, Bocón torció el gesto.

—¿Qué? —preguntó Brusca molesta.

—Me parece muy precipitado que hayas venido aquí sin tener claro que ese hechizo vaya a funcionar, ¿cómo podemos confiar en la bruja? —quiso saber el herrero—. Me parece un mal plan, Brusca, me sorprende incluso que Estoico lo respalde.

—¿Qué otra alternativa ofreces entonces? —replicó la joven indignada.

—No lo sé —dijo Bocón con los hombros hundidos—, pero toda esta historia empezó porque una bruja vino aquí y luego fue a peor cuando apareció la otra.

—No las pongas en el mismo saco, Bocón —le recriminó Brusca con las mejillas encendidas—. No tienen nada que ver y tú estabas de acuerdo de traer a Hipo y a Astrid de vuelta.

—Sí, pero no así —le recordó el herrero.

—¡Es la única opción que tenemos! —insistió Brusca perdiendo la paciencia—. ¿Esperabas que nos fuéramos de excursión al continente sin tener ni pajorera idea de dónde están?

Bocón parecía un poco contrariado por su comentario y se quitó el casco para rascarse la cabeza. Brusca esperaba su réplica, pero el herrero se levantó de la cama para arrodillarse en el suelo y meter la mano bajo su colchón. Frunció el ceño cuando vio que sacaba unos cuadernos con pinta de estar muy usados. Bocón se los tendió y la vikinga los abrió para encontrarse con toda clase de bocetos: diseños de armas, planos arquitectónicos de los establos y del sistema de incendios de Mema, bocetos de toda clase de dragones, de gente de Isla Mema y de otra mucha que Brusca no reconoció.

—A Hipo siempre le gustó dibujar —comentó el herrero mientras la joven exploraba el cuaderno fascinada por la técnica de Hipo, pues nunca había tenido la noción de que supiera dibujar tan bien—. Aquí se encuentran incluso los primeros diseños de la cola de Desdentao, pero en el último cuaderno…

Brusca cogió la última libreta del taco y lo abrió. Al principio, parecía ser más de lo mismo con algún que otro retrato de mujeres que Brusca no reconoció, pero no tardó en descubrir que el resto del cuaderno era todo Astrid. Los primeros bocetos eran más bien vagos, los cuales no le hacían mucha justicia a su amiga, pero a medida que avanzaba las páginas los retratos eran más definidos y detallados. Hipo había aprendido bien a captar la expresión huraña de Astrid, pero los últimos retratos mostraban a una Astrid más bien afable, con una mirada mucho más cálida y amable e incluso sonriente. Brusca incluso se detuvo a contemplar los diversos desnudos de la bruja que Hipo había trabajado con tanto detalle, causando que el herrero carraspease algo incómodo.

—Supongo que te servirá de algo, Hipo siempre estuvo muy atado a sus cuadernos.

Brusca visualizó un boceto de unos brazaletes que le resultaron familiares. Intentó hacer memoria, pero no consiguió recordar dónde los había visto antes. También estaba escrito un poema con dos versos subrayados.

"Todo es incierto, excepto que mi alma arde por ti".

La vikinga sintió una punzada de envidia en su pecho. ¡Cómo le gustaría que alguien la quisiera tanto como Hipo quería a Astrid! Supuso que no todo el mundo había nacido para amar y ser amada, pues ella claramente no era una de ellas. Cerró el cuaderno y acarició la desgastada tapa.

—Espero que sirva —comentó Brusca pensando en voz alta.

—Es de lo poco que pude salvar —dijo Bocón con tristeza—. Estos cuadernos tienen mucha información valiosa sobre dragones y armamento. Thuggory estuvo un tiempo buscándolos, pero me aseguré de esconderlos bien.

Brusca apoyó las libretas contra su pecho y miró al herrero directamente a los ojos.

—Gothi y Patapez se vienen con nosotros, creo que deberías venir tú también —sugirió Brusca—. Me imagino que tendrás muchas ganas de reencontrarte con quién tú sabes.

Bocón abrió mucho los ojos, sorprendido por su propuesta, pero terminó sonriendo y negando con la cabeza.

—Me alegro que os llevéis a Gothi de aquí; yo al menos puedo salir cuando me plazca, pero la pobre mujer lleva demasiado tiempo encerrada en su casa. Lo que no entiendo es porque también se va Patapez cuando claramente sufre esa extraña influencia que la reina ejerce sobre ciertas personas —explicó el herrero perplejo.

—Tuvimos un pequeño incidente con él y creímos que lo más conveniente sería llevárnoslo —argumentó la vikinga sacudiendo los hombros—. Entonces, ¿qué dices? ¿Vienes?

—No —respondió Bocón tajante, causando que Brusca arqueara las cejas por la sorpresa de su negativa—. Alguien debe quedarse aquí. Aunque haya gente que sufre la influencia de la reina, hay otra mucha que no. Estoico e Hipo se marcharon porque no tenían otra opción, por eso ha de quedarse alguien de su plena confianza para vigilar el fuerte.

—Pero Bocón…

—Yo estoy bien, chavala —le cortó el herrero con simpatía—. Quiero decir, tengo que aguantar al gilipollas de Gormdsen más de lo que me gustaría, pero Thuggory se asegura de que me llegue el racionamiento y estoy seguro de que me protege de la reina. Además, aún tengo cierta voz en este lugar y no puedo dejar a la gente de Mema desamparada.

—¡No es justo, Bocón! —reclamó la vikinga dolida por su sacrificio.

—Brusca, a estas alturas deberías saber que en la vida nada es justo —replicó Bocón—. Tú tienes tu misión y yo la mía. Protegeré esta isla hasta mi último aliento o, al menos, hasta que los Haddock recuperen su lugar. Si llega a ser así, ya reclamaré a Estoico una buena jubilación.

Bocón se rió de su propia broma, pero Brusca no pudo aplacar el terrible sentimiento de culpabilidad de su estómago. Tenía la sensación de que a pesar de todos los esfuerzos que estaba invirtiendo en hacer las cosas bien y salvar el Archipiélago, lo único que había hecho era dar palos al agua. Bocón tenía razón: ni siquiera sabía si podía confiar en Heather. Brusca se levantó con torpeza de su silla, con los ojos aguados de la impotencia y carraspeó:

—Será mejor que me vaya.

—Sí, saluda a Estoico y a Alvin de mi parte. Y traed a Hipo de una pieza, por favor —le pidió el herrero sonriente—. Y cuida de los demás, ¿vale? Curiosamente, te has vuelto la más responsable de todos los Jinetes.

—No es verdad —negó la vikinga ofendida por tal insinuación—. Soy un desastre con patas.

Salieron de nuevo a la zona trasera de la herrería. Bocón abrió la boca para decir algo cuando otra voz se le adelantó:

—¿Bocón? ¿Estás aquí?

La voz de Thuggory tuvo un efecto similar a una patada en el estómago. Parecía encontrarse justo en la entrada de la herrería, pero Thuggory era lo bastante espabilado como para escuchar que alguien se marchaba por detrás, por lo que Bocón le hizo una seña para que volviera a su cuarto.

Brusca apenas escuchó la breve conversación que Thuggory y Bocón tuvieron, pero cuando se hizo el silencio se preguntó si no se habrían marchado los dos de la herrería. La luna debía estar cerca de estar en lo más alto, por lo que debía darse prisa si no quería quedarse atrás. Sin embargo, se quedó sin aire cuando, de repente, la puerta de la habitación se abrió y se encontró cara cara con Thuggory. Brusca no supo cómo reaccionar y, al parecer, él tampoco. Su aspecto resultaba muy intimidante, sobre todo por su enorme estatura y su ancha complexión, Brusca casi parecía una mota de polvo a su lado. ¿Qué iba hacerle? Thuggory tenía fama de ser un bestia. Podría agarrarla con suma facilidad y arrastrarla hasta Le Fey sin apenas despeinarse. No obstante, Thuggory no se movió; es más, parecía un tanto irritado al verse metido en esa situación.

—No deberías estar aquí —terminó diciendo el Jefe de los Cabezas Cuadradas—. Te matará según te vea.

Brusca no respondió, estaba demasiado aterrada como para pronunciar palabra.

—No te haré nada y tampoco voy a delatarte —le aseguró él—. No te preocupes.

—Eres su perro —escupió Brusca sin pensárselo—. Vas listo si piensas que voy a confiar en ti.

Se había pasado tres pueblos, aunque Thuggory no parecía enfadado por su comentario, sino más bien dolido. Brusca abrazó los cuadernos de Hipo con fuerza contra su pecho, sin saber muy bien qué debía hacer. La situación no podía ir a peor y ella había sido tan tonta de no haber contemplado antes un posible encuentro con Thuggory.

—¿Thuggory? ¿Dónde coño estás?

La voz de Le Fey hizo que Brusca y Thuggory dieran un bote del susto. El vikingo lucía molesto por la repentina aparición de la bruja y Brusca estaba segura de que iba a mojar los pantalones. Sin embargo, Thuggory supo reaccionar y dijo:

—Yo la distraigo, sal de aquí sin hacer ningún ruido cuando llegue el momento.

—¿Y cuándo será el momento?

Thuggory soltó un suspiro de resignación.

—Lo sabrás.

Salió del cuarto antes de que Brusca pudiera detenerle. La vikinga se sentó de cuclillas contra la pared mientra a duras penas escuchaba la discusión entre Thuggory y Le Fey. Se esforzó en controlar su errática respiración, rezando a cada uno de los dioses de Asgard porque la dejaran vivir una día más o al menos que no fuese a manos de Le Fey. Sin embargo, de la nada, las voces callaron y no tardaron en escucharse los guturales gemidos de una mujer junto con un golpe continúo, como si alguien estuviera dando martillazos contra una mesa.

Brusca sintió su cara arder, pero entendió que ese era el momento al que Thuggory se había referido antes.

Con movimientos lentos y silenciosos, Brusca abrió la puerta de la habitación y se deslizó fuera de puntillas. Se quedó un par de segundos muy quieta, conteniendo la respiración mientras el ruido del forniqueo de la bruja y del Jefe de los Cabezas Cuadradas se intensificaba cada vez más. Aquellos siete segundos que Brusca necesitó para alcanzar la puerta trasera fueron los más largos de su vida y casi no pudo sujetar el tirador de la puerta de lo tensas y sudorosas que tenía las manos. Cuando el aire salado y frío le golpeó la cara, casi estuvo a punto de romper a llorar, pero no se detuvo. Metió los cuadernos de Hipo por debajo de su túnica para que su pantalón los sujetara y caminó a cuatro patas, aún escuchando los gritos de placer de Le Fey desde dentro de la herrería.

—Eres mío —le escuchó decir a la bruja.

Thuggory no respondió.

—Dilo —le ordenó la reina jadeante.

—No —se negó Thuggory tajante.

—Eres mío, Thuggory —repitió Le Fey con furia—. ¿Si no por qué me follas así? No puedes parar de pensar en mí, ¿a que no?

—Que te jodan —masculló el vikingo rabioso.

—De eso ya te encargas tú, mi amor —se mofó la reina con crueldad.

Brusca tenía que salir de allí, pero había algo que se lo impedía. Estaba inusualmente excitada, pero también aterrorizada por Thuggory. Era casi como si Le Fey le estuviera obligando a follar con ella, como si estuviera manipulando su cuerpo y no su mente.

—Antes ya me deseabas, pero desde que cree nuestro vínculo estás más necesitado de lo normal, ¿verdad?

Por un segundo, Brusca pensó que no había escuchado bien a Le Fey. ¿Cómo que vínculo? ¿No era esa la maldición que ella misma había lanzado sobre Hipo y Astrid? Se había maldito a sí misma con… ¿Thuggory? ¿Por qué exponerse de aquella manera? ¿Qué sentido tenía? ¿Y por qué con Thuggory? Brusca sabía que no podía detenerse para responder a todas esas preguntas. Continuó gateando hasta que llegó al linde de la aldea con el bosque y fue entonces cuando corrió como si su vida deparara de ello, aterrada de que tal vez Thuggory se hubiera chivado o que Le Fey hubiera descubierto que ella estaba allí.

La luna creciente ya estaba en lo más alto cuando llegó a la cala, pero por suerte Mocoso y Chusco no se habían decidido a marcharse todavía. Los chicos se acercaron emocionados por verla, pero Brusca no se detuvo ni a saludarles. Patapez roncaba atado sobre el lomo de Vómito y Eructo mientras que Gothi esperaba junto a un aburrido Colmillos con un Terrible Terror sobre sus piernas. Brusca sacó los cuadernos de Hipo de su pantalón.

—¿Esos no son los cuadernos de dibujo de Hipo? —preguntó Mocoso con inevitable curiosidad.

—Ahora no, Mocoso, tenemos que irnos ya —ordenó Brusca cogiendo la bolsa que colgaba del hombro del vikingo para meter las libretas.

Brusca ayudó a Gothi a subir al Pesadilla Monstruosa y el Terrible Terror se acomodó sobre su cabeza. En pocos minutos volvían a estar en el aire, volando de nuevo entre la bruma a ras del agua para evitar ser vistos. Regresaron a la Isla de los Marginados cerca del amanecer y, por supuesto, les estaban esperando. No opusieron resistencia cuando los guardias de Alvin los arrestaron, aunque parecían muy sorprendidos de ver a Gothi y a Patapez con ellos también. Por suerte, solo se llevaron a Patapez a las celdas por sugerencia de la propia Gothi y los llevaron directamente al Gran Salón de los Marginados donde Estoico, Alvin y Camicazi los esperaban furiosos y muertos de la preocupación. Cuando vieron que estaban de una sola pieza y que Gothi había escapado de Mema sana y salva se calmaron enseguida, sobre todo porque había conseguido cumplir la misión con éxito. La euforia de Estoico por saber que pronto vería a su hijo contagió al resto y, antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando, toda la isla parecía estar sumergida en una gran fiesta. El desayuno casi pareció una gran cena, donde la comida y la bebida rondaba sin parar.

En algún punto, Estoico la había abrazado emocionado, agradecido por el riesgo que todos y, sobre todo ella, habían tomado para conseguir lo último que necesitaban para aplicar el hechizo de Heather. La bruja sonrió cómplice cuando apareció en el Gran Salón y se unió a la fiesta con enorme entusiasmo, olvidando por una vez sus aires de superioridad e integrándose entre los humanos como si lo hubiera hecho desde siempre. Camicazi también la abrazó hasta casi dejarla sin aire y la felicitó admirada por su extraordinaria labor, aunque le advirtió que la próxima vez le avisara.

A pesar del maravilloso ambiente de la isla, Brusca solo deseaba retirarse a su cuarto como lo había hecho Gothi. Estaba agotada de haber estado volando toda la noche y por la tensión vivida en Isla Mema, aunque sabía que no iba a dormirse por mucho que lo intentara. Sin embargo, todo el mundo parecía querer felicitarla por su acto de valentía y no consiguió marcharse hasta que los despistó a primera hora de la tarde. Caminó arrastrando sus pies hasta la habitación que compartía con Heather, pero cuando llegó escuchó una serie de sonidos que hizo que su corazón diera un vuelco.

Entreabrió la puerta con inevitable curiosidad, morbosa como siempre había sido ella. Heather y Camicazi estaban completamente desnudas, una encima de la otra, besándose con una indómita pasión y explorándose sus cuerpos de formas que haría ruborizar hasta a la más experimentada de las prostitutas. Ninguna pareció percibir su presencia y Brusca tuvo que forzarse a dejar de mirar, consciente de que estaba invadiendo un encuentro en el que ella poco tenía que aportar. Sus mejillas ardían y sintió un cosquilleo en su bajo vientre, similar al que tuvo cuando escuchó a Thuggory follar a Le Fey en la herrería.

Brusca cerró la puerta del dormitorio con cuidado de no hacer ruido y se alejó de allí, sin estar muy segura de adónde debía dirigirse ahora. Caminó sin rumbo, adormilada y convencida de que iba a terminar durmiendo en los establos cuando se chocó ni más ni menos que con Mocoso. Fue un encuentro tan inesperado como incómodo, puesto que no se encontraban a solas desde antes de terminar en la Isla de los Berserkers. Mocoso le propuso dar un paseo y Brusca, aún sabiendo que era mala idea, aceptó.

En una circunstancia normal, Brusca habría dicho que no, pero estaba tan agotada de sentirse sola que la compañía de Mocoso debía serle más que suficiente; sin embargo, aún no se explicaba cómo había terminado metiéndole la lengua en la boca. Supuso que sería su creciente sentimiento de soledad o su falta de cariño o la envidia porque todo el mundo follara menos ella lo que causó que ambos terminaran en los establos, casi sin ni siquiera quitarse la ropa, follando como dos estúpidos adolescentes.

—Córrete fuera —le ordenó ella.

—Siempre lo he hecho dentro —dijo el vikingo sin frenar sus estocadas.

—Me la suda, córrete fuera.

Brusca alcanzó un orgasmo más bien mediocre, pero Mocoso parecía gozarlo cuando terminó masturbándose sobre ella y corriéndose sobre su tripa. Brusca tenía los ojos clavados en el techo del establo, preguntándose si la madera era de roble o de haya, cuando Mocoso dijo:

—Brusca, te quiero.

La vikinga tardó unos minutos en asimilar lo que acababa de decir. El pecho le pesaba tanto de repente que apenas podía respirar y sintió los ojos inquietos de Mocoso clavados en ella.

—Vale —dijo ella sin más.

—¿En serio eso es todo lo que vas a decir?

La joven resopló agotada.

—¿Qué esperas que diga?

—Me acabo de declarar, no sé, ¡algo ya podrías decir! —exclamó el vikingo furioso.

Brusca sí tenía algo que decir, pero no debía… No podía…

—¡Siempre estás igual, tía! Entiendo que lo hayas pasado mal, ¡pero yo también joder y…!

—Mocoso…

—No me interrumpas, lo que quiero decirte es que…

—Me quedé embarazada, Mocoso —le cortó Brusca.

El vikingo se quedó mudo y tan blanco como la nieve. Se incorporó, pero Brusca no se movió. ¿Para qué? Ya había cogido postura sobre el manto de heno y estaba muy a gusto.

—¿Cuándo?

—El año pasado, me enteré poco después del Equinoccio de primavera.

Mocoso tragó saliva.

—¿Mío?

Brusca apretó los puños con fuerza para contener sus ganas de romperle la nariz.

—No, apareció el Dios Balder un día en mi casa y me folló por detrás hasta asegurarse de que me quedaba preñada —respondió ella con voz envenanada—. ¡Pues claro que era tuyo, gilipollas!

Mocoso estaba sudando, aunque Brusca apreció la ira en sus ojos.

—¿Y dónde está?

—¿Quién? —preguntó ella sin comprender.

—¡Joder, Brusca! ¡Nuestro hijo! ¿Dónde demonios está?

La vikinga sostuvo su mirada durante varios segundos hasta que consiguió acumular saliva en su boca.

—Muerto. Astrid me ayudó a matar al bebé en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo.

Xx.