26

La historia se repite

Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños. Pablo Neruda.

Si tu camino se tuerce, o crees que ya no puedes seguir caminando por los obstáculos que te lo impiden, tienes dos opciones; Rendirte y apartarte de él para siempre, o continuar. Yo elegí continuar. Decidí retroceder en mis pasos y emprender de nuevo el camino regresando a mi principio. Y mi principio colocaba la línea de salida en aquel lugar, bajo aquel techo, en aquel pasillo que durante años me vio ir y venir.

Cerré los ojos. Respiré profundamente y me recordé a mí misma el motivo que me había llevado hasta allí. La voz de Santana asegurándome que aquella decisión era acertada cuando más necesitaba su consejo, fue más que suficiente para dar ese paso. No había día ni noche que aquella sensación de agotamiento no martillease mi mente, y solo me quedaban las palabras de Pablo Neruda para poder afrontar mis miedos sin perder la guerra. Templé mis nervios y tragué saliva como si aquello me ayudara a dejar a un lado el temor, e interpreté mi papel. Mi personaje más popular. Mi único yo que era capaz de actuar de la forma más realista posible, como si mi mundo no pendiera de un hilo para derrumbarse. Me anclé al pomo de la puerta y abrí sin siquiera llamar.

Ella ya me esperaba.

—Huele a fracaso.

—¿Disculpe?

—Oh, pero si eres tú —añadió frunciendo el cejo—. Ahora entiendo ese nauseabundo olor a cloaca que acaba de inundar mi estancia. No voy a permitir que estés demasiado tiempo aquí, mis trofeos no merecen olerte.

—Yo también me alegro de verla, directora Sylvester.

—No tienes capacidad intelectual suficiente para saber qué significa sarcasmo, por lo que no te empeñes en tratar de utilizarlo en mi contra —soltó, y las náuseas que ella decía sentir al tenerme frente a ella, me invadieron al escucharla.

—Si tan pocas ganas tiene de verme, ¿por qué me ha pedido que venga? Puedo manejarme sola por este lugar. Crecí aquí. ¿Recuerda?

—No te habría obligado a venir si no fuera necesario. No soy tan masoquista.

—Pues es lo que parece. No me quiere ni ver y yo no quiero verla a usted. No me hace falta.

—Sí, sí que te hago falta—respondió sin dejar de desafiarme con su mirada.

—Un poco incrédula para su edad. ¿No cree?

—No cruces la línea, hobbit —espetó afectada por mi pequeño desliz al recordarle su edad. Obviamente fue intencionado.

—Ya ni siquiera utiliza apodos suyos. Ese lleva la firma de mi querida Santana —repliqué triunfante—. Veo que pierde facultades.

—Se acabó. Éste es mi terreno. ¿Recuerdas miss Docker? No voy a permitir que vengas a mí instituto a ridiculizarme. O, mejor dicho, a intentar ridiculizarme. Porque tu nariz de tucán no te deja opción alguna para ello.

—Usted dirá entonces. ¿Para qué me has hecho venir? El acuerdo quedó claro entre las dos. Yo me encargo del Glee Club y tú no te metes en mis asuntos.

—Créeme, preferiría nadar en un lago de vómitos antes que meterme en tus asuntos. Pero se dan las terroríficas circunstancias de que esos asuntos que te traen hasta aquí, también me incumben —dijo soltando sobre la mesa un sobre.

—¿Qué es eso?

—Normas que tienes que cumplir si quieres hacerte cargo del Glee Club durante éstas tres semanas.

—¿Normas? ¿Qué normas necesito para eso? ¿Tengo que recordarle que la última vez que me ocupé de ellos ganamos las nacionales?

—Chewbacca —ignoró mi respuesta levantándose de su asiento—. Si permito que estés aquí es porque tienes la responsabilidad de hacer que esos pollos que cacarean en el corral de ensayo, logren ganar el estúpido concurso de coros. Y no creas que me importa algo lo que ellos sientan al ganar tal patraña. Solo quiero que el William McKinley High se lleve el mayor premio en metálico de la historia, además de ser el único que gane por tercera vez ese trofeo. Con ese presupuesto haré que todo Ohio se rinda ante mí, y alaben mi perfecta y solvente dirección. Nada más. No me interesan esos críos, ni tampoco me interesas tú. Ni me apetece tener que verte de nuevo por mis pasillos. Pero existe una asociación de padres de esos ponis resentidos, que creen que los malcriados están sufriendo demasiada presión para ganar.

—¿Presión? —pregunté sin atreverme siquiera a tocar el sobre.

—Sandeces. Bobadas de niños caprichosos que no saben lo que quieren, pero todo tienen.

—No entiendo.

—Lógico, no tienes neuronas suficientes para pasar el día. De hecho, me sorprende incluso que sepas entender mis palabras…

—Si vuelve a insultarme me marcharé —la interrumpí cansada de sus ataques.

—Si no aceptas esas normas no tendrás más remedio que irte.

—¿Me lo dice de una vez o tengo que averiguarlo?

—Los padres de los pollos me han hecho llegar su disconformidad con el tratamiento que el ex director del coro les ha dado, para lograr que al menos coordinen sus pasos. Dicen que los ensayos son demasiado crueles. ¡Mentira! Yo he obligado a mis cheerios a que aguanten la respiración durante dos horas en el vestuario del equipo de futbol. Y ninguna se ha quejado. Excepto la que perdimos para siempre… Toda una heroína, sin duda. Como sea. Esos gandules no están dispuestos a permitir que sus hijos sigan quejándose, y han puesto condiciones para que sus hijos gandules sigan acudiendo a los ensayos.

—¿Y qué condiciones son esas?

—Respaldo profesional. Sus hijos tendrán una hora de tutoría semanal para hablar con un profesional que pueda certificarles que no están siendo explotados.

—¿Un profesional? ¿Explotados? Eso es ridículo.

—Me importa muy poco lo que pienses, ni tampoco tengo intenciones de conversarlo contigo. Si te he hecho venir, es para que sepas que tus alumnos tendrán que asistir a esas tutorías, y que no podrás negarte a ello.

—¿Por qué me iba a negar? Soy actriz profesional, he trabajado para grandes directores y tengo la suficiente capacidad como para manejar a un grupo de adolescentes marginados. Yo haré que ganen las nacionales en tan solo tres semanas. Me importa muy poco que tengan que pasar por el despacho de orientación, o por quien quiera que se vaya a encargar de mantener informados a sus padres. Mis métodos son los mejores. Soy una estrella. ¿Recuerda?

—Pues entonces firma esta carta de aceptación y lárgate de aquí —masculló sacando una carta del interior del sobre—. No quiero volver a verte por aquí a menos que sea con un trofeo y 50.000 dólares en tus manos.

Volví a ignorar su desagradable voz, aunque me hice con la carta y me dispuse a leerla antes de plasmar la firma. No había nada extraño en ella. De hecho, explicaba con menos desagrado y más delicadeza el tema en cuestión. Básicamente, me invitaba a firmar mi aceptación a la supervisión de los chicos que conformaban el coro por parte de un profesional, que no juzgaría mi capacidad de enseñanza, y que se limitaría simplemente a realizar meramente su tarea profesional por el bien de la salud mental de los chicos. Y la tranquilidad de sus padres.

—¿Algo más? —cuestioné tras firmar el documento y entregárselo.

—Te utilizaría de mopa para limpiar los pasillos, pero dudo que ni siquiera sirvas para eso. Así que ya puedes largarte y meter tu culo en ese despacho insulso que te han brindado. Como si no tuvieras suficiente con la sala de ensayo —añadió segundos antes de que yo saliese de allí dejándole un sonoro portazo que hizo retumbar las paredes del pasillo.

En tiempos de malas noticias, mostrad vuestra mejor sonrisa. Y en tiempos de buenas, disimulad vuestra alegría. Hay que aprended a controlar las emociones. Cuando las muestras, te haces débil ante el enemigo.

No tengo ni idea quien dijo eso, pero por alguna extraña razón no se ha apartado de mi cabeza desde el instante en el que lo escuché. O tal vez lo leí. ¡Qué más da! Lo importante, lo verdaderamente importante de ese pensamiento, es que me estaba ayudando a afrontar con decisión, y, sobre todo, con orgullo aquel momento.

Caminar por los pasillos del McKinley siempre me hizo sentir insegura, probablemente por culpa de los tantos días en los que fui recibida con burlas, miradas y codazos que harían sentirse vulnerable a cualquier Dios del Olimpo. Sin olvidar los granizados en mi cara. Que de los males siempre es el mejor, por supuesto. El frío de los slushies fue el principio de mi perfecta y cuidada piel, aunque no dejaba de ser desagradable. Y también bastante jodido. Pasé prácticamente toda mi adolescencia fingiendo ignorar las envidias, los cotilleos y los insultos hacia mi persona por ser mejor que ellos. Por sentirme especial en un mundo en el que pocos, muy pocos luchan por sus sueños. Yo sí. Luché con todas mis fuerzas por alcanzar mis objetivos, y el primero de ellos me hizo lograr el respeto de todos aquellos que un día se reían de mí. Mis compañeros del Glee Club y yo, por supuesto, logramos poner el nombre del William McKinley High en lo más alto del campeonato nacional de coros. Y aún recuerdo cómo nos aplaudían cuando regresamos con el trofeo. Como nos vitoreaban e incluso nos pedían autógrafos. Varios años después, yo misma me encargué de guiar a un nuevo grupo hacia la cúspide, y ganamos nuestro segundo campeonato gracias a mi entrega, y a mi capacidad de liderazgo. Pero esa admiración que parecían profesarme los alumnos, no se veía reflejada en ella. En Sue.

Esa misma arpía que me había recibido en su despacho, y que un día llegó a aplaudirme, se había convertido con el paso de los años en mi mayor pesadilla. Nunca, jamás me perdonó que después de toda una adolescencia sumisa ante sus hirientes comentarios, tuviese el valor de enfrentarme a ella y echarla a patadas de mi propio hogar en Nueva York el mismísimo día en el que debuté en Broadway. Desde ese mismo instante, Sue Sylvester se convirtió en mi Voldemort. En mi Loki. Mi Joker.

Sabía lo que me esperaba cuando acepté el reto que Santana me propuso para regresar, y hacerme cargo del coro, como último recurso antes de pedir ayuda profesional, y salvar mi alma de una depresión más que probable. Tener que encontrarme cara a cara con ella en su territorio era sin duda uno de los peores tragos que tenía que soportar. Pero no el peor.

Muchas veces he oído hablar a gente de minutos, de segundos que dicen que cambian tu vida para siempre. Yo nunca he sido consciente de esos momentos en los que tu mundo adquiere otro rumbo, pero estoy convencida de que aquel día en el que ganamos el concurso de coros fue uno de ellos. Desde entonces, cada vez que regreso al instituto veo sus miradas repletas de admiración. Estudiantes que ven en mí uno de los pocos ejemplos de superación por lograr alcanzar un sueño. Soy como un escaparate para ellos. La chica que no era nadie, y gracias a su talento logró salir de aquella ciudad para convertirse en una estrella y triunfar. Así me veían, y así es como yo quería que me mirasen. Sin embargo, y a pesar que con los años esa admiración que veía reflejada en sus adolescentes rostros aumentaba, yo seguía teniendo ese resquemor, ese miedo, esa inseguridad absurda que me hacía esbozar mi sonrisa más falsa, y alzar la cabeza con un orgullo fingido. Esperando que en cualquier instante la capitana del equipo de las animadoras, apareciera con un Slushie de uva para bañar mi cara. Dicen que el cerebro es sabio y aparta de tus recuerdos las peores experiencias para evitar traumas. El mío es idiota obviamente, y seguía recordándome una y otra vez que en aquel lugar el peligro acechaba tras cada esquina, tras cada taquilla o en alguno de sus despachos. Evitar reflejar ese terror con mi gesto de soberbia y mi sonrisa triunfante, era lo único que me podía salvar de ello.

Solo deseaba que aquel despacho al que me dirigía no estuviese lleno de ratas con caretas de mi cara. Complicado sí, pero no me sorprendería en absoluto encontrarme con una broma de mal gusto como esa, después de cómo me había tratado Sue. Sin embargo, y para mi sorpresa, no fue algo desagradable lo que me recibió cuando llegué a él.

Bienvenida, decía la pequeña tarjeta sobre la mesa junto a una rosa azul. Azul intenso, tanto que llegué creer que era de mentira. No lo era. Olía tan bien y era tan bonita que estuve varios minutos mirándola completamente embobada, y llenándome de su fragancia. Olvidándome que había dejado la puerta abierta tras de mí y sin percatarme de su presencia. Solo su voz logró hacerme reaccionar. Su voz imitando a la perfección a Clarke Gable con una de las frases más memorables de Rhett Butler en Lo que el viento se llevó.

—Y ahora que eres tan rica, puedes mandar a todo el mundo al diablo como siempre has dicho que querías hacer—. No pude evitar sonreír aún más. Puede que no fuésemos los mejores amigos, pero Sam siempre supo cómo hacerme sentir cómoda a su lado. Y después de mi encuentro con la directora bruja, nada mejor que verlo a él.

—Ojalá fuera Scarlet O´hara. Te aseguro que no quedarían muchos a mi lado —repliqué sin poder contener el abrazo—. Me alegra volver a verte, Sam.

—Yo también me alegro de verte por aquí. No te esperaba hasta mañana, pero la directora Sue me dijo que habías llegado.

—Mañana es mi primer día oficial, pero me ha hecho venir para firmar una carta. Me han dicho que New Directions necesita alguien que los lleve por el buen camino —respondí permitiendo que se deshiciera de mis brazos—. Por cierto, gracias por ofrecerme tu despacho.

—No tienes que darme las gracias por nada. Lo que me fastidia es que no haya sido la directora quien te haya ofrecido uno en exclusiva para ti —dijo sentándose sobre la mesa.

—Lo que a mí me extraña es que no me haya recibido con un Slushie —bromeé logrando su sonrisa—. Supongo que nuestra convivencia en éstas tres semanas es por puro beneficio, así que pocas facilidades nos vamos a dar. Cuánto menos nos veamos, mejor para nosotras.

—Tristemente, parece que sí. Solo te quiere por su beneficio personal. Es algo que sigo sin comprender —me miró con ese gesto inocente que tan bien seguía acuñando en su rostro. Ni las barbas de varios días, ni esa marcada rudeza de su cuerpo bien trabajo y el paso de los años, lograban eliminar de sus ojos ese brillo de inocencia que siempre le caracterizó. Sam fue un buen chico, y se convirtió en un buen hombre. Por eso estaba allí recibiéndome. Por eso me había ofrecido su propio espacio de trabajo donde poder refugiarme. Porque sabía que mi enemiga más acérrima del instituto no iba a dejar pasar la oportunidad de incomodarme cuanto quisiera, y aquel sitio era el único al que no podía acceder sin mi consentimiento.

—¿Qué no comprendes? ¿Qué quiera utilizarme para recibir los halagos de los demás?

—No. Lo que no comprendo es que haces aquí. No tienes necesidad ni obligación de estar aquí. Tienes una vida completa, trabajas en lo que te gusta y haces lo que quieres cuando quieres. ¿Por qué vuelves? ¿Por qué le das la satisfacción de que lance sus hirientes críticas sobre ti? Sabes que te hará la vida imposible y luego se llevará la fama.

Eso mismo me pregunté yo miles de veces, y siempre terminaba llegando a la misma conclusión. Pero Sam no tenía por qué saber mi verdad. De hecho, estaba convencida que jamás lo llegaría a entender. Y mucho menos a compartir. Lo último que necesitaba era tener que justificar mi decisión continuamente durante aquellas semanas en las que tendría ocasión de verlo casi a diario.

—Sabes que me gusta ganar, y si consigo que esos chicos logren el campeonato, seremos los únicos con tres trofeos. Creo que merece la pena, ¿no? —respondí haciendo uso de mi perfecta y estudiada excusa.

—¿Para qué necesitas ganar tú un concurso de coros a estas alturas? Mírate, eres Rachel Berry. Eres protagonista de tu propia serie, y me consta que las audiencias son inmejorables. Has actuado en Broadway, vives en Los Ángeles, tienes amigos famosos… ¿Por qué querría alguien como tú pasar tres semanas en este lugar para lograr un trofeo?

Por orgullo, quise decir. Por acabar de una vez por todas con la inseguridad que tanto me estaba martirizando en aquellos años. Por volver a recuperar esa ilusión, esas ganas de comerme el mundo que sentí cuando gané por primera vez las Nacionales. Eso era lo que me movía. Esa era mi excusa. Volver a reencontrarme conmigo misma después de 10 años. Volver a sentir esa fuerza que me hacía querer continuar, y no abandonar lo que había logrado.

Sí, tal vez mi interés tenía tintes de necesitar ayuda profesional para resolverlo, pero yo no estaba en disposición de confesar cual era mi situación personal y mental en aquel instante. Solo Santana era consciente de mi situación, y ella al igual que yo, estaba convencida de que ganando de nuevo las Nacionales, y entrando en el salón de la fama de personajes importantes del instituto, lograría devolverme la ilusión por algo más que no fuese llegar a casa, meterme en la cama y llorar. Algo que había estado haciendo durante mucho tiempo. Demasiado. El suficiente como para haber perdido la cordura.

—Quiero que ellos tengan la misma sensación que yo —respondí tras percibir como empezaba a impacientarse por mi respuesta—. ¿No recuerdas lo que sentimos cuando ganamos?

—Claro que lo recuerdo, pero las cosas ahora son diferentes, Rachel. Los chicos que forman el coro no tienen nada que ver con lo que éramos nosotros. Se ha convertido en una especie de club semi profesional de patanes que creen ser los mejores, y te aseguro que no lo son ni por asomo. A esos chicos les viene mejor una cura de humildad, en vez de los aplausos que se van a llevar si ganan.

—Está en mis manos el conseguir que en éstas tres semanas entiendan que la humildad es importante.

—Mucha fe. El profesor que los guía ahora mismo no está pasando por un buen momento por culpa de ellos.

—Siempre la he tenido, y sé a lo que me enfrento. No me voy a rendir fácilmente. Me gustan los retos.

—Ya veo…—me sonrió sin perder la inocencia. Obviamente no tenía ni idea de cómo era mi vida personal, de que el motivo que me había llevado hasta allí de nuevo era precisamente porque empezaba a rendirme— De todos modos, quiero que sepas que me alegra tenerte por aquí.

—Y yo me alegro muchísimo de saber que estás cerca. Aunque eso de ocupar tu despacho…

—Tranquila —me dijo aun sonriente—. Apenas lo piso. Yo prefiero estar en el campo de futbol con los chicos, y las lecciones de entrenamientos las doy en el vestuario. Si tengo este despacho es casi por obligación. Tú estarás mejor aquí, además…Nadie podrá molestarte. Solo yo puedo entrar en él.

—No importa. Es tuyo, te pertenece por ser el entrenador, y yo solo soy una inquilina. Te prometo que lo dejaré tal y como está.

—Si insistes…Por mí podrías destrozarlo si te apetece.

—No, jamás haría algo así, mucho menos después de encontrarme con algo tan hermoso como eso —señalé directamente hacia la rosa que volví a dejar sobre la mesa.

—Es original —musitó él desviando la mirada hacia la misma y yo sonreí.

—Gracias.

—¿Por qué? —volvió a mirarme.

—Por la bienvenida. Por tu despacho…Y por la flor, por supuesto. Jamás me habían regalado una rosa azul. ¿Tiene algún significado?

—La bienvenida y el despacho es mi modo de hacerte recordar que estás en tu casa. La rosa no es mía.

—Ya…Claro.

—No. De veras Rachel, no es mía.

—¿Ah no? ¿Entonces de quién es? —repliqué creyendo que mentía— ¿De Sue? —bromeé, pero ciertamente parecía estar equivocada. Sam rio ante mi ocurrencia, pero no cedió en ningún momento para darme la razón.

—No lo sé. Solo sé que mía no es. Si quisiera regalarte una flor lo haría en mano.

—Entonces... ¿No me acabas de decir que aquí solo puedes entrar tú? ¿Por qué estaba aquí cuando llegué?

—Que no te la haya regalado yo no significa que no la haya traído —sonrió divertido.

—¿Eres el mensajero?

—Soy parte del envío —volvió a reír.

—Ok. ¿Y de parte de quien viene esta preciosa y especial rosa?

—Pues…Ni idea.

—¿Cómo? Me acabas de decir que eres parte del envío.

—Así es. Yo recibí al chico que la traía para entregártela. No estabas aquí aún, así que decidí aceptarla y dejártela ahí.

—¿Hablas en serio?

—Pues sí. No tengo ni idea de quién te la envía. Supuse que en la nota lo pondría.

—Ahí solo pone bienvenida. ¿Quién más aparte de ti sabe que vendría?

—No lo sé, Rachel. De todos modos, no le des muchas vueltas. Quien quiera que te haya enviado la flor parece que solo pretendía darte la bienvenida. Y lo ha conseguido. ¿No?

—Eh…Pues sí, supongo.

—Perfecto entonces. El día ha empezado bien para mí.

—No tanto para mí, pero sin duda ha mejorado al verte. Te ha crecido mucho el pelo desde la última vez que nos vimos.

—¿Debería cortármelo? Dicen que me parezco a Brad Pitt con el pelo así. ¿Tú qué opinas? Me han dicho que le conoces…

—Digamos que le he visto de cerca —repliqué siguiendo su agradable y divertida conversación—. Y créeme, nada que ver con el señor Pitt. Tú eres más guapo.

—Lo intuía —bromeó sin dejar de sonreír—. Recuérdame que te pague por los halagos antes de que te marches. Sue siempre me tuvo confuso al llamarme Samgelina Jolie.

—Sue no tiene idea de nada. Y sí, podrías pagarme ya —alargué la broma—. Me tengo que marchar en breve. Solo he venido por la cita de Sue, y aún tengo que acomodar mis cosas en casa.

—¿Te quedas con tu padre?

—Sí, así es. Ya que voy estar unas semanas, prefiero acompañarle y pasar tiempo con él.

—¿Cómo está?

—Bien. Muy bien —respondí sin ser sincera por completo.

—Me alegro. Seguro que vais a disfrutar mucho de estas semanas —respondió justo cuando el sonido de la alarma nos interrumpía, avisándonos que las clases estaban a punto de empezar—. Vaya, me temo que voy a ser yo quien se marche antes —añadió comprobando la hora en su reloj.

—A menos que quieras que la ira de Sue caiga sobre ti, si…Deberías empezar tu jornada.

—Lo sé —me sonrió cómplice—. Te veo mañana. ¿Ok?

—Claro. Por aquí estaré.

—Perfecto…Hasta mañana, entonces —se despidió dispuesto a abandonar por completo el despacho. Aunque no lo hizo en ese instante. Sam se detuvo junto a la puerta y me lanzó una mirada delatadora. Tan delatadora que supe lo que quería decirme antes incluso de que hablase—. Rachel… ¿Cómo está ella? —me preguntó y vi como el brillo de sus ojos seguía recordándome al chico enamorado que decidió alejarse de su gran amor, para dejarla triunfar.

—Está bien, Sam. Y aunque proyecte esa imagen de diva, de super estrella…Te aseguro que siempre te tiene en su corazón, y en su mente. Sigue siendo nuestra Mercedes —apuntillé logrando que su mirada se desviase tímidamente hacia el suelo, y un pequeño suspiro se escapase de sus labios.

—Gracias —susurró y yo me limité a sonreírle, y permitir que se marchase para que pudiese empezar el entrenamiento con sus chicos.

Confieso que siempre tuve grandes expectativas para él. Tenía talento, tenía capacidad para lograr sus objetivos y era un buen chico. Y tal vez eso, el ser una buena persona con un gran corazón, fue lo que hizo que decidiera apartarse del mundo de las pasarelas y la publicidad, para entregarse en cuerpo y alma a otra de sus grandes pasiones. Con 26 años era el entrenador del equipo de futbol del instituto por méritos propios. Había hecho algunas campañas de publicidad que a punto estuvieron de meterlo de lleno en el mundo de la moda, pero él prefirió regresar a su casa. Prefirió estar con los suyos en una ciudad pequeña como Lima, antes que vivir rodeado de rascacielos y viajando por el mundo. Sam era un chico humilde, y no me cabía duda de que siempre lo sería.

Me alegró muchísimo saber que iba a poder contar con su presencia en aquellos días. Apenas nos habíamos visto desde que ambos abandonamos Nueva York, y la más reciente fue unos meses atrás, por la celebración del cumpleaños de Mercedes. Allí estaba sola. Volvía a estar sola en un lugar repleto de gente, y saber que él estaba allí era un buen aliciente para no rendirme ante el primer tropezón.

Sue era una piedra complicada de sortear, pero no podría conmigo. De eso estaba tan segura como que la rosa que ya portaba entre mis manos era azul. Evidentemente no la iba a dejar en el despacho. En mi habitación iba a estar mucho mejor, sin duda. A pesar de desconocer por completo quien había tenido el detalle de darme aquella original y especial bienvenida a mi mundo.

Abandoné el despacho sin perder más tiempo, dispuesta a salir del instituto antes de que la mala fortuna me hiciera encontrarme otra vez con la bruja, y volver a disfrutar de la libertad que me otorgaba el poder conducir yo misma por la ciudad.

Ni en Nueva York, y mucho menos en Los Ángeles, tenía oportunidad de hacer tal cosa. Y no por falta de tiempo o ganas, sino por el miedo que me provocaba sentarme frente al volante en aquellas colapsadas calles, donde las bocinas, los gritos de algunos conductores y la velocidad de otros muchos, te hacían propensa a sufrir fallos cardíacos. Siempre y cuando sobrevivieses a algún accidente, por supuesto.

Allí no. En Lima tomar el mando del viejo Hyundai de mi padre era un auténtico lujo. Un placer que muy pocos disfrutarían como yo lo hacía en aquella mañana. Hasta que mi cerebro volvió a jugarme una de las suyas. Mis miedos, mi inseguridad y las ganas de llorar aparecieron en mí. Y esa vez no por la complicada situación en la que me hallaba mentalmente, sino por las inoportunas visiones que, lejos de atormentarme en algunas noches, comenzaron a llegar a plena luz del día.

El ámbar del semáforo me obligó a detenerme cuando apenas llevaba recorrido un par de manzanas desde el instituto. No supe por qué, tal vez por lo original que me resultaba su color, pero me fijé detenidamente en la rosa azul que reposaba sobre el asiento del copiloto. Y al volver la vista a la carretera para cerciorarme que el semáforo ya estaba en rojo, la vi pasar.

A mi lado, justo en el carril izquierdo y sin que apenas me diese tiempo a reaccionar. Habría jurado que era verdad, que era ella quien conducía su escarabajo rojo. Y podría jurarlo porque vi su cara. Vi su rostro serio a través de la luna delantera, y como ignoraba por completo que yo estaba allí, detenida en el carril opuesto. Habría jurado que era ella porque incluso vi su matrícula a través del espejo retrovisor de mi coche, y yo jamás había olvidado su coche. Lo habría jurado si no fuera porque ella no debía estar allí. Porque Quinn, la mismísima Quinn Fabray que me hacía llorar con solo mencionar su nombre desde hacía un año y varios meses, vivía su apacible vida en su perfecta New Haven. A más de 1000 kilómetros de distancia. A 396 días de mí.