Trigésimo noveno.
—Brian no puedes hacerle eso, ha sido un accidente. Ella, ella...
—Basta Rachel —me apartó de su lado—. No voy a permitir que esto quede así.
—Pero, no ha sido intencionado —espeté—, siento que haya sucedido todo esto, pero Quinn no es así. Ella, ella solo pensó que… Y quería…
—Rachel —me interrumpió—, me importa una mierda lo que esa lunática diga, me ha tirado por unas escaleras. Todo el jodido restaurante lo ha visto, ha podido matarme, y lo habría hecho si no llega a ser porque he podido reaccionar y me he protegido.
—Pero estás bien.
—Que se joda.
—Por favor, Brian —volví a insistirle, esta vez tomándolo del brazo y atrayéndolo hacia mí—. No me hagas esto. Si no lo haces por ella, hazlo por mí. Me lo debes.
No sabía si lo podría convencer o no, pero sus intenciones eran tan claras que supe que poco o nada podría hacer para evitar que la detención de Quinn se llevase a cabo.
Ni siquiera tuvo un pequeño rasguño después de la casi caída, pero Brian estaba decidido a pedirle a los chicos de seguridad del Hotel Marquis que llamasen a la policía. Los responsables del restaurante no permitieron que Quinn lograse escapar de aquella situación como ambas habríamos querido, aunque lo cierto es que aquello le desconcertó tanto que ni siquiera lograba reaccionar a lo sucedido. Terminó en una pequeña habitación de la guarida de seguridad, donde Santana y Brittany trataban de calmarla.
Todo el mundo había visto la reacción de Quinn, y como uno de sus empujones fue el culpable de que Brian perdiese el equilibrio. Una acción fortuita que, evidentemente, Quinn no quería que llegase a suceder. Aunque el estado de ansiedad en el que se encontraba y el shock que le produjo, ni siquiera la dejó excusarse.
Aún seguía preguntándome por qué diablos tenía que aparecer en un momento así. Por qué Santana, Brittany y ella estaban en el mismo restaurante que yo, uno de los más caros y en el que tienes que reservar mesa con antelación. Aún me preguntaba qué diablos había hecho yo para que mi vida se volviese una completa locura. Y todas aquellas preguntas, me regalaban respuestas que solo me llevaban a pensar en ella, en Quinn. Tal vez si no hubiese existido en mi vida, no sabría lo que era el amor, pero tampoco habría conocido el sufrimiento de aquella forma. Y sería una chica normal, con una vida tranquila que seguía luchando por sus sueños.
—No voy a permitir que esa niñata se vaya sin más —sentenció y yo, como si hubiese escuchado mi propia condena a una cadena perpetua, me derrumbé. Me derrumbé y dejé que toda la angustia vivida en aquellos momentos saliera de mí convertida en maldiciones, y lamentos que ni siquiera podía controlar. Había llegado a mi límite sin duda, y Brian era testigo de ello, aunque él ni siquiera conocía la historia—. ¿Qué hubiera pasado si me hago daño? —murmuró— ¿Qué pasa si en vez de lograr sujetarme a la baranda, hubiese caído hasta abajo? ¿Qué habría pasado si me lesiono de forma más grave?
—Ha sido un accidente, está arrepentida, y yo también —balbuceé tratando de no pensar en ello.
—Tú no has hecho nada. Es esa zorra…
—No, no —lo detuve —, ella es importante para mí, Brian. Ella no, ella solo creía que me estabas haciendo daño. Quería protegerme —traté de defenderla, aunque lo cierto es que deseaba con todas mis fuerzas plantarme frente a ella y gritarle que la odiaba. Que no quería que siguiese destrozando mi vida, que se marchase y me dejase en paz para siempre.
—¿Protegerte? ¿De qué? ¿Qué mierda le has contado para que quiera protegerte de mí?
—No le he contado nada —me mostré seria—, pero ella cree que tú —susurré—, cuando, cuando nos pasó lo que nos pasó en tu despacho… Yo, yo…
—¿Tú qué? Un momento. ¿Le has dicho que yo te he forzado? Te recuerdo que eso no sucedió. No te puse un dedo encima.
—No, no, no le he dicho nada, pero estaba mal, y su hermana me vio y pensó que me había pasado algo. Y luego ella se enteró y…
—¿Su hermana? ¿De qué diablos me estás hablando, Rachel? ¿Quiénes son? ¿Le has ido contando a todo el mundo que yo te he…?
—Ella, ella es… —balbuceé al tiempo que notaba como mi pelo se enredaba más y más entre mis manos por culpa de los nervios, y una extraña manía que me había entrado por tocarlo.
—¿Quién es?
—Mi, mi, princesa —susurré sin creer que había sido capaz de decir algo así. Podría haber dicho mi amiga, mi enemiga, mi chica, la chica de la que estaba enamorada, un viejo amor, el amor de mi vida, la amiga de mi amiga, la hermana de la amiga de mi amiga, la chica de la floristería, la chica de la sonrisa encantadora, la de los ojos impresionantes, la chica de Brighton, pero no. No tuve reacción para mencionarla de cualquiera de aquellas maneras y solo pude hacer referencia a ella de aquella forma, convirtiéndome en la más patética y cursi de los 8 millones de habitantes de la ciudad de los rascacielos.
—¿Qué?
—Es mi chica —confesé aún sin saber por qué. Después de lo que él me dijo en el restaurante estaba claro que aquello no le iba a gustar en absoluto, y probablemente empeoraría las cosas. Sin embargo, lo dije. Y además traté de explicárselo.
—¿Qué?
—No estamos juntas. ¿Ok? Es una larga historia. Pero, pero yo estoy enamorada de ella, y no puedo evitarlo. Y aunque aparezca de repente y me joda la vida, yo no puedo evitar quererla. Y sé que lo hizo por cuidarme, pero no quería…
—¿Eres lesbiana? —me interrumpió con el semblante aún más serio, tanto que incluso mi tartamudeo cesó un poco.
—No, no creo que eso sea algo importante en todo esto —respondí confusa y un poco ofendida por su actitud—. Estoy enamorada de ella,
—¿Y por qué no estás con ella? ¿Tratabas de darle celos conmigo? ¿Es por eso por lo que has aceptado la cena?
—No, no, claro que no. Jamás haría algo así. Acepté la cena porque estaba en deuda contigo, porque quería arreglar lo que pasó y que todo volviera a la normalidad. Yo, yo ni siquiera sabía que ella estaba aquí. Estábamos alejadas. Se supone que ella debía estar en Inglaterra. No tengo ni idea de qué hacía en el restaurante, te lo juro. Todo, todo se me va de las manos.
—Rachel —me interrumpió—, no entiendo absolutamente nada, pero lo siento. Yo debo hacer lo que tengo que hacer.
—No, no por favor. No permitas que llamen a la policía.
Ni siquiera me respondió. Vi como su mandíbula se tensaba y me regalaba una última mirada de desagrado que me fulminó, antes de adentrarse en otra habitación donde el jefe de seguridad lo estaba esperando.
Tardé varios minutos en decidir qué hacer, hasta que de nuevo la rabia regresaba a mí y lograba que la incertidumbre y la pena desapareciera casi por completo.
Entonces, solo entonces, tomé la decisión de meterme en la sala donde estaba Quinn y averiguar que estaba sucediendo en su interior. Y lo cierto es que jamás creí que pudiese sentirme así al ver lo que vi.
Si digo que tenía ganas de acabar con todo y perderme para siempre, no mentía. Descubrir a Santana conversando con Brittany como si aquello fuera la sala de espera del dentista me puso más rabiosa aún. Ellas habían sido las culpables de todo aquello. Sobre todo, Santana, que sabía perfectamente que yo iba a estar en aquel restaurante, y una vez más me ocultó lo que pretendía al no decirme lo que yo debía saber; Que Quinn estaba en la ciudad, y no de viaje como me dijo Emma. Sin embargo, no fueron ellas quienes se llevaron mis primeras palabras. Fue Quinn.
No sé. No sé qué me pasó, ni por qué me sentí así al verla. Jamás en mi vida había tenido tal confusión de sentimientos. Jamás había tenido tantas ganas de golpear a alguien, y al mismo tiempo querer besarla, abrazarla y desear que todo hubiese sido una estúpida pesadilla.
Quinn me miró desde un pequeño sofá en el que permanecía sentada mientras un hombre, sentado junto a una mesa de escritorio, parecía prestar más atención al sudoku del New York Times que a nuestra presencia.
Las ojeras que rodeaban sus ojos a punto estuvieron de derrumbarme por segunda vez aquella noche, pero ver donde estábamos me hizo recordar la estupidez que había cometido con Brian, y el daño que pudo haberle hecho. Algo que no entraba en mi manera de ver la vida. Algo que no formaba parte de mi pacifica consciencia.
—¿Cómo está? Dime que está bien, por favor.
Fueron sus primeras palabras hacia a mí, después de varios segundos de una mirada llena de desconsuelo, de pena y culpabilidad.
—¿Qué has hecho Quinn? —la cuestioné— ¿En qué mierda estabas pensando? —alcé la voz y el hombre del sudoku me invitó a bajar el volumen— ¿Qué pretendías?
—Me asusté, creí que te estaba haciendo daño —se levantó hasta quedar frente a mí —. Yo no quería hacerle daño. ¡Por amor de dios! Solo quería apartarlo de ti. Creí que te estaba forzando de nuevo.
—¿En mitad de un restaurante? ¿Con decenas de personas presentes? —la interrumpí tras notar como tanto Brittany y Santana me miraron desconcertadas. Ellas desconocían ese pequeño detalle de mi vida, al menos Santana— Estábamos hablando, nada más.
—Te estaba obligando a hablar, te tenía acorralada y tú no parabas de mirar a todos lados. Estabas pálida, descompuesta. ¿Qué quieres que piense?
—¿Qué estaba en enferma, tal vez? —le repliqué—. Además, aun así. ¿Quién te da permiso para que actúes así? ¿Quién eres tú para decidir lo que yo quiero o dejo de querer?
—Que no quieras saber nada de mí no significa que yo tenga que ignorar tu existencia —espetó tensando la mandíbula—. ¿Crees que me iba a quedar de brazos cruzados viendo algo así? ¿Lo habrías hecho tú?
Cazada.
No había otra palabra que pudiese describir mi estado después de aquella pregunta de Quinn. Me había empeñado en reprocharle su actitud, y no me había puesto en su lugar. No había pensado que yo en su situación tal vez habría actuado de la misma forma, aunque evidentemente mi fuerza no habría podido mover un solo pelo de Brian. De hecho, es más que probable que me hubiese hecho daño yo misma intentándolo. Pero ese no era el punto. El matiz era que yo también habría enloquecido si hubiese visto a alguien intentando forzarla, aunque no estuviese sucediendo de verdad. Sin embargo, confesarlo solo lograría darle la razón, y provocar que el conflicto siguiese aumentando, cuando lo único que yo quería era acabar de una vez con aquella locura.
—¿Por qué has vuelto, Quinn? ¿Por qué no dejas de joderme la vida?
—No he vuelto por ti —respondió con la misma dureza—, y no, no fui a buscarte. De hecho, ha sido la estúpida de tu amiga quien ha vuelto a jugármela —apuntilló lanzando una desafiante mirada hacia Santana—. Ha sido ella quien me llevó a ese restaurante para hablar conmigo y pedirme perdón por todo lo que nos hizo. Han sido ella y Brittany.
—Hey, nosotras solo queríamos que arreglaseis las cosas.
—¡Cállate! —gritamos Quinn y yo al unísono, y Santana volvió a guardar silencio.
—Ya, entiendo —murmuré regresando a mi conversación con Quinn—. Pues entonces cuando salgas de ésta, si es que sales, sigue con tu camino y no te acerques al mío. ¿Ok?
—Tranquila —me interrumpió con algo de soberbia. Con aquella misma actitud que tenía frente a mí cuando nos conocimos y todo era sarcasmo e indirectas—. Ya me demostraste que no quieres saber nada de mí, y he venido respetándolo todo este tiempo. Ya sé que ni siquiera te importa Emma, ni Bleu y mucho menos yo.
—No, no —la detuve—, ni se te ocurra hacerte la mártir. Eres tú la que no ha querido saber nada de mí. Eres tú la que se ha portado mal. Te dije que si me necesitabas me llamases y no lo has hecho, porque no puedes tragarte tu orgullo, porque eres…
—¿Una estúpida nota? —masculló— ¿De verdad piensas que voy a estar pensando en una estúpida nota cuando ni siquiera me dio tiempo a recoger mis cosas? Un mes, Rachel, he estado un mes volviéndome loca y tú…
—¿Y yo qué? —me encaré a ella.
—Hey, hey —fue el hombre del sudoku el que se interpuso entre nosotras y me apartó de Quinn—. Vamos, fuera de aquí. No voy a consentir más peleas.
—Vamos. ¿Yo qué? —insistí ignorando al hombre— ¿Cuántos mensajes has borrado, Quinn? —le dije retrocediendo y sintiendo como de nuevo las lágrimas empezaban a apoderarse de mí— ¿Cuántas llamadas tienes en tu teléfono? ¿Cómo te atreves a decir que no me he preocupado por ti?
—¿De qué hablas? —dijo ella cambiando radicalmente su gesto.
—Se acabó —sentenció el tipo obligándome a que abandonara la sala—. Vete de aquí, ¡ya!
—Rachel espera, ¿de qué hablas? —trató de acercarse a la puerta, pero aquel guarda o lo que fuera la cerró justo en ese instante y no volví a verla— ¿¡Rachel!? —la escuché gritar y a continuación una voz le recriminó que lo hiciera.
Lo cierto es que me desconcertó aquella última insistencia de Quinn por explicarle lo de los mensajes, pero la rabia me hizo querer salir de allí lo antes posible y dejar que ella misma buscase la forma de no terminar en comisaría. Pero no me lo iban a poner tan sencillo. Menos aún si Santana estaba metida de lleno.
Apenas recorrí un par de metros de aquel pasillo cuando escuché como la puerta se abría tras de mí y aparecía ella. Lo estaba deseando. Tenía que descargar mi rabia con alguien, y ella iba a ser mi objetivo, sin dudas. Lo que no esperaba es que ella viniese con una ofensiva aún más potente que la mía.
Ni siquiera me dejó intentarlo.
—¿Qué mierda te ha hecho el imbécil ese? —me cuestionó sin apenas darme tiempo a reaccionar, y yo olvidé lo que supuestamente iba a reprocharle.
—¿Qué? ¿Vienes a gritarme?
—Rachel, no me voy a andar con tonterías. ¿Qué mierda te ha hecho Brian y por qué Quinn dice que creía que te estaba forzando, otra vez?
—No me ha hecho nada.
—Joder, joder —se revolvió visiblemente furiosa—Rachel, te lo voy a volver a preguntar. ¿El cabrón ese te ha tocado un solo pelo sin tu consentimiento?
Fue tan detallada en la pregunta que no pude evitar temblar.
—Eso es un sí —susurró acercándose—. Ese cabrón ha intentado algo y ahora está ahí haciéndose el mártir.
—No —la interrumpí—. No me ha hecho nada, solo tuvimos una confusión.
—¿Una confusión? ¿Ahora lo llaman así?
—No, basta. ¿Ok? Brian me pidió que… ya sabes, que tuviésemos sexo, que nos divirtiéramos y yo lo rechacé, pero no me obligó a nada. De hecho, no volvió a cuestionarme sobre eso.
—¿Y por qué dice eso Quinn? ¿Por qué mierda piensa que ha intentado algo a la fuerza?
—Porque Emma me vio llorando y pensó que realmente había pasado algo, y entonces se lo dijo a ella y… Y Quinn no me creyó. Como siempre, no me creyó.
—Espera, espera, espera —me detuvo alzando las manos—. ¿Todo el mundo sabía eso menos yo? ¿Qué mierda te pasa?
—No sabes nada porque no hay nada que saber —volví a recuperar la firmeza. Santana había empezado tenerme bajo su control con aquel tema, y debía ser al contrario. Era yo quien estaba furiosa por lo que había sucedido en el restaurante, y no ella—. Además, ese no es el tema. Mira lo que has provocado.
—¿Yo?
—Sí tú. ¡Todo esto es tu culpa! —le escupí— ¿Cuándo vas a dejar de joderme? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Brian podría haber sufrido algo más grave. ¿En qué mierda estabas pensando?
—¿Yo? ¿Mi culpa?
—Tú culpa.
—Ha sido Quinn la que lo ha empujado, pero… ¿Sabes qué? Ahora que lo pienso, ojalá se hubiese partido la cabeza.
—Basta, basta Santana. Estoy cansada, todo estaba bien hasta que la has traído hasta aquí. ¿Qué pretendías? ¿Qué me viese con Brian y así tener el camino libre con ella? ¿Es eso?
—Rachel, te estás equivocando —me interrumpió.
—Oh claro, tal vez querías asegurarte que no iba a salir corriendo detrás de ella después decirte que todo había acabado. ¿Verdad?
—Rachel, deja de pensar que todo el mundo confabula en tu contra. Yo solo quería arreglar las cosas.
—¿Arreglar las cosas? ¿Y tú qué sabes? —me enfrenté a ella— ¿Qué mierda vas a arreglar si no hay nada que arreglar? Te dije que todo se había acabado. ¿Por qué no me crees?
—¡Escúchame! —se alteró alzando el tono de voz —fue Brittany quien me dijo que Quinn regresaba hoy, y fue ella quien me dijo que tenía que hacer algo porque las dos estáis mal. Mírate, estás, estás jodida desde que pasó todo, Rachel. Y no, no podía verte así.
—Así como.
—Así, sin luchar. Mira, todo esto me ha superado. ¿Vale? Sé que he metido la pata, sé que lo he fastidiado y no hago más que joder las cosas, pero te juro que solo quería hacerte reaccionar. Quería que vieses a Quinn y te dieses cuenta que Brian no es lo que necesitas, ni quieres.
—Te dije que no quería saber nada más de ella.
—Y mentías —se atrevió replicarme—, pero esa no la cuestión. Que sigas mintiéndome acerca de lo que sientes por ella es cosa tuya, pero yo no me sentía bien. Yo, yo solo quería disculparme con Quinn y también que ella te viese con ese estúpido para que reaccionara. Ella tampoco sabía nada.
—¿Y desde cuando estás tan interesada en que lo mío con Quinn se arregle? ¿Ya no me odias? ¿Ya no te parece una estúpida inglesa y yo la peor amiga del mundo? ¿Ahora, así de repente, quieres vernos juntas?
—Rachel —me interrumpió visiblemente afectada—, te quiero, y me he portado mal. Tú estabas sacrificándote por mí y yo estaba ciega, no quería verlo. Y en este tiempo me he dado cuenta que es a ti a quien necesito a mi lado. He sido una idiota ¡Dios, lo siento! ¿Vale? Siento ser una estúpida, pero tienes que creerme. No quería hacerte daño. No otra vez.
—Está diciendo la verdad —añadió Brittany, que en ese instante accedía al pasillo y era testigo de nuestra discusión. Y confieso que me conmovió. Jamás había visto a Santana con aquella pena que ni siquiera la dejaba hablar con claridad. Pero para ese entonces yo ya estaba tratando de seguir mostrándome firme, y hacer que al menos tuviera su merecido con mi desprecio. Un desprecio que pude entregarle de la mejor manera posible, justo cuando mis ojos se desviaron y vieron aparecer a Brian y al jefe de seguridad a su lado, y vi cómo se despedían con un apretón de manos.
Ni lo dudé. Dejé a Santana en mitad del pasillo y caminé detrás de él para cuestionarlo cuando ambos pisamos la calle. Si tenía que recriminarle o gritarle prefería hacerlo fuera, y no volver a provocar otro escándalo en el hotel. Pero la calle tampoco es que fuera la mejor de las opciones para algo así.
—Hey, ¡Brian! —lo detuve, y su mirada hizo lo mismo con mi corazón. Detenerlo.
—No quiero volver a saber nada más de todo esto —me dijo al tiempo que se colocaba el abrigo, sin ni siquiera darme tiempo a cuestionarlo—. No quiero tocar más todo este tema, y te pido que, por favor, le digas a tus amigas que ni se les ocurra molestarme. Tú y yo nos veremos en clases como siempre y punto —dijo con una actitud que yo no supe comprender, y simplemente asentí. Brian había pasado de estar furioso a no querer darle importancia a lo ocurrido, y eso no era normal. Al menos yo no lo comprendía—. Adiós —se despidió sin más. Dejándome completamente confundida y sin tiempo a reaccionar de alguna manera.
—¿Adiós? —balbuceé, pero él ni siquiera me escuchó al descender por las escalinatas y no volver a dirigirme la mirada.
Esperé a verlo desaparecer en el interior de uno de los taxis que acertó a detener y me quedé allí, observando como la ciudad seguía su curso a pesar de la hora.
Era la 1 y media de la madrugada, y en apenas 6 horas debía estar reuniéndome con Rupert Campion. Todo mi futuro dependía de esa reunión y yo estaba allí, en la puerta del gran hotel Marquis, que contaba con uno de los teatros más conocidos de la ciudad y su restaurante más innovador. Soportando unos dos o tres grados bajo cero mientras trataba de entender qué diablos estaba haciendo con mi vida, y por qué ella era tan importante como para retenerme allí, cuando realmente tenía otras cosas más importantes que atender, que una estúpida pelea de celos.
¿Era ese el sencillo y simple paso del que hablaban cuando mencionaban aquel dicho tan tópico que dice que, del amor al odio, solo hay un paso? ¿Podía detestar a una persona de la misma forma que la amaba? ¿Con la misma intensidad y necesidad? ¿Podía huir de alguien y al mismo tiempo, sacrificar mi futuro por asegurarme de que nada le iba a pasar?
Tal vez su reacción fue algo lógica si realmente pensó que Brian me estaba haciendo daño, pero no justificaba su actitud de prepotencia, su testaruda obsesión por no confiar en mi palabra cuando le dije que no había pasado nada entre él y yo. No tenía justificación alguna hacer lo que hizo. No era una película ni una novela escrita. Era mi vida, y las cosas en mi mundo no se arreglan con amenazas, ni con golpes o insultos. En mi mundo todo funciona con una simple y sencilla norma; No hagas lo que no quieres que te hagan. Pero evidentemente, nadie más que yo era capaz de sacrificarse y llevar esa ley de vida.
Traté de alejarme de Quinn porque no quería hacer daño a Santana. Locura.
Traté de alejarme de Santana para evitar que todo se rompiese para siempre entre nosotras. Dolor.
Traté de alejarme de Brian para que nuestro desencuentro acabase allí, en el despacho. Lógica.
Traté de alejarme de Nueva York pensando que tal vez así volvería a encontrar la estabilidad cuando regresase. Anhelo.
Traté de alejarme de mis padres para que ellos no se preocupasen por mí. Mentira.
Traté por todos los medios evitar que el caos lo inundara todo, y sin embargo nada funcionó. Realidad.
Tal vez había llegado el momento de no hacer nada. Dejar que sucediese lo que tuviese que pasar, y ser una simple testigo de cómo mi vida se volvía una completa locura para siempre. Eso siempre y cuando lograse sobrevivir al frío que empezaba a congelarme. Frío que me hizo recapacitar y tomar la decisión de regresar al interior del hotel a seguir alargando mi tortura al poner en juego mi presencia en la reunión con Rupert. Si la pelea iba a terminar en comisaría, ya podría empezar a despedirme de Dorothy y mis sueños. Sin embargo, el karma aquella noche pensó que ya había sido suficiente para una sola persona, y me dio una tregua que yo no esperaba tener. Ni siquiera llegué a cruzar la primera de las puertas del hotel cuando la vi.
—Rachel —Santana me asaltó en el mismísimo hall y por el gesto que mostraba, me relajé casi de forma inmediata—. La van a soltar.
—¿Qué? ¿Estás segura?
—El imbécil ese ha negado que haya sido intencionado. Tal vez se ha dado cuenta de que él también podría tener problemas si todas hablamos de lo que él es capaz de hacer.
—¿Qué? No, no —la interrumpí—. No vuelvas a sacar ese tema. ¿Ok? No quiero ni siquiera que lo menciones a él. ¿Ok? Si ha dicho que todo está bien, pues mejor para Quinn, se ha librado de algo peor.
—Ya, claro, ahora él es una hermanita de la caridad.
—No tengo ganas de seguir discutiendo. Me voy a casa.
—¿Te vas? ¿No vas a esperar a que salga? Está bajando ya...
—Me voy a casa —repetí—. Estoy cansada de todo esto y tengo cosas más importantes que hacer con mi vida que seguir discutiendo por culpa de los celos.
—Pero…
—Nada de peros —volví a notar como la voz me temblaba—. Si de verdad te preocupas por mí, no vuelvas a suponer lo que quiero o no quiero. No vuelvas a meterte en mi vida de esa forma. ¿Ok? No volveré a pedírtelo, ni a ella tampoco —hice referencia a Quinn y ella me entendió. O al menos eso intuí—. Necesito hacer mi vida. Así que, por favor, ya basta.
—Está bien —murmuró asintiendo.
—Ok. Adiós —me despedí sin más, porque no había más que decir.
Brian había sido sensato, o tal vez se habida asustado, y dejó que todo quedase en un pequeño accidente fortuito en el que Quinn no tuvo intención alguna. Y eso era lo que todas habíamos deseado para una situación como aquella.
No había daño físico ni había conflictos penales. Quinn debía estar tranquila por haber conseguido salirse con la suya, pero yo no iba a ser testigo de ello. Porque ni siquiera me apetecía volver a verla aquella noche.
Así que no dudé en abandonar el hotel y seguir los mismos pasos que Brian, deteniendo el primero de los taxis que pude ver para llegar cuanto antes a mi apartamento, a mi cama, y poner fin a toda aquella pesadilla.
Que amaba a Quinn era algo que había descubierto, asimilado y que no podía evitar, pero también sabía que cada vez que ella estaba cerca de mí, a pesar de todo aquel cúmulo de sensaciones, de las mariposas en el estómago, o el temblor de piernas, algo malo sucedía. Y no podía seguir soportándolo. Había llegado la hora de dejar que el tiempo, esta vez sí, pasara entre nosotras.
