Martes, 7:08 p.m.
Hora de Londres
Ed le miró durante largo rato.
—Tú. Fuiste tú todo el tiempo.
—Bueno, uno tiene que ganarse la vida, ya sabes. Y tú has hecho que me la gane bien. —La pistola continuaba apuntando a Ed, pero el bate se agitaba en dirección a Bella—. Tú debes de ser Bella Swan. No cabe duda de que Sean O'Hannon te subestimó más de lo debido.
Clark se puso en pie como pudo.
—James, yo…
El bate impactó contra el rostro de Clark, enviándolo al suelo en un encogido montón. Bella contuvo la respiración hasta que oyó gemir al hombre. No estaba muerto, gracias a Dios. Fijó de nuevo su atención en el atractivo rubio.
—James —repitió en voz alta—. James Witherdale.
—Eres lista. Muy bien. Odiaría pensar que sólo fue la mala suerte lo que hizo que te anticiparas a mí. ¿Por qué no te acercas y me dejas que le eche un vistazo a la putita de Ed?
—No te muevas, Isabella —le ordenó Ed, moviéndose un poco para colocarse entre Witherdale y ella.
—«No te muevas, Isabella» —se burló Witherdale—. Después de que Tanya te llamara y que no le preguntaras nada especial sobre mí, supuse que te dirigirías a ver a Daniel, engreído hijo de puta.
—¿Y ahora, qué? —preguntó Ed con voz amenazadora y dura.
—Bueno, ahora tendré que matarte y hacer que parezca que Daniel y tú acabasteis el uno con el otro.
—No te servirá de nada —interrumpió Bella. El hombre de pie frente a ella había matado a Laurent y a O'Hannon. Y había querido acabar con Milani sin importarle que la bomba alcanzara a otros. No se le ocurría nada para evitar que disparara a Ed… salvo su propia codicia.
—¿Y eso, por qué, señorita Swan?
—El FBI tiene todas las falsificaciones de Palm Beach. Todo lo que te has llevado está caliente, y se te ha terminado el chollo con Milani encerrado en la cárcel, no habrá nada más para ti.
—Milani es un codicioso capullo. No lo necesito.
—Trató de actuar por detrás de ti y vender a la baja la tablilla a Daniel, ¿verdad? —insistió Bella.
—Muy bien —respondió. Clark se movió de nuevo y Witherdale le golpeó en el cráneo—. Abajo, muchacho.
—¿Y qué te hicieron O'Hannon y Laurent?
—Bueno, DaRevin se enfadó porque, por lo visto, erais amigos, y no sabía que había sido a ti a quien contrataron para entrar al mismo tiempo. Eso fue culpa de O'Hannon. Yo me limité a decirle que enviara a algún gorila para que entrara y se llevara las culpas. En cambio, te envió a ti, chica lista, y luego le entró el pánico.
—Estás muy verde en esto de robar, Witherdale —dijo, deslizando los dedos en torno al abrecartas doblado—, robando a un solo tipo, así que te contaré un secreto. Los ladrones formamos una comunidad. O'Hannon era un asqueroso gilipollas, pero todos lo sabíamos. O bien trabajabas con él, o no. No se permiten asesinatos. Lo mismo con Laurent. Has matado a dos de los nuestros. Todos se enterarán. Y alguien se irá de la lengua, sobre todo si alguien infringe el código. Si hay recompensa monetaria de por medio, haremos cola para delatarte.
—Dios santo, estoy temblando. Ed, haz que cierre el pico o lo haré yo.
—Isabella —dijo Ed en voz baja.
Witherdale bajó el bate de criquet para apoyarse en él.
—Sabes, ahora que lo pienso, éste es el único paso que queda. Llevo años robándote tus prestigiosas obras de arte y tú has mostrado falsificaciones a gobernadores, senadores y a jefes de Estado.
—Puedes recibir terapia para tu desorden mental —medió Ed—. Aunque yo mismo puedo descubrir si tienes complejo de Napoleón o sí sólo eres patético y estás celoso.
—Cierra la puta boca —replicó Witherdale—. No he terminado. Te he robado la esposa, lo cual no exigió demasiado esfuerzo por mi parte, he sustituido tus obras de arte con falsificaciones y ni siquiera has notado la diferencia, y ahora, ¡zas!, te mato. Punto final. Yo gano. —rio entre dientes, seguro de sí mismo—. Estuve a punto de conseguirlo la semana pasada. Pensé, ¿por qué no? Ha vuelto pronto a Florida, bien puede hacer un esfuerzo. Lo planeé al milímetro, pero o tu ladrona se movió demasiado rápido, o Matteo fue demasiado lento.
—¿De qué estás…?
—¿Te suena esto familiar? Ring, ring.
Bella vio tensarse los músculos de los hombros de Ed.
—El fax. Fuiste tú quien me despertó aquella noche.
—Buen chico. Estuve cerca de conseguirlo. Muy cerca.
—Pero no fue así.
Witherdale suspiró y sacudió la cabeza.
—Tras tu divorcio, todos los periódicos señalaron lo generoso que fuiste al dejar que tu esposa adúltera y su amante se quedaran con tu casa de Londres. No mencionaron que casi me dejas en la ruina con tu pequeña broma de Nueva York, o que vaciaste tu preciosa mansión, pintaste todas las paredes de rojo y echaste colchones sucios en el suelo.
—¿Hiciste eso? —preguntó Bella, obligándose a reír—. Ya lo pillo; tú te has hecho la cama, ahora duerme en ella.
—Pensé que era muy poético —comentó Ed.
—Precioso.
Witherdale sacudió nuevamente la cabeza.
—Creíste que habías sido tú quien dijera la última palabra, ¿verdad? Te equivocabas. Yo gano. Juego, set y partido. Bueno, ¿alguna pregunta más o seguimos adelante? ¿Cómo de generoso vas a ser esta noche, Ed? ¿Te mato primero a ti o a ella?
—A mí —dijo Ed sin dilación.
—Esperaba que dijeras eso. —Estiró el brazo. A esa distancia, no fallaría.
—Por cierto —interrumpió Bella de nuevo, la desesperación hacía que su voz sonara tensa—, te has percatado de que Clark tiene un sistema de cámaras de vigilancia, ¿no? Llevas en la cámara indiscreta desde que has entrado aquí. —Alzó lentamente la mirada hacia el rincón detrás de él y volvió a bajarla.
Witherdale dudó un instante, y fue todo cuanto Bella necesitó. Isabella salió velozmente de detrás de Ed, y le arrojó el abrecartas doblado. Él se lanzó desde el escritorio sobre Witherdale, y ambos cayeron sobre la silla y de ahí al suelo. La pistola salió volando de la mano de Witherdale, pero éste logró golpear a Ed en la espalda con el bate.
Gruñendo, Witherdale gateó en busca de la pistola mientras Ed se retorcía para agarrarle de la pierna y detenerle. La pistola se deslizó bajo un aparador, y Bella fue a por ella. Witherdale la agarró y ella le propinó un fuerte codazo en la cara.
—¡Bella, retrocede! —vociferó Ed, arreglándoselas para ponerse de rodillas y darle un fuerte puñetazo a Witherdale en los riñones.
Witherdale se retorció como una serpiente, y consiguió golpear con el bate en la cara a Ed. La sangre manó de su labio y también de la nariz, y se tambaleó hacia atrás. Su atacante saltó sobre él, y alzó de nuevo el bate.
Bella se le subió a la espalda.
—¡No! —gritó, con una mano en el bate y la otra alrededor del cuello de Witherdale. Tiró hacia atrás con tanta fuerza como pudo y el hombre perdió el equilibrio, y se cayó pesadamente al suelo encima de ella.
El aire se escapó de sus pulmones debido al impacto. Resollando, Bella le apretó del cuello. Un codo impactó contra su caja torácica con la fuerza suficiente como para hacer que se le pusieran los ojos en blanco. Aflojó el brazo y él se encaramó sobre ella a cuatro patas, agarrándola del pelo y golpeándole la cabeza contra el suelo.
Un dolor punzante atravesó su cabeza, palpitando y retumbando y haciendo que los sonidos parecieran huecos y distantes. Trató de dar patadas, pero él le inmovilizó las piernas con las rodillas. Le había agarrado la mano derecha y se la sujetaba por encima de la cabeza mientras la golpeaba sin piedad, pero tenía la izquierda libre. Buscó el bate de criquet con la vista algo nublada.
Éste se le escapó, y luego el peso del hombre desapareció de encima de ella. Con la vista descentrada divisó fugazmente a Ed que sostenía el bate como un auténtico profesional, lo levantó y golpeó a Witherdale con todas sus fuerzas en la cabeza, y luego escuchó el sonido de un cuerpo al caer. Entonces todo se volvió negro.
Ed dejó caer el bate. Se hundió en el suelo, y se arrastró hasta donde Isabella yacía con los ojos cerrados y el rostro macilento.
—¿Isabella? —susurró, limpiándose con brusquedad lo sangre de la boca. Tocó su cara, pero ella no se movió—. ¿Bella?
Dios, la había matado. Cuando logró ponerse en pie y vio a Witherdale golpeando su cabeza una y otra vez contra las baldosas, el tiempo simplemente se había… detenido. No había nada que hiciera que aquello merecía la pena: ni el orgullo, ni el dinero, ni su propia vida.
Temblando, deslizó un dedo sobre su cuello. El pulso latía débilmente contra su mano, y tomó una bocanada de aire.
—¿Isabella? ¿Cariño? Abre los ojos, Bella.
Sus pestañas se agitaron y unos ojos verdes musgo le miraron con aturdimiento.
—¡Ay! —se quejó con dificultad.
—No te muevas, cariño. ¿Puedes sentir las piernas y los brazos?
—Tienes la cara llena de sangre.
—Lo sé. Mueve los dedos de los pies y de las manos. Ahora, Isabella. —Pasaron unos segundos sin que su corazón latiera, luego sus dedos se movieron, primero la mano derecha y luego la izquierda—. Buena chica.
Desde detrás del escritorio llegaron hasta él los pitidos del teléfono de Daniel que se encontraba en el suelo, y Ed se apoyó sobre un costado para echarle mano. Rápidamente llamó a una ambulancia y a la policía, luego volvió a ocuparse de Isabella. Sus ojos se habían vuelto a cerrar.
—¿Isabella?
—Lárgate. Tengo una conmoción cerebral.
Con una leve sonrisa, le retiró suavemente el pelo de la cara. Witherdale le había arrancado un manojo, e iba a tener que ir al peluquero.
—Ahora no puedes huir, ¿verdad? —murmuró.
—No tengo piernas.
—Están aquí mismo, te lo prometo. Unidas y todo. Y son muy bonitas.
—Cállate.
—Te quiero, Isabella Swan.
Sus ojos se abrieron de nuevo, y se clavaron valientemente en su cara. Ed no esperaba que respondiera; Bella había pasado demasiado tiempo sola, durante demasiado tiempo había sido incapaz de confiar en nadie que no fuera ella misma. Pero Bella sonrió, alzando una temblorosa mano para acariciar su cara. Él la tomó entre las suyas mientras sus ojos volvían a quedarse en blanco y perdía la conciencia de nuevo.
Cuando Isabella abrió los ojos, pensó que todavía se encontraba en medio de alguna especie de pesadilla. Oficiales uniformados y hombres y mujeres vestidos con esas gabardinas inglesas de aspecto militar pululaban a su alrededor, hablando en un murmullo quedo de acentos londinenses. No estaba en el suelo, se percató, sino en una camilla con una aguja en un brazo. La habían atado.
—¡Eh! —gruñó, luchando por incorporarse.
Ed apareció por encima de su hombro con un paquete de hielo sujeto a su boca y un vendaje en forma de mariposa sobre su nariz.
—No pasa nada —dijo, bajando el paquete de hielo—. Relájate.
—Tienes un ojo morado —señaló. También tenía el labio hinchado y un oscuro y magullado moratón se le estaba formando en la mejilla.
—Tu poder de observación sigue intacto —dijo, sonriendo con una torcida mueca de dolor.
—No quiero ir al hospital.
—Qué lástima.
La camilla dio un salto y se elevó, y acto seguido se encontró rodando hacia la entrada.
—¿Ed? —dijo, dejándose llevar de pronto por el pánico ahora que no podía verle.
—Estoy aquí. Voy contigo. Tengo la nariz rota.
—Yo gano, porque tengo la cabeza rota.
Bella escuchó su suave risilla.
—Tienes la cabeza demasiado dura como para que se rompa —respondió—. Tan sólo la tienes abollada.
—Eso es bueno.
—No realmente, cariño.
Fue levantada del suelo, luego introducida en una ambulancia. Subió un técnico y luego Ed, que se sentó a su lado.
—¿Qué hay de Daniel y Witherdale? —preguntó.
Ed se inclinó hacia delante para tomarle la mano.
—Daniel va en otra ambulancia. Witherdale va a desear estar muerto cuando acabe con él.
Ella le miró durante un minuto.
—No creo que Tanya supiera nada de esto —le dijo.
—La policía la trae para interrogarla —respondió, flexionando los dedos entre los de ella—, pero yo tampoco creo que lo supiera. Espero que no.
—Yo también.
—Tengo que decirte una cosa —dijo, su sonrisa se asomó de nuevo a su cara.
Él ya le había dicho algo; algo muy precioso y privado, algo que guardaría para siempre en su corazón. Pero no quería que tuviera que decírselo de nuevo sin responderle.
—No tienes que decirme nada —se apresuró a decirle—. Lo sé, y es… yo…
Su sonrisa alcanzó sus ojos.
—No es eso. McCarty llamó a Scotland Yard para recomendarles que prendieran a Daniel Clark para interrogarle en relación a una serie de robos de obras de arte. Cargaron contra la puerta unos treinta segundos después de que yo llamara a la policía.
—Emmett nos estuvo escuchando a través del cristal de la cárcel. Sabía que había alguien allí.
Asintiendo, Ed le apretó la mano.
—Creo que le debo una cerveza a Emmett.
El técnico se inclinó a comprobar la máscara del oxígeno, colocada en su nariz y algo que monitorizaba el ritmo de su corazón.
—Debe descansar, señorita —dijo—. Nada de hablar.
—Muy bien. Sólo una cosa más. —Levantó la mano de Ed tanto como pudo con su brazo bajo la correa—. Quiero ir a Devon.
