Capítulo 49
Algo muy, muy, pero que muy romántico.
—Vamos cielo, tenemos que dormir ya, es tarde.
Negación y más negación era lo único que recibía Rachel de Emily tras un nuevo intento por llevar a su hija a la cama, y la culpable de la cabezonería de su hija la tenía ella, Quinn. Que justo en ese instante, y casi salvándola por la campana, daba señales de vida.
—Pero, cielo mañana terminamos la tarta, ahora es tarde y tienes… Ups, has tenido suerte—cambió el discurso al escuchar la llamada en la puerta. —¡Al fin! ¿Has ido a Maison Laduree a comprar las dichosas flores?
—Pues tal vez me habría salido más rentable ir directamente a Paris, sí. Lo siento, Rachel—se disculpaba Quinn adentrándose en el hogar—Me he tenido que recorrer dos manzanas buscando un maldito supermercado donde vendiesen las flores de galleta, y al final he recordado que en la 62th hay una pastelería donde las tienen.
—¿Las has encontrado ahí?
—Sí, aquí están—espetaba mostrando una pequeña caja—¿Dónde está Em? ¿Se ha dormido ya?
—Si crees que mi hija va a darse por vencida antes de terminar la tarta, es porque no la conoces. Ahí está—le señalaba—Está muerta de sueño, pero esperándote. Es una cabezota.
—¿A quién saldrá? —bromeó.
—A su padre—le replicó fulminándola con la mirada—Es igual de cabezota que su padre.
—Oh, claro… A su padre—musitó entre dientes tras colarse en el salón— ¡Hormiguita! ¡Vamos a terminar la tarta!
Eran las 19:45 pm de aquel sábado y la cocina lucía repleta de cuencos apilados, de platos, moldes y cubiertos manchados de harina y chocolate, que inexplicablemente habían tenido que usar para hacer un simple bizcocho. Un simple bizcocho cubierto de chocolates.
Un completo caos que Rachel no tuvo valor de recriminar ni a su hija, culpable de que hubiese más harina esparcida por el suelo y la mesa, que en el propio bizcocho. Ni a Quinn, por ser quien había tenido la maravillosa idea de pasar aquella tarde cocinando el dichoso pastel.
No podía quejarse, a pesar de los enfados que llegó a sufrir en algunas ocasiones durante aquella tarea. Emily estaba viviendo probablemente uno de los días más divertidos e importantes de su vida, a pesar de su corta edad. Y no solo porque por primera vez pudo disfrutar de la divertida feria de Central Park y todas las actividades que llevó a cabo con los demás niños, sino porque aquel día también, por primera vez, comió en un restaurante. Las cuatro lo hicieron, y ni siquiera fue consciente de como la convencieron para ello. Rachel simplemente se dejó llevar, confió, y permitió que tanto Kate como Quinn le ayudasen a disfrutar del momento sin sufrir ningún ataque de ansiedad o salir huyendo despavorida.
La calma, una vez que Kate se despidió de ellas, debía llegar con esa actividad en la que Quinn se empeñó llevar a cabo. Rachel quiso creer que Quinn no era consciente de lo que podía suponer una tarea como aquella, pero conforme fue avanzando la tarde y el caos se fue adueñando de su cocina, supo que realmente, era aquello lo que quería conseguir.
Caos. Caos y diversión. Al menos para ellas dos.
Entregarle bolsa de harina a una niña de dos años y medio no debía ser buena idea nunca, y ella lo sabía. Porque conocía a su hija, porque sabía cómo se las gastaba y el dichoso gen de los Weston hacía de las suyas en su menudo cuerpo. Pero Quinn no lo sabía, o quizás no quiso saberlo. Si semanas atrás les bastó cinco minutos a solas para pintarse las caras con temperas, ¿qué no iban a ser capaces de hacer durante toda una tarde con los ingredientes de una tarta?
Tres veces tuvo que lavar la cara de su hija y las manos tras meterlas al completo en el bol de la crema de chocolate, y decidir que debía dejar sus huellas en las puertas de los muebles de la cocina. Dos veces tuvo Quinn que cepillarse el pelo y lavar su cara por culpa de la harina que, a escondidas, se lanzaban la una a la otra soplando sobre sus propias manos. Y mientras tanto, Rachel perdía la cuenta de las veces que se había llevado las manos a la cara lamentándose haberles prometido no enfadarse demasiado.
El último de los lamentos fue tener que contemplar como Quinn, a las 18:45 de la noche, salía en busca y captura de aquellas flores de galletas que iban a terminar decorando la dichosa tarta, a petición de su propia hija.
60 minutos tardó en regresar. Una hora completa en la que a Emily le dio tiempo a cenar, después de un merecido baño, y a dejar escapar los primeros bostezos mientras luchaba por combatir el sueño.
—¡Foto! —exclamó la morena al ver como su hija terminaba de colocar la última de las florecillas, adueñándose de la cámara con la que Quinn había estado inmortalizando todo el día—Vamos a sacar un gran álbum con todas las fotos de hoy.
—Ese era mi objetivo, querida—le respondió mostrándole orgullosa la obra de arte que habían construido con bizcocho, chocolate y florecillas de caramelo.
—Está perfecto. Mañana desayunamos tarta—Dijo Rachel dirigiéndose a su hija—Y ahora, pequeñaja, va siendo hora de que alguien se vaya a dormir ¿Verdad?
Fue rotundo. A diferencia de las continuas negativas que estuvo dándole minutos antes, Emily accedía a la petición de su madre con un sí rotundo. Era su promesa, esperar a que Quinn llegase con lo que había pedido y después de ello, dormir. Como buena Berry que era, Emily cumplía su parte del trato siempre que Rachel cumpliese con el suyo.
—Vamos despídete de Quinn.
No tardó en reaccionar y obligándola a que bajase hasta su altura, le entregó un abrazo que a punto estuvo de asfixiarla, y que Quinn le devolvió de la forma más divertida y dulce que pudo. Un sentido beso en su frente, y un pequeño ataque de cosquillas de regalo, que provocó una de esas carcajadas que lograban escuchar.
Era su regalo, su agradecimiento, era la forma que Emily había encontrado para decirle que la adoraba, riendo a carcajadas. Rachel lo supo. De la misma forma que Emily sabía que llorando lograba llamar la atención de su madre, también descubrió que riendo de aquella forma provocaba la sorpresa y la felicidad en Quinn.
La adoraba. Emily adoraba a Quinn y Rachel se fascinaba al ver como su pequeña había logrado quererla como la quería. Algo que, incluso, empezaba a provocarle algo de miedo. Emily ya tenía conciencia y proyectaba sentimientos hacia las personas que la rodeaban. Tener que afrontar una ruptura que las alejaría a las dos de Quinn, era algo para lo que no estaba preparada. Al menos no en ese instante. Y no solo se refería a una ruptura sentimental, podría darse cualquier situación, como que Quinn deseara viajar y cambiar de ciudad por motivos de trabajo. Algo que realmente si podía suceder en cualquier momento.
Eran actrices, Quinn no había tenido impedimentos en trasladare a vivir a otro continente, y nadie ni nada le podía asegurar que algo así no volviera a suceder. Ella misma había recibido ofertas para hacer una gira teatral cuando ni siquiera estaba dispuesta a ello. Esas mismas ofertas podría recibirlas Quinn en cualquier momento, y ella no tenía obligación ni responsabilidad alguna de permanecer anclada en una misma ciudad.
De hecho, ni siquiera sabía si las intenciones de la rubia después del musical eran las de quedarse allí, o como era lógico en una actriz de sus características, lanzarse hacia Hollywood y lograr una carrera estable dentro de la industria.
No pudo evitar que un pequeño nudo se anclara en el estómago al ser consciente de aquellas opciones, justo cuando Emily le regalaba el último bostezo antes de caer vencida por el sueño. —¿Crees que se quedará para siempre? —Le susurró sabiendo que no iba a recibir respuesta alguna. Y durante algunos minutos permaneció allí, sentada a los pies de la cama de su hija, observándola dormir en aquellos primeros minutos de sueño, y deseando que esos pensamientos que cada vez aparecían con más insistencia en su cabeza, no se hicieran realidad jamás.
El sonido del teléfono de Quinn desde el salón logró sacarla del silencio en el que se hallaba. El murmullo de la rubia recibiendo la llamada la devolvía a la realidad mientras salía de la habitación de su hija, con la pequeña pantalla de la cámara entre sus manos, tal y como hacía siempre, y como iba a seguir haciendo hasta que Emily fuese completamente independiente.
Descubrirla en la cocina ordenando los accesorios y limpiando todo el desorden que habían provocado mientras atendía el teléfono, no hizo otra cosa más que aumentar el nudo en su estómago, y hacerlo aún más grande.
¿Habría alguien más perfecto que ella? Se cuestionó a sí misma acercándose sin que ésta fuese consciente de su llegada. Solo hasta que no estuvo frente a ella no se percató de su presencia, y esbozando una leve sonrisa se disculpaba por mantener aquella conversación.
Una conversación que Rachel intuyó que mantenía con su representante, al menos era la única Mónica que ella conocía y que oyó a Quinn pronunciar en una de las pocas veces en las que hablaba. Porque era la emisora de aquella llamada quien hablaba y hablaba y Quinn simplemente se limitaba a asentir con breves sonidos.
Otro sonido, esta vez el timbre de la puerta alertaba a Rachel, que no tenía ni idea de quien podría ser a esa hora y que terminó averiguando tras observar por la mirilla.
—¿Kate? ¿Qué haces aquí?
—No me preguntes—respondía colándose sin más—Yo solo cumplo órdenes.
—¿Qué? ¿Órdenes?
—¿Emily ya está dormida? —cuestionó al ver la pequeña pantalla sobre la mesa del centro del salón.
—Sí—respondía confusa—¿Qué pasa Kate? ¿Qué haces aquí?
—Que te lo diga ella—señaló hacia Quinn, que en ese instante ya apartaba el teléfono de su oído y comenzaba a sonreír nerviosa.
—¿Qué está pasando? ¿La has llamado tú? —le preguntó confusa.
—Sólo diez minutos—se excusó—Necesito que me acompañes durante diez minutos, nada más.
—¿Qué? ¿Qué te acompañe? ¿A dónde? ¿Te encuentras bien?
—Rachel, no preguntes y vamos, id donde tengáis que ir—interrumpió Kate impacientándose—Tengo una cita a las 9 y no quiero llegar tarde ¿Ok?
—Tranquila, en media hora estamos aquí—se excusó Quinn, que, tomando la iniciativa, tiró de Rachel hasta la salida, deteniéndose solo para colocarse el abrigo.
—Un momento, un momento—se detuvo Rachel—¿Qué pasa con Em?
—Yo estaré aquí—espetó Kate—Vamos, marchaos ya y no tardéis.
—Pero ¿dónde vamos? —cuestionaba de nuevo Rachel, que sin apenas darse cuenta ya estaba con el abrigo y el gorro de lana cubriendo su cabeza.
—Necesito que me acompañes a un lugar, nada más—respondía Quinn sonriente—Vamos, vamos—tiró de ella para obligarla a salir de la casa. Tanto, que cuando quiso darse cuenta, ya descendían en el ascensor—No preguntes más, no me mires así. Simplemente, acompáñame.
—Quinn ¿Qué está pasando?
—¿Qué te he dicho? —le replicó obligándola a guardar silencio, hasta que la invitó a subirse a un taxi, y Rachel descubría que sus intenciones eran llevarla al interior de Central Park. Desde ese preciso instante, no dejó de cuestionarla por absolutamente todo, tanto que incluso el taxista empezó a perder la paciencia por la insistencia, y la falta de respuestas de Quinn.
No habló hasta que llegaron a su destino, y pudieron abandonar el taxi. Las pistas de patinaje se presentaban ante ellas con gente disfrutando de las últimas horas de aquel sábado, y el desconcierto en Rachel ya se reflejaba en su rostro.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Quieres patinar?
—Quieres dejar de preguntar y seguirme—le soltó casi a modo de súplica.
—Pero Quinn…
—Pero nada—la interrumpió—Confía en mí, solo van a ser unos minutos, ¿Ok? —le dijo tomando su mano, e invitándola a que siguiese sus pasos. Unos pasos que se dirigían hacia el punto de información del recinto y donde un chico parecía esperar la llegada de ambas.
—Quédate aquí—le pidió a una distancia prudencial—No quiero que te reconozcan.
—¿Qué?
—Hazme caso, quédate aquí—le ordenó al tiempo que se acercaba al chico y mantenía una pequeña conversación.
Rachel no podía oír nada desde donde estaba, solo pudo distinguir como Quinn le daba un pequeño sobre, y éste también le entregaba algo mientras le señalaba hacia un angosto pasillo que rodeaba toda la pista de patinaje.
No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, y ni siquiera era capaz de sacar una simple teoría sobre lo que pretendía hacer Quinn.
Hacia escasos minutos estaba durmiendo a su pequeña y ahora estaba allí, en mitad de Central Park, con un frio que había comenzado a congelar sus manos, y los nervios invadiendo su estómago.
—Vamos, acompáñame—le dijo tomándola de nuevo de la mano tras regresar junto a ella.
—¿Qué es eso? —le preguntó al descubrir que lo que le había entregado el chico, no era más que una pequeña caja de cartón que rápidamente guardó en su bolso.
—Vamos, tenemos cinco minutos—respondía obligándola a acelerar sus pasos e ignorando por decima vez sus preguntas.
—¿Cinco minutos? ¿Cinco minutos para qué? ¿Dónde vamos? Hace frío, Quinn. Y Em está sola, vamos dime donde vamos y qué hacemos aquí. Me estoy poniendo nerviosa y…
—¡Basta! —interrumpía Quinn—Rachel, o dejas de hablar o te juro que te tapo la boca—amenazó al llegar a la parte trasera del edificio que daba la bienvenida a los patinadores de aquel recinto.
—Ok—balbuceó al ver la reprimenda de la chica.
—¿Confías en mí?
—Supongo que sí—balbuceó sin apartar la mirada de sus ojos.
—Ok, ahora vamos a subir ahí arriba—señaló hacia unas escaleras que las llevaba directamente hacia la planta superior del edificio—No valen preguntas, no vale más verborrea de la tuya—sonreía—Solo confía en mí y disfruta, ¿de acuerdo?
No respondió. Rachel simplemente asintió y se dejó guiar por la rubia, que volvía a tomar su mano para subir aquellas escaleras metálicas que la llevaban hacia una pequeña azotea perfectamente acotada encima de aquel edificio.
Ante ellas, una baranda les permitía acercarse lo suficiente para contemplar la pista de patinaje al completo, con las decenas o incluso centenas de personas que patinaban en aquel instante, ajenas por completo a ellas.
Rachel se moría por volver a preguntar qué diablos hacían allí arriba, pero le había prometido no hacerlo, y optó por callar y observar como aquellas personas seguían un mismo recorrido alrededor de la pista, y otros se estampaban contra el duro hielo en estrepitosas caídas que podrían haber hecho las delicias de Brody y de Kate. Ellos si eran capaces de sacar el lado divertido de esas situaciones. Ella no, y solo esperaba que Quinn no la hubiese llevado hasta allí simplemente para observar como aquellos patinadores se caían sin cesar.
—Toma, colócatelas. —Le dijo haciéndola reaccionar, y descubriendo en ese instante lo que guardaba la pequeña cajita que minutos antes guardó. Eran unas gafas oscuras, y el desconcierto de nuevo volvía a reflejarse en su rostro.
—¿Gafas de sol? —cuestionó sin poder evitarlo. —¿Es una broma de las tuyas, Quinn?
—Póntelas—le ordenó sonriendo al tiempo que ella también se colocaba las suyas.
Lo hizo, no supo por qué, pero lo terminó haciendo y para descubrir que sorprendentemente, las gafas le permitían ver con total claridad la pista de patinaje y sus patinadores con el mismo ritmo, con las mismas caídas y el barullo que se formaban en algunos puntos.
—Rachel—susurró Quinn deslizando con delicadeza la mano por su cintura—Me dijiste que querías una prueba de algo romántico y creo que esto es probablemente lo más romántico que he hecho en mi vida.
—¿Qué? Espera, espera… No me digas que todo esto es por la broma de...
—Shhh—la silenció. Las primeras notas de una canción comenzaron a sonar y a escucharse en toda la pista, y Rachel volvía a dirigir su mirada hacia la misma.
Reconocería aquella canción, aunque solo escuchase sus dos primeros acordes, y más aún la voz que la versionaba en aquel instante.
Era Barbra Streisand quien se dejaba oír con Smile como banda sonora de aquel momento.
—No entiendo nada—susurró.
—Sólo disfruta—respondía Quinn colocándose tras ella, aprovechando el momento para abrazarla por la cintura y buscar sus hombros como apoyo.
Sonríe, aunque te duela el corazón.
Sonríe, aunque se esté rompiendo.
Cuando haya nubes en el cielo todo pasará
Si sonríe a través de los miedos y el dolor.
No sabía por qué, pero Rachel mantenía la vista fija en todas aquellas personas que seguían su ritmo, sin prestarle atención a la voz de su amada Barbra cuando de pronto, algo comenzó a suceder en aquella pista.
Era uno de los patinadores. Recorría la pista desde el oeste hasta el este y una estela de color rosada aparecía de sus patines mágicamente.
—Oh dios ¿Qué es eso? —cuestionó retirando las gafas rápidamente, y su sorpresa aumentó al descubrir que, sin ellas, no conseguía distinguir nada en la pista de hielo, solo a aquel chico que se perdía en la multitud que permanecía ajena a lo que estaba sucediendo.
—Vamos, vuelve a ponerte las gafas—susurró Quinn—Te lo estás perdiendo.
Lo hizo tan rápido como el temblor de sus manos le permitió, y su boca volvía a abrirse. Sobre la pista aquel trazo se había esfumado pero una serie de líneas curvas comenzaron a aparecer de nuevo. El patinador, con una perfección inaudita, estaba escribiendo sobre el hielo al ritmo que marcaba la melodía.
—Oh dios.
—Rachel —susurró Quinn tratando de que no se olvidara cada palabra que aquel chico iba a dibujar sobre la pista—Sonríe, porque de tu sonrisa nace nuestra ilusión.
—Oh dios, Quinn—dejó escapar visiblemente emocionada—¿Eso es para mí?
—Shhh. Presta atención
—¿Hay más?
—Te…
—Quiero—susurró Rachel al ver aparecer aquella última palabra plasmada en la pista de hielo y cómo el chico la abandonaba tras ella.
Podría jurar que permaneció visible para ellas mucho más tiempo que las otras, pero probablemente era un efecto provocado por la captura que su retina había hecho para guardarlo por siempre en su mente.
—¿Crees que esto compensa mi gran desfachatez de dejarte a solas en la cama? —cuestionó apartando las gafas de su rostro.
Rachel hizo lo mismo y se giró para quedar frente a ella. La miró por algunos segundos, y terminó bajando la mirada hacia sus manos—¿Estás bien? —cuestionó Quinn extrañada por su reacción—¿No te ha gustado? Es una reacción química—explicó—Los patines de ese chico desprenden una partícula que al contacto con el hielo se vuelve de color, pero solo es visible con estas gafas, y cuando el oxígeno entra en contacto con él, desaparece—terminó la explicación pausando sus palabras—¿Rachel? —Insistió al ver que seguía cabizbaja—¿Qué te pasa?
—¿Me quieres? —se atrevió a preguntar al tiempo que buscaba su mirada.
—¿Por qué lo preguntas? ¿No te ha quedado claro en ese mensaje?
—Sigo sin creerme que todo sea real, sigo sin creer que tú seas Quinn y que estés regalándome todo esto a mí—volvía a bajar la mirada.
—Rachel, he cometido muchos errores en mi vida—susurró obligándola a que la mirase de nuevo—Probablemente éste sea el más grande, —sonrió acariciando su mejilla—pero es el que más satisfacción me da. Me he enamorado de ti, de tus ojos, de tu sonrisa, de tu mundo.
—¿De mi mundo?
—Así es Rachel, me he enamorado de tu mundo y quiero vivir en él.
—Mi mundo es éste—miró a su alrededor—es Central Park, los teatros, los rascacielos, mi casa… Mi hija.
—Lo sé.
—¿Y te compensa?
—Pues claro que me compensa. Es un regalo para mí, Rachel. ¿Por qué me preguntas eso ahora?
— ¿Qué pasa si mañana quieres vivir en otro mundo? —balbuceó.
—¿Cómo? ¿En otro mundo?
—Quinn, todo esto es muy idílico, estamos empezando algo nuevo, novedoso, y lo entiendo. Entiendo que ahora mismo la emoción y la ilusión se anteponga a todo, pero ¿Qué pasará mañana?
—¿Mañana?
—Sí, Quinn. ¿Qué pasara mañana si quieres otra cosa?
—Rachel, llevo toda mi vida pensando en el mañana, y por eso nunca he sido feliz en el presente. A mí ahora mismo solo me importa lo que tengo y lo que quiero hoy—respondía—Y lo que quiero hoy es vivir en tú mundo.
—Eso suena a capricho—dejó caer provocando la reacción en Quinn, que un tanto confusa terminó separándose de ella.
—Rachel ¿Qué ocurre?
—Esto es serio—acertó a responder—Quinn esto no es un juego ya. Yo no solo estoy enamorada de ti—volvía a bajar la mirada—Yo empiezo a necesitarte en mi vida más de lo que imaginas.
—¿Y cuál es el problema?
—Tengo miedo—confesó.
—¿Miedo? ¿Miedo a qué?
—No solo me romperías el corazón a mi si decides marcharte, también lo harías con Em—Quinn cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire para volver a enfrentarse a su mirada—No es una tontería, Quinn, ella te adora y yo puedo superar cualquier cosa, pero no puedo soportar verla mal, y te aseguro que mi hija se pondrá mal si no te ve.
—¿Y qué hay de mí? —interrumpió tratando de acabar con aquel miedo—¿Qué pasará con mi corazón si eres tú quien decide alejarse? Porque tú la tendrás a ella a tu lado, pero yo os pierdo a las dos.
—¿Piensas que yo puedo…? —se detuvo al ser consciente de como ella misma acababa de responder a sus propias dudas.
—Yo también tengo miedos, Rachel—volvía a acercarse—pero eso no me evita seguir adelante. Quiero vivir lo que me toca hoy, lo que siento hoy—aclaró—Lo de mañana, lo que pase dentro de dos días o de diez años no está en mis manos, ni en las tuyas. Ahora solo podemos vivir esto.
—¿Y qué pasa con tus sueños? ¿Qué pasa con tu profesión?
—Shhh—la silenció—Deja de pensar en eso. Yo he tomado las riendas de mi carrera, por eso precisamente estoy aquí, y no en Londres o en Los Ángeles. Estoy aquí porque quiero estar aquí, Rachel. Y eso es todo lo que me importa ahora mismo. Y tú tienes que pensar igual. Estamos aquí, ahora… Y es todo lo que tenemos.
—No suelo pensar así, Quinn, y lo sabes. Sabes que pienso mucho en el futuro, y que…
—Pues no pienses en mi futuro, si eso es lo que te hace mal. Olvídate de él.
—No es fácil. Quiero todo lo bueno para ti, y sé que…
—Pues si quieres todo lo bueno para mí, piensa en que ahora lo tengo. Y soy feliz. Por primera vez en mi vida, tengo el control de mi vida y soy feliz. ¿Te vale esa respuesta?
—Supongo que si…
—Rach…—Susurró apartando un mechón de pelo bajo su gorrito—Quiero estar aquí, contigo y con Em. Y mañana también querré, y dentro de dos días, y de tres y que se yo… Tienes que confiar en mí. Además—añadió dejando una pequeña caricia en su mejilla— esta mañana me dijiste que solo yo podría cumplir ese deseo que pediste en el árbol ¿No es cierto?
—Sí, así es.
—Pues ya tengo una tarea que no voy a dejar a medias.
—¿Vas a cumplir mi deseo?
—No pienso en otra cosa que no sea cumplirlo.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Y no quiero saberlo.
—¿Qué? ¿No quieres que te lo diga? —preguntó confusa.
—No, prefiero enterarme cuando lo cumpla.
—¿Tan segura estás de poder conseguirlo? —cuestionó aferrándose a su cuello.
—No hay nada que Quinn Fabray no consiga cuando se lo propone—sonrió—Y ahora me he propuesto ser feliz, y para yo ser feliz, tú tienes que ser feliz—susurró—Así que no me queda otra más que hacerte feliz para yo también serlo, siempre y cuando tú me dejes, porque todo depende de ti. Ok, creo que me he liado un poco… ¿Me has entendido?
—¿Tú felicidad depende de la mía?
—Ahora mismo, en mi mundo sí, mi felicidad depende absolutamente de ti. Así que espero que me dejes ayudarte a ser feliz. ¿Me dejarás intentarlo al menos?
No respondió con palabras.
Rachel destruyó la escasa distancia que las separaba, y se aferró a su cuello para abrazarla con todas sus fuerzas, como si aquello le fuese la clave para confirmar que seguía siendo real, y no un sueño. Que Quinn Fabray estaba allí, junto a ella en una pequeña azotea sobre la pista de patinaje de Central Park, después de haberle confesado que la quería de la forma más original posible, y suplicándole que le permitiese cumplir sus deseos.
—¿Eso es un sí, Rachel? —susurró hundiendo su rostro en el cuello de la morena—¿Me vas a dejar ayudarte a que seas feliz?
Y de nuevo una respuesta sin palabras. Un beso. Rachel buscó sus labios y se adueñó de ellos con un beso que iba a calmar el frío que las envolvía. Un beso que, como empezaba a ser habitual, se alargaba más de lo previsto, y las hacia ignorar cuanto sucedía a su alrededor. Un beso que se vio interrumpido por una leve vibración en el bolso de Quinn, y que la hacía reaccionar al fin.
—Rach…—susurró sin apenas separarse de sus labios—Me temo que tenemos que marcharnos, Kate acaba de hacer vibrar mi teléfono, y si no llegamos a tiempo, es capaz de hundir mi reputación con mi ejército de fans—añadió divertida, y Rachel atinó a sonreír por primera vez, permitiendo que destruyese el beso—Dime ¿Te ha parecido algo muy, muy, pero que muy romántico? —sonrió.
—No puedo decírtelo ahora—respondía volviendo a dejar un leve roce sobre los labios.
—¿No? ¿Entonces como sé si he saldado mi deuda? ¿Cuándo me lo vas a decir?
—Mañana.
—Mmm ¿Me vas a tener toda la noche sin saberlo? ¿Cómo voy a dormir con la intriga?
—Tranquila—susurró deshaciendo con lentitud el abrazo—Ya me encargaré de que no duermas.
—¿Cómo? ¿Me vas a tener toda la noche despierta sin…? ¡Oh! Entiendo —Susurró siendo consciente del sentido de sus palabras—Ok Rachel, si es así, quiero vivir con la intriga, para siempre.
