A la mañana siguiente, Gilgamesh despertó con hambre. Desperezó y bostezó con ganas.
Se volteó y dormitó un momento más. Tenía muchas cosas que hacer… Era día de consejo y de nuevo tendría que ver el asunto del mercado de la ciudad, que querían añadir una extensión. Qué tontería, le aburría enormemente.
—Enkidu ¿Qué...?
Se silenció en seco. Abrió los ojos y se quedó estático, recordando todo lo que ocurrió. Se tumbó con temor y claro está, nadie dormía a su lado.
Resopló y rodó los ojos. Apoyó el brazo derecho sobre su frente y alzó el izquierdo.
Las cadenas que los atan… sí, quizás.
Tiró de ellas y se tensaron, pero estas se perdían en la nada, como si el otro extremo no existiese. Tornó su vista borrosa y decidió levantarse. Iría al salón del trono para hacer vigilia, a ver si algo ocurría ahora. Tenía frío. Al verse en el espejo se percató del desastre que era, con la ropa manchada en sangre, la mejilla sucia, el cabello caído y opaco; decidió tomar un baño.
Luego de desnudarse y llenar la tinaja de agua tibia, se sumergió en ella y vio como la suciedad se desprendía de su piel blanca. Se hundió por completo y vació su mente. En el transcurso del baño no pensó en nada en particular: se concentraba en los jabones, en los bálsamos. Se distrajo con la sal de baño, miró los mosaicos que adornaban el techo. Lavó su rostro y su cuerpo, se untó sus aceites y perfumes, se vistió con sencillez y llevó una manta para cubrirse con ella. Antes de ir al salón, salió a su balcón y miró la ciudad de Uruk, reconstruyéndose.
Se apoyó en el borde del alféizar para mirar sin punto fijo y suspiró. Mordió su labio inferior e intentaba ordenar la secuencia de sucesos ocurridos. Se llevó una mano a su frente y colocó los codos en el borde del balcón, ocultando sus ojos de un sol aletargado que derretía la nieve.
Ishtar realmente quiso hacer de sus caprichos un escándalo. La ciudad destruida, el orgullo de Gilgamesh roto, Enkidu muerto. No entendía qué pretendía Ishtar con esta seguidilla de sucesos si según él se mantenía inquebrantable como siempre. Luego de masticar la idea un rato, soltó un bufido parecido a una risa y escuchó un ruido. Al voltearse vio a Nidasag jugando con sus manos pequeñas. Su expresión le irritaba: era de pena, congoja o algo así. Alzó una mano para que hablara luego.
—Alteza—comenzó con su vocecita aguda.
—Quiero estar solo. Vete—dijo, con un tono de voz endurecido.
Nidasag no se movió, permaneció unos momentos y se acercó a Gilgamesh.
—¿Podría…? —preguntó, sin terminar la oración.
Ella parecía afectada. Tenía ojeras en su rostro y su ropa era más cubierta de lo que solía ser. Sus cejas curvadas y su expresión infantil le molestaron definitivamente.
Con algo de inseguridad, Nidasag extendió sus brazos y lo abrazó. Apoyó su cabeza en su pecho y suspiró. Ella nunca lo había abrazado porque sí. Su cuerpo temblaba y se separó de él, mirando el suelo.
—Lo siento mucho. Espero su alma encuentre la paz.
Dicho esto, Nidasag dio media vuelta y se perdió lejos de la habitación.
Gilgamesh exasperó derrotado. Su muestra de compasión le molestó enormemente. Apretó los dientes y rodó los ojos para luego golpear con el puño el alféizar.
A pesar del hambre, no quiso salir de la habitación. No le importó el consejo de sabios, ni la estúpida reunión del mercado. Se quedó acostado, tirando de la cadena que se perdía en el infinito.
Dos días pasaron y Gilgamesh no probó bocado alguno. El hambre que sentía era bestial, de no ser por su naturaleza semi humana, probablemente habría desfallecido. La mañana llegó y se levantó a lavarse. Se miró al nuevo espejo de plata pulida y las ojeras marcaban su rostro, como nunca en su vida lo habían hecho. Parecía que hubiese envejecido aceleradamente.
Algunos memorandos llegaban a su habitación por parte de Siduri. El consejo de sabios se preocupaba por él, preguntando tonterías cómo qué ocurría y que cuando descendería a la sala del trono. Despachó a Siduri sin respuestas y la amenazó a gritos para que no volviese a molestarlo con estupideces. La verdad, él no quería ir al salón del consejo de sabios, por miedo a ver la pintura incompleta de Enkidu.
Ya suficiente de melancolías, salió de la habitación para ir al salón del trono. Caminó como si nada, con la expresión vacía, la cabeza en alto y la espalda recta, como siempre. Al llegar, un vuelco en el estómago le hizo detenerme al ver el féretro de Enkidu. Consciente de que curvó sus cejas, se endureció y tragó. No sentía debilidad de ningún tipo. Sonreía por su capacidad de mantenerse fuerte.
Se sentó en el trono. Apoyó una mano en su frente y miró al sarcófago. Las flores eran renovadas con frecuencia y los inciensos invadían el lugar a cada momento.
Por un momento pensó que toda su vida siguió esta rutina.
Si hubiese cedido ante Ishtar, ¿Todo esto se habría evitado?
No tenía cómo saberlo.
Aunque le costara admitirlo, su egoísmo produjo todo. Si hubiese pensado en Enkidu antes de él mismo, probablemente seguiría vivo, corriendo por los pasillos.
Pensaba en esto cuando resolvió levantarse. Quería ver su rostro una vez más. Al acercarse a él, pisó algunas flores y levantó la sabana que lo cubría. El tiempo no transcurría en él. No olía a putrefacción o a muerte. Era inerte, como si nunca hubiese sido algo parecido a un humano. Cuanto tomó una de sus manos, un cambio drástico de temperatura invadió su rostro. Ahogó un respingo y sólo atinó a retroceder.
Sus dedos se deshicieron en polvillo. Su mano incompleta le causó ansiedad y sentir la tierra en sus dedos fue suficiente para ser consciente de que había destruido parte de él. Se alejó conforme miraba sus manos y supo que la hora llegó.
Los dioses sí lo habían abandonado. Ninguno se apiadó de Enkidu y ninguno le regresó la vida. Cuando fue consciente de ello, sintió picor en los ojos, pero no cedió ante la presión de su pecho. Exhaló, ahogado, con calor en el rostro, sus manos temblaron y en su mente se gritaba para calmarse. Su respiración acelerada le enojaba. No podía controlarse.
Finalmente reaccionó enfurecido.
—Siduri—levantó la voz, sabiendo que se encontraba cerca—. Destina una de las capillas desocupadas del palacio a Aruru y que lleven el ataúd de Enkidu allí. Estaré presente para cuando haya que sellarlo. Quiero que siempre esté rodeado de flores e inciensos.
Siduri miró disimuladamente la mano temblorosa de Gilgamesh y el polvillo que cubría sus dedos. Curvó las cejas y descendió la mirada, mientras traía su tablilla hacia sí.
—De acuerdo—contestó Siduri y le reverenció.
Antes de que los hombres llegaran a retirar el féretro, Mathma y Shamhat se apersonaron al lugar. Ambos lloraban sin consuelo, sus muecas de dolor le causaban cierto regocijo a Gilgamesh, pero decidió no reírse: la verdad, no tenía deseos de hacerlo. Ver sus caras le hizo sentir la bilis en la garganta, quería gritarles. Se presentaron frente a Gilgamesh y sin expresión, les devolvió la mirada.
—Alteza—comenzó Shamhat, tomando un collar de piedras que traía en su pecho—. Mathma y yo hemos decidido abandonar el culto de Ishtar, asumiendo nuestro castigo eterno por nuestra sagrada diosa.
Dicho esto, ambos sacerdotes rompieron el collar que traían a sus cuellos y las piedras se desperdigaron por el suelo. Las tomaron y las depositaron sobre Enkidu, rindiendo tributo de manera muy modesta.
—Espero puedas perdonarnos—susurró Mathma y tentó a besar la frente de Enkidu.
—No te atrevas, monje de mierda—masculló Gilgamesh, alzando un dedo amenazador—. No quiero que tus asquerosos labios toquen a Enkidu. Largo de aquí los dos. Consideren esto como un perdón a sus vidas.
—Majestad… tenga piedad de nuestro dolor—dijo Shamhat, alzando las manos para acercarse a él.
Gilgamesh se apartó asqueado y miró a la sacerdotisa como si fuese un charco de vómito.
—Shamhat… Desaparece de mi vista. No quiero volver a saber de ustedes y llévense sus piedras mugrosas. No necesitamos algo tan vulgar.
—Su alteza, no tenemos nada más que ofrecer a…
Gilgamesh tomó las piedras y las arrojó a ellos con rabia. Estas rebotaron en sus cuerpos y una le dio al ojo de Shamhat.
—¡FUERA DE AQUÍ!
Shamhat largó a llorar. Mathma la tomó de un brazo y ambos corrieron en dirección contraria a Gilgamesh.
La rabia se apropió de Gilgamesh. Pateó un jarrón con flores y golpeó uno de los cimientos. Empujó a todos los que intentaron detenerle y en un arrebato, corrió a encerrarse a uno de los jardines para intentar calmarse. Se sentó en el borde de una pileta y agarró sus cabellos con ira, tirando de ellos.
—Enkidu, ¿Por qué?
Apretó sus brazos y rasguñó su piel. Golpeó sus muslos una y otra vez hasta que finalmente pudo apaciguarse. Ocultó su rostro tras sus palmas y resolló ahogado.
Tenía hambre, pero él consideraba que no merecía comer nada.
Durante la tarde y muy entrada la noche, los sepultureros fueron por el ataúd de Enkidu y lo llevaron con cuidado hacia la nueva capilla destinada a Aruru. Gilgamesh siguió el cortejo fúnebre de cerca y cuando llegó el momento, se dispuso en una esquina con los brazos cruzados a ver como clavaban las estacas de oro en los espacios designados a los costados del ataúd. Los sepultureros se retiraron luego de reverenciarle y se quedó a solas, con las antorchas encendidas y el silencio de la muerte.
En su mano tenía una pequeña flor blanca. Ahora que estaba solas con él, derramó una única y última lágrima y la limpió con rapidez. Se acercó al ataúd y dejó la flor sobre la superficie, apoyándose en él.
—Hasta pronto, amigo—susurró.
Dio media vuelta y se perdió en los pasillos del palacio hasta que se rindió ante el cansancio y llegó a su habitación a caer dormido en su cama.
