Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión .
Capitulo 27. El Plan.
Los rayos del sol se colaban traviesos por las cortinas de la habitación en donde un par de rubios continuaba descansando. Era la primera vez que Albert dormía tan plácidamente. Había contemplado la idea de salir de la habitación de su pequeña antes de que el alba despuntara para que no tuvieran problemas con la tía, pero al sentir el calor del pequeño cuerpo que descansaba entre sus brazos volvió a caer profundamente dormido, sólo reaccionó cuando sintió como los involuntarios movimientos de Candy lo estrecharon en un abrazo. Cuando por fin abrió los ojos una sonrisa se dibujó en su rostro; cuántas veces no había soñado con un amanecer como ese, porque ahí estaba ella, como siempre lo había imaginado, tranquilamente dormida, con las sábanas de seda que apenas cubrían su desnudez y le regalaban una imagen maravillosa de su ángel que se encontraba con su espalda descubierta, enmarcada por aquellos maravillosos rizos que caían como cascada. Tenía sus piernas entrelazadas con las de él, era por demás una exquisita visión, entonces sin poder contener la ansiedad de sentir nuevamente ese maravilloso cuerpo pasó atrevidamente una de sus manos por la delicada piel de las piernas de Candy, subiendo por su "derriere" y acariciándolo lentamente. La firmeza y la suavidad del mismo provocaron que cierta parte de su anatomía despertara, pero aunque moría de ganas por tomarla en ese mismo instante sabía que no podía hacerlo porque en cualquier momento Dorothy tocaría la puerta. Se encontraba tan sumido en sus pensamientos y con sus ojos puestos en esa sensible y deliciosa parte del cuerpo de Candy que no se percató que sus roces habían despertado a la pecosa, pero reaccionó cuando la escuchó decir.
—Si me sigues acariciando así tendré que hacerte lo mismo cuando termines amor…
Por increíble que parezca Albert retiró su mano para ponerla sobre la espalda de ella y cuando regresó sus ojos para encontrarse con las esmeraldas de su pequeña su rostro se tornó ligeramente sonrojado por haber sido descubierto, pero después de unos segundos al notar la mirada oscurecida de ella le pregunto mirándola atrevida y seductoramente mientras volvía a colocar su mano sobre aquella parte de su cuerpo.
—¿Estas segura de que me harías exactamente lo mismo que yo te haga pequeña…?. Porque justo ahora por mi mente pasan cosas un tanto… atrevidas –Dijo mientras la pegaba deliberadamente a su cuerpo para que sintiera como se encontraba—
Las caricias de su rubio habían despertado los deseos en ella y el notarlo tan dispuesto le provocó tal deseo que necesitaba sentirlo, entonces bajando lentamente una de sus manos hasta tocar esa tan despierta zona del rubio le contestó.
—Veo que ya se ha despertado Señor Andrew…
En ese momento Albert se sorprendió y fascinado por la actitud atrevida de su pequeña se dejó sentir mientras cerraba sus ojos, pero después de unos minutos tuvo que romper el encanto. Candy continuaba maravillada explorando a su rubio amor cuando él le habló.
—Pequeña…
—Sí Bert… —Dijo mientras se deleitaba escuchando su respiración entre cortada —
—No sigas por favor…
Entonces Candy le dio un pequeño e "inocente beso" en la comisura de sus labios al tiempo que le preguntaba.
—¿Te molesta lo que hago…? –Preguntó fingiendo inocencia sin dejar de acariciarlo—
Para Albert era la más delicada de las torturas. Por supuesto que no quería que se detuviera pero tenían el tiempo en contra, así que aún con sus bellos ojos cerrados y disfrutando unos segundos más de las curiosas manos de ella le contestó.
—Al contario, pero estas volviéndome loco Candy…
Por su parte Candy sabía y disfrutaba del sufrimiento de Albert, pero le resultaba exquisito observar el placer que provocaba en él, entonces mientras continuaba con su mano curiosa, decidió atormentarlo un momento más y comenzó a besar lentamente el lóbulo de su oreja para que sintiera su cálida lengua y así entre besos le dijo.
—Ah si…?. Pues no creo que más que yo que me desperté desde el momento en que tocaste mis pernas tan atrevidamente…No puede hacer eso señor Andrew sin pagar las consecuencias…. –Dijo mientras sentía claramente como la piel del rubio se erizaba ante el roce de su aliento sobre su piel—
—No sabes lo que haces pequeña… no podré controlarme si continuas haciendo eso. –Dijo con su voz cargada de deseo—
Entonces con todo el poder que sus palabras tenían una seductora Candy le respondió.—
¿Quién te está pidiendo que te detengas amor…?
Esas fueron las palabras exactas para que Albert se olvidara completamente de la hora que era junto con la amenaza de Dorothy y en un arrebato tomó por la cintura a la rubia y la cargó para que quedara sobre de él. Por su parte Candy esta más que impresionada, ya que podía sentir completamente la magnitud de su latente virilidad, Albert al darse cuenta de eso la miró fijamente, impresionado por su perfecta desnudez y la visión de sus pechos turgentes. Entonces mientras la estrechaba de sus caderas para que pudiera sentirlo aún más, con una descarada sonrisa le dijo.
—Bueno días pequeña…pero ahora pagarás el haberme torturado tanto – Dijo mientras se levantaba lentamente hasta alcanzar uno de sus senos—
La piel de la pecosa sintió una electrizante corriente al momento en que lo tomaba entre su boca y lo succionaba ligeramente. El sentir la humedad de su lengua era delirante, entonces para placer del rubio un delicioso gemido salió de sus labios. Los besos comenzaron a subir de tono y Albert estaba por tomarla. Se encontraban tan absortos en la entrega de sus besos, de sus atrevidas caricias que no se percataron de la presencia de Dorothy, la cual tenía por costumbre desde que había conocido a Candy entrar sin llamar a la puerta. Cuando lo hizo soltó las sábanas que traía en las manos mientras decía.
—¡Lo siento señor! ¡No sabía que se encontraba aquí!. –Inmediatamente después salió corriendo de la habitación—
Candy estaba más que apenada. Dorothy los había encontrado desnudos y en una posición demasiado bochornosa. La pecosa estaba completamente roja de su cara así que rápidamente se levantó y se cubrió con la sábana. Pensaba meterse al baño cuando Albert la alcanzó. Ella notó que seguía completamente desnudo y a pesar de su pena no pudo dejar de admirar la perfección de su cuerpo. Entonces el con toda la naturalidad del mundo le dijo.
—No tienes nada de qué avergonzarte pequeña. Es cierto que Dorothy no debió encontrarnos así, pero lo que tú y yo hicimos no tiene nada de malo, porque nos amamos y pronto nos casaremos, así que quita esa carita de preocupación que yo en cuanto esté listo iré a hablar con mi tía.
Candy sólo lo miró con sus hermosos ojos verdes y al notar que la miraba con infinita ternura se calmó.
—Tienes razón Bert, sólo me tomó por sorpresa, pero con tus palabras ya me siento mejor, pero ahora voy a bañarme creo que lo mejor será que te vea en un rato.
Entonces Albert tomó delicadamente su barbilla para decirle.
—No hermosa. Vamos a bañarnos juntos.
Candy no pudo evitar sonrojarse al instante, pues no sabía como iban a compartir algo tan íntimo como era el baño.
—No me mires así pequeña. Tu desnudez es lo más hermoso que he visto en mi vida y créeme cuando te digo que desde anoche tengo grabado en mis manos cada centímetro de tu preciosa piel.
Entonces Albert retiró lentamente la sábana que cubría el cuerpo de Candy y cuando ésta quedó parada desnuda ante él no pudo evitar volver a admirarla, pensaba que tendría que hacer acopio de todas sus fuerzas para no hacerle nada mientras se bañaban, pero respiró hondo y enseguida la tomó en brazos para llevarla hasta la tina de baño.
—Bert no es necesario que hagas eso. –Dijo mientras se encaminaban al cuarto de baño—
—Claro que sí princesa, me has hecho el hombre más feliz sobre la Tierra y hoy te voy a consentir.
Albert preparó la tina. Cuando ésta estuvo lista se metieron en ella y se relajaron con el agua tibia de la misma. Candy fue dejando poco a poco la timidez que tenía y se dedicó a disfrutar del momento que compartían. Albert era sencillamente perfecto, no solo su cuerpo le gustaba sino la ternura y el amor con el que la trataba. Todo el tiempo la procuró y era maravilloso sentir la dedicación con la que enjabonaba su cuello, su espalda, sus pechos y cada una de sus piernas. La trataba como si del cristal más fino estuviera hecha. Ella hizo lo mismo y no pudo evitar tragar seco al sentir su piel entre sus manos, sentía deseo por él, tanto que hubiera querido que la tomara ahí mismo y se asombraba de los pensamientos que asaltaban su mente, pero aun así continuó con su tarea. Enjabonó cada parte de su perfecta anatomía y pudo darse cuenta de que los años de diferencia entre ellos prácticamente no se notaban porque ese hombre era un sueño hecho realidad. Su piel era joven, firme, tersa, tenía unos increíbles brazos, su fuerte espalda y esas larguísimas piernas de infarto que estaban muy bien marcadas al igual que su impactante abdomen. Al momento pudo darse cuenta de que también por la mente de su amado pasaban los mismos pensamientos que en ella porque aunque ninguno de los dos dijo nada al respecto de nueva cuenta ya se encontraba "despierto". Por su parte Albert había hecho hasta lo imposible por enfocar sus pensamientos en otra cosa pero era una tremenda tentación ver y tocar a su pequeña sin poder hacerle nada más, pero aunque su cuerpo lo delataba, se contuvo de tomarla como lo deseaba porque primero quería hablar con su tía antes de que toda la mansión le llegara con habladurías.
Cuando hubieron terminado Candy salió del cuarto de baño con su bata puesta, se encontraba sentada en la orilla de la cama cuando de pronto observó como Albert salía envuelto con una toalla a la cintura, aún tenía ligeras gotas de agua escurriéndole por un pecho que era cubierto por un ligero vello rubio y eso junto con sus cortos cabellos despeinados y oscurecidos por el agua lo convertían en una visión, en una pecaminosa visión, como si aquel hombre hubiese sido tallado por los mismo dioses. El rubio casi instantáneamente pudo notar la turbación de Candy y una sonrisa ladeada se formó en sus labios. No sabía con exactitud qué era lo que pasaba por la mente de su pequeña hechicera pero se lo podía imaginar y el saber que ella lo deseaba con la misma intensidad que él hacia que se llenara de gozo. Su pequeña era muy apasionada y él se encargaría de mostrarle el placer de explorar y vivir su intimidad. Entonces se acercó a ella, se encuclilló para quedar a su altura y depositando un dulce beso en sus labios de cereza madura le dijo.
—Voy a cambiarme a mi cuarto pequeña, sé que aún es temprano, pero pediré que te suban el desayuno para que salgamos a tiempo al hospital, no quisiera que llegaras tarde por mi culpa.
Candy solo lo miraba embelesada y con la inercia de una polilla que vuela hacia la luz le contestó.
—Está bien amor, esperaré a que pases por mí.
Albert le dio otro beso en sus labios y salió de ahí. Llevaba apenas unos cuantos pasos afuera de la habitación de Candy cuando la voz de la matriarca se escuchó.
—William… —Dijo la tía abuela un poco consternada—
Albert aunque no quería hacerlo, se volteó para mirarla con toda la pena del mundo por las condiciones en las que se encontraba. Pensaba hablar con ella, pero quería hacerlo por lo menos cuando se encontrara vestido con más que una sola toalla.
—Tía… —Dijo abochornado—
—Anda a cambiarte y te espero en mi cuarto, pero no tardes por favor –Expresó seriamente—
—Claro tía en cinco minutos estoy con usted.
Como lo dijo. A los cinco minutos Albert ya se encontraba perfectamente vestido en un traje azul marino con una camisa azul cielo que hacia perfecto juego con sus hermosos ojos. Llamó a la puerta y la anciana contestó.
—Pasa William.
Albert se acercó a la pequeña sala en donde se encontraba su tía y se sentó junto a ella. Esta se le quedó mirando fijamente para decirle.
—Bueno…entonces no se pudieron aguantar hijo. –Dijo la anciana disfrutando del predicamento en el que se encontraba su sobrino—
Instantáneamente al hermoso rubio se le subieron todos los colores al rostro. Entonces pasó su mano por sus cabellos, se aclaró un poco la garganta y le respondió.
—Estoy consciente de lo que hicimos y responderé como se debe. Hemos decidido casarnos este fin de semana tía.
La tía abuela los quería mucho, los apoyaba lo más que podía, por eso no pensaba ahondar más en el asunto y aunque no estaba de acuerdo en que no hayan esperado hasta la luna de miel para disfrutar de su noche de bodas, dada las circunstancias tendrían que acelerar todo. Aunque para sus adentros estaba contenta –pese a nunca reconocerlo abiertamente— de que por fin se casaran. De cualquier manera miró a su sobrino para preguntar al respecto.
—¿Este fin de semana hijo?
—Sí tía. Ni Candy ni yo queremos esperar más.
La tía abuela hubiera querido una gran boda digna del patriarca de un clan tan poderoso como lo era Albert, pero había aprendido hace ya algunos años que nunca le ganaría una batalla a su sobrino cuando ya había tomado una decisión, además de que ella también quería que se casaran, sólo que había un pequeño detalle que tendría que negociar con él.
—Hijo sabes que yo soy la más emocionada de que se casen, pero, si ya van a tener una precipitada boda porque no esperamos a que llegue Archibald, el estará aquí dentro de dos semanas, así me daría tiempo de organizar algo pequeño pero significativo y no lo dejaríamos fuera de todo el festejo, recuerda que él los quiere mucho y Candy también, estoy seguro que no querría perderse su boda.
Albert miraba a su tía y por más que quería decirle que sí, le preocupaba un poco la idea de que su pequeña hubiese podido quedar embarazada. Entonces le contestó con la verdad.
—Tía pero Candy podría estar esperando un hijo mío justo en estos momentos.
Entonces la venerable anciana frescamente le contestó mientras soltaba una pequeña risa.
—Ay hijo… si eso es cierto no creo que dos semanas más hagan la diferencia. No es como si se fueran a esperar un año.
Un Albert más relajado cayó en cuenta de la verdad en las palabras de su tía, por lo que accediendo a su petición le dijo.
—Tiene razón tía, no lo había pensado así. Lo haremos como usted dice, yo también quiero que Archi sea partícipe de nuestra felicidad. Le encargaré entonces que por favor organice algo pequeño para dentro de dos semanas.
—Muy bien hijo así lo haré. –Dijo con una sonrisa, aunque para sus adentros ya estaba pidiendo al cielo que Candy hubiera quedado en cinta para poder cargar muy pronto entre sus brazos al próximo heredero—
—Bueno tía, entonces la dejo, debo llevar a Candy al hospital y creo que ya nos entretuvimos un poco aquí.
—Bien hijo, que tengan buen día, los espero en un rato.
—Gracias tía.
Le dio un beso a la anciana en su cabeza, se levantó y se retiró de ahí.
Pasó por su preciosa enfermera y salieron rumbo al hospital. Mientras iban de camino Albert tomaba con una mano el volante mientras que con la otra sostenía la mano de Candy. Faltaban unos pocos minutos para llegar, así que aprovechó para decirle.
—Hoy le pediré a George la lista de la que hablamos ayer princesa y en cuanto a lo otro yo creo que mañana lo tendré listo.
A Candy no le terminaba de agradar del todo la idea de cargar consigo un arma por muy pequeña que esta fuera, pero sabía que Albert nùnca le sugeriría algo similar si no estuviera realmente seguro de la dimensión del problema que representaba aquella mujer. Entonces muy decisiva le contestó.
—Me parece bien Bert, pero te confieso que en verdad espero no tener que usarla nunca.
—Yo espero lo mismo princesa, pero no está por demás extremar precauciones.
Cuando finalmente llegaron al hospital el guapísimo rubio estacionó su Rolls Royce, salió de él y dio la vuelta para abrirle la puerta a Candy, la ayudó a bajar y depositando un casto beso en su delicada y pequeña mano se despidió de ella diciendo.
—Pasaré por ti a las dos bonita. Espero que tengas un lindo día aunque lo pases al lado del "doctocito" –Dijo un tanto celoso—
Entonces ella lo miró tiernamente, porque le parecía increíblemente lindo ver que estaba celoso de Jonathan.
—Bert…no tienes por qué tener celos de Jonathan porque mi corazón ya te lo he entregado a ti.
Entonces Candy le dio un fugaz beso en la mejilla, le guiño un ojo coqueta y se marchó.
Albert no quería separarse de ella, pero aun así la observó alejarse por el largo corredor hasta que la perdió de vista. Daba gracias al cielo que por lo menos no se encontraron con Jonathan, ya que realmente lograba sacarlo de sus casillas y no estaba seguro de poder aguantar las constantes galanterías que tenía con su pequeña.
Candy había entrado al hospital. Sabía que tenía que reportarse en la estación de enfermeras, ya que Jonathan le había comentado el día anterior que lo asistiría en quirófano, así que en cuanto le dieron su pase para cambio de pabellón se dirigió al cambiador de mujeres para ponerse su "pijama quirúrgica". Cuando salió fue hasta los lockers para guardar su uniforme y su bolso, pero cuando lo abrió observó como una pequeña nota caía al suelo. Se agachó para recogerla y al leer su contenido sintió como un ligero escalofrió recorría todo su cuerpo.
Jamás podrás disfrutar de sus caricias porque siempre recordarás que yo ya estuve entre sus brazos, que gocé de su pasión incontrolable cuando esas manos me tocaron cada noche. No olvides nunca que tú eres solo un premio de consolación, pero jamás será tuyo porque cuando se canse de usarte regresará a mi.
Maldita enfermera.
Cuando Candy terminó de leer la pequeña nota las manos le temblaban ligeramente, de pronto sintió como aquella mujer estaba realmente desquiciada, quería intimidarla con su acoso, pero no se lo iba a permitir. Sabía perfectamente lo que Albert sentía por ella y una loca no la iba a hacer dudar de su amor. Nicolette no sabía aun de lo que Candice White era capaz de hacer por el amor de su vida y si pensaba que sería fácil quitárselo estaba muy equivocada. Ahora más que nùnca no le tenía miedo y si quería seguir mandándole anónimos que lo hiciera, pero ni muerta le dejaría el camino libre. Ese rubio era solamente suyo. Entonces dobló la nota, la guardó en su bolso, lo regresó al locker y lo cerró.
Mientras tanto en una propiedad a las afueras de Chicago una pelirroja se sentía optimista. Pensaba que para esa hora sus dos hombres ya deberían de haberse infiltrado en el hospital como voluntarios y para esas alturas la maldita enfermera ya habría leído el anónimo. Pretendía en un principio volverla loca con su sombra, que no existiera un sólo momento en que no pensara que cada caricia que Albert le daba ya se la había dado a ella, que cada palabra de amor ya se la hubo dicho a ella, que su cuerpo y su pasión solo eran un desahogo porque su verdadero amor era ella. Poco a poco su plan tomaría forma y llegado el momento la desgraciada saldría de sus vidas para siempre, sólo necesitaba ubicar el momento apropiado y entonces ella se quedaría al lado de Albert como debió suceder desde un principio.
En otro lugar no muy lejos de ahí una Annie se encontraba un tanto insegura ya que había decidido no ayudar a la pelirroja con su plan, no porque quisiera a Candy, no, ella fue muy sincera al mostrar su antipatía, realmente la odiaba y la envidiaba por que para ella solamente era un mosca muerta que se daba golpes de pecho y por eso todo el mundo se fijaba en lo "buena que era", pero lo que más le molestaba es que todo los hombres Andrew terminaron cayendo en sus redes y enamorándose perdidamente, mientras que ella que tenía más porte, más clase, que pertenecía a una buena familia, que era aún más dama y más virtuosa, tenía que conformarse con las limosnas de cariño que Archibald Cornwell le regalaba y eso porque años atrás su "hermana" se lo había pedido. Pero no era por eso que se negaba, era porque desde hacía un par de semanas venía sospechando que estaba en cinta y eso le convenía bastante ya que en ese momento se encontraba saliendo con Cameron Stewart, un empresario textil que la rodeaba de lujos y aunque fuesen amantes tenía la esperanza desde hacía varios meses atrás de que le pidiera matrimonio y si resultaba cierto su embarazo estaba segura de que eso pasaría y entonces no dudaría ni un segundo en botar a Archibald para casarse con él. Pensaba terminar con el con un simple telegrama ya que era lo menos que se merecía al haberle regalado solo las sobras del amor que sentía por Candy y si en el trayecto sufría un poco se regocijaría con ello. Ya después encontraría la manera de recuperar aquellas fotos que la comprometían, finalmente si se casaba con Cameron él podría ayudarle a deshacerse del chantaje que sufría por parte de la pelirroja. Lo que no se esperaba es que Archi ya venía de camino a Chicago…
Continuará…
