19. Atrapada en un episodio interminable de Hospital general

Si tuviera que hacer una lista de los momentos más dolorosos de mi vida, la mayoría estarían relacionados con Itachi. En todos los recuerdos bochornosos y las humillaciones públicas, él aparece en primer plano. Creo que en el primer puesto de la lista figura el día que colgó carteles por todo el colegio anunciando que aquella semana yo tenía la regla.

No te imaginas la cantidad de tampones que aparecieron en mi taquilla.

Sin embargo, hay algo que supera aquel momento y, por supuesto, también tiene que ver con él, aunque esta vez no es nada vergonzoso ni físicamente doloroso. Ahora es culpable de conseguir que lo eche de menos, y de qué manera. En el vuelo de regreso a nuestro pequeño pueblo de Connecticut, pienso en las dos semanas de vacaciones de invierno que he pasado con mis abuelos y me doy cuenta de que casi todo el tiempo he estado enfurruñada. Menos mal que el único que lo ha notado ha sido Shikamaru o me habrían llamado la atención. Él también estaba de bajón, así que nos hemos dejado en paz el uno al otro.

Si he sobrevivido a la separación es porque me ha llamado todos los días, puntual como un reloj. Hablábamos durante horas, antes de que yo me fuera a dormir. Durante el día, nos enviábamos mensajes casi cada diez minutos, así que era casi como si lo tuviera conmigo, y «casi» es la palabra clave. El día de Navidad ninguno de los dos pudo hacer la llamada diaria, pero me lo compensó enviándome el correo electrónico más dulce que he leído en mi vida. Hablábamos de todo un poco, seguíamos siendo Itachi y Sakura, pero algo había cambiado y de qué manera. Me sentía como si me ahogara sin él y solo podía confiar en que él sintiera lo mismo.

Nochevieja fue una tortura en toda regla. Los dos salimos de fiesta, los dos estábamos rodeados de parejas que se besaron cuando el reloj marcó las doce. Yo tenía el teléfono pegado a la oreja y me estaba concentrando en el sonido de su respiración. Nos quedamos callados durante un minuto, pensando dónde querríamos estar y lo que nos gustaría estar haciendo. Esa idea bastó para que me pusiera nerviosa y eufórica a la vez. Sabía que pronto recibiría mi primer beso y la voz ligeramente ronca de Itachi era la prueba.

El avión aterrizará en breve y soy incapaz de estarme quieta. Mi madre me regaña con la mirada y luego sigue leyendo. Vamos en primera clase, así que yo me siento con ella y Shikamaru, con mi padre. Son ganas de llamar al mal tiempo, y es que su relación no ha progresado mucho que digamos, pero mi madre ha insistido porque, según ella, necesitan pasar tiempo juntos. Desde mi asiento veo que Shikamaru está viendo una película y mi padre está ocupado leyendo una revista. Pues sí, parece que ha merecido la pena.

Cuando por fin pasamos la aduana, ya es media tarde. Hemos intentado viajar ligeros de equipaje y con maletas de mano, pero aun así nos pasamos una hora esperando en la zona de recogida. Es alucinante la cantidad de gente que viaja por estas fechas, debería haber supuesto que iríamos con retraso. Eso no impide que esté nerviosa, no paro de dar golpecitos con el pie y si las maletas no aparecen pronto estrangularé a alguien.

—Te arrepientes de haberle dicho a tu amado que no viniera al aeropuerto, ¿eh?

Shikamaru está disfrutando con esto y se le nota. Ya se le ve mejor, como si al cambiar de estado se hubiera esfumado la melancolía. Espero que la chica misteriosa le dé una respuesta pronto, no sé si podría soportar otra vez sus cambios radicales de humor.

—No sé de qué estás hablando —le digo, toda dulzura, sin dejar de vigilar a mis padres por el rabillo del ojo.

Están a unos metros de nosotros, pidiendo un par de cafés en el Starbucks. Eso sí, no creo que vuelvan. Hay tal cantidad de gente esperando sus maletas que en cualquier momento podría haber una estampida, y Dios no quiera que mi madre se rompa una uña o que a mi padre le arranquen un botón de la camisa. Hay una fina línea entre ser hijo de alguien y su esclavo, ¿verdad?

Shikamaru me golpea el hombro con el suyo y casi me caigo en la cinta transportadora. Lo fulmino con la mirada, pero de pronto localizo dos de nuestras maletas y rápidamente las cojo.

—Dos menos, faltan otras dos —anuncio resoplando, antes de que Shikamaru me las coja de las manos y las cargue en el carrito.

Pero ¿qué ha metido aquí mi queridísima madre? ¿Huevos de avestruz?

—No sabía que ibais tan en serio.

Shikamaru me mira con ese par de ojillos tan perspicaces que tiene y sé que, como siempre, no puede salir nada bueno de esto. Seguramente no he conseguido engañarlo, a pesar de mis intentos por esconder lo que hay entre Itachi y yo. La cuestión es que no quiero que lo sepan mis padres, al menos no todavía. Si se enteran, son capaces de buscar una iglesia y casarnos en menos de una hora. No es el tipo de presión que necesito ahora mismo. Que Shikamaru lo haya descubierto es bueno y malo al mismo tiempo. Es bueno porque es con quien mejor me llevo de mi familia y estaría bien poder compartirlo con él. ¿Que por qué es malo? Porque no quiero que le dé una paliza a la persona responsable de mi felicidad.

—Solo nos vemos de vez en cuando, no es nada serio —me apresuro a responder.

Quiero que entienda la naturaleza de nuestra relación y para eso necesito más tiempo. Tiene que darse cuenta por sí mismo de que Itachi ha cambiado y que cuando estoy con él soy más feliz de lo que lo he sido en años. En cuanto lleguemos a casa, me pondré manos a la obra. Le enseñaré cómo es Itachi cuando está conmigo.

Shikamaru coge una bolsa Nike de la cinta transportadora, la suya, y se la cuelga de la espalda.

—Tú no eres así, Cerezo, no haces nada que no sea serio —me dice dibujando unas comillas con los dedos alrededor de la palabra «serio»—. Te entregas a tope o no te entregas, así que no te lo compro.

No puedo mirarle a los ojos, esta conversación me resulta demasiado familiar. Recuerdo la última vez que la tuvimos. Yo estaba en casa, llorando como una Magdalena porque Sasuke había besado a una chica rubia durante un baile del colegio. Sabía que él estaría allí y que iría con ella, y por eso no me apetecía ir; pero mi madre insistió. Me obligó a embutirme en un vestido que me iba demasiado pequeño y luego me puso los zapatos de tacón más incómodos del mundo. Cada segundo encaramada en ellos era como una tortura, pero con la ayuda de Karin conseguí abrirme paso hasta el gimnasio. Itachi no tenía intención de regalarnos su presencia aquella noche, así que la velada se presentaba prometedora. Por desgracia, en cuanto vi a Sasuke bailando con otra chica, muy pegados, y mirándola a los ojos, supe que no debería haber acudido. Por si fuera poco, de pronto la besó y yo sentí que algo se rompía dentro de mí. Recuerdo que salí de allí corriendo, llamé a Shikamaru y le pedí que me llevara a casa. Fue entonces cuando me dijo unas palabras muy parecidas. Tenía razón entonces cuando me pidió que pasara de Sasuke, que no me entregara tanto emocionalmente hablando, y yo lo escuché sin intención alguna de hacerle caso. Sin embargo, ahora es distinto, Itachi es diferente.

—Me gusta —le digo a mi hermano sin mirarlo a los ojos—. No es la persona que creíamos que era. Todo lo que me hacía era porque...

—Le gustabas, siempre le has gustado.

Lo dice como si fuera la cosa más evidente del mundo. Me lo quedo mirando en silencio.

—¿Lo sabías? ¿Desde cuándo?

—Lo sabía todo el mundo, Cerezo. Desde tu primer día de colegio hasta ahora, no hay nadie que no lo sepa. Supongo que pensamos que lo mejor era que os aclararais vosotros solos —responde, y luego se encoge de hombros.

—Pero no...

Shikamaru levanta una mano y mira por encima de mi hombro.

—Ya hablaremos luego. Sé por qué no quieres que lo sepan mamá y papá, y créeme, es mejor que no lo sepan.

Nuestros padres llegan al cabo de unos segundos, justo a tiempo para recoger la última maleta. Una vez que lo tenemos todo, cogemos un taxi hasta Farrow Hills y, conforme nos aproximamos, yo me voy poniendo más y más nerviosa. No me ha sonado el móvil ni tengo mensajes pendientes, así que empiezo a estar un poco preocupada. ¿Y si se ha olvidado de que llego hoy? ¿Y si ha hecho planes por su lado? No debería pretender que me recibiera con un ramo y tan desesperado por verme como yo a él. Qué tonta eres, Sakura.

Cuando nos detenemos delante de casa, yo sigo mirando el móvil con el entrecejo fruncido. La decepción es tan demoledora como nunca lo ha sido con Sasuke. Quizá era eso lo que me esperaba de él y por lo tanto mis expectativas se han visto cumplidas. Itachi siempre me sorprende, siempre se supera a sí mismo, tanto que supongo que me he acostumbrado. Supongo que eso era lo que esperaba que hiciera hoy, que me sorprendiera.

—¿Quién es ese que está sentado en el porche? —pregunta papá mientras le paga al taxista.

Levanto la mirada del móvil y sé que es él, seguro. No le veo la cara porque la tiene escondida entre las rodillas, pero el pelo lo delata. La chupa de cuero también ayuda, pero es casi como si fuera magia. Quizá suene exagerado, pero noto su presencia cuando estoy cerca de él y tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no saltar del coche y correr hacia él.

—Es Itachi, ¿verdad, cariño? ¿Qué hace aquí? —pregunta mi madre, debatiéndose entre la confusión y el aturdimiento.

Seguramente no es el mejor momento para decirle «Eh, mamá, ¿ves a ese chico que está sentado en el porche? Pues digamos que hay algo entre nosotros, pero no puedo decírtelo porque empezarías a pensar en adornos florales y centros de mesa, y yo me moriría de la vergüenza. Él huiría a las montañas y yo te odiaría el resto de mi vida».

—No tengo ni idea.

Shikamaru se ríe y yo estoy a punto de dejarlo ciego de un codazo.

—Bueno, no tengas al pobre chico esperando y ve a preguntarle —me dice mi madre mientras ellos acaban de sacar las maletas del taxi.

Itachi está mirando en mi dirección y su expresión es un reflejo de la mía, aunque apuesto a que mi sonrisa es mucho más grande. Intentamos disimular nuestro entusiasmo por lo que pueda pensar mi familia, pero, en cuanto estamos a una distancia suficiente como para tocarnos, es como si hubiera un campo magnético entre los dos. Siento un hormigueo en los brazos de lo mucho que me apetece abrazarlo. Me imagino escondiendo la cara en su cuello y percibiendo su perfume siempre chispeante. Itachi levanta una mano como si fuera a acariciarme la cara, pero se lo piensa. Se nota que entiende la incomodidad que me genera la presencia de mis padres. Suspira decepcionado, retira la mano y acto seguido me ofrece un ramo de calas.

—Bienvenida a casa —susurra.

Me ha comprado calas. Soy extremadamente feliz y siento más ganas que nunca de tocarlo. Es como me imaginaba al hombre perfecto y mucho más. ¿Se puede morir por un exceso de sueños cumplidos?

—Gracias —replico con timidez y me llevo el ramo al pecho.

Casi puedo notar la mirada de mi madre clavándose en mi espalda. Papá y ella querrán hacerme preguntas más tarde, pero, a diferencia de mi hermano, no se darían cuenta de la verdad, aunque les mordiera. A veces tener unos padres despistados es una bendición.

—Estás muy guapa.

Me repasa de arriba abajo y yo me pongo colorada. Sé perfectamente que no es verdad, pero Itachi siempre se comporta como un perfecto caballero. Esta mañana teníamos que coger el avión muy temprano, así que solo he dispuesto de diez minutos para ducharme. Luego mi madre ha monopolizado el único secador que había y mi pelo ha acabado como el de la medusa, pero multiplicado por diez. Por si fuera poco, llevo cero maquillaje. Seguro que me han salido bolsas debajo de los ojos del tamaño de tiranosaurios, por no hablar de la ropa. Me he puesto la primera camiseta que he encontrado, una con un Garfield raído sobre un fondo negro, y la he combinado con los vaqueros más viejos que tengo. Mi madre casi sufre un aneurisma cuando me ha visto aparecer durante el desayuno, pero llegábamos tarde y el resto de la ropa ya estaba en la maleta. Tampoco ha ayudado que me tirara el café encima yo sola mientras esperábamos nuestro vuelo. De ahí que apeste a Starbucks.

—Sí, y qué más.

Pongo los ojos en blanco, pero no parece que esté bromeando. Se me acerca un poco más sin apartar sus ojos de los míos.

—¿Quieres que salgamos de aquí? Si quieres, te cuento por qué creo que estás preciosa.

Me quedo sin aliento y es como si la fuerza de sus palabras me arrollara. ¡No puede decirme estas cosas con mis padres a un par de metros de distancia! No me hago responsable de mis actos. El cambio que se ha producido en él es alucinante, tanto que me pongo nerviosa solo de pensarlo. Su mirada es tan intensa que se me acelera la respiración. Me muero de ganas de aceptar su proposición.

—Itachi, hijo, me alegro de verte. —Se oye la voz de mi padre a nuestras espaldas.

Intercambian uno de esos saludos que están a medio camino entre el apretón de manos y el abrazo. Mamá también lo abraza, con demasiada efusividad para mi gusto. Casi puedo ver las campanas de boda flotando alrededor de su cabeza y formando un halo divino. Shikamaru, por su parte, lo saluda con un gesto de la cabeza y entra en casa, dejándonos a los cuatro aquí plantados. Después de la típica conversación de compromiso, Itachi decide jugársela.

—Mikoto me ha pedido que invite a Sakura a cenar. No ha oído hablar de otra cosa en todas las vacaciones. Sakura esto, Sakura lo otro...

Mis padres comentan lo amable que es Mikoto y Itachi aprovecha para guiñarme un ojo.

—¿Tengo que ir? —les pregunto, poniendo mi mejor cara de «por favor, no me obliguéis».

Si finjo que preferiría ir a cualquier sitio menos a casa de los Uchiha, sé que es precisamente allí donde me mandarán.

—¡Por supuesto! Claro que tienes que ir, Mikoto ha sido muy amable al invitarte.

A mi pobre madre se le nota en la voz que está decepcionada. Obviamente, Itachi no ha caído en la cuenta de que una invitación para cenar de parte de Mikoto Uchiha es como el santo grial de las invitaciones. Se ha puesto un pelín verde de la envidia, pero no pienso permitir que venga conmigo.

Enseguida retoma la conversación anterior, aprovechando que mi padre ha entrado en casa para ir a buscar algo para el sheriff. Reaparece con una botella de vino gran reserva, de esas que cuestan cientos de dólares. Me dice que se la dé a los Uchiha y por fin nos dejan libres. Itachi ni siquiera me deja entrar un momento para ducharme o cambiarme de ropa. Lo que daría ahora mismo por enjabonar a conciencia hasta el último centímetro de mi cuerpo.

—No puedo ir a tu casa con estas pintas —le digo cuando doblamos la esquina—. Pero si llevo una camiseta con un gato enorme, por el amor de...

Mis palabras se quedan a medias cuando, de pronto, Itachi se detiene, da media vuelta y me atrae hacia su pecho. Me pasa los brazos alrededor de la cintura, hunde la cara en mi pelo y oigo que inspira.

Madre mía. Me quedo petrificada durante unos segundos. Está haciendo exactamente lo que a mí me habría gustado hacer en cuanto lo he visto en el porche de casa, pero no he tenido el valor suficiente. Por suerte, me lo acaba de poner en bandeja. ¿Quién soy yo para resistirme? La sorpresa inicial se disipa y mis brazos se deslizan alrededor de sus hombros como si tuvieran vida propia. Apoyo la cabeza en su pecho y hago lo mismo que acaba de hacer él, inspiro. Por fin siento que el nudo que tengo en el estómago desde hace dos semanas se deshace y el peso que he estado cargando se desvanece. Me lleno los pulmones con su olor embriagador y disfruto el momento.

Nos quedamos así, enredados el uno en el otro, durante lo que podría ser un segundo, una hora, una eternidad. Cuando por fin nos separamos, la cara de Itachi expresa una ternura que se parece peligrosamente a cierta emoción a la que le tengo pánico. Me mira de tal manera que el corazón me da un vuelco. Sus dedos se deslizan por mi cara, resiguiendo cada línea, hasta detenerse sobre la mejilla, que está caliente y probablemente colorada.

—¿Te he dicho ya lo mucho que te he echado de menos?

Yo respondo tímidamente que no con la cabeza y veo aparecer una mirada risueña en sus ojos.

—Mmm, ya decía yo. Pero no es culpa mía. Si no nos hubiéramos ido, tu madre habría acabado pidiéndome matrimonio.

Me echo a reír y él hace lo mismo. Parece increíble que siempre sepa lo que estoy pensando o sintiendo y que no tenga miedo de decirlo.

—Será mejor que te mantengas alejado de ella, no sé cuánto tiempo podré contenerla. Parece que está un poquito obsesionada contigo. Es raro.

—¿Y te extraña? No se me resiste ninguna Haruno.

Pongo los ojos en blanco ante semejante bravuconada, pero la verdad es que me siento aliviada ahora que hemos cambiado de tema. Se me ha quedado grabada en el cerebro la imagen de antes y, si te soy sincera, estaba muerta de miedo. Aún es demasiado pronto para esa clase de sentimientos, al menos para mí. No sé si estoy delirando.

Echo a andar hacia atrás, apartándome de él y en dirección a su casa.

—Intenta no tropezar con tu enorme ego, Mikoto y el sheriff te querrán en casa de una pieza.

Se ríe y echa a andar detrás de mí. No pasa mucho tiempo hasta que acabamos cogidos de las manos, con los dedos entrelazados y sonriéndonos el uno al otro como dos tontos. He de admitir que en el avión de vuelta a casa estaba preocupada. Es bastante habitual que la gente se sienta más cómoda hablando por correo electrónico, a través de mensajes o incluso por teléfono. Estar cara a cara lo hace todo más incómodo y eso es lo que pensaba que pasaría entre nosotros, pero por suerte no ha sido así. Nos ponemos al día de lo que hemos hecho. La abu Uchiha pasó las Navidades en casa y tuvo que soportar que su hijo la sermoneara y luego la castigara. Se me escapa la risa cuando me explica que aunaron esfuerzos para intentar escaparse a tomar algo al Senju's, pero que el sheriff Uchiha los pilló in fraganti mientras intentaban abrir la puerta de la calle con una horquilla.

—Intenté visitar a Temari como me pediste, pero su madre me dijo que no estaba — me dice, y no puedo evitar preocuparme.

Las pocas veces que hemos hablado en estas dos semanas, Temari parecía distante. Siempre me decía que estaba muy liada con el trabajo y que llegaba a casa agotada. No hemos vuelto a hablar de lo que pasó el día que apareció por mi casa, no he querido forzar el tema. Oculta algo, de eso estoy segura, pero ¿qué puede ser y por qué no me lo cuenta?

—¿Karura estaba sobria? No quiero imaginarme la clase de fiestas que ha organizado durante las vacaciones —digo amargamente, con la mirada clavada en las grietas de la acera.

Itachi se da cuenta del bajón que acabo de tener y me aprieta la mano con fuerza. El nombre de Karura siempre me deja un sabor rancio en la boca, tanto que me arrepiento de haber sacado el tema.

—Me he pasado todos los días por allí. No ha montado una sola fiesta en estas dos semanas, ni siquiera en Nochevieja. A Temari la he visto por el pueblo, pero siempre trabajando y parecía como si...

—¿Te evitara? —termino la frase.

—¿Tú también lo has notado? —pregunta y, cuando ve que asiento, me atrae hacia él y apoya su barbilla en mi cabeza.

Respiro hondo y no me muevo. Siempre que le dejo llevar las riendas, su presencia me tranquiliza. La mayoría del tiempo estoy demasiado pendiente de él para relajarme, pero esto es distinto, es agradable.

—Al menos a Ino y a Sai les va bien. El tío está loquito por ella —anuncia, y yo sonrío.

Son buenos el uno para el otro, opuestos absolutamente, pero cuando están juntos son literalmente como las dos mitades de un todo.

—Ella siente lo mismo por él, estoy segura.

—El primer amor, menudo cliché.

Se le escapa la risa y yo le doy un codazo que le hace gruñir de dolor.

—No te burles de ellos y ni se te ocurra decirle nada a Sai.

Itachi se frota la zona donde ha recibido el golpe.

—Sí, señora —se burla, me atrae de nuevo hacia sí y yo me derrito.

Recorremos los cinco minutos que nos separan de su casa en silencio y cuando llegamos, muy oportunamente, nos encontramos a Sasuke y a Karin peleándose, pero peleándose de verdad, a gritos y empujones.

—Mierda —reniega Itachi a mi lado y yo pienso para mis adentros que esto no tiene buena pinta.

Karin está teniendo uno de sus brotes, de esos en los que le da por usar las manos para que quede claro hasta qué punto está cabreada. Ahora mismo está golpeando a Sasuke en el pecho para ver si así recibe el mensaje. Sasuke, el pobre, no sabe qué hacer, solo intenta detener sus ataques. Con los años, he visto a Karin peleándose con muchos de los chicos con los que ha salido y no tiene piedad con ellos. Cuando decide liarla, aun en el caso de que ellos no hayan hecho nada, está dispuesta a hacer todo lo necesario para rematar la faena.

No se me escapa lo irónico de la situación. Siempre he querido presenciar el momento en que la parejita perfecta se diera cuenta de que no son tan perfectos como creían. Sin embargo, ahora pienso que ya no me da igual. En todo caso, me da un poco de pena que Sasuke tenga que pasar por esto. Si hay alguien que sepa lo cruel que puede llegar a ser Karin, esa soy yo.

—Ven, entremos por la puerta de atrás.

Itachi me coge de la mano y me lleva hacia el patio trasero. Karin y Sasuke, ajenos a todo, siguen gritándose. Arrimo la oreja para saber qué pasa, pero solamente oigo a Karin despotricando y a Sasuke pidiéndole que se tranquilice.

Intentamos pasar desapercibidos caminando de puntillas al estilo de Misión imposible, pero en cuanto cruzamos la puerta de madera que da acceso al patio trasero, oigo que alguien me llama por mi nombre. Si se me permite una sugerencia, Tom Cruise debería conservar su papel.

—Sigue andando, no tienes por qué contestar.

Itachi me pone una mano en la parte baja de la espalda y se acerca a mí en actitud protectora, pero yo quiero saber qué tiene que decir Karin y por qué me mete en esto. No sé muy bien por qué, pero de pronto es como si la discusión ya no me intimidara.

—No pasa nada, puedo apañármelas.

Sonrío, pero la cara de Itachi es un poema. Hay algo que no me está contando y eso me asusta. Tampoco me da tiempo a preguntárselo. Karin se abalanza sobre mí con Sasuke detrás, intentando controlarla. Está cabreada, tiene la mirada trastornada y no estoy segura de que ahora mismo esté sobria.

Sus ojos se clavan en la mano con la que Itachi sujeta la mía y se le dilatan las aletas de la nariz. Nunca la había visto así, ni siquiera en sus peores momentos conmigo. Su mirada desprende tanto odio hacia mí que por un momento me asusto.

—Dile a tu novia que retroceda, Sasuke —le espeta Itachi a su hermano cuando Karin da un paso hacia nosotros.

—Karin, venga. No quieres hacer esto, ahora no.

Intenta sujetarla por el hombro, pero ella se lo quita de encima con un gesto violento.

—Miraos los dos, babeando por la gorda esta.

Su risa es amarga y sus palabras tienen como objetivo hacerme daño, pero ya no me afectan. Se acabó el intentar ser suficientemente buena para ella, se acabó buscar su aprobación y, sobre todo, se acabó pensar que ojalá nuestra amistad hubiera sobrevivido.

—Karin —le advierte Itachi.

Tiene la vena del cuello hinchada y la mano libre cerrada en un puño.

—Ignórala, ya no me afectan sus palabras —le digo a él.

A ella le dedico mi expresión más fría y flemática y mantengo un tono de voz considerablemente monótono.

— ¿Qué problema tienes, Karin? ¿Qué quieres de mí?

Ella entorna los ojos y se lleva las manos a la cadera. Por la posición de su cuerpo, diría que se me va a tirar encima en cualquier momento.

—Tú eres mi problema, zorra. ¿Por qué coño no sales de mi vida? ¿De verdad crees que, pegándote como una lapa al hermano de mi novio, camelándote a su madre con tu pinta de niñata inocente y robándome la corona tu vida va a ser como la mía? ¿Sabes qué, Sakura?, no eres más que una triste y patética acosadora.

Sus palabras me duelen tanto como si me hubiera dado una bofetada. Parpadeo una vez, luego dos y así sucesivamente. ¿Diez años de amistad y esto es lo que significo para ella? ¿Alguna vez me consideró amiga suya?

—¡Basta! —truena la voz de Itachi, haciendo añicos el silencio.

Me concentro en respirar e intento formular una respuesta. No sé qué se hace cuando alguien te ataca verbalmente con tanta virulencia. En las películas, a la heroína de turno siempre se le ocurre la réplica perfecta. Tiene un montón de diálogos en la cabeza y consigue poner a la abeja reina en su sitio, pero esas cosas en la vida real no pasan. Me quedo literalmente muda.

—¡Karin!

Esta vez es Sasuke. Sus ojos amenazan con salirse de las cuencas y la mandíbula le roza el suelo. Es evidente que nunca ha visto a su novia en todo su esplendor. ¿Cómo es posible?

—Sois los dos patéticos. Miradla, por el amor de Dios, si es una inútil y una sebosa. Viviríamos todos mucho mejor sin ella y sus chuminadas.

No le pegues, Sakura, contente. No utilices el gancho de derecha que te enseñó Shikamaru, no vale la pena.

—Ya sé que no se debe pegar a una mujer, pero Sasuke, si dentro de dos segundos no me la has sacado de delante, te juro que no me lo pienso dos veces.

La voz de Itachi se ha reducido a un susurro triste y frío mucho más peligroso que cuando grita. Me dan escalofríos solo de oírlo y Karin se pone pálida. Sasuke esboza una mueca de sorpresa y empieza a arrastrarla del brazo, consciente de que Itachi está a punto de llegar a su límite.

—Cuando íbamos a noveno, le dijiste al profesor de química que le harías una mamada si te ponía un sobresaliente. Querías ir al campamento de baile, pero antes necesitabas aprobar.

Karin me mira boquiabierta y se pone aún más pálida.

—Perdiste la virginidad con un universitario cuando tenías catorce años. Les dijiste a tus padres que dormías en mi casa, pero en vez de eso te colaste en una fiesta de su residencia. Por la mañana te echó de una patada y tú no saliste de casa durante una semana entera.

Sasuke cada vez está más sorprendido, así que entiendo que tampoco sabía nada de este pequeño incidente. Itachi simplemente me mira, siento su mirada clavada en mí mientras por fin hago lo que llevo siglos queriendo hacer.

—El verano antes de empezar el instituto, me dijiste que estabas enamorada de Itachi. —Lo miro y él hace una mueca, pero ahora mismo me siento especialmente malvada—. Fuiste a su casa y le dijiste que querías acostarte con él, pero te dijo que no le interesaba. Te pasaste días llorando.

»En la fiesta de Chouji, convenciste a Kakusu para que se propasara conmigo. ¿Eso tampoco se lo has contado a tu novio?

Ni siquiera puede mirarme a los ojos, no necesito una confesión para nada.

—La cuestión, Karin, es que sé muchas cosas de ti. Esto no es más que la punta del iceberg de todas las cosas que has hecho y que no quieres que sepa la gente. No quiero una vida como la tuya porque sé lo bajo que has caído.

—Zorra asquerosa...

Se abalanza sobre mí, pero Itachi le bloquea el paso, la sujeta por los hombros y la aparta de un empujón.

—Lárgate ahora mismo y, si sabes lo que te conviene, no vuelvas a acercarte a ella.

Karin mira a Sasuke como si esperara que saliera en su defensa, pero él parece tan abatido que ni siquiera se mueve. Está ahí de pie, con la cara descolorida y temblando, y por un momento me siento fatal por él.

No tenía por qué enterarse de todo esto, al menos no así, pero tampoco puedo retirar lo que he dicho. Me siento como si estuviera atrapada en un episodio interminable de Hospital general.

Al final, cuando tiene la seguridad de que nadie va a salir en su defensa, Karin me grita unas cuantas lindezas más y sale escopeteada hacia su coche. Arranca y se aleja haciendo chirriar las ruedas, dejándonos a los tres aquí plantados y en silencio.

No sé cómo hemos acabado aquí, pero está sucediendo. Estoy tumbada en la cama de Itachi, intentando quitarle la camiseta mientras él me besa en el cuello. Dice que no me besará en la boca, que espera un momento más especial para hacerlo, pero yo ahora ya me conformo con esto.

Después de que Karin se marchara, me arrastró dentro de casa y, como una exhalación, nos dirigimos hacia su cuarto. Una vez allí, tuve que oír cómo despotricaba sobre lo increíblemente..., bueno, digamos que utilizó una palabra muy gruesa para describir a Karin. Luego me dijo que yo había hecho lo correcto. Me sentía muy culpable y él solo intentaba que me sintiera mejor.

Mientras me animaba, se arrodilló delante de mí, que estaba sentada a los pies de su cama, me acarició la mejilla y me pasó el pulgar por el labio inferior, algo que siempre me deja sin sentido.

—Nada de lo que ha dicho es verdad. Esa chica no está bien de la cabeza, Saku, lo sabes, ¿verdad?

—Antes pensaba que tenía que haber algo de verdad en lo que me decía. No sé, habíamos sido amigas durante tanto tiempo que creía que me conocía mejor que nadie, pero estaba muy equivocada. No es la persona que pensaba que era.

—¿Desde cuándo mi bizcochito habla con estos aires de abuelita china con complejo de Confucio? —murmura.

Yo me río.

—Es algo que se aprende quieras o no cuando una ególatra pone a prueba tu paciencia a cada segundo.

No sé cómo, pero la conversación me llevó a hacerle cosquillas y de las cosquillas pasamos a tumbarnos en la cama, él encima de mí. Luego resollé como una loca, me retorcí debajo de él para intentar vengarme, le metí las manos por debajo de la camiseta y a partir de ahí todo cambió. El deseo se apoderó de los dos, mezclado con una fuerte sensación de alerta. Itachi jadeó mientras mis dedos correteaban por encima de sus fuertes abdominales, y eso me animó poderosamente a continuar. Jamás me había sentido tan valiente ni tan excitada. Algo cambió también en él y perdió la capacidad para controlarse. Así es como hemos llegado a donde estamos ahora mismo. Me está besando el cuello, volviéndome totalmente loca. Sus manos están por todas partes y yo emito ruiditos que ni siquiera sabía que pudiera hacer.

—Tus padres... —consigo decir mientras él recorre con la lengua las zonas por las que sus labios acaban de pasar.

—Picnic en la comisaría —murmura, distraído, y enseguida vuelve a lo que estaba haciendo con tanta habilidad.

Esto es alucinante. ¿Por qué no lo habremos hecho antes? El tacto de sus labios es increíble. Si lo único que pudiera hacer el resto de mi vida fuera enrollarme con Itachi, lo haría encantada. Ni siquiera me ha besado, pero todo me parece flipante.

—Eh, chicos...

La manija de la puerta gira y los dos nos quedamos petrificados. A mí me cuesta respirar, estoy jadeando como una loca y Itachi tiene el pelo alborotado porque se lo he estado manoseando. Lleva la camiseta medio subida y está colocado entre mis rodillas. Este es el panorama que se encuentra Sasuke.

Seguramente por eso maldice en voz bastante alta, cierra la puerta de golpe y huye despavorido como un vampiro vegetariano en un banco de sangre.