Recuerdos
Dimos un rodeo enorme y yo ya no podía más.
Me dolían las piernas, la cabeza, la espalda. Tenía frío, hambre, me sentía sucia y agotada. Y además de todo esto, me negaba a quejarme delante de Link, que seguía y seguía hacia adelante, como si un hilo invisible tirase de él.
Pude aguantar en deplorable estado durante horas hasta que una especie de debilidad me nubló la vista y me caí del caballo. Link saltó del suyo para venir a socorrerme.
"¿Te has hecho daño?"
"No es nada."
"¿Te has mareado?"
"No… bueno, puede que un poco."
Link se mordió el labio y después miró hacia el horizonte, un horizonte gélido e incierto. No se veía nada más que una neblina blanca y helada. Podría haber un centaleón a dos pasos de nosotros y sería imposible verlo.
"Queda muy poco para llegar a la aldea, te lo prometo."
Acepté su mano para ponerme en pie y me sacudí la nieve. Sólo tenía ganas de dormir en una cama seca y cálida. Ya lo sé… él me advirtió que no sería fácil, pero pensé que no me llegaría a sentir tan cansada. Cuando fui a poner el pie en el estribo de mi caballo él me detuvo.
"Sube aquí."
"Pero iremos más despacio si vamos los dos en tu caballo."
"Sube."
Me encaramé a su montura mientras él amarraba las riendas de mi caballo a la silla del suyo y después subía, detrás de mí. Se echó la capa por los hombros de manera que nos cubría un poco a ambos.
"¿Te duele algo?"
"No. Sólo estoy muy cansada, Link, pero se me pasará."
"Soy un idiota."
"¿Por qué?"
"No debí traerte hasta aquí. Yo… habría venido solo y habría intentado resolver todo esto mientras tú me esperabas en la Posta Orni."
"No digas tonterías. Lo habría pasado fatal pensando que tú estabas aquí y yo sola e impotente sin poder hacer nada por ayudarte. Es un sentimiento desagradable, te lo aseguro."
"Podrías seguir estando debilitada. Te… he visto mejorar. ¿Pero y si no es así? Cien años son muchos años."
No tenía ni idea de que él tuviera eso en la cabeza, cuando es algo que ha desaparecido por completo de la mía. Link debió interpretar en mi silencio que yo no estaba bien (no era así, sólo me había quedado dando vueltas a lo último que me había dicho), así que sentí su mano reptar por mi cintura para sujetarme. Creo que no sólo pretendía evitar que me cayese, creo que esa era su forma de darme su apoyo.
"Nunca había viajado a la Estepa", confesé, después de un largo silencio. Había tanta niebla que si Lobo se alejaba dos pasos dejábamos de verle.
"¿Y cuál es el veredicto de la princesa de Hyrule?"
"No lo sé. Hace frío y hay niebla. Y en teoría está todo plagado de centaleones. No parece amigable."
Link sonrió. Yo no podía verlo, está claro, pero podía notar su sonrisa al hablar.
"¿Qué te contaron tus sabios tutores sheikah sobre esto? Había un libro enorme sobre la región de Hebra en tu mesa, en la biblioteca. Pero nunca te vi leyéndolo."
"Qué observador"
No tenía ni idea de que él se hubiera fijado en los libros que yo leía por aquel entonces. Lo que solía hacer era quedarse quieto en una esquina e irritarme con su presencia y su silencio, y siempre pensé que a mi lado se aburría como una soberana ostra.
"Por supuesto. Observaba todo lo que tuviera que ver contigo."
Sé que él dijo eso porque se trataba de su trabajo, aun así, el comentario consiguió que yo sintiese un ligero rubor en la cara, a pesar del frío.
"Lo hojeé un par de veces, el libro sobre las montañas y la Estepa. Me aburrí pronto. No ha habido muchas expediciones a Hebra, y no crece casi nada en la Estepa. Todos los suministros se importan de Hyrule Central y de la región de los orni."
"Por una vez el libro parece acertado."
"¿Por una vez? Los libros siempre son acertados, Link. Además, no se trata de acertar, sino de registrar datos reales."
"Aunque ahora que lo pienso… las gentes de la Estepa suelen cazar al rinoceronte de las nieves. Viven en gran parte de sus enormes reservas de carne y grasa. También hay lagos helados en los que suelen pescar. ¿Decía algo de eso tu libro?"
"No.", admití de mala gana.
"Vaya, también se equivocan en eso."
"¿También?"
Link soltó una carcajada. Era curioso, porque al estar tan cerca cuando se reía sentía su risa retumbando en mi espalda.
"Ahora silencio, Zelda. Vamos a cabalgar más rápido. Estamos muy cerca del poblado que te dije, y por suerte esta niebla nos ha protegido de enemigos. Quiero llegar ya para que puedas descansar."
Antes de que yo pudiera decir nada, él aceleró el ritmo y ciertamente, no era posible hablar a esa velocidad. En realidad apenas era capaz de abrir los ojos, el aire helado se estrellaba en mi cara, y también algunos copos de nieve. Fue bastante desagradable, pero tal y como él había prometido, estábamos cerca de una diminuta aldea, una aldea cercana a unos pinos bajos, en medio de la más absoluta nada. La noche se nos echó encima y a pesar del frío, agradecí ese acelerón, no debe haber nada peor que cabalgar en medio de la niebla y en plena oscuridad.
Link descabalgó y me tendió su mano para que yo hiciese lo mismo, nos acercaríamos a pie.
"Link, no quiero que pienses que soy débil.", dije, antes de avanzar hacia la aldea.
"¿Por qué crees que pienso eso?"
"Puedo cabalgar sola. Soy más lenta y a veces me caigo, pero puedo yo sola. ¿Está claro?"
Él arqueó la ceja, como le he visto hacer cuando se siente contrariado por mí.
"Sé que eres capaz de eso y de muchas más cosas. Pero no está mal aceptar la ayuda de un amigo cuando éste te la ofrece. Eso no te convierte en alguien débil, sino en alguien inteligente. Y tú eres la persona más inteligente que conozco, aunque ignores por completo las verdaderas leyes de la termodinámica y todo lo que se refiere a la caza del rinoceronte de las nieves."
"No me he vuelto débil por haber estado encerrada cien años", reiteré, un poco enfadada conmigo misma. ¿Y si él tiene razón y eso me ha dejado algún tipo de secuela? Espero que no sea así. He descuidado por completo la monitorización de mi salud, y me quedan pocas páginas en el diario, no debería malgastarlas. Debería anotar sólo eso y olvidar todo lo demás.
"Estar encerrada cien años sólo te ha vuelto más cabezota de lo que ya eras", dijo él. El hoyito que tiene cerca de la boca hizo aparición, cuando curvó el labio en una media sonrisa. "Debería echarte por encima de mi hombro y llevarte a la Meseta de los Albores. Tal vez un baño en la Fuente de la Resurrección te vendría bien…"
"Muy gracioso… Anda, vamos. Tengo hambre, frío y sueño. ¿Y tú?"
"Yo estoy perfectamente."
"Claro, y ese ruido es un terremoto, no es tu estómago muriéndose de hambre."
Agarré a Link de la mano y tiré de él hacia la aldea. Necesitaba un poco de contacto físico, por mínimo que fuera. Él no me soltó.
En la aldea (por llamarlo de alguna forma) había tres cabañas de madera, con el tejado totalmente cubierto de nieve. No es que esperase un lugar muy grande, pero no sé, creí que habría una posta o algo similar.
"Son casas particulares", aclaró Link, como si pudiera leerme el pensamiento, "pero acogen a viajeros. Los pocos locos que se adentran en la Estepa se hospedan con las familias que viven aquí a cambio de rupias u otras cosas de valor con las que comerciar."
"¿Nos dejarán quedarnos aquí?", dudé, frenando en seco. Por todas las diosas, suplicaría que nos dejaran quedarnos. Si tenía que dormir un día más en la nieve iba a desfallecer.
"Seguro que sí", Link me dio un apretón en la mano, para animarme, "ya me he quedado aquí otras veces."
Él tocó a la puerta de una de las cabañas, la de mayor tamaño. Salía humo de la chimenea y se intuía luz en el interior. Abrió un hombre de barba y bigote espesos y oscuros, aunque serpenteados por algunas canas. Llevaba una espada enfundada en la mano y nos examinó de arriba abajo.
"¿Otra vez tú?", gruñó a Link.
"Me temo que sí."
"¿Qué diablos vienes a buscar al fin del mundo, chico? Ya te dije todo lo que sabía sobre el precipicio del norte."
"No venimos por ese motivo."
"Entonces no os quedéis ahí parados como dos pasmarotes, entrad de una vez", rugió el hombre. Link dio una zancada y tiró de mí para que fuese tras él.
Nos limpiamos la nieve de las botas y nos descalzamos. Una bofetada de calor nos recibió… bueno, no sólo de calor. Era una bofetada de hogar. Un fuego chisporroteaba alegre, mientras calentaba una olla que olía a gloria. La estancia era bastante amplia y las carcajadas de dos niñas pequeñas jugando a perseguirse lo llenaban todo, había muñecas de trapo y otros juguetes desparramados por el suelo. Un anciano tallaba un caballo de madera junto a la lumbre, imperturbable, y otra mujer con un moño alto y rubio cortaba verduras mientras reñía de vez en cuando a las niñas, aunque no se giraba para mirarlas ni desistía en su trabajo.
"¡Link!", exclamaron las dos niñas al unísono, y corrieron para agarrar cada una de ellas una pierna de Link. Él se movió dando zancadas y arrastrándolas por la habitación.
"¿Has cazado otro centaleón? ¿Me has traído un cuerno?"
"Yo también quiero un cuerno, Link…", dijo la menor.
"No he traído nada esta vez, tendréis que perdonarme."
"Diré a Tarie que me ayude a preparar un par de camas.", intervino el hombre que nos abrió. Era robusto y de espalda ancha y fuerte. No tenían nada que ver, en realidad, pero no sé por qué, me recordó un poco a padre.
Las niñas repararon en mí de repente, y me miraron con el ceño tan fruncido como cuando Link frunce el ceño.
"No temáis, es amiga mía", les dijo Link, para luego susurrar sobre mi oído que "Les cuesta hacerse a los desconocidos, no viene casi nadie por aquí."
Me puse en cuclillas y les tendí la mano en el saludo más formal que se me podía ocurrir. Después de todo, esa era su casa y Link estaba en lo cierto, nosotros éramos dos desconocidos venidos de la oscuridad y el frío.
"Me llamo Zel. ¿Y vosotras?"
"Yo soy Lywise, y ya tengo ocho años", dijo la mayor de ellas. Le estreché la mano y su desconfianza pareció derretirse un poco.
"¿Y tú?"
"Ella es Grinn."
La más pequeña seguía sin desfruncir el ceño y miró hacia un lado cuando su hermana la presentó. Después dio un par de saltitos y se puso a jugar con una de las muñecas de trapo que había en el suelo. El anciano se llamaba Jopher, me saludó con cortesía, aunque Link intervino para que no se levantase de su sitio, tenía las rodillas carcomidas por la artrosis. Era el padre del hombre que nos había recibido, Willpher, aunque todos lo llamaban Will a secas.
Hubo un pequeño revuelo en las habitaciones contiguas de la casa, y Jopher se encargó de vigilar a las niñas mientras Will y su esposa preparaban el hospedaje. Quise mantenerme en pie, a la espera, es lo que dicta el protocolo (bueno, al menos el protocolo que existe en mi cabeza), pero Link se sentó cruzando las piernas frente al fuego, y no pude resistir demasiado antes de imitarle.
"Verás qué buenos son los guisos de Tarie.", me susurró Link. Apenas si podía borrar la sonrisa de la cara, se notaba que él también deseaba este descanso.
Miré por la ventana, y sólo vi nieve y ventisca, un mundo ajeno a la calidez del hogar.
"Me preocupa Lobo.", admití.
"Hay un cobertizo, donde los caballos. Es un lugar seco y cálido, le advertiré a Will, Lobo podrá quedarse ahí sin problemas."
Link secuestró mi mano mientras adoraba con un gesto casi infantil el fuego y el humo que salía del caldero. Quería darle un beso en la cara, quería darle las gracias por llevarme a un lugar así. Varias veces he pensado en hacerlo, lo de besarle, y no siempre es en la cara. Pero no lo he hecho porque… bueno. Nunca he besado a nadie, no de verdad, y en el último instante siempre me arrepiento. ¿Y si meto la pata? Los besos en la cara al menos son un paso seguro y conocido para mí, y si son en la cara de Link me resultan igualmente apetecibles. Siento curiosidad por saber cuál es el tacto de la escasa barba que puebla sus mejillas, ahora un poco más crecida, creo que tiene la vaga esperanza de dejarla crecer y que termine poblándole la cara como a Will, para hacerse menos vulnerable al frío. Yo dudo mucho que le crezcan más de tres miserables pelos.
"Ya está todo dispuesto. Link dormirá con Will y Jophred y yo dormiré con las niñas y nuestra invitada."
"Me alegro de verte, Tarie.", dijo Link, poniéndose en pie para saludar.
Yo lo imité y al hacerlo… creo que no me había fijado bien en Tarie. Es una mujer alta, con dos profundos ojos azules, un azul oscuro, del color del océano, y el pelo largo y rubio estaba trenzado y elegantemente recogido en un moño.
"Tú eres Zel, ¿no? Bienvenida a casa. Creo que tengo ropa de Mecwen, mi hija mayor. Sí… sois más o menos de la misma talla, creo que te servirá. Acompáñame."
Tarie provocó una sacudida dentro de mí, es así de sencillo. Me recuerda a madre. Es como madre. Es la persona más parecida al recuerdo vago que guardo de ella. Madre tenía los ojos un poco más claros, pero aun así, el parecido es escandaloso.
"Mecwen es un par de años mayor que tú", dijo Tarie. Me había llevado hasta los aposentos que compartiría esa noche con ella y las niñas. Era una habitación sencilla y acogedora, con camas mullidas y vestidas con colchas tejidas con muchas piezas de colores alegres. "Se casó con un pastor de la aldea de Hatelia y ahora vive en la otra punta del mundo. La echo mucho de menos."
Me entregó una camisa y unos pantalones que olían como las violetas que crecen en las montañas. También dejó un camisón limpio sobre la que sería mi cama.
"Cuando conocimos a Link, hará un año más o menos, Mecwen aún vivía con nosotros. Él prácticamente nos convenció para que la dejásemos marchar a Hatelia, como él es de allí nos habló muy bien de la aldea."
"¿Él es de allí?"
"Claro", Tarie me miró extrañada, "¿no lo sabías?"
"Sí, claro que lo sé. Es que estoy un poco cansada por el viaje.", dije, tratando de disimular. Ya tendría unas palabras más tarde con Link para entender esto.
"Es normal, cielo. No sé cómo te habrá convencido para que una chica tan joven y guapa como tú venga a un lugar tan alejado como este.", sonrió Tarie y me recordó a madre más que nunca.
"Ya, bueno." Sabía que no estaba siendo muy comunicativa, pero me sentía contrariada por mis emociones y necesitaba controlarlas antes de que se desbordasen.
"Me gustaría prepararte un baño caliente, pero es tarde y tardaríamos mucho en calentar agua. Si te cambias y te pones esa ropa entrarás en calor. Te esperaremos mientras te cambias para comer."
Vestida con las ropas de Mecwen cené con esta adorable familia. La comida era humilde pero deliciosa, y tal y como me había contado Link, el rinoceronte de las nieves era un elemento fundamental. Al parecer el guiso llevaba hueso de rinoceronte, aunque yo apenas le saqué un gusto diferente a un guiso tradicional. Will sirvió vino a Link, yo decliné esa oferta, di un sorbo y el vino de las montañas es demasiado fuerte para mi gusto. Ambos estuvieron hablando entre carcajadas sobre anécdotas de caza y las mejillas de Link se sonrojaron con apenas una sola copa de vino. Jophred se sentó junto a mí y las niñas y me estuvo hablando de la caza del centaleón, aunque era interrumpido todo el tiempo por Lywise, que adoraba todo lo que tenía que ver con los centaleones y me repetía "que el abuelo no te lo está contando bien". Tarie daba de comer a la pequeña Grinn, no creo que la niña tuviera más de cuatro años y aun necesitaba un poco de ayuda.
Después de recoger entre todos la mesa, los hombres se fueron por un lado y las niñas (enterrada toda desconfianza) me arrastraron tirando de mis manos hasta nuestro dormitorio. Una vez estuvimos las tres en camisón, me pidieron que les leyese un cuento. Tienen un solo libro en sus estantes, sólo uno, y está tan gastado que ya apenas se ven los colores de la portada. Las niñas se sabían cada palabra de memoria, "la leyenda del cazador de Hebra", pero escuchaban mi narración con tanta ilusión como si fuese la primera vez que oían el cuento. A mitad de la historia, Grinn se acurrucó en mi regazo y le acaricié el pelo, suave como la seda hasta que se quedó dormida. Lywise también se acurrucó a mi lado, con tanto sueño como su hermana, pero hacía verdaderos esfuerzos para no cerrar los párpados. Después de todo "ella era la mayor y tenía que aguantar hasta el final". Más tarde apareció Tarie, con un par de vasos de leche y un candil de aceite a medio gas.
"Oh, diosas, siento que se hayan dormido encima de ti. Menuda anfitriona estoy hecha."
"No me importa, son un amor de niñas."
Lo pensaba de veras. Me temblaba el corazón al pensar la ilusión que sentían por detalles tan pequeños como leer un gastado cuento, por hablar sobre la caza del centaleón. No necesitaban más para ser felices, vivían en una casa en medio del infinito, pero que estaba desbordada de amor.
Tarie llevó con cuidado a las niñas a sus camas, y las arropó bien.
"Hoy han pasado toda la mañana jugando en la nieve y por esto están agotadas. Ni siquiera me ha dado tiempo a cepillarles el pelo.", se lamentó.
"Mañana puedo ayudarte a peinarlas."
"Eso sería estupendo, Zel.", sonrió Tarie, con la sonrisa robada de madre. "Si me lo permites, puedo ayudarte también con tu cabello. Pareces haberlo cortado de un modo extraño."
"Bueno es que… fue un poco improvisado, y lo hice sola. Es más cómodo para viajar.", justifiqué, sintiendo que me ruborizaba un poco.
"No me malinterpretes. Tienes un pelo precioso. Sólo hay que igualarlo un poco, puedo hacerlo sin problemas."
"Gracias."
"Link me ha pedido que te desee dulces sueños."
"Oh, vaya." En ese instante mi pequeño rubor se convirtió en un incendio.
"Siento mucho que no podáis dormir juntos, nuestra casa es pequeña y los huéspedes se tienen que adaptar al abuelo y a las niñas."
"No, es perfecto así, es perfecto todo… esto. Muchas gracias."
"Bien, es hora de dormir. Las noches en la Estepa son largas y Link me ha dicho que estáis agotados y necesitáis descanso. Puedes dormir tantas horas como quieras, intentaré que las niñas no te despierten… cuando abren los ojos son igual que un torbellino."
"Imagino que sí.", sonreí.
Me metí en la cama y para mi sorpresa, Tarie me arropó igual que había hecho con sus hijas. Noté cómo apretaba las mantas para que no me destapase en mitad de la noche, y cuando acabó, sentí en la sien un beso cálido y tenue, como una mariposa que se detiene sobre una hoja.
"Que descanses, cielo", susurró.
Una vez se agotó la lámpara de aceite y las respiraciones se volvieron lentas y pesadas, empecé a llorar. No sabía por qué estaba llorando exactamente, pero una vez cayó la primera lágrima no había manera de que pudiese parar. No sé si era porque nunca había vivido en familia, nunca en mi vida, y tener el privilegio de hacerlo, aunque fuese por una noche, me había sobrepasado. No sé si todo era producto del cansancio. No sé si en realidad estaba llorando por madre.
Cuando madre murió no derramé una sola lágrima. No hubo lamentos, ni públicos ni privados. Mis tutores me dijeron que el reino necesitaba ver en mí una imagen de fortaleza, y el rey también, pues ahora él pondría todas sus esperanzas en mí. Y para los sheikah, las lágrimas son muestra de debilidad y de errores. Las lágrimas son el pesado estigma del pueblo de las sombras, por eso hay una bajo el ojo del Vigilante que forma su emblema. Así que, aunque era pequeña y apenas entendía lo que estaba pasando o lo que estaba sintiendo, no lloré. A lo mejor las lágrimas de esa noche eran todas las lágrimas que jamás había derramado por madre. Intenté sobreponerme una y otra vez recordando mis viejos mantras y rezos de fortaleza, pero fue del todo inútil, me había rendido a mí misma.
Después de vaciarme me quedé dormida, y había olvidado la última vez que dormía tan bien.
Cuando abrí los ojos estaba sola en la habitación. No sabía cuántas horas habría dormido ni en qué momento se levantaron Tarie y las niñas, a lo mejor montaron el mayor de los estruendos al despertarse, pero mi sueño fue tan profundo que era del todo imposible que yo me despertase por el ruido.
Me desperecé un poco y fui aún en camisón hasta la habitación principal con la idea de lavarme la cara con agua fría. Allí estaba Link, también con una ropa de cama prestada, asando salchichas en el fuego.
"Los demás están trabajando afuera desde hace rato, nos han dejado dormir", sonrió, incorporándose al verme aparecer.
Di unas cuantas zancadas rápidas y prácticamente me eché encima de él. Tardó un poco en reaccionar, pero terminó rodándome y correspondiendo mi abrazo.
"¿Va… todo bien, Zel?"
Giré la cabeza y esta vez sí, alcancé su mejilla con mis labios. Su barba a medio crecer es mucho más agradable de lo que me había imaginado, y apenas me separé, sentí ganas de probar otra vez esa especie de cosquilleo.
"Todo va bien."
En la cabaña de Will, describiendo lo mejor que puedo todas estas emociones, con Link a mi lado devorando lo que yo diría que es su segundo o tercer desayuno,
-Zelda B.
