Capitulo 23


Jamás en su vida se había sentido tan agotada. Jamás en su vida se había sentido tan mal; las náuseas del embarazo eran casi constantes. Subió penosamente la escalera de la Rasenrengan Inn, afirmándose en la baranda para darse impulso en cada peldaño. Cuando llegó a la primera planta, caminó lentamente por el estrecho corredor, pensando que iba arrastrando el corazón por el suelo. Deseaba con ansias que Polly hubiera ido a la taberna, porque no tenía el menor deseo de hablar de lo ocurrido en Rasenrengan Park.

Cuando llegó a la puerta de su habitación, hizo una inspiración profunda, preparándose para las preguntas desaprobadoras de Polly.

Entró, dejó los guantes y el ridículo en una silla y empezó a quitarse la cofia. Convencida de que en cualquier momento irrumpiría Polly desde alguna de las habitaciones contiguas, no se sorprendió cuando oyó sus pesados pasos detrás de ella. Se quitó la cofia, se arregló el pelo y se giró a mirarla.

La vista de Naruto la cogió totalmente por sorpresa, pero estaba demasiado agotada, física y emocionalmente, y se sentía demasiado mal, para que su presencia le causara algo más que una leve alarma. Apoyado en el marco de la puerta, con una pierna cruzada descuidadamente sobre la otra y los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, estaba magnífico: apuesto, soberbio... y enfadado.

Dejó cansinamente la cofia en la silla e intentó hacer una sonrisa. Él ni siquiera pestañeó; continuó mirándola fijamente a los ojos. Esperó que él hablara; cuando comprobó que él no tenía la menor intención de hacerlo, sencillamente preguntó:

-¿Cómo me encontraste?

-Lord Nara -repuso él sin vacilar-. Ayer pasó por Rasenrengan y te vio. Tuve la suerte de encontrar a Komaza vagando por ahí, mirando escaparates. Se ve algo aburrido -dijo perezosamente.

Ella asintió.

Naruto se apartó de la puerta y caminó hasta el centro de la habitación, sin separar los brazos del pecho, como en actitud defensiva, sus ojos con una extraña expresión mezcla de ira y turbación.

-La señora Dismuke ya arregló tu equipaje. Espero que te hayas despedido tiernamente de Menma, porque te voy a enviar a Longbridge a recoger tus pertenencias.

A Hinata se le oprimió el corazón: no detectaba ningún rencor en su voz, pero su mirada en cambio se había vuelto dura. Pensó que su suposición de que tenía un romance ilícito con su hermano debería indignarla, enfurecerla, pero se sentía demasiado mal por las náuseas como para sentir algo más que una profunda pena por el hombre al que amaba con todo su corazón. ¡Cómo debió de sufrir todos esos años!

-Sé que estás enfadado, pero hay algo que debo decirte...

-No, Hinata -dijo él calmadamente, levantando una mano-. No... no. Estoy harto de las mentiras.

¡Harto de las mentiras! Y ni siquiera sabía cuántas mentiras había habido, pensó ella tristemente. Dios, qué cansada estaba. Se puso la mano en la frente y la presionó.

-Te mentí -dijo, y vio el gesto de dolor que pasó por su cara antes que la cubriera la máscara-. Pero no te he engañado con Menma ni con ningún otro. Había algo que tenía que saber...

-No quiero oírlo. Recoge tus cosas. El coche está esperando para llevarte a Longbridge -dijo Naruto y apretó las mandíbulas con tanta fuerza que se le hincharon las mejillas.

Estaba furioso, comprendió ella, tan furioso que apenas lograba contenerse. Se cogió las manos por delante y bajó ligeramente la cabeza, sintiendo subir a la garganta otra oleada de náuseas. No iría a ninguna parte mientras no le dijera lo que sabía.

-Vine a Rasenrengan porque sospechaba que en tu nacimiento había algo más que tú no...

-¡¿Qué?! -explotó él, y la miró como si hubiera perdido el juicio-. ¿Es que no entiendes? Te he sorprendido en un vergonzoso engaño, señora. Tengo todo el derecho y todos los motivos para enviarte lejos de mí... incluso tengo fundamentos sólidos para divorciarme. No sé qué habéis planeado ustedes dos, pero no lo compliques inventando una historia ridícula...

-No es una historia ridícula...

-¿Has visto a Menma, Hinata? Sólo contéstame esa pregunta, Hinata. ¿Lo has visto?

Ella abrió la boca para hablar, pero él se lo impidió levantando una mano.

-Antes que intentes mentirme de nuevo, considera lo siguiente: te volviste en mí contra cuando recuperé la vista; incluso me dijiste... maldita sea, no tiene ningún sentido repetirlo, ya lo sabes. Luego me mentiste al decirme que irías a recibir a tu familia.

Pero viniste a Rasenrengan, ¡el único lugar de la tierra al que sabías que yo pondría objeciones! Todo esto me parece muy... -Cerró los ojos y estuvo un momento así, evidentemente buscando las palabras correctas. Cuando los abrió, sus ojos eran todo sospechas-: Di lo que quieras en contra, pero no puedo dejar de pensar qué ocurría cuando yo estaba ciego. Ten cuidado al contestar, porque cuando comencé a recuperar la vista ¡los vi juntos a los dos! Contéstame sinceramente, Hinata, ¿has visto a Menma?

La acusación le dolió y la enfureció. Casi no podía hablar, mucho menos iba a contestar a todas esas tonterías. Naruto gimió y se giró, dándole la espalda; pasándose una mano por el pelo, se acercó a la ventana. Hinata sintió las náuseas en la garganta, y en el cuero cabelludo le brotaron gotas de sudor. Se dejó caer en una silla.

-Por última vez te digo, Naruto, ¡no viste nada! -exclamó-. ¿Pero qué puede cambiar lo que yo diga? Creerás lo que quieras creer, ¿y por qué no? Tampoco yo puedo dejar de pensar qué ocurría realmente cuando yo te creía ciego. ¿Cuántas veces estabas ahí sentado observándome? Dios mío, ¡qué cara tienes!

Se obligó a hacer una inspiración profunda. Sólo hacía un momento estaba dispuesta a perdonarle todo, pero en ese momento sintió brotar las semillas de la desconfianza-. Tal vez porque tú eres propenso al engaño, crees eso de todos los demás. ¿Tengo que recordarte lo de Londres?

-¡Basta! -rugió él, volviéndose bruscamente. Ella actuaba, pensó, como si su traición, que acababa de arrostrarle, sólo hubiera sido destrozarle las corbatas para hacerse un chal. Temió estallar en cualquier momento-. Ni siquiera he mirado a otra mujer desde el momento en que te ofrecí matrimonio, Hinata. Nunca, ni una sola vez. No intentes refugiarte detrás de eso. Ahora recoge tus cosas. Te quiero fuera de mi casa antes del fin de semana. -«Y fuera de mi corazón», pensó-. Ya no eres bienvenida en Longbridge.

Ella agitó la cabeza para desprenderse una guedeja de sus sedosos cabellos que le cubría la mejilla.

-¡Esto es ridículo! ¡No he venido aquí por Menma! Si pudieras dejar de lado tus estúpidas sospechas, sólo por un momento, quiero decirte lo que sé de tu pasado. Naruto. Conozco a alguien que te lo puede explicar todo. Si quisieras escucharme... mejor aún, venir conmigo...

-¡Hinata! -ladró él. Sorprendentemente, ella parecía no tener la menor conciencia de lo que había hecho-. Es evidente que no me has escuchado -dijo, tratando de hablar con voz tranquila-. Dadas las circunstancias, no tienes ningún derecho a pedirme que haga ni una maldita cosa. Te vas a Longbridge ahora mismo.

Ella lo miró, cerró los ojos y se echó hacia atrás la guedeja.

-No lo comprendes. Estoy tratando de ayudarte.

-¿Mintiéndome? ¿Engañándome? -preguntó él, incrédulo. En sus ojos grises se advirtió un notable cambio; se endurecieron y se apagó su brillo.

-No más de lo que me has engañado tú, marido -susurró.

Eso lo pinchó; la miró con dureza.

-Recoge tus cosas.

Ella no hizo amago de moverse.

Naruto la miró fijamente y por primera vez advirtió sus ojeras, el modo cansino con que se sostenía. Lo golpeó una chispa de compasión salida de alguna parte, pero la apagó enseguida. Ella lo había traicionado de la manera más atroz imaginable-. Si no haces lo que te pido, enviaré a Komaza para que lo haga -dijo entre dientes y se dirigió a la puerta. La oyó ahogar un sollozo.

-De acuerdo. Tú ganas, Naruto. Ya no puedo seguir luchando contigo. Ya no tengo la fuerza para luchar contigo.

Su voz, repentinamente débil y cansada, le penetró el alma, perforándosela en el medio. La mano de Naruto quedó inmóvil en el pomo de latón, mientras su corazón herido luchaba con lo que le quedaba de cordura.

-Entonces no lo hagas -dijo, y salió.


Decidió ir a Londres para no tener que volver a verla. Pero no podía soportar no saber si ella se había marchado de Longbridge. ¿Lo sabría Menma? ¿Estaría esperándola? En un estado de rara confusión emocional, Naruto permaneció dos días oculto en Rasenrengan. Cuando ya no pudo soportarlo más, ordenó al mozo de cuadra que ensillara a Kurama, resuelto a dejar que el viento decidiera dónde llevarlo. Y cuando estaba esperando su caballo en el patio del establo, oyó una odiosa voz conocida.

-¡Lord Uzumaki! -gritó el señor Kamizuki-. ¡Buenos días, milord!

Naruto hizo una mueca de fastidio y por encima del hombro vio al rollizo abogado anadeando con la mayor rapidez que le permitían sus cortas y gordas piernas. Soltando un gemido, miró hacia el establo. ¿Por qué tardaban tanto?

-¡Milord! ¡Ay, Dios! -exclamó el señor Kamizuki al detenerse, y luego hizo varias respiraciones resollantes para poder hablar-. Hace bastante calor -explicó entre dos inspiraciones.

-Buenos días, señor Kamizuki -masculló Naruto.

-Perdone, milord. Simplemente tenía que agradecerle el haberle permitido a lady Uzumaki venir a Rasenrengan en su misión caritativa. Naturalmente tuve el enorme placer de verla. ¡Qué delicioso rayo de sol! Pero claro, eso ya se lo dije cuando usted me preguntó...

-Señor Kamizuki, ¿hay algo en que pueda servirle? - interrumpió Naruto bruscamente. ¡Misión caritativa y un cuerno! El señor Kamizuki se arregló nerviosamente la corbata.

-Bueno, en realidad... me gustaría saber si lady Uzumaki disfrutó de su encuentro con vuestra señora tía. Hace muchísimo tiempo que nadie ha visto a lady Mito, y quería preguntar por su salud. Encantadora mujer.

¿Mi señora tía? ¡Qué tontería! Naruto bajó levemente la cabeza para mirar al hombrecillo, que se estaba secando el sudor de la frente con un pañuelo de encajes.

-¿Cómo ha dicho señor?

-Lady Mito, eso es. Ah, pero qué alma más bondadosa es vuestra hermosa esposa para pensar en dar recuerdos de familia a vuestra tía. ¡Qué fabulosamente considerado! -Miró a Naruto con una ancha sonrisa-. Pero ella siempre ha sido famosa por aquí por ser tan considerada.

¿Qué tía? «Conozco a alguien que te lo puede explicar todo.» Un alfiler le pinchó detrás de los ojos.

-¿Lady Mito? -repitió, como atontado, en el momento en que el mozo sacaba a Kurama al patio.

El señor Kamizuki volvió a arreglarse la corbata.

-Pues sí-dijo, y miró a Naruto con los ojos turbios-. Sin duda usted no la ha visto desde hace muchos años, pero sigue viviendo en el camino de la abadía, justo al norte de Fairlington. ¿Sabe dónde vive, milord? -preguntó, ladeando la cabeza, pensativo.

«Si quisieras escucharme... mejor aún, venir conmigo.» De pronto tenía la cabeza hecha un torbellino y el corazón le golpeaba la pared del pecho. Con dificultad logró mover las piernas hacia Kurama.

-Por supuesto -contestó por encima del hombro-. Justamente ahora voy a hacerle una visita. -Saltó al lomo de Kurama y miró al sonriente señor Kamizuki-. Buenos días, señor-masculló, y no oyó al señor Kamizuki gritar detrás de él que le diera sus más cariñosos saludos a lady Mito.

Estaba delante de la espaciosa casita de campo con techo de paja, simplemente mirándola, tratando de encontrarle sentido, cuando apareció un hombre con toscas botas hasta las rodillas y una camisa de algodón basto manchada de sudor. Cómo demonios encajaba un leñador en esa extraña historia. Naruto no llegaba ni a imaginárselo. El leñador se tocó el sombrero.

-Perdone, señor, pero quería ver a lady Mito. La alegre expresión del leñador se desvaneció al instante y miró detenidamente a Naruto.

-Es a la señora Senju a quien quiere ver -dijo. En ese momento apareció en la puerta de la casa una mujer que hizo descender el corazón de Naruto hasta sus botas. «Su madre levantada entre los muertos.» Unos fuertes escalofríos le recorrieron todo el cuerpo; el corazón se le aceleró tanto que tuvo la seguridad de que iba a sufrir un ataque. ¡Santo Dios, es que era su madre en persona! Pero no, tenía la cara más ancha y su pelo, aunque salpicado de canas.

Mientras trataba de entender la aparición que tenía delante, la mujer avanzó lentamente, con los ojos extrañados.

-Dios mío -susurró-. ¿Naruto?

Involuntariamente él retrocedió un paso, sin poder hablar. La confusión se apoderó de su cerebro; su mente gritaba que eso era imposible. ¿Cómo podía ser posible que su madre se hubiera levantado de entre los muertos?

-No me recuerdas, ¿verdad? -dijo ella, saliendo del pequeño patio, acercándose.

Temiendo que su voz lo traicionara, Naruto apretó firmemente las mandíbulas.

-Sólo nos vimos una vez, y de eso hace muchos años - continuó ella, sonriendo dulcemente, exactamente la sonrisa que él recordaba de su madre-. En Cambridge. Tú sólo tenías seis o siete años, creo.

«Cambridge.» Había estado en Cambridge cuando tenía ocho años, con su madre y Menma. Allí conoció a su abuelo; recordaba claramente la imponente figura del hombre.

Ella le tocó el brazo.

-Mírate -dijo dulcemente-. Qué orgullosa estaría Kushina. Soy la hermana de tu madre, Naruto. Me llamo Mito.

Su mente no pudo asimilar esas palabras. Su madre había sido hija única, la única descendiente del frío lord Uzumaki. Si hubiera tenido una hermana, seguro que él lo habría sabido. ¿Lo engañaba esa mujer? ¡Pero el parecido! No pudo evitar mirarla con la boca abierta, incrédulo, pensando desesperado cómo podía ser que no lo supiera. La mujer volvió a sonreír, y en ese momento el parecido con su madre fue tan grande que temió que podría arrojarse en sus brazos.

-Sería mejor que entraras, ¿no te parece? Hashirmara tiene una buena provisión de cerveza. Tienes aspecto de que te vendría muy bien una pinta.

Naruto asintió y logró sacar la voz, ronca: -Me perdonará, pero creo que me irían bien varias pintas.

-Yo tengo trabajo que hacer en el claro -dijo el hombre-. Los dejaré para que conversen tranquilos.

Después de mirar a Naruto, cogió sus herramientas y echó a andar. Sonriendo a la espalda de su marido que se alejaba, Mito le hizo un gesto a Naruto para que entrara en la casa.

La casa era acogedora y estaba decorada con buen gusto. En las paredes de piedra vista se veían varios tapices bordados a mano. Un sofá desgastado, dos sillones tapizados y una mesita eran los únicos muebles de la primera habitación. Naruto se dejó caer pesadamente en el sillón que le indicó su tía.

-A tu encantadora esposa le dije que sabías de mi existencia-comentó ella, pasándole una jarra de cerveza-, pero ahora veo que en realidad no.

Naruto bebió un largo trago, se secó la boca con el dorso de la mano y asintió solemnemente.

-Tiene una gran ventaja sobre mí, señora. No tenía idea de su existencia.

Ella sonrió afectuosamente y se sentó frente a él.

-Tutéame, por favor, llámame Mito. Te pareces muchísimo a ella, ¿sabes? Tienes su boca.

Eso lo puso nervioso.

-Hasta cuando la vi hace un momento, apenas recordaba cómo era -dijo con voz ronca.

Mito se inclinó y le colocó una mano en la rodilla.

-Ella habría estado muy orgullosa de ti, Naruto. Siempre lo estuvo, pero verte ahora, adulto, qué hermosa figura de hombre, sé que le habría estallado el corazón de orgullo.

Él sintió denso el aire en los pulmones y apuró la jarra de cerveza. Ella se levantó a llenársela, y mientras tanto él trató de recobrar un mínimo de serenidad.

Cuando ella volvió a sentarse, él hizo a un lado la jarra.

-¿Por qué nunca me lo dijeron? -preguntó francamente-. ¿Por qué nunca supe de su existencia? Si efectivamente es mi tía, ¿por qué vive aquí, en la casa de un leñador?

Eso le ganó una mirada de clara desaprobación.

- Hashirmara Senju me amó cuando nadie me quería, milord. Es un hombre excelente, y es mi marido.

Avergonzado, Naruto tragó saliva y se miró las manos.

-Le ruego me perdone. Es que...

-Estás asombrado -dijo ella amablemente-. Ay, Naruto, las cosas ocurrieron hace mucho tiempo y hace años que no pienso en ellas. -Desvió la mirada y sus ojos brillaron con la visión de un pasado remoto-. Pero tu encantadora esposa me habló de tus problemas y me suplicó que te lo explicara todo, por tu bien. - Lo miró de reojo-. Te ama muchísimo.

Sí, estaba empezando a creer eso, y nada podía hacerlo sentirse peor en ese momento. ¡Hinata le había dicho la verdad! Y pensar en todo lo que dijo él... pero mejor no pensar en eso...

-Explíquemelo, por favor. Ella suspiró.

-Kushina y yo estábamos muy unidas. Viviendo en Longbridge, sin otros niños, éramos las mejores de las amigas. -Aclarándose la garganta, nerviosa, Mito cogió un pequeño cojín en forma de corazón y lo apretó fuertemente en una mano-. Yo era dos años mayor que Kushina, tenía dieciocho cuando tu padre empezó a cortejarme. Ah, qué apuesto era, y tan terriblemente encantador.

¿Minato encantador? Inimaginable. Se sonrojaron las mejillas de Mito y empezó a tironear el borde de encaje del pequeño cojín.

-Yo estaba prendada de él. Lo encontraba el hombre más gallardo que había conocido, y cuando intimamos más, me emocioné muchísimo cuando el insinuó algo más duradero entre nosotros.

Naruto frunció el ceño.

-Pero se casó con mi madre -dijo, innecesariamente. Una nube de tristeza le empañó los ojos a ella, y volvió a bajar la vista.

-Sí. Tienes que comprender que él era el único joven que conocíamos Kushina y yo. Había otros, pero mi padre no los consideraba convenientes para una hija de conde. Así eran las cosas en esos tiempos.

Tal como son las cosas en este tiempo, pensó él. Comprendía cómo pudo Minato insinuarse en sus vidas, ¿pero cómo fue que su madre se casó con él? Mito se movió inquieta en su sillón y apretó aún más el cojincito.

-Te digo esto para que comprendas cómo pensábamos, cómo llegaron a ocurrir las cosas. Verás, tu padre era también el hombre más encantador que había conocido Kushina. Lo adoraba. Pero Minato me tenía en gran estima a mí, tanto que pidió mi mano a mi padre. Pensábamos anunciar la boda en la reunión de primavera.

-Con una triste sonrisa se pasó la mano por la falda del vestido, como para limpiarla de polvo.

- Yo me sentía como si me fuera a morir antes, faltaban cuatro meses enteros para esa reunión. Pero Minato pensó que eso era lo mejor, era la costumbre entonces que los jóvenes anunciaran sus compromisos en la reunión de primavera cada año.

Volvió a mirar a Naruto, pero él estaba mudo, pasmado, mirando el brillo de las lágrimas que asomaban a sus ojos.

-Desgraciadamente, yo no tenía idea de cuánto adoraba Kushina a Minato. Lo adoraba mucho, porque, verás... mmm... eh...

Naruto tragó saliva, mientras Mito buscaba las palabras. Deseó no oír esas palabras, no, seguro que no quería oírlas. Pero no logró sacar la voz para decirle que no continuara, y se aferró a los brazos del sillón, para calmarse.

Mito hizo una inspiración profunda; apretó con tanta fuerza el cojincito que estuvo a punto de sacarle el relleno.

-Creo que hubo un tiempo en que lo adoró. -Se le puso roja la cara y empezó a temblarle el labio inferior. Se lo mordió un buen rato, para impedir que le brotaran las lágrimas-. Y tiene que haber pensado que lo perdería si él se casaba conmigo, porque... porque lo sedujo.

Naruto quedó boquiabierto por la conmoción. Esa mujer mentía. Tenía que estar mintiendo, porque su madre despreciaba a su padre, y jamás habría hecho algo tan impúdico, estaba seguro.

-Y... y él la dejó embarazada -añadió ella en un susurro. Él se levantó bruscamente y caminó medio tambaleante hasta el hogar; no quería creer esa mentira tan atroz.

-Perdóneme, señora, pero no logro imaginar por qué quiere difamar a mi madre de esa forma tan despreciable...

-Será mejor que te sientes y lo oigas todo antes de emitir un juicio -dijo ella serenamente.

Atónito, él la miró por encima del hombro. Ella le devolvió una mirada de tristeza y compasión. ¡Cuánto se parecía a su madre! Ella sonrió levemente y le señaló el sillón.

-Son muchas más las cosas que debes saber. Antes de entender lo que ocurría él volvió a sentarse. Mito hizo otra inspiración temblorosa y continuó:

-No te puedes imaginar el escándalo que se habría armado. Pero Minato y lord Uzumaki, tu abuelo, coincidieron en su deseo de ocultar la horrible verdad. Kushina y Minato se casaron a toda prisa, y a mí me enviaron a Londres. Claro que, naturalmente, todos sospecharon lo que tenía que haber ocurrido, y el hecho de que tú nacieras a los siete meses de la boda confirmó las sospechas.

¿O sea que él era el producto de esa seducción? ¿Lo habían concebido en algún almiar? De pronto sintió dificultad para respirar porque, más sorprendente aún, su nacimiento era legítimo. Puede que lo concibieran fuera del matrimonio, pero era hijo natural de Minato.

-¿Entonces... por qué ese desprecio? No lo entiendo.

-Ay, Minato, él creía que ella... que lo había obligado a casarse, y nunca se lo pudo perdonar -repuso Mito tristemente. Él levantó bruscamente la cabeza, furioso.

-¿Pero y su desprecio por mí? -dijo casi gritando-. ¡Soy su hijo!

Mito lo miró sorprendida.

-Por supuesto que eres su hijo. ¿Cómo podrías pensar otra cosa?

-¿Qué otra maldita cosa tenía que pensar? -rugió él-. Mi padre me despreció desde el momento en que nací.

-No, no -dijo ella dulcemente-. No, no, Naruto. Eres su hijo.

-Entonces dígame por qué. Ella desvió la vista.

-No sé explicar por qué exactamente. Pero nunca perdonó a Kushina, y nunca dejó de amarme a mí. Supongo que todo eso junto...

-Eso no lo explica todo -insistió él-. Tuvo otro hijo de ella, un hijo al que ama tiernamente...

-No -interrumpió ella.

¿No? La miró pasmado, mientras por su mente pasaban una mirada de dudas acerca de todo lo que sabía.

-¿Q-qué... qué quiere decir? -tartamudeó.

-Permíteme por favor que lo diga todo, porque creo que nunca volveré a ser capaz de hablar de esto. A mí me enviaron a Londres, pero me quejé a mi padre. Encontraba horrorosamente injusto que me castigaran a mí por... por la imprudencia de Kushina. Entonces mi padre me envió a Venecia, en calidad de acompañante de dos niñas pequeñas, y allí lo pasé muy mal. Al cabo de unos años, harta de vivir oculta, decidí volver, y volví.

Mi padre se puso furioso. Lo asustaba de muerte el escándalo y no quería que yo viviera por estos alrededores. Pero yo seguía amando a Minato, y estaba terriblemente enfadada con Kushina. Me sentía traicionada por ella... me había arrebatado una felicidad que debería haber sido mía. Desafié a mi padre y alquilé una casita cerca de Rasenrengan Park, y me cambié el apellido.

Muy pronto Minato se enteró de mi presencia ahí y fue a verme. Quedó claro que la estima que nos teníamos seguía siendo fuerte... ¡Dios mío, qué vergüenza me da contarte estas cosas! -exclamó, pero haciendo un esfuerzo, lo miró a los ojos-. Al poco tiempo descubrí que estaba embarazada de tu padre.

Naruto no pudo hablar. Casi no podía respirar. Tenía otro hermano, o hermana; en alguna parte vivía otro hijo o hija de Minato.

-Minato estaba extasiado, pero yo tenía un miedo terrible. Una cosa es un romance ilícito, yo deseaba herir a mi hermana tanto como deseaba amar al hombre que debería haber sido mi marido, pero un hijo... un hijo era una responsabilidad enorme... ¡y nacido fuera del matrimonio! Pero Minato estaba feliz, extasiado. Llamó al bebé el hijo del amor y lo adoró y mimó desde el momento en que pudo tenerlo en brazos.

Naruto apretó los brazos del sillón con tanta fuerza que le dolieron las manos.

-¿Dónde está ahora ese hijo? -preguntó, casi en un susurro.

Mito cerró los ojos.

-Es Menma.

La habitación empezó a girar; Naruto se inclinó sobre las rodillas y ocultó la cara entre las manos. El dolor tan profundamente arraigado se le arremolinó con tanta intensidad que sin darse cuenta se le escapó un gemido. Oyó a Mito ahogar un sollozo y sintió su mano en su cabeza.

-Ay, cariño, no te haría sufrir por nada del mundo, tienes que creerme. Pero ya es hora de que sepas estas cosas, y si es cierto lo que me dijo tu esposa...

-¿Qué más? -preguntó él bruscamente, levantando la cabeza-. ¿Qué más hay?

Ella retiró la mano.

-Minato deseaba que su hijo tuviera lo mejor de todo, que se criara en el seno de su familia. Me opuse todo lo que pude, pero fui impotente contra él. Me quitó a mi hijo. Entonces fue cuando empezó a tratar a Kushina con ese odio tan terrible. Daba la casualidad de que yo conocía a una de las criadas de Rasenrengan Park, al parecer mi parecido con Kushina no se notaba, y ella me contaba las cosas que pasaban ahí.

Me lo contaba todo, las cosas horribles que le decía a ella, lo mal que te trataba a ti. Cuando intenté hablar con él de eso, se enfadó muchísimo. Él creía que ella se merecía todos sus malos tratos por haberle arruinado su vida. Yo no tenía idea de que pudiera ser tan cruel. Empecé a despreciarlo. Cuanto más comprendía yo, lo cobarde y cruel que era, más descargaba en mí su tendencia a maltratar.

Mito se levantó laboriosamente del sillón, caminó hasta la pequeña ventana y se quedó allí, mirando hacia fuera.

-Pasado un tiempo, dejó de verme. Le escribí, suplicándole que me trajera a Menma para verlo, pero nunca me permitió ver a mi hijo. Me imagino que Kushina encontró las cartas, porque fue ella la que organizó el encuentro con nuestro padre en Cambridge, y le suplicó que me llevara a mí. Recuerdo cada momento de ese día. Era la primera vez que veía a mi hijo en dos años, y fue el día que me enteré de que ella amaba a Menma como si fuera su propio hijo.

Unos años después de eso, Kushina murió. Recibí una carta de ella poco antes de que muriera, en la que me explicaba todo. Mi hermana murió de pena por haberme traicionado, algo que Minato no le permitió olvidar ni un solo instante de su corta vida. Con su muerte, perdí a Menma para siempre. Yo quedé terriblemente abatida, deprimida.

Mi padre me asignó un pequeño estipendio, con el acuerdo de que yo seguiría viviendo aquí, con una identidad falsa. No tenía a nadie... no sé cómo sobreviví todos esos años... hasta que conocí a Hashirmara. Él lo sabe todo, por supuesto, y no por eso me ama menos. Y te juro que jamás habría dicho nada de esto a ningún alma viviente si lady Uzumaki no me hubiera convencido de que era necesario para tu felicidad y, en último término, por el hijo que espera.

Esas últimas palabras golpearon a Naruto directamente en las entrañas. Atónito, sintió romperse algo en su interior, y el corazón le subió a la garganta, ahogándolo. «El hijo que espera.» Conmocionado, miró la espalda de Mito. Un hijo.

¿Un hijo? Jamás, ni en sus sueños más locos, podría haberse imaginado algo tan fantástico. Sintió una fuerte punzada de dolor en la parte de atrás de los ojos y los cerró, tratando de asimilarlo todo. Las pasmosas revelaciones: su nacimiento, el nacimiento de Menma, ¡el hijo que espera! Y entonces apareció en su mente la inevitable imagen, la que no podía borrar, la imagen del ogro que les había hecho todo eso a todos.

Minato.

Declinó la invitación a quedarse a tomar el té, ansioso por alejarse de esa casa en que lo habían vuelto del revés. Le agradeció a Mito su sinceridad, le prometió volver a visitarla muy pronto, y se marchó.

Cabalgó temerariamente, cogiendo un atajo peligroso para llegar a Rasenrengan Park. Mientras espoleaba a Kurama, por su mente pasaba todo lo que había sido, revelando los frágiles cimientos, ladrillo a ladrillo.

El torrente de odio que manaba de él lo estremecía hasta el fondo del alma. Minato le había robado todo: su madre, su herencia, su sentido de identidad. Y se lo había dado todo a Menma, su hijo bastardo, su maldito hijo del amor.

Y lo cerca que habían estado él y Menma de repetir la malhadada historia de su madre le revolvía el estómago. No debía pensar en eso, no todavía. Primero tenía que ocuparse de un asunto inconcluso.

La mansión resplandecía de luz, con todas las ventanas iluminadas, cuando Naruto se detuvo en el camino de entrada de Rasenrengan Park, algo sorprendido de que ya no ardiera en él el deseo de poseer esa casa. No, en esos momentos prefería Longbridge, donde al menos había una cierta medida de paz.

Esa casa no había conocido ni un día de paz en su vida.

Subió las gradas hasta la puerta, levantó la aldaba y golpeó fuerte. Al cabo de un momento se abrió la puerta y apareció Peters, el mayordomo, que servía a la familia desde que Naruto tenía memoria. Frunció el ceño cuando vio que la cara de Peter se entristecía, y antes de que éste pudiera reaccionar, entró en el vestíbulo.

-¿Dónde está mi padre? -preguntó secamente. Con una expresión de pena terrible, Peters miró hacia el salón principal.

-Le ruego me perdone, milord, pero tengo órdenes estrictas...

Sin esperar que acabara la frase. Naruto echó a andar por el largo corredor hacia el salón principal.

Se imaginó que Minato y Menma estarían bebiendo su copa de oporto y conversando amigablemente sobre todas las cosas magníficas que podían hacer a Rasenrengan Park, su herencia legítima. Cuando llegó a las puertas dobles de roble, las abrió bruscamente y entró.

Minato estaba solo; al verlo se levantó de un salto y el libro que tenía en el regazo cayó al suelo.

-¿Qué haces aquí?

Naruto sonrió amenazador y se cogió las manos a la espalda.

-Creo que lo sabes muy bien, padre. Parece ser que unos pequeños detalles de mi pasado se habían... perdido. La sangre abandonó la cara de Minato.

-Te lo ha dicho, entonces. Esa esposa tuya es una señorita engreída. Se merecen. De acuerdo, lo sabes. Lo que sea que quieras hacer, házmelo a mí. Pero te ruego que no arruines a Menma.

A Naruto se le aceleró el pulso a un ritmo peligroso.

-¿Qué no arruine a Menma? -gritó-. Después de todo lo que me has hecho, ¿me pides que lo proteja? Minato se dejó caer en el sillón.

-Me digas lo que me digas, Menma es mi verdadero hijo. Lo amo; no puedo soportar verlo deshonrado -dijo en tono desvalido.

Esas palabras hirieron a Naruto como si le hubiera atravesado el corazón con una flecha, desangrándolo hasta quitarle el último aliento de vida. Se le cortó la respiración y miró boquiabierto a ese padre que había hecho creer a un hijo que era un bastardo.

-¡Soy tu hijo! -rugió-. ¡Soy tu heredero legítimo!

Minato negó con la cabeza, todavía sin atreverse a mirarlo.

-Eres hijo de ella -dijo.

Naruto avanzó hasta ponerse delante de su padre, mirándolo incrédulo.

-Todos estos años me has hecho creer que yo era un bastardo. ¿Cómo demonios has podido ser tan cruel?

-No tienes idea de los sufrimientos que he soportado por tu causa. Yo amaba a Mito, me habría casado con ella. Pero Kushina, ¡esa muchacha me sedujo y me obligó a casarme por causa tuya! ¡Me arruinó la vida! -gritó-. ¡Tú me arruinaste la vida!

Naruto se quedó absolutamente mudo, pasmado. Dios sabía que despreciaba a su padre, pero jamás lo había creído tan... patético.

-Tenía dieciséis años -se oyó decir-. Y tú ¿qué edad tenías, veintidós? ¿Quieres hacerme creer que una inocente de dieciséis años te subyugó y te obligó a fornicar?

Minato se sonrojó. Repentinamente se levantó y caminó con pasos inciertos hasta el hogar.

-Era una lasciva -espetó-. Me atormentó con su cuerpo y sus ojos.

-Me has perjudicado gravemente, milord -repuso Naruto, controlando el deseo de estrangularlo, de sacarle todo el asqueroso aire de los pulmones-. Tengo todas las pruebas que necesito de que has intentado arruinarme sin ningún motivo. Podría arrastrarte por los tribunales; ¿sabes eso, supongo?

Los ojos de Minato se agrandaron de miedo.

-¿Qué deseas? Dime lo que deseas y te lo daré -dijo en tono suplicante.

Lo que deseaba, lo que había deseado toda su vida, ya no hacía al caso, pensó Naruto. El monumental esfuerzo por ser aceptado, las muchas formas con que había intentado ganarse la aprobación de ese hombre, le parecían un chiste macabro en ese momento.

Era casi un alivio comprender que sus imprudencias y errores a lo largo de los años, entre ellos la muerte de Yūra, no podían compararse ni por asomo con la cobardía e irresponsabilidad encarnadas en el hombre que tenía delante.

En ese momento esclarecedor, le pareció que lo que realmente había deseado siempre era la atención de su padre. Pero ya no la deseaba. No deseaba ni siquiera volver a mirarlo una vez más en su vida.

Amilanado por su silencio, Minato avanzó un paso.

-Dime lo que deseas y es tuyo, pero te ruego que no deshonres a tu hermano -suplicó.

-Quieres decir mi hermano bastardo, ¿verdad? -dijo Naruto, y sonrió burlón al ver que la cara de Minato se volvía casi gris-. Quiero que se me devuelva mi herencia legítima. Quiero que anules los documentos en que me tachas de sinvergüenza con tantas palabras. Y, naturalmente, quiero que renuncies a ese ridículo pleito para quedarte con Longbridge en fideicomiso. A cambio de eso, guardaré tu sucio secretito.

-Lo que sea-dijo Minato, asintiendo-. Haré redactar los documentos y te los enviaré a Longbridge cuanto antes.

Asqueado, Naruto giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta, impaciente por salir de ahí antes que se le agriara la sangre. Pero... había una cosa más. Se volvió a mirar a su padre por última vez.

-Hay algo más -dijo tranquilamente-. Debes decírselo a Menma.

-¿Decirme qué?

Los dos hombres miraron hacia la puerta; Menma la había abierto sin que se dieran cuenta, y estaba en el umbral, con cara de niñito asustado.

-¿Decirme qué? -repitió, con voz trémula. Naruto miró a Minato, cuya palidez sugería que se iba a desmayar en cualquier momento.

-Dile lo de su madre -le dijo.

Sin añadir una palabra más, salió del salón, donde quedó Menma mirando a Minato con grave curiosidad.