-Eso fue hermoso, Gaia- limpió su nariz, ruidosamente -Siempre lloro con esta historia- la abrazó con fuerza -Gracias por contarlo tan bonito-

-¡Maldita sea, Dea!- limpió sus ojos con rabia -¡Sabés que odio ponerme sentimental!- la soltó -¡Keilot!- pidió por él entre lágrimas.

-Ya voy, amor...- suspiró resignado, incorporándose -Ya lo saben, Shinobis- habló al resto, dándoles la espalda -Nunca se casen- sonrió, negando con la cabeza, para acercarse a su esposa.

-Tarde para Naruto- acotó Kiba Inuzuka -Me alegra mi elección de ser soltero toda la vida- un aullido se escuchó a lo lejos -¿Qué es eso, Akamaru?-

Habló a su perro, olfateando el entorno. Lo mismo hizo su hermana Hana, al escuchar aquel sonido.

-Levi- aseguró la cazadora poniéndose de pie -¡Levi!- gritó eufórica -¡Seth, es Levi!- tocó su cabeza con sus ojos cambiantes. Estaba hablando con él -¡Levi!, ¿¡Dónde estás!?- silbó con dos dedos en su boca, llamándolo -¡Levi!- Corrió en dirección al segundo aullido que se escuchó.

-¡Ivette! ¡Esperame!- Su esposo salió tras ella, pisándole los talones -¡Les dije que esto iba a pasar!- les gritó al resto, principalmente, a su grupo -¡Creo que nos vamos a casa! ¡Adiós!-

No era la mejor despedida, pero no había tiempo que perder. El familiar animal de su esposa, los estaba llamando desde algún lugar en aquel bosque. Su hijo intentó seguirlos, pero un rugido desde los cielos, se lo impidió. Al igual que a todos.

El grupo de ninjas, no entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿En algún momento iban a dejar de suceder cosas extrañas a su alrededor? No, eso nunca iba pasar.

-Zafira- susurró impactado -¡Zafira!- exclamó a todo pulmón cuando se recompuso y otro rugido, se escuchó -Mawue Napia- pronunció en el idioma de los duendes y sus ojos cambiaron a un azul intenso, como los de un dragón -Ella está aquí...- miró el firmamento nocturno, buscandola -¡Allí está!- señaló un extraño movimiento entre las nubes - Adiós a todos...- se despidió sin más -Nos vamos, Denisse- la aferró de la cintura con fuerza, silbando, igual que lo hizo su madre -Sujeta bien a Alpha- ella asintió, esperando que la dragona llegara -Ahí viene...Sujetaté-

Sólo podía escucharse el ruido que hace el aire al cortarse, pero no podían ver nada más, la noche estaba oscura. Ni siquiera el byakugan o en sharingan lograban verla, sólo él y sus ojos de dragón. Lo único que percibieron fue, una sombra muy veloz descendiendo desde los cielos, llevándose a los muchachos sin dejar ningún tipo rastro.

-Dante...- habló junto a él, observando como su hija acababa de irse con el amo de dragones -Nos están llevando a casa. Tú lo dijiste, sólo teníamos que esperar- aferró sus manos -¡Arya!-

Gritó con emoción y un ladrido, se escuchó. Su perdiguera, Arya. La guardiana mágica de la Fortaleza de los Canareleros, estaba esperándola.

Los shinobis no podían creer aquello, realmente, esas personas estaban volviendo a su mundo delante de sus narices. Y sí, al fin de cuentas, esa sería su última noche con ellos. Una oleada de emociones los golpeó pero, conocerlos, fue un verdadero aprendizaje.

-¡Es por allá!- indicó él, señalando en dirección opuesta en la que los demás se habían ido -¡Vamos, Eyra!- tiró de ella para empezar a correr sin mirar atrás -¡Nos vemos Shinobis, gracias!- gritó entre las sombras.

Sus padres estaban impávidos, no sabían como, pero los estaban llevando a casa. Sus amigos de plumas, escamas y cuatro patas, los estaban guiando a casa. Seth y Dante tenían razón, esa noche, volverían. Al llegar al Valle del Fin, sólo tendrían que realizar un saltó de fe, para lograrlo.

-Aren- señaló a un halcón blanco en una rama -Dea, preciosa... Es Aren-

-No es él del todo, pero lo es...- el ave era casi translúcida, pero seguía siendo blanca como la nieve -Esta es la parte de los sellos que no entendíamos con Seth...- pensó un poco más -Eran sellos de invocación, Lai- el ave alzo vuelo y los rodeó en círculos.

-Bien, Aren...- formuló él -Muestranos el camino- miró al grupo con ellos -Este es el adiós- saludó con dos dedos en su frente como un soldado -Un honor haberlos conocido, pero ya nos vamos-

-Adiós, Naruto- ella lo abrazó por última vez y besó su frente -Te extrañaré- inhaló profundo -A todos los extrañaré- apretó los labios -Nos vamos a casa-

Sin decir una palabra más, ya que las despedidas no eran lo suyo, siguieron al halcón a paso tranquilo por un sendero del bosque.

-Bueno, Keilot- movió sus brazos en vaivén sin saber que decir -Parece que nosotros somos los únicos que nos quedaremos aquí-

-Yo no diría eso si fuera tú- la cargó en sus brazos de un solo movimiento -Aleh, Hada- el caballo, apareció a trote frente a ellos -Arriba- subió a su esposa al lomo del animal y luego, subió él de un salto -Bueno, Shinobis...- aferró las riendas con fuerza -Gracias por todo-

-Si, gracias- dijo ella -Nos veremos en algún momento en el otro plano- estaba feliz de volver a casa.

-Adiós, buen viaje- los despidió Kakashi Hatake con su típico tono neutro -Que tengan una buena vida-

Por fin, después de tanto caos, enfrentamientos, idas y venidas en aquel extraño mundo, que de literario no tenía nada, había llegado el momento de retornar a casa.

-Así fue, como a todo galope, se despidieron de ese enorme grupo de shinobis que tanto los habían ayudado- cerró el libro en sus manos, mirando impaciente al grupo de niños y adolescentes con ella -¿Les gustó?- era la hora de lectura en la librería.

-Eso no es un final...- reclamó un niño en la primera fila -Ni siquiera llegaron al Valle del Fin-

-Es cierto, nunca llagaron allí- remarcó otra niña -Y además, ese libro es una mentira, ¿Cómo puede haber tantos personajes en una sola historia?-

-Pues...- habló la voz de una joven en el fondo de la sala -Si yo fuera ustedes, creería cada palabra que dice esa historia- se encontraba sentada en una silla, acariciando su enorme vientre de embarazo -A mi me pareció muy real y convincente-

-Mariposa- murmuró otra de las niñas, que la miraba hipnotizada - Tú eres Denisse, la ninfa del cuento-

-Me descubriste- le pellizco la nariz con gracia -Feliz cumpleaños, abuela-

Los pequeñitos y jóvenes presentes, estaban impactados. Ellas eran las protagonistas del cuento que les acababan de leer. Obviamente, la narradora, habían descartado las escenas escabrosas y no aptas para menores de edad.

-Hola, cariño- se incorporó para saludarla -No te había visto, ¿Hace mucho que llegaste?-

-Desde que empezó la hora de lectura, pero no queríamos intrrumpirte-

Un hombre alto, rubio y de hermosos ojos azules, ingresó por la puerta. Acompañado de, un enorme perro blanco de ojos como el océano. Más que un perro, parecía un lobo. Un lobo de Heiden, que se acercó a su ama.

-¡El amo de dragones!-

Exclamaron los niños del lugar, mientras las jóvenes adolescentes, enrojecían hasta las orejas.

-¡Otra vez con eso, tía!- rió por el entusiasmo de los niños y la abrazó -¡Feliz cumpleaños!-

-No me culpes a mí, culpa a tu querida abuela que fue quién lo escribió-

-¡Oye! ¡No te lo permito!- la susodicha le quitó el libro de las manos, al aparecer desde la bodega -¡Fue un bets seller o como sea que se pronuncie!- lo levantó como si fuera una reliquia histórica -¡Alguien tenía que arreglar la historia original!-

-¿Pero con ninjas y dioses que te transportan a otras dimensiones?- refutó su hermana con burla -En serio, Gaia, ¿Con qué te intoxicaste esta vez?-

-Pues, no te lo diré porque hay niños presentes-

Señaló a los veinte pares de ojos que las observaban a la vez. Eran iguales a los personajes del libro, en todo sentido.

-No puedo creer que sigan con esto...- mencionó su hija, apareciendo en escena con el resto de la familia -¡Es sólo un libro, por todos los dioses!-

-Si, ya ha pasado un año de eso, no puedo creer que...- tapó su boca con ambas manos al darse cuenta que tenían publico -¡La hora del cuento terminó, a sus casas!-

Los despachó a todos, señalando a la salida. Y así lo hicieron, los pequeños presentes, se marcharon entre quejidos de allí.

-Digan lo que digan, para mí fue una gran aventura- aseguró el cazador, aferrando por los hombros a su esposa -Merecía ser contada-

-Estoy de acuerdo contigo, hermano- su mejor amigo le palmeó la espalda -Aunque un poco exagerada, pero fue una gran aventura- acarició los cabellos de su esposa con ternura.

-Si, pero este año por favor, no toquen ningún libro de ningún estante- suplicó el alquimista de fuego, juntando sus manos -Estoy cansado de sufrir combustión espontánea una vez al año-

-Ni yo ser tragado por más portales- secundó el hechicero negro -La última vez, estuve cayendo por más de tres horas- despeinó su oscuro cabello -No más aventuras por hoy-

Ellos dos, fueron los más afectados al regresar a casa. Sus saltos de fe desde el Valle del Fin, fueron caóticos de principio a fin, al igual que el de los demás. Sólo tenían que creer para poder saltar, pero ese concepto, les falló a más de uno en el primer intento.

Lo más extraño de todo, es que al volver, se encontraron en el mismo tiempo, lugar y circunstancia a como habían partido. Parecía que el tiempo se había detenido aquel ocho de febrero, en aquella sala, esa noche. Todo seguía igual.

Ahora, un año después, sólo queda el recuerdo de haber realizado la mayor aventura de su vida dentro de las páginas de un libro, que resulto ser, el portal a un nuevo mundo enigmático y desconocido. En donde las ninfas cantan, los dragones hablan y las brujas bailan. En donde los shinobis pelean por amor y los tratos con los dioses, no tienen lugar, simplemente, se rompen.