Palabra: suerte.
Kacchan
All my days are spent
All my cards are dealt
Oh the desolation grows
Every inch revealed
As my heart is pierced
Oh my soul is now exposed
Let Your Heart Hold Fast, Fort Atlantic
«No es tu culpa».
Se retuerce, pero no puede moverse mucho. Siempre le pasa eso a él.
—¡Izuku! —grita. Shigaraki ya no le está poniendo atención y él le grita, intentando que vuelva a fijar su atención en él—: ¡Déjalo! ¡No te atrevas a…!
—Quiero tu sangre —dice Shigaraki, parado en frente de Izuku.
—¿Dolerá? —pregunta Izuku—. Tu ritual.
Shigaraki se encoge de hombros. «Y a mí que me importa».
—No. —La mentira es tan obvia que Katsuki quiere escupirle. Pero ya no está tan cerca. Shigaraki le acerca un cuchillo a Izuku—. Tiene que ser voluntario. Dabi, suéltalo, ¿quieres?
—Podría atacarte —se queja Dabi, pero le hace caso.
Shigaraki agarra a Izuku por el cuello. Sólo un toque.
—No lo hará.
Katsuki no soporta que hablen de Izuku como si no estuviera allí presente. Demuestra que para ellos no es más que una herramienta que necesitan para conseguir algo más. El báculo.
—Déjalo —espeta. Shigaraki sólo le dirige una mirada de soslayo—. Deja a Izuku, carajo, deja…
Shigaraki no le hace ni caso.
E Izuku agarra el cuchillo.
—Si intentas algo estúpido, será lo último que hagas —advierte Shigaraki—. Tener el toque de la vida significa que también tengo el de la muerte. ¿Sabes lo que es eso?
Izuku asiente.
Así son los nigromantes. Duales. La gente los conoce por el toque de la vida, que puede traer a las almas de vuelta cuando aún no han dejado el cuerpo completamente, pero también existe el toque de la muerte, capaz de arrancarle el alma a cualquier ser.
Izuku toma el cuchillo con una mano. Katsuki no puede hacer nada que no sea mirar cuando pone la hoja del cuchillo contra la palma de su mano.
—¡Toga! —ladra Shigaraki.
La bruja le alcanza un frasco de vidrio.
Shigaraki lo pone bajo la mano de Izuku.
—¿Y bien?
Izuku aprieta la hoja del cuchillo y la sangre corre.
Katsuki sólo puede mirar mientras la parte de abajo del frasco se llena. Cuando Shigaraki retira el frasco, Izuku también aparta su mano y le devuelve el cuchillo.
—No le hagas daño a Kacchan —pide. Las lágrimas brillan sobre sus mejillas y Katsuki se siente responsable—. No le hagan daño a… Por favor.
Shigaraki le quita la mano del cuello.
—Oh, no. Es nuestra garantía. No queremos deshacernos de él. —Por fin, por fin, voltea a verlo. Katsuki se esfuerza por enfrentar su mirada y nunca bajarla—. ¿Verdad, Kacchan?
Alarga la primera «a» mucho más que Izuku. En sus labios no suena natural. Quiere arrancarle la palabra de los labios, gritarle que esa palabra sólo le pertenece a Izuku, a él y a la intimidad que los oye decirla, pero no abre a boca. Se conforma con imaginarse su muerte de mil formas diferentes.
—¡Toga! Cúralo. No querrás que se infecte antes del ritual. —Shigaraki sonríe enseñando los dientes—. Dabi, has guardia tú.
Al final se quedan sólo ellos dos y la bruja que se acerca a Izuku.
Katsuki descubre que ya no está tan tenso y que le duele todo. Cada músculo, cada extremidad. Maldita poción. Odia a las brujas. Los hechiceros y los magos no son un problema. Los primeros aprenden a aprovechar la magia a su alrededor, estudian demasiado para lograrlo. Los segundos tienen poder porque alguien se los regaló; no son como la magia que a veces los seres humanos desarrollan de manera innata. Pero los brujos son los peores de los tres. Quieren cortar el camino para tener poderes y se conforman con la magia más corrupta de todas: la de la sangre.
—Déjame ver. —La bruja se acuchilla junto a él.
Izuku le esconde su mano deliberadamente.
La bruja rubia se ríe.
—¡No te haré daño! Vamos, déjame ver. —Extiende una mano. La otra se dirige Hasta la mejilla de Izuku—. Es una lástima que alguien como tú pierda sangre… —Izuku se aleja de manera instintiva cuando intenta tocarlo—. Una lástima…
Vuelve a reírse.
—No lo toques.
No tiene fuerzas para gritar. Se está esforzando por mantener la cabeza alzada y no perder todo su orgullo, pero la poción que lo hicieron beber hizo su trabajo. No se imagina como hubiera sido una segunda dosis, aunque desea que Izuku no se hubiera rendido tan pronto.
—Oh, vamos, es sólo un toque…
—No lo toques —insiste Katsuki.
—Él no se está negando… —arguye la bruja.
—¡Carajo! ¡Sólo vele la cara!
—Oh… —Ella voltea y lo mira, sólo de soslayo—. ¿Celoso? —Luego vuelve a concentrarse en Izuku—. Vamos, déjame ver tu mano.
Se aleja de su mejilla, pero su mano aún espera.
Izuku se la concede. Ella la examina, palma arriba. La alza un poco hasta que está a la altura de su rostro y entonces acerca la herida a sus labios. Katsuki ve a Izuku cerrar los ojos cuando la bruja lame la sangre.
No puede ver si le sonríe o no.
—No sabe mal. Salada —dice—. Oh, vamos, no llores. Necesito probarla para poder curarla. —Katsuki no sabe si eso es verdad o una mentira, pero después la ve llevarse uno de sus propios dedos a su boca y luego a la herida de Izuku. La oye decir en el lenguaje antiguo, en el que se escribió la magia y luego dejar libre la mano de Izuku—. ¿Ves? Todo bien.
Izuku aparta su mano lo más rápido que puede.
La bruja le guiña un ojo.
—Nos veos más tarde. Tengo que alistar un ritual, después de todo.
Izuku la interrumpe antes de que pueda irse.
—¿Por qué pueden sentir mi báculo? —pregunta.
—Pregúntale a Shigaraki —responde Toga—. Él sabe.
—Dime tú —pide. Katsuki odia la voz de Izuku entonces. Rendida, como una súplica.
—Oh. Por la sangre —explica, complacida con la súplica o la atención: alguna de las dos—. Cuando se hace tuyo, el báculo forma un vínculo contigo. Con tu sangre.
—Pero Shigaraki…
—Tiene la sangre de Nana Shimura. —Toga le guiña un ojo y luego se va, dejándolo con más preguntas en los labios. Katsuki puede verlas.
Katsuki piensa que debería quejarse ya que están solos. Decirle que no tenía por qué haber regalado su sangre de esa manera. Pero en vez de eso no dice nada. Lo mira, en vez de eso.
¿Cuántas veces ha mirado a Izuku Midoriya como si quisiera grabarlo a fuego en sus pupilas? Podría contarlas con ambas manos. Está seguro de que nunca conseguirá aprenderse la posición de todas las pecas que tiene en la cara, mucho menos de las que inundan su pecho o su espalda. Pero sabe exactamente cuál es el tono de verde de sus ojos y de su cabello. Unas por otras.
Izuku retrae las piernas, las abraza y recarga la barbilla en las rodillas.
—¿Kacchan? —Por fin rompe el silencio—. ¿Estás bien?
—Sí.
—No mientas.
—Sí —insiste.
—Nunca había oído… Te he oído muchos gritos de furia, pero ninguno como ese.
—No quiero acordarme.
Acaba de pasar y Katsuki ya está dispuesto a enterrarlo tan hondo en su memoria que no tenga la necesidad de volver a recordarme.
—Lo siento.
—Les diste lo que querían demasiado fácil.
—¡Lo siento!
—¡Ahora tienen tu sangre! ¡Y seguro van a obligarte a entregarles el báculo! ¡Carajo!
—¡No podía verte sufrir! —espeta Izuku—. ¡No de esa manera! ¡No…!
—¡Tú no decides cuánto dolor puedo soportar!
—¡Tenía la forma de detenerlo! —Por un momento Izuku parece enojado, pero después se echa a llorar de nuevo—. Kacchan, no podía…
—¡Les entregaste tu sangre!
—¡Era una forma de ganar tiempo!
Izuku mira a la tela de la entrada y se asegura que no estén mirando. Katsuki no entiende por qué hasta que lo ve sacar algo de su pantalón y enseñárselo. Es un cuchillo.
—Se lo quité a Dabi.
—¿Les entregaste tu sangre sólo para que nos dejaran en paz?
—Oh, no, Kacchan. Sólo no quería oírte gritar otra vez. —Izuku se limpia las lágrimas—. Quería que pararan y esa fue la única forma que se me ocurrió.
—Idiota.
—Te quiero, Kacchan.
—Dímelo cuando estemos libres.
Izuku se acerca.
—Necesito que extiendas tus manos hacia mí, ¿está bien? —pide—. No sé cuánto tiempo tengamos.
Katsuki le hace caso.
—No tenías por qué…
—No insistas con eso —espeta Izuku. La voz le sale tan firme que Katsuki ni siquiera replica por un momento—. ¿Recuerdas que me dijiste que saltarías al peligro por Shouto o por mí? Yo también, Kacchan, no tienes derecho a extrañarte.
Katsuki aprieta los dientes.
Izuku busca un pedazo de tela que pueda cortar. Katsuki aprecia que tenga cuidado para no lastimarlo. Cuando por fin un tramo de tela cede, deja el cuchillo a un lado y empieza a desamarrarle las manos.
Lo primero que hace al tenerlas libres es llevárselas a la cara, aliviado.
Luego agarra el cuchillo y se encarga él mismo de la cuerda en su abdomen, que lo mantiene atado a una de las columnas. La cuerda le deja la piel inflamada y unas cuantas heridas, pero nada grave. Intenta él sólo deshacerse de la cuerda de los tobillos, pero acaba pasándole el cuchillo a Izuku.
Le sorprende la seguridad de sus manos, la firmeza.
Y tan pronto como está libre se lanza contra él y esconde el rostro en su cuello y aspira. Izuku huele a tierra y a mugre y a lágrimas saladas, pero Kacchan lo aprieta contra sí.
Le duelen los músculos y todavía siente, de repente, que las venas le arden del puro recuerdo de la poción, pero lo tiene ahí, en sus brazos. Sabe que es temporal, tiene sólo un momento antes de que Izuku lo aparte y empiece a explicarle un plan. Lo aprovecha. Siente a Izuku temblar bajo su tacto y él mismo respira hondo, intentando contener la furia dentro de él.
(Después podrá sacarla).
Las lágrimas de Izuku le empapan el pecho y no le importa.
Es sólo un momento, nada más.
—Kacchan —dice Izuku.
Y todos los momentos se acaban.
—Tienes que alejarte un poco. No demasiado. Lanza una señal…
—Izuku, espera… No.
—No, escúchame: aléjate del campamento. —Izuku se suelta del abrazo y Kacchan estira las manos para no perder el contacto con él. No tan pronto. El príncipe tiene razón e Izuku es como un ancla—. Eres rápido. Estarán ocupados con su ritual, entonces tienes una oportunidad de alejarte sin atraer demasiado la atención. Lanza una señal cuando estés lejos. Lo más grande que puedas. Es tu oportunidad de contactar…
—Lo sé. Lo sé.
—Tenemos que encargarnos del guardia.
—Una explosión. No muy fuerte —decide Kacchan—. Cuando no mire. Puedo noquearlo de un golpe si no está poniendo atención.
—Bien. —Izuku asiente.
—Pero antes quiero probar algo.
Su mano se dirige hasta el tobillo de Izuku.
—¡No! ¡No tiene caso! ¡Sólo se abre…!
—Déjame probarlo.
—Ni siquiera sabemos dónde está el báculo, Kacchan. Tú y yo no podemos con todos…
—Izuku. —Katsuki se centra en su rostro y pone sus manos en sus mejillas, obligándolo a mirarlo—. Tú y yo podemos contra el mundo entero si es necesario. Bueno, y el príncipe también. Pero…
—¡Estoy siendo realista!
—Yo también.
—¡Necesitamos refuerzos!
—Lo sé. Pero podemos contra el mundo entero, si hace falta —asegura Katsuki—. Déjame intentarlo.
Izuku acaba por asentir.
En realidad los dos intuyen que no va a funcionar. Pero de todos modos Katsuki suelta una explosión muy leve en el grillete, intentando reventarlo. Por supuesto, el grillete rechaza el intento de forzarlo.
—Kacchan, necesitamos refuerzos —insiste Izuku. Katsuki en realidad no está discutiéndole eso, pero no lo interrumpe—. Tú y yo podemos contra todo el mundo, si quieres, pero también necesitamos a Shouto y necesitas ir a buscarlo.
Katsuki asiente.
—Noquearé al de la entrada.
—Bien. Mientras antes lo hagas, antes estarás de vuelta. Y antes estaré a salvo. —Izuku sonríe y Katsuki es consciente de que conjura todas sus fuerzas para poder hacerlo.
Le agarra la barbilla y acerca sus labios.
Izuku se zafa bruscamente.
—No te atrevas —espeta y en sus ojos Katsuki puede ver furia—. No te atrevas a hacerlo como si fuera la última vez.
—Para el camino, entonces —pide. Estira su mano y roza la barbilla de Izuku—. Por favor.
No está acostumbrado a suplicar.
Pero por Izuku lo haría todo el tiempo y a veces eso lo asusta.
—Para el camino —responde Izuku.
Y entonces sí, lo besa.
Esa vez se toma su tiempo en los labios de Izuku. No ataca de golpe, como usualmente. Se toma su tiempo porque Shouto le ha enseñado a hacerlo y porque quiere llevarse en sus labios la esencia de Izuku.
Se separan y entonces Katsuki se da la vuelta sin mirar atrás.
—No olvides tu juramento —le dice.
—Por Nana Shimura —responde Izuku.
Se queda con su voz.
Katsuki se acerca a la tela de la puerta. Dabi no está parado muy lejos. Lo agarra desprevenido, por la espalda, soltando una explosión lo suficientemente fuerte como para dejarlo noqueado de un golpe. Se lanza sobre su espalda. Tiene razón: es muy rápido y el otro no puede reaccionar a tiempo.
No le cuesta nada evitar al resto.
Alguien intenta perseguirlo, pero Katsuki siempre ha sido demasiado rápido cuando usa sus explosiones para impulsarse. Puede saltar, echar las piernas hacia adelante e impulsarse en el aire. No es volar, pero se le acerca si hace el suficiente esfuerzo.
Se aleja tanto como le parece prudente. Cuando ya nadie lo persigue —porque, de todos modos, él no les importa—, aterriza en un claro rodeado de algunos árboles. Usa una mano para sostener la muñeca contraria, alza la palma hacia el cielo y dispara. Una explosión enorme. Delata su posición, tanto para el grupo de Shigaraki como para Shouto, Aizawa y el resto. Espera que estén cerca. Se esconde en la cima de uno de los árboles para que, si aparece alguno de sus captores pueda emboscarlo en paz.
Pero no aparece nadie durante un rato.
El primero que entra caminando al claro es Shouto.
—Estoy seguro de que fue por aquí, no podemos estar muy lejos…
Cabello de dos colores, chaleco azul, espada en colgada del cinto.
—¡Katsuki! ¡Izuku! ¡Katsuki! ¡Izuku!
Aizawa, Yamada y el gato lo siguen. Por supuesto. No está solo.
Katsuki se deja caer desde su posición, revelándose.
—Soy sólo yo.
Todo en su interior da vueltas al ver a Shouto, que prácticamente se lanza hacia él antes de que tenga tiempo de reaccionar y se le cuelga como una araña.
Shouto, que no los besa cuando tiene público.
Shouto, que tiene cuidado con sus afectos.
Shouto.
—Ey, ey —le dice—. Estoy bien. Tenemos que ir por Izuku.
—¡¿Lo dejaste atrás?!
—¡Me obligó! —se defiende Katsuki al oír el reproche en la voz de Shouto—. ¡Y era la única manera según él! ¡Y…!
—¿Está bien?
—¡Shouto, lo tienen prisionero! —Katsuki contiene las ganas de rodar los ojos.
—¿Ileso? —clarifica.
—Sí, creo que sí. Al menos, cuando lo dejé —responde Katsuki—. Planean hacer un ritual con él… No tenemos mucho tiempo. Tiene que ser esta noche.
Shouto respira hondo y entierra el rostro en su cuello. Inhala y luego exhala. Sus manos se entierran en la espalda de Katsuki, porque lo abrazan por debajo de la capa.
—¿Te he dicho que hueles dulce? —pregunta—. Siempre que no estás extraño el olor.
Katsuki no tiene palabras para eso.
—¡Céntrate! ¡Tenemos que ir por Izuku! ¡Tengo que ponerlos al corriente! ¡Y no tenemos mucho tiempo! ¡Está en peligro! —Por fin Shouto se suelta de él y Katsuki puede mirar al resto. Shota Aizawa parece cansado y en necesidad de dormir. Yamada no canta. El gato tiene humor de gato—. Bien, ¿por dónde empezamos?
—Por la localización del campamento del grupo que buscamos, Bakugo —espeta Aizawa—. Número exacto de personas a quienes nos enfrentamos y todos los poderes que sepas. Luego Todoroki puede volver a encaramarse a ti, si es que les place tener tan poca vergüenza.
Katsuki respira hondo.
Mira a Shouto y le extiende su mano para que la agarre. El príncipe la toma y Katsuki la aprieta.
—Izuku me ayudó a escapar —le dice—. Vamos a salvarlo, princesa.
Notas de este capítulo:
1) Y así llegamos al final de la penúltima iteración de este fanfic. Los siguientes capítulos son todos de cierre. Todos. El de Shouto va especialmente cargado de material sobre Touya porque, no sé si lo recuerdan, pero el primer capítulo inicia con Shouto bebé recordando a su hermano y hay que solucionar eso.
2) También el capítulo de Izuku y, por supuesto, Katsuki es, como en prácticamente todo el fic, el último en tomar la palabra. Me estoy preparando también para decirle adiós a la historia y no sé si estoy lista. Pero bueno, es una historia increíblemente larga que empecé a escribir en un impulso. Yo quería escribir Todobakudeku de nuevo a como diera lugar porque una de mis misiones en esta vida es llenar el fandom en español de esta OT3.
Andrea Poulain
