Capítulo 23

Era imposible hacer ninguna búsqueda en absoluto. Kurenai estaba con ella cada instante del día, excepto cuando ella usaba el retrete. En vez de agravar las sospechas de Naruto, Hinata siguió voluntariamente los animados pasos de Kurenai, escuchando su charla y aumentando su comprensión tanto del dialecto escocés como un poco del gaélico, a medida que su mente comenzaba a asociar la pronunciación de unas pocas palabras con la ortografía que conocía.

La ventaja de estar con Kurenai era que los deberes de la mujer la llevaban por todo el castillo. Sin tener que andar a hurtadillas, Hinata se familiarizó rápidamente con las diferentes cámaras. Trató de pensar cuál sería el escondite más seguro para el Tesoro. Creag Dhu tenía una mazmorra, mucho más grande que la que había en el Torreón Hay, pero la mazmorra era una elección tan obvia que dudaba que fuese correcta. No obstante le habría gustado registrarla, pero difícilmente le podría pedir a Kurenai un paseo.

La bodega era una posibilidad interesante, oscura y fría, con barriles y pesebres que podían ocultar un escondite.

—¿Hay algún pasadizo escondido? —preguntó a Kurenai—. ¿Una forma de escapar si el castillo fuera atacado?

—Sí —dijo Kurenai de bastante buena gana—. Hay un pasadizo que conduce al mar, si es necesario, pero me parecer que se está más seguro en el castillo que fuera. Lord Naruto ha construido las mejores defensas de Escocia —se jactó—. Podríamos resistir un asedio durante un año o más. —Mientras seguía a Kurenai a todos lados, Hinata se sorprendió de lo natural que le parecía todo.

Por supuesto, ella tenía la ventaja de su educación en cultura y lenguas medievales para estar familiarizada al menos en términos técnicos con mucho del estilo de vida de la época, pero ni siquiera cuando se despertó por primera vez estuvo desorientada.

Era como si su mente pulcramente se hubiera adaptado al salto en el tiempo. Por qué, sí, por supuesto que había que preservar la carne con sal, y la leche tenía que ser batida, y tenían que esparcirse hierbas en los juncos del suelo para mantenerlos dulce bien.

Sus papilas gustativas se habían ajustado inmediatamente a la comida simple, aceptando que allí había pocos condimentos para engañarlas. Cuando Kurenai se sentó con una aguja y una sábana de lino que necesitaba arreglo, Hinata ni siquiera pensó lo fácil que sería ir a un almacén y simplemente comprar sábanas nuevas en lugar de arreglar las viejas. En lugar de eso se esmeró por hacer puntadas diminutas e iguales.

Ella se había equivocado en su ropa, se percató. El algodón no aparecería en Europa hasta bastante tiempo después, y el terciopelo estaba reservado para la realeza. ¡No es extraño que Gatō hubiera quedado impresionado por su traje de terciopelo! Probablemente había pensado que era una princesa extranjera, y preveía un enorme rescate por su retorno. Afortunadamente su vestido de algodón estaba sin blanquear y no era reluciente, así al menos no parecía rico. En vista de que Hinata obviamente no era escocesa, su extraña ropa no había despertado ninguna sospecha en Kurenai, que había llevado la prenda para que la lavasen o de la mujer que la lavó. No obstante mantendría la sobreveste de terciopelo escondida.

Quería comprobar su escondrijo y asegurarse de que la bolsa permanecía en lugar seguro, pero pensó que si hubiera sido encontrada, habría tenido que responder preguntas, y era más probable que permaneciese oculta si no atraía miradas hacia la zona.

Naruto se entrenó con sus hombres todo el día, o cazó, o patrulló el área alrededor del castillo. Si volvió para una comida a medio día, Hinata no le vio. Oyó el choque de espadas en el patio pero no fue a mirar. La vista de su cuerpo musculoso, sudoroso y medio desnudo, no ayudaría a reforzar su determinación.

No sabía que la lujuria pudiera ser tan poderosa, tan absorbente. Aunque Kurenai la mantuvo ocupada, sus pensamientos se dirigieron una y otra vez a ese contacto experto, diabólicamente conocedor en su cuello, a su beso, al ligero roce sedoso de su pelo largo contra la cara. Él era tan maravillosamente bárbaro e indómito, y no obstante tan sorprendentemente bien educado y refinado. Ella se las arreglaba en la época de él con conocimientos y entrenamientos previos. Pero sospechaba que él se las arreglaría igual de bien en la de ella sin esas ventajas, por la pura determinación de su personalidad y por la fuerza de su intelecto.

Trató de pensar en Toneri, pero él parecía tan lejano. Había pasado un año, un año en el cual ella no había tenido ninguno de sus cosas para tocar, conservar y llorar encima. No se había atrevido a dejarse pensar demasiado en él, y ahora cuando lo necesitaba realmente con ella no podía retener su cara, o la cualidad de su voz.

Había sido más fácil antes del viaje, como si la distancia del tiempo fuera un velo que desdibujaba su otra vida ahora, haciéndola parecer un sueño. Esto era real, ahora era real. Naruto era demasiado real, demasiado vital y dominante. Todo el mundo en el castillo se sometía a sus deseos, obedecía su orden más pequeña.

Los hombres regresaron para la comida de la noche, rompiendo la paz eficiente del castillo con su masculinidad bulliciosa, caótica. Hubo gritos, maldiciones, voces retumbantes, ruidos metálicos de espadas y escudos, ruidos de arrastrar pies, ladridos excitado de perros, el agudo olor almizcleño de sudor masculino. Cuando Naruto apareció todos los ojos se dirigieron a él. Él miró alrededor y localizó a Hinata inmediatamente, señalando con la cabeza hacia la mesa donde él se sentó.

Ella vaciló, y Kurenai le dio un codazo.

—Quiere que os sentéis con él —dijo la mujer mayor, afirmando lo obvio—. Mejor haced lo que diga — Hinata no había tenido ninguna intención de desobedecer, sólo sentía renuencia a estar tan cerca de él otra vez.

Lo deseaba, demasiado, y ahí estaba el peligro. Con pasos lentos atravesó andando la gran sala hacia donde estaba colocada la mesa principal. Naruto permanecía en pie al lado de su silla, esperándola.

Se había mojado la cabeza en un barreño de agua o se había tomado el tiempo para darse un baño, porque su pelo largo estaba mojado y alisado hacia atrás. Su camisa de lino sin adornos estaba limpia, su tartán ceñido en torno a su delgada cintura. Tenía un cuchillo metido en el cinturón, y otro en la bota derecha.

El enorme claymore estaba metido en una funda sobre su espalda. Se lo quitó, colgándolo en el respaldo de su silla. Incluso aquí, en su sala, mantenía sus temibles armas a mano.

Mirando alrededor, Hinata vio que todos los hombres lo hacían. Naruto les había llamado forajidos y hombres sin clan. Eran hombres duros que habían vivido vidas duras, pero eligieron ser dirigidos por Naruto. Eran los desechos de los clanes de toda Escocia, pero aquí habían creado su propio clan, con Naruto como caudillo no elegido pero indiscutible, y él los había transformado en una unidad de combate de primera clase con orgullo y disciplina. Estos hombres de buena gana morirían por él.

Una silla más pequeña había sido colocada al lado de Naruto. Eran las dos únicas sillas allí. Todos los demás estaban sentados sobre bancos. Hinata era ardientemente consciente de todas las miradas curiosas que se dirigían hacia ella, especialmente las de los hombres. Las mujeres de lo de la casa se habían acostumbrado a ella durante el día; algunas de sus miradas eran hostiles.

Naruto la tomó del codo mientras la sentaba, su mano muy caliente en su brazo desnudo.

—Preguntasteis a Kurenai sobre el túnel de huida —dijo, su tono suave, sus ojos agudos.

Hinata parpadeó por el asombro. Había estado al lado de Kurenai casi cada minuto del día. Estaba segura de que Naruto no había tenido oportunidad de hablar con ella desde la mañana.

—Sí, lo hice —admitió sin pausa—. ¿Pero cómo lo supisteis?

—Estaba molesto porque hubierais logrado entrar en Creag Dhu con falsos pretextos, y nadie os preguntase o ni siquiera os viese durante el resto de día. Nada de lo que hacéis pasa desapercibido ahora —él se recostó en su silla mientras la comida era colocada delante de él, carne de cerdo asada, nabos, pan tierno, queso, y manzanas guisadas.

Tomando el cuchillo de su cinturón, cortó en rodajas varias rebanadas de jamón tierno de la cadera y las colocó en el plato de trinchar situado en la mesa entre Hinata y él.

—¿Tenéis cuchillo? —le preguntó a Hinata. Ella pensó en la navaja militar suiza en la bolsa que había escondido, y meneó la cabeza. Naruto sacó la daga más pequeña de su bota y la examinó, luego la empujó de regreso dentro de su bota—. Creo que no confío en vos con algo tan afilado. Cortaré la carne para vos.

—No os apuñalaría — dijo ella, horrorizada.

Una ceja se arqueó.

—¿No? Cuando os encontré por primera vez, estabais con los Hays.

—¡Sabéis que fui capturada! Podíais oír lo que decían.

—¿Pudo haber estado organizado, verdad? Estaba medio ahogado con tartanes, como recordáis. No podía ver nada. Podíais haber sido capturada, o podíais haber estado de su parte desde el principio. Me soltasteis de la mazmorra, luego me seguisteis hasta Creag Dhu, sabiendo que no podría arrojaros fuera. Ahora habéis preguntado acerca del túnel. ¿Tenéis intención de avisar a los Hays, y dejarles entrar en mi castillo para que nos asesinen en nuestros lechos? — Hinata furiosa, se volvió contra él.

— Gatō ya os tuvo a su merced. ¿Por qué intrigaría para ayudaros escapar, cuándo os podría haber matado y haber terminado?

—En lo que se refiere a por qué, si Gatō quería sólo matarme, entonces, sí, podría haberlo hecho entonces. Pero si quiere Creag Dhu también, él sabe bien que no podrá tomarla desde afuera. Para tomar el castillo, debe encontrar la manera desde dentro —con habilidad cortó un pedazo pequeño de carne y se lo ofreció.

Ella lo ignoró.

—Sólo pregunté por un túnel porque soy curiosa. ¡Ni siquiera pregunté donde está, como deberíais saber puesto que obviamente os han dado cuenta de cada palabra mía! — Naruto miró su cara sonrojada, y vio que sus ojos se habían vuelto oscuros.

—Y continuarán haciéndolo así —dijo. Le ofreció la carne otra vez—. Come, muchacha. Un buen viento os derribaría. — Hinata tomó la carne con sus dedos y elegantemente se la metió en la boca, luego deliberadamente apartó la mirada de él para observar a los demás.

Él prestó poca atención a su ira o sus esfuerzos por ignorarle. Él se alimentó a sí mismo y a ella, alternando entre lo dos, y sujetando con paciencia cada bocado hasta que ella lo tomaba. Ella podía ver a los demás observándoles, y los buenos modales le impidieron montar una escena en público.

Su consideración socavó sus esfuerzos para permanecer enojada. Él no trató de obligarla a hablar, no hizo hincapié en el tema. Habiéndolo hecho una vez, se daba por satisfecho. Ahora ella sabía que era vigilada de cerca, y esa había sido su intención.

Su pierna presionaba contra la de ella. Al instante ella se alejó, luego le examinó rápidamente para ver si el contacto había sido deliberado. Lo era. Él la observaba, su mirada segura. Tomó un trago de vino especiado, luego colocó la taza en su mano para que ella también pudiese beber.

—Hace que recuerde una vez —dijo él en voz baja — cuando estaba sentado en un taburete, y vinisteis a mí, y os levanté a horcajadas —la mano de Hinata tembló, y dejó precipitadamente la taza en la mesa antes de derramar el vino.

Ella no contestó, pero el color ardiente en sus mejillas le dio su respuesta.

—¿Cómo puede ser? —se preguntó él. Ella negó con la cabeza, y murmuró:

—No lo sé.

—A veces no estaba dormido, y a pesar de todo podría sentiros observándome —él le levantó la mano, agarrándola en su palma y trazando con la punta del dedo la forma de los huesos delgados del dorso de su mano.

—Algunas veces cuando estaba despierta, creí haberos oído hablar —ella no le pudo mirar mientras hacía esa confesión.

Las palabras salieron en un reconocimiento renuente del sentimiento que existía entre ellos que la había atormentado durante meses, y la tentaba ahora. Sería tan fácil girar su mano en la de él, enlazar sus dedos. Él sabía lo que ella deseaba. No haría ninguna pregunta, simplemente la conduciría subiendo las escaleras a su alcoba.

Ella clavó la mirada en el salero. Una vez había tenido esta intimidad tácita con Toneri. Se habían conocido el uno al otro, tan bien que muchas veces las palabras no eran necesarias. Cuando él murió, pensó que el prodigio, esa sensación de pertenecer, había muerto con él y nunca lo conocería de nuevo. ¿Cómo podía ser que volviese a darse? Habían forjado ese conocimiento mutuo durante años de salir y de matrimonio, de hacer el amor, de conversaciones tranquilas en la oscuridad mientras yacían juntos, de trabajar y reírse y preocuparse, de vivir juntos.

No lo podría sentir ahora, con Naruto. Su imaginación estaba trabajando horas extra otra vez, haciéndola pensar que la conexión estaba allí cuando no podía ser.

Desde el momento que él había salido andando de esa celda en la mazmorra hasta ahora, el tiempo total que había pasado con él era de menos de dos horas. Él posiblemente no podía saber lo que ella deseaba, ni ella podía predecir lo que él haría.

—Todo lo que tenéis que hacer es tomar mi mano —murmuró él, observándola, atrayendo su mirada—. Mi cama es grande, y cálida, y no estaréis sola —un escalofrío la recorrió, y sus ojos se volvieron en blanco por la impresión.

No, no era posible.

—Qué ojos tan grandes y tristes. ¿Qué veis, muchacha, cuándo miráis a través de mí como si no estuviera aquí, cuándo os alejáis en vuetra mente? ¿Tiene Gatō a alguien a quien amáis, un niño tal vez? ¿Os obliga a ejecutar sus órdenes? — Hinata sentía su garganta sentía oprimida.

—No —se las arregló para decir—. No tengo a nadie, y no estoy aliada con Gatō —una expresión cruzó sobre la cara de él, tensando su carne sobre la estructura ósea cincelada, dándole una expresión remota, austera tan vieja como la de sus ojos.

Así debían parecer los antiguos santos, despojados de todas las cosas importantes por las cargas que habían soportado.

—Decídmelo —dijo él—. Y os ayudaré.

¡Qué poco le costaba a pesar de todo asumir otra responsabilidad! Sus amigos habían sido torturados y quemados hasta morir, él fue excomulgado y estaba bajo sentencia de muerte si se aventurase fuera de Escocia.

Había sido nombrado Guardián tan joven que había dedicado su vida entera al Tesoro y había vivido dominado por la carga que había aceptado. Había creado una fuerza disciplinada de combate de entre solitarios, inadaptados y forajidos, luego había extendido su protección a los campesinos y los aldeanos que vivían alrededor de Creag Dhu. Las cargas que había aceptado sobre esos hombros anchos habrían aplastado a la mayoría de hombres, pero sin siquiera saber cómo podía ayudarla, también se había ofrecido a cargar con la responsabilidad de ella.

Su garganta se contrajo aún más, esta vez con lágrimas no derramadas.

Silenciosamente ella negó con la cabeza.

Él suspiró a medida que se levantaba, levantándole a ella también.

—Me lo diréis —le aseguró, caminando con ella hacia las escaleras. A una inclinación de su cabeza, dos hombres se levantaron de sus bancos y les siguieron—. Me lo diréis, de buen grado o no. También vendréis a mi cama, y os acostaréis suave y flexible debajo de mí. Soy un hombre paciente de veras, muchacha, pero nunca olvidéis que tengo todo el poder aquí —la boca de Hinata se secó.

¿Era una advertencia de que sospechaba que ella conocía la existencia del Tesoro y quería encontrarlo? Su corazón martilleaba dolorosamente contra su esternón. Ella luchaba contra él en un plano tanto personal como impersonal, y de forma extraña él lo sentía. Viéndole como un hombre, ella le deseaba con un salvajismo que la aterrorizaba; viéndole como el Guardián, ella le temía. La derrota en cualquier nivel la podía destruir.

Abrió la puerta de la pequeña alcoba donde había estado encerrada la noche anterior, y la condujo al interior. Ella se detuvo por la sorpresa. En algún momento durante el día una cama pequeña, poco más que un catre, había sido llevada a la alcoba.

Un fuego pequeño crepitaba en la chimenea, disipando el frío, y dos velas gruesas parecían haber sido encendidas sólo instantes antes, pues el sebo estaba apenas ahora empezaba a derretir las columnas. Para su alivio había también un orinal, y una palangana pequeña y una jarra de agua.

—Gracias —dijo, volviéndose hacia él.

La cámara pequeña le parecía casi lujosa comparada con alguno de los lugares en los que había dormido este año pasado.

—No intento congelaros hasta que muráis —contestó, con las cejas arqueadas por la diversión. Él deslizó suavemente su mano por el brazo de Hinata—. Me gusta que estéis calienta y tierna —la besó, rodeándola con sus brazos y amoldándola a su cuerpo.

Hinata se aferró a sus bíceps, concentrándose en mantener tenso su autocontrol aunque podía sentir los cimientos de su determinación desmoronándose bajo ella. Él inclinó su boca firme para que se adaptara perfectamente a los contornos suaves de sus labios, y a pesar de sus mejores intenciones sus labios se separaron bajo la presión. El deseo la desgarró, ardiente y punzante. Ella apartó de un tirón su boca de la de él y enterró su cara contra su pecho, respirando con fuerza.

¿Dejando a un lado la cuestión de la lealtad hacia Toneri, cómo podía considerar siquiera la idea de hacer el amor con Naruto? Tenía la intención de estar de esta época sólo el tiempo que la llevase encontrar el Tesoro y descubrir si podía usar el misterioso Poder de algún modo, para detener a Obito y la Fundación. Si podía, robaría el Tesoro y regresaría a su época, dejando atrás a Naruto.

Teniendo éxito o fracasando, no se quedaría. Cualquier relación que tuviese con Naruto sería sólo intrascendente. Dios mío, pensó, ¿podría considerar en algún momento que hacer el amor con Naruto fuera intrascendente? E incluso en circunstancias diferentes ella no era una mujer que tuviera amoríos intrascendentes. Quizá él se conformaría sólo con sexo, pero sabía que ella no. Para ella, hacer amor era un compromiso, algo que no podría hacer.

Él la acunó tan cuidadosamente en sus brazos, meciéndose levemente de acá para allá mientras acariciaba su espalda, de tal manera que quiso llorar. Nunca había encontrado a un hombre como él antes, y nunca lo haría de nuevo; él era extraordinario en cualquier siglo. Apenas por un momento cedió a la tentación y deslizó sus manos alrededor de él, aplastando sus palmas en su espalda y absorbiendo el poder y calor vital de su cuerpo. Sus músculos se flexionaban sutilmente con cada respiración que tomaba, y que su corazón golpeaba fuerte y estable bajo su oído.

—Cuando una mujer ha estado casada, se acostumbra tener a su hombre en la cama a su lado por la noche, y si algo le ocurre, ella no sólo pierde a su marido sino ese consuelo de no estar sola en la oscuridad —dijo el en voz baja, contra su pelo—. Os ofrezco eso, muchacha. Os abrazaré cerca contra la oscuridad y el frío, os daré el consuelo de mi cuerpo —ella casi gimió en voz alta contra él, dolorida por la tentación.

¿Dormir con sus brazos alrededor de ella, despertarse y ser capaz de alcanzarle y tocarle, acariciar su pecho hirsuto, deslizar su mano por la llanura de su abdomen, sostener su pene mientras él dormía y sentirlo blando en su mano?

¿Cómo había sabido él lo hambrienta que estaba de eso, de la intimidad que había más allá del sexo? Él estaba dentro de su mente otra vez, leyéndola con extraña precisión.

—No —murmuró, y supo que quería decir sí.

Sus labios pasaron rozando su frente.

—Entonces os deseo una buena noche. Si decidís que necesitáis consuelo por la noche, sólo tenéis que llamar a la puerta, y los guardias os llevarán a mí. — cuando él se fue, Hinata se tocó con manos temblorosas los labios.

Caminaba por la cuerda floja entre la pasión y el peligro, pero ese conocimiento no disminuía la necesidad. ¿Si se entregara a él, le otorgaría una indulgencia mayor de la que mostraría normalmente, si descubría su verdadero objetivo? No, no lo haría. Ella sabía por las crónicas que Naruto el Negro era despiadado en su defensa del Tesoro.

Quizá solamente había querido decir que tenía toda la autoridad aquí, pero había dicho "el poder", y esa podía ser una advertencia. Ser mujer, y además una mujer con la que se quería acostar, no la protegería si él llegaba a descubrir que ella iba tras el Tesoro.

Él la mataría, y ella lo sabía.

Continuará...