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Capítulo 27: La disipación de la tormenta
"No duele para siempre".
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Cuando Einar Hofferson liberó a los dragones desató un tremendo alboroto en la isla de mala muerte. Por más que los mercenarios trataban de mantenerse firmes en la orden que su amo Drago les dio, no podían perseguir a la jefa y al rico comprador. Era cierto que ella valía mucho, pero también valían más sus vidas y toda la armada de dragones que tenían para el propósito de conquistar el Archipiélago.
Cuando un dragón pasó sobrevolando por encima de ellos, arrojando fuertes llamaradas hacia el bosque, propagando un incendio que alertó y descontroló a los habitantes esclavos y supresores por igual, todos entendieron que era hora de escapar y salvar sus vidas.
-Déjenlos, que se quemen en su miseria, nos ocuparemos de ellos después. –bramó Darlig, el que intentó maltratar a la jefa.
-Pero Drago la quiere a ella. –señaló Argus, otro de los maleantes.
Fue la mejor oportunidad, los que habían sido secuestrados lograron esquivarse e incluso escaparon en botes salvavidas de las islas, pero con toda esa agitación ni quién los viera ni se preocupara de su huida.
En cuanto a los jefes de Bog Burglar, cuando estaban a punto de salir del bosque rumbo a la playa, se percataron de uno de los cazadores, mismo que había atacado la isla, los iba a interceptar.
-Maldita esclava. –Argus bramó contra la burglar, cayendo al piso, empezando a ahorcarla.
Bertha trató de golpearlo, pero la estaba estrangulando con ímpetu. Ella trató de unir todas sus fuerzas, alcanzando una roca para golpear a su contrincante en la sien, logrando herirlo.
Con el movimiento Erick también se zafó de su agarre involuntario, volteándose de inmediato; sacando su arma rápidamente para empuñar su espada contra el pirata que osaba en maltratar a su mujer.
Johan se quedó a la expectativa, asustado, tratando de que no ser reconocido, pues él podía ser acusado de traidor.
-No te atrevas a tocar a mi esposa. -amenazó mientras éste le hería el cuello, permitiendo que la sangre borbotara y dejara un rastro en la arena fría por donde él pasaba tambaleándose.
El cazador visualizó a la asustada Bertha, quién estaba preparada para darle otro golpe en compañía de él.
-Esto no se va a quedar así. –hizo presión en su herida. Se retiró a paso lento, a punto de morir. -Sé quién eres en verdad, Bertha Essen. Un día te encontraré y cobraré la recompensa que tendrá tu cabeza por tratar de engañar a nuestro amo.
Los vikingos fueron corriendo hasta el bote, dejando atrás esa terrible experiencia.
-¡Andando! –animó Erick, marcando el paso.
El bruto de Johan se tropezó, deteniendo a los demás.
Erick lo levantó de mala gana, esos segundos les costarían más adelante. Tomó la mano de su amada nuevamente y anduvieron con cuidado, escabulléndose por barcos que habían quedado en encallados y otros cuerpos de dragones que habían logrado ser derribados con las catapultas de la armada de Drago.
-¡Sigue corriendo! –ordenó Erick, jalándola del brazo hasta el puerto secreto donde ellos llegaron.
Bertha corrió lo más que podía esquivando los ataques de dragones y el inminente fuego. Cuando vislumbró la playa respiró angustiada, ya sólo faltaba un poco para llegar, pero se dio cuenta de algo importante.
-¡Nos están siguiendo! –exclamó alterada cuando se percató de tal peligro tras escuchar las acaloradas e incipientes pisadas además del choque de metales por las posibles armas de ellos.
Erick preparó la espada que le habían dado, seguía manchada de sangre por el ataque anterior con el mercenario. Él estaba preparado para matar, sin importar de quién se tratara, sin embargo, no fue necesario porque quienes venían corriendo era su padre y el mismísimo Justin Ingerman.
-Gracias a Odín. –exclamó el rubio, desacelerando el paso hasta reunirse.
-¡Hija! –exclamó Einar, abrazándola feliz. -¡Qué alegría ver que estás bien!
-Gracias señor. –musitó Bertha, agotada por los días ensombrecidos que había vivido.
-No quiero interrumpir, pero el tiempo es oro. –exclamó Johan, apresurándolos; él también tenía un propósito en su barco.
Los rubios asintieron, acercándose al galeón donde Finn montaba guardia. El cuñado ayudó a Bertha a que se subiera la embarcación, estaba verdaderamente agotada, sedienta y con mucha hambre.
-Gracias. –suspiró cuando estuvo arriba, jadeando con fuerza para controlar la respiración. Erick se recargó en el mástil y todos celebraron su victoria momentánea con sonrisas disimuladas.
Cuando respiraron con más calma los jefes se abrazaron y se dieron un beso.
-Pensé que te perdía. –mencionó la castaña con dolor, aguantando lágrimas de angustia, rodeando su cuello con sus brazos.
-No iba a permitir que te alejaran de mí, burglar. –musitó el jefe, besando su frente.
Cuando se soltaron, ella se dirigió a los rescatadores. –Gracias a todos, jamás olvidaré esta hazaña.
-Somos familia, no hay nada que un Hofferson no esté dispuesto a enfrentar por no ayudar a uno de los suyos. –reconoció Finn como el lema de su familia.
-Andando, de vuelta con los nuestros. –ordenó Einar, jalando las velas del galeón para salir cuando antes.
Sin embargo, al escuchar eso Bertha se alarmó, recordando algo importante.
-¡Esperen! ¡Allá estaba Mildren y otras chicas de mi isla! –avisó. –No me iré sin ellas. –sentenció decidida.
Erick entendía a lo que se refería su esposa, sin embargo no podía exponerla otra vez, mucho menos ahora que sabían de su identidad. –Iré por ellas, como te prometí. Si no vuelvo en una hora váyanse a Bog Burglar, yo veré la manera de irme después.
El fuego incrementaba, muchos barcos de los compradores empezaban a marcharse mar adentro desde el otro extremo de la isla, eso lo podía comprobar Finn que había seguido los movimientos del otro bando, demostrando una inminente derrota contra el fuego y dragones.
La única esperanza de ellos era ocultarse entre la niebla y la oscuridad de la noche.
Los Furias Nocturnas de los que hablaron no se alcanzaban a ver en todo el cielo estrellado, sólo se escuchaban sus ataques y las explosiones provocadas por éstos.
Relativamente el barco donde estaban era un lugar seguro, sin embargo debían decir una verdad aún más dolorosa, una que ni el jefe del clan Hofferson estaba seguro de comunicar, en especial porque sabía la presión y culpabilidad que las decisiones de un líder trascendían en su pueblo.
-No, hijo. No. –Erinar retomó la palabra, seguía agitado, pero respiró con más tranquilidad cuando se atrevió a hablar. El jefe del clan Hofferson y el rescatado empezaron cuestionarse si hablaban o guardaban silencio. Sin embargo Einar consideraba que la verdad debía ser expresada aunque fuera dura, el dolor era necesario para aprender y para no volver a cometer los mismos errores.
-Hija, me temo que no será posible hacer ese rescate.
Essen estaba confundida. -Pero yo las vi, ellas estaban conmigo en el barco. Además no sé si hay más Burglars, debo de ayudarlos a que regresemos a nuestra isla. –mencionó con angustia.
Justin dio un paso al frente después de subirse al galeón.
-Disculpe, señora Hofferson. No nos han presentado, soy amigo de la familia; yo soy miembro de la isla de Berk, también fui capturado y me compraron como esclavo. De no ser por él, estaría quemándome con el resto de los esclavizados.
-¿Quemándote?
-Así es, me temo que quemaron todas las flotas y recintos donde los esclavos estaban. Esos malditos dragones quemaron todo a su paso, incluso las flotas de los compradores y también las bases de armamento que tenían.
-No, no es posible. –Bertha se negaba.
-Lo que queda aquí está siendo consumido por el fuego y debemos irnos. –Ingerman mencionó con dolor. –Sólo muy pocos lograron escapar.
-Ya no hay sobrevivientes entre los miembros de los barcos. –comentó Einar. –A penas y logré escapar después de sacar a Justin de ese lugar. No queda nada, sólo algunos barcos de los mercenarios que acabaron con otros para poder escapar.
-Yo he estado viendo todo eso desde aquí. –comentó Finn, mostrando el catalejo. –También me consta.
Bertha dio un paso atrás, tratando de sostenerse en algo, lográndolo con su esposo quien fue su apoyo.
-No es cierto, no puede ser cierto. Mis amigas, mi gente. No pueden haber muerto ahí. –entró en un ataque de pánico.
-Amor, lo siento tanto. –se lamentó Erick, ayudando a que ella se sentara en un cofre.
-Esto… esto es demasiado para mí.
Los estragos de esos días empezaron a acumularse en ese momento. Había perdido todo, lo único que le quedaba era su hijita, a quien anhelaba cargar y tener entre sus brazos nuevamente para no soltarla nunca mientras tuviera vida.
-Entonces no hay nada más que hacer aquí. -opinó Finn, alzando la vela junto a su padre y tomando la dirección del timón.
-Así es. Somos los únicos sobrevivientes de esto. –señaló Einar, afligido, pero manteniendo el temple necesario.
-Andando. –apoyó Erick, cuando se percató de algo importante. -¿Por qué no te has subido al galeón, Johan?
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Una semana después del invierno, el ansiado festejo de Snoggletog llego al archipiélago. En la isla se celebraba un evento más importante, con los tratados firmados de paz y la inminente ausencia del desquiciado todo pintaba para bien.
Algunos dragones se marcharon a la isla dragón para poner sus respectivos huevos, mientras que otros se quedaron en Berk para tenerlos ahí, pues con las ideas innovadoras del equipo, habían logrado crear un área con las necesidades de aguas termales para los dragones (evitando que los huevos explotaran causando desastrosos incendios) de esa manera habitaban junto con ellos y pasar las fiestas todos juntos.
Para los jinetes era un evento especial, varios meses fuera de su isla natal, estaban felices por regresar y dejar en pausa las maravillosas experiencias que habían vivido en la orilla del dragón.
El tiempo en familia era una piedra preciosa para ellos en estos momentos de sus vidas.
Ese día habían decorado todo Berk, la fiesta debía seguir y era muy especial para todos. Fuera de eso, el castaño y Astrid debían permanecer en vigilancia sin volar por periodos prolongados y muy bien tapados debido a la hipotermia que había sufrido, de la cual prácticamente estaban restablecidos.
Aunque en esta semana los dos habían recobrado la coordinación total de sus miembros y ya eran capaces de generar calor corporal de sus mismos cuerpos, permanecieron en la isla por insistencia del jefe, lo cual les dio oportunidad de pasar desapercibidos en muchos momentos para tener tiempo de planear varias estrategias.
-Espero que estos planes funcionen para atacar a Viggo. –sugirió el castaño, aprovechando esos instantes al lado de su novia, ya que aún no habían hecho pública su relación, pues aún tenían unos días apenas de experimentar esos momentos por sí solos.
-Estoy segura que sí. Pasando las fiestas de Snoggletog haremos la junta, lo comunicaremos a los jinetes y al consejo de Berk para poder aplicar la estrategia. -susurró desde la escalera donde estaba colgando unos adornos. –Pero de momento, debo decirte que ya lo tengo preparado. -se ruborizó el castaño.
-Perfecto, lo espero con ansias. –siguieron decorando con ayuda de su equipo y otros aldeanos, mientras que los gemelos se peleaban por las guirnaldas y los dragones comían peces a morir.
Pasadas algunas horas ellos lograron desarrollar la estrategia de ataque a la isla de los cazadores, previendo su famoso plan de "Artillería", ya era hora de recuperar el ojo del dragón.
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En la orilla de la playa, el barco berkiano se preparaba para retomar rumbo a la isla, sólo faltaba el mercader, quien tenía su barco en unos metros más lejos de ese punto.
-Amo Erick, lo siento pero yo conozco estas personas y no van a estar tranquilos ni felices al saber que su máxima compra logró escapar. –intentó hacerlos razonar. -Me ofrezco para decirles a ellos que la esclava que acababan de comprar murió en el fuego junto al comprador. De esta manera evitarán que los persigan, pues las políticas de estos mercenarios indican que una vez que son esclavos, los son para siempre.
Los jefes no habían considerado tal opción, incluso ese mercenario los amenazó antes de irse.
-Me ha tocado ver horribles cosas que hacen. Yo tengo inmunidad por ser mercader. –siguió narrando Trader. -Déjenme ayudarlos a su beneficio.
-No puedo permitir que te expongas de esa manera. Podrás matarte. –mencionó Erick, culpabilizándose de la vida de su aliado.
-No, no me mataran si tengo algo que ofrecerles. –propuso como no queriendo. -Si tengo una garantía de decir la verdad. Es sólo que no tengo idea de qué puede ser. –se hizo el idiota.
Bertha seguía sollozando, estaba muy aturdida por lo que había pasado con su gente, pero aún tenía pensamientos oportunos para salir librados de eso. Observó en la cubierta y notó que estaba el barril de oro del que habían hablado cuando la compraron.
-Tómalo. -señaló la jefa después de todo era su oro, era un paga por su rescate. –Como garantía. Yo no les importaba, les importaba el dinero.
Su esposo pareció comprender a lo que se refería, coincidiendo con ella.
-No lo necesitamos de momento, y puede ayudar a que no nos busquen. –optó Erick.
-Sí, mi esposo tiene razón, llévate el oro. Como muestra de agradecimiento por tu apoyo.
-Y di que Bertha Essen murió al igual que su esposo lo hizo en la isla que asaltaron. –agregó Einar, no se fiaba del mercader.
Trader no entendía muchas cosas en especial porque desconocía que la muchacha era la jefa de la isla, o al menos no llegaba a comprenderlo.
-¿Ustedes son los jefes? –pregunto Justin, muy asombrado por eso.
Bertha estaba por aceptar. Ella no se avergonzaba de decir que era la jefa de una isla maravillosa, a pesar de que ya no tuviera a quien gobernar.
-No, claro que no lo somos. -se adelantó Erick, debía permanecer con esa misma versión para no crear otras verdades.
La jefa entendió y por lo mismo siguió con el juego. -Así es, yo soy una curandera, la curandera de… de la reina Camicazi. No sé porque ellos pensaron eso de mí.
Al parecer todos aceptaron esa versión. Incluso Johann se conformó de momento.
-Entonces usted no se llama Bertha. –sospechó el mercader, no conforme en su totalidad.
-Berta Ivette… Lindgreen, ahora Hofferson. Mi nombre completo. -comentó abrumada y culposa de seguir usando la memoria de su mejor amiga.
El mercader dejó de insistir, ya después indagaría correctamente esa información y le sacaría el máximo de los provechos mientras tanto ese barril de oro le serviría más de lo que hubiera imaginado.
-Entiendo. –tomó el barril desde la playa, mientras Fin y Justin lo bajaba hasta la orilla. -Buen viaje mis berkianos. –se despidió.
Los tripulantes asintieron.
-Gracias por tu apoyo, jamás lo olvidaré. –musitó Erick, agradecido.
El mercader se llevó rodando su barril hasta su galeón diciendo adiós a los hooligans.
-Bien, hay que irnos.
Cuando tomaron ruta de regreso, Erick y Justin explicaron la situación que lo había llevado hasta ahí, por lo que hicieron una parada en la isla Sanadora antes de regresar a Bog Burglar.
Con cautela hicieron una expedición, por suerte tanto la madre como el pequeño Fishlegs estaban sanos y salvos, algo hambrientos pero muy agradecidos de volver a verse. La reunión sólo dejó más triste a la jefa, pues deseaba reencontrarse con su hija.
-En unas horas la veremos. –animó Erick mientras veían al regordete bebé que era mimado por su padre.
-Sí, quiero reunirme con ella y con mi mamá. –la jefa mantuvo la esperanza.
Su esposo no tuvo corazón para explicarle que su Camicazi Essen había muerto, pero tuvo que hacerlo.
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Planear tanto y pensar en las estrategias para ir a la isla de Viggo, había dejado a Astrid considerablemente cansada, aunque le gustaría mostrarse fuerte, aprendió que no era óptimo que ella permaneciera con su orgullo, por el contrario, debía aceptar sus debilidades y superarlas.
Cuando la Hofferson se fue a su casa, estrenando su capucha para mantenerse ajena al frío, percibió unos pasos detrás de ella.
No volvería a caer en el mismo juego que Daugur le había puesto. Ahora era más fuerte. Su corazón roto le había demostrado lo fuerte y valiente que era. No se dejaría intimidar por nadie. Tomó una de las dagas que su novio le había dado tiempo atrás, la cual estaba escondida en sus botas y se giró para encontrar a una mujer que estaba cubierta por completo.
-Tú eres debes ser Astrid. –habló con voz altanera.
-¿Quién me busca? –preguntó retadora.
La mujer permanecía oculta bajo la sombra de su cubierta y la complicidad de la noche.
-Yo. –esta vez se quitó la capucha y dejo su rostro con notables arrugas. -Soy Annek Kulden I, la reina madre de la isla Escalofrío. –habló con severidad. -He venido a hablar contigo.
La rubia se extrañó de tal invitación, no era común que una noble de otra isla apareciera de la nada y menos buscándola a ella.
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El fuego fue un aliado inesperado que les ayudó a crear un caos, permitiéndoles pasar desapercibidas en medio de las llamaradas.
-¿Quién falta? –preguntó Assa, una burglar, angustiada mientras empujaba el bote salvavidas por una de las orillas de la playa.
-¡Falta Bertha! –gritó Mildred, negándose a irse hasta que volvieran a ver a su jefa. -La compró un maldito, no alcancé a ver bien porque ya me tenían.
Las mujeres hicieron una pausa en su trabajo, mirando detrás de ellas.
-Ella querría que nos salváramos. –optó una de ellas. –Pero si nos quedamos aquí no podremos escapar, ni tampoco podremos salir a ayudar después.
-¿Qué tal si ocupa ayuda? –defendió Eretson, no dejaría atrás a su líder.
Las burglars no querían decidir. Tenían la escapatoria frente a ellas, pero también tenían su deber.
Los Furias Nocturnas empezaron a crear más explosiones, quemando todo a su paso, ya no quedaba nada en la isla.
-Mar adentro. –ordenó Mildren, tomando la delantera y un remo para salir de allí.
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-¿En qué le puedo ayudar? –preguntó Astrid, sin soltar la daga, aunque la escondía entre sus mangas. –Si busca al jefe Stoick puedo acompañarla, él debe seguir en el Gran Salón.
La mujer se mofó. –No, te estoy buscando a ti. Quiero contarte una historia.
-Disculpe, estoy grande para los cuentos de hadas. –ironizó, esa visita no le agradaba en lo mínimo. Estaban afuera de su casa pero debido al frío no había vikingos en los senderos de Berk.
-La debes escuchar para que entiendas la razón por la que estoy ahora aquí.
Hofferson no estaba convencida, al menos parecía que esa mujer estaba en son de paz.
-Adelante. No le ofreceré té ni nada de beber porque los que hago no saben bien. –simplificó mientras le indicaba el camino.
Lejos de ella, en la puerta del Gran Salón, Hiccup vio la cabaña de su novia, pareciéndole extraño que dejara pasar a una mujer a quien no había visto, sacó su catalejo y notó que había un galeón que no pertenecía a Berk. Rápidamente informó a su padre, tomando cartas en el asunto.
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En Berserk, Karena deambulaba por la playa, el mar seguía hecho hielo quebradizo y la brisa que corría con el viento ya había congelado el camino de lágrimas que dejó sobre sus mejillas.
Su corazón lloraba ante la incredulidad de las acciones de Norberto.
-¿Por qué te fuiste? –repetía. –Eres mi esposo, no debiste dejarme aquí. –musitaba hacia el mar, esperando que las corrientes de aire llevaran ese mensaje hasta donde él estuviera.
A lo lejos, Dagur veía el sufrimiento de su hermana.
-¿Todo bien, jefe? –preguntó un siervo suyo, el mismo que había visto a Norberto besando a Karena en el bote rumbo a Berk.
-Sí. Excelente, por cierto, ocupo que me digas una cosita. –empezó el jefe, acercándose.
-Claro, ¿en qué le puedo servir?
-¿A quién más le dijiste la indiscreción del esclavo con mi hermana? –preguntó con autoridad.
-A nadie. –dijo sin titubear. –Sólo usted sabe.
La tranquilidad de sirviente le dio garantía al jefe.
-Muy bien, puedes retirarte.
El chismoso sólo dio una leve reverencia y se marchó.
-Oh, Arg, una cosa más. –lo llamó con tono inocente.
El mencionado se regresó, esperaba ganarse la confianza del jefe con su acto de lealtad.
-¿Sí?
-El traidor siempre muere al final.
El oyente no comprendió la mención, tampoco le dio tiempo de analizarlo, porque de inmediato su propio jefe le clavó en el vientre toda su espada ante la mirada atónita de él.
-Mi hermana confió en ti, llevándote a Berk. Nunca se traiciona a un berserker, ahora ese secreto estará muerto junto contigo.
La sangre borbotó de inmediato, causándole una agónica muerte al traidor.
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El amanecer llegó como un rayo de esperanza. Había sido algo precipitado salir de la isla sin el más mínimo cuidado de llevar agua o alimentos. Estaban verdaderamente afectadas. Se habían cansado de remar sin descanso durante largas horas de la noche.
Mildren trataba de buscar una ruta por medio de las estrellas, pero al no tener mapa era difícil trazar un rumbo específico. El agotamiento, el hambre y el miedo mostraron sus consecuencias ante la inminente duda por estar a la deriva.
-Miren. -indicó otra de ellas.
Las burglars prestaron atención cuando un convoy de al menos cinco fragatas pequeñas se acercó, rodeando la pequeña balsa.
Tal vez las habían encontrado. No serían libres después de todo.
-Tranquilas, están a salvo. –escucharon la voz del dirigente.
Las féminas sonrieron agradecidas a sus dioses por la aparición del rescate.
-¡Eret! –agradeció Mildren al reconocerlo. –Me encontraste.
El caucásico preparó la rampa para que ellos subieran, ofreciéndole la mano. En el otro extremos estaban los burglar que habían logrado escapar, especialmente su esposo y su hijo Eret (hijo de Eret).
-Siempre.
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Después de navegar por toda la noche y algunas horas luego de haber amanecido, lo que quedaba de la isla de Bog Burglar si vislumbró en el horizonte. En cuando Bertha despertó y prestó atención a la isla, sintió un nudo formándose en su garganta que le impedía hablar.
Un año atrás también estaba volviendo para decir de la muerte de su padre, ahora volvía para ser testigo de la mortalidad que se respiraba leguas atrás de su amada isla.
Aun olía a hierro oxidado causado por toda la sangre burglar derramada en el mar.
Ninguno de los jefes dijo nada. Sólo se tomaron de las manos y permanecieron juntos.
Atracaron sin problema en lo que quedaba del muelle principal. Descendieron del bote y con las indicaciones de Erick se dirigieron a lo que quedaba de los refugios.
Einar tocó la entrada de la cueva con la clave secreta que habían acordado tiempo atrás: dos golpes lentos y después tres rápidos.
Con cautela, Gylda abrió la pesada puerta hecha de hojas, viendo a su familia.
Respiró de alivio y los dejó pasar.
-Estábamos tan preocupadas. –abrazó a Finn quien la rodeó con sus brazos, tampoco habían sido días fáciles para él. Después abrazó a Bertha, alegrándose de que estuviera con vida.
-¿Dónde está mi hija? –preguntó cuando se alejó del abrazo.
Gylda le sonrió y señaló a su suegra quien estaba resguardada con la bebé en brazos.
Bertha se acercó a paso lento hasta tener a su hijita frente a ella. Su suegra Astrid le colocó en brazos a la rubita.
-Está despertando. Ocupa comer algo de ti, no le gusta le leche de yak. –informó con suave voz.
Essen seguía sin entender la magnitud de todas las cosas que habían ocurrido en su isla y en otras más de seguro, pero lo que sí sabía es que su única razón para seguir adelante y empezar otra vida nueva estaba en sus brazos.
Cuando madre e hija se vieron ambas sonrieron, la bebé Astrid empezó a sollozar, había extrañado tanto ese cálido trato y aroma a protección que su madre le transmitía cada vez que le hablaba y acariciaba.
-¡Mi niña! –exclamó la burglar mientras se tiraba de rodillas abrazando a su bebita.
La escena fue atestiguada por todos.
-Gracias por cuidarla. –musitó con la voz entrecortada.
La esposa de Einar simplemente le acarició la espalda. –Somos familia. No hay nada qué agradecer.
Erick fue con su esposa, rodeándola a ella y a su hija juntas para dejar pasar la angustia por fin.
-Ya pasó. Ya pasó todo. –intentó consolar.
Pero no era así, lo difícil apenas empezaba.
Las siguientes horas fueron una metanoia para la jefa burglar.
Tuvo que aceptar que la muerte de su madre y mejores amigos era inminente; preparó también el funeral para todos los caídos y arregló ofrendas con el resto de su familia para rendir homenaje a su gente.
Debía hacer un funeral, pero no había nada, sólo el volcán que seguía echando humo, piedras y algunas porciones de lava. Bog Burglar estaba totalmente quemado, la isla fértil y próspera ahora era un montón de ceniza en la que ya no quedaba esperanza para vivir allí.
Inhabitable y destruido es cómo su hogar lucía ahora.
-No puedo con esto. –musitó la mujer sentada en la arena grisácea por la ceniza volcánica después de ver cómo se perdían los cuerpos de sus amigos y su madre en las bahía de Bog Burglar.
Su esposo llegó a su lado tomando asiento, vanamente tratando de consolarla.
-Busqué como loco por toda la isla, tratando de encontrar sobrevivientes. Los barcos no estaban, tal vez lograron escapar algunos.
Bertha sabía que era una posibilidad, y lo que más deseaba era encontrar a Norberto y Sotma para cuidar de los hijos de sus mejores amigos.
-Esperaremos aquí, hasta que regresen. –animó Bertha. –Un día los Burglars volverán a reunirse.
Mientras cargaban a su bebé, se prometieron ser pacientes y aceptar lo que ocurría, sin embargo, los burglars no volverían a ese lugar, un presentimiento mayor los atacó cuando percibieron otro temblor, el volcán haría una nueva erupción.
Los jefes se entristecieron, era aceptar que no volverían a tener esa vida feliz en su isla. Astrid bebé empezó a llorar de nuevo, despertándolos de su ensoñación, pero trayéndolos a la realidad.
-Mi lady, hay que irnos, por un tiempo al menos. –decidió Erick.
Bertha ahogó más lágrimas, pero entendió la decisión de su esposo Se quitó el fillet que usó para la ocasión, y lo dejó sobre una piedra en un acantilado.
Allí moría Bertha Essen, jefa de Bog Burglar.
–Sí, luego volveremos.
Pero se equivocó, no sólo no volverían, la isla también dejaría de existir como lo conocían.
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-¿Qué es lo que quería decirme? –preguntó Astrid ofreciendo asiento en una de las sillas del recibidor.
La mujer de cabello cenizo y ojos penetrantes decidió hablar de una vez.
-Es de mi conocimiento que el compromiso con el jefe berserker se ha roto, ¿no es así?
La rubia entendió por dónde iba la plática que esa mujer quería entablar.
-Veo que los chismes corren rápido por el archipiélago.
-Tengo oídos y ojos en todas partes, querida. –continuó la mujer, sin divagar.
-De ser así conoce los pormenores entonces.
-No son de mi interés, lo que sí me importa es que no se te ocurra iniciar una relación con el hijo de Stoick. –amenazó la invitada.
Astrid endureció su postura, sujetando el dije que estaba debajo de su ropa.
-¿Eso en qué afectaría a usted?
-No me afecta a mí, niña. Afecta al archipiélago entero.
-¿A todo Luk Tuk? Por favor. –bramó la rubia, sintiéndose burlada por la historia poco creíble.
-Esa es la historia que vengo a contarte, una seid me dijo hace muchos años que las familias Kulden y Haddock están destinadas a gobernar una vasta porción de territorio. En mis años de juventud pensé que se trataba de mí, pero no fue así, mi vida tomó otros cauces. –bajó la mirada, como si ocultara algo. –Después, comprometí a Brenda, mi hija, pero ella se fijó en un maldito bastardo de la isla, rompiendo el compromiso que tenía con Stoick. –esa información la desconocía Hofferson. –Y ahora, veinte años después me doy cuenta que es posible esa unión de la que me dijeron tiempo atrás gracias a mis nietas. –narró con emoción. –Annek entiende este propósito, como debe ser. Sin embargo, al parecer el heredero está más interesado en ti que en una princesa.
-Su nombre es Hiccup Haddock. –defendió, ya que le molestaba que le dijeran así.
-El heredero al trono de Berk es valioso para cualquier mujer, ya le llueven alianzas con varias islas, y yo deseo tomar la ventaja, una oportunidad que se me fue de las manos cuando Stoick se enamoró de la ovejera Valka.
¿Valka? Era la madre de Hiccup, ¿qué tenía que ver ella?
-Con todo respeto señora, pero los asuntos de estado le corresponden al jefe. ¿A qué ha venido a mi casa? –se estaba fastidiando.
-Querida, ¿no es obvio? -la mujer se puso de pie, amenazándola. Astrid hizo lo mismo, no se dejaría intimidar. -El heredero de Berk está perdidamente enamorado de ti. Puedes ser la amante y concubina de alguien importante si lo deseas, pero mi nieta posee sangre real. No pienses que eres mejor que ella por seducir a los hombres.
-¿Seducir? –se rio por la falta de información. –Debe informarse mejor.
-Annek es mi nieta, ella está destinada a gobernar. Ella deber ser la reina de Berk.
-¿Y qué clase de líder será? –bramó la rubia. –Es egoísta, soberbia y caprichosa. No acepta un NO por respuesta a pesar de que Hiccup fue muy claro con ella en su isla y en la pasada cumbre; él me lo dijo. –se cruzó de brazos. -Él y yo tenemos algo mucho más superior a cualquier idea que una "vidente" le compartió.
-Querida niña, eres tan tonta. ¿Cómo puedes llegar a pensar que una simple campesina, huérfana y sin familia que lo único que posee es belleza la cual usará a su favor; puede enamorar a un heredero?
La rubia no se ofendió, pero la anciana se estaba ganando una buena golpiza.
-No es nadie para hablarme así, no tiene idea de con quién se está metiendo. –bramó furiosa.
-Por supuesto que lo sé. Eres la hija del antiguo general de Berk, Erick Hofferson; y de Bertha, una simple y tonta pseudo curandera que murieron por no saber pelear en un enfrentamiento.
Astrid aceleró su respiración, no permitiría ese grado de insulto a la memoria de sus progenitores.
-Más le vale controlar su lengua.
La madre de Brenda se rio. –Me estás dando la razón, eres una corriente y vulgar, no una dama ni princesa de nada. Por eso vine, a EXIGIRTE que te olvides del hijo de Stoick. Él no te va a querer nunca, sólo te va a utilizar, él romperá tu corazón.
Astrid se colocó en posición.
-Lo único que se romperá aquí, son sus dientes si no deja de hablar. No sea entrometida. –reclamó la rubia.
-El compromiso con mi nieta y el heredero se llevará a cabo aunque tenga que volver a fastidiarle la vida a quien sea. Entiende que debes de dejar de ser tan creída con aires de grandeza, sólo eres una huérfana…
Un estruendoso golpe escuchó con eco por la choza. La oscuridad del lugar impedía que las consecuencias de tal acción se vieran a simple vista, sin embargo, el fogón de la choza dio oportunidad de que se notara la mejilla levemente enrojecida de la mujer.
-¡Eres una…!
-No amenaces a una hooligan en nuestro territorio. –se escuchó la voz de Stoick entrando en la casa, seguido por Hiccup y Gobber.
Astrid se sorprendió por la intromisión, pero también lo agradeció, pues si seguía unos minutos más, de seguro ella mataría a la reina madre.
-No se metan, es plática de mujeres. –sentenció la Kulden.
-Usted es quien no debe meterse en temas que no le importan, ¿o desea otra bofetada? –provocó la rubia.
La mujer estaba a punto de volver a iniciar otra disputa, pero el joven Hiccup tomó la palabra.
-Creo que mi novia ha sido muy clara en lo que le ha dicho.
-¿Novia? –preguntó sin creerlo.
-¿No escucho bien?
-Es una… -mirándola con aberración.
-Ella es Astrid Hofferson, jinete del Nadder más bravo de toda la historia, defensora de Berk, miembro de la guardia de honor de la isla, y la mujer que más quiero en este mundo. Ni usted ni nadie puede cambiar eso. –le tomó la mano, Astrid se sintió apoyada.
-Te arrepentirás por despreciar un trato con los Kulden. –amedrentó con soberbia. –Esto no se puede quedar así.
-Lo intentó con su hija y ahora ella es feliz gracias a que ella escuchó su corazón en lugar de escucharla a usted. –interrumpió Stoick.
-En realidad Escalofrío es una oportunidad, entiéndanlo. Me lo dijo una vidente hace casi 50 años. –repitió indignada y con muestras de obsesión por toda la dichosa predicción.
-Pues es una posibilidad, tal vez mi isla y la suya se unan de cierta manera poco usual en algún futuro, pero no será conmigo y mucho menos con su nieta loca. –Hiccup se encogió de hombros.
-Tan loca como usted, al parecer. –siguió Astrid.
Annek Kulden I sintió su sangre hervir, esa ofensa no la iba a perdonar.
-Niño, deja esas ideas tóxicas de ser feliz con el amor de tu vida. Lo que verdaderamente mueve al mundo es el poder, las riquezas y la fuerza. Todo eso lo podrás tener sólo si unen dos islas poderosas.
-Creo que la única tóxica aquí es usted. Usted y sus ideas enfermizas, pero es lo único que se puede esperar de una vieja. –defendió la rubia, no entendía porque no le quedaba claro todo lo que decía.
-Mira querida, no me faltes al respeto que yo soy una reina y tu ni a campesina llegas.
-Tiene razón, ella no es una reina, pero lo será algún día. –siguió Hiccup en plan de defenderla.
-Estúpido niño. –espetó molesta. -Tenía tantas esperanzas que fueras diferente a tu madre, pero sacaste lo más débil de ambos progenitores.
Stoick se molestó, iba a defender la memoria de su amada, pero su hijo se le adelantó.
-Si tal vez me dé problemas algún día pero ahora me da el valor suficiente para pedirle que se vaya de la casa de mi novia y de la isla que algún día gobernaré. Porque no voy a olvidar esta ofensa que tuvo.
-Usted decide Annek, se retira ahora mismo o cortamos todos los lazos de tratados con su isla, y siendo sinceros nos necesitan más que nosotros a ustedes. –amenazó el jefe, señalando la puerta.
La mujer se mordió la lengua, aún adolorida por la bofetada que Astrid le había dado. Dio media vuelta y se marchó.
-Se te olvida tu abrigo, querida. –se burló Astrid, al lado de su novio.
En este momento la reina madre prometió que nunca olvidaría esa humillación. Una simple campesina no podría más que ella. Lo que no sabía es que Astrid era la heredera a la isla más rica que alguna vez consolidó el archipiélago.
La mujer salió, siendo escoltada por Gobber, quien se había quedado asombrado al ver la manera tan sabia de actuar de su protegido. Stoick se quedó un momento con los muchachos.
-¿Estás bien, linda? -preguntó el jefe.
La rubia le asintió, agradecida por la intromisión de ellos.
-Descuide jefe, ella no me dijo nada que no hayan intentado decirme antes para ofenderme. Viniendo de ella no me importa la verdad. Se lo que soy, sé quién soy y eso es con lo que debo vivir. Las palabras de una persona necia no le ayudan a nadie.
Verla con ese temple y esa fortaleza le hizo al jefe recordar varios años atrás cuando la reina Bertha llegó a esa isla después de haber perdido todo.
Tenía la belleza de su madre y la fuerza de su padre. Sin duda esa rubia y su hijo eran la mejor pareja que la isla y el reino de Berk podían tener para gobernarles.
-Suenas igual a tus padres Astrid. Estarían muy orgullosos de la mujer maravillosa en la que te has convertido.
Hofferson se sintió halagada por las palabras de él. Respetaba a Stoick como cualquier guerrero respeta a su comandante, y él era el mismísimo caso.
-Cualquier cosa que necesites hija, cuenta con nosotros.
Tal vez Astrid no tenía padres debido a la muerte de ellos muchos años atrás, pero sí tenía una familia: toda la isla, los dragones y ella misma eran su familia.
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Notas de la autora:
¿Piensan que la participación de Annek terminó? Wuajajajaja, pues no, están equivocados. Ella aún tiene un has bajo la manga aunque creo que eso se explica en Cómo Escuchar a tu Corazón. La historia de ella y lo que le hizo a Valka la encuentran en Cómo Robar un Corazón (próximamente en edición).
Gracias por seguir la lectura hasta este punto, ya estamos cerca del final (ahora sí)
Sigan cuidándose lo más posible en sus casas y si requieren salir a trabajar extremen precauciones, esta semana supe de cuatro pérdidas a causa del Covid en amistades cercanas a mi familia.
Gracias por leer
**Amai do**
-Escribe con el corazón-
Publicado: 20 de julio de 2020
