No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Los últimos días de octubre transcurrieron en forma vertiginosa. Es que hasta una boda sencilla implicaba infinidad de preparativos. Que el vestido, que el pastel, que la música...

Isabella, como no podía ser de otra manera, se encargó de la ambientación, tanto del escenario de la boda en sí, como el de la carpa donde sería la fiesta. En realidad, se trataría de una reunión familiar, con menos de cien invitados.

Para Edward, los deseos de Isabella eran como órdenes. No objetó absolutamente nada, así que ella fue dueña y señora en la planificación de la ceremonia. Bueno, está de más aclarar que Marie intentó meter la cuchara en varias oportunidades, pero ella le permitió intervenir solamente en lo que a la reforma del vestido concernía.

Era un vestido más que simple, y muy apropiado para una boda al sol. Si bien era largo hasta los pies, la gracia estaba en la tela, una especie de encaje antiguo, de esos que ya no se veían. Como Bella era más delgada que su madre, Marie hubo de ajustárselo un poco. El paso del tiempo no había afectado en nada su nívea blancura.

Era la segunda vez que sus agujas tocaban ese vestido, y le había costado muchísimo terminar de arreglarlo pues no podía dejar de pensar en su querida Renee. Era el vestido perfecto para una novia joven, y con él, Isabella parecería un ángel. O una virgen, pensó ilusionada.

Si supiera...

Mientras Marie se afanaba en el maniquí, el angelito se afanaba en... bueno, en el animal que tenía Edward en la entrepierna. Estaban en el probador de Armani Montevideo donde habían ido a elegir el atuendo de Edward para el día de la boda.

Isabella insistió en acompañarlo, después de todo no había ninguna tradición que dijera que la novia no podía ver al novio en su traje antes del matrimonio. Es más, ella no quería verlo vestido, sino todo lo contrario...

Cada traje le quedaba mejor que el otro. Era tan armonioso, tan perfectamente proporcionado, que todo le sentaba de maravillas. Se vestía, salía del probador y caminaba delante de ella para que le diera su opinión.

—Bien, ¿cómo me queda? —preguntó él resoplando. Era el quinto traje que se probaba e Isabella siempre le encontraba uno más. Se sentía como un tonto modelo en un desfile. ¿Es que era el muñeco de la muñeca?

—Mmm... No sé. Date la vuelta, por favor —pidió ella con una mueca. Le quedaba perfecto, se veía imponente, pero iba a dilatar ese momento todo lo que le fuese posible, porque Edward era un regalo para la vista. Vestido o desnudo, siempre lo era—. Mira corazón, tienes que tener paciencia... es que no me decido —le dijo ella con una mirada pícara. Ojo por ojo, pensó recordando aquella tarde en que él le había pedido que fuera su ángel de Victoria´s Secret y había terminado siendo la Barbie Puta.

Y Edward por fin se dio cuenta de las intenciones de esa diablesa. Se estaba recreando la vista... Bien, ahora él comprobaría cuánto le había gustado lo que había observado.

Se metió en el probador, y la llamó:

—Ven, Princesa. No puedo con el nudo de esta corbata —dijo.

Isabella se apresuró a ayudarlo, pero lo encontró con la corbata en el suelo... la camisa en el suelo... los pantalones en el suelo... Estaba sentado en un puf, desnudo y excitado.

A ella se le hizo agua la boca y cayó de rodillas al instante para devorarlo, pero él no se lo permitió.

La sentó en sus rodillas y deslizó un dedo debajo de la falda. Luego debajo de las bragas. Lo que suponía, caliente y húmeda.

—¿Has estado jugando conmigo, Isabella? ¿Crees que soy tu Ken de carne y hueso? Pues el único muñeco que hay aquí es éste... — le dijo empuñando su pene y golpeándole una pierna con él.

Ella se quedó sin aire. Era cierto. Había estado deleitándose, en una riquísima paja mental al observar a ese soberbio ejemplar de macho vestido de gala.

Pero Edward no se detuvo a esperar respuesta, sino que la penetró así como estaba, sentada sobre él. A Isabella le pareció interminable el descenso sobre el enorme pene. Una vez que lo tuvo todo dentro de ella, comenzó a jadear y a moverse presa del deseo que la estaba consumiendo. Sentía tanto placer. Era un placer inesperado, intenso.

—¿Te gusta, mi vida? —preguntó él, mientras la ayudaba a cabalgar sobre su miembro.

—Sí… —respondió Isabella entre gemidos ahogados. El orgasmo llegó en menos de un minuto para ella, así de lista estaba.

Como en otras ocasiones, él le tapó la boca para que no gritara. Sería un problema que alguien entrara alarmado por esos gritos, y se encontrara con esa escena digna de una película porno. Isabella estaba tan excitada que le mordió la mano, y él la retiró, y la sustituyó por su lengua. Y luego la hizo hincar en el suelo frente a él. Ella aún estaba temblando.

—Abre —ordenó.

Ni bien obedeció, Edward le introdujo el pene en la boca.

Isabella estaba de rodillas entre las piernas de Edward, succionándole el miembro sin dejar de mirarlo a los ojos. Tenía gusto a sal... y ella se preguntó si tendría el coño así de salado. Como fuera, eso estaba exquisito, así que continuó jugando con él, hasta que Edward echó la cabeza hacia atrás, la tomó de la nuca, y en una violenta embestida, le llenó la boca de semen. Era como un río caliente y espeso, y Isabella no pudo tragar todo a tiempo.

Edward observó esa boca... hinchada, roja, y con un hilo de leche asomando en la comisura y casi se vuelve loco. Sin saber bien lo que hacía, la tomó del cuello y le dio un beso profundo. Saliva y semen... en una batalla de lenguas que no tenía fin. Jamás había hecho algo así, y estaba sorprendido de su propia audacia. También se sentía un pervertido, comerse su propio... Mierda, qué descontrol.

—Señor Cullen, ¿necesita ayuda? —se escuchó una voz del otro lado de la puerta.

Ellos se separaron avergonzados.

—N-n-no. Gracias. Ya me han ayudado —dijo él, mientras Isabella se tapaba la boca para no reír.

Estaba saciada y dichosa. En dos días cumpliría sus diecinueve, y en exactamente una semana, se casaría con Edward.

El domingo no se vieron, Edward tenía su despedida de soltero. Isabella ya la había tenido el viernes, y todo había sido bastante divertido, pues Chelsea, Angela y Alice inventaron mil cosas sorprendentes. Esperaba que la de Edward fuera también entretenida, pero no demasiado. En realidad, estaba algo nerviosa. Temía que llevaran chicas a la fiesta, y que el alcohol y la euforia hicieran lo suyo...

Se fue a la cama temprano, quería dormirse para no pensar.

Y así estaba, profundamente dormida, cuando el teléfono sonó. Sobresaltada miró el reloj de su mesilla de noche. Marcaba las 00:01. ¿Quién diablos llamaba a esa hora?

Respondió sin mirar quién era.

—¡Hola!

—Feliz cumpleaños, mi vida...

—¡Edward! Oh... Edward. Gracias, corazón.

—¿Te he despertado? Es que quería ser el primero.

—Lo eres, lo fuiste y lo serás. Siempre eres el primero, y puedes despertarme cuando quieras.

—Bella, te amo, ¿te lo he dicho alguna vez? —preguntó él.

—Déjame pensar —hizo una pausa y luego rió. Sí, se lo decía cada día—Yo también te amo. Ahora dime, ¿cómo va tu despedida de soltero? No escucho música, ni voces, ni...

—Pues no va. Ya ha terminado —dijo él.

—¿Y eso? —preguntó Isabella asombrada.

—Es simple, por una puerta entraron las chicas, y por la otra salí yo — explicó con sencillez.

—Oh...

—Además, tenía algo importante que hacer. Debía ir por tu obsequio.

—¿Otro? ¿No te parece que ya...? —protestó ella una vez más.

—No, no me parece. Lo tengo conmigo y no podrás decir que no, ya que no se rechaza un regalito de cumpleaños —dijo él, muy decidido.

—¿Y qué es? —quiso saber ella, curiosa. Después de todo, para eso era mujer.

—Asómate a la ventana y míralo. Espero que te guste, mi cielo —agregó él antes de colgar.

Isabella salió corriendo de la cama y se acercó a la ventana.

Allí abajo, en la calle, estaba Edward, en su indolente pose habitual, recostado sobre un coche. Era un hermoso escarabajo de VW último modelo, color rosa y con techo solar. Y tenía un moño gigante sobre él.

Bella gritó de felicidad, y así como estaba, en camiseta y bragas, bajó las escaleras y se precipitó a la calle.

Edward salió a su encuentro y la alzó del suelo mientras la besaba como enfebrecido...

—Ah, mi vida... Cómo te quiero... Feliz, muy feliz cumpleaños... — murmuró luego en su oído.

—El festejo será doble. Hoy es mi cumple y mañana también se cumplirá un año de nuestro encuentro en La Escala. ¿Lo recuerdas, Edward?

—Si lo recuerda o no, te lo dirá en la mañana, señorita. ¿Cómo es posible que estés desnuda en plena calle, en los brazos de un hombre, Isabella? ¿Qué dirán las vecinas? —preguntó Marie a los gritos. Si las vecinas no se habían enterado, con esos alaridos seguro que ahora lo sabrían.

—Abuela, mira lo que Edward me ha obsequiado... —comenzó a decir ella mientras él le ponía su saco, que le llegaba a las rodillas. Con eso quedaría momentáneamente solucionado el tema de las bragas, para tranquilidad de Marie y sus vecinas.

—Muy lindo, querida. Sólo recuerda que si bebes, no...

—Marie, yo me encargaré de que Bella no beba. Cuando lo hace se pone... demasiado chispeante —dijo él guiñando un ojo.

Isabella se sonrojó al recordar aquella noche en la casa de los Britos Fontanal, donde apuró dos copas y luego... pasó lo que pasó en el coche.

—Jóvenes, es todo maravilloso, pero éste no es el momento ni el lugar. Así que tú, Edward vete a tu casa, y tú Isabella, compórtate como la señorita decente que eres, y sube a tu habitación inmediatamente. Les recuerdo que aún no están casados —dijo Marie en un tonito que no admitía ningún tipo de réplicas.

Ellos se encogieron de hombros. Habría que obedecer... Afortunadamente sólo faltaba una semana para la boda.

—Hazle caso a tu abuela, Princesa. En la mañana volveré y daremos un paseo en tu coche. Me encomendaré a Nuestro Señor y seré tu copiloto —dijo Edward riendo.

Ella se puso de puntillas y le susurró al oído:

—¿Y podremos detenernos para poder mamártela un poquito? Ese es mi deseo de cumpleaños. Si me lo concedes le verás la cara a tu Señor, cuando estés acabando en mi boca.

Muy suelta de cuerpo besó la nariz de su hombre que había quedado atónito, y con su impertinente abuela pisándole los talones, entró a la casa.

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¡CLARO QUE LE IBA A REGALAR UN CARRO! Jajajajaja no sé por qué me pareció bastante obvio jajaja ¿qué opinan? Chicas, solo nos quedan tres capítulos de esta historia (dos caps y un epílogo)… mañana subiré otros dos caps…

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!