Capítulo 50

Leche de soja

Pensó en moverse, carraspear un poco e incluso darle sin querer con la pierna para despertarla, pero le era imposible hacerlo. Le bastaba volverla a mirar sumida en un profundo sueño, para acabar con cualquier intento por su parte de destruir su calma. Y todo por no cometer la desfachatez de volver a dejarla sola en la cama.

El reloj marcaba las 08:00 de la mañana y el sol lograba colarse por algunas rendijas de la ventana dándole los buenos días, a pesar de que ella ya llevaba casi 30 minutos despierta, allí, a su lado. En una cama que no era la suya, pero en la que no había tenido problema alguno por conciliar el sueño. Era cómoda, lo supo desde la primera vez que la vio, y lo pudo confirmar esa misma noche. Aunque la compañía, por supuesto, ayudó a que así fuera. —Grandes —susurró de manera imperceptible centrar su mirada sobre los labios de su chica. Eran grandes, casi descompensados con el resto de su cara, pero jodidamente sensuales, y apetecibles. Pocas veces se había fijado en los labios de sus ex parejas, como se fijaba en los de Rachel en aquel instante. Su piel también le llamó la atención.

Era perfecta, suave, y con unas pequeñas arruguitas en la comisura de sus labios, consecuencia directa de la enorme sonrisa que solía esbozar. Su nariz, tan característica y personal. Sus cejas, sus pestañas, su lunar junto a su mejilla izquierda y sus hoyuelos… Detalles que había visto en multitud de ocasiones a lo largo de su vida, y en los que nunca se había fijado como lo hacía aquella mañana. Pero había mucho más de ella que recién empezaba a descubrir, y que lograba provocar sensaciones que jamás había sentido.

Su cuello, su clavícula asomándose con sutileza entre las sabanas, el perfil sugerente de su pecho, y esa línea casi invisible que cruzaba hasta su ombligo. El hueso delicado de sus caderas y ese lunar escondido entre sus piernas.

Era extraño. Se sentía rara observando a Rachel Berry desde aquella posición, junto a ella, enredadas entre las sabanas que las mantenía ocultas de su desnudez. Y se sentía extraña porque jamás llegó a imaginar que la observaría de aquella forma.

No podía recordar el momento exacto en el que supo que estaba enamorada de ella, pero sí recordaba sus sentimientos antes de que eso sucediera. Y fueron muchos, y de todo tipo, y estaba convencida de que todos ellos la habían llevado hasta lo que sentía en ese mismo instante por ella.

Aquella mujer de 29 años que dormía a escasos centímetros de ella, no era la misma chica que un día conoció en el instituto, cuando a su estúpido novio se le ocurrió la genial idea de apuntarse al coro. No era la misma chica con la que tantas y tantas veces había discutido, ni era la misma chica que le demostró que podía ser alguien más que una simple agente inmobiliaria de Lima. Aquella mujer que dejaba escapar algunos suspiros mientras seguía inmersa en sus sueños, era una mujer con miedos, pero también con una fuerza infinita, con un tesón y una valentía que pocas tenían, y que, en esos momentos de su vida, parecían completamente dormidas en su personalidad.

Hacía unas horas que le había confesado que la quería y lo había hecho a lo grande, con toda una declaración de amor de película romántica, tal y como ella deseaba. Y por primera vez en su vida, sintió que no se había precipitado.

Decirle a alguien que llevaba en su vida desde hacía casi 15 años que la quería, no era precipitarse en absoluto, de hecho, sentía que incluso había llegado tarde. ¿De cuántas cosas podrían haber disfrutado si esa chispa se hubiese encendido años atrás? Pensó, y no pudo evitar recordar las palabras que le confesó a Matt; Ojalá haber sido su rey en el baile de promoción. No pudo evitarlo. Imaginarse a su lado con la corona de reina de la promoción, bailando aquella canción mientras todos sus compañeros las observaban, habría sido un hecho histórico en sus vidas. Un capítulo más que le encantado poder vivir.

Un pequeño movimiento de sus parpados la sacó de sus pensamientos mientras la observaba.

Rachel se removió inquieta y Quinn supo que había llegado el momento, que estaba a punto de despertar y ella había cumplido con su petición especial de estar a su lado en la cama. O eso creyó antes de que su extraño sentido del humor, volviera a jugarle una mala pasada.

Le bastó ver como comenzaba a despertar de su letargo, para cerrar los ojos y fingir que seguía dormida.

Rachel apenas tardó unos segundos en descubrirla a su lado, y poco a poco fue ordenando su mente, y siendo consciente de lo que había vivido esa noche. De lo que había vuelto a vivir con ella.

Ni siquiera le dejó disfrutar de esos minutos en calma, observándola dormir. Quinn volvía a actuar, y cuando intuyó que la morena ya centraba su mirada en ella, sacó a relucir su lado más divertido.

—Mmm, ven aquí—susurró con los ojos cerrados, provocando la curiosidad en Rachel, —Vamos, ven aquí —volvía a dejar escapar y Rachel comenzaba a sonreír. No solo por lo que decía, sino por el casi imperceptible movimiento que Quinn comenzó a realizar consigo misma, y los pequeños gemidos que lograba emitir—Mmm, me gusta eso—Soltó y Rachel a punto estuvo de irrumpir en ese sueño que Quinn fingía, para cumplir su deseo, pero algo destruyó ese pensamiento. Una sola palabra, un nombre que incluso llegó a hacerla palidecer— Oh dios, Broke—Tuvo que asegurarse bien que había oído aquello, pero Quinn fue capaz de repetirlo en un par de ocasiones más, provocando su descomposición absoluta. Creyó morir al verla susurrar el nombre de la actriz, de hecho, pensó incluso en abandonar la cama para evitar seguir escuchándola. Pero de nuevo, un gesto casi imperceptible, iba a evitar que tomara una decisión precipitada.

Quinn no pudo evitar sonreír imaginándose su cara, y Rachel la descubrió. Supo que estaba despierta.

—Vamos Broke—habló con algo de voz—Sigue, que Rachel no nos ve—Añadió cuando ya le era imposible contener la risa, y Rachel era consciente de que había sido víctima de otra de sus bromas absurdas.

—Idiota. —Fue lo único que acertó a decir y Quinn rompió a reír—Eres, eres una idiota —Repitió dándole la espalda, y tirando de las sabanas para cubrirse.

—Buenos días, dormilona.

—¿Buenos días? —se quejó—¿De verdad, Quinn?

—Solo era una broma—le dijo buscándola por encima de sus hombros—¿Has visto? Hoy me he quedado a tu lado hasta que despertases—susurraba cerca de su cuello.

—Lo acabas de fastidiar con esa estúpida broma—le recriminó—¿Por qué eres así? ¿No piensas en lo hermoso que habría sido despertar y verte así dormida, feliz?

—Rachel vamos, solo quería hacerte reír.

—Pues no lo has conseguido—volvía a quejarse.

—¿Me estás hablando en serio?

—Y tan en serio—replicó molesta—No me gustan esas bromas, no me gusta ver como mi novia me abandona por la mañana para mirar una estúpida página de Internet, ni me gusta que mi novia susurre el nombre de otra chica mientras duerme.

—Hey, hey—conseguía acercarse aún más—Estaba despierta, Rachel. Ha sido una broma.

—Me da igual—volvía a quejarse hundiendo el rostro en la almohada—No me gusta que mi novia haga esas cosas.

Era la tercera vez que Rachel repetía aquel término y, por supuesto, no iba a pasar desapercibido para ella—¿Soy tu novia? —cuestionó divertida al tiempo que colaba su mano entre las sabanas, y llegaba hasta su cintura.

—Déjame Quinn—respondía de la misma forma—No quiero hablar ahora, estoy enfadada.

—¿Cuándo me has pedido que sea tu chica? —insistió deslizando su mano hasta el vientre, donde comenzó a dibujar figuras imaginarias con la yema de sus dedos.

—¿No quieres ser mi novia?

—No me lo has pedido.

—¿Cómo qué no? Claro que te lo pregunté—le dijo buscándola con la mirada—El 1 de enero a las 01:45 de la madrugada, en el solárium. ¿Ya no te acuerdas?

—Sí, me acuerdo que ahí preguntaste si era tu chica.

—¿Entonces?

—No me preguntaste si querías ser tu chica, además… No recuerdo haberte respondido—añadió dejándola completamente confusa, tratando de recordar la conversación entera—No, Rachel, no lo pienses, en ningún momento me has preguntado si quiero ser tu chica.

—¿Y qué más da? Estamos juntas en mi cama, hemos hecho el amor no una, ni dos sino más veces ¿Es necesario que te lo pida? —masculló volviendo a darle la espalda. Gesto que no hizo más que aumentar la sonrisa en Quinn.

—A mí me parece justo que me lo pidas, antes que darlo por hecho. Además, merezco un premio, y ese podría ser uno maravilloso.

—¿Mereces un premio? ¿En serio me dices eso? —replicó tratando de mostrarse orgullosa.

—Anoche recibiste una declaración de amor de las que no se olvidan, señorita Berry. ¿No es suficiente como para que me des ese premio?

—No te equivoques—volvió a buscarla con la mirada—Lo de anoche era para compensar la tremenda desfachatez de dejarme a solas en la cama después de nuestra primera noche juntas, y lo de ahora acaba de arruinar nuestra segunda noche—volvía a quejarse dándole la espalda de nuevo—Vas a tener que hacer algo muy, muy, muy, pero que muy romántico para compensar todo esto.

—Pídeme que sea tu chica—susurró Quinn ignorando su sermón, mientras apartaba el pelo de su espalda—Vamos—se acercó a su cuello—Pídeme que sea tu chica y prometo no fallarte más en cada amanecer—añadió dejando una pequeña ristra de besos sobre el hombro desnudo.

—¿Qué vas a hacer para compensarlo? —le preguntó tratando de mantenerse firme, y no dejar que el roce de su mano lograse vencerla. —Primero tienes que darme una pequeña muestra para convencerme.

—Pídemelo—susurró permitiendo que sus labios casi rozasen su oreja y su mano se deslizaba intrépida por su vientre.

—¿Qué pretendes hacer? —balbuceó cuando el escalofrío erizaba toda su piel y sentía que el cuerpo de Quinn se acoplaba aún más a ella.

La había atrapado entre sus brazos, había logrado quedar a su merced sin que apenas pudiera percatarse de ello. Y lo peor es que ni siquiera habría podido escapar de su abrazo, porque le fascinaba estar entre ellos—Quinn…—Dejó escapar notando como su mano caía lentamente por su vientre, tentando su propia suerte. Estaba empezando a perder la cabeza. Sentía sus labios, sus besos en los hombros, en su cuello y el roce de su nariz tras su oreja. Sentía su cuerpo, la respiración de su pecho en la espalda y el calor que desprendía.

—¿No me lo vas a pedir? —volvía a preguntar justo cuando Rachel no pudo evitar estremecerse de nuevo, y dejaba escapar un suspiro—¿De verdad no me lo vas a pedir? —Añadió, y el silencio de la morena la lanzó al abismo.

Fue su mano, fue Quinn quien ordenó que su mano acabara con el juego y terminase perdiéndose entre sus piernas, llevándola a una locura que no esperaba alcanzar a esa hora de la mañana. Ni siquiera sabía cómo su cuerpo era capaz de reaccionar así, cuando aún podría estar dormido.

Era el efecto que Quinn provocaba en ella. Era la sensualidad con la que le hablaba, era el percibir cada mínimo centímetro de su cuerpo desnudo rozando con su piel. Era el dolor casi imperceptible de un pequeño mordisco en su cuello mientras su mano la llevaba a la locura.

El suspiro, el gemido exhausto que dejó escapar Rachel rompió el silencio que se había alargado tras la ausencia de su respuesta. Y Quinn estuvo a punto de detener el avance, para usarlo en su contra y exigir esa pregunta que ya casi se había convertido en una meta para ella.

Pero no lo hizo. No detuvo sus caricias, ni los besos ni el movimiento de su cuerpo mientras Rachel se estremecía entre sus brazos. No lo hizo, porque jamás se habría perdonado detener ese momento a consciencia. Y Rachel se lo agradeció.

No había dejado escapar el último de los gemidos, con el temblor en sus piernas acusándola, cuando despertó. Cuando se giró por completo y quedó frente a ella, obligándola a que la presión que ejercía contra su cuerpo de espaldas, se convirtiese ahora en un cara a cara, en un cuerpo a cuerpo que no debía permitir que aquella excitación que ya la abordaba se escapase o diluyese.

—¿Quieres? —susurró con dificultad al tiempo que atraía hacia ella el rostro de la rubia y su cuerpo se acoplaba a la perfección con el de la chica, permitiendo que el encuentro siguiera su rumbo—¿quieres ser mi chica? —cuestionó clavando la mirada en los ojos de Quinn.

Había más deseo que cualquier otra cosa en aquella mirada. Era puro placer lo que dejaba escapar con su aliento mientras observaba como Quinn conseguía llevarla al cielo en apenas un par de minutos.

Eran sus ojos, pensó Rachel. Eran los ojos de Quinn los que transmitían todo aquel deseo, aquel fuego que no entendía que pudiese existir a aquellas intempestivas horas. Si aquello era para paliar la pequeña pero molesta broma que le acababa de hacer con aquel despertar, sin duda lo iba a conseguir.

¿Cómo seguir molesta después de aquello? ¿Cómo exigirle algo más tras sentir como se entregaba entera para hacerla enloquecer? Tenía claro que aquel sentido del humor que ostentaba su chica era peculiar, y probablemente la metería en muchos más problemas con ella. Pero eran problemas livianos, nada que no pudiese solucionarse con una de las arrebatadoras sonrisas que le regalaba, o alguno de aquellos besos que ahora se repartían por todo su cuello.

—No me has respondido—susurró Rachel, que no tardaba en ocupar un lugar privilegiado sobre su chica, y tomaba las riendas de aquella improvisada locura que no estaba dispuesta a desaprovechar—¿No quieres ser mi chica? —volvía a cuestionar mientras observaba el cuerpo de Quinn hundido bajo el suyo, dejándose llevar por el ritmo que ella misma había comenzado a marcar.

Quinn negaba y se mordía los labios. No, no es que no quisiera responderle, es que era incapaz de pronunciar palabra alguna en aquella situación. Había sido ella quien empezó la batalla, y se había convertido en su rehén sin poner apenas resistencia. Solo era consciente de cómo su corazón palpitaba a un ritmo descontrolado y como su cuerpo comenzaba a estremecerse también. Como sus piernas se convertían en un completo caos nervioso y sus manos, aferradas a la cintura de Rachel, trataba de contenerla, de aferrarla a ella todo lo que fuera posible.

Ni siquiera se atrevía a mirarla. No, nunca antes se había sentido tan vulnerable como se sintió en ese instante. Que Rachel tomase la iniciativa de aquella forma era algo nuevo y excitante para ella. Su cuerpo desnudo a plena luz del día sobre ella moviéndose como se movía. Su pelo salvaje ocultando por momentos la mirada que le estaba regalando, y sus labios entre abiertos, dejando escapar suspiros. ¿Cómo resistir ante ella? ¿Cómo iba a ser capaz de pronunciar dos palabras siquiera con sentido?

Un suspiro, un leve suspiro con aires de gemido fue suficiente para responder a aquella pregunta, y conseguir que Rachel dejase de cuestionarla con la intensa mirada, para terminar hundiendo sus labios en el cuello de Quinn, y obligarla a que sus manos, antes ancladas en la cintura, consiguieran abrazarla por completo y el calor de ambos cuerpos se concentrara en uno solo.

Solo hizo lo único que podía hacer en aquel instante; balbucear, murmurar, dejar escapar cualquier sonido que lograse salir de sus labios para responderle.

—No juegues conmigo, Fabray—susurró Rachel tras sentir como Quinn rozaba el éxtasis—No juegues nunca con una Berry—volvía a dejar escapar a escasos centímetros de su oído, segundos antes de sentir en su propia piel, como las uñas de su chica se clavaban en su espalda y firmaban el fin de aquella primera batalla.

Tuvo que permanecer varios minutos aferrándose a ella con fuerzas, obligándola a que se mantuviese sobre su cuerpo hasta poder recuperar la cordura, y también la compostura. Algo que llegó cuando volvieron a mirarse, cuando Rachel se dejaba caer a su lado sin perder de vista los ojos de Quinn, que hipnotizados se dejaban guiar por ella.

—¿Estás bien? —cuestionó Rachel con media sonrisa, dejando varias caricias sobre el rostro de la rubia, que aun embelesada y recuperando la respiración, la miraba sin perder detalle.

—¿Por qué yo? —susurró.

—¿Por qué tú?

—¿Por qué me has elegido a mí, Rachel?

—No lo entiendo—respondía confusa, y Quinn desvió la mirada hacia el techo, notando como aún sentía el sabor de sus labios.

—¿Por qué yo y no otro u otra? ¿Por qué te has enamorado de mí?

—¿Por qué yo? —contestaba de forma reciproca Rachel—¿Por qué te has enamorado de mí?

—Porque eres única—respondía rápidamente—porque tienes algo, no sé Rachel, no sé qué me has hecho para tenerme así—susurraba—Es como un hechizo. De pronto te miro, y veo cosas en ti que nunca antes había visto, a pesar de haberte mirado.

—¿Te he hechizado? Eso no me deja en una buena posición—sonreía—Me hace sentir como una bruja.

—Me encantan las brujas—respondía divertida—sobre todo si son como tú, si tienen tus labios tus ojos y… Uff, nunca creí que iba a ser capaz de decir algo así, pero adoro tus piernas y tu… —se mordió el labio.

—¿Y mi qué, Quinn Fabray?

—Tu trasero—soltó sin dudarlo.

—¿Mi trasero? —murmuró divertida al tiempo que se miraba a sí misma, provocando el mismo gesto en Quinn que rápidamente guiaba su mirada hacia aquella parte del cuerpo de la morena—¿De veras?

—Sí—fue rotunda—Eres jodidamente perfecta.

—Vaya, nunca pensé que fueses a fijarte en mi trasero—le sonrió—Normalmente es mi nariz quien se lleva toda la atención.

—Pues a mí me encanta—lanzó una última mirada hacia el trasero de la morena—y tú nariz también—susurró dejando un pequeño beso sobre ella—Pero no me has contestado ¿Por qué yo?

—Por ser tú, precisamente—respondía al tiempo que optaba por abandonar la cama.

—No te entiendo—la siguió con la mirada—¿Por ser yo?

—Tu personalidad, tu manera de ser, no lo sé Quinn.

—¿Y nada de mi físico? —volvía a preguntar tras ver como Rachel comenzaba a recoger la ropa interior que permanecía esparcida por el suelo, paseándose delante de ella completamente desnuda.

—¿De tu físico? ¿De verdad me preguntas algo así? —la miró divertida—¿De verdad Quinn Fabray me pregunta que tiene su físico para que me guste?

—Yo no soy nada especial Rachel, por mucho que presuma, mi cuerpo es normal. No tengo nada que destaque y lo sabes, bueno sí—sonreía—Yo tengo un gran trasero, pero nada que ver con el tuyo.

—Vístete—espetó lanzándole la ropa interior—Vamos ponte eso antes de que sea tarde.

—¿Tarde? —preguntó confusa—¿Tarde para qué? Son las 8 de la mañana y es domingo, podríamos pasar el día entero desnudas—bromeó. —De hecho, me encanta que te pasees desnuda por la habitación.

—Vístete, no es necesario que abandones la cama, pero ponte la ropa interior al menos—volvía a ordenarle mientras ella misma se colocaba la suya.

—¿No me vas a decir nada más? —Insistía llevando a cabo la orden de la morena y comenzando a vestirse, sin abandonar el edredón que aún la cubría.

—Quinn no puedo destacar nada de ti porque todo me gusta, no hay más que verte ¿Quién se resiste a ti?

—Esa respuesta no me vale, yo te he dicho lo que me gusta de ti, lo justo es que ahora tú me digas algo. Al menos, que se yo ¿Mis pies? —espetaba divertida al tiempo que mostraba uno de ellos por el lateral de la cama—¿Mis hombros?

Rachel sonreía al ver el interés de la chica por saber que parte de su físico era el que más le gustaba y se sorprendía al conocer sus pensamientos acerca de él.

Que Quinn Fabray diese por hecho que su físico no era nada especial, era algo ilógico, sobre todo conociendo su historial. Quinn había sido probablemente una de las alumnas más bellas del McKinley, pero aquella extraña inseguridad que ahora ostentaba Quinn, conseguía volver a sorprender a la morena.

—¿Por qué no vienes aquí y me dices que es lo que te gusta de mí? —volvía a hablar la rubia, incitándola con una traviesa sonrisa, pero Rachel no estaba por la labor de llevar a cabo aquella acción, al menos no lo que pretendía Quinn.

—Uno… Dos… Tres

—¿Qué haces? —preguntó confusa al ver como Rachel volvía a tumbarse sobre la cama y comenzaba a contar.

—Cuatro y cinco—espetó lanzando una mirada hacia la puerta.

Quinn hizo lo mismo y de pronto descubrió como ésta se abría con lentamente y una adormilada Emily hacía acto de presencia en la habitación, abrazando con fuerzas un pequeño peluche y con parte de su alborotada melena cubriéndole parte del rostro.

—Oh dios—murmuró Quinn al verla y no pudo evitar tratar de cubrirse bajo el edredón.

—Shhh—interrumpía Rachel obligándola a que permaneciese en silencio—atenta—susurró.

La niña seguía caminando hasta los pies de la cama para subirse a ella con dificultad, y ante la divertida mirada de Rachel y la atónita visión de Quinn, comenzó a deslizarse por la misma, ocupando el espacio que quedaba entre ambas y dejándose caer sobre la almohada para así, y quedarse completamente inmóvil.

—¿Qué hace? —preguntó Quinn con apenas un hilo de voz.

—Cada domingo se levanta a esta hora y se viene hasta aquí—sonreía al tiempo que cubría a su hija con el edredón.

—¿Está dormida? —se interesó al ver que la niña no se movía.

—Así es—respondía con una enorme sonrisa—suelo despertar para esperarla, y cuando viene, nos dormimos las dos.

—Oh dios…

—Ahora tengo la suerte de ver cuando viene—le dijo señalado hacia la pantalla que permanecía a su lado de la cama.

—¿La has visto por ahí?

—Claro.

—¿Por qué no me has dicho nada?

—Porque quería ver tu cara—le sonrió— No te haces una idea del susto que me dio la primera vez que vino. No estaba despierta y solo noté su mano en mi espalda llamándome —evitó soltar una carcajada—Estuve a punto de gritar cuando la vi mirándome fijamente con la habitación a oscuras.

—Oh dios—balbuceó acercándose a la niña para comprobar cómo era cierto y permanecía en un profundo sueño con el peluche con forma de jirafa al que seguía aferrada entre sus brazos—¿Y no le importa que yo esté aquí?

—Tranquila, cuando está Brody también lo hace, así que no le resulta extraño que esta cama esté ocupada por alguien más que yo—añadía.

—No sé si me hace mucha ilusión que Brody siga durmiendo aquí.

—¿Por? —volvía a mostrarse divertida.

—¿Por? Te recuerdo que ahora eres mi…

—Shhh—interrumpía—Que yo sepa no tengo novia, aún no me has respondido—sonreía—Puedo dormir con quien quiera.

—Ok ¿Así que con quien quiera? —alzó la ceja—pues déjame decirte que yo no soy muy amiga de quienes ¡oh mierda! —se quejó al escuchar como el sonido de su teléfono sobre la mesilla y rápidamente, hacía acopio de él para silenciarlo, antes de que Emily pudiese despertarse.

—¿Quién te llama ahora? ¿Mónica? —se interesó Rachel al ver el gesto confuso que mostraba Quinn observando la pantalla.

—No, es Santana.

—¿Santana? ¿Ahora?

—Sí, es raro—respondía justo cuando Emily, en un extraño movimiento conseguía acercarse a ella y se aferraba a su brazo en lugar del peluche, obligándola a quedarse junto a ella.

—Acéptala—espetó Rachel. —Sera algo importante.

—Pero se va a despertar—susurró mirando a la pequeña.

—No lo hará—respondía acomodándose junto a su hija.

Quinn volvía a observarla y de nuevo desviaba la mirada hacia la pantalla. En cualquier otra ocasión no habría aceptado aquella llamada, la habría pospuesto hasta un momento mejor, pero eran las 8 de la mañana de un domingo, y Santana debía tener un motivo realmente importante para hacerlo.

—¿Santana? —respondía a la llamada con la voz baja.

—¿Estás dormida?, ¡vamos rubia, despierta!—alzó la voz.

—Shhh—interrumpía Quinn. Aquel grito de la latina lo pudo oír incluso Rachel, que no pudo evitar permanecer atenta a la conversación.

—¿Qué pasa?

—No grites por favor, no puedo hablar muy alto—se excusó.

—¿Por? ¿Dónde estás?

—En la cama.

—¿Y por qué no puedes hablar alto? ¿Vas a despertar a la rata esa que tienes como mascota?

—Santana, por favor… ¿Qué quieres? —le replicó con apenas un hilo voz

—Espera ¿Estás con alguien?

—¿Qué quieres Santana? —ignoró la pregunta—¿Para qué me llamas ahora?

—¿Estás con alguien en la cama?

—Shhh, duerme cariño—susurró Rachel a su pequeña, que volvía a desprenderse del brazo de Quinn y se acomodaba de nuevo junto a su peluche.

—¿Quién es esa? —cuestionó Santana que había podido oír la voz de Rachel.

—Santana ¿Qué quieres?

—¿Es Rachel? ¿Estás en la cama con Berry? —preguntó provocando la atención de la morena, que había escuchado su nombre perfectamente.

Quinn la miró por algunos segundos y se mantuvo en silencio, tratando de entender cuál era la mejor de las opciones en aquel instante. Probablemente se estaba equivocando, como siempre, pero no podía negarla y mucho menos a Santana.

—Sí, así que, por favor, baja la voz—respondía provocando la sorpresa tanto en Santana como en Rachel.

La morena creyó que Quinn no iba a delatarla en aquel instante, aunque ya sabía que Santana conocía su historia, creía que aquello era algo que tenían que consensuar las dos. No le gustó en absoluto que Quinn tomase aquella decisión sin ni siquiera preguntarle y aquel hecho, terminó obligándola a removerse inquieta en la cama.

—¡Oh dios! —exclamó Santana tras el auricular—No quiero tener esa imagen en mi mente.

—Santana, si me has llamado solo decir estupideces, cuelgo enseguida ¿Ok?

—No, de hecho, no sabía que estuvieses cometiendo esa atrocidad si no, no te hubiese llamado.

Quinn volvía a desviar la mirada hacia la morena y veía como ésta, con el gesto contrariado optaba por salir de la cama y dirigirse hacia el baño que tenía en la habitación.

—Ok, te lo has ganado cuelgo, ya hablamos.

—Hey, hey—interrumpía—espera Quinn, espera.

—¿Crees que es normal que me llames para insultarme?

—No te estoy insultando.

—Estás insultando a Rachel, y si la insultas a ella, me insultas a mí, ¿Entiendes?

—Ok, perdóname—trató de sonar con más calma—olvidando que estás con ella, yo te llamaba para hablarte de la cena.

—¿Qué cena? —cuestionó molesta.

—La que organiza Artie cada año, ya sabes que siempre es por Navidad, pero este año no ha podido ser.

—Sí, lo sé estuve en Lima cuando hablamos con él ¿Lo recuerdas?

—Sí, lo recuerdo—repetía—al parecer quiere organizarla en abril ¿Tú puedes?

—Faltan meses para eso, Santana.

—Ya, pero yo tengo que organizar mi agenda y ya sabes que, si tú no vas y Britt tampoco, yo me niego a ir

—Pues no lo sé, la verdad—se excusó—supongo que, si coincide en fin de semana, no habrá problema alguno, no suelo tener ensayos.

—Pues dile a tu jefa que te deje el fin de semana libre—espetó divertida—Estoy segura de que podrás compensárselo de alguna forma y ¡oh dios! mierda he vuelto a imaginarte en la cama con Berry.

—Basta Santana, no te soporto ahora mismo. No entiendo que me llames a esta hora solo para decirme eso de la cena y para ridiculizarme—respondía al tiempo que observaba como Rachel salía del interior de baño y volvía a acercarse a la cama, dispuesta a despertar a su hija.

—Hey espera—volvía a cortarla—Te he llamado a esta hora porque estoy en el tren.

—¿En el tren? No me digas que vienes para acá porque no pienso ir a buscarte.

—Voy a Jacksonville, tengo una cita.

—¿Una cita? ¿Con quién?

—Britt—respondía nerviosa—Me dijo que habían acampado allí tras regresar de México y me preguntó si podía ir a verla.

—Vaya—susurró—¿Y sabes para qué quiere verte?

—No lo sé Quinn, pero el hecho de que quiera verme ya es importante.

—¿Estás nerviosa?

—Estoy más que nerviosa—respondía dejando escapar un sonoro suspiro. —Por eso, por eso te he llamado. Necesitaba hablar contigo.

—Oh, Ok. Relájate, ¿vale? —le dijo siendo consciente de la situación. —Solo tienes que ser tú bueno además de ser tú, procura ser sensata no hagas que vuelva a huir de ti.

—¿Crees que me perdonará? Quiero decir, no como amiga sino como…

—No lo sé—interrumpía—Solo trata de no agobiarla ¿Ok? Deja que sea ella quien tome la decisión que quiera y, sobre todo, si solo quiere verte como amiga, no lo tomes a mal. Algo es algo.

—Lo sé voy concienciada, esta vez no me voy a alterar ni voy a hacerle daño, lo prometo solo, solo quiero verla y poder estar al menos diez minutos con ella sin peleas ni desconfianzas.

—Pues hazlo bien—añadía Quinn que seguía sin perder detalle de los movimientos de Rachel.

La morena permanecía junto a su hija, observándola mientras dormía e ignorando la conversación que ella mantenía con Santana, al menos eso era lo que aparentaba.

—Lo haré, esta vez sí—respondía convincente. —No, no te molesto más. Pensaba que estarías a sola.

—Si quieres hablamos después, con más calma.

—Ok.

—Cuídate, y ya sabes… Calma.

—Bla, bla… Si. Gracias, ya sé lo que tengo que hacer—le dijo recuperando su tono habitual— Hablamos luego, y cuidado donde metes las manos.

—Piérdete—espetó terminando la llamada, y dejando caer el teléfono junto a ella.

Una sola mirada. A Quinn le bastó volver a mirar a Rachel para sentir que algo sucedía, sobre todo al comprobar que ésta no se interesaba en absoluto por aquella conversación.

—Va a intentar volver con Britt—le dijo tratando de sonar natural.

No hubo respuesta por parte de Rachel, solo una leve mueca con la comisura de sus labios que podía traducirse a un, me importa un bledo y que Quinn entendió a la perfección.

—¿Sabes que la engañó con una chica de su facultad?

—Quinn, no me importa lo que haga o deje de hacer Santana—murmuró sin mirarla.

—¿Estás enfadada por lo que ha dicho de nosotras? —cuestionó—Porque si es por eso, no deberías, ella es así, da igual que seas tú o sea otra, siempre va a mostrarse así.

—No es eso lo que me ha molestado, realmente me importa muy poco lo que Santana piense de mí.

—¿Entonces? ¿Por qué estás molesta? Te recuerdo que has sido tú quien me ha dicho que aceptase la llamada.

—¿Por qué le has dicho que estamos en la cama? —alzó la vista por primera vez—¿No podrías haberte ahorrado ese pequeño detalle?

—¿Por qué? Ella sabe que estoy contigo, bueno, no sabe que estoy contigo, pero sí sabe que estoy enamorada de ti.

—¿No te has parado a pensar que quizás a mí no me gusta que nadie sepa con quien me acuesto?

—Es Santana—se excusó al tiempo que se reincorporaba tratando de evitar molestar a Emily—Te recuerdo que ella sabe todo de ti y se ha mantenido en silencio aun cuando no tenía motivos para hacerlo ¿Qué te hace pensar que ahora vaya a decir algo?

—No, es decir—alzó la voz provocando una leve reacción en su hija—No estoy diciendo que diga nada, solo digo que no te has parado a pensar en mí, en lo que yo opino.

—No entiendo—se mostró seria.

—Quinn, no me gusta que la gente sepa de mi vida, me da igual si van a hablar o no de mí, pero no me gusta que sepan con quien o como estoy en cada momento. Podrías haberte ahorrado ese comentario morboso de decir que estábamos en la cama.

—¿Comentario morboso? ¿De qué hablas? ¿Cuántas veces te tengo que recordar que Santana es mi amiga?

—No entiendes nada—susurró abandonando la cama ante la incrédula mirada de Quinn, que no dudó en imitar su gesto.

—No, la que no lo entiende eres tú—recriminó dispuesta a recuperar su ropa y vestirse—Yo tengo que aceptar que tú le digas a Brody que estás conmigo, tengo que aceptar que Kate bromee con nosotras y con esa película de lesbianas que, según ella, estabas viendo para pensar en mi… Qué diablos, incluso Gio nos ha visto besándonos, y le has terminado confesando que hay algo y que mantenga su boca cerrada. Y yo no puedo decirle a mi mejor amiga que no puedo hablar en voz alta porque son las 8 de la mañana y estoy en la cama, con mi chica y su hija dormida a mi lado—Masculló sin apenas respirar—No creo que sea justo.

—Brody y Kate no se meten en mis asuntos de cama—trató de excusarse, aunque la culpa comenzaba a azotarla de nuevo al recordar como justamente, la mañana anterior, terminó confesándole a Kate que sí había mantenido relaciones con ella.

—¿Y te lo he echado en cara? No, en ningún momento, porque lo que tú hagas o le digas a tus amigos no es asunto mío. Confío en ti y se supone que tú deberías confiar en mí Santana es mi amiga, ¿Entiendes?, mi amiga, te guste o no te guste.

—¿Dónde vas? —cuestionó al ver como la rubia terminaba de vestirse.

—A mi casa.

—Espera Quinn—la detuvo—que discutamos no significa que te esté echando de aquí

—Eres tú la primera que ha empezado a discutir y la verdad, me molesta mucho que sea por algo así

—No me gusta que sepan de mi vida ¿Tan difícil es de entender?, no lo digo porque sea Santana ni Britt ni Brody ni Kate lo digo por mí, no me siento cómoda sabiendo que hay gente que sabe con quién me acuesto.

—¿Te avergüenzas de mí?

—¿Qué dices? —respondía rápidamente negando—¿Cómo voy a avergonzarme de ti?

—Pues es lo que parece Rachel. Está bien que quieras proteger tu vida, pero llegará el día en el que… Quiero decir—se detuvo tratando de organizar su mente—algún día volverás a formar una familia, a estar con alguien para siempre—balbuceó—y eres actriz de Broadway, se enterarán tarde o temprano.

—No si puedo evitarlo.

—¿Cómo?

—Quinn no quiero que nadie sepa de mi vida privada, ya lo sabes.

—No, no lo sé. Tú me dijiste que querías proteger a Emily, a tu carrera, pero algún día eso tendrá que acabar, tendrás que hacer una vida normal ¿No?

—Una vida normal sin que los paparazis sepan que me acuesto con una mujer o con un hombre, eso es una vida normal. Mi cara debe salir en las revistas por mi trabajo, no por mi vida privada—hizo una pausa—Creía que eso lo entendías.

—Ok, lo entiendo, pero ¿Me puedes explicar que piensas hacer con tus amigos?, ¿Qué les vas a decir si un día vamos de viaje juntas? ¿Qué dormimos en camas separadas? ¿Y tus padres? ¿No le vas a contar lo nuestro nunca?

—No estoy diciendo eso, ellos saben cómo vivo

—Y Santana sabe cómo vivo yo—interrumpía—¿Cuál es la diferencia? ¿Qué ella es mi amiga y no la tuya?

—No quiero seguir discutiendo, será mejor que vaya a preparar el desayuno—se alejó hacia la puerta—puedes ducharte si quieres hay ropa en mi armario, utiliza lo que quieras.

—Hey—ahora era Quinn quien la detenía en la puerta de la habitación, procurando no alzar demasiado la voz—vamos a aclarar esto, no pienso estar así.

—¿Así como?

—Así Rachel, con la sensación de creer que…

—Quinn—interrumpía—La próxima vez que te llame Santana, o quien sea y estés conmigo en la cama, solo omítele ese detalle, nada más. No me avergüenzo de ti, para nada. Es solo que no me siento segura, ahora mismo mi mente no para de imaginar que Santana está pensando en nosotras, que se estará riendo de mí o que se yo. No… No tiene nada que ver contigo, soy yo ¿Entiendes? ¿Y si en ese tren iba alguien a su lado y ha escuchado la conversación? Porque yo la he podido escuchar

—Dios Rachel—se llevó las manos a la cara.

—Este es mi mundo—volvía a hablar—Te lo advertí Quinn, te dije que era mi mundo y que esto era serio. No, no es fácil vivir así y lo sabes, pero es lo que hay—masculló tensando la mandíbula—Puedo, puedo hacerte feliz, puedo quererte como nadie te ha querido, pero tienes que respetar mis decisiones, tienes que aceptar que mi vida es ésta y es la que quiero.

—¿Lo quieres de veras?

—Quiero vivir tranquila—sentenció—Quiero vivir sin problemas, vivir de lo que realmente amo con mi hija y con quien esté dispuesta a vivir a mi lado, en este caso, ojalá seas tú —Quinn bajaba la mirada y tomaba una gran bocanada de aire.

Era cierto lo que le estaba confesando. Se lo había advertido, su mundo no era sencillo, sobre todo porque eran excusas tras excusas que no tenían sentido o al menos para ella no las tenían en absoluto. Pero le había prometido vivir de esa forma el amor que recién comenzaba a inundarlas.

—Soy consciente de que ella no merece vivir encerrada—señaló hacia la pequeña, que seguía completamente dormida en la cama—Y por eso trato de seguir tu consejo, de dejarme llevar y disfrutar con ella. Sabes que lo hago, lo sabes… ¿Verdad? —Quinn asentía—pero el resto es diferente, así que, por favor, te pido que lo pienses, que recapacites y pienses si te merece la pena seguir en mi mundo antes de que duela más—Susurró con la voz entrecortada—Puedes tomarte todo el tiempo que necesites y te prometo que lo aceptaré sea cual sea tu decisión.

—Rachel—interrumpía con apenas un susurro el discurso de la morena, que rápidamente alzaba la mirada y se centraba en sus ojos—sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí quiero ser tu chica—respondía tomándola de la mano, provocando que una sola lágrima cayese por su mejilla, y terminase dejando escapar una gran bocanada de aire—no tengo nada que pensar.

—¿Estás segura? —tragó saliva.

—No he estado más segura en mi vida—respondía acercando la mano hasta sus labios para dejar un beso en ella.

—Eso significa…

—Eso significa que voy a bajar, me voy a marchar a casa para dar de comer a Superman—trató de sonreír—Y voy a regresar con un exquisito Mocca blanco para acompañar el desayuno al que me vas a invitar ¿Ok?

Rachel volvía a bajar la cabeza, esta vez dibujando aquella sonrisa que calmaba la situación, que aliviaba el corazón de ambas y volvía a recuperar la normalidad, la grata y divertida normalidad de aquella mañana en la que habían amanecido juntas en la cama.

—¿Solo un Mocca blanco? —acertó a preguntar Rachel.

—¿Dos?

—Dos, pero el mío con leche de soja—le dijo buscándola con la mirada.

—Con leche de soja—repetía segundos antes de robarle un beso—… Y extra de Mocca.