Aviso: Secuela del fic Life Unexpected. Los personajes y todo lo que reconozcan pertenece a JK Rowling.


31. Los miedos que superamos… y los que no

Regulus acostumbraba a marcharse de la casa durante la luna llena. No era que le diera miedo, como Sirius se empeñaba en asegurar para burlarse de él, simplemente no tenía nada que hacer ahí. De más estaba decir que si en días normales su hermano y sus amigos eran molestos y ruidosos, durante esas noches era imposible pasarlo por alto. Él prefería escabullirse hasta que llegara la mañana, dejando que hicieran sus desastres hasta el amanecer sin tener que preocuparse ni alterarse por nada. No confiaba ni en James ni en Sirius para cuidar el lugar, pero era mejor dejarlos que pasar la noche estresado por cada cosa que rompían.

Como era el caso esa vez.

Gruñó con irritación cuando escuchó el ladrido de un perro en el ático, justo antes de que algo se quebrara contra el piso. Movió el cuello de un lado a otro, tratando de no perder los nervios mientras se aseguraba que, con suerte, no habría sido nada valioso. Aunque el animal sonaba especialmente contento.

Pensó en irse, por supuesto, pero el cuaderno vacío frente a él lo obligaron a quedarse. No podía seguir dándole vueltas a ese asunto.

Desde que Pettigrew se los había entregado, Regulus se había mantenido escéptico al respecto. Dumbledore le había confirmado que, de acuerdo con la inscripción en la tapa, debía haber pertenecido al Señor Tenebroso cuando todavía era un adolescente. Cuando usaba su nombre de nacimiento. El director estaba seguro de que aquello podía ser lo que estaban buscando, pero Reg tenía sus reservas. Sí estaban en lo correcto, el señor oscuro debía haber escogido un objeto diferente, algo pequeño, sí, pero que guardara algún tipo de valor. Él no se imaginaba qué tan valioso podía ser un cuaderno viejo y sin ninguna anotación.

El sonido de pisadas y gruñidos bajaron las escaleras lo desconcertaron por un momento. Apretó los puños, furioso; había perdido la cuenta de las veces que le había pedido a Sirius que no salieran del ático. Desde luego, a su hermano poco le importaban sus deseos. Intentó ignorarlos, aunque esa noche Sirius parecía especialmente deseoso de molestar. No dejaba de ladrar, como un cachorro pidiendo jugar, lo que hacía que Lupin soltara desagradables gruñidos.

Regulus respiró profundo, tratando de no perder los estribos. Necesitaba calmarse o terminaría en otra innecesaria, e inútil, discusión con su hermano.

Entonces, presa de la frustración, resultado de la necedad de Sirius y de sus nulos avances con lo que en verdad importaba, sacó tinta y pluma de una de las gavetas de su escritorio. Luego, abrió el cuaderno en una página al azar.

Se quedó mirando el espacio en blanco durante varios segundos. No sabía qué podía escribir, o qué esperaba que ocurriera cuando lo hiciera. Pero también sabía que seguir mirando el cuaderno en blanco y leyendo libros sobre magia negra no iba a servir para nada.

Escribió lo primero que se le ocurrió, asegurándose que no perdería nada. Con una letra impecable, casi de imprenta, anotó la fecha actual y la dirección de la casa.

Abrió los ojos de par en par cuando, a los pocos segundos, una letra que que no era la suya apreció en las páginas. Respondiéndole. Personalmente.

Su corazón se saltó varios latidos.

Estaba a punto de continuar su indagación, mientras ignoraba que la respuesta había estado frente a sus ojos todas esas semanas, cuando los ladridos de Sirius se volvieron especialmente insoportables. Estaba por ir a callarlo cuando Lupin pareció haberse hartado como él. Se lo hizo saber con un gruñido que siguió a un golpe brusco y estrepitoso. Parecía haber arrojado algo contra una de las paredes. Los gemidos lastimeros del perro le dejaron saber qué había arrojado.

Regulus suspiró, tratando de recuperar la paciencia, y se levantó de la silla para ir a revisar.

Lo último que necesitaba esa noche era que el idiota perdiera una extremidad.

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A la mañana siguiente, Regulus tuvo el detalle de enviarle un mensaje a Mar avisándole que, en un acto de estupidez, Sirius había terminado la luna llena herido. La carta no había sido especialmente específicamente —Mar casi había escuchado la voz parca e impersonal de Regulus mientras leía—, por lo que ella no tuvo forma de saber si había sido algo grave, o solo se trataba de una tontería. Con Reg, podía ser cualquiera de las dos.

Tenía que asegurarse por ella misma, así que no tuvo más opción que salir temprano de casa junto a Lily, que de todas formas había quedado en que iría a verlos al amanecer. Mar no tenía idea de cuál debía ser el protocolo a seguir cuando su ex —ni siquiera le gustaba usar esa palabra— y padre de su hija se lastimaba en una noche de juegos con su amigo licántropo, pero sabía que quedarse apartada no era una opción. Por más enfadada que estuviera y por más espacio que hubiera pedido, seguía siendo Sirius. No podía saber que estaba herido y quedarse sentada en casa. Así no funcionaba.

Aunque tuvo que poner eso en duda cuando, antes de llegar a su habitación en Grimmauld Place, lo escuchó en perfectas condiciones.

—¡Te dije que no necesito una mierda! —lo escuchó gritar, con la voz intacta—. Deja de acosarme como si estuviera a punto de morir.

—Nadie piensa eso —respondió Regulus, sonando como si le estuviera costando no alterarse—. Solo te ofrecí decirle a Kreacher que le eche un vistazo a esa herida.

—Creeme si quisiera perder la pierna, ya le habría pedido ayuda a ese inútil —gruñó su hermano.

—Eso no se ve bien, Sirius.

—¡No me digas como se ve! He estado curando heridas así desde antes que tú aprendieras a conjurar hechizos sin hablar.

—Entonces estarás de acuerdo en que alguien debería verte eso —insistió Reg, exasperado.

—En lo único que estoy de acuerdo es en que te largues y me dejes en paz —le espetó Sirius, obcecado—. Estoy en perfectas condiciones y no necesito que nadie me…

—¿Ah no? —preguntó Mar, asomándose por la puerta y enarcando las cejas—. Pues será mejor que me vaya.

—Espera… creo que quizás sí perderé la pierna —jadeó Sirius, llevándose una mano a la rodilla y haciendo un dramático gesto de dolor—. ¿Y por qué todo el cuarto empieza a dar vueltas?

—Me voy —dijo Regulus, entornando los ojos y aprovechando su aparición para marcharse—. Puedes encargarte.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó Mar con ironía.

Antes de que se marchara, Mar sintió el impulso de darle las gracias, no solo por llamarlas, sino por encargarse de todo mientras ellas llegaban. Decidió en contra, queriendo evitar un momento incómodo. Tampoco deseaba que Sirius hiciera otra pataleta.

—Solo está tratando de ayudarte —le dijo cuando estuvieron solos, mirándolo con severidad—. No tienes por qué ser un imbécil.

—Si no quisiera que lo tratara así, me dejaría en paz de una vez —refunfuñó Sirius, cruzándose de brazos—. ¿Les avisó?

—Mjm, así que puedes agradecerle si aprecias en algo mi presencia —respondió Mar, sentándose a los pies de su cama—. A él, y a Lily que me obligó a venir.

—¿A quién engañas? —le preguntó, esbozando una sonrisa socarrona—. No habrías dejado de venir a cuidarme mi hermoso cuerpo malherido.

—Por favor no me hagas arrepentirme. —Mar suspiró, fingiendo estar fastidiada, pero luego lo miró con más seriedad—. ¿Vas a mostrarme?

—Por Merlín, Marlene, al menos invítame una taza de té.

Mar entrecerró los ojos, dejándole saber que no se iba a distraer con sus tonterías. Sirius pareció entender y, tras soltar un suspiro resignado, se subió el pantalón a la altura de la rodilla. Ella no pudo evitar dar un respingo cuando la vio descubierta; estaba hinchada, mucho, y estaba rodeada de moretones. No era ninguna experta, pero sabía que los huesos no debían verse… tanto.

—¡Sirius! Eso…

—¿Está bien así o me quitó todo el pantalón?

—No seas desagradable —le espetó, reprimiendo las ganas de golpearlo—. Se ve terrible, ¿qué demonios te pasó?

—No exageres, podría ser peor —desestimó él, volviendo a cubrirla. Se tomó un momento antes de explicarle—. Remus… me arrojó contra uno de los armarios del salón. Caí sobre la rodilla y me la torcí un poco.

—Eso no luce como un poco, imbécil. Creo que deberíamos llamar a alguien que…

—No hace falta —aseguró él, encogiéndose de hombros—. Le pondré hielo y será suficiente.

—¿Hielo? Disculpa, ¿acaso caíste sobre la rodilla antes de golpearte la cabeza?

—Aw, mírate: toda preocupada por mí. —Sirius le dedicó su mejor sonrisa y le guiñó un ojo.

—Me haces cuestionarme seriamente el estarlo.

—Te dije que no hace falta —replicó él, adquiriendo una expresión más seria—. Estoy bien. De verdad.

Mar lo miró, sin terminar de convencerse. Sabía que Sirius había tenido heridas así prácticamente toda su vida, pero, aunque él no quisiera admitirlo, ella sabía que había una diferencia entre lesionarse a los quince y hacerlo pasados los treinta. Podía dejarlo por el momento, pero si no mejoraba, no iba a quedarse de brazos cruzados.

—¿Sabes cómo está el idiota de Remus?

—No, Lily iba a revisar a James y luego iría a verlo —le contó Mar, frotándose la frente—. Pero no debe estar llevándolo bien.

—Es un idiota —murmuró Sirius, girando los ojos—. Ni siquiera fue su culpa. Fui yo.

—¿Por qué? —preguntó ella, entrecerrando los ojos—. ¿Qué hiciste?

—Nada —aseguró él, con una expresión inocente que Mar no le compró—. Solo… quería jugar y puede que lo haya irritado solo un poco. Aun con la poción, su forma licántropa no mide bien su fuerza.

—Y tu forma canina no mide bien su estupidez —resopló Mar, sacudiendo la cabeza—. Sirius, sabes com se pone Remus cuando…

—Bah, no es para tanto —desestimó él, chasqueando la lengua—. Él exagera, como siempre. Iría a golpearlo yo mismo, pero temo que se ponga a llorar si me ve cojeando.

—Yo temo que llores si te ves cojeando —replicó Mar, enarcando una ceja—. ¿Crees que necesites un bastón?

—No seas absurda, Marlene —saltó él, agrandando los ojos con espanto—. Estoy perfectamente. En un día estaré como nuevo… quizás dos.

—Quizás más —resopló Mar, frustrada ante su necedad—. Bueno, supongo que Lily y James no tendrán problema en quedarse con Ophi mañana.

—¿Qué? ¿Por qué harían eso? —preguntó Sirius, frunciendo el ceño.

—Eh, porque yo tengo guardia hoy en la noche, y dudo mucho que tú puedas moverte.

—Te dije que estaba en perfecto estado —replicó Sirius, siendo desmentido por la mueca de dolor que hizo al intentar doblar la pierna. Se la sujetó y siguió hablando—. ¿Qué crees? ¿Qué me quedaré sentado aquí a esperar que esta mierda mejore?

—Sí, imbécil, es justamente lo que espero —respondió Mar, exasperada—. ¿Acaso quieres que la lesión empeore?

—Quiero que dejes de tratarme como si fuera a quedar paralítico —exigió él, frustrado—. Esta tontería no me impide cuidar a Ophelia, Mar.

—Te recuerdo que ya aprendió a gatear, ¿has visto lo rápido que lo hace?

—Por supuesto que sí, eres tú quien ignora mi propuesta de sacarle dinero —intentó bromear, pero de nuevo Mar no le hizo caso—. Puedo quedarme con ella, ¿está bien? No tienes por qué alterar los planes de nadie.

Mar respiró hondo y se mordió el labio inferior, pensativa. No descartaba que insistiera solo para demostrar que no necesitaba descansar, pero hacía semanas que no se escaqueaba de sus responsabilidades con la niña. Estaba cumpliendo, justo como le había prometido.

Y la última persona que hubiera querido que dejara de hacerlo era ella, pero no por eso iba a ignorar que estaba prácticamente inmovilizado.

—No quiero que dejes este lugar hasta que sepa que puedes caminar —decidió con firmeza.

—¡Maldita sea, Marlene! No puedes decirme qué mierda hacer.

—No, pero puedo decirte si te quedas o no con nuestra hija, y la respuesta es…

—¡Pues tráela aquí!

—¿Cómo? —saltó Mar, agrandando los ojos—. ¿Qué estás...?

—Si tú problema es que salga de la casa, entonces la cuidaré aquí —repitió él, encogiéndose de hombros—. Problema resuelto.

Mar parpadeó varias veces, tratando de salir de su estupor. No terminaba de creer lo que estaba diciendo, en especial porque hacía meses que se había resignado a que nunca iba a escucharlo. Se había cansado de esperar a que Sirius dejara de ser un idiota y aceptara llevar a Ophi a Grimmauld Place.

Por eso, le estaba costando asimilar el cambio.

—¿Estás hablándome en serio? —quiso asegurarse.

Entonces, Sirius pareció tomar conciencia de lo que estaba diciendo, y Mar pudo ver en sus ojos como vacilaba. Por un momento, ella juró que iba a cambiar de opinión y regresarían a la misma negación que habían vivido esos meses.

Pero, una vez más, él la sorprendió.

—Sí —dijo, chasqueando la lengua de mala gana—. Acepta rápido antes de que me arrepienta.

Mar lo miró indignada, pero eso no detuvo la oleada de emoción que nació en su estómago y viajó hacia su pecho.

No importaba lo que el lado cínico de su mente dijera. Aquello no podía ser solo su terquedad hablando. No después de todo lo que había pasado.

—Bueno… Solo prométeme que usarás muletas.

—¡Pero…! No me jodas, Mar —se quejó Sirius, levantando los brazos con exasperación—. Has querido que la traiga aquí desde hace meses y cuando por fin accedo me pones condiciones.

—¿Acaso se me conoce por ser una mujer fácil de complacer? —preguntó ella, entrecerrando los ojos y extendiendo la mano hacia él—. Tómalo o déjalo.

Sirius la miró indignado y, aunque al principio parecía reticente, terminó por darle la mano mientras gruñía por lo bajo.

—Un placer hacer tratos contigo —murmuró, enfurruñado.

—El placer es todo mío —respondió Mar, esbozando una sonrisa triunfadora.

—Si me sueltas la mano y sujetas otra cosa, el placer podría ser de ambos…

Esa vez, Mar no tuvo reparos para darle un empujón, alejándolo y arrancándole una carcajada. Ella entornó los ojos, pero no pudo borrar la sonrisa de su rostro.

Ni tampoco el pequeño rayo de esperanza que empezaba a nacer en su interior.

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Todas las mañanas luego de la luna llena eran terribles para Remus. No podía recordar ninguna, en toda su vida, en la que hubiera despertado sintiéndose bien. Siempre tenía dolor, incluso con la poción, y pasaba los días que seguían con el más terrible malestar que cualquiera pudiera imaginar. Se había acostumbrado a vivira sí, era lo normal.

Y había aprendido que, aunque esa fuera la regla, había mañanas en las que todo podía sentirse peor. Mucho peor. Solo bastaba con que algo se saliera un poco de control, que fuera un poco más brusco con sus amigos o que, como en la noche anterior, Sirius lo molestara un poco más de la cuenta. Esas pocas diferencias eran suficientes para que al dolor físico se le sumara la culpa que de por sí vivía en su interior, y que aprovechaba cualquier oportunidad para salir a la superficie. Y torturarlo.

Esa era una de esas mañanas.

En días así, Remus prefería no ver a ninguno de sus amigos. No quería escucharlos decir que no era el culpable de las nuevas heridas en sus cuerpos, ni que minimizaran el daño que había hecho durante la noche. Aunque ellos pensaran que ayudaban, en verdad solo lo empeoraban, porque, en momentos así, Remus sentía que no los merecía, que no merecía nada, y odiaba que ellos no lo entendieran. Y también se odiaba a sí mismo, para variar.

Ellos rara vez respetaban esos deseos, y supo que esa vez no sería diferente cuando la puerta de la habitación se abrió lentamente.

—¿Remus? —lo llamó la voz dulce de Lily—. ¿Estás despierto?

Él no respondió, esperando que eso fuera suficiente para hacer que se marchara. Aun así, no se sorprendió cuando ocurrió justo lo contrario.

—Bueno, de todas formas voy a entrar.

—¿Para qué preguntas? —murmuró él, suspirando.

—Para darte la oportunidad de ser amable conmigo —respondió ella. Remus pudo escucharla dejando su botiquín de pociones en la mesa de noche—. Veo que no es una opción esta mañana.

—No estoy siendo grosero.

—Y aun así, sigo hablándole a tu espalda —apuntó Lily, sentándose a su lado en la cama. Resopló cuando no obtuvo respuesta alguna—. Remus, te recuerdo que tengo un hijo de quince años. Necesitarás hacer más que ignorarme para deshacerte de mí.

El aludido suspiró, resignado. Sabía que no había forma de ganar contra ella. Se giró con cuidado, tratando de no empeorar las heridas que ya Sirius le había curado.

—Ven, te ayudo —le dijo Lily cuando lo vio tratar de incorporarse.

—Tranquila, yo puedo.

De nuevo, Lily no le hizo caso alguno, y él no pudo quejarse. Fue mucho más fácil sentarse contra la cabecera recibiendo ayuda y con alguien que acomodara las almohadas a su espalda. Trató de no encontrar mirarla de frente para que no tuviera que ver el aspecto terrible que tenía, pero a la pelirroja parecía tenerla sin cuidado.

—Mucho mejor, ¿no? —le dijo ella, esbozando esa sonrisa demasiado brillante que le hacía doler los ojos—. Primero tómate esto, te ayudará con los dolores, y luego esta otra que te dará energía.

—No deberías preocuparte tanto por mí, Lily —replicó Remus, tomando el vaso que ella le ofrecía—. Deberías estar con James.

—No digas tonterías. Él está perfecto —desestimó la pelirroja—. Solo un par de rasguños aquí y allá. Nada a la que no haya sobrevivido antes.

—Entonces ve con Sirius. —Remus sintió que las palabras se le atoraban en la garganta antes de soltarlas—. Fue el que salió peor parado anoche.

—Mar fue a verlo, y James me aseguró que no fue tan grave. Solo la rodilla —respondió ella, dedicándole una mirada tranquilizadora—. También me dijo que te hizo molestar anoche y por eso… En fin, no es tu culpa que sea un imbécil, o que crea que todo es un juego.

—Es así con todo el mundo, yo soy el único que lo hiere de gravedad.

—Pues no porque el resto no quiera…

—Lily —le dijo Remus, dedicándole una mirada significativa.

—Ya, lo siento —se disculpó ella, mirándolo con compasión—. Estas cosas pasan, Remus. Ya lo sabes.

—Por supuesto que lo sé —masculló él, con amargura—. Pasan aunque me tome la poción, por eso ellos deberían dejar que me transforme solo.

—¿Acaso conoces a tus amigos? —preguntó Lily, enarcando una ceja—. Porque no van a dejar que eso ocurra.

Remus suspiró con irritación, sabiendo que ella estaba en lo correcto. Les había asomado esa posibilidad cuando Lily había empezado a prepararle la poción, pero ellos se lo habían tomado como una ofensa personal.

—En otras noticias… —empezó a decir la pelirroja, volviendo a sonreír a la vez que sacaba un trozo de pergamino de su bolsillo—. Tonks envió una nota. Dijo que vendría apenas terminara su guardia en el Ministerio.

Lily lo había dicho para tratar de animarlo, sin prever que tendría la reacción justamente opuesta. El corazón de Remus cayó a su estómago, pesado debido a la culpa.

Las cosas con Tonks se habían enfriado luego de que ella se enfadara por lo de la mansión Malfoy, y como él seguía sin entender qué había hecho mal, sus intentos por arreglarlo habían sido infructuosos. Por eso lo sorprendió que, de pronto, la muchacha quisiera ir a verlo, como si su molestia hubiera desaparecido. Y esa posibilidad habría alegrado su vida un par de días atrás… pero no ese.

Esa vez, Remus no quería que fuera.

—Puedes… ¿puedes decirle que no lo haga? —le pidió él, hundiéndose contra las almohadas—. Por favor.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Lily, atónita.

—Lo haría yo mismo, pero dudo que pueda escribir más de dos palabras.

—Remus, no me molesta para nada enviar una nota por ti —corrigió ella, dejándole saber que no se trataba de eso—. Puedo hacerlo, pero dudo que eso vaya a hacer que deje de venir. ¿Crees que yo dejaría de ir a ver a James si…?

—Nadie es como James y tú, Lily —le cortó Remus, sin poder evitar desesperarse ante la comparación—. Y definitivamente no nosotros.

Ella cerró la boca de golpe, tragándose el resto de su comentario. Soltó un suspiro pesado antes de obligarlo a encontrar su mirada.

—No hagas esto, Remus.

—¿Qué cosa?

—No la apartes de ti —completó Lily, sonriéndole con tristeza—. Tonks te quiere y desea cuidarte, ¿por qué no la dejas?

Remus aguantó la respiración, tratando de no ceder ante las horribles imágenes que inundaban su cabeza en respuesta a esa pregunta.

—Porque esta vez fue Sirius torciéndose la rodilla por ser estúpido —murmuró con desgana—. No quiero que la próxima sea…

—Nunca la lastimarías —lo interrumpió Lily, colocando su mano sobre la de él—. No eres un monstruo, Remus.

La sinceridad en sus palabras no lo hicieron sentir mejor. Remus sabía que ella lo creía, al igual que todos sus amigos. Lo creían de todo corazón.

Pero eso no lo hacía verdad.

—Voy a dormir, Lily —murmuró, dando por terminada la conversación—. Gracias por las pociones.

Ella asintió, entendiendo que no tenía sentido seguir insistiendo. Al menos, por el momento. Lo ayudó a tenderse y tuvo la gentileza de cerrar las cortinas antes de marcharse, pidiendo que los llamara si necesitaba algo. Remus le aseguró que lo haría, aunque ambos sabían que no pasaría.

Una vez solo, hizo su mayor esfuerzo por dormirse. Era la única forma que tenía de desligarse de esa realidad que vivía con él, y de la que no podía escapar.

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A Hannah la avergonzaba pensar en que, antes de que todo con Harry se arruinara, había pasado meses soñando con su primer día de San Valentín. Nunca lo había celebrado de forma romántica, estando con alguien a quien comprarle un regalo y con quien tener una cita. Le había hecho mucha ilusión enterarse de que ese año la fecha coincidiría con la salida a Hogsmeade, y había hecho una cantidad ridícula de planes alrededor de eso. Se había imaginado el día más romántico de todos, uno que compensara las citas inexistentes que habían tenido desde que habían dejado de ser solo amigos.

Desde luego, esos planes se habían evaporado en el aire, junto a todas las ganas que la chica podía haber tenido de cumplirlos junto a él. Ya no tenían cabida, incluso en el nuevo arreglo al que habían llegado, por lo que Hannah había decidido desecharlos. En su lugar, hizo otros arreglos… por completo distintos.

Tomó una profunda respiración por la boca cuando Draco, finalmente, dejó ir sus labios. A pesar de que ella se sentía sin aliento, él no parecía afectado de la misma forma. Sin necesidad de tomar aire, llevó sus besos a la mandíbula de la chica, bajando hacia su cuello. Hannah se estremeció, sintiendo el reguero de saliva que llegaba a sus clavículas. No le daba asco; en momentos así, cuando los besos subían tanto de tono, era en lo último en lo que pensaba. Se estremeció cuando sintió la punta de su lengua detrás de su oreja, jugando allí por un instante antes de tomarla entre sus dientes. Hannah mordió su labio con fuerza, tragándose cualquier ruido delator y vergonzoso que pudiera haber soltado.

—Draco… —jadeó, agitada.

No tenía pensado decir mucho más que eso, pero, aunque lo hubiera hecho, él no la hubiera dejado. Suspiró con gusto cuando volvió a encontrar sus labios, retomando el beso que habían dejado a la mitad un momento atrás. No sabía cuándo se había sentado a horcajadas sobre su regazo, pero estaba disfrutando de la cercanía. Nunca se había sentido tan agradecida por su esquina del cuarto piso como esas últimas semanas.

Dejándose llevar, Hannah enterró las manos en su cabello, sujetándose a él para liberar la tensión en su cuerpo. Sonrió entre besos cuando el chico gimió contra su boca.

Con Harry había aprendido lo mucho que disfrutaba de los besos, pero lo que sentía con Draco era algo totalmente distinto.

Desde el primer día, él la había besado como si fuera lo único que quisiera hacer en el mundo. Como si hubiera pasado una eternidad deseándolo, y no quisiera desperdiciar ni un segundo. La besaba con ganas, lleno de una intensidad que encendía todo dentro de ella. Junto a Draco, la timidez que había sentido al principio con Harry nunca había existido. No se avergonzaba al pensar que, por ejemplo, era el mismo chico que la había visto a los siete años, mudando sus primeros dientes. No se detenía a mitad de un momento especialmente caliente por sentirse apenada, o infantil. Con Draco nada de eso existía.

Quizás, pensaba de vez en cuando, tenía que ver con que nunca había sido tan amiga suya como de Harry. Al menos era la hipótesis que manejaba.

Aun así, seguía teniendo sus límites.

—¡Espera! —exclamó, apartándose de golpe. Respiró hondo y se pasó la lengua por los labios—. No… no podemos…

—¿Por qué? —preguntó Draco, lanzándole una mirada inflamada. Su mano se había detenido en el broche de su sujetador y seguía sin soltarlo.

—Porque… porque nos pueden ver…

—Por favor —resopló, divertido. Y excitado—. En cinco años, ¿has visto aquí a alguien aparte de nosotros?

—No, pero… ya sabes —murmuró ella, tratando de no distraerse por la mano que seguía sin soltar su sostén—. Es… Bueno, supongo que no pasara nada…

—Es lo que yo digo —dijo él, con los ojos brillantes. Aun así, decidió soltarla—. Pero si no quieres…

Hannah sacudió la cabeza y se armó de valor para ella misma meter las manos por su camiseta y deshacerse del sujetador. Lo hizo bajo la mirada atenta del muchacho, que parecía extasiado con sus movimientos. Ella sonrió, tratando de no avergonzarse al saber que sus pezones erguidos se notaban a través de la tela.

—¿Quieres…? ¿Me quito la camisa o…?

—Por mí te lo quitas todo —soltó Draco, haciéndola sonrojar con su sinceridad. Frunció el ceño al pensar en algo—. Pero no quiero que nadie te vea.

—¿No que aquí no venía nadie? —resopló Hannah.

—Prefiero no arriesgarme.

—No es a ti a quien van a ver, tonto.

—De todas formas —respondió él, encogiéndose de hombros. Entrecerró los ojos pensativo, antes de soltar—. ¿Te vas ya?

—¿Cómo?

—Dijiste que ibas a reunirte con tus amiguitos —se burló Draco, haciendo una mueca con la boca—. ¿Vas a ir o qué?

Entonces, Hannah recordó lo que le había dicho cuando se habían encontrado más temprano. No había entrado en detalles, pero sí le había dejado saber que tendría que bajar a Hogsmeade en algún momento. Hermione había citado a Rita Skeeter para que escribiera un artículo sobre Harry, y Hannah, que seguía sin confiar en esa mujer, había querido estar ahí. Se había prometido que estaría un rato con Draco y luego bajaría, no podía llevarle mucho rato… Al final, el tiempo había pasado más rápido de lo que había pensado. Se había perdido entre los besos del chico, que parecía determinado a convencerla de que se quedara.

Se mordió el labio y desvió hacia el ventanal junto a ellos. Si bajaba en ese momento, podría alcanzarlos a tiempo… pero el pensamiento no terminaba de convencerla.

Estaba segura de que podían encargarse sin ella.

—No, no importa —decidió finalmente, volviéndose hacia él—. Estarán bien sin mí.

—¿De verdad? —preguntó, sorprendido.

Ella asintió, segura. No la necesitaban para lo que fuera que iban a hacer. La estaba pasando bien ahí, lo último que quería era bajar y recordar todos los planes que no habían sido.

—Bueno —dijo Draco, sonriendo con satisfacción—. ¿Qué quieres hacer?

Ella estuvo a punto de decirle que podían continuar desde donde se habían quedado, pero antes de hacerlo, se tomó la libertad de mirarlo de arriba abajo. Al hacerlo, su mirada se detuvo, casi por inercia, en el bulto imposible de ignorar en su pantalón. Se sintió sonrojarse, pero no pudo apartar los ojos. En su lugar, soltó una pregunta que se había hecho durante ya un tiempo:

—¿Te duele?

—¿Qué…? Ah —soltó Draco, siguiendo la mirada hacia su erección. Se encogió de hombros, sin darle importancia a su pregunta—. No en la forma que crees. Es… difícil de explicar.

—No, entiendo —le aseguró ella, recordando la punzada que sentía entre las piernas al excitarse.

Se mordisqueó el labio, sin dejar de mirarlo. No se dio cuenta, pero había empezado a flexionar los puños, sintiendo cosquillas en las palmas.

—¿Quieres tocar? —preguntó él, como leyendo sus pensamientos.

—Yo… ¿Puedo?

Draco agrandó los ojos, sorprendido, como si no se hubiese esperado que aceptara. Balbuceó un par de incoherencias antes de componerse y asentir, tratando de aparentar indiferencia. Hannah giró los ojos, pero lo dejó estar.

Acercó la mano, temblorosa. Era muchísimo menos intimidante hacerlo por encima del pantalón —dudaba haber podido de otro modo—, pero aun así le costó decidirse. Cuando por fin lo hizo, dio un respingo ante el gruñido ahogado que soltó el chico. Lo miró, asegurándose que estaba bien, cosa que le confirmó su expresión. Tenía los ojos apretados y la boca entreabierta. Aun con el pulso irregular, Hannah movió la mano de arriba abajo, acariciando la erección que se sentía dura bajo su palma. Draco exhaló y se removió, siguiendo el movimiento irregular que había empezado ella. Presa de sus instintos, Hannah apretó la mano, arrancándole otra exhalación violenta. Repitió su acción, pero se apartó, asustada cuando el chico levantó las caderas hacia ella y soltó un gruñido ronco desde el fondo del pecho.

—¿Estás bien? —preguntó, nerviosa, y con la voz ronca.

Draco, que respiraba con pesadez, tomó una profunda respiración y abrió los ojos para mirarla. Hannah sintió un jalón en la parte baja del vientre.

—Eh, ¿hice algo malo…?

—Merlín, no —soltó él, resoplando—. Fue perfecto.

Ella soltó una risita, entre ofuscada y orgullosa de sí misma, antes de inclinarse sobre él para dejarle un beso sobre la mejilla.

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Grimmauld Place nunca le había parecido tan amenazante. No se lo había parecido cuando era un niño pequeño, cuando aquellas paredes oscuras y altas le parecían salidas de un cuento de terror, ni tampoco siendo adolescente, tras aceptar que, si no escapaba, aquel lugar lo iba a consumir vivo. Había logrado atravesar esas etapas de su vida ocultando lo que esa casa realmente lo hacía sentir, aparentando que lo traía sin cuidado alguno. Desde que tenía memoria, había sido un experto.

Sin embargo, en ese momento, no quedaba ni rastro de esa determinación que una vez había conocido. Con Ophelia ahí, sentada a mitad del salón, no era capaz de fingir que aquel lugar no le ponía los nervios de punta.

—A ver, ¿qué criatura quieres ahora? —le preguntó Tonks a la niña, que le ofreció otra de las tarjetas de seres mágicos con las que estaban jugando—. ¿Otro elfo? Bueno, si tú insistes…

Sirius entornó los ojos al ver a su prima transformar su rostro hasta parecerse al elfo en la tarjeta. Ophelia, por su parte, se echó a reír y aplaudió torpemente antes de girarse hacia él, apuntando a Tonks con su pequeño dedo.

—Sí, ya la vi —respondió Sirius con una sonrisa apretada que trataba de disimular su exasperación—. Encantador.

—No seas odioso —le espetó su prima, volviendo a su rostro normal—. Ella se está divirtiendo y aprendiendo. ¿Soy o no soy la mejor niñera?

—Al llegar casi la dejas caer… de nuevo.

—¡No es cierto! Solo me tropecé —se defendió ella, sonrojándose—. Por favor, no le digas a Mar.

Una mueca de hastío fue suficiente para dejarle saber que no planeaba hacerlo. Después de todo, si alguien necesitaba que lo cubrieran constantemente con Mar, era él.

—¿Por qué no te sientas? Así no te vas a mejorar.

—No necesito sentarme —masculló Sirius de mala gana, ignorando las punzadas de dolor en su rodilla mientras cruzaba el salón apoyándose en la muleta—. Podría hacerlo si estuviera tranquilo en el apartamento y no aquí cuidando que no toque… nada.

—Ella está bien, Sirius. No tienes de qué preocuparte —le aseguró Tonks, ayudando a la niña a acomodar sus tarjetas—. Mira, ni se da cuenta de que está en un lugar extraño.

Aunque quiso, Sirius no encontró la forma de desmentirla. Cuando Mar la había dejado más temprano, Ophelia sí había demostrado curiosidad por el lugar, mirando todo con interés y tratando de alcanzar los objetos brillantes que había encontrado, irritándose un poco cuando Sirius los alejaba lo más posible. Sin embargo, con el pasar de las horas la novedad había ido quedando en el pasado. Como decía Tonks, la niña no parecía alterada por el cambio de ambiente; se había sentado en la alfombra a jugar con los juguetes que su madre le había llevado, tal como lo habría hecho en el apartamento o en casa de James y Lily. Para ella, todo estaba perfecto, pero Sirius no quería confiarse.

Podía esperar cualquier cosa de esa maldita casa.

—Será que se ha juntado mucho contigo y ya quedó tonta.

—No le hagas caso, nos ama —le dijo Tonks a Ophelia, dándole un toquecito en la nariz—. Y lamento tener que abandonarte con él, pero ya debería irme.

—¿Vas a cambiar a mi hija por Remus? Qué falta de prioridades, Tonks.

—Cierra la boca —murmuró Tonks, poniéndose de pie. Suspiró con pesar antes de agregar—: Aunque al menos ella no escapa de mí.

Esa vez, él no hizo ningún comentario sardónico. Solo gruñó, pero más para Remus que para su prima. Se había marchado más temprano, antes de que alguien que pudiera detenerlo se despertara. Sirius lo conocía lo suficiente para saber que pasarían un buen par de días antes de que se dejara ver por alguien; era lo mismo cada vez que uno de sus amigos se lastimaba durante la luna llena. Prefería ocultarse para lamerse en privado las heridas, como si ellos fueran a culparlo de algo.

Sirius se había cansado de esperar que no se comportara como un imbécil, pero, si alguien podía lograrlo, definitivamente era Tonks.

—No te lo tomes personal —le sugirió él, chasqueando la lengua con hastío—. El idiota está escapando de todos.

—Eso no me hace sentir mucho mejor, pero gracias —respondió ella, tratando de sonreír con optimismo—. Bueno, voy a recoger algo de la cocina y me marcho. ¡Relájate! La vas a alterar si te ve nervioso.

—Me relajaré cuando te hayas ido —dijo Sirius, lanzándole una mirada de advertencia—. Te lo ruego no hagas ruido al salir.

Tonks le dedicó una respuesta indignada que él ignoró. No iba a creerle hasta que se marchara y dejara la casa en perfecto silencio.

—Lo siento, no te puedes ir con ella —le dijo a Ophelia, que siguió a Tonks con la mirada hasta que desapareció—. Estás atascada conmigo.

La niña se lo tomó a broma, como casi todo lo que él decía, y siguió distrayéndose con sus juguetes. Sirius suspiró y se movió hacia otro lado del salón; si se quedaba mucho tiempo en un mismo sitio, la rodilla no tardaba en reclamarle. Pensó en sentarse, como todo el mundo le había dicho, pero no accedió. Necesitaba llegar rápido con la niña en caso de que algo ocurriera.

No quería pensar que había sido una mala idea, no sabiendo que no había tenido otra opción. No había querido que Mar pensara que estaba escaqueándose otra vez, en especial porque, honestamente, no quería hacerlo. Por supuesto que deseaba mantenerla contenta y demostrarle a todos que estaba en perfectas condiciones, pero eso no significaba que quisiera perder el tiempo que tenía con Ophelia. Antes del acuerdo al que había llegado con Mar, Sirius se había acostumbrado a que podía verla cada vez que se le antojara, por lo que perderse uno o dos días no le parecían mayor cosa. Eso, desde luego, había cambiado.

Desde hacía un par de meses que estaba valorando de verdad el tiempo que pasaba con su hija. Además, había empezado a notar como, poco a poco, Ophelia volvía a acostumbrarse a su presencia constante, y no quería perder ese progreso. Lo último que deseaba era volver a ser un extraño en su vida.

Recordaba todo eso y trataba de asegurarse de que llevarla a Grimmauld Place valía la pena. Pero convencerse le estaba costando más de lo que había esperado.

—Permiso…

—¿Por qué mierda tienes que ser tan sigiloso? —espetó Sirius, exasperado, girándose hacia el recién llegado—. Me das grima.

—No a todos nos gusta anunciarnos con gritos antes de entrar a una habitación —respondió Regulus, entornando los ojos—. ¿Cómo vas?

—Pues excelente, como siempre.

—Me alegro —murmuró su hermano, caminando hacia el escritorio. Lo miró de reojo antes de preguntar, como quien no quiere la cosa—: ¿No deberías sentarte un rato?

—¿No deberías meterte donde te llamen? —replicó Sirius de mala gana, frunciendo el ceño al ver a Ophelia gatear hacia Regulus—. Lárgate ya. La estábamos pasando en grande hasta que llegaste a husmear.

—No te preocupes, no pensaba unirme a sus juegos —murmuró con ironía, sacando algo de una gaveta con llave—. Tengo que salir.

—No íbamos a pedirte que te quedaras —señaló Sirius, poniendo la muleta frente a la niña para impedir que siguiera avanzando—. ¿A dónde mierda vas?

—¿Tú sí puedes meterte donde no te llaman? —preguntó Regulus, suspirando con paciencia.

—Por supuesto —respondió Sirius, entrecerrando los ojos. Había reconocido el diario que le idiota de Peter había recogido de la Mansión Malfoy—. En especial si te llevas esa mierda contigo.

—Voy a llevárselo a Dumbledore.

—¿Por qué? ¿Qué descubriste?

—Necesito hablar con Dumbledore primero.

—Deja de hacerte el imbécil. No se lo llevarías si no tuvieras algo que decirle —resopló Sirius, irritado—. ¿Descubriste algo?

—Sí —respondió Regulus, sabiendo que no lo dejaría en paz si no se lo decía—. Creo que puede servirles.

—¿Para qué?

—No puedo decirte.

—¡No me…! —Sirius iba a gritarle cualquier grosería, pero los balbuceos de Ophelia a sus pies lo obligaron a respirar hondo antes de hablar—. Si puede servirnos, ¿por qué no nos cuentas de una vez?

—Porque necesito asegurarme de que mis sospechas son reales —se limitó a responder Sirius, caminando hacia la puerta—. Y tu boca es demasiado grande.

Sirius lo asesinó con la mirada, pero antes de que pudiera responderle, Regulus aprovechó que tenía más movilidad y salió del salón.

—Maldito imbécil —masculló, enfadado—. ¡Ven acá o…!

El resto de su amenaza quedó en el aire. De un segundo a otro, olvidó la molestia con su hermano, como si no hubiera existido. El ruido brusco en el vestíbulo, justo antes de la voz de Tonks, desvió por completo su atención.

—¡AY, NO! Sirius, lo sien…

¡Escoria! ¡Mestiza asquerosa! —gritó el retrato de su madre, opacando la voz de la chica—.¡Vete de mi casa tú y toda tu…!

Sirius maldijo por lo bajo a la vez que sacaba su varita, tan rápido como pudo. Lanzó un hechizo silenciador alrededor del salón que logró callar la voz, pero el ambiente calmado ya se había roto. Con la respiración pesada y el corazón a todo dar, bajó la mirada hacia Ophelia.

No estaba seguro de que había esperado encontrar. Quizás que se echara a llorar, aterrada, y que no se callara hasta que la sacara de ese lugar del infierno. Quizás pensó que escuchar a su madre le bastaría para convertirse en una versión miniatura de él: dañada de por vida. Había esperado todo eso, y cosas peores, por eso, le costó reaccionar a lo que encontró.

Ophelia no había hecho ruido alguno, solo se había quedado quieta en su lugar en el suelo, junto a él. Mirándolo. No estaba llorando, ni tampoco lucía asustada. Solo lo miraba fijamente, con esos ojos grises y enormes que lo amenazaban con leer cada pequeña parte de su interior. Lo veía… expectante, como a la espera de su reacción. Parecía aguardar a que él le dijera qué debía sentir, que luciera nervioso o preocupado… que la hiciera saber si estaban en peligro.

Sirius se sentía incómodo ante tanto poder, pero, si estaba en lo correcto, no pensaba arruinarlo. Se aclaró la garganta e hizo un esfuerzo por esbozar su mejor sonrisa. Brillante, bromista y libre de preocupaciones.

—No me veas así. Yo no tengo la culpa de que eso sea tu abuela —bromeó, con una mueca de asco exagerada—. Te hace apreciar más a tu madre, ¿no?

Al percibir el tono tranquilo en su voz, Ophelia soltó una risa cantarina, eliminando de golpe la tensión que se había creado en el salón. Sirius miró con los ojos agrandados como ella volvía a gatear hacia sus juguetes, retomando el juego como si nada hubiera pasado. Resopló, incrédulo, antes de soltar una carcajada llena de alivio.

No había sido tan horrible como había temido.

Sacudió la cabeza y, finalmente, se sentó en el suelo junto a ella. Su rodilla dañada se lo agradeció.

—Eso, sigue en lo tuyo, peque —le dijo, mirándola sin perder la sonrisa—. Todo está bien… yo estoy aquí.

.


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Tonks no logró hablar con Remus ese día. Ni el día después de ese, ni el que siguió. Pasó casi toda la semana posterior a la luna llena tratando de dar con él, y fallando estrepitosamente. Ella se negaba a rendirse, a pesar de todas las señales que continuaba recibiendo. No se había rendido cuando él se había negado a abrirle la puerta de la habitación donde descansaba en Grimmauld Place, ni tampoco cuando se había marchado al día siguiente, huyendo de todos. Huyendo de ella.

Seguía enfadada por lo de la Mansión Malfoy, eso no había cambiado, en especial cuando él seguía sin comprender su punto. Se había hecho la difícil por un par de días, dejándolo que entendiera cuál había sido su error y que encontrara la forma de repararlo. De más estaba decir que empezaba a arrepentirse de haber empleado esa táctica. Ante sus desplantes, no podía evitar preguntarse si se le había ido la mano, si en su intento por darle más forma a lo que tenían, había terminado apartándolo.

Ideas como esa y otras más creativas iban y venían dentro de su cabeza, atormentándola día tras día.

No quería rendirse, los sentimientos que albergaba por él no se lo permitían, pero todo el rechazo, ese silencio ensordecedor que creaba su ausencia, empezaban a debilitar su voluntad. Tonks era fuerte, sabía que lo era, y siempre se había sentido capaz de alcanzar las metas que se propusiera. Había crecido creyendo que, si se esforzaba lo suficiente, podría lograr cualquier cosa.

Con Remus, esa creencia estaba resultando inservible.

Respiró hondo cuando, por enésima vez, se apareció en la calle frente a su apartamento. No la había recibido en esos días, y nada le decía que fuera a hacerlo esa noche, pero tenía que intentarlo. No iba a librarse tan fácil de ella. Trató de ignorar el presentimiento amargo que le rasgaba el pecho y le decía que lo mejor sería que lo dejara estar, al menos, por el momento. Ya tendrían tiempo para hablar, cuando él se sintiera mejor y no pareciera tan reacio a verla. Tonks no se conformó con eso, una relación en la que no pudiera estar cuando la necesitaran no era lo que deseaba tener, mucho menos con Remus.

Quería estar para él en sus peores días. En todos sus días. Y no saber cómo hacérselo entender la estaba volviendo loca.

—Remus —lo llamó, con la voz temblorosa, tras tocar el timbre—. Sé que estás ahí, por favor ábreme.

De nuevo, no obtuvo respuesta alguna. Su corazón se encogió, a pesar de que no era una sorpresa.

—Remus, esta vez no me iré hasta que abras —insistió, aporreando la puerta con el puño—. Tendrás que explicarle a Ojoloco porqué me dejaste esperando desprotegida, ¿quieres eso? ¿Ah? Porque ya está molesto con Sirius, así que…

Se calló en seco cuando escuchó movimiento adentro. Pegó el oído a la puerta, queriendo asegurarse de que no estaba perdiendo la cabeza definitivamente. Supo que no era así cuando reconoció el sonido de pasos acercándose.

Dio un salto hacia atrás en el mismo momento que él abría.

Una oleada de sentimientos contradictorios se apoderaron de ella al verlo. Por un lado, estaba aliviada, claramente, pero Remus lucía tan débil y decaído que no le duró mucho. También estaba enfada, porque, de haber hecho eso antes, le habría ahorrado días interminables de incertidumbre.

—Entra —le dijo Remus, sin encontrar su mirada. Aun así, ella notó que estaba pálido y tenía ojeras bajo los ojos—. No queremos que Ojoloco se enfade.

—Pues muchas gracias —respondió Tonks con ironía, cerrando la puerta tras de ella—. Pensé que me ibas a dejar afuera esperando. De nuevo.

—Yo… Lo siento —murmuró Remus, apenado—. No era mi intención.

—¿Entonces por qué lo hiciste? —preguntó ella, yendo al grano. No tenía energías para estarse con rodeos—. ¡He estado viniendo durante días, Remus! ¿Crees que es divertido pararme afuera a esperar como una tonta?

Él no le respondió de inmediato, se limitó a encogerse en sí mismo, soltando un suspiro profundo. Parecía que le costaba estar de pie, por lo que Tonks estuvo a punto de pedirle que se sentaran. Remus habló antes de que tuviera la oportunidad.

—Debió ser bastante molesto. Lo siento —repitió, sonando sincero, aunque sin mirarla—. De verdad.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella, ignorando sus disculpas—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.

—Lo estoy. No tenías por qué preocuparte.

—Pero lo hice… Lo hago. No puedo solo no preocuparme por ti —le informó ella con firmeza—. Me hubiera gustado estar ahí la mañana después de…

—No hizo falta —le cortó Remus, tensándose ante el comentario—. Además, yo… Te lo he dicho antes. No me gusta que me veas así.

—A mí no me importa.

—Pero no es tu decisión, ¿de acuerdo? —Esa vez, sus palabras salieron con más frialdad. Suspiró y subió la mirada, finalmente—. Es mía.

Tonks tragó saliva, tratando de apartar el miedo que se había aferrado a su estómago. Había algo tras sus palabras que le había dejado una sensación desagradable en el cuerpo.

—¿Qué me estás diciendo, Remus? —preguntó, tratando de que no le temblara la voz—. Sé claro, por favor.

En su interior, supo lo que iba a decir antes de que lo dijera, pero, aun así, se tomó sus segundos de silencio para rogar estar equivocada, para pedir que le dijera otra cosa. Que no echara todo por la borda… que no le rompiera el corazón.

Esa noche, no había nadie escuchándola.

—No puedo hacer esto, Tonks —murmuró él, casi para sí mismo—. No tiene sentido.

—¿Cómo que…? ¡Claro que lo tiene! —exclamó ella, desesperada. Sentía el corazón latiendo a todo lo que daba—. Este mes que… Todo lo que ha pasado desde navidad tiene sentido para mí.

—Eso no fue real —respondió Remus, sin tener idea de la puñada que eso había significado para la muchacha—. Yo no soy esa persona que… No puedo ser lo que tú quieres.

—Eres justo lo que quiero —afirmó Tonks, levantando la barbilla con toda la firmeza que pudo. Empezaba a sentir humedad en los ojos—. Y no te atrevas a decirme que me equivoco. Soy una mujer adulta, Remus, puedo tomar este tipo de decisiones. Entiendo lo que eres, y no me da miedo.

—No puedo darte una vida decente, la que vida que te mereces no… no la encontrarás conmigo. Todos lo que tus padres dicen es verdad. Soy muy viejo para ti, no tengo dinero…

—¡NO ME IMPORTA NADA DE ESO! —gritó Tonks, dándose cuenta de que las lágrimas ya se habían desbordado—. Yo te quiero así. Justo así.

Dio un paso hacia él, pero Remus dio otro hacia atrás, alejándose. Tonks sorbió por la nariz, sintiendo como su corazón seguía encogiéndose de dolor.

—¿Por qué no puedes entenderlo? —preguntó, abatida.

—Porque no es correcto…

—Remus… —Ella tomó aire, tratando de calmarse antes de preguntar—: ¿Tú me quieres? ¿O sientes algo por mí que vaya más allá de la amistad?

Él volvió a desviar la mirada, sin responder. No hizo falta que lo hiciera, ella ya había leído la respuesta en su expresión, y aunque era justo lo que quería escuchar, no se sintió mejor.

De hecho, estaba segura de que eso lo empeoraba todo.

—Me importas, Tonks. No te imaginas… —Remus se calló a mitad de la oración, cuando su voz estuvo por fallarle—. Y porque me importas es que hago esto. Quiero que estés a salvo, que seas feliz. No me perdonaría ser quien te impida esas cosas.

Ella soltó una risita irónica que se mezcló con un sollozo. Sentía que iba a ahogarse de frustración. Y de tristeza.

—Sabes, Remus, siempre has sido una de las personas más inteligentes que conozco —le confesó, sin dejar de llorar—. Pero a veces eres simplemente tonto.

Se dio media vuelta y salió del apartamento con un portazo, sin esperar su respuesta. Por esa noche, no quería escucharlo más.

Sus miedos ya le habían hecho suficiente daño.

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¡HOLA, MIS AMORES!

No, no me morí. No, la cuarentena no ha podido conmigo. Estoy bien y he regresado. Pensaba que iba a empezar esta nota preguntando si quedaba alguien esperándome, pero he estado recibiendo sus reviews y comentarios en Twitter, y me quedó muy claro que siguen ahí. Así que lo mejor será empezar dándoles las gracias, por esperar y por seguir pendiente de este fic, a pesar de la tardanza. También les quiero pedir disculpas por estos largos meses de abandono, que espero sepan perdonar.

No los aburriré con las excusas, pero estuve enfocada en terminar un par de novelas —no hay contrato editorial todavía, pero seguimos en la lucha—, y, especialmente, en terminar mi carrera. Este último objetivo se logró, así que entenderán que valió la pena mi desaparición jeje.

En fin, es mi deber decirles que esta historia está entrando en su recta final. No sé exactamente cuánto nos queda, pero voy a tratar de sacar un capítulo mensual para terminar antes de que se acabe el año. Ya veremos como va este plan, esperemos que bien jajajaja.

Bueno, me despido por ahora, deseando que hayan disfrutado del capítulo. ¡GRACIAS inmensas por seguir ahí! Les repito que esta historia no quedara inconclusa, voy a terminarla cueste lo que me cueste, y eso se los aseguro. Quiero darle gracias especiales a mi hermosa y amada Naza, quien ama este fic con todo su corazón y siempre me da ánimos para que siga escribiéndolo. La he nombrado productora ejecutiva porque sin ella esto quizás no seguiría existiendo.

¡Les mando un beso enorme y un abrazo! Cuídense mucho, en especial en estas circunstancias, respeten la cuarentena y tratense bonito. Los quiero, bye.