La historia es una adaptación del libro Until It Fades de K. A. Tucker y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
Capitulo 24
Me lleva tres segundos recordar que estoy en la cama de Emmett.
Y otros dos para darme cuenta de que Brenna no está a mi lado.
Son las siete de la mañana. Le gusta ver dibujos tan pronto como se levanta. En casa, puede encender la televisión ella misma, pero la configuración de Emmett es más complicada que la nuestra. Lo intentará, por supuesto, porque es terca. Comenzará a apretar los botones hasta que algo funcione o la pantalla esté llena de ruidosa estática y despierte a Emmett y a Carlise, y…
Tiro la sábana de mi cuerpo y bajo las escaleras para recuperarla antes de que mi imaginación se convierta en realidad.
No escucho nada al principio, lo que me pone un poco más que nerviosa. Ella suele ser bastante buena sobre no meterse en las cosas, pero tiene solo cinco años. Desde el fondo de las escaleras, veo la puerta del dormitorio de Emmett abierta.
—…Pero todo lo que hace es cambiar su ropa y ponerse gafas.
¿Cómo es que la gente no puede reconocerlo?
Le doy un empujón a la puerta y se abre.
Brenna está sentada con las piernas cruzadas a los pies de la cama de Emmett, viendo una caricatura de Superman en la pantalla plana fijada a la pared. Mientras tanto, Emmett está acostado en la cama, con su pierna enyesada sin sábanas y apoyado en una almohada, con su muslo musculoso a la vista.
—Hola —dice con una voz suave y gutural.
—Buenos días. —Hago todo lo posible para no fijarme en su pecho desnudo.
Pero fallo miserablemente.
Sin embargo, no soy la única que mira fijamente. Los ojos de Emmett se dirigen a mis piernas desnudas antes de encontrarse con mi cara. —Ella hace muchas preguntas a primera hora de la mañana, ¿no?
—Lo dice con una sonrisa, pero no puedo evitar sentirme mal.
—Brenna, por favor, dime que no despertaste a Emmett.
—Ya estaba despierto —me asegura él.
—Entonces, ¿por qué tenías los ojos cerrados? —La atención de Brenna sigue pegada a la televisión.
—Estoy tratando de ayudarte, pequeña. Trabaja conmigo. —Se ríe entre dientes—. Llegó hace unos quince minutos para preguntarme cómo usar la televisión en la sala de estar. Es demasiado complicado de explicar, así que le dije que podría verla aquí hasta que mis analgésicos entraran en acción y pueda intentar levantarme.
Una rápida mirada a su mesita de noche y veo la pequeña botella de píldoras.
Acaricia el lugar a su lado en la cama. —Estamos viendo Superman.
Después de un momento de vacilación, me siento a su lado, alisando el dobladillo de su camisa. —¿Cómo has dormido?
—Bien. Y no tanto. —Sus labios, que lucen rojos y agrietados como siento los míos, se curvan con una sonrisa.
—Ya sé lo que quieres decir. Me quedé en la cama durante otra hora anoche, mirando el techo.
Roba un vistazo en dirección a Brenna para asegurarse de que está enfrente de la televisión, y luego asiente, y dice: —Ven aquí. —Le doy un vistazo a Brenna y después me inclino para darle un casto pero aun decididamente íntimo beso de la mañana.
Sonríe. —¿Qué pasa con esa mirada?
—Nada. —Esto todavía no se siente real
Todavía estoy esperando despertar.
O que Emmett se despierte.
Brenna se echa a reír y me retiro automáticamente. Pero no nos está mirando; sus ojos están pegados a la caricatura.
Aun así… no podemos hacer esto ahora Me distraigo explorando la habitación de Emmett, esperando ver lo que estaba demasiado ocupada para notar anoche, para aprender algo sobre él que no haya sido ya cubierto por las noticias. —¿Te gusta leer?
Sigue mi mirada al libro de bolsillo posado en la mesilla de noche.
—Paso por fases, pero sí.
—¿Qué es eso…? —Frunzo el ceño mientras miro la portada— ¿Un dragón?
—Sí.
—¿De verdad? —No puedo excluir la incredulidad de mi voz.
Se ríe entre dientes. —Lo dices como si fuera algo malo.
—No, no te imagino con ese tipo de libros. —Nunca he leído uno, pero recuerdo a los chicos socialmente torpes de la escuela secundaria sentados alrededor de una mesa en el almuerzo, planeando su fin de semana jugando a Calabozos y Dragones. Eso fue más que suficiente para mí para emitir un juicio en ese momento.
Deja caer su voz a un susurro, aunque puedo garantizar que
Brenna no está escuchando. —Si te hace sentir mejor, tengo algunos Sports Illustrateds y Playboys en la mesita de noche.
—Por los artículos, ¿verdad?
Una sonrisa retuerce sus labios. —Ni siquiera un poquito.
—Se supone que debes mentir sobre eso.
Se estira para apartar unos pocos mechones de mi frente, y una
expresión sombría reemplaza su diversión. —No voy a mentirte.
—¿Ni siquiera sobre mirar fotos de mujeres semidesnudas? —A
quienes probablemente podría tener en la vida real, dado quien es.
—Sobre nada. —Fija su mirada en mí, sin vacilar en ningún momento. Nunca he conocido a un tipo tan decidido a mantener la honestidad. Es casi desconcertante.
Soy la primera en apartar esa mirada fija. —Entonces, ¿qué más
haces cuando no estás en el hielo o lees sobre dragones?
Frunce un poco el ceño mientras piensa en esa pregunta un poco.
—Bueno, juego al golf en los veranos. Paso tiempo con mis amigos, más que nada, bebiendo cerveza y tratando de vencernos unos a otros en un videojuego u otro. Tomo un vuelo para ver a mi familia siempre que pueda, ayudo a enseñar a los niños a patinar. Pero el hockey ha sido mi vida durante… toda mi vida. Me levantaba y me ponía mis patines antes de que saliera el sol y salía a la pista de patinaje del patio trasero con mis amigos antes de la escuela. Después de la escuela, mi padre se sentaba en la red durante horas, dejándome lanzarle discos. Teníamos una gran pista de asfalto, como una cancha de tenis, excepto que era específicamente para mí, para que pudiera jugar ahí cuando hacía demasiado calor para el hielo. He querido jugar profesionalmente desde que tengo memoria. Es todo lo que siempre he querido hacer.
—Guau… eso es… dedicación.
Sonríe, pero está teñido de tristeza. —Es un montón de sacrificio.
La gente no se da cuenta de lo duro que he trabajado para llegar a este nivel. Fines de semana conduciendo a arenas a horas de distancia de casa para los torneos. Prácticas a las seis de la mañana entre semana. Planificar las vacaciones en torno a mi horario de juego. —Ríe entre dientes suavemente—. Dios, mi hermana se enfadaba mucho cuando no podíamos ir a algún sitio porque yo tenía hockey.
Recuerdo que Seth pasaba mucho tiempo jugando al hockey sobre hielo en la calle, y mi padre se iba con él durante horas los fines de semana para ir a los partidos en algún lugar. Pero no eran tan dedicados como Emmett y su padre. Tal vez eso es porque mi padre no se daba el lujo de no trabajar y nuestro patio no era lo suficientemente grande para una pista de patinaje.
Ciertamente no planeamos las vacaciones familiares en torno a un horario de hockey. Para empezar, apenas tomamos vacaciones familiares.
Por lo que parece, Emmett ha vivido, respirado y dormido por este
deporte toda su vida.
Lo que hace que su lesión sea aún más devastadora. Me duele el
corazón por él. Le doy un suave beso en la clavícula pero no digo nada.
Sonríe, sin embargo, tal vez notando la simpatía en mis ojos.
—¿Sabes, lo que dijiste anoche? Que mi papá preferiría sentarse en el sofá y ver un partido conmigo que no tenerme... tienes razón. Y arriesgaste tu vida por mí. Te debo a ti el enfocarme en el panorama general aquí.
—No me debes nada. Simplemente enfócate en mejorar. —Acaricio con mi pulgar su hombro suavemente, mis dedos picando por tocar su pecho—. Vamos a mantenernos optimistas.
—Estoy tratando. —Se vuelve para estudiarme, la vulnerabilidad y el miedo en sus ojos—. Nunca he pensado mucho en la vida después del hockey. ¿Eso me hace un idiota?
—No, te hace apasionarte por tus sueños y vivir en el momento.
Gruñe. —O simplemente un idiota privilegiado que nunca tuve
que preocuparme por mi futuro.
—O tal vez eso —bromeo, pero lo suavizo con otro beso robado
contra su clavícula, mis labios se demoran un momento más esta vez— ¿Nunca has pensado en el retiro? —Incluso los mejores jugadores tienen que colgar sus patines con el tiempo.
—En realidad no. Bueno, me imaginé que estaría entrenando. Y
enseñando a mis propios hijos a jugar, por supuesto. Pero más allá de
eso…
Mi estómago revolotea ante la idea de Emmett con sus propios hijos.
De que sea padre. Apuesto a que será un gran padre algún día.
Me doy cuenta de que me está sonriendo.
—¿Qué?
—Es muy fácil hablar contigo.
El sonido de las ollas y sartenes chocando finalmente atrae la atención de Brenna de la caricatura. Inhala. —¿Qué es ese olor? ¿Son gofres?
—No solo gofres. Los mejores gofres del mundo.
—¿Mejores que los de Harry? —Los ojos de Brenna se abren de
par en par en la cama.
—Oh sí. Definitivamente mejor que los de Harry. —Emmett asiente,
con su cara seria.
Ella salta y sale por la puerta hacia la cocina
—¿Quién es Harry?
Me río. —El cocinero de Diamonds, y cuando ella le cuente que dijiste eso, te pondrán en la lista negra de la cafetería.
—¿Antes de conocerme?
—Él toma su cocina muy en serio.
—Puff. —Emmett no pierde el tiempo deslizando su brazo debajo de mí para arrastrarme encima, sobre su pecho caliente y desnudo. Sus dedos se entrelazan en mi cabello para agarrarme la cabeza, y luego me besa. No es un beso casto, como antes. Me besa como si estuviera a dos segundos de quitarme la camiseta del cuerpo, agarrando el algodón en un puño con su mano libre hasta que se desliza para acomodarse alrededor de mi cintura y mis bragas se presionan contra su cadera.
Las suaves pisadas que corren por la madera dura son la única advertencia que recibimos, pero nos las arreglamos para romper el beso justo antes de que Brenna esté en la puerta. —¡Él está haciendo crema batida también! —anuncia con un grito emocionado.
—Te dejará lamer los batidores si le ayudas. ¡Pero es mejor que vayas, rápido! —El corazón de Emmett está golpeando mi pecho.
Brenna estrecha su mirada hacia nosotros, a mí encima de él.
—¿Qué están haciendo?
—Tu mamá me estaba ayudando a tomar mi medicina.
—¿Has tenido que tomar más?
—Sip.
—Oh. —Abre la boca para preguntar algo más, pero el sonido de los batidores la distrae y se va corriendo.
—Buena recuperación —le digo.
—En realidad, estoy impresionado conmigo mismo.
—Volverá en unos treinta segundos.
Gime, sus brazos relajando su agarre sobre mí. —Supongo que es hora de levantarse, entonces.
Con gran reticencia, me despego de Emmett y me levanto de la cama, preparándole sus muletas.
Se levanta lentamente y con la mala arrugada, luego ajusta sus calzoncillos boxers en la ingle donde se aferran y muestran lo suficiente como para que mi sangre se acelere.
Sonríe juguetonamente. —No puedo creer que me hayas dejado así anoche.
—Podría haber sido mucho peor. —Podría haber estado casi hasta el final… Mis labios se separan al pensar en el orgasmo de Emmett
Él maldice suavemente, siguiendo mi línea de pensamiento. Un chispazo travieso aparece en sus ojos mientras se cierne sobre mí.
—¿Me devuelves mi camisa? —Agarra el dobladillo y comienza a
levantarlo.
—¡Oye! —Me salgo de su alcance, riendo mientras golpeo su mano juguetonamente, ganando su risita suave.
—Voy a darme una ducha rápida. ¿Podrías bajar una de arriba y
dejarla en la cama? Me he quedado sin ropa limpia.
—Por supuesto. —Me maravillo por la forma en que los músculos de su espalda y hombros se tensan con cada paso que da hacia el cuarto de baño contiguo, incapaz de imaginar lo que se sentiría si ese cuerpo se estrellara contra mí en una pista de hielo, con almohadillas o no—. ¿Necesitas mi ayuda allí?
Se detiene y, después de un momento, comienza a reír, bajo, suave y lleno de significado. Volviéndose, me da una buena vista de él: las líneas duras de su estómago, la forma en que sus caderas se cortan en una V, la forma en que sus calzoncillos se extienden con una erección en su interior. —Probablemente sea mejor que te quedes aquí.
Imagino a un Emmett desnudo parado en la ducha, y siento que me ruborizo furiosamente.
Su risa me sigue por la puerta mientras corro por las escaleras, sacudiendo mi cabeza todo el camino. Tal vez uno de estos días, Emmett no será capaz de agitarme tan fácilmente.
Pruebo mi zumo de naranja y observo en silencio a Carlise holgazanear por la cocina y preparar el desayuno. Intenté ayudar más temprano, pero él me mandó lejos.
—Entonces, ¿he oído decir que eras ayudante de escena cuando conociste a Esme?
—Así es. —Carlise se seca las manos en la toalla de té y luego vuelve a dirigir la atención hacia la plancha de gofres—. Comencé a trabajar en escenarios pequeños. Ya sabes, para anuncios de televisión, campañas publicitarias, cosas así. No es exactamente emocionante, pero era un pie en la puerta. Y luego un amigo de otro me enganchó con una compañía de producción, y eso fue todo. Estuve allí durante casi tres años. —Sonríe cariñosamente—. Me encantó.
—Pero lo dejaste por Esme.
—Y los chicos. Sí. —Suspira, probando los bordes de la masa con
un tenedor, frunciendo un poco el ceño—. Pensé que volvería en algún momento. Pero los papeles de Esme no dejaban de hacerse más importantes, seguimos ocupándonos más. Pensé que uno de los padres en la industria cinematográfica era suficiente. —Su mirada se desliza hacia la sala de estar, donde Brenna se sienta en silencio en el sofá, sus ojos pegados a un dibujo animado, un batidor en su mano—. ¿Cómo va eso allá, Brenna?
—Todavía no he terminado.
Él se ríe entre dientes. —Irina era así. Siempre bromeaba con que ella lamería el cromado.
Estudio una mancha de pulpa de naranja asentada en el borde de mi vaso por un momento, decidiendo cómo hacer mi pregunta más importante. —¿Cómo aprendiste a manejar las partes locas? Ya sabes, las cámaras y los periódicos, los chismes.
No responde enseguida. —No diría que he aprendido a tratar con
ellos. Más bien aprendí a ignorarlos. Sabía que, si dejaba que ellos me afectaran, Esme y yo no duraríamos. —Por un momento, sus ojos grises parpadean hacia mí, donde permanezco sentada en un taburete, luego se agacha para colocar el gofre en la placa del horno con los otros— ¿Estás teniendo dificultades con esas cosas?
Siento que ya sabe la respuesta a eso, pero está preguntando de
esa manera que lo hacen los padres, fingiendo estar desorientados para que sus hijos se abran. —Ha sido agradable y tranquilo últimamente, pero, sí. Fue abrumador después del accidente.
—Eso fue en el apogeo de la historia. Se pondrá mejor.
¿Lo harán una vez que descubran que Emmett y yo estamos juntos?
Empujo esa preocupación a un lado. —¿Fueron crueles contigo?
—Tuvimos nuestra parte, más cuando Esme era más joven. Principalmente rumores de aventuras. Un compañero guapo con el que Esme filmaba una película en Tailandia, un guardaespaldas… Pero si hay algo con lo que puedo contar con mi esposa, es su firme creencia en ser siempre honesta. Sabía que si ella pensaba que algo podría suceder, se sentaría y hablaría sinceramente conmigo al respecto. Es una de las cosas que más amo de ella. Es una de las cosas que nos ha mantenido cuerdos. También hemos inculcado la importancia de la honestidad a nuestros hijos.
Lo he notado.
Carlise está sacando tazones de la nevera, haciendo preparativos de última hora. —Tienes que recordar que Emmett ha crecido conociendo ese mundo. Claro, lo protegimos de gran parte de él, pero la idea de un detalle de seguridad y de que la gente se interese por nuestras vidas no es algo fuera de lo común para él. He tenido que recordarle que para ti sí lo es. Además, la forma en que se conocieron iba a provocar una conmoción desde el primer día. Al menos Esme y yo podríamos salir en relativa paz. Ustedes dos lo tienen más difícil.
Trato de ocultar mi sonrisa. ¿Qué le ha dicho Emmett? Sé que son unidos, pero la idea de que tenga una conversación con su padre sobre nuestra relación me hace sentir cálida por dentro.
Carlise abre la boca, pero se detiene por un momento, sus ojos
parpadean hacia el pasillo. —Solo recuerda que no estás sola en nada de esto. Tienes mucha gente que se preocupa por ti. Incluyendo a tu familia. Y verás que puedes lidiar con mucho más de lo que te das cuenta. —Hace una pausa—. Si decides que vale la pena. No hay duda en mi mente de que Emmett vale la pena.
¿Pero siempre valdrá la pena para él?
—¿Alguna vez te has preguntado por qué tú? Digo… no estoy diciendo que haya nada malo en ti, pero… —Tropiezo con mis palabras.
Su sonrisa consciente me tranquiliza. —Me quedé estupefacto la
primera vez que Esme me invitó a tomar un café. Estaba seguro de que los chicos del trabajo la habían convencido de que me hiciera una broma.
—¿Pero fuiste?
—Diablos, claro que sí. ¡Era Esme Pratt! No iba a dejar pasar esa oportunidad, aunque terminara conmigo atado desnudo a un palo en medio del centro de Toronto. —Se ríe entre dientes—. Todavía me sorprendo preguntándome si finalmente se despertará y reconsiderará, incluso veintiocho años después.
Miro tranquilamente mientras Carlise vuelca la masa sobre la plancha de gofres, admirando esa manera fácil y relajada de ser.
—Esme no es como mucha gente que conocemos en su industria.
Ama su trabajo y lleva bien el juego, pero nunca escogerá la fama y la riqueza sobre la familia. Creo que nuestros hijos también lo saben bien. Emmett, sobre todo. Por supuesto, hasta ahora ha puesto todo su enfoque en su carrera. Pero eso está cambiando, rápido.
—¿Crees que volverá a jugar?
La boca de Carlise se curva con el ceño fruncido. —Sí, lo creo.
¿Como antes? Eso aún está por verse. Pero es un luchador y no se rinde con facilidad. —Con una sacudida casual de la cuchara sucia en el fregadero, agrega—: Y no estoy hablando solo del hockey.
—¿Ya está listo el desayono? —Brenna salta a la cocina, con un batidor pulido y lleno de saliva colgando de las yemas de sus dedos, interrumpiendo nuestra conversación.
—Desayuno —la corrijo.
—Eso es lo que dije. Me estoy muriendo de hambre.
—Bueno, has estado esperando un rato. Y con tanta paciencia. — Carlise saca un gofre del horno y lo pone en un plato.
—¿Puedo tener crema batida extra?
Los ojos de Carlise destellan hacia mí y yo asiento.
—Bien… tal vez solo esta vez. —Le guiña un ojo.
Emmett entra por el pasillo hacia nosotros, recién duchado y vestido con la camiseta y los pantalones de chándal que le llevé.
Ojalá también me hubiera duchado, o al menos hubiera tenido un cambio de ropa. Hice mi mejor esfuerzo para refrescarme, limpiando manchas de sombra de ojos, de delineador con mi dedo pulgar y peinándome el pelo.
Se detiene junto a mí, su mano se pone en la parte baja de mi
espalda mientras se inclina hacia mí. —Gracias por la ropa —murmura, dejando un suave beso en mi boca.
—Por nada. —Sí, este momento aquí valdría todo el caos que hay.
Cuando se aleja, encuentro a Brenna mirándonos fijamente, con
una mirada ancha y curiosa en sus ojos.
Nunca ha visto a un hombre besándome en los labios.
Me salvo de cualquier pregunta incómoda cuando Carlise pone un plato para ella que dudo incluso Emmett pueda terminar.
—¿Entonces? ¿Cómo estuvieron?
—No tan buenos como los de Harry, pero bien. —Brenna se va hacia el sofá.
Le doy una sonrisa de disculpa a Carlise, pero él está sonriendo
mientras alcanza su plato.
—Espera, déjame limpiar. —Me muevo para salir de mi silla, pero él me lleva de regreso.
—¡Termina de comer! No me importa. No puedo cocinar para nadie más, ahora que mis hijos están fuera de casa y Esme contrató a un chef.
—¿Lo hizo? —Emmett frunce el ceño—. ¿Desde cuándo?
—Desde que se quejó de que usaba demasiada mantequilla y me niego a usar menos.
Emmett se ríe entre dientes. —Sabes, ella puede tener un argumento válido.
Carlise envuelve el bloque de mantequilla a medio terminar y lo
mete en la nevera mientras nos mira por encima del hombro, ese mismo brillo travieso en sus ojos como en los de su hijo. —No sé de qué estás hablando.
Sonrío en medio de un bocado, viéndolos juntos. Me recuerdan a
Seth y a mi padre.
Emmett suspira con exasperación, su mirada en la pantalla de su teléfono.
—¿Qué pasa?
—Tanya está molesta.
—¿Cuándo no? —pregunta Carlise—. ¿Por quién, esta vez?
—Rosalie. Al parecer, se fue encima de un chico en un club anoche.
—¿Hay fotos?
—Por supuesto. Tanya quiere hacer una declaración.
Sacudo la cabeza. —¿Por qué tiene que decir algo? —Todo este asunto de tener un publicista y hacer declaraciones sobre detalles estúpidos… no sé si voy a entenderlo.
—Porque es mejor que Tanya controle el mensaje en vez de la gente de Rosalie. Tanya sabe que no quiero que nada de esto te vuelva a afectar.
—¿Lo haría? —No puedo evitar la cautela en mi voz.
La cara de Emmett está llena de preocupación. —Probablemente no, pero…
Pero le preocupa mucho que vuelva a ser demasiado para mí otra vez, y que decida que no vale la pena.
Que él no vale la pena.
Me acerco para apoyar una mano calmante en su rodilla. —Si lo
hace, entonces nos encargaremos de ello. No podemos evitarlo para siempre, ¿verdad?
Una lenta sonrisa le curva los labios. —Cierto.
—Entonces… ¿qué es lo que Tanya va a decir en su declaración? —pregunto, saboreando el último trozo de gofres.
—Que estoy demasiado ocupado tratando de sacarte las manos de encima como para que me importe a quién se folla Rosalie —susurra Emmett, como respuesta.
Casi me ahogo con la boca llena, mi cara ardiendo por la forma tan arrogante en que dijo eso, especialmente frente a su padre.
—Eso me recuerda que tu mamá debe llamar y yo dejé mi teléfono en mi habitación. —Carlise presiona sus labios, pero no esconde la sonrisa cuando pasa por delante de nosotros, golpeando a Emmett en la parte posterior de la cabeza.
—Oye, ¡estoy lisiado!
—Y, sin embargo, sigues siendo molesto —dice Carlise mientras desaparece por el pasillo.
