Enfrentamientos parte 1

Con la llegada del alba, Albert observa a lo lejos los rascas cielos de la ciudad de New York. Las calles desoladas y el sonido de las sirenas se escuchaban en cada esquina de la ciudad, en la que hace unas semanas, eran los saxofones que se escuchaban tocando lo mejor que saben hacer: «El Jazz»

«Sabía que la situación era grave… pero… pero no me imaginé esto» _pensaba mientras sus ojos se cerraban por el cansancio.

Georges había tomado otra dirección. Desde que llegaron a la gran manzana, sus celulares no dejaban de sonar. La tía Elroy recibió noticias de que Albert había abandonado Brasil hace dos días. La mujer histérica y desesperada por encontrar a su sobrino. No había dejado de llamarles a cada hora. Las llamadas eran consistentes, tanto que Georges tuvo que ir a convencer a la mujer, que todo estaba bien.

Elroy se presentó sin previo aviso a uno de los hoteles de la familia Leagan en New York, con las intenciones de reclamar a Candy.

«Recuerda esto William... sino vienes de inmediato a este hotel tan incómodo. Me presentaré ante Candy» — amenazó la anciana disgustada. Esas palabras resonaban en la cabeza de Albert.

— Georges, por favor ve con la tía Elroy. Tranquilízala dile que pronto iré a verla. Pero no permitas que llegue al hospital a molestar a Candy. En su estado no puede hacer corajes ni mucho menos recibir tristezas. Esto se ha salido de control. Tendré que tomar decisiones importantes. Yo...Yo tengo que ir a ver a Candy primero. ¿Me entiendes?

Si no lo hago, esta situación me volverá loco. No he pasado por esto solo para cumplir los caprichos de la tía Elroy. — Georges había comprendido a su joven jefe y fue a calmar a la arrogante tía Elroy.

Al llegar al hospital. Albert le pareció que estaba viendo un fantasma.

— No... No puede ser... ese hombre… Ese hombre es Terry. —Dijo mientras observaba al joven de cabello castaño bajar de su automóvil.

En seguida, Albert salió del coche rentado y se dirigió a él sin percatarse que del lado del pasajero, había otra persona esperando que Terry le abriera la puerta del auto.

— Terry... — dijo Albert en conjunto con un puño directo al rostro. Terry se tocó los labios y sintió la sangre en su mano, cerró sus puños y respondió el golpe de Albert.

Se acordó que ese hombre le había quitado la mujer de su vida.

—Albert... tú... Tú me quitaste la mujer que he amado siempre, y te atreves a golpearme. — El chico enfurecido, lanzó el primer puño, pero no tocó a Albert. Pues el rubio era muy hábil para las peleas, tanto que Terry recordó cómo lo había salvado ante cuatro ladrones en Londres.

— ¡Yo no te quite nada! No se pierde lo que no se tiene. — exclamó furioso.

— Y ese golpe fue por todo lo que sufrió Candy cuando la dejaste sola. — Al escuchar las palabras con mucho coraje y dolor de Albert. Terry Abrió mucho los ojos. La mujer que estaba dentro del coche no podía creer lo que sucedía.

Terry al ver que la mujer estaba a punto de salir del auto, le dijo:

— ¡Quédate ahí Eleonor! No salgas... esto es entre Albert y yo. — La mujer se quedó estupefacta, hacía mucho tiempo que su hijo no la llamaba por su nombre.

— ¿Que dijiste de Candy? — preguntó bajando el tono de su voz grave.

— ¿Porque no me hablaste para decirme que la habías abandonado por otra mujer? Muchas veces me hablaste para pedirme ayuda Terry. Cuando necesitabas mi ayuda, yo no dudaba en hacerlo.

Dime... ¿Porque?... — la voz de Albert comenzó a quebrarse y sus ojos se le llenaron de lágrimas.

— Ella me dijo que regresaría al hogar de Pony. Y que te buscaría y te diría la verdad. — respondió el chico ante tanto reproche y acusación de Albert.

— ¿Sabes que Candy pasó más de un año viviendo en el departamento dónde vivieron? ¿Sabes que no comía por días?

Y debía trabajar por horas y horas para obtener un poco de alimentos y sobrevivir. Mientras que tú... nunca estuviste solo Terry. Siempre has tenido a tu madre y tu mujer. — Albert soltó otro puño y esta vez Terry no movió los brazos y se dispuso a recibirlo. A punto estuvo de soltarle otro, cuando Albert se detuvo. Terry tenía el rostro lleno de lágrimas y el labio roto.

— ¡Por favor!... — suplicó Eleonor al no soportar más la pelea y discusión.

— Pronto este estacionamiento se llenará de personas. Joven le suplico que se calme. — A los ruegos de la mujer, Albert se tranquilizó.

— Fue mi culpa... nunca debí confiar que tú la cuidarías. Sabía que no serías capaz de cuidar de ella desde el colegio. Fui un idiota al dejarla sola contigo. ¿Sabías que Candy tuvo que viajar como polizón para llegar a Estados Unidos por buscarte a ti?

….Y después ese matrimonio falso.

— ¿Polizón ?... ¿de qué hablas? Nunca me lo dijo.

— Olvídalo Terry... ¡crees conocer a Candy! También dices amarla. Pero tú amor es egoísta. Sabías que quedaba sola cuando te fuiste con la señorita Marlow. Y si bien no fue tu culpa. Tu responsabilidad como hombre era estar seguro que Candy estaría bien.

No era tan difícil tomar el teléfono y hacérmelo saber.

— Y como querías que te la entregara en tus brazos... si ella ya me había confesado que te amaba y que siempre te amaría.

Si... fui un egoísta, me deje llevar por los celos. — Al escuchar las palabras de Terry, Albert comprendió que Terry también había sufrido la separación y que Candy le había confesado su amor por él.

— Esa es la diferencia entre tú amor y el mío. Tú sabías que la he amado desde siempre. Más sin embargo, verla feliz a tu lado, decidí alejarme de ella, de ti, de mi familia.

Yo si Terry... te habría llamado para asegurarme que ella estaría bien aunque eso me hubiera partido el corazón. — de pronto se escuchó una voz suave femenina que ellos reconocían muy bien.

— A... Albert... — gritó la joven al ver al hombre en el estacionamiento al lado de Terry. Candy corrió y se enganchó entre sus brazos de su amado.

— ¡Candy!... — dijo él con su voz dulce y delicada.

— ¡Estas aquí!... ¡mi amor no estoy soñando!... de verdad estas aquí. —dijo mientras sus labios se pegaban a los de Albert.

Terry bajo la cabeza. Su pecosa ya no era suya... toda esperanza en ese instante se desplomó en el piso.

Eleonor al ver tal escena, tomó del brazo a su hijo y lo encaminó hasta el hospital.

— Tienes que olvidarla hijo... ella lo ama a él y tú pronto serás padre.

— Terry dio una última mirada a la pareja, observando que Albert la giraba como carrusel mientras ella sonreía feliz.

— «Tengo que olvidarla... pronto ellos también serían padres» – se dijo mientras su corazón le pesaba de dolor.

Emocionado, Albert no dejaba de besar y sonreírle a su mujer.

Candy le había confirmado que sería padre, y eso lo hacía tan feliz que el cansancio había desaparecido por completo.

Olvidándose del momento vergonzoso que había pasado. Candy le pidió que fueran a casa.

— Te ves cansado mi amor... acaba de terminar mi turno y, me contaron de lo que sucedía en el estacionamiento. — Candy estaba disculpándose y a la vez, quería dejarle claro que aunque Terry estaba ahí. Ella no tenía nada que ver con su presencia. Albert lo entendió, por lo que la silenció con un suave beso.

— No hablemos de eso. Solo quiero estar contigo Candy... ¡Dios...! ¡Te he extrañado tanto!- dijo. Subieron al auto y se dirigieron a su apartamento sin percatarse que alguien los observaba a lo lejos.

No pasaron ni diez minutos cuando una patrulla los detuvo.

Al ver las luces del carro de policía, Candy se detuvo a la orilla.

— ¡Lo que nos faltaba! _ Albert se llevó la mano a su cabellera y enroló los ojos.

— Es protocolo amor... estamos en toque de queda. Me sorprende que no te hayan detenido antes.

— El auto que Georges rentó, tenía placas especiales. Que por cierto, debo llamar para que lleguen a recogerlo del estacionamiento del hospital. – La ventanilla del lado del chofer estaba media baja como requiere la ley.

Candy tenía su licencia de conducir en mano, la tarjeta de seguro del auto y el documento que la acreditaba como enfermera del hospital Bellevue.

— ¡Buenos días señorita... señor! - dijo el oficial cuando se dio cuenta de la presencia de Albert. El hombre con máscara y guantes, los observa dentro del auto.

— ¡Buenos días oficial! - respondió ella con una sonrisa. Al ver a Candy con su uniforme de enfermera, el hombre la saludó como si estuviera en el ejército militar. Ella sonrió y le entregó los documentos. Todo parecía estar bien hasta que se dio cuenta que, el nombre de Candy no aparecía en la tarjeta de seguro.

— No debería de manejar este automóvil sin estar en la tarjeta de seguro. Y usted señor no debería estar en la calle. Como civil debe esperar hasta las ocho de la mañana para salir de su casa.

— ¡Oh! perdón oficial. Soy médico, es solo que no trabajé el día de hoy, el auto es mío y ella es mi prometida. _Respondió Albert mostrando su identidad de médico y licencia de conducir.

— Ha sido mi error no haber agregado el nombre de ella en la póliza, pero le prometo que lo haré.

— Por favor hágalo, por mí no hay problema. Pero debemos respetar la ley. ¡Gracias por sus servicios en estos días difíciles que estamos viviendo! _ dijo el oficial saludando nuevamente.

— ¡A usted también! - respondieron los rubios al unísono.

Pasado unos minutos, Albert y Candy llegaron a su apartamento.

El rubio estaba feliz de estar de vuelta en casa.

Cuando entraron, Albert sintió que el alma le volvía al cuerpo al igual que Candy.

Ese lugar era su hogar, el lugar dónde se habían entregado tantas veces, el hogar dónde procrearon su primogénito que crecía en el vientre de Candy.

— ¡Te haré el desayuno!... _Candy estaba emocionada de tenerlo en casa. Se dirigió a la cocina para preparar desayuno a su hombre. Albert la observó con una mirada lujuriosa. Candy lucia hermosa, parecía que sus caderas se ampliaban y lo invitaban a perderse en ellas.

— ¡No cabe duda que el embarazo te está haciendo bien!... _ dijo mientras la abrazaba por la espalda. La volteó poco a poco y se puso de rodillas para besar su vientre.

— ¡Mi ternura!...Estas creciendo poco a poco dentro de mami, te amo... los amo. No sabes lo feliz que me hacen... _ Albert estaba emocionado hablando con su bebé, mientas las lágrimas de Candy rodaban por sus mejillas. Al verle llorar, se puso de pie y le besó la frente.

— ¡Gracias mi amada!... Soy el hombre más feliz del mundo.

Te amo Candy, te amo como jamás he amado antes. _ Candy le besó y le susurró.

— ¡Te deseo!... _ Su voz suave y seductora, hizo que la piel de Albert se erizará.

— No más que yo _. Susurró él.

— Iré a darme una ducha primero... la necesito. _ se alejó a su habitación con su miembro erecto. Las hormonas de Candy se alteraron al notarlo.

Después de un par de minutos, la rubia enjabonaba la espalda a su hombre mientras el agua recorría por sus cuerpos mojados del agua y también de deseo por entregarse nuevamente.

Continuará

¡Hola Chicas! que las hago esperar. Pero también trabajo y tengo otras responsabilidades. No me gusta escribir solo por cumplir. Me gusta hacerlo cuando la historia me nace del corazón y entro en ella para escribirla.

Así, por favor, ténganme paciencia.

Estamos llegando a los capítulos finales de esta hermosa historia.

¡Bendiciones!

Sakura.