Capítulo 22
Recostada dentro de la bañera, Emma intentaba relajarse en el baño templado que Ruby acababa de prepararle, sin embargo, una imagen no salía de su cabeza: la ejecución de Henry Mills y su esposa. Regina había convivido con eso todos los días, sola. Emma quiso llorar por ella, por su traumática adolescencia, y por sí misma, pues los tentáculos del abominable crimen de los coroneles y capitanes del ejército habían destruido la imagen de hombres buenos como el general Swan, su fallecido y amado padre. Sus pensamientos desaparecieron cuando Regina apareció abriendo una toalla, y también una sonrisa.
―Henry ya se durmió―dijo ella, envolviéndola en la toalla ―¿Estás bien? Pareces abatida.
―Está todo bien, mi amor―dijo Emma, sabiendo que nada podría hacer para borrar sus tristes recuerdos.
―Ven―Regina tomó su mano y la llevó deliberadamente al cuarto ―No quiero que te atormentes con las cosas que te conté. Es pasado…Y contigo a mi lado, todos los días son completos y felices.
Una botella de vino y dos copas esperaban por ellas en la cabecera de la cama. El cuarto estaba bañado por la suave luz de la luna llena. Cuando Emma se sentó en la cama, Regina se arrodilló delante de ella. Le besó los labios delicadamente y desenrolló la toalla de su cuerpo. Su toque era suave, casi no tocaba su piel, pero tan sensual e intenso que Emma apenas podía respirar. Poco tiempo después ellas cayeron sobre la cama, buscándose una a la otra, dando y recibiendo caricias con las que, hasta hoy, Emma apenas se atrevió a soñar. Una vez más, hicieron el amor de una forma que ese día fue más allá de cualquier cosa que ellas podían imaginar.
Cuando los rayos de sol apuntaron por las rendijas de la ventana, los ojos castaños de Regina se abrieron y encontraron dos bellas esmeraldas encarándola.
―Buenos días―dijo Emma, sin moverse
―Hola―murmuró Regina, traviesa, una sonrisa brotando en sus labios.
Durante más de media hora, las dos siguieron entrelazadas, amorosas y somnolientas, hasta que se obligaron a levantar. Henry ya había desayunado y cuando ellas bajaron, él corrió a su encuentro y Regina lo cogió en brazos, tirando los bracitos alrededor de su cuello para abrazarla. Hacía poco que había salido del baño, el cabello aún estaba mojado, y su rostro rosado y limpio.
―Estás creciendo muy rápido, muchachito―comentó Regina, sonriendo de oreja a oreja ―Casi no puedo cogerte en brazos.
―Es la edad, Regina―bromeó Emma, golpeando suavemente su espalda.
El salón entero estalló en una carcajada, pero de repente, se hizo un silencio mortal.
―Siento mucho interrumpir la reunión familiar―dijo el coronel, a paso lento y amenazador ―Señora Mills, necesito que me acompañe.
―¿A dónde? ¿Y por qué?―intervino Emma, antes mismo de que Regina dijera nada.
―La señora Mills es sospechosa de traición al gobierno, así que, debe acompañarme y aclarar algunas cosas…
Emma observó con compasión el rostro ansioso de Regina, sin poder evitarlo, imágenes de lo sucedido con sus padres invadieron su mente.
―Tranquila―Regina le tocó amablemente el hombro ―Voy a acompañar al coronel y pronto estaré de vuelta porque él no tiene nada contra mí―añadió, desviando su mirada de Emma y fusilando al hombre que tenía delante.
Emma asintió, deseando que su corazón se calmara.
Llovía cuando Regina dejó la hacienda al lado de Hades para dirigirse al cuartel. El otoño había dejado días maravillosos hasta la semana anterior, pero ahora el viento frío prometía cambios. En mitad del camino, Regina intentó apartar el miedo al recordar lo que les había sucedido a sus madres, y a medida en que la lluvia arreciaba más, una angustia crecía en su pecho porque el día en que ellos fueron sacados de la casa también llovía.
―Las cosas podrían haber sido muy diferentes si no me hubiera desafiado, señora Mills―Hades quebró el silencio
Dejando escapar una sonrisa, ella clavó su mirada en la de él.
―Si piensa que va a hacer conmigo lo que hizo con mis padres, está muy equivocado.
―Podemos acabar con esto ahora mismo, si está dispuesta a pagar el precio.
―¡No gasto un centavo en usted ni en ese inmundo cuartel!
La franqueza de su afirmación, claramente verdadera y decidida, sorprendió al coronel.
―Veo que ha heredado el orgullo de su padre, cosa que no es nada buena, sobre todo en este momento―cuando el coche se detuvo, él bajó y la condujo directamente a una celda.
―Espere un momento―habló Regina―Usted dijo que aclararía algunas cosas, no que iba a dejarme presa―añadió, e hizo mención de abalanzarse sobre él, pero dos soldados la agarraron y la empujaron dentro de la celda.
―Y fue lo que hice―dijo él―Ahora solo necesito firmar la sentencia―Y entonces se retiró, dejando escapar una carcajada cuando escuchó cómo ella golpeaba los barrotes.
Tras caminar en círculos en el pequeño espacio en que estaba confinada, Regina se acostó en la pequeña cama y examinó su reloj de bolsillo, sin creerse que solo habían pasado dos horas. Acostada, inmóvil, estaba lejos incluso de la posibilidad de llorar. Perdida en sus pensamientos, en aquel cubículo oscuro y frío, Regina tenía la sensación de escuchar la desesperación de la madre, el grito cansado y angustioso, y su corazón se despedazaba en el pecho.
―Regina, ¿cómo estás? He venido lo más rápido que he podido―dijo el abogado.
―¡No estoy bien y quiero salir de aquí! Ese miserable no puede mantenerme aquí
―Desgraciadamente las cosas no son tan sencillas como parecen. El coronel capturó a uno de los líderes de los rebeldes y este confesó que donabas ganado y dinero para apoyar su causa.
―¡Eso no es verdad! ¡Es todo una trampa!
―El hecho es que para probar que se trata de una trampa se requiere un tiempo del que no disponemos.
―¿Eso qué quiere decir?
―Eso quiere decir que tenemos un plazo de quince días para demostrar que es una trampa, en caso contrario…Bueno, ya sabes…―colocándose las gafas de pasta y la corbata, él carraspeó acercándose a las gradas ―Existe otra salida…
―¿Qué salida?
―Aunque seas inocente, puedes confesar el crimen de traición, y pedir perdón al gobierno. Entonces donarías una de tus propiedades como prueba de tu arrepentimiento.
―¿Estás loco? ¡Nunca confesaré un crimen que no he cometido!
―Regina, escúchame un minuto…Claro que ese líder no ha dicho la verdad. Ha sido torturado y cualquiera en quien el ejército ponga sus manos será torturado también y dirá lo que el coronel quiere escuchar.
―Mi respuesta es no.
―Está bien. Entonces es mejor que me dé prisa para conseguir tu liberación. Nos vemos en breve.
Regina asintió, en silencio, haciendo de todo para contener, al menos esa vez, las malditas lágrimas. Retrocediendo, ella se sentó en la pequeña cama y se cubrió el rostro con las manos. Segundos después, al alzar la cabeza, sus ojos se encontraron con los verdes de Emma. Al ver las lágrimas brotar en aquellos ojos tan lindos, Regina se detestó por haberlas provocado.
―Mi amor, no deberías estar aquí―murmuró Regina, levantándose de sopetón
―Ni tú, cariño―pasando una de sus manos por el espacio entre los barrotes, Emma le acarició el rostro ―Hoy mismo iré a la capital.
Emma, de súbito, percibió la sorpresa en las facciones de Regina y acercándose lo máximo que podía, ella miró hacia los lados y entonces susurró.
―Voy a hablar directamente con el general.
―No es tan sencillo, Emma…Además, mi abogado va a resolver…
―Regina―Emma la interrumpió ―Soy hija del fallecido general y por respeto a mi padre, no se negará a escucharme―respiró hondo e intentó controlar la sensación de ahogamiento que comenzó a sentir en cuanto empezó a hablar con su abogado ―Sé que uno de los líderes te está acusando, y muchos otros te acusarán para librarse de las torturas que se cometen en el cuartel.
―Perdóname por meterte en esto…
―No hay nada que perdonar, Regina. Has hecho mucho por mí, mucho más de lo que merecía. Ahora déjame hacer algo por ti.
Y entonces Emma la besó, y Regina fue invadida por una sensación pura y maravillosa, que parecía apaciguar un deseo que ella desconocía.
―Te amo, Emma. Y si muriera ahora, moriría feliz.
―No digas eso, porque aún tenemos muchas cosas que vivir.
Un segundo beso y entonces Emma se fue. El coche ya la esperaba a las afueras del cuartel, y al lado de Elsa marchó en busca de una esperanza para que Regina no tuviera el mismo destino que sus padres.
Una noche más llegó, y Regina se sentía física y mentalmente exhausta. No conseguía dormir, ni incluso llorar. Pasó la madrugada sentada en la cama, a oscuras, con su mente en blanco, desconcentrada, hasta que el frío finalmente le obligó a echarse y cubrirse. Se sentía mareada, como si nada de aquello fuera real.
―Me sorprendí mucho cuando mi secretaría me dijo que la hija del fallecido general Swan estaba aquí. Señorita Emma, es un placer recibirla y conocerla―con mucha elegancia y amabilidad, George se llevó la mano hasta los labios y la besó ―Siéntese por favor.
―Gracias, señor general. Y siento mucho haber venido sin aviso previo.
―No se preocupe―él sonrió, mientras parecía estudiar su rostro―Se parece mucho a su padre. Fue una gran pérdida para el ejército. Leopold era un hombre muy querido y honrado. Por cierto, ¿cómo están su madre y su hermano?
―Mi madre falleció de tuberculosis y mi hermano fue asesinado a causa de unas deudas de juego―ella relató con mucho pesar. Su oyente se limitó a asentir con pena y comprensión.
―Lo siento mucho―él murmuró, asombrado ante tanta tragedia que la rodeaba. Al notar que Emma estaba a punto de llorar, carraspeó y cambió de tema ―Bueno, ahora dígame, ¿en qué puedo ayudarla?
―He venido a pedir su clemencia. Regina no puede ser condenada por traición al gobierno porque es inocente. Todo es una venganza, una trampa porque…
―Espere, espere un momento, señorita Swan―él la interrumpió, alzando la mano derecha ―¿De qué me está hablando? ¿Quién es Regina?
Inhalando profundamente, Emma comenzó a explicarle lo que había sucedido. Al recordar la tragedia que envolvía a los Mills y temiendo que Regina tuviera el mismo final, Emma comenzó a llorar frente al general, y parecía que no podía parar, por más que lo intentara. Él no reaccionó con el asombro y desconcierto que ella esperaba, como si desde el comienzo supiera que eso sucedería.
―Siento mucho que las dos estén pasando por eso―dijo él, pasándole un pañuelo ―Desgraciadamente el país estaba en guerra y la ejecución de los Mills quizás no haya sido investigada como debería.
―Es exactamente por eso que estoy aquí, general―ella dijo, al mismo tiempo en que se enjugaba las lágrimas ―Para pedirle, por favor, que no deje que la historia se repita.
―¿Está seguro de lo que está diciendo?―cuestionó el coronel
―Sí, señor. La señorita Swan ha ido a la capital para hablar con el general George. Nadie me lo ha contado, se lo escuche claramente al abogado de la señora Mills cuando hablaba con el capataz de la hacienda.
―No creo que consiga nada.
―Quizás sí. Su padre fue general durante muchos años y eso es suficiente para que consiga, como mínimo, ser recibida por él.
Dejando escapar un largo suspiro, el coronel se apartó mientras observaba las horas en su reloj de bolsillo.
―Debo confesar que tiene razón, soldado―dijo él, sus ojos cerrándose mientras organizaba sus ideas ―La señorita Swan puede que consiga que el general intervenga a favor de aquella maldita arrogante…Pero será demasiado tarde.
―¿Qué quiere decir con eso, coronel?
―Quiero decir que Regina Mills será ejecutada mañana bien temprano.
Hades sabía que ese era el obstáculo final y, fueran cuales fueran las consecuencias, estaría libre para seguir con su carrera militar pues habría actuado para proteger al gobierno. Después de que Regina muriera, nada más podría hacerse y ante ese hecho, dio orden para que los procedimientos comenzaran.
―¡No puede hacer eso, coronel! ¡Tenemos un plazo de quince días para presentar pruebas de que no está envuelta con los rebeldes y solo han pasado dos días!―decía el abogado, la voz exaltada y el corazón disparado ante tal noticia.
―Claro que puedo. Soy la única autoridad en esta ciudad y ni usted ni nadie van a impedir que haga justicia.
―¡Lo que quiere hacer no es justicia, es un asesinato!
―¡Baje el tono, abogado!
―¡Sus crímenes saldrán a la luz! ¡Ahora mismo iré a la radio más próxima a denunciar sus abusos de poder!
―Arresten a este hombre―ordenó el coronel, y al intentar resistirse a ser capturado, Marco recibió un golpe y en seguida fue encerrado en una celda.
Exigiendo la máxima discreción por parte de Will con relación a la ejecución de Regina, el coronel se dirigió a la sala del teniente Jones para avisarle de que él sería el autor del disparo. Killian lo encaraba, obviamente intentando entender lo que Hades estaba diciendo.
―¿Regina será ejecutada mañana? ¿Por qué tan rápido?
―No hagas preguntas, teniente. Solo prepárate para cumplir con tu deber mañana temprano―dijo él, caminando hacia la puerta. Al abrirla para salir, dudó unos segundos y se giró ―En tu lugar, yo estaría muy feliz en acabar con la vida de quien te robó todo lo que tenías. ¿O ya te has conformado con perder a la mujer que amabas y a tu propio hijo? ¿Eres tana cobarde hasta el punto de perder la oportunidad de vengarte, teniente?―sin esperar una respuesta, el coronel se marchó.
Inmerso en la tristeza provocada por tantas pérdidas, Killian se vio incapaz de entender qué significaría y qué cambiaría en su vida al apretar el gatillo frente a Regina. No supo cuánto tiempo pasó allí, de pie, con esos turbadores pensamientos martilleándole en la cabeza. Lo único que sabía era que nada lo había preparado para aquello.
