No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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El cielo era del mismo azul limpio y sin nubes sobre el Foro, el viento cortante y frío. Edward se detuvo al resguardo de un enorme bloque de piedra.
Junto a la piedra, un tramo de escalones de mármol subía sin llevar a ninguna parte. Aunque se estaba caliente a la luz del sol, el aire seco era frío en las zonas sombreadas. Emmett se estremeció.
—Sigamos cabalgando —dijo—. Estas ruinas me deprimen y, además, nunca sabes quién podría estar al acecho, esperando a...
—Silencio, Emmett —dijo Edward.
—Silencio, Emmett. Cállate, Emmett. No empieces, Emmett. Sé lo que estoy haciendo, Emmett. Es todo lo que saco de ti cuando estás de este humor. Me gustaría señalar que llevamos bastante oro como para comprar la mitad de esta espantosa ciudad, y tú sólo quieres jugar en lugares solitarios donde...
—Emmett —dijo Edward mientras desmontaba y empezaba a subir por los escalones de mármol—, ¿has visto alguna vez a alguien que pudiese quitarme algo en contra de mi voluntad, en cualquier parte?
—No, pero...
—Nada de peros, de sis o de quizás. Nadie ha podido, nunca. Además, estamos solos. De lo contrario, yo vería algo, olería algo u oiría algo, y no lo hago.
Edward se detuvo para mirar los escalones. Estaban agrietados y rotos, manchados por siglos de líquenes y musgo. La cizaña, con alguna flor dorada, brotaba de los intersticios, brillando contra la piedra oscura. Un lado de la escalera estaba despejado, el otro desaparecía en un manto aterciopelado de verdor donde enredaderas e incluso árboles pequeños luchaban por conseguir espacio.
—¿Fue aquí? —se dijo Edward—. Todo ha cambiado tanto... Se supone que Augusto dijo "Encontré una ciudad de madera y dejo una de mármol", pero creo que más bien encontró algo vivo y dejó sólo un cenotafio.
—Edward, ¿de qué demonios estás hablando?
—De César.
—¿Cuál de ellos? —preguntó Emmett agriamente.
Edward alcanzó lo alto de los escalones y contempló las ruinas del Foro. Visto desde aquella ligera elevación, el lugar tenía el aspecto de un parque. Aunque una noche de escarcha había apagado un poco su exuberante vegetación, e incluso dejado desnudos algunos árboles, el verde de los más robustos seguía prevaleciendo. Aquí y allá, macizos otoñales de varilla de oro ondeaban todavía sus estandartes color azafrán entre las ruinas.
A sus pies, sobre el musgo entre dos columnas rotas, pequeñas flores azules formaban una alfombra cerúlea que daba la bienvenida el sol.
—El primero, Emmett.
—El primero. —Emmett sonrió afectadamente—. ¿A quién le importa el primero? No creo que quede de él ni polvo para provocar un estornudo —dijo uniendo la acción a las palabras con un estornudo—. Edward, voy a coger un resfriado de muerte...
—Lo dudo —respondió Edward con frialdad mientras cerraba los ojos e intentaba recordar.
Sentía el calor del sol en su cuello, casi igual que aquel día... unos... ochocientos años atrás. Y no había sido invierno, sino primavera. Los idus de marzo. Las piedras bajo sus pies habían estado mojadas y resbaladizas tras una noche de lluvia. Las imágenes, sonidos y olores casi habían abrumado sus sentidos de lobo, pues los había tenido en activo contra su voluntad, impulsado por una profunda consciencia visceral de que aquel día podía ser su último sobre la tierra.
Los comerciantes callejeros anunciaban sus mercancías, salchichas, vino, queso... con voces que eran un violento ataque para sus delicados oídos. Estaba rodeado de cuerpos vestidos con togas que empujaban el suyo, cada uno con su propio miasma particular de perfume y transpiración.
Por encima de todos los olores de comida rancia y vino agrio, flotaba el olor de huesos quemados de los sacrificios de la mañana en los templos que rodeaban el Senado. Edward se había separado de la muchedumbre que llenaba la antigua plaza del mercado, y estaba junto al pedestal de la estatua de alguna diosa árabe con mil pechos. Había puesto firmemente bajo control sus sentidos de lobo y esperado a que Julio César llegase al gran tramo de escaleras que llevaba al Senado.
Vio ante él una cara codiciosa, ávida. La cara y ojos de alguien que había querido, deseado algo con una fuerza más allá de la carne mortal, durante tanto tiempo que había olvidado de qué se trataba. Una cara viva sólo para las energías fútiles y sin sentido que le guiaban desde su interior. Aun después de tantos años, la pura futilidad de aquella cara consumió la fuerza de los brazos de Edward, y la voluntad de su alma. Su mano había estado sobre el puño de su espada; en aquel momento, resbaló y se apartó.
Emmett irrumpió en sus pensamientos sobre el remoto pasado:
—Edward, ¿vas a dejar todo ese oro en el caballo? —señaló una alforja de cuero sobre el gran ruano de Edward.
—Emmett —respondió Edward con calma— No me molestes por unas pocas fruslerías.
—¿A qué llamas fruslerías? —preguntó Emmett ultrajado—. Es lo mejor de todas las riquezas que hemos ganado alguna vez. No puedo recordar cuántos años de esforzada lucha...
—Fruslerías —repitió Edward firmemente—. Lo que hemos ganado en tantos años de lucha es nuestro valle, nuestras montañas, y, sobre todo, nuestra libertad. Comparado con eso, considero que un poco de oro no tiene importancia.
—Nos dirigimos al encuentro de tu futura esposa, Edward, y me gustaría seguir adelante. Quiero averiguar cuál es su problema antes de que vayamos mucho más lejos. ¿Viste ese contrato matrimonial? Lo pedía todo, prácticamente una corte propia. Edward, esa mujer puede ser tu ruina. Tendrá sus propios soldados. ¿Qué haremos si decide...
—¿Si decide qué? —Edward miró a Emmett a los ojos.
—Bueno, no lo sé —dijo Emmett, alzando las manos—. Pero seguro que, si este matrimonio sigue adelante, se le ocurrirá alguna traición. En el nombre de Dios, a veces te preocupas por todo: el maldito heno, la maldita cosecha, la maldita leña, incluso el moho del maldito queso. Pero ahora que todo lo que hemos ganado está en peligro, te quedas de pie en un montón de hierbajos, hablando solo sobre Julio César. Te pregunto ¿qué demonios tiene que ver Julio César con nada de esto? Además, no puedes saber mucho de él, no eres tan viejo. No puedes ser tan viejo. Nadie puede.
—Eso es —dijo Edward—. Intenta convencerte a ti mismo. Pero te diré la verdad, Emmett, yo era un muchacho de tu edad cuando vine aquí por orden de mi maestro para matar a Julio César.
—No —exclamó Emmett, dándose la vuelta—. No escucharé eso. Es imposible. —Edward se rió con dureza. Emmett volvió a girarse y se encaró con él. —No sabía que hubieses tenido un maestro. ¿Quién era, y cómo te convenció para...
—No tuvo que convencerme. Yo estaba deseándolo, incluso lo ansiaba. César destruyó a mi pueblo.
La brisa sopló con fuerza alrededor de los dos hombres, ensordeciéndoles con el ruido. Emmett sintió que el pelo del cogote se le erizaba.
—¿Cómo era, ese César? No significa nada para mí... sólo un nombre en un libro de historia que los sacerdotes me hicieron leer hace mucho tiempo.
—No estoy seguro de ello —dijo Edward—. Al fin y al cabo, sólo soy un lobo que es un hombre. A veces no sé si entiendo del todo a ningún hombre.
Emmett agachó la cabeza y apartó la mirada de su jefe hacia las ruinas del Coliseo en el horizonte.
—Pero —siguió Edward— destruyó a todo un pueblo y su forma de vida para pagar sus deudas. En el proceso, arruinó incontables vidas humanas. Mató a centenares de miles, y envió a la esclavitud a otros tantos. Lo sé, los vi aquí. Tantos con los ojos heridos, soportando las extrañas costumbres romanas, aprendiendo dolorosamente a hablar otra lengua. Algunos de ellos me reconocieron como lo que era cuando vine. A veces me hablaban, no pidiendo ayuda ni consuelo, sino creo que para oír por última vez la música de un mundo que les habían ordenado olvidar. Pero yo no era de su mundo, así como tampoco soy totalmente del tuyo, y había poco que pudiera hacer. La única razón por la que me he detenido aquí hoy es porque me pareció reconocer y recordar este lugar. Pero todo ha cambiado.
—¿Y qué hay de eso? —dijo Emmett, señalando el Coliseo.
—Ni siquiera lo habían construido entonces.
Un sentido de antigüedad pasó sobre Emmett cuando comprendió que Edward había estado allí antes de que una cosa que se caía a pedazos hubiese sido construida.
—¿Cuánto tiempo has vivido, entonces?
—No lo sé —dijo Edward—. Es como para César contar las arenas del tiempo, soy un lobo y nunca sentí la necesidad.
—¿Cómo llegaste a la ciudad, lo bastante cerca para matarle?
—Mi maestro, Llama...
—Llama enseñó a Merlín —interrumpió Emmett—. Y Merlín es sólo una vieja historia.
—Quizá... o quizá no —repuso Edward, alejándose un poco más—. Lo he olvidado. No sabes lo extraño que es ser viejo, saber que acontecimientos que una vez parecieron de importancia catastrófica en mi propia vida son sólo huesos secos de la historia para ti.
—Muy bien, me morderé la lengua.
—Espero que no —dijo Edward con una mueca.
—Quiero decir —explicó Emmett con cansina paciencia— que eres tú quien está contando la historia, así que cuéntala a tu manera.
—De acuerdo. Mi maestro, Llama, pasó un año preparándome para ser un romano. Después de todo, decía, Dacidicus el amigo de César pudo hacerlo, y yo también podría. Aprendí cuanto pude de su ropa, su idioma y sus costumbres. Al terminar el año, podía pasar entre los romanos como uno de ellos. Al llegar aquí, no tardé en descubrir que no hubiese hecho falta. La ciudad ya era como una puta vieja, siempre dispuesta a venderse por el precio adecuado. Haciéndome pasar por un rico hacendado de la Galia Cisalpina, averigüé rápidamente todo lo que necesitaba saber para lograr mi objetivo: la ubicación de la residencia de César en la ciudad, a qué horas iba al Senado, quiénes eran sus amigos y compañeros habituales... Pero no vi al hombre hasta que me abrí paso a través del Foro y le esperé con la mano sobre mi espada.
—¿Cómo habías planeado escapar después de matarle?
—No tenía ningún plan —respondió Edward, dándose la vuelta y mirando a Emmett con una media sonrisa en los labios.
Emmett quedó sorprendido por sus ojos que eran de un color peculiar, azul acero bajo algunas luces, oscuros como un mar agitado bajo otras, y ahora, al sol, del color de una nube de tormenta cuando el día se desvanece en un crepúsculo púrpura.
—Qué extraño —dijo sarcásticamente—. Siempre te había considerado inteligente.
—Era joven entonces, y el valor precipitado era lo que se esperaba de un guerrero.
—Si me lo preguntas...
—Nadie lo ha hecho.
Pero Emmett siguió igualmente:
—Aquellos galos tenían demasiado valor precipitado y poco sentido común. Por eso fueron una presa tan fácil para César.
—Quizá —dijo Edward. Estaba mirando de nuevo a lo lejos, por encima de las calladas ruinas bañadas por la luz del otoño—. De todas formas, le esperé allí. Y me encontré con sus ojos. Era un hombre flaco, de mejillas hundidas, y los ojos ardían en sus profundas cuencas con un hambre insaciable.
—Supongo que debo preguntar hambre de qué. —Emmett intentó sonar aburrido.
Edward se volvió hacia él, la ligera sonrisa de nuevo en los labios. Sus ojos siguieron a una paloma que volaba sobre sus cabezas, sus alas un abanico iluminado por el sol.
—No lo sé.
—Edward —dijo Emmett, en tono de advertencia—, no me gustas cuando te pones enigmático.
—Los hombres debilitan a veces las cosas al darles un nombre. Demos gracias a los dioses por que no hayan encontrado un nombre para esto. Pero yo sé lo que es. Yo lo tengo, tú lo tienes, incluso el pájaro lo tiene. ¿Cómo si no confiaría sus alas al aire invisible? ¿Cómo surcarían las alas de un halcón el calor que sube por la ladera de una montaña iluminada por el sol? Un lobo lo tiene cuando se enrosca en su cubil después de una cacería, sin preocuparse por el mañana, sabiendo que deberá cazar de nuevo, pero seguro de sus patas fuertes y sus colmillos afilados. Yo lo tenía, también, incluso en casa de Llama, aislado como me tenía él del mundo de las bestias. Conocí la trascendental confianza cuando cruzaba el prado, hacia la niebla de la mañana, para bañarme en el río al alba. Un niño la conoce cuando busca el pecho de su madre con los labios y halla su placer y consuelo. Yo lo tenía incluso en mi propia y magnífica estupidez, y lo demostré al no preocuparme por lo que me pasaría si lograba hundir mi hoja en su cuerpo. Pero pude leer la verdad en su mirada inquieta y hambrienta. Todo su poder no le había dado ninguna tranquilidad, ninguna esperanza, ninguna alegría. Así que le miré asqueado mientras subía por los escalones y entonces lo olí: un hedor que ahogaba incluso a los demás que flotaban a mi alrededor, el poderoso olor de la rabia humana, el miedo humano y la desesperación. Y comprendí que procedía de los hombres que le rodeaban. El olor de una manada acercándose a la presa. Maldición, Emmett. ¿Sabía él que aquellos a quienes consideraba sus hermanos iban a matarle? Ahora creo que quizá no le importase. Estaba cansado de vivir... Quizá hubiese preferido que yo acabase con él. Una muerte limpia a manos de un enemigo jurado. No lo sé. Sólo sé que se detuvieron en lo alto de la escalera, como si fuesen a hacerle alguna petición. Un momento después sus hojas estaban sobre él, incluso la del que se decía que era su hijo. Los hombres arman mucho alboroto por una muerte —comentó Edward—. Un lobo lo habría dejado simplemente para los pájaros carroñeros. Me marche rápidamente, se estaba iniciando un tumulto. Llevé la noticia a su viuda, Calpurnia. Una gran dama, majestuosa como los romanos de antaño. Es raro, las mujeres conservan las virtudes de los pueblos más tiempo que los hombres.
—Eso es porque no tienen más remedio. Ofréceles alguna otra opción y... bueno, mira a Matrona.
—Eso es problema tuyo, ¿no? —dijo Edward con picardía—. No creo que ella te deje mirarla muy a menudo.
—Edward —se lamentó Emmett—, estoy obligado. Me voy en busca de un poco de aventura y ella me desdeña durante meses.
—En cualquier caso, hablé con Calpurnia y pedí que los sirvientes la vigilasen. Temía que pudiese tomar alguna salida romana. Después me alejé de Roma a toda prisa. No sólo de Roma, sino también del hombre. La noche me encontró huyendo hacia las montañas como lobo.
Edward se giró y caminó de vuelta hacia los caballos.
—Fue un gran hombre —dijo Emmett.
Edward se detuvo y contempló las ruinas y el vasto cielo desnudo.
—No, no lo fue. Los grandes hombres siempre dejan el mundo mejor que como lo encontraron. Él no hizo. Destruyó un estado que podría haber sido un freno entre su pueblo y los de más allá del Rin, que cayeron sobre ellos como una marea. Y arruinó su propio gobierno.
—Puede ser que aquellos romanos vieron su toma del poder como una opción entre el desorden y el despotismo.
Edward miró de nuevo a Emmett a los ojos.
—Eso no es ninguna opción, y tú lo sabes, habiendo crecido como lo has hecho entre gente que hace sus propias leyes y las obedece. No, el gobierno romano era pugnaz, caótico y proclive a la corrupción. Pero tenía espacio para el crecimiento y el cambio. Y, ante todo, cuando se asistía a las deliberaciones, era posible oír más de una voz. Después de él, nunca hubo más que la voz de un solo hombre. Por eso he dicho que Augusto encontró algo vivo y lo dejó convertido en un cenotafio. Como César encontró algo vivo en la Galia, un pueblo que hubiese podido ser poderoso y magnífico y haber actuado como un baluarte contra el salvajismo de más allá del Rin. No, no fue un gran hombre, sino un hombre pequeño y con talento guiado por la codicia y una sed de poder más allá de lo corriente. Alégrate de que no tengamos Césares ni legiones sin rostro para ser sus instrumentos.
Edward se giró hacia su caballo. Emmett le siguió, creyendo sólo a medias lo que decía su jefe de guerra. Pero la quietud que rodeaba al hombretón le asustó.
Ya estaba en la silla de montar, y los dos se dirigían a casa de Esme, cuando le preguntó:
—¿Por qué me dices todo esto?
—Porque no quiero que ningún César venga a mi valle de las montañas, sea su nombre Aro o cualquier otro, y destruya a mis amigos. Te estoy explicando por qué las apuestas son demasiado altas en este matrimonio para que me comporte de forma distinta que como un padre de mi gente. Me casaré con la chica, sea como sea. Y ella será honrada en mi casa por todos vosotros. Y guardaremos nuestros secretos. Así que espero que disfrutases anoche de la libertad de la Campania, porque esa libertad está a punto de terminar. Compréndelo, Emmett: terminar. Pues mientras ella esté con nosotros, seremos hombres, no lobos. Y te comportarás en la villa de Esme. Todos lo haréis.
Emmett mostró una atípica mansedumbre cuando llegaron a casa de Esme. Edward alzó la pesada alforja del caballo mientras Emmett anunciaba su identidad a la portera. Era una guapa moza, y Emmett no le quitó los ojos de encima. Siguió a Edward a una distancia respetuosa cuando entraron en el jardín del atrio.
La muchacha hizo una pausa, les miró, se rió tontamente y desapareció en la casa. Emmett se sentó en un banco de mármol al lado del estanque.
—Supongo que tendremos que sentirnos como en casa.
—No demasiado como en casa —advirtió Edward.
—Oh, no —dijo Emmett, intentando sonar tranquilizador.
Edward puso la alforja sobre el banco, al lado de Emmett, y se quedó en pie, esperando. Al poco tiempo, una muy elegante Alice asomó por la puerta del triclinio. Llevaba la camisa de seda y el rígido vestido de brocado que había llevado al banquete del papa, una hilera de perlas adornaba su corto pelo dorado.
La niña miró expectante a Edward, y dijo:
—¿Es que no vas a darme un beso?
Los dos hombres la miraron atónitos por un instante, y después Emmett estalló en rugidos de risa. Edward le lanzó una dura mirada.
—¿Decía la carta... —preguntó Emmett, ahogándose— decía la carta que te enviaron algo de la edad de tu futura esposa?
Edward le dio a su capitán una fuerte patada en el tobillo. El labio inferior de Alice salió hacia fuera.
—Sabía que algo fallaba —dijo Emmett—. Sabía que algo tenía que ir mal —se quejó—. Ahora sé lo que es.
El labio de Alice sobresalió todavía más:
—No tengo nada de malo —dijo, dando golpecitos con su pequeño pie—. Todos dicen que soy muy guapa. ¿Qué le ocurre?
—Cállate, Emmett —dijo Edward entre dientes. Después se volvió a Alice—. Eres muy guapa. —Se inclinó y depositó un suave y tierno beso en la frente de la niña.
—Pobre Edward —comentó Emmett, secándose los ojos—. Vas a pasar mucho tiempo sin...
—¿Sin qué? —preguntó Alice inocentemente.
Aquello puso de nuevo a Emmett fuera de sí. Débiles sonidos de una histeria incipiente empezaron a llegar desde las cortinas del triclinio. Edward supo que todos los criados de la villa estarían escuchando.
—Mi señora... Si no te importa, podrías traerme una copa de vino, y cuando haya acabado de estrangular a mi amigo, me reuniré contigo y hablaremos del futuro.
Alice estudió ominosamente a Edward por un momento.
—Si es tu amigo, ¿por qué ibas a querer estrangularle?
Emmett estaba casi paralizado, pero logró levantarse de un salto y alejarse de Edward.
—Siempre había pensado que se estrangula a la gente que no te gusta —siguió diciendo la niña.
Emmett se apoyó en una de las columnas que sostenían el tejado del porche.
—Va a ser maravilloso esperar a la consumación.
—¿Qué es una consumación? —preguntó Alice—. ¿Y por qué actúa de esa forma? ¿Es porque vas a estrangularle? ¿Puedo mirar?
—Sí —respondió Edward entre dientes—. Pero quizá no le estrangule. Puede que le ahogue lentamente en el estanque.
De pronto, Emmett dejó de reír y miró fijamente a las dos mujeres que se acercaban a lo largo del porche.
—Mira —dijo Alice a Isabella, asiendo el manto castaño de Edward—, éste es el hombre que ha venido para casarse contigo.
Isabella se paró en seco. La sangre abandonó su rostro, dejándola casi tan pálida como las azucenas que florecían junto al estanque.
—Oh, cielos —susurró Esme. Una ola de risitas ahogadas llegó desde las cortinas del triclinio—. ¿Qué pasa aquí?
—Éste es Lord Edward —dijo Alice agitadamente. Todavía sujetaba el manto—. Ya sabes, el señor montañés que va a casarse con Isabella. Los sirvientes dijeron que había que recibirle apropiadamente y mostrarle amabilidad. Y como voy a ser una de las doncellas de Isabella, vine para hablar, y ese hombre pelirrojo de allí —señaló con un gesto a Emmett— empezó a reírse. No sé por qué, no creo que sea cómica. —Señaló a Edward—. Ha dicho que va a estrangularle, y me ha prometido que podré mirar.
—No va a hacerlo —dijo Esme—, y aunque lo hiciese, no podrías mirar, y gracias por ponerme al corriente, niña espantosa.
La cara de Alice se oscureció y el labio inferior salió un poco más.
—No soy espantosa, soy encantadora. Isabella dice que lo soy. Yo te dije dónde estaba cuando huyó. Yo prendí fuego a James y le hice soltarla...
—Basta —rugió Esme—. Además, como doncella personal...
—No voy a ser una doncella personal —le interrumpió la niña—. Voy a ser dama de cortejo. Bill dice que como hija de un thane soy de clase demasiado noble para ser doncella personal. Voy a...
—He dicho basta —ordenó Esme con una voz como un bloque de piedra cayendo sobre la tierra. La mirada asesina que lanzó hacia las cortinas del triclinio prometía brutales consecuencias para los responsables de aquella travesura—. Así que, divirtiéndonos un poquito con el novio, ¿verdad? —dijo en un tono falsamente meloso.
Un sonido de pies que se alejaban rápidamente siguió a sus palabras. Alice mantuvo su posición, tiró dos veces del manto de Edward y susurró:
—Acércate. —Miraba a Emmett con aprensión. Edward se inclinó obedientemente, y Alice acercó los labios a su oreja—. ¿Sabes lo que dice mi padre de los hombres pelirrojos?
—No —susurró a su vez Edward.
—Dice que Judas tenía el pelo rojo.
La cara de Edward se convulsionó de risa. Emmett, que se había quedado con la boca abierta, se levantó enfadado:
—Espera un maldito momento...
Edward se enderezó, la mano sobre los rizos dorados de Alice.
—Emmett puede tener el pelo rojo —dijo— pero no creo que esté emparentado con el apóstol.
—Eso espero —repuso Alice, lanzando otra mirada de sospecha al capitán—. Mi padre dice...
—Se acabó —dijo Esme—. Ese padre tuyo te ha llenado la cabeza de insensateces. Entra en casa y no nos molestes más. Ahora mismo —ordenó con una palmada.
La muchacha que había abierto la puerta apareció de nuevo, con expresión adecuadamente afligida. Tomó a Alice de la mano como si fuera a llevársela, pero Edward hincó una rodilla en el suelo al lado de la niña y miró a Isabella.
Aliviado, vio que su palidez cerúlea había desaparecido y el color inundaba sus mejillas.
—Serás un buen señor para Isabella, ¿verdad? —preguntó Alice—. Mi padre dice que, si el hombre es la cabeza de la casa, la mujer es su corazón. Y un hombre sin corazón no es más que un cadáver. —Alice habló rápidamente, pero con claridad, como para asegurarse de que Edward lo entendía.
—Sí—prometió él—. Lo seré. Nunca podría descuidar mi corazón, pequeña. Así que quédate tranquila, te daré la bienvenida a mi casa como dama del cortejo de mi señora.
La criada se llevó a Alice a toda prisa, y Isabella quedó frente a Edward.
Vio a un hombre alto, un poco por encima de los seis pies, y de cuerpo macizo. Los músculos abultaban en sus brazos desnudos. Llevaba pantalones con polainas cruzadas, y una gruesa camisa blanca de lino, lo bastante larga para ser una túnica. Encima de la camisa llevaba una cota de malla. Su manto castaño estaba sujeto a su hombro por un broche de oro, una cabeza de león con grandes ojos de rubí. Su cara era lo más llamativo de todo, poderosa, de nariz fuerte y barbilla hendida, y con un aire de aparente severidad. Pero las profundas líneas de risa alrededor de la boca y las patas de gallo junto a sus ojos indicaban que era un hombre que sonreía a menudo y amaba la risa.
En conjunto, una cara amable, fuerte y segura. Su pelo era espeso, oscuro y rebelde, se rizaba suelto sobre su cuello y su frente. Lo llevaba corto; el pelo largo era un estorbo para un guerrero y no encajaba bien bajo un casco. Estaba claro que era un guerrero, llevaba una larga espada, sencilla y práctica, en un cinto con tahalí de cuero de buey.
Fascinado, Edward se acercó a Isabella como si estuvieran solos. Ella había estado en el jardín de la cocina con Esme, y llevaba un manto de lana marrón sobre su sencillo vestido blanco. Sujetaba las puntas del manto, donde había puesto algunos melocotones tardíos cogidos de los árboles de Esme. Su pelo estaba recogido hacia atrás, cayendo libremente sobre su espalda, las puntas de plata brillando al sol.
El lobo en Edward subió y olió el perfume de los melocotones, la carne calentada por el sol y el viento limpio.
Así, pensó Edward. Así fui capturado hace tiempo. Yo era un lobo, pero Llama me convirtió en un hombre y un guerrero. Así fui capturado entonces, y ahora, una hermosa mujer lo hace de nuevo.
Edward dio un paso más. Las manos de Isabella estaban ocupadas por el manto, y cuando el brazo de Edward pasó en torno a su muñeca, pensó absurdamente.
Se me van a caer los melocotones.
Su beso fue casto, unos suaves labios cerrados sobre los de ella, pero había tal inmensa naturalidad en la fuerza de los brazos en torno a ella y su presencia en el abrazo, que todo el cuerpo de Isabella se estremeció, sin que nunca llegase a saber si había sido de miedo o de deseo. Se relajó contra un cuerpo tan fuerte que parecía hecho de piedra calentada por el sol.
Sus labios se abrieron ligeramente, pero Edward no aprovechó su ventaja. El beso terminó y él dio un paso atrás, liberándola de sus brazos y de su hechizo.
—Felices son las palabras del poeta —dijo—: "Ella es una hermosa gema del reino de sol y el viento, una copa de miel. Un hombre podría ahogarse en tal dulzura". ¿Puedo coger un melocotón?
—¿Un qué? —preguntó Isabella, aturdida. Volvió en sí con un estremecimiento y extendió el manto hacia Edward—. Están tocados por la escarcha —advirtió.
—Como tu cabello, exquisita dama —contestó Edward mientras escogía una de las frutas cubiertas de terciopelo. Se la comió en unos pocos mordiscos, sosteniendo la mirada de Isabella. Tiró el hueso a un lecho de flores—. Delicioso, maduro y raro — dijo—. Como quien me lo ha dado. —Los jugos de la fruta brillaban sobre sus labios.
Isabella se permitió un ligero temblor mientras intentaba recuperarse. Sabía que, en el algún lugar, la loba estaba tumbada sobre el lomo en un lecho de flores, las cuatro patas al aire, retorciéndose de deleite.
Lanzó un pensamiento a su oscura compañera:
Eres horrible.
A la loba no le importó. Esme miraba a ambos con algo parecido al horror. Emmett miraba también, con la boca abierta.
—Cierra la boca, Emmett, antes de que se te salgan los sesos— dijo Edward—. Y saca los regalos que hemos traído para la dama.
Esme cogió rápidamente los melocotones del manto de Isabella y le arregló un poco el pelo que se le había soltado alrededor de la cara.
—No esperábamos verte tan pronto —dijo.
—Es cierto —confirmó Isabella—. Esperaba conocerte esta noche en la fiesta. —Miró su ropa—. Me temo que no estoy vestida adecuadamente. Lo siento...
—No te disculpes, por favor —dijo Edward—. Soy yo quien debería pedir perdón por venir sin anunciarlo.
—Ejem —carraspeó Emmett.
Vació las alforjas sobre la mesa de mármol. Incluso Esme, que estaba acostumbrada a la riqueza, se quedó boquiabierta al ver tanto oro de todo tipo. Había collares, anillos, monedas, pendientes, broches... Gemas, preciosas y semipreciosas, brillaban entre el oro. Rubíes de color rojo oscuro, zafiros azules como el cielo del crepúsculo, el agua clara de las aguamarinas, y topacios coloreados por el sol encendían la masa de riquezas.
—Un regalo de boda para mi futura esposa —dijo Edward.
Esme le lanzó una rápida mirada calculadora:
—Eres un hombre generoso, al hacer rica e independiente a tu mujer antes de la boda.
—Ella es una dama de la más alta realeza, y debe mantener su propiedad de la forma adecuada —respondió Edward.
Isabella se quedó contemplando la riqueza extendida ante ella. Se mordió el labio sin saber qué hacer. Miró a Edward. En sus brazos, se había sentido como si le conociese desde mil años atrás, pero ahora le parecía un extraño.
Un extraño agradable, sí, pero un extraño.
Y entonces recordó que era un hombre a quien quizá tuviese que matar algún día. Él cubriría de oro a la mujer, y la mujer saciaría todos sus deseos en el éxtasis entre sus brazos. ¿Pero qué tenía él para la cazadora, la cazadora plateada de la medianoche?
No, nunca podría conocer a la loba.
Isabella miró el montón de riqueza sobre la mesa y la loba pensó en la trémula luz del sol sobre un lago montañés al alba, o una cascada trenzada con el arco iris, vista a través de la fresca oscuridad verde de un bosque de verano. Y las joyas parecían las baratijas ofrecidas a las criadas en el mercado de los ladrones.
No, la loba no era tan fácil de comprar o vender.
Edward la miraba con una expresión fija, calculadora. Revolvió despreocupadamente el montón de oro con la mano:
—Por favor —dijo—, elige algo para llevarlo esta noche. Como un cumplido para mí.
—Por supuesto—dijo mecánicamente Isabella.
Él sacó un hermoso collar de oro puro del montón. Isabella y Esme comprendieron que era muy antiguo, y de una factura tan exquisita que debía de ser precioso por encima incluso del valor intrínseco del metal. Una confección de cántaros diminutos se alternaba con flores de amatista suspendidas de una gruesa y plana cadena de oro.
Isabella tocó el collar, su mano se cerró a su alrededor, y el día desapareció como cuando tocó el vestido en el mercado el día que conoció a Esme.
Estaba en un largo salón brillantemente iluminado con antorchas, rodeada de fiesta y alegría. Los invitados ocupaban lechos que se extendían por toda la estancia. Un muchacho tocaba una flauta doble. Su música enviaba un escalofrío de abandono y deseo por sus venas. Estaba sentada cerca de su amor. Él ocupaba el lecho opuesto al suyo.
Qué extraño es el corazón, pensó la muchacha que era y no era Isabella.
No era un hombre impresionante. Tenía una barba corta, rizada y oscura, y un cabello igualmente oscuro y rizado. Su piel tenía el aspecto curtido por el aire libre de un marinero, el collar de oro y amatista era un regalo suyo.
Ella lo acarició suavemente mientras le miraba a los ojos. Había una mirada orgullosa y sabia en ellos, y ella se sintió serenamente consciente de que compartirían aquella sabiduría cuando yacieran juntos antes del amanecer. Él alzó una bella copa de color negro y rojo. Su parte inferior, algo oscurecida por el vino, mostraba una imagen de Venus yaciendo con Marte, ambos atrapados por la red de Vulcano. Sus cuerpos estaban trabados en un frenesí de deseo, indiferentes a las mallas que los rodeaban.
Torció el brazo y llevó la copa a los labios de ella. Isabella alzó la suya y se la ofreció. Con los brazos entrelazados, bebieron juntos.
La escena desapareció. Isabella estuvo a punto de gritar cuando un agudo dolor atravesó su mente y su cuerpo como un oleaje de tormenta.
Ahora estaba en alguna otra parte.
Yacía en un féretro e iba engalanada para un entierro, pero aún no estaba muerta. Llevaba su mejor vestido blanco, bordado con rosetones de oro, el collar y una diadema.
No podía ver la diadema, pero estaba segura de que ella conocía su forma: una corona de hojas de sauce dorado finamente forjadas. No se movió, pues supo instintivamente que incluso el menor movimiento le ocasionaría un dolor intolerable. Debía de haberse roto casi todos los huesos del cuerpo al caer.
A través de la ventana, podía oír el estruendo del mar al romper contra la orilla rocosa. Pero a su alrededor sólo había oscuridad. Alguien habló entre las sombras, con una voz cargada de lágrimas.
—Ha despertado. Esperaba que no lo hiciera.
La muchacha que era y no era Isabella reconoció la voz de su madre.
La mujer salió de la oscuridad. Iba velada de negro, su cara pálida contra la oscuridad. A su lado estaba una sacerdotisa, también vestida de negro y con un báculo, que llevaba una máscara de gorgona, con la boca retorcida de furia y serpientes agitándose en su cabello. El báculo estaba coronado por la diosa de la amapola, con las vainas cruzadas como una corona y los ojos cerrados.
—La flor del sueño —susurró Isabella.
—No debiste haber caminado tan cerca de las rocas —sollozó su madre—. No en tu condición. Te caíste.
—No me caí —oyó decir Isabella a la muchacha débilmente.
—No —dijo la sacerdotisa, su voz amortiguada por la máscara—. Supuse que no. Bien, ahora es como deseabas, el hombre al que amabas no está, el niño que llevabas en tu seno no está, y pronto tú tampoco estarás. —Tendió una copa a Isabella, de los mismos colores negro y rojo. La imagen del cáliz era genio del sueño, un hermoso joven con los ojos cerrados y alas en los hombros—. Bebe ahora las aguas del Leteo y encuentra el descanso.
La muchacha cerró los ojos y apretó los labios.
—Llevadme al fuego —dijo—. No quiero morir aquí, con el mar sonando en mis oídos. El mar me lo quitó. Sus olas le golpearon, el agua le ahogó, dejando sólo carne azotada por la tormenta. No quiero oír su rabia triunfal mientras me hundo en la noche.
La llevaron en su féretro al centro del salón de columnas rojas. El hogar era alto y redondeado, encalado y pintado por el borde. El fuego ardía elevándose hacia una abertura del techo. Las llamas teñían los rostros de los hombres y mujeres reunidos. Algunos lloraban, otros miraban desaprobadores con ojos de piedra, pero todos levantaron la mano, uno a uno.
Entonces el cáliz tocó sus labios. El humo del fuego llenó sus fosas nasales y su luz le deslumbró.
Isabella miró desde lejos cómo avanzaba la comitiva fúnebre por los caminos, a través del mosaico de campos de grano maduro. Las cabezas se inclinaban, murmurando su pesar bajo un apacible cielo azul.
Oscuridad... una larga oscuridad.
La antorcha de los ladrones de tumbas penetró por el tejado. Donde una vez había habido belleza, había sólo hueso ennegrecido por todo el tiempo bajo tierra. Pero los dientes seguían blancos, y el ladrón supo mientras veía el resplandor de púrpura y oro en su garganta que ella debía de haber sido joven. Tiró del collar y el oscuro cráneo salió despedido, rompiéndose, cayendo con un ruido de dientes sobre el suelo.
Ya tenía el collar, pero había puesto una mano sobre el pecho del cadáver mientras se inclinaba para cogerlo, apartando una mano sobre el lecho de piedra. La mano de hueso cayó, y las largas uñas cogieron su brazo y lo abrieron hasta el hueso.
El grito del ladrón resonó en los oídos de Isabella mientras se arrancaba el collar del cuello y lo sujetaba ante ella, jadeando.
—No... Creo... que no.
—No —dijo Edward.
Todavía estaba sosteniendo el collar, y lo dejó caer entre el resto del oro. Isabella seguía estremecida por el terror de su visión.
Aventuró otra mirada a Edward. Estaba siendo puesta a prueba, evaluada. Edward cogió un torque, sencillo pero de oro macizo, con grabados en los extremos:
—¿Qué piensas de esto, entonces?
Isabella lo cogió, cerrando los dedos sobre él.
De nuevo oscuridad y el sonido del mar. Una pira llameaba en una punta de tierra. Alrededor de Isabella todo eran sonidos de pesar y angustia. El viento apartó las llamas por un segundo e Isabella pudo ver la oscura figura en su interior. Y supo que con aquella mujer perecía también todo su mundo. Comprendió que la oscuridad era la elegía, y el violento mar un canto funerario, no por una mujer, sino por todo un pueblo.
Isabella apartó la mano rápidamente.
—No —susurró inexpresiva.
¿Qué me está haciendo? pensó.
—Quizá tengas razón —dijo Edward mientras dejaba el torque con las demás joyas—. Se dice que perteneció a una poderosa reina, que nunca fue derrotada en batalla.
—No sería apropiado para mí.
Edward levantó una masa de cadenas de oro con un dedo engarfiado. Era otro collar, hecho de finas cadenas doradas de oro rojo, amarillo y blanco, con adornos de racimos de uvas en los que cada una era una perla.
Isabella lo cogió, preguntándose qué truco estaría intentando el hombre. Aquella vez tuvo una visión de la mañana:
Edward yacía sobre una piedra en el centro de un círculo de menhires. Estaba desnudo. Su carne joven era bella bajo la suave luz. Su rostro era el de un hombre mucho más joven, y los musculosos miembros estirados una relajación voluptuosa eran como los de un adolescente.
De nuevo, como con el pastor de la Campania, Isabella tuvo consciencia de la completa vulnerabilidad de su sueño inocente. Había una mujer sentada junto a él, vestida sólo con el collar que sostenía Isabella. Tenía un peine de plata en la mano, y estaba arreglándose su largo cabello oscuro. Había un aire inconfundible de complacencia y poder en su mirada cuando la bajó hacia el dormido Edward.
Isabella apartó la mano del collar.
—Éste, supongo —dijo.
Edward lo puso suavemente alrededor de su cuello. Después tomó la mano de Isabella y la besó.
—Ahora me despediré de vosotras, señoras. Hasta esta noche —dijo a Isabella.
Se marchó del jardín seguido por Emmett, y dejando a Isabella y Esme junto a las fruslerías de oro de la mesa.
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Que divertido, que intenso, que revelador… ¡Ya se conocieron! ¿Qué opinan? Alice y Emmett me mataron de risa jajajaja No tienen remedio.
En fin, no olviden dejar un comentario
¡Nos leemos pronto!
