La reina de tus caprichos
- Candy, yo no creo que sea… Es decir, creo que lo que tengo es normal –Me miraste inseguro-. No puedo asegurarte que la primera vez no te resulte, molesto… Incluso con algo de dolor… Solo puedo prometerte que trataré de tener el máximo cuidado. Pero tienes que confiar en mí, tienes que relajarte –Tomaste mi mano y la besaste, acariciándola con tus labios, mirándome con seriedad–. Si sientes que no estás preparada, esperaremos. Es solo, que pensé que… también disfrutabas como yo, que también... lo deseabas.
- ¡Y lo hago! Pero no puedo evitar sentirme asustada… a mí me parece... enorme -Acabé susurrando con sinceridad–. Quería hacerlo. Sé que te contienes y no quiero que sientas que estoy jugando contigo. Pero…
- Esperaremos. No voy a negarte que muero de ganas, pero esperaré a que estés realmente segura… He sido capaz de esperarte por mucho tiempo. No va a ser tan grave esperar algo más –agregaste resignado-. Cuando pase, quiero que ambos lo disfrutemos. No que lo hagas solo para complacerme. Para eso no se necesita ser pareja y yo quiero de veras que seas mi compañera.
- De todas formas… -Volví a sentirme sonrojada–, a mí me gustaría que no dejáramos de jugar… Me gusta mucho la forma en que me tocas y me haces sentir –No tuve tiempo de reaccionar. Con un ágil movimiento, ya me tenías apresada, de nuevo, entre tus brazos, a plena merced de tus besos.
- ¡Candy!... ¿Sabes que vas a volverme loco? –gruñiste entre besos, antes de bajar, lentamente, a deleitarnos, succionando mis pechos, haciéndome recordar tu deseo de verme embarazada de ti. De pronto, sin comprender la razón, también me sentí muy excitada por la idea, imaginando que algún día, aquellos mismos pechos, alimentarían a los hijos de ambos… pero, entre tanto, serían solo para ti.
- Y tú a mí, Albert. Solo, ten un poco de paciencia conmigo… Te amo, Albert –Alcé tu cara, para fundirme de nuevo en tu boca e intentar tumbarte debajo de mí. Resultó casi imposible–. Albert, por favor ¡Túmbate! -protesté- ¡Uiss! Tú siempre nos mueves a tu antojo y yo, no puedo… -dije con un puchero. No estaba muy segura, pero se me había ocurrido una pequeña travesura, para compensarte y divertirme, yo también… Tenía la esperanza de que te gustaría tanto como me gustó a mí y, quizás, de ese modo, le perdería un poco de respeto a tu órgano…
- ¡Ja ja ja! ¿Para qué quieres que me tumbe? –Reíste aún resistiéndote. Seguro que para hacerme rabiar. Me alegró que no le dieras más importancia y que pudiéramos seguir explorándonos, como hasta entonces. En el hospital, había escuchado, de varias chicas, que algunos pretendidos novios, las habían dejado por no acceder a consumar con ellos. Aunque me habías demostrado, sobradamente, que no eras de ese tipo de hombre, tuve mis reticencias, cuando te quedaste callado ¿Cómo saberlo? Pudiera ser que valoraras que ya no estabas para mis "niñerías". Pero, como siempre, me constatabas que no era así. Aquello hacía que aún te amara más y deseara lograr el empuje necesario para poder compartirme contigo.
- Ya lo verás… Tú solo túmbate ¡Venga, no seas malo! –Te guiñé un ojo–. Creo que te gustará –Sonreí traviesa y accediste reticente–. ¡Relájate! –insistí.
- ¡Ja ja ja! ¿Y eso me lo dices precisamente tú que… -No te dejé acabar. Te callé devorando tu boca, consiguiendo derrumbarte al fin, a mi absoluta disposición.
- ¡Shhhhh! Silencio –ordené.
- ¡Ja ja ja! ¿Qué?
- ¡SHHHH! He dicho que silencio –Fingí ponerme seria, mirándote desafiante. A lo que respondiste gesticulando como si cerraras tu boca con llave, sin poder evitar sonreír curioso.
- Tú, tuviste tu oportunidad... Ahora me toca a mí… No quiero oírte… Solo quiero que mires… -Froté nuestras narices, sonriendo maliciosamente, para luego pasearme por el resto de tu cara, mordisqueando, ligeramente, aquí y allá, con calculada calma. Enredada en el aroma de tu cabello, que siempre me atraía por el jabonoso perfume y la suavidad de su tacto, me deslicé por tu robusto cuello, relamiendo el pulso y volviendo a aspirar tu olor, cual loba reconociendo a sus cachorros, agitando, con ello, tu respiración, que empezaba a tornarse más entrecortada. Bien, me dije, ahí te quería, expectante, tal como tú lo hacías cuando jugabas conmigo. Era mi turno de devolverte la gratificante tortura. Sería mi pequeña compensación, pensé.
Estaba decidida a disfrutar con cada afecto obsequiado. Admiré tu amplio torso, paseando mis sedientas manos por toda su extensión, rasgando y ensortijando tu vello entre mis dedos, cálido, suave, dorado. Homenajee, besándola y lamiéndola, la marca del león… Nunca me cansaría de hacerlo. Tú, a cambio, me regalabas los oídos con tus gemidos y suspiros.
- ¿Te gusta? –te devolví la torna.
- Sí –respondiste seguro. Bajé mis manos por tu cintura, vagando por tu vientre, evitando, expresamente, la frontera de tu sendero velloso.
- ¿Quieres que baje… más? –pregunté pícara, sin traspasar.
- Sí.
- ¿Sí, qué?
- ¿?... Sí, ¿Por favor?
- ¡Eso está mejor!
- ¡Mala!
- ¡Shhhhhh!... Hablarás, solo, cuando te lo pida, ... si quieres que continúe –te amenacé, imitando tu actuación en la despedida.
- ¡Ja ja ja ja! –Estallaste a reír, pareciendo gratamente sorprendido pero sin contenerte.
- ¡SHHHHH! –insistí más enérgica-. ¡Hablarás, solo, cuando yo te lo pida! ¿Quieres que continúe?
- Está bien, está bien ¡Ja ja ja! Lo siento ¡Ja ja ja! –Te costó, pero finalmente, con visible esfuerzo, conseguiste sosegarte.
- ¿Y bien? ¿Hablarás, solo, cuando yo te lo diga?
- Sí –Sonreíste un breve segundo, autoobligándote a recuperar el porte serio.
Dibujé, a caricias, el contorno de tus caderas hasta el interior de tus muslos, persistiendo en la evasión de tu sexo, aproximándome lo suficiente como para arrancarte expectantes suspiros, comprobando que, ahora, la seriedad era incondicional, reforzada por tus dilatadas pupilas.
Contemplé tu miembro que se erguía orgulloso y bizarro frente a mí. Cubrí, cortés, su cabeza con mi derecha y así su base con mi izquierda, sin alcanzar a cercarlo por su diámetro. Procurando coordinar, los suaves movimientos de vaivén de mi izquierda con los círculos de la otra, sin desprender mi mirada de tu rostro, devorando cada maravillada expresión y gemido de placer, íntegramente enfocados a lo que yo te hacía, goloso, sin cerrar nunca tus ojos.
- ¿Te gusta que te toque así? –repetí tu estrategia.
- ¡Me encanta! –confesaste jadeante. Paré en seco.
- Bueno … No sé, ¿Debería seguir? –Tú expresión no tenía precio. Estabas realmente pasmado e, incluso, pude percibir lo que parecía un leve tic en tu ceja derecha… ¿Quizás incredulidad? ¿Indignación? o ¿Incerteza sobre la seriedad de mi juego?
- Candy ¡Por favor!...
- Creo que no seguiré más con esto… -Me sonreí… No tenías ni idea de qué era lo que iba a hacer a continuación. Aquello aún me divertía más. Te estabas empezando a molestar.
- Candy, esto no me pare…
- Creo que probaré otra cosa… -Te sorprendí, apresando tu miembro entre mis pechos, justo en el momento que intentabas incorporarte. Paralizado, volviste a reposar sobre la cama.
- ¡Candy!
Tampoco alcanzaba a cercarte así, pero me las ingenié para masajearte, imitando la anterior agitación y, de vez en cuando, con la ayuda de mis manos, delinear el mástil con un endurecido pezón, o utilizarlo para acariciar, yo, mis pechos con él, algo que, por el aumento de gemidos, parecía gustarte aún más. Yo también disfrutaba de la aterciopelada y redondeada caricia, aumentando a la par, mi excitación con la tuya.
- ¿Y esto también te gusta o te gustaba más antes? –Empecé a sentirme como una alumna aventajada… Ahora comprendía, aún mejor, lo que realmente habías disfrutado, en nuestro segundo escarceo. Esta sensación de poder era simplemente sublime.
– Me gusta que me toques como quieras -Atragantado, lograste contestar-, continua por favor –suplicaste resollando.
- No sé… ¿Y si no quiero tocarte más? –Volví a apartarme completamente de ti, estudiando tus ademanes.
- ¿Qué? ¡Por favor!... O acabas tú o lo hago yo –Desesperado, ibas a acariciarte con tu mano, pero te frené antes.
- ¡Un momento! No te he dado permiso para tocarte -Retuve tu muñeca, severamente convencida-, además, aún no he acabado –Sonreí con malicia y acto seguido acerqué contemplativa mi cara al torturado falo. Desafiante, lamí su copa, arrebatándote, de una sola estocada, un tosco gruñido y tu plena rendición.
Instintivamente, degusté con parsimonia el tronco, recorriéndolo lateralmente. Me veía incapaz de engullir semejante portento, pero no dejé de retornar a su casco, reconociendo y aprendiendo, con mi lengua, cada recodo y relieve, el suave matiz de tu íntima esencia, mucho más sutil que la mía, pero, para mí, mucho más adictiva. Tus suspiros, gemidos y ruegos, me alentaban, haciéndome disfrutar, con mayor intensidad, del creciente palpitar entre mis manos que me ayudaban a no dejar piel sin atención.
Apresando con ambas manos, aún no, la totalidad de su humedecida extensión, asalté, voraz, el glande, succionándolo, tal como lo hicieras tú, en otras ocasiones, con mis pechos y clítoris. Ensalivando más, para facilitar todos mis movimientos, comprimiendo, retorciendo y abrillantando tan preciada obra maestra de la naturaleza, sin dejar de mirarte para demostrarte, también, cuanto estaba gozando yo con todo aquello.
Un ligero temblor entre mis manos y un salino contraste en mi boca, fue lo poco que llegué a advertir antes de que me apartaras, volteándonos y colocándome bajo tu tensado cuerpo, mientras notaba sobre mis pechos, diversas ráfagas de viscosa calidez y tus gemidos, clamando mí nombre, como espléndido fondo musical.
- Eres una tramposa –Me besaste, amoroso, aún sin aliento–, espera a que me recupere...
Continuará...
