¡Holi!

¡Ya estoy de nuevo con un nuevo capítulo! Aviso para navegantes que este capítulo, sobre todo la primera parte, no es agradable. Si sois sensible a la violencia… andaos con ojo.

¡Por cierto, el pasado viernes 26 de junio, Wicked Game cumplió dos añitos! Madre mía, cómo pasa el tiempo. Aprovecho para daros las gracias a todes por estar ahí, ya sea desde el principio como si os habeis unido más tarde. Mil gracias por estar ahí, a pesar de que este fandom esté muertito, pero no importa. Yo escribo este fic porque me gusta y lo disfruto, y me encanta —y me siento agradecida— que vosotres también lo queráis tanto y lo estéis disfrutando. Por motivo de este segundo aniversario quería comunicaros que estoy haciendo un Draw this in your style en mi cuenta de Instagram ItsasUmbrellasArt en el que si participáis entráis en el sorteo de un marcapáginas de Wicked Game hecho totalmente a mano y dos retratos pintados con Promarkers. ¡Así que animaros a participar porque todes tenéis oportunidad de ganar y es a nivel mundial!

Sé que sigo con actualizaciones lentas ahora y os pido perdón por ello. Voy poco a poco y cómo puedo, pero os prometo que este fic se va a terminar, así que respirad tranquiles.

Aprovecho también para pediros también que, por favor, sigáis a Poppy_ en Instagram porque es una artistaza y merece vuestro amor y también a Angelic1411 que hace unos fanarts de Le Fey que os pasáis.

Por último, como siempre, os miro con ojitos de gatito con botas para que, si queréis/podéis/os apetece me dejéis una review para compensar las horas que mete esta pobre autora en este fanfic. Es el salario que recibo de vosotres y no sabéis lo feliz que podéis llegar a hacerme con vuestros comentarios, por mucho que penséis que no aportáis.

Feliz Pride Month, por cierto.

Y espero que disfrutéis del capítulo.


A Thuggory jamás le había caído bien Dagur el Desquiciado.

Es más, sus tribus jamás habían presumido de tener la mejor relación, aunque se había fundado una tregua más o menos estable tras el tratado de paz firmado entre los berserkers e Isla Mema.

Sin embargo, Thuggory sintió una irresistible satisfacción al ver a Dagur con la cara cubierta de sangre, con un ojo hinchado, amordazado y con las manos y los pies encadenados a una silla como si se tratara de un perro rabioso. Arrastró una silla hasta quedarse a un metro escaso de el berserker e hizo un gesto con la mano para que los guardias se retiraran. A los pocos segundos, Thuggory y Dagur se quedaron solos. El Jefe de los Cabezas Cuadradas le quitó la mordaza lo bastante rápido como para evitar que Dagur le mordiera la mano.

—¡Suéltame! —gritó el berserker furioso.

—Cálmate —le ordenó Thuggory sin perder la compostura—. No te voy a soltar, así que no pierdas energías en pedírmelo.

Las aletas de la nariz de Dagur se expandieron, pero se apoyó contra el respaldo de la silla sin apartar los ojos de los suyos.

—Sabrás por qué estás así, ¿no? —le dijo Thuggory.

—Esperaba que tú me lo dijeras —replicó Dagur escupiendo una flema de sangre al suelo—. Has invadido mi isla sin motivo alguno cuando he pagado todos mis impuestos sin rechistar y he presentado servicio a la reina cuando se me ha exigido hacerlo. Incluso había concedido el permiso para que el hijo de puta de Bludvist viniera a mi isla para hacer sus mierdas de inspecciones. Así que no, imbécil, no tengo la más remota idea de por qué estoy así.

Dagur tenía una herida abierta en su sien cuya sangre resbalaba por su cara hasta su cuello. Su túnica estaba empapada ya no solo de la sangre sino del agua que habían usado Lars Gormdsen para ahogarlo como tortura para que cantase. Thuggory no era amigo de esas metodologías, además que Dagur contaba con demasiada experiencia de sus años en prisión como para no verse afectado por torturas de a pie. A la vista de su poca cooperación, Gormdsen había sugerido a Le Fey ejecutarlo delante de toda la aldea como se había hecho con Estoico, pero la reina había rechazado tal sugerencia, prefiriendo que Thuggory tomara las riendas del asunto.

—¿Por qué no lo matas y ya está? —cuestionó Thuggory irritado cuando Le Fey le dio dicha orden aquella misma mañana.

—Porque la muerte es el sendero fácil —contestó la reina con impaciencia—. No soy partidaria de matar cuando el condenado en cuestión tiene cosas que contarnos todavía.

—Dagur no hablará —le advirtió el Jefe de los Cabezas Cuadradas.

—¿Cómo estás tan seguro? —cuestionó la reina.

—Nunca cayó preso de tu hechizo —le recordó el hombre antes de dar un sorbo al vino berserker que era demasiado agrio para su gusto—. Si Dagur te rindió pleitesía fue porque su pueblo está al borde de la extinción. La armada berserker es de las más fuertes del Archipiélago, pero ni siquiera Dagur es tan idiota como para exponerse a una guerra contra todas las tribus. Sus pocas esperanzas de una revolución desaparecieron cuando se supo que Hipo Haddock había huído definitivamente del Archipiélago.

Le Fey se había quedado pensativa, apoyando su cabeza contra la silla del Jefe berserker y jugando con su copa de vino.

—Si no habla por las buenas, hablará por las malas. La hija de Bertha la Tetuda fue vista por aquí hace semanas con los Jinetes de Mema y no me parece coincidencia que la vieja y el otro jinete hayan desaparecido así como así de Isla Mema —dijo la reina con gravedad—. Si Dagur no revela dónde se esconden, yo misma tomaré medidas al respecto. Y, por cierto, hablando de traidores de mierda, ¿has sabido algo de tu mercenario?

—No —respondió Thuggory con sequedad.

Le Fey torció el gesto y el vikingo puso los ojos en blanco.

—Tienes que aprender a ser más paciente —le achacó él malhumorado.

—Mi poca paciencia fue lo que hizo que te vincularas conmigo, Thuggory. Tienes suerte de que ya no te pueda estampar la cara contra la pared, porque has contratado a un puto inútil y debería castigarte por ello —escupió la reina con furia contenida.

Thuggory cerró sus puños con tanta fuerza que el metal de su copa se dobló con la forma de sus dedos. Odiaba que Le Fey pretendiera que tenía que estar agradecido porque ahora su vida estuviera vinculada a la de ella, como una excusa barata de que así estaría incluso a salvo de sus propias tentativas de matarle. Thuggory no soportaba que le forzara a besar el suelo que ella pisaba, ¿pero qué otro remedio le quedaba? No es que pretendiera huir, no podía dejar a Kateriina en la estacada ahora que había llegado tan lejos y, aunque quisiera hacerlo, el vínculo había complicado todavía más su vida, si es que eso era posible.

Aún seguía sin comprender por qué Le Fey lo había vinculado con ella. Cierto era que si pasaba mucho tiempo sin tocarla, su cuerpo sentía picores y escalofríos, como si estuviera anhelando su tacto por encima de todo. Por otra parte, su deseo hacia la bruja se hacía a veces insoportable y se asqueaba por lo mucho que necesitaba calmar su ansia sexual con ella. La masturbación ya no le aliviaba de ninguna manera y estaba resignado a dormir con la bruja si coincidían que estaban en la misma aldea, que últimamente resultaba ser casi siempre. Le Fey le había explicado que aunque Astrid también estaba vinculada con Hipo, su vínculo funcionaba más a su favor que en su contra. Thuggory tenía libertad de movimiento de ir adonde quisiera siempre y cuando no sobrepasase los límites del Archipiélago; en caso de hacerlo, ella lo sabría al instante. Además, al parecer, si Hipo o Astrid eran heridos, únicamente podían curar al que sufría la herida; pero en su caso, Le Fey podía curar en su propia piel las heridas de Thuggory, lo cual le otorgaba una resistencia que podía describirse casi como inhumana.

Sin embargo, a pesar de todos los lastres que el vínculo suponía en su día a día, había descubierto que Le Fey le había mentido en el motivo que, según ella, le había impulsado a crear el vínculo. Al principio, cuando encontró a Brusca Thorston escondida en la herrería de Bocón, estaba seguro que Le Fey iba a descargar toda su ira con ella y probablemente con el herrero también. No obstante, su sorpresa fue mayúscula cuando no solo no pareció saber que Brusca estaba escondida en el cuarto de Bocón en el momento que apareció por la herrería, sino que además ni se le pasó por la cabeza su posible involucración en la desaparición de Gothi y Patapez hasta que supieron que los Jinetes y Camicazi habían estado semanas en la isla Berserker.

Aquello le hizo confirmar que Le Fey no tenía por qué conocer cada uno de sus movimientos como ella le había asegurado. En realidad, él tampoco había tenido intención de traicionarla a propósito, pero cuando se topó con la chica Thorston su primer impulso había sido ayudarla a salir de allí como fuera y, por suerte, él todavía confiaba ciegamente en su propio instinto. Estaba casi convencido de que Le Fey le mataría o le torturaría por su acción, pero al no ver ningún tipo de reacción o asociación a las mencionadas desapariciones causadas por su acto, Thuggory se sintió una vez más como un imbécil por haberse tragado otra de las mentiras de Le Fey.

—¿Qué pasa? ¿Tengo dragones en la cara o qué? —escupió Dagur de repente.

Thuggory parpadeó confundido y se dio cuenta que se había quedado con la mirada perdida en el rostro de Dagur. Carraspeó incómodo y se enderezó antes de decir:

—Camicazi ha estado aquí y los...

—No es verdad —le cortó el berserker al instante.

—Dagur, tenemos testigos que lo confirman y…

—Que vengan tus testigos de mierda aquí y me digan a la puta cara, si es que tienen los cojones, de que Camicazi ha estado aquí —escupió Dagur rabioso.

Thuggory resopló y rezó a Odín para que le diera paciencia para aguantar todo el interrogatorio sin tener que romperle la boca a Dagur.

—Dagur, tu situación es muy delicada ahora mismo…

—¿Te han mandado a ti para hacer del bueno? —cuestionó Dagur con tono de mofa—. ¡Manda cojones! ¿De verdad habéis puesto a Gormdsen para hacer de malo?

—Dagur…

—¡Lo que hay que ver! ¿Acaso tu reinecita te ha cortado las pelotas, Thuggy?

Thuggory no pudo retener el impulso de cogerle del cuello y apretar su mano contra él. Dagur soltó un jadeo, pero pronto sonrió macabramente. Thuggory presionó con más fuerza, dispuesto a borrarle esa estúpida sonrisa de su cara, pero no lo consiguió. Terminó soltándole rabioso y se levantó para calmarse mientras Dagur tosía sonoramente para recuperar el aire.

—Sigues teniendo fuerza, cacho cabrón —se burló él jadeante.

—Te reventaría la cabeza si pudiera, imbécil —escupió Thuggory malhumorado—, así que no juegues con mi paciencia.

—Es fácil que a uno le revienten la cabeza cuando está atado a una silla.

Dagur chasqueó la lengua antes de escupir otra flema con sangre al suelo. Thuggory volvió a sentarse sin apartar sus ojos de los suyos.

—¿Dónde se esconden Camicazi y los jinetes de Mema? —preguntó el Cabeza Cuadrada de nuevo.

El berserker se lamió los labios, pero no dijo nada esta vez, sencillamente sostuvo su mirada desafiante. Thuggory decidido que era el momento de jugar a otra estrategia.

—¿Sabes que Hipo está en el sur?

La expresión chula de Dagur se deformó a una de desconcierto y sorpresa.

—¿Cómo que en el sur?

—Huyó a los mares del sur del continente. Dicen que allí el clima es cálido hasta en invierno, así que supongo que lo vio como un buen lugar para asentarse con la bruja y el Furia Nocturna —explicó Thuggory cruzando las piernas—. Ha rehecho su vida, no le culpo. Vivir en un paraíso con una mujer a la que puede follarse cuando le venga en gana sin ningún tipo de preocupación o responsabilidad. Ese ha sido el más listo de todos.

—Mientes —siseó Dagur.

Thuggory alzó las manos como gesto de falsa inocencia.

—Yo estoy tan sorprendido como tú. Estaba convencido de que Hipo había encontrado un escondite perfecto en el Archipiélago donde pudiera estar organizando alguno de sus planes maestros contra Gormdsen o incluso contra la reina. Comprenderás que yo también me quedé desconcertado cuando nuestros espías nos contaron esto.

La confusión marcó los verdes ojos del Desquiciado. Thuggory tuvo que contener una sonrisa, dado que Dagur podía aguantar casi cualquier cosa menos que lo traicionaran y que ésta vez Hipo fuera el supuesto traidor… No debía ser plato de su gusto. Dagur siempre había tenido una extraña obsesión con Hipo y, aunque habían sido enemigos durante la mayor parte de su adolescencia, ambos habían terminado forjando una amistad que Thuggory había desaprobado desde el minuto uno.

—Hipo, temo que Dagur no quiera precisamente ser solo tu amigo —le había advertido Thuggory tras la firma del tratado de paz con los berserkers.

El heredero de Mema había alzado la mirada confundido y dibujó una sonrisa nerviosa en su rostro.

—Dagur siempre ha sido así, no le des más importancia de la que tiene, Thuggory —replicó el joven sacudiendo los hombros.

Thuggory alzó las cejas sorprendido.

—¿Sabías lo de…?

—Bueno, Dagur no es precisamente discreto en lo que sus sentimientos se refiere —explicó Hipo con las mejillas ligeramente ruborizadas—. Y cree que no pillo sus indirectas, pero no soy tan inocente.

—¿Y no te incomoda que un hombre te desee de esa… forma?

Hipo sostuvo su mirada unos segundos, ahora claramente incómodo por su pregunta.

—No creo que tenga nada malo si no hace daño a nadie —respondió Hipo—. Comprendo y respeto los sentimientos de Dagur y no negaré que me inspira… curiosidad, pero no creo que sea capaz de quererle de la forma en la que él… ¿me desea? Y creo que Dagur lo sabe.

—No te entiendo, Hipo, ¿me estás diciendo que no descartarías acostarte con un hombre si tuvieras la oportunidad de hacerlo? —le preguntó Thuggory sin dar crédito a sus oídos.

Las orejas de Hipo se tornaron rojas ante su pregunta.

—Más bien que... quizás en otro contexto y en otra situación… A mí me gustan las mujeres, pero supongo que alguna vez me he planteado lo que sería hacerlo con un hombre —argumentó el heredero de Isla Mema—. ¿A ti no te pasa?

—No —contestó Thuggory tajante.

Hipo apartó la mirada avergonzado.

—Ya… ¿podrías no hablar de esto con nadie? No quiero darle falsas esperanzas a Dagur y no quiero cargarme el tratado tras el esfuerzo y el tiempo que nos ha llevado conseguirlo —le pidió Hipo apurado—. Y, sobre todo, que no se entere mi padre.

Thuggory le dio una palmada en la espalda con quizás demasiada fuerza, pues Hipo soltó un jadeo.

—Soy una tumba —le prometió el Cabeza Cuadrada con una sonrisa.

Tenían dieciséis años cuando tuvieron aquella conversación y no habían vuelto a hablar del tema desde entonces, sobre todo porque Thuggory se había convertido en Jefe no mucho tiempo después e Hipo había estado centrado en sus dragones y en los asuntos propios de su isla. Thuggory había lamentado el enfriamiento de su amistad con Hipo por el paso de los años y la falta de encuentros, pero a él jamás se le había dado bien mantener una correspondencia tan activa como lo hacía Hipo y sus cartas habían ido a menos según aumentaban sus responsabilidades como heredero de Isla Mema. No obstante, las pocas veces que se encontraban —por lo general, en los grandes concilios que reunían a los Jefes del Archipiélago— Thuggory sí había notado que aún tratándole con una cercanía impropia entre un Jefe y un heredero, Dagur se había moderado lo suficiente con sus filtreos y acercamientos a Hipo para comprender que había captado el mensaje.

Por esa misma razón le sorprendía que, a pesar de su rechazo, Dagur siguiese enamorado de Hipo. El berserker parecía realmente dolido por su media mentira, aunque uno nunca podía fiarse de Dagur. Un minuto era manso como un cordero y al siguiente podía arrancarle la mano de un bocado a cualquiera. Así era Dagur el Desquiciado: loco, impredecible e insoportable.

—¿Por qué haces esto, Thuggory? —preguntó Dagur de repente muy serio.

—¿Hacer qué?

—Esto —insistió él—. Nunca te he caído bien, pero siempre me has parecido un tipo respetable y con honor, por no decir que eras un referente para muchos. Ahora, en cambio, te has unido a una tirana y te juntas con escoria como Gormdsen y Drago Bludvist para acojonar y controlarnos a todos. Eres un puto traidor, tío.

—¿Tengo que recordarte que tú votaste a favor de coronar a Kateriina como Reina del Salvaje Oeste? —escupió Thuggory ofendido por su acusación.

—¿Y qué otro puto remedio tenía? —rugió Dagur—. ¡Era de los pocos que no estaban babeando por tu puta novia! ¡Si votaba en contra lo ibais a tomar con mi pueblo!

—¡Y lo tomarán también si no nos dices dónde están Camicazi y los Jinetes! —le advirtió el Cabeza Cuadrada.

—Yo no traiciono a mis amigos como tú, Thuggory.

Thuggory fue a replicar cuando escuchó el chirrido de la puerta de la celda. El Cabeza Cuadrada se giró molesto y dispuesto a gritar a quien osaba interrumpir su interrogatorio cuando vio a Le Fey entrar con cara de muy pocos amigos.

—Vaya, ¡la que faltaba ahora! —exclamó Dagur irritado.

—Cierra la puta boca, cucaracha —le ordenó Le Fey con frialdad.

Dagur no parecía dispuesto a quedarse callado, pero su expresión se tornó de terror cuando se dio cuenta que por mucho que abriera la boca su voz no salía de ella. Le Fey posó su mano sobre el hombro de Thuggory para que le prestara atención.

—Ya hemos perdido demasiado tiempo. Si no habla por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas —concluyó la reina.

—Mi señora…

—No finjamos, Thuggory —le cortó la reina y se acercó a Dagur quien intentó alejarse por todos los medios de ella, pero fue inútil—. Este trozo de mierda sabe perfectamente quién soy, ¿a que sí?

Le Fey cogió de su mandíbula con fuerza, clavando sus uñas en la piel de Dagur.

—Sabes dónde están, ¿verdad, Dagur? —preguntó Le Fey con tono meloso—. Ellos te dijeron quién era yo realmente, pero... ¿por qué insistes en proteger a gente a la que claramente no le gustas? Puedo verlo en tu mente, Dagur. Nadie confiará nunca en ti porque nunca has sido buena persona. Nadie te ha querido nunca y si crees que lo hacen es porque están fingiendo —Dagur dejó de moverse y Thuggory sintió un desagradable nudo en el estómago—. Todos te terminan abandonando: tu madre, tu padre, tu madrastra, Camicazi, Hipo… tu hermana Heather. Naciste para ser odiado y desquiciado y ya es demasiado tarde para ganarte el afecto de nadie. Estás destinado a estar solo, porque no vales una mierda. Nunca lo has hecho.

Thuggory sintió náuseas por el discurso tan despreciable y lleno de odio de Le Fey. Dagur no pareció reaccionar, quedándose como hipnotizado con los ojos de la reina. Pensaba que se había quedado en shock por sus crueles palabras cuando, de repente, Dagur hizo un movimiento tan rápido que ni la propia reina lo pudo predecir. Thuggory sintió un dolor agudo y vibrante en su nariz que hizo que se cayera de su silla. La sangre caliente empezó a salir a borbotones de su nariz y el Cabeza Cuadrada se la tapó con la mano para cortar la hemorragia. Mareado y confundido por cómo había acabado así, miró rápidamente hacia Le Fey quién estaba de rodillas en el suelo gimiendo de dolor, mientras que Dagur, tirado a su lado en el suelo y aún atado a la silla, se reía silenciosamente a carcajada limpia. Thuggory consiguió levantarse y se acercó hacia Le Fey para socorrerla, pero esta le dio un manotazo cuando hizo el amago de cogerla del brazo. Thuggory observó cómo la sangre caía sobre su vestido, creando una mancha oscura sobre el carísimo terciopelo negro.

Thuggory cogió de la túnica del berserker y lo levantó como si no pesara nada. Dagur frunció el ceño cuando vio su cara empapada de sangre, pero Thuggory ya le había dado un puñetazo en la mandíbula antes de que pudiera siquiera reaccionar. Al quinto puñetazo, sintió su cara arder y escuchó el chasquido de su nariz colocándose de nuevo en su sitio. Thuggory gimió, pero al menos había dejado de sangrar y el dolor desapareció como si nada hubiera pasado. Dagur estaba semiinconsciente, con la cara hinchada por sus puñetazos, el labio partido y los dientes manchados de sangre que había inundado su boca. No le había roto la mandíbula de pura chiripa, aunque Thuggory seguía tan furioso que estaba dispuesto a conseguirlo. Sin embargo, cuando alzó de nuevo su puño sintió que una mano invisible cogía de su muñeca para detenerle. Giró su cabeza hacia Le Fey, cuya cara, cuello y escote estaban manchados por la sangre que había caído de su nariz. Thuggory pensó que tal vez Le Fey quisiera matar a Dagur por sí misma, pero la bruja acunó el rostro del Berserker entre sus finas manos y curó sus heridas cantando en un susurro unas palabras en una lengua extraña. Las magulladuras y los hinchazones de la cara de Dagur desaparecieron ante sus ojos y Dagur parpadeó claramente confundido por sentirse de repente tan bien y repuesto. Abrió la boca para hablar, pero la reina todavía lo tenía maldito sin voz. Le Fey dio un paso hacia atrás y se volteó a él para simplemente decir:

—Es hora de que esta cucaracha hable por las malas.

La reina llamó a los guardias y les indicó que preparasen a Dagur para llevarlo al Gran Salón en media hora. Le Fey chasqueó los dedos a Thuggory como si de un perrito se tratase y éste, resignado, se obligó a seguirla hasta el barco en el que habían llegado horas antes. La reina ordenó que trajeran de inmediato a su camarote agua caliente y jabón y cogió a Thuggory de la mano para arrastrarlo hasta dentro.

—Desvístete —le ordenó la reina mientras se quitaba las horquillas que sujetaban su melena.

Thuggory se quedó sin aire al ver como su precioso cabello caía por su espalda como una cascada. Kateriina siempre había contado con una espesa melena azabache, preciosa y brillante, que había cuidado siempre con mimo y dedicación. Antes de que Le Fey poseyera su cuerpo, Thuggory sólo la había visto una única vez con el pelo suelto y había sido por accidente. Ella casi se había muerto de la vergüenza cuándo una ráfaga de viento había soltado el lazo de su trenza mientras ambos paseaban por la playa de su isla y Thuggory se había tenido que girar mientras ella rápidamente se volvía hacer una trenza más descuidada e informal. Le Fey acostumbraba a llevar el cabello casi siempre suelto o semirecogido y, aunque nadie se había atrevido a señalar su falta de decoro, sin duda su descaro no había sentado bien a muchos. A Thuggory le gustaba ver su cabello bailar al son del viento cuando navegaban en mar abierto, y eran en esas ocasiones cuando solía tirar de su imaginación para pensar que aquella mujer era realmente Kateriina y no Le Fey, aunque tan pronto clavaba sus fríos ojos grises en los suyos volvía a poner los pies sobre la tierra.

Thuggory se quitó la túnica arruinada por la sangre e iba a desabrocharse el pantalón cuando tocaron a la puerta. Le Fey estaba con los pechos al aire cuando les dio permiso para entrar y dos hombres entraron cargados con un barreño grande de agua caliente. Bajaron la vista alarmados al verla semidesnuda, pero Le Fey se mostró indiferente ante su vergüenza. Thuggory quiso gritar ya solo por su descaro de mostrar el cuerpo de su novia ante desconocidos sin ni siquiera inmutarse.

—Thuggory te he dicho que te desvistas —repitió ella con impaciencia.

Uno de los hombres alzó la mirada hacia él discretamente e hizo una especie de amago de sonrisita facilona que le hizo la sangre hervir.

—¡Thuggory! —exclamó la reina claramente irritada.

—Sacad vuestro puto culo de aquí —escupió Thuggory rabioso.

Los hombres asintieron nerviosos y salieron a toda prisa de allí. El Cabeza Cuadrada se quitó el pantalón con tanta fuerza que rasgó la tela y soltó una palabrota. Oyó a Le Fey resoplar a la vez que se metía en la bañera ya desnuda. Extendió el brazo para invitarle a meterse con ella y Thuggory obedeció resignado. El vikingo iba a coger una pastilla de jabón cuando Le Fey posó su mano sobre la suya para detenerle.

—Permíteme.

Le Fey agarró la pastilla de jabón para frotarla con esmero contra su pecho. El cosquilleo que generaba el tacto de sus dedos en su piel le resultó tan incómodo como placentero. Su cuerpo anhelaba su roce, pero su cabeza se esforzaba en rechazarlo, excusándose ahora más que nunca que su deseo enfermizo lo generaba el vínculo y no su propia voluntad, aunque en el fondo no era más que otra forma de engañarse a sí mismo. La bruja lavó su pelo, su cara y su cuerpo y Thuggory también se preocupó de lavarla con esmero antes de penetrarla. Le Fey sonrió complacida mientras Thuggory entraba y salía de ella ansioso y furioso. Acariciaba sus rizos con ternura, casi de forma maternal, y el Cabeza Cuadrada tenía que evitar el impulso de sacudir su cabeza para que parara. Odiaba aquellos gestos íntimos que tanto le recordaban a Kateriina y la sola idea de que fuera una usurpadora quién se los estaba dando le quebraba por dentro. Le Fey se corrió gritando más de lo necesario y Thuggory alcanzó su orgasmo silenciosamente, ocultando su rostro en el hueco de su cuello.

—Eres tan especial, Thuggory —le susurró la bruja contra su oído—. Nunca he conocido a nadie como tú.

—No sabes lo que dices —bramó el vikingo contra su hombro.

—Me pasaría la vida entera así —continuó Le Fey—. Dejando que me folles como un salvaje. Adorándome como solo yo me merezco.

—No te adoro —le cortó Thuggory furioso.

—Claro que sí —insistió ella empujando de sus hombros para encontrarse con sus ojos negros de lujuria—. Ni por Kateriina podrías sentir esto, Thuggory. Tú no estás hecho para mojigatas, sino para mujeres como yo: fuertes, poderosas y letales. Tú representas lo que todo humano debería ser: sumisión, respeto y complacencia hacia tu señora.

—Cállate.

—¿O qué? —le desafío ella.

Thuggory llevó su mano a su cuello y lo apretó con fuerza. Sin embargo, sintió de repente que sus vías respiratorias se cerraban y la soltó al instante. Le Fey se rió sonoramente.

—¿No entiendes todavía que el vínculo nos convierten en una sola persona? Sentimos todo lo que el otro siente —explicó la bruja acariciando su mejilla—. Eres mío, Thuggory. Será más fácil cuando lo entiendas.

—Esto no es el trato que teníamos —le achacó Thuggory rabioso—. Dijiste que me devolverías a Kateriina si te ayudaba. He manchado el nombre de mi padre, mi reputación y el honor de mi tribu por traerla de vuelta. Me he desvivido por cumplir contigo, ¿y qué he recibido a cambio? ¡Nada más que mentiras y falsas esperanzas!

—Te las estás follando, ¿no? ¿Qué más quieres? —cuestionó Le Fey irritada.

—¡No es el sexo lo que quiero, joder! Quiero a Kateriina de vuelta, no a ti.

Le Fey sostuvo su mirada en silencio antes de darle un empujón y salir de la bañera para secarse.

—Me has estado mintiendo todo este tiempo, ¿verdad? —cuestionó Thuggory dolido—. No vas a devolvermela. Vas a quedarte con su cuerpo y dejarla ahí dentro para siempre.

La bruja se giró hacia él y el Cabeza Cuadrada se sorprendió al verla tan dolida.

—Yo siempre cumplo con mi palabra, Thuggory, pero tú eres el único imbécil que no es capaz de verlo —Le Fey cogió el vestido que había llevado antes y lo sacudió, causando que la enorme mancha de sangre desapareciera ante sus ojos—. Vístete, no podemos perder más tiempo. Quiero salir de esta pestilente isla lo antes posible.

Thuggory estaba cansado. Muy cansado. Sentía que se ahogaba en esa realidad que Le Fey había creado, siendo su mascota que le seguía fielmente a todas partes mientras se agarraba a una vaga promesa de que así volvería a estar con su amada. ¿Volvería ver a Kateriina? ¿Estaría realmente viva dentro de Le Fey como ella le había asegurado?

¿Se podría matar a Le Fey sin matar a Kateriina?

¿Y el vínculo? ¿Se podría romper?

Thuggory no deseaba morir, no sin ver una última vez a Kateriina y asegurarse de que iba a estar bien. Le gustaba fantasear que Kat regresaba y se marchaban juntos del Archipiélago a reiniciar sus vidas, sobre todo porque sabía bien que nadie podría olvidar la tiranía de Le Fey bajo la máscara de Kateriina y mucho menos a su más fiel consejero, compañero y amante. Estaba convencido de que podría entrar en la guardia de cualquier aldea de la costa; nadie podría rechazar a un guerrero de su talla y Kateriina… ella siempre había soñado con formar una familia. No vivirían como el Jefe y la consorte que debían ser, pero tendrían una vida sencilla y fácil, lejos de aquel pozo sin fondo del que era incapaz de encontrar una salida.

Salió de la bañera tintada por la sangre que se habían limpiado y se secó mientras Le Fey terminaba de vestirse.

—Te veo en el Gran Salón —dijo la reina sin más.

—¿A dónde vas? —preguntó él confundido—. Tenemos poco tiempo hasta que…

—No es asunto tuyo —le cortó ella malhumorada—. Estaré en el Gran Salón a la hora.

Thuggory puso los ojos en blanco cuando Le Fey cerró la puerta del camarote tras ella y sacó de su baúl una muda limpia. Salió a cubierta donde Acke, uno de sus consejeros, se acercó rápidamente con un rollito de pergamino sellado en su mano.

—Acaba de llegar —dijo sin más.

Thuggory rompió el sello y abrió la breve misiva de Bain Eldarion.

"Regreso al Archipiélago. Te buscaré llegado el momento."

El Cabeza Cuadrada frunció el ceño confundido porque Eldarion volviera al Archipiélago sin dejar del todo claro el motivo y sin aclarar nada relacionado con la búsqueda de Hipo y de Astrid. Thuggory hizo una bola con el papel y lo tiró por la cubierta. Acke carraspeó a su lado y el vikingo se esforzó en no poner los ojos en blanco.

—¿Algo más? —preguntó Thuggory.

—¿Cuándo tienes pensado volver a la isla?

—Pronto —respondió el vikingo con sequedad.

—Eso mismo me dijiste hace tres semanas —le achacó Acke malhumorado—. Comprendo que seas... el consejero de la reina, pero tu pueblo te necesita, Jefe.

Thuggory apretó los puños para reprimir la ira que le generaba su propia impotencia. Sabía qué estaba descuidando a su tribu debido a sus responsabilidades como mano derecha de la reina, pero a cambio se había asegurado de proteger a su tribu de las inspecciones de Drago, de la significativa subida de impuestos subida a la mayor parte del Archipiélago y de la propia Le Fey. Él no podía estar atendiendo a cincuenta cosas a la vez por mucho que se esforzara en hacerlo y le sacaba de quicio que ni sus propios consejeros pudieran verlo.

—He dicho que volveré pronto, Acke —insistió Thuggory impaciente—. Debo fidelidad a la reina para preservar la seguridad de nuestro pueblo, así que no me insistas más.

—Jefe, Lady Kateriina…

—No quiero oír una palabra más sobre el asunto —le cortó el Jefe tajante.

Acke no parecía contento por el tono de su voz, pero Thuggory no tenía tiempo para pensar en si había herido sus sentimientos o no. Bajó del barco para dirigirse al Gran Salón cuando, para su mala suerte, se topó con Lars Gormdsen.

—¿Lo has oído?

—¿Qué?

—Bludvist viene para acá —explicó él con una sonrisa—. Probablemente pase inspección a todas las mujeres de aquí.

Thuggory hizo una mueca de desagrado que Gormdsen no pasó por alto.

—No sé qué pegas le pones a Bludvist, es el más eficaz de todos nosotros.

—¿Matar a la mitad de las poblaciones femeninas, incluyendo a niñas, te parece a ti normal? —replicó Thuggory furioso—. Y coge a los dragones y a los rebeldes que no mata para esclavizarlos en su flota.

—Es lo que se merece esa escoria rebelde —escupió Gormdsen—. Ojalá venga pronto a Isla Mema, creo que ya es hora de dar un buen escarmiento a algunos. Una vez que me los quiten de en medio, por fin podré gobernar en paz.

Thuggory suspiró agotado.

—No te das cuenta de nada, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? —cuestionó el hombre confuso.

—Creo que un poco de humildad no te vendría de más —le advirtió Thuggory—. La reina no está contenta contigo. La has cagado demasiadas veces, Gormdsen.

Lars cogió molesto de su hombro con fuerza y tiró hacia atrás con violencia. La altura y la fuerte complexión de Thuggory hicieron que ni siquiera perdiera el equilibrio y no dudó en darle un empujón al Jefe de Mema para que cayera al suelo.

—¿Cómo te atreves, niñato? —ladró Gormdsen colérico.

—¿Niñato? —replicó Thuggory muy calmado—. Tengo muchísimas más experiencia que tú en todo lo relacionado a llevar una Jefatura, Gormdsen. Piensas que eres alguien muy importante en esta historia, pero no eres más que una pieza desechable en esta partida. Un tipo patético que ha buscado alcanzar el éxito mediante mentiras, abusos y corrupción. ¿Crees que Isla Mema vale una mierda sin los dragones o sin los Haddock? Ni siquiera Estoico consiguió que alcanzarais la gloria, siempre fue Hipo el que trajo el bienestar y la abundancia a vuestra isla. Por tanto, deja de creer que eres alguien, porque no eres más que una pulga a su lado.

El cuerpo de Lars Gormdsen temblababa por la ira, pero Thuggory sabía que no haría nada contra él. El Jefe de Isla Mema había sido un guerrero de su tribu, pero jamás había contado con la reputación de ser el mejor o incluso el más mortífero. Puede que Gormdsen le duplicase en edad, pero nunca había destacado ni por destreza ni mucho menos por sabiduría. Thuggory había sido reconocido como uno de los combatientes más mortíferos de todo el Archipiélago, ¿y qué era Gormdsen a su lado? Un burgués, un niño de bien al que nunca le había faltado de nada. Sí, puede que se hubiera convertido en cabeza de su familia demasiado pronto por la enfermedad de su padre, ¿pero él y cuántos más? Thuggory se había convertido en Jefe y responsable de una tribu entera tras el asesinato de su padre con sólo dieciséis años y él jamás había contado con ningún familiar que le apoyara.

—Tienes suerte de ser el perro de la reina —escupió Gormdsen con profundo rencor.

Thuggory comenzaba a estar un poco harto de que le considerasen como tal. Se sintió tentado en romperle la boca a Gormdsen, pero sabía que no haría otra cosa más que perder el tiempo y se abriría los nudillos innecesariamente. Le dio la espalda y volvió a encaminarse al Gran Salón sin querer seguir con aquella discusión de besugos, a pesar de que Gormdsen farfulló algún que otro insulto más. Empezó a llover copiosamente tan pronto subió la escalinata que llevaba al Gran Salón berserker. Le Fey ya estaba sentada en el trono berserker, escuchando con atención algo que una mujer le estaba susurrando en su oído. Thuggory se acercó a ella con paso decidido, sin pararse a escuchar las burlas de la guardia berserker que estaba encadenada y arrodillada en el suelo y tampoco miró a las familias más corrientes, formadas mayormente por campesinos, quienes lloraban o rezaban a los Dioses para que los protegieran del mal que se cernía sobre ellos.

Dagur estaba a medio metro del trono de la reina, limpio y acicalado, aunque custodiado por tres guardias y encadenado hasta el cuello. Le habían vuelto a amordazar, aunque seguramente todavía estaría maldito por el hechizo que Le Fey le había lanzado antes. Aún así, ello no reprimió que le lanzara su mirada más envenenada. Thuggory simplemente actuó como si no estuviera allí y se colocó junto al trono de la reina. La mujer desconocida inclinó la cabeza cuando terminó de dar su reporte y Le Fey dijo algo en voz baja que Thuggory no llegó a oír del todo, pero tenía por seguro que no hablaban nórdico. La mujer asintió y se retiró, perdiéndose entre la multitud que se apelotonaba en aquella sala.

Al parecer, Le Fey se había preocupado de reunir a toda la población en un mismo lugar, probablemente para acrecentar la humillación de Dagur. Thuggory sintió un nudo en el estómago, apenas había algo más de un centenar de personas allí reunidas. La tribu berserker no era la única del Archipiélago que sufría estragos para sobrevivir a la extinción. La guerra contra los dragones habían extinguido generaciones casi enteras, como la suya y la de Hipo, y la tribu berserker había estado en conflicto con prácticamente todo el Archipiélago hasta hacía relativamente poco, así que sus constantes batallas había causado tantas bajas que la población había descendido alarmantemente en los últimos años. Ver a todos los berserkers allí amontonados hizo que sintiera un peso sobre su pecho, probablemente por el incierto futuro que le depararía a toda esa gente.

Le Fey alzó su mano para callar a todos los presentes. Clavó su fría mirada en un silencioso Dagur, quien pese a su estado de claro vulnerabilidad no titubeó en sostener los ojos de la reina con un aire desafiante e incluso arrogante.

—Vuestro Jefe ha decidido que no quiere formar parte de este reino que ha unificado a todas las tribus en una sola —comenzó a explicar Le Fey en un tono más suave del habitual—. Considera que vosotros os arreglais perfectamente sin mí, sin nuestra protección, en medio de este terrorífico caos en el que los rebeldes se están organizando contra la paz y la estabilidad del reino del Salvaje Oeste.

Los berserkers no reaccionaron a sus palabras, demasiado precavidos o aterrados para mostrar ninguna reacción a alguien tan poderoso e intimidante como la reina.

—No obstante, me temo que la cosa no termina ahí, ¿verdad? —preguntó la reina con una voz tan fría como el hielo—. Este engendro que tenéis como Jefe, quien os ha llevado prácticamente a la ruina, la deshonra y la extinción, resulta que me ha traicionado. Ha acogido a parte de los rebeldes de Isla Mema y la heredera de las Bog-Burglars que están en búsqueda y captura, por no mencionar que es más que probable que haya colaborado en el secuestro de Gothi, la galena de Mema, y otro de los Jinetes. Por esa razón, dado que vuestro Jefe no quiere colaborar, he decidido preguntároslo a vosotros, su pueblo, porque es mi expreso deseo preservar vuestra seguridad por encima de todo.

La gente parecía contrariada por su discurso, pero nadie dio un paso enfrente para confesar esa verdad tan anhelada por Le Fey. A los Berserkers se les podía acusar de muchas cosas, pero Thuggory sabía que era un pueblo muy fiel a sus principios. Le Fey no tendría las respuestas que tanto anhelaba y ello iba a suponer un problema para ambas partes. La reina cruzó sus brazos sobre su pecho, claramente tensa por la poca sumisión que aquel pueblo presentaba ante ella.

—¡He dicho que habléis! —gritó ella con voz autoritaria—. ¡Hablad!

Le Fey debía estar usando su magia, pues de repente tres docenas de personas dieron un paso enfrente, alarmando a los demás que no se veían afectados por la influencia mágica de la reina. No obstante, ninguno de ellos tenían la respuesta que la bruja estaba buscando, confirmando únicamente la presencia de los Jinetes y Camicazi en la isla semanas atrás.

—Esto es una puta pérdida de tiempo —masculló la reina y se acercó a Dagur para quitarle la mordaza—. Es tú última oportunidad, cucaracha. ¿Dónde se esconden Camicazi y los Jinetes? No te lo volveré a preguntar.

Dagur dibujó de nuevo esa sonrisa de arrogancia y locura que tanto le caracterizaba. Abrió la boca e hizo un ruido con la garganta que hizo que a Thuggory le diera un vuelco en el estómago. No llegó a tiempo de impedir que Dagur le escupiera a la cara a Le Fey, dejándola a ella en shock, incapaz de procesar lo que el berserker acababa de hacer, y al resto de la sala muda de la impresión. Cuando Le Fey volvió en sí se limpió la saliva de su cara con la manga de su vestido y se giró hacia Thuggory.

—Que lo aten al trono —le ordenó la reina.

—Mi señora…

—Ahora, Thuggory —le cortó ella—. Se acabó el juego. Lo haremos a mi manera.

Dagur se resistió cuando los tres guardias le empujaron al trono, aunque cuando Thuggory intervino poco tenía que hacer Dagur contra él. El berserker era indudablemente un guerrero temerario y salvaje, pero Thuggory le sacaba dos cabezas y era más fuerte que él. Luchó aún amarrado a la silla, como un jabalí preso entre las garras de un dragón. Le Fey se colocó ante él muy seria.

—Eres una hija de perra, bruja. Te mataré —masculló Dagur furioso.

—¡Oh! No dudo que lo vayas a intentar, querido —concordó ella sonriente y bajó la voz para que solo Thuggory y Dagur pudieran escucharla—, pero a una bruja como yo no puede ser asesinada por cucarachas.

Dagur intentó golpearla de nuevo con la cabeza, pero Thuggory agarró la cadena de su cuello para empujarla contra el respaldo del trono. El Jefe berserker gritó toda clase de insultos y barbaridades mientras su pueblo observaba impotente cómo su Jefe iba a morir a manos de un tirana. Sin embargo, cuando Le Fey llamó al verdugo le pidió que se quedara a un metro del trono y se dirigió a su guardia.

—Id trayendo a los hombres de uno en uno, empezad por los guerreros.

Dagur se calló de repente y Thuggory se quedó blanco de la impresión. Soltó la cadena que sujetaba el cuello del berserker y se acercó a Le Fey mientras la guardia de la reina arrastraba a uno de los hombres de Dagur hasta la posición indicada donde el verdugo afilaba su hacha.

—Te estás pasando —le advirtió él—. Mata a Dagur si quieres, pero esta gente no tiene por qué pagar la insolencia de su Jefe.

Le Fey alzó la mirada con las cejas arqueadas.

—¿Insinuas que me estoy equivocando?

—No te lo insinúo —replicó Thuggory furioso—. La estás cagando hasta el fondo.

—Nadie echará en falta a esta gente —dijo Le Fey con indiferencia—. Además, no voy a matar a todos.

Arrodillaron al primer guerrero y Dagur pidió clemencia a la reina, pero esta hizo un gesto al vergudo para que procediera. La gente chilló aterrorizada cuando la cabeza rodó hasta los pies de su Jefe, quien soltó un alarido como si le estuvieran cortando uno de sus miembros.

—El siguiente —indicó la reina.

—Para esto, por favor —le suplicó Thuggory horrorizado.

—Pareces un niño llorón —se burló Le Fey—. No voy a parar, Thuggory. Nadie me humilla y se va de rositas. Esa cucaracha vivirá con las manos manchadas de la sangre de su pueblo.

—¿Qué vas hacer con él? —preguntó el Cabeza Cuadrada.

—Cuando acabemos se lo mandaré a Drago, estoy segura que sabrá qué hacer con él. Siempre hay sitio para gente como él en sus galeras.

La segunda cabeza cayó esta vez cerca de los pies de Le Fey y ésta, sin muchos miramientos, le dio una patada hacia la multitud, causando que se apartaran espantados. A medida que avanzaban las decapitaciones, la sala adquirió un pestilente olor a vómito, sangre y orines. A Thuggory le pitaban los oídos por el eco de los chillidos que rebotaban contra las paredes de aquella sala que cada vez se le hacía más pequeña. A la décima decapitación, Dagur habló:

—Hablaré, te diré lo que quieres saber, pero para esta masacre por favor.

Le Fey, quien tenía la cara y el cuello ligeramente manchados de la sangre que salía disparada de los cuellos sin cabeza de los berserkers decapitados, sonrió complacida y dijo:

—¿Dónde están, Dagur?

—Ocultos con Alvin el Traidor en su isla —respondió sin levantar la mirada.

La reina se acercó al trono.

—¿Estoico Haddock se oculta ahí también? —preguntó ella en voz baja para que solo ellos oyeran la pregunta.

Dagur titubeó antes de asentir con lágrimas en los ojos y Le Fey acarició su pelo con falsa ternura.

—¿Ves? ¿A que no era tan difícil? —se burló ella con tono infantil y pellizcó su mejilla—. Eres un chico muy tonto, Dagur. Aprendes por las malas y, claro, al final son los demás quienes pagan por ello.

El rostro de Dagur estaba empapado por las lágrimas y los mocos que caían de su nariz. Humillado por la reina y acompañado de un sentimiento de culpa que le acompañaría para siempre, Dagur había sido tocado y hundido. Thuggory se sintió aliviado de que al menos ya nadie más tendría que morir ese día, aunque Le Fey de repente dijo:

—Traed al siguiente.

Dagur se removió desconcertado en su asiento.

—¡Te he dicho lo que querías! ¿Por qué sigues haciendo esto? —gritó él rabioso—. ¿Qué más quieres saber, hija de puta?

—Nada, me has dicho todo lo que necesitaba —respondió ella sacudiendo los hombros.

—¿Por qué sigues con esto entonces? —preguntó ésta vez Thuggory aterrado—. ¿Qué necesidad hay? Ya tenemos la información, habíamos quedado que con eso...

—Yo no he quedado nada con nadie —le interrumpió Le Fey de mala gana—. Dagur ha tenido oportunidades de sobra para contarnos esto mismo sin tener que llegar a este extremo. Si lo ha dicho ahora es porque ha querido y si piensa por un solo instante que voy a parar, va listo —Le Fey se dirigió a la multitud muy seria—. Que todo el mundo tome esto como una lección: nadie me cuestiona ni me falta al respeto sin pagarlo.

Hizo una seña al verdugo para que continuara con su tarea. Thuggory no recordaba haber visto un espectáculo tan grotesco y espantoso. Las cabezas de la guardia berserker rodaban de una en una por el suelo mientras que la guardia de la reina acumulaban los cuerpos decapitados en una esquina del Gran Salón. Seguían escuchando gritos por cada decapitación, pero cada vez eran menos frecuentes y un resonante silencioso ensordeció sus oídos. Dagur ya no reaccionaba, estaba como ido, con la mirada clavada a las caras de cada uno de los hombres que perdían sus cabezas sin ningún honor o dignidad.

—Para esto, por favor —le suplicó Thuggory a Le Fey cuando superaron la veintena de personas decapitadas.

—¿Quieres que haga lo mismo con tu estúpida isla? —escupió Le Fey rabiosa.

Thuggory dio un paso hacia atrás, aterrado porque aquella no era una amenaza vacía y frustrado porque no podía detener aquel grotesco espectáculo por mucho que lo intentara. Al menos esta vez no era el verdugo, aunque eso no le hacía sentirse menos culpable. Cuando toda la guardia berserker fue masacrada, Le Fey ordenó que el resto de la población fuera enviada a diferentes islas para realizar trabajos forzados. Todos los berserkers estarían marcados como esclavos y no tendrían derecho ni a comprar su libertad ni a poseer ninguna propiedad.

—Separad a los niños menores de doce años de sus padres —ordenó entonces Le Fey—. Al resto llevadlos a los barcos.

Se armó un enorme revuelo ante aquella última orden. Las madres empezaron a chillar mientras que la guardia de la reina obedecía sin inmutarse. Arrancaron de los brazos de sus familias a niños que no paraban de gritar y llorar por perder el cálido y protector abrazo de sus padres. Los progenitores aullaban desesperados mientras eran empujados fuera del Gran Salón. Dagur parecía estar roto, con la cabeza en otra parte, porque fue incapaz de reaccionar a una escena tan espantosa como aquella. Thuggory casi hubiera preferido continuar con las decapitaciones que ser testigo de semejante crueldad. Cuando expulsaron a todos los padres de allí, quedando únicamente una treintena de niños llorosos y aterrados, Le Fey se acercó a examinarlos ella misma. Se tomó su tiempo en analizar a cada niño y niña hasta que volvió a dirigirse a la guardia.

—Llevad a los chicos a Drago, seguro que estará encantado de tener más tramperos en su flota —dijo la reina—. Que toda la guardia se vuelque en prepararlos. Dejadnos a solas con las niñas.

Los guardias asintieron a los órdenes de la reina como los títeres que eran. Agarraron a los niños que intentaban por todos los medios zafarse del fuerte agarre de la gente de Le Fey, pero sus esfuerzos eran inútiles. Thuggory sabía que el hechizo de la reina era demasiado poderoso, se había asegurado de crearse una guardia personal formada por hombres y mujeres fuertes que se rendían por completo a su influencia. Eran impasibles a las súplicas y sólo vivían para obedecer a su reina. Técnicamente, Thuggory era su capitán, aunque los mandatos de Le Fey tenían una autoridad superior a los suya, por lo que iba a ser inútil ordenar que hicieran lo contrario.

La guardia entera se retiró con los niños y se quedaron únicamente Le Fey, Thuggory, Dagur y un reducido grupo de doce temblorosas niñas de edades variadas. Por haber, había incluso un bebé que dormía impasible en los brazos de una de las niñas más mayores.

—Bien chicas, tenéis el honor de ser las preseleccionadas para uniros a mi causa, pero para ellos hemos de saber si habéis sido marcadas por Freyja —anunció la reina con un tono de puro orgullo.

Las niñas se miraron entre ellas confundidas y una levantó la mano temblorosa. Le Fey asintió con la cabeza para concederle el permiso para hablar.

—¿A… a qué se refiere… con ser marcadas por Freyja? —tartamudeó la pequeña.

Thuggory observó que Le Fey se estaba esforzando en no perder la paciencia. Era evidente que no le gustaban los niños, pero parecía que quería dar una buena impresión a aquellas niñas. Thuggory se preguntó por qué tanta molestia, si al final iba a tratar a aquellas pequeñas como si de basura se trataran.

—Significa que podréis adquirir el don que estáis destinadas a tener —explicó la reina con una sonrisa—. Podréis hacer magia, como yo.

De repente, Le Fey se elevó en el aire, causando que el grupo de niñas se estremeciera del terror y la sorpresa. La reina hizo unos gestos con su mano y empezó a nevar dentro del Gran Salón. Thuggory puso los ojos en blanco. Odiaba cuando Le Fey se exhibía de aquella forma, mostrándose como la diosa que realmente no era, pero al menos había conseguido que aquellas niñas pensaran en que lo que les esperaba era algo bueno y no lo contrario. Mientras las niñas seguían fascinadas con la nieve que caía desde el techo del Gran Salón, un grupo de brujas ataviadas en vaporosos vestidos purpúreos aparecieron de repente desde detrás de las columnas que fortificaban la sala. Antes de que las niñas pudieran reparar en su presencia, las brujas se les echaron encima.

Ver a aquellas mujeres arrancando los ropajes de aquellas pobres criaturas mientras toqueteaban sus cuerpos buscando algo que el Cabeza Cuadrada desconocía fue demasiado para él. Apartó la vista asqueado y deseó estar sordo, pues no podía soportar los llantos de aquellas niñas cuya infancia e inocencia se les estaba siendo arrebatada en ese mismo momento.

—Eres un cobarde —escuchó de repente.

Thuggory miró a Dagur. El berserker parecía haber vuelto en sí y tenía sus ojos clavados en él. El Cabeza Cuadrada tomó aire, incapaz de soportar la tensión que resentía su cuerpo, pero no se dejó doblegar por la juiciosa mirada del berserker.

—Cállate —le ordenó Thuggory.

—No me sale de la polla hacerlo —escupió Dagur—. Tú tienes tanta culpa de esto como ella, así que sé un hombre y asúmelo. Todos te recordaran como el perro sarnoso que eres. Un mierda que se dejaba manipular y follar por una bruja.

—¡Que te calles te he dicho! —gritó el Cabeza Cuadrada cogiendo de sus cadenas.

—¿O qué? —le desafió Dagur—. ¿Vas a matarme? Te invito hacerlo, ya no tengo nada que perder.

—No te atrevas a culparme por esto, Dagur —le advirtió Thuggory tembloroso—. Esto no habría pasado si hubieras hablado desde el principio. Sólo quieres que te mate para no tener que soportar la culpa.

El rostro de Dagur se deformó a una mueca de impotencia y rabia e intentó que le soltara, pero fue inútil.

—Os mataré a los dos, tenlo por seguro —juró Dagur—. Pagaréis por esto.

Thuggory alzó la mano para golpearle de nuevo, pero una mano invisible volvió a retener su brazo y le forzó a soltar a Dagur.

—Thuggory, ¿por qué haces caso a esa cucaracha? —dijo Le Fey a su espalda—. Es un loco, un don nadie. No merece la pena que pierdas tiempo y energía en él.

Sintió la mano helada de Le Fey en su hombro y Thuggory notó aquel cosquilleo que azotaba su cuerpo desde que estaba vinculada con él. Tenía ell aliento de la bruja contra su mejilla y vio de reojo que la reina flotaba todavía en el aire.

—¿Por qué no te vas al barco y descansas? —susurró contra su oído—. Este baño de sangre me ha puesto tan cachonda que te necesito relajado y fresco para esta noche.

Thuggory se sintió asqueado por la sola idea de tocarla, pero su cuerpo parecía afirmar lo contrario. Se volvió para encarar a las niñas y vio ahora solo a siete de ellas sentadas semidesnudas en el suelo mientras sollozaban silenciosamente.

—¿Dónde está el resto? —preguntó Thuggory desconcertada.

—Mis siervas se las han llevado para prepararlas para su bautizo —explicó la bruja—. No suelo coger niñas tan mayores, pero son tiempos oscuros para mi especie. Les borraré sus recuerdos una vez que reciban la bendición de Freyja.

¿Bendición o maldición?, se preguntó Thuggory. ¿Qué tenía de bendición pasarse el resto de la existencia sirviendo a alguien como Le Fey? Era irónico que él mismo se formulara esa pregunta.

—¿Y qué pasa con estas de aquí?

—No valen nada, son meras humanas —respondió Le Fey—. Probablemente las mande a algún burdel o algún sitio donde puedan ser útiles.

—No harás nada de eso —dijo Thuggory escandalizado.

Le Fey sonrió de forma traviesa.

—¿Acaso te dan pena? ¡Si no sirven para nada! —exclamó ella con diversión.

—Podré encontrarles alguna utilidad en mi isla —comentó Thuggory intentando ocultar la desesperación en su voz—. Necesito mano de obra para la cosecha y estoy seguro que pueden servir. Por favor.

La reina parecía disfrutar viéndole suplicar y Thuggory sabía que si accedía a su petición tendría que pagar el precio después, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de salvaguardar la seguridad de aquellas niñas.

—Está bien, Thuggory. Si me lo pides así, accederé encantada —concluyó la reina besando su mentón—. A veces pecas de bueno, ¿lo sabías?

Thuggory no se sentía en absoluto buena persona, pero no replicó. Le Fey decidió que era hora de retirarse y llamó de nuevo a su guardia para que preparaban a aquellas niñas para mandarlas a la isla de los Cabezas Cuadradas y, ya de paso, que se llevaran a Dagur a prisión para entregárselo a Drago en cuando llegara a la isla. La bruja se retiró sin decir adónde iba, pero le advirtió que si no se encontraba en el camarote para su regreso, mandaría ahogar a las niñas. Thuggory ni se le había pasado por la cabeza desobedecerla, aunque no gastó saliva en pedirle a Le Fey que no necesitaba lanzarle amenazas para que cumpliera con sus órdenes.

Salió del Gran Salón como si estuviera cargando con todas las cabezas que se habían cortado esa noche en sus hombros. La aldea estaba desierta, aunque escuchaba cierto revuelo en el embarcadero, probablemente por la reducida población que se resistía subir a los barcos y reclamaban la vuelta de sus hijos. Al menos había dejado de llover, se consoló estúpidamente Thuggory, y se apreciaba la luna casi llena entre los nubarrones. Escuchó un carraspeo a su lado y vio que Acke le observaba en un juicioso silencio.

—¿Qué quieres? —preguntó Thuggory con sequedad.

—Vengo a presentar mi renuncia.

Thuggory le miró sin comprender.

—¿Cómo que renuncia?

—No puedo servir a alguien que tolera genocidios como el que se ha visto hoy, Thuggory. Si quieres ser la marioneta de tu reina, vale, pero yo no voy a mancharme las manos con esto. Ni siquiera por ti.

El Cabeza Cuadrada sintió un nudo en su pecho que le dificultaba respirar.

—No puedes renunciar. Siempre has estado a mi lado, al igual que estuviste junto a mi padre cuando...

—Tu padre jamás habría tolerado esta masacre, Thuggory —le cortó Acke furioso—. Te he apreciado como si hubieras sido mi hijo, pero no puedo formar parte de esto por más tiempo. Nunca me han gustado ni Dagur ni los berserkers, pero nadie se merece lo que ha sucedido esta noche.

—Acke, entra en razón, por favor.

—La decisión está tomada, Thuggory. Me encargaré personalmente de llevarme a esas niñas a nuestra isla, pero no cuentes conmigo para nada más.

Thuggory no se esforzó en retenerlo, conocía a Acke lo suficiente como para saber que no cambiaría de parecer aunque se lo pidiera de rodillas. El Cabeza Cuadrada volvió a mirar a la luna que se asomaba tímida entre los nubarrones. Mañana sería luna llena, por lo que la marea estaría más caldeada de lo normal. Le Fey odiaba viajar en barco, aunque no le quedaba otro remedio que hacerlo para mantener las apariencias. Hubo un tiempo que Thuggory disfrutaba navegando, pero tenía la sensación que hacía décadas que no disfrutaba de algo.

Su existencia era vacía.

Plana.

Casi sin sentido.

—¿Señor?

Thuggory apartó la vista de la luna para mirar a un joven que reconoció de la tripulación de su barco.

—¿Qué pasa?

—Nos han llegado noticias de uno de los tramperos de Drago Bludvist, señor —el joven se quedó callado, pero a la vista que Thuggory no decía nada tragó saliva para continuar hablando—. Tienen a la bruja.

—¿Qué bruja? —preguntó Thuggory sin comprender.

—La bruja de Hipo Haddock, señor. Eret hijo de Eret la ha capturado en los mares del norte esta misma tarde.

Xx.

Astrid había olvidado lo mucho que odiaba el frío.

Llevaba un tiempo echando en falta el cálido clima del Mediterráneo. El sentir el sol calentando su piel y el aire cálido jugando con su melena como si el mismísimo Njord estuviera peinándola con sus dedos; o esos momentos en la playa, tumbada en la arena junto con Hipo al sol tras haberse dado un baño para refrescarse. Los besos salados al atardecer; el ligero color ambarino que se apreciaba en el verde de los ojos de su amado cuando las últimas luces del día reflejaban contra su bello y cansado rostro… Grecia había sido un verano largo e, irónicamente, ahora que estaban en plena primavera parecía que se habían adentrado en el más frío de los inviernos.

Habían estado volando durante una larga semana a toda velocidad y sin apenas parar y no habían visto siquiera el sol desde antes de llegar a Londinium. Astrid estaba agotada, muerta de frío, enfadada y tenía ganas de destrozar algo, pero no había tenido la ocasión de hacerlo todavía. El robo del grimorio había sido una cagada demasiado grande por su parte y ahora andaban detrás de un loco que fácilmente podía entregarles a Le Fey y a Thuggory. Tantas ganas tenía de enmendar su error que incluso discutió estúpidamente con Hipo sobre la manera en la que debían adentrarse en el Archipiélago. Ella quería alcanzar Isla Mema lo antes posible, pero Hipo y los dragones no lo vieron en absoluto prudente.

—¿No ves que es una trampa? —le recriminó Hipo con cierta impaciencia—. Hofferson te está provocando y estás cayendo de pleno, Astrid.

—¿No entiendes que si entrega el grimorio a Le Fey estamos muertos?

—No lo entregará —insistió él—. Está claro que antes quiere conseguir algo de ti, así que hazme el favor de tranquilizarte y pensar fríamente.

Astrid se había preguntado una y mil veces el motivo por lo que aquel mercenario querría de ella. En su único encuentro, daba la sensación que él la hubiera reconocido de algo, ¿pero de qué? La bruja tenía la persistente ansiedad de que Finn Hofferson no contaba únicamente con el grimorio, sino que puede que incluso con el secreto de su pasado. Sin embargo, ¿cómo era posible que Hofferson pudiera reconocerla de nada si ella nunca se había topado con él antes? Si realmente ella era de Isla Mema como había indicado Elea, era sencillamente imposible que la hubiera podido identificar, pues ella se suponía que estaba en el aquelarre y había recibido la bendición de Freyja siendo prácticamente un bebé.

Había demasiadas preguntas para tan pocas respuestas.

Hipo había propuesto entrar en el Archipiélago por el norte; es decir, rodearlo y adentrarse por donde se encontraban los glaciares. Astrid consideraba que era perder demasiado tiempo, pero Hipo insistió que era la única forma de entrar en el Archipiélago sin ser vistos.

—Las islas del norte están prácticamente deshabitadas. Allí hace demasiado frío, incluso ahora que estamos cerca del verano —explicó Hipo—. Ni siquiera yo he estado en ese área, pero será fácil encontrar un lugar en el que esconderse y estudiar nuestro siguiente paso. Estamos de acuerdo que hay que encontrar a Hofferson, pero también debemos ubicar a Le Fey, a Thuggory y a Gormdsen.

Y hallar a la resistencia de la que nos habló la sirena —añadió Desdentao.

—Sí, eso también —concordó Hipo algo menos convencido.

¿Se os ocurre dónde pueden estar? —preguntó Tormenta preocupada.

—Ni siquiera sabemos quién forma esa resistencia —comentó Astrid frustrada y apoyó su mano sobre el hombro de un pensativo Hipo—. ¿Se te ocurre quién podría liderarla?

—No sabemos muy bien hasta qué punto la magia de Le Fey ha podido afectar a la gente del Archipiélago, pero quiero pensar que Camicazi podría estar detrás de esto —teorizó el vikingo—. ¿Dagur tal vez? Puede que Alvin si te descuidas, aunque ninguno de ellos está en una posición ideal para enfrentarse a alguien con tanto poder como Le Fey.

—¿Y los Jinetes? —se atrevió a preguntar la bruja.

—Ni siquiera sabemos si están vivos, Astrid —se lamentó Hipo.

Astrid llevaba un tiempo pensando si lo que descubrieron en la Isla de los Dentudos era realmente la verdad de lo que había sucedido en Isla Mema. No se había atrevido a hablarlo con Hipo por miedo a abrir antes de tiempo las heridas que ya habían empezado lentamente a cicatrizarse o incluso brindarle falsas esperanzas cuando era muy probable que no las hubiera, pero sí que había discutido el asunto con Tormenta más de una vez.

¿Crees realmente que no están muertos?

—Es una corazonada —explicó Astrid mientras ayudaba a la Nadder a limpiar sus escamas—. Últimamente sueño mucho con Brusca.

¿Sobre qué exactamente?

—Nada en especial, es como si mi mente reprodujera recuerdos vividos con ella —explicó Astrid—. Creo que mi magia me está diciendo que al menos ella sí que está viva. Y, hasta la fecha, mi intuición mágica jamás me ha fallado.

Tormenta ladeó la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó la bruja al sentir su indecisión.

Yo no sé mucho de magia, pero te escucho hablar mucho en sueños. Esas visiones que tienes… ¿de verdad nunca antes te habías dado cuenta que tenías ese poder?

Astrid parpadeó sorprendida por su pregunta.

—La magia es una cosa extraña, ¿sabes? Estos últimos meses han pasado demasiadas cosas que ni yo misma sé explicar. ¿Por qué ahora no puedo controlar mi don cuando antes sí podía? ¿Por qué Hipo tiene un poder que se supone que nadie debería tener, más teniendo en cuenta que los hombres ni siquiera deberían poseer magia? ¿Por qué tengo ahora visiones de Asta Lund, Le Fey, esas otras personas que no consigo ubicar e incluso de mi propio pasado cuando nunca antes he podido verlas? —se retiró su flequillo hacia atrás de pura frustración—. No lo sé, Tormenta, a veces si me paro a pensar demasiado siento que me ahogo porque no sé a quién recurrir que pueda darme respuestas que necesito. Tengo la sensación de que todo se me escapa de mi control y eso me da muchísimo miedo.

Me gustaría tanto poder ayudarte, Astrid —susurró la Nadder con tristeza.

La bruja acarició su cuerno con ternura.

—Ya estás haciendo mucho con solo escucharme, amiga mía.

Desde que había perdido el control con sus poderes en Londinium, Astrid había decidido usar su magia lo menos posible. Cierto era que los sueños iban a más, todos ellos confusos e inconexos, como si se reprodujeran fragmentos pertenecientes a diferentes personas que en su conjunto no tenían ningún sentido. Astrid había intentado una única vez forzarse a utilizar aquel extraño poder como Hipo había para ver el futuro de Theo tras salvarlo en la iglesia de Fira, pero terminó sufriendo una fuerte migraña que la había dejado fuera de juego durante un día entero. Aún sin el grimorio, Astrid seguía ayudando a Hipo a practicar con su magia cuando paraban a descansar y estaba fascinada por el control que su novio aparentemente había desarrollado sobre el fuego. Pese a lo orgullosa que estaba de él por sus avances, Astrid le observaba ahora con envidia, incapaz de comprender cómo Hipo había llegado hasta allí habiendo poseído su propia magia desde hacía apenas un año, mientra que ella parecía haber vuelto a ser como una niña pequeña que recién habían descubierto sus poderes. Hipo intentaba animarla, asegurándola que quizás se encontraba así por el estrés y el cansancio de las últimas semanas, pero Astrid estaba convencida de que aquel descontrol y el intenso flujo de magia que sacudía su cuerpo se debía a algo más, lo que no conseguía adivinar era el qué.

Tal vez por esa misma razón fue por la que la atraparon con tanta facilidad.

Habían alcanzado los glaciares en plena madrugada y habían decidido parar a descansar en una isla que, a pesar de ser plena primavera, estaba cubierta por una densa capa de nieve. Encontraron una pequeña arboleda en la que resguardarse del frío y, mientras Tormenta se encargaba de pescar algo que comer antes de echarse a descansar por unas horas, Hipo encendió una pequeña hoguera con su magia. Astrid se había puesto su capa, la de Hipo y una manta encima, además de haberse sentado junto a Desdentao para entrar más rápido en calor, pero sus dientes no paraban de castañear y su cuerpo temblaba como una hoja. Tras haber puesto el pescado a asar, Hipo se envolvió también con la manta para pegar el cuerpo de Astrid contra el suyo. La bruja casi lloró aliviada al sentir el agradable calor que emanaba de su cuerpo y encajó su cabeza en el hueco de su cuello para acurrucarse entre sus brazos.

—Deberíamos conseguirte ropa de más abrigo —consideró Hipo preocupado mientras frotaba sus manos contra su cuerpo para que entrara más rápido en calor.

—Estoy bien —murmuró Astrid tiritando todavía.

Hipo suspiró frustrado y siguió frotando su cuerpo hasta que la bruja dejó de sacudirse por el frío. Cuando el pescado terminó de cocinarse, el vikingo le tendió su ración y, sin quererse apartar demasiado de él, cenaron mientras observaban cómo la nieve comenzaba a caer fuera de la arboleda. Todos estaban inusualmente callados, pudiera ser por el cansancio acumulado por el viaje o por la incertidumbre de no saber lo que les estaba esperando más allá de los glaciares. Se quedaron todos dormidos no mucho tiempo después, acurrucados cerca de los dragones para no perder el poco calor que Astrid había acumulado en su cuerpo.

Soñó otra vez con Brusca, de cuando le arregló el vestido que Gothi le había prestado para la boda de Hipo. Astrid recordaba bien aquel día, sobre todo porque había estado muy irascible por todo el asunto de Hipo y su incapacidad para romper el vínculo, y seguía insistente que no quería asistir a aquella estúpida boda. A aquellas alturas, Brusca ya sabía que era una bruja y se encontraba arrodillada en el suelo para estudiar el bajo del vestido.

—Tendré que cortarte las mangas para poner algo más de tela por aquí abajo, eres bastante más alta que su antigua dueña —observó la vikinga.

—No andes perdiendo el tiempo con esto, Brusca —dijo Astrid aburrida—. No voy a ir.

—¡No empieces otra vez! ¡Claro que vas a ir! —exclamó Brusca poniendo los ojos en blanco—. Tú y yo nos vamos a emborrachar como si no hubiera un mañana y, con un poco de suerte, igual le vomitas a Kateriina en ese puto vestido que tanto me está costando coser.

La propia Astrid rió con su yo del pasado y observó a su amiga con ternura. ¿Estaría bien? Brusca era fuerte, estaba convencida de que sí, pero rezaba todos los días a Freyja porque hubiera conseguido huir de las manos de Le Fey y los Gormdsen. Necesitaba a Brusca viva fuera como fuese. No podía imaginarse una Mema sin ella.

Su visión de repente se emborronó y Astrid se llevó la mano hacia sus ojos para frotárselos. Al abrirlos vio que seguía en su dormitorio en casa de Gothi, pero en el lugar de Brusca y su yo del pasado se encontraban dos chicas algo más jóvenes que ella haciendo una prueba del vestido similar a la que le había estado haciendo con Brusca. Una joven de pelo castaño que le resultaba extrañamente familiar observaba el vestido poco convencida.

—No sé, Sigrid, esta tela es demasiado cara para que la lleve alguien como yo.

—Tu tía ha insistido, Eyra, así que deja de quejarte —dijo la otra joven, rubia, con la vista enfocada en el bajo de su vestido.

Astrid observó las plumas que colgaban del escote de la muchacha y contuvo la respiración al darse cuenta que aquel era el mismo vestido que había llevado en la boda de Hipo. La bruja estudió el rostro de la joven con atención. No debía tener más de dieciséis años, diecisiete a lo sumo, y no era especialmente alta. Tenía la piel pálida y Astrid observó que tenía la nariz manchada de tinta. Llevaba su pelo castaño suelto y despeinado, aunque lo que más llamaba la atención de ella era indudablemente sus ojos, pues pese a ser almendrados, el izquierdo presentaba un intenso color verdoso que cubría parte de su iris.

Astrid ya había visto a esta chica antes en sueños y su corazón latió inusualmente rápido contra su pecho.

—El rojo no me sienta bien —volvió a quejarse Eyra.

La chica que estaba arrodillada en el suelo se levantó y Astrid contuvo la respiración al reconocer a una versión joven de Sigrid Thorston. Los gemelos Thorston se parecían más a su padre que a su madre, pero la bruja reconoció la complexión fuerte de Sigrid y la simpatía de sus ojos azules que habían heredado sus dos hijos.

—El rojo le sienta bien a casi todo el mundo, Eyra —le recriminó Sigrid con impaciencia—. Hofferson no va a quitarte los ojos de encima en toda la noche, te lo digo yo.

Astrid contuvo la respiración. ¿Hofferson? ¿Acaso esta chica estaba enamorada de Finn Hofferson? ¿Por qué? Las mejillas de Eyra se tiñeron de un tono casi tan colorado como su vestido y Astrid sintió un nudo en su estómago ¡Pobre criatura! ¡De menudo se había quedado prendada!

—No digas chorradas, él jamás se fijaría en mí —murmuró la castaña apartando la mirada—. Además, aunque lo hiciera, sabes de sobra que sus padres no lo aprobarían.

Sigrid puso los ojos en blanco y volvió a agacharse para cogerle el bajo.

—Mira Valka, ella es prácticamente una huérfana y va convertirse en la esposa del Jefe —comentó Sigrid.

—Eso es diferente —replicó Eyra.

Sigrid suspiró y miró hacia arriba.

—¿En qué es diferente?

—Estoico está enamorado de Valka y es el Jefe —explicó Eyra—. Un Jefe puede hacer lo que le venga en gana, más si tiene un padre de ido de la cabeza que no puede oponerse al enlace.

—¿Y quién dice que Hofferson no lo esté de ti también? —le achacó Sigrid—. ¿No fue él el que te enseñó a leer y a escribir? Siempre está pendiente de ti.

—Me trata como si fuera su hermana pequeña —dijo Eyra irritada—. Y no lo soporto. Para él no soy nada más que una niña de la que tiene que estar pendiente.

Sigrid y Astrid observaron con impotencia a la joven que parecía claramente resignada a tener que vivir con un amor no correspondido. Astrid se preguntó quién sería esta chica y por qué se le aparecía en sueños con tanta frecuencia. La bruja extendió la mano hacia su rostro y se preguntó por un instante si…

Abrió los ojos sobresaltada cuando Desdentao la golpeó con su cola en la espalda al cambiar de postura. La bruja se estiró y su espalda crujió molesta, harta de tener que dormir tanto en el suelo. Al menos ya había amanecido y parecía haber dejado de nevar. Bostezó mientras extendía la mano hacia Hipo para despertarle, pero se alarmó al no sentirlo a su lado. Confundida y preocupada por su ausencia, Astrid se levantó y salió de la arboleda a toda prisa con la manta todavía sobre sus hombros. El cielo estaba encapotado, pero parecía que había dormido más de la cuenta porque por la luz parecía ser cerca de mediodía. Hipo no se encontraba muy lejos del campamento, sentado sobre un árbol caído orientado hacia el mar del Barbárico, con la mirada puesta en el cuaderno de dibujo que le había regalado por Snoggletogg y su muñeca izquierda se movía con rapidez, como si estuviera bocetando algo sin pararse en hacer los detalles. La bruja observó que la nieve que debía estar a su alrededor se había derretido y su ropa, por supuesto, estaba perfectamente seca.

—¿Qué haces? —preguntó la bruja con inevitable curiosidad.

Hipo dio un pequeño bote al escuchar su voz, pero sonrió en cuando vio que era ella.

—Buenos días, milady —le saludó él.

Astrid no pudo evitar corresponder su sonrisa y se agachó para abrazarle por la espalda. Le dio un beso en la mejilla mientras gemía de gusto por el agradable calor que emanaba de su cuerpo. Apoyó la barbilla en su hombro y observó su dibujo a la vez que su novio alzaba la mano para acariciar su cabello.

—¿Un mapa? —cuestionó ella sorprendida.

—Un intento de ello —respondió él—. Antes de que nos conociéramos, tenía un mapa medio desarrollado del Archipiélago y estaba intentando acordarme de más o menos de la distribución de las islas para empezar por algún lado. Desafortunadamente, jamás llegué tan lejos, así que no sé que hay entre esta isla —señaló un lado del mapa—, hasta donde estamos ahora. Que yo sepa, no hay ninguna tribu asentado por aquí.

—¿Por qué no nos dividimos? —propuso Astrid rompiendo el abrazo y sentándose a su lado para observar mejor el mapa—. El vínculo no nos deja separarnos más de diez kilómetros de distancia, pero al menos podemos explorar este radio de terreno para hacernos una idea de si podemos seguir adelante o no.

Hipo no parecía contento por su sugerencia.

—No sabemos a qué nos enfrentamos, As, me parece muy precipitado que nos separemos —argumentó su novio.

—Será más fácil que nos vean si volamos juntos y tenemos suerte de que al menos hoy está nublado —insistió Astrid—. Además, si nos atrapan a uno de los dos, el otro podrá salvarlo si surge la necesidad.

El vikingo quería contradecirla, pero era lo bastante listo como para aceptar que tenía toda la razón. Comieron con Tormenta y Desdentao antes de partir, prepararon los montajes de los dragones y eliminaron cualquier rastro que pudiera delatar su paso por allí. Astrid se vistió con su capa y con la de Hipo, quién estaba inusualmente silencioso. Sin embargo, antes de que Astrid subiera sobre la montura, el vikingo cogió de su muñeca y la besó con inesperada pasión, aunque Astrid sintió la ansiedad y el miedo en sus labios. La bruja rompió el beso y acunó su rostro entre sus heladas manos para regalarle una sonrisa:

—Debería ser yo la que estuviera muerta de preocupación, no tú —le advirtió ella esforzándose en parecer animada—. Estaré bien, Tormenta está conmigo y no me va a ver nadie. Vosotros dos tened cuidado y, Desdentao, no dejes que se tire al vacío, por favor.

No te prometo nada —replicó el dragón resignado.

La bruja puso los ojos en blanco y subió a la montura de su Nadder. Hipo posó su mano sobre su pie.

—Tengo un mal presentimiento, Astrid.

La bruja se inclinó hacia él preocupada.

—Tendrás que acostumbrarte, amor. Estamos en la mismísima boca del lobo —le advirtió la bruja y cogió de su mano—. Nos veremos aquí al atardecer, procura no alejarte demasiado, ¿de acuerdo?

Hipo asintió y besó su mano antes de soltarla. Astrid hizo presión con los muslos contra el lomo de Tormenta y la Nadder desplegó sus alas hacia el cielo cubierto de nubes. El aire helado golpeó contra su cara como si se tratara de pequeñas cuchillas y Astrid se estremeció por el frío. Cuando Tormenta subió lo suficiente, Astrid echó su cuerpo hacia atrás y la Nadder se estabilizó en el aire. Tormenta había volado hasta por encima de la densa capa de nubes y Astrid soltó un suspiro de gozo cuando sintió el sol calentar su rostro.

Hacía tiempo que no lo veíamos —comentó la Nadder con alegría.

—Así es —concordó Astrid cerrando los ojos—. Casi parecía mentira que estuviéramos en plena primavera.

¿Hacia dónde vamos ahora? —preguntó Tormenta.

La bruja miró hacia abajo, pero apenas podía ver nada entre tanta nube.

—Suroeste —comentó Astrid—, pero me temo que vas a tener que volar a menos altura.

La Nadder agitó su cabeza con desgana, pero sabía que la bruja tenía razón. Astrid se despidió del sol en silencio antes de que la Nadder descendiera en picado entre el cúmulo de nubes hasta que avistaron el mar. Durante la siguiente hora, volaron por los alrededores, atentas de no alejarse demasiado para que Astrid no le diera un síncope por el vínculo.

—Me temo que estamos perdiendo el tiempo —comentó la bruja algo irritada al cabo de un rato—. Está claro que nadie va a navegar o vivir por aquí, hace un frío de mil demonios.

¿Quieres que regresemos? —preguntó Tormenta con simpatía.

Astrid soltó un bufido y estiró su cuerpo resentido por la tensión del vuelo y el frío.

—Demos una última vuelta por si acaso —respondió la bruja—. Quizás Hipo y Desdentao hayan tenido más suerte, pero si no es así tendremos que ir más al sur.

Lo que supondrá exponernos más.

—Eso me temo, pero también sabíamos dónde nos metíamos cuando decidimos regresar.

Astrid se sujetó a la montura cuando Tormenta ladeó su cuerpo para girar en dirección noreste. Sin embargo, ninguna de las dos reparó en el barco que navegaba justo debajo de ellas y que al cambiar de sentido del vuelo captaron la atención de la tripulación del mismo. Ni Tormenta ni Astrid tuvieron tiempo apenas para reaccionar cuando escucharon el sonido del cañón que lanzó la red para atraparlas en el aire. Astrid nunca había tenido la sensación real de lo que era caerse al vacío, sobre todo porque siempre había contado con que podía volar por sí misma o que Tormenta la atraparía en el aire. Hacía mucho que no experimentaba un miedo tan abrumador y agobiante, quizás desde que Elea había intentado ahogar a Hipo en el Egeo.

La caída iba a matarlas. Sabía que en cuestión de segundos ella y su Nadder impactarían contra el agua, sus huesos se quebrarían y si no morían a causa de la colisión, seguramente caerían inconscientes y se ahogarían, eso si no se congelaban antes. Y con ellas, Hipo moriría también y casi seguro que Desdentao terminaría igual sin su amigo.

En aquellos larguísimos y tan cortos segundos, Astrid tuvo tiempo para sentirse frustrada y desolada, pero sobre todo furiosa consigo misma por haberse despistado y dejarse atacar con tanta facilidad. De repente, Astrid sintió su magia reaccionar dentro de ella de una manera a la que ya le tenía poco acostumbrada. Parecía como si estuviera esperando sus indicaciones para actuar y, curiosamente, aquello hizo que recordara un hechizo que no había formulado nunca antes en voz alta, pero que había aprendido semanas atrás gracias al grimorio de Asta Lund.

Pronunció el conjuro con voz quebrada por el exceso de aire que entraba hacia sus pulmones y a escasos metros de impactar contra el agua la velocidad de la caída se ralentizó hasta tal punto que cayeron con suma suavidad al agua helada. Astrid no se lo pensó dos veces y sacó la daga que llevaba dentro de su bota para cortar la red. Tormenta se movía sumamente alterada y graznaba por la bajísima temperatura del agua.

—¡Tormenta, cálmate, por favor! ¡Si sigues así no voy a poder romper la red! —le suplicó Astrid.

Tormenta se esforzó por obedecerla, pero cuando Astrid consiguió cortar parte de la red se dio cuenta que el barco que les había atacado se estaba acercando a toda velocidad. Consiguió desprenderse de la red, pero tenía el cuerpo tan helado que no pudo evadir la soga que le habían lanzado para capturarla. Astrid intentó cortar la cuerda, pero tenía las manos tan entumecidas por el frío que no podía sostener en el cuchillo con fuerza. Dos hombres se lanzaron al agua y la bruja sabía que lo iba a tener muy complicado para escapar así como así.

—¡Tormenta, vete! ¡Busca a quién ya sabes! —chilló la bruja desesperada.

¡No pienso dejarte aquí sola! —replicó la dragona aterrada.

—¡Estaré bien! ¡Tú búscalos! —observó el barco y vio que estaban cargando otra red para atrapar a la Nadder—. ¡Vete!

Astrid no consiguió evadir la mano que había cogido de su cuello y que la sumergió violentamente en el agua helada. La bruja intentó por todos los medios zafarse de su agresor a la vez que sentía que perdía el aire demasiado rápido. Llevó sus manos hacia atrás y sujetó a aquel hombre con todas sus fuerzas para soltarle una potente descarga eléctrica. Escuchó su grito distorsionado y la picazón de su propia electricidad en su cuello, aunque seguido dejó de sentir la presión y pudo por fin salir de nuevo a la superficie. Tomó una fuerte y desesperada bocanada de aire mientras que a su alrededor reinaba el caos y el pánico, aunque Astrid estaba más preocupada en moverse para no quedarse helada.

—¡Dioses! ¡Ha matado a Olen! —chilló alguien desde el barco.

—¡Es ella! ¡Es ella! —gritó otro—. ¡La zorra de Haddock!

Astrid sintió un vuelco en su estómago al ver que realmente le habían reconocido. Movió los brazos para nadar lejos de aquellos hombres, pero le dolían demasiado y ya no sentía los dedos de sus manos.

—¡No os quedéis ahí parados y atrapadla!

—¿Estás loco? ¡Yo no quiero que me chamusque como a Olen!

Alguien la cogió del pie y Astrid se giró para encontrarse con un tipo con sonrisa sádica. Cogiendo fuerzas de donde no las tenía, la bruja le propinó una patada en la cara y el hombre gritó de dolor, aunque para su mala suerte no le había alcanzado a romper la nariz. Mientras se esforzaba en nadar sin estar muy segura hacia dónde, Astrid escuchó el rugido de lo que parecía ser una Pesadilla Monstruosa. Su corazón brincó al darse cuenta de que tal vez existía una posibilidad de escapar de allí, sólo tenía que alcanzar la escalinata para subir hasta la cubierta y…

Un brazo fornido rodeó su cintura con tal fuerza que Astrid apenas pudo resistirse. Su espalda pegó contra el cuerpo fornido de su atacante, por lo que intentó usar su magia una vez más para defenderse cuando el hombre susurró contra su oído:

—Te dije que te atraparía, bruja.

Astrid hubiera reconocido la voz de aquel hombre de no ser porque echó sobre ella un líquido que ardió tanto contra su piel que fue incapaz de retener un alarido de dolor.

Agua bendita.

Su cuerpo dejó de responderle prácticamente al instante. Astrid no podía enfocarse en nada que no fuera aquel espantoso dolor que se apoderaba de su cuerpo y lo paralizaba por completo. La bruja deseó con todas sus fuerzas que la mataran, lo que fuera con tal de acabar con aquella agonía. Sólo había sido embadurnada con agua bendita dos veces en su vida, pero habían sido pocas gotas lo que le habían empapado y casi había quedado fuera de juego. Aquella vez era muy distinta, el cazador de brujas le había echado prácticamente un bote entero y ello equivalía no sólo a que su magia a que su magia se quedase bloqueada por completo, sino que además se quedaría semiinconsciente por un tiempo indefinido, expuesta a que sus atacantes hicieran lo que les viniera en gana con ella e incapaz de despertarse de ese agónico estado de dolor y parálisis hasta que se pasara el efecto del agua.

No supo cuánto tiempo pasó así, ni qué le hicieron en todo aquel tiempo en el que estuvo sumida en el dolor, pero cuando abrió los ojos era de noche y estaba encadenada al mástil del barco. Llevaba puesto otro conjunto de ropa, debían habérsela quitado mientras estaba paralizada, probablemente porque estaría calada y habría muerto de una hipotermia de no haber hecho lo contrario. Eso confirmaba que probablemente ya habrían visto la cicatriz de su espalda, confirmando su identidad, y que les interesaba que estuviera viva.

Mierda.

¿Por qué no habría hecho caso al mal presentimiento de Hipo?

La bruja sacudió la cabeza. No tenía tiempo para lamentarse de su nueva metedura de pata, debía salir de allí como fuera y cuanto antes. Por suerte, el barco estaba varado en medio del mar y ella no estaba sufriendo ninguna clase de síncope causado por el vínculo, por lo que significaba que Hipo no debía estar lejos de allí. La cubierta estaba muy iluminada, con antorchas y pequeñas hogueras para calentar a los guardias e incluso habían colocado una cerca de ella para que no sufriera de las bajísimas temperaturas de la noche. Gracias a la amplia iluminación, contabilizó a no más de media docena de hombres repartidos por la cubierta, sobre todo alrededor de lo que parecía ser una trampilla de la que se escuchaban los lloros de diferentes especies de dragones. Astrid sintió la congoja en su pecho, ya no solo por el claro calvario que debían estar pasando aquellas pobres criaturas, sino porque sus posibilidades de escapar sobre un dragón se veía vertiginosamente reducidas si no conseguía soltarse y abrir esa trampilla.

—Vaya, la perra se ha despertado por fin.

Astrid no había reparado en la presencia de la mujer que estaba encadenada a un lado de la cubierta, a pocos metros de distancia de su situación. Su piel era oscura, casi tanto como su cabello rizado, y vestía una largo y vaporoso vestido verdoso que Astrid reconoció del Aquelarre del Nakk, uno de los pocos que habitaban en el Archipiélago además del de Le Fey.

—¿Qué pasa, perra? ¿Aún estás atontada por el agua bendita o es que la puta de Le Fey te ha cortado la lengua?

Aquel último comentario enfureció a Astrid.

—¿Quién coño te crees que eres para hablarme así?

La bruja hizo una mueca.

—Nadie que a ti te importe —respondió con arrogancia.

—Vale, estupendo, pues sé alguien de utilidad entonces y dime dónde estamos.

La bruja la observó indignada.

—¿Por qué tendría que contarte nada a ti? Eres la puta general de Le Fey, así que lo único que pienso hacer antes de que esta escoria me asesina es ver cómo te matan a mi primero. Promete ser un espectáculo, te lo digo yo.

Astrid puso los ojos en blanco y negó con la cabeza resignada por encontrarse a una zopenca que ni siquiera se había molestado en enterarse de que ya no trabajaba para Le Fey. Intentó concentrarse en invocar su magia, pero ésta seguía replegada dentro de ella, incapaz de salir como consecuencia del exceso de agua bendita que debía estar impregnada todavía en su cuerpo.

—¿En serio crees que te van a dejar atada sin más? ¡Nos han anulado nuestros poderes, imbécil!

—¿Vas a cerrar la puta boca o voy a tener que hacerlo yo? —gritó Astrid colérica.

Un relámpago se oyó a lo lejos, alarmando a todos los presentes del barco, incluida a la propia Astrid. Puede que sus poderes no estuvieran tan bloqueados después de todo, aunque aún no parecían atender a su voluntad.

—¿Cómo demonios has hecho eso? —preguntó la bruja atónita—. Decían que eras poderosa, pero poder burlar el agua bendita es...

—Oye, ¿sabes si han cogido a Furia Nocturna mientras he estado inconsciente? —le cortó Astrid con impaciencia.

La bruja parecía desconcertada por su pregunta.

—¿De qué demonios estás hablando? No hay Furias Noctur...

—Vale, gracias —le cortó Astrid aliviada de que no hubieran capturado a Hipo, ¿aunque dónde estaba? ¿Por qué no había aparecido todavía? ¿Estaría Hipo bien? ¿Y Desdentao y Tormenta?—. ¿Quién lidera este barco?

—¡Ey, brujas! ¡A callar! —gritó un guardia de repente—. ¡Si no dejáis de parlotear en esa lengua del Helheim os lanzamos al mar con las cadenas puestas!

Astrid chasqueó la lengua y tomó aire para armarse de paciencia. Aún teniendo su magia, el impacto de la electricidad contra el metal de las cadenas podría hacerle bastante daño y no tenía intención de herir a Hipo por su torpeza. Su novio no debía de andar lejos, si ella estaba viva y consciente, él también debía estarlo seguro y estaba convencida de que Tormenta los encontraría si no lo había hecho ya. A menos que le hubieran secuestrado, pero quería confiar que él no había sido tan incompetente como ella.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Astrid a la bruja.

La bruja alzó una ceja.

—¿Por qué te importa?

—¿Tienes que replicarme todo el tiempo? ¡Estoy intentado saber a qué me estoy enfrentando para salir de aquí! —exclamó Astrid con impaciencia—. Si trabajamos juntas puede que...

—¿Quién dice que yo quiera trabajar contigo? —cuestionó la bruja a la defensiva—. Prefiero que me maten antes de colaborar con alguien del Aquelarre del Sabbat y mucho más si se trata de ti.

—Madre mía, eres peor que un puto crío —se quejó la rubia—. No me extraña que te hayan capturado.

—Le dijo la sartén al cazo —replicó la bruja malhumorada—. Yo estoy dispuesta morir a sabiendas que salvé mi aquelarre. Tú, en cambio, ¿qué? Has salvado un dragón y ya está. ¿Tengo que felicitarte por eso?

Astrid había olvidado lo orgullosa e irritantes que podían llegar a ser las de su especie. ¿Así había sido ella antes también? Era muy posible, aunque se negaba en redondo a admitirlo en voz alta.

—Esa Nadder es mi amiga y se llama Tormenta. Ella traerá la ayuda que necesito para salir de aquí —reclamó Astrid con las mejillas encendidas.

—¿Un dragón y una bruja siendo amigas? ¡Menuda gilipollez! Te comportas como esos humanos que montan dragones y dicen que son sus amigos y no unas bestias infernales.

—Si yo te contara... —murmuró Astrid para sí misma—. ¿Sabes al menos qué pretenden hacer con nosotras?

—¿No es evidente? —contestó la bruja irritada—. Piensan llevarnos a Drago, aunque parece que han mandado un mensaje urgente al perro de la reina tan pronto te capturaron para que venga para acá.

El corazón de Astrid se paró en ese mismo instante. Si Thuggory se enteraba de que la habían encontrado, todos sus planes se irían al traste ¡Tenía que salir de allí ya!

—¡Ey, panoli! —gritó Astrid en nórdico al guardia que les había llamado la atención antes.

El guardia se giró y eso causó que ambas brujas se mofaran de él al darse por aludido. Las mejillas del trampero se enrojecieron de rabia y se acercó a Astrid para quedarse a una distancia prudencial de ella, pero con la espalda extendida hasta el cuello. La rubia sonrió al ver que sus manos temblaban por el miedo. Bien, todo era más fácil cuando la gente estaba acojonada por su sola presencia.

—¿Por qué no me sueltas antes de que convoque un rayo que destruya este barco en mil pedacitos?

—No… no puedes hacer eso, el agua bendita bloquea tus poderes.

Astrid soltó una carcajada.

—¿Te crees que soy una bruja cualquiera? —preguntó Astrid con arrogancia—. ¿Sabes esa cicatriz tan espantosa que tiene Drago en su ojo? —el hombre asintió tembloroso—. Conocerás la historia que hay detrás de ella, ¿no?

El hombre fue incapaz de formular dos palabras coherentes seguidas.

—Te lo diré una vez más: suéltame antes de que os mate a todos.

—No… no puedo…

—Aléjate de esa bruja, Alvis —dijo alguien a espaldas de aquel hombre—. ¡Ya!

El guardia obedeció encantado y se apartó para dar paso a su capitán. Eret hijo de Eret no había cambiado ni un ápice desde la última vez que le vio. Su rostro se mostraba serio y tenso, cosa inusual en él dado que se había acostumbrado a verle con esa estúpida sonrisa facilona que tanto le había sacado de quicio en el pasado. Astrid, sin embargo, no pudo evitar sonreír con amargura.

—Vaya, vaya, mira quién tenemos aquí, el hombre de honor que juró que jamás usaría agua bendita sobre una bruja —le vaciló Astrid.

Aquel comentario pareció no gustarle nada de nada. Astrid sonrió complacida, cosa que le irritó aún más si cabía. Eret hizo un gesto con su mano y los hombres se retiraron recelosos a la popa, a la proa del barco y al interior del mismo para quedarse ellos dos solos con la otra bruja. Eret se sentó en el suelo para quedarse a su altura y se quedó estudiando su rostro en un profundo silencio. A los pocos minutos, Astrid perdió la paciencia.

—¿Qué buscas tanto en mi cara, Eret?

—Me preguntaba qué es lo que te ha hecho flaquear tanto que te has dejado atrapar con tanta facilidad, Astrid —respondió el trampero—. No pareces la misma de entonces.

La bruja apartó la cabeza cuando Eret hizo un amago de tocar su cabello.

—Me apetecía un cambio —se justificó ella—. Siempre me ha gustado nadar a contracorriente.

Eret no pudo evitar sonreír ante su último comentario.

—Es curioso, porque cuando Drago nos mandó al culo de mundo para buscar nidos de dragones y brujas no me esperaba en absoluto que fuera a encontrarme contigo. ¿Dónde está tu novio?

—Rompí con él hace meses, así que no lo sé —mintió la bruja clavando sus ojos en los suyos.

El trampero frunció el ceño.

—¿Por qué habéis roto?

—¿Por qué usaste agua bendita sobre mí? ¿No se supone que tenías unos principios? ¿Acaso algunos de tus hombres se ha aprovechado de mí o de la otra bruja que está ahí para abusar de nosotras mientras estábamos paralizadas? —preguntó Astrid furiosa y sintió que su magia comenzaba a hacer cada vez más acto de presencia en ella.

—¡No! —gritó Eret horrorizado—. Te ha cambiado una de las mujeres de la tripulación. Nadie ha puesto una mano sobre vosotras dos. ¡Usé el agua bendita porque no me diste otro remedio! ¡Mataste uno de mis hombres!

—¿Y qué quería que hiciera, idiota? —chilló ella colérica—. ¿Dejar que me ahogara? ¿Permitir que atacaran a mi Nadder? Hice lo que tuve que hacer para defender mi vida y la de mi amiga, así que no me vengas de víctima cuando sois tú y tu tripulación los que perseguís a mi especie y no al revés.

Eret abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Posó las manos sobre sus rodillas y se mordió el labio mientras parecía contar hasta diez para no perder los nervios.

—Thuggory viene hacia aquí, Astrid.

La bruja chasqueó la lengua. No conocía personalmente a Thuggory, pero por lo que le había contado Hipo no debía ser moco de pavo, por no mencionar que era la mano derecha de Le Fey. En su breve encuentro en la Isla de los Dentudos corroborró que efectivamente conocía la verdadera identidad escondida tras la máscara de Kateriina Noldor e Hipo ya le había advertido que los Cabezas Cuadradas contaban con una de las flotas más potentes de todo el Archipiélago.

—¿Para qué tanta molestia? —se burló Astrid para ocultar su propia tensión.

—Porque tu novio no debe de andar lejos.

—Ya te he dicho que rompimos, Hipo y el Furia Nocturna se quedaron por el continente.

—No me lo creo —insistió él.

—Creía que mi cabeza valía lo suficiente para Drago como para te liberarasen a ti y a tu pueblo —replicó Astrid extrañada.

—No te equivoques, Astrid. Eres la bruja más codiciada por Drago, pero no puedo entregarte sin encontrar a Haddock primero. La reina exige justicia para su padre.

Astrid no pudo evitar soltar un grito de frustración.

—¿De veras os tragáis esa trola? ¿En serio? ¡Esa mujer no es Kateriina Noldor! ¡Ya lo dije en la boda! Es Le Fey, la reina del Aquelarre del Sabbat.

—¿Qué?

La bruja de piel oscura había abierto la boca por primera vez en toda la conversación y su rostro estaba marcado por el más puro espanto.

—¿No lo sabías? —preguntó Astrid en la lengua de las brujas.

—¿Cómo iba a saberlo? ¡Por eso olía tan mal esa chica! ¡Desconocía que ninguna bruja pudiera cambiarse de cuerpo! —exclamó la bruja horrorizada—. ¿Quieres decir que la reina ha contratado a Drago precisamente para que le haga el trabajo sucio?

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —cuestionó Astrid desconcertada.

—¡Ey! ¡No entiendo ni una palabra de lo que decís! —exclamó Eret indignado—. ¡Hablad en una lengua que se entienda!

—Drago sirve a la reina del Salvaje Oeste y ha extendido sus inspecciones por todo el Archipiélago —explicó la bruja ignorando a Eret—. Han matado a bastantes humanas sin bautizar que presentaban marcas de Freyja y a otras muchas sin motivo aparente. Pero ya no es solo con las humanas, está buscando intensamente los pocos aquelarres que quedamos aquí. A inicios del invierno pasado, recibimos noticias de que habían exterminado a todo el Aquellare de Vindr —Astrid contuvo la respiración ante aquella noticia. Conocía a las brujas del Vindr, habían sido de las más pacíficas que se había topado nunca y no había librado nunca batalla contra ellas—. Hemos intentado proteger a todas las humanas y brujas que hemos podido, pero las siervas de Le Fey nunca habéis tenido piedad con ninguna de nuestra especie. Aparecen en las islas y se llevan a las bebés marcadas por Freyja. He visto que incluso se están llevando a niñas marcadas más mayores, algo inusual en vuestro aquelarre.

—Eso es imposible, Le Fey nunca ha robado niñas mayores —replicó Astrid confundida—. Se supone que la bendición solo la recibes si te bautizan si eres un bebé.

La morena frunció el ceño.

—¿De qué coño hablas? —preguntó desconcertada—. Eso es mentira.

Astrid parpadeó sorprendida.

—¿Cómo que es mentira? —dijo en voz de hilo.

—¡Ya basta! —gritó Eret, sobresaltando a ambas brujas—. ¡No entiendo ni una sola palabra de lo que decís!

Eret se levantó furioso y sacó un trozo de tela de su bolsillo para amordazar a la bruja, quién intentaba resistirse por todos los medios, aunque sus esfuerzos fueron inútiles.

—Y en cuanto a ti, tal vez deberías dejar de soltar tus mentiras, Astrid. Nadie te creerá, a ojos del mundo tú eres una criminal y se te tratará como tal —Eret extendió su espada para posarla bajo su barbilla y la forzó a alzarla para que le mirara a la cara—. Regresar aquí fue el mayor error que has podido cometer, bonita.

—Eret, ya te dije una vez que si me volvías a llamar bonita otra vez te rompería los dientes —le advirtió Astrid con voz envenenada—. No somos tan diferentes, lo sabes, ¿verdad? Sé lo que es vivir forzado a servir a alguien que realmente odias. Tener que arrastrar las almas de todos aquellos que has matado como pesadas cadenas que llevas atadas a tu espalda. Todo con tal de contentar a tu señor y conseguir algo que se asemeje a la libertad.

Eret parecía contrariado por sus palabras, por lo que Astrid siguió:

—Él jamás te va a liberar, Eret. Aunque tú mismo me entregues a él, siempre querrá algo más de ti. Nunca seréis libres mientras Drago viva y yo tampoco lo seré hasta que mate a Le Fey. Nuestros enemigos son comunes, así que en lugar de ayudarles a ellos, deja que yo te ayude a ti.

Astrid no iba a suplicar, pero al menos sabía que su discurso había sido suficiente como para trastornar ligeramente a Eret, sobre todo porque ella misma se lo creía. Astrid no había vuelto al Archipiélago para combatir contra los esclavos de Dagur y las marionetas de la reina. Ella había vuelto para matar a Le Fey de una vez por todas y si tenía que aliarse con la mismísima Hela para hacerlo, que así fuera.

—Te crees muy lista, Astrid —dijo Eret bajando la espada—, pero esta no es una guerra que puedas ganar.

—Espera y verás —le aseguró ella muy seria—. Yo no soy una bruja al uso.

—En eso estamos de acuerdo —concordó Eret con una sonrisa vaga.

Se retiró sin decir nada más. Astrid miró a la bruja de piel oscura, quién se había quedado agazapada con la incómoda mordaza cubriendo su boca. Tenía muchas preguntas que hacerle, sobre todo sobre su último comentario acerca de que no solo las bebés podían recibir la bendición de Freyja. Hasta donde Astrid tenía conocimiento, las niñas que superaban el año y medio no podían ser bautizadas porque la Diosa no las consideraba "puras" a partir de esa edad. ¿Había sido otra mentira de Le Fey? Astrid se sintió ignorante de su propia cultura y ansiaba saber qué era cierto y qué no.

Un nuevo guardia salió para cubrir el turno de vigilancia de Alvis y Astrid se quedó sin palabras al ver que no solo se trataba de un niño, sino que era uno al que conocía muy bien. Einar Haugsen había dado un estirón desde la última vez que lo había visto, aunque también se le veía muy delgado y carcomido. ¿Cuántos debía tener ya? ¿Diez? Once a lo sumo. Iba vestido como el resto de hombres del barco, aunque la ropa le quedaba grande, y su lanza le quedaba enorme para alguien tan escuálido como él.

—Einar, ¿qué haces aquí? —preguntó Astrid alarmada.

—Cállate, bruja —le ordenó el niño con repulsión.

A Astrid le sorprendió el desprecio de su tono y su mirada fulminante de odio.

—¿Qué haces en este barco? ¿Dónde están tus padres? —siguió interrogando la bruja angustiada.

—¡He dicho que te calles, joder!

—¡Ey! ¡A mí no me hables así, chaval! —gritó Astrid indignada por su actitud.

Einar dio un paso hacia atrás, sorprendido por su respuesta tan agresiva, pero Astrid no tenía tiempo que perder en ser delicada, más sabiendo que Thuggory estaba yendo hacia allí e Hipo todavía no había dado señales de vida. ¿Dónde demonios se había metido?

—Einar, necesito salir de aquí. Tienes que soltarme, por favor.

El niño la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Después de todo lo que le has hecho a mi familia, ¿pretendes de verdad que te ayude?

—¡Pero si salvé a tu madre y a tus hermanas! —exclamó la bruja incrédula—. ¿De qué demonios me culpas?

—¡Mi madre acabó en la inspección por tu culpa! ¡Porque era tu amiga y la abandonaste para huir con Hipo y ser su puta! ¡Y a Asa le pasará lo mismo cuando sea más mayor! ¡La marcaste con tus sucias manos de bruja!

—Einar, escúchame, por Freyja…

—¡No! ¡Todas sois iguales! ¡No voy a dejar que hagáis más daño a mi familia!

—¡Einar!

Su voz resonó tan fuerte como el trueno que sonó a continuación. Einar se asustó tanto que se cayó hacia atrás y la lanza rodó hasta los pies de la propia Astrid. La bruja de piel oscura se agazapó aterrorizada y escuchó a los dragones y a los hombres de Eret gritar, aunque no les prestó atención. Astrid observó angustiada los ojos de aquel niños, consciente que aterrorizando al niño no iba a llevarla a ninguna parte. Respiró hondo, calmando a su magia que cada vez cobraba más vida dentro de ella.

—Einar, jamás quise que sucediera nada de esto —le aseguró la bruja con voz sosegada—. Nunca he deseado ningún mal a tu familia, os aprecio a todos muchísimo y siempre me habéis importado, sobre todo desde que atendí el parto de tus hermanas. No marqué a Asa, pero no niego que lo de su pecho es un rastro de mi magia. Su corazón no latía cuando nació y… sabía que mi magia podía reanimarla. Lo había hecho ya antes, por eso no lo dudé. Que quisieran secuestrar a tus hermanas no tuvo nada que ver conmigo y, en un intento de impedirlo, solo empeoré las cosas. Lo siento, de veras que lo hago. Si estoy aquí es precisamente para arreglarlo todo, te lo juro.

—¿Cómo sé que no mientes? —dijo el niño con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Cómo sé que no vas a matarnos a todos si te libero?

—Einar, mírame a los ojos —el pequeño obedeció con timidez—. ¿De verdad piensas que voy a matarte?

Einar estaba confundido y muy inestable. Su cuerpo temblaba y las lágrimas traicioneras descendían por sus mejillas. Se sorbió la nariz antes de tartamudear:

—N-no, no… no lo creo —el niño ahogó un sollozo—. Siempre fuiste buena con nosotros, a mamá le gustabas, te consideraba una heroína porque le habías salvado la vida a ella y a las gemelas. Cuando se supo que eras… una bruja, mamá estaba muy disgustada. Nadie la quiere contratar tampoco por haber pasado la inspección y el haber sido tu amiga. ¡Y yo la traté tan mal! ¡Pensé que mamá era una bruja también por pasar la inspección y no quería que ella fuera! ¡Y aún así la traté como la mierda!

El niño rompió a llorar y Astrid sintió la impotencia de no poder liberarse y estrechar a aquella pobre criatura entre sus brazos para consolarlo. ¡Pobre Faye! Astrid no podía culpar a los Haugsen por considerar que ella había sido el foco de todos sus problemas. No podía ni imaginarse lo duro que había tenido que ser para la pobre Faye tener que sacar a su familia adelante siendo una apestada.

—Einar, yo…

Un silbido agudo la cayó al instante. Astrid sintió mariposas en su estómago al escuchar tan familiar sonido y llevó sus ojos hacia el cielo nocturno. Por desgracia, había demasiadas nubes cubriendo el firmamento como para apreciar nada en la oscuridad, pero la aguda vista de Astrid definió enseguida la sombra de un Furia Nocturna dando vueltas alrededor del barco. Eret salió del interior a grandes zancadas para observar también el cielo junto a sus hombres quienes estaban de repente muy alborotados y nerviosos. De repente, Desdentao soltó un plasma cerca para sacudir el barco con su onda expansiva. El pánico reinó entre la tripulación al procesar que se estaban enfrentando al mismísimo hijo maldito de los relámpagos y la muerte.

—¿A qué coño estáis esperando? —gritó Eret a su gente—. ¡Cargad los arpones!

De repente, todas las antorchas y los fuegos del barco se apagaron y el cuerpo de Astrid se sacudió al sentir la magia de Hipo muy cerca.

—¡Einar! ¡Escóndete y ponte a cubierto! —le advirtió Astrid a consciencia que Hipo no iba a aparecer en son de paz.

El niño no respondió a su reclamo y al acostumbrar por fin sus ojos a la oscuridad, Astrid cayó en cuenta que Einar Haugsen ya no estaba. Desdentao lanzó otro plasma que sacudió el barco y la bruja deseó con todas sus fuerzas que esos dos dejaran ya de chulearse para centrarse en liberarla.

—¡Vigilad a la bruja! ¡Vienen a por ella!

Astrid escuchó los pasos de los hombres de Eret acercarse hacia su dirección; pero, de repente, una fuerte ráfaga de viento causó que tuviera que cerrar los ojos y oyó el sonido del chapoteo del agua. Seguido, el barco dio un movimiento terriblemente brusco y cuando Astrid consiguió abrir de nuevo los ojos, observó que Desdentao se había colocado sobre el timón y tenía la boca abierta e iluminada de la luz morada de su plasma que amenazaba con lanzarla en cualquier momento.

Hipo no estaba sobre él.

Astrid le buscó y, efectivamente, se encontraba justo a su lado.

—Llegas tarde —le acusó la bruja aliviada de verlo por fin.

—La cola de Desdentao se rompió cuando perdí el conocimiento —explicó él en un susurro—. No nos hemos matado en pleno vuelo de milagro, menos mal que Desdentao sabe planear cada vez mejor, aunque aún tiene que aprender a aterrizar sin depender de mí.

Los hombres de Eret parecían infinitamente más preocupados en Desdentao que por ella, pero Astrid sabía que no tardarían en darse cuenta que Hipo estaba desaparecido. Su novio derritió discretamente el metal de las cadenas con sus manos desnudas y Astrid no pudo evitar sentirse algo excitada. No podía evitarlo, nunca antes había existido un hombre que empleara la magia, mucho menos la del fuego, y no se podía negar que la visión de un Hipo concentrado, con la mandíbula tensa y su rostro iluminado por el resplandor del fuego de salía de sus manos era algo precioso de ver.

Sintió que el aire volvía a entrar debidamente a sus pulmones cuando las cadenas dejaron de presionar contra su pecho. Hipo la estaba ayudando a levantarse cuando la bruja percibió los pasos de alguien lanzándose sobre ellos. La bruja empujó a su novio hacia un lado y esquivó el filo de un hacha de milagro. Fue entonces cuando Hipo, en un objetivo de desestabilizar el barco, decidió prender el mástil en llamas y, a su voz, la cubierta volvió a iluminarse. Eret y su tripulación los observaron horrorizados, primero a ella y después a Hipo, procesando que acababan de perder por completo el control de la situación. El hombre que les había atacado volvió a intentarlo, pero ésta vez Astrid estaba preparada. La bruja esquivó con suma maestría los ataques con su hacha hasta que consiguió coger de su muñeca y se la retorció hasta que soltó el arma. Una vez desarmado, Astrid le propinó un rodillazo en el estómago y un puñetazo en la cara para noquearlo por completo. La bruja sintió que iban atacarla por la espalda, pero para su enorme suerte, Hipo había reaccionado a tiempo y había aparecido a su lado para golpear a su otro atacante con la prótesis.

—¡Gracias!

—Un placer —respondió su novio cogiendo la espalda de su último agresor.

Astrid, por su parte, cogió el hacha. Eret gritaba instrucciones a su gente, quienes parecían haberse dividido en varios grupos para, por un lado, afrontar a Desdentao, otro para apagar el fuego que se extendía rápidamente por el barco y, por supuesto, para hacerles frente a ellos dos. La bruja sabía que estaban lejos de tenerlas para ganar, pues eran al menos una veintena de mujeres y hombres armados hasta los dientes contra ellos dos y Desdentao, así que su prioridad debía ser salir cagando leches de allí.

—Astrid —dijo Hipo de repente en la lengua de las brujas—. Tengo un plan, ¿puedes cubrirme?

La bruja le miró desconcertado, pero el brillo en sus ojos le dio claramente a entender que el plan debía ser bueno. Astrid asintió y sonrió a sus atacantes:

—¿Quién quiere ser el primero en morder el polvo? Tengo para todos —advirtió la bruja con arrogancia.

—Estás loca si crees que puedes con todos nosotros, Astrid —le advirtió Eret.

Astrid alzó el hacha y, sin pensárselo dos veces, cortó una de las cuerdas que sostenían las velas. La lona cayó sobre algunos de los tramperos, entre ellos Eret, generando más caos y confusión en el barco, y Astrid e Hipo aprovecharon la oportunidad para actuar. Mientras Hipo se dirigía a la trampilla donde estaban encerrados los dragones, Astrid se dirigió hacia la bruja de piel oscura que estaba desesperada por soltarse. La rubia no se lo pensó demasiado y cortó las cadenas para la enorme sorpresa de la bruja. La mujer se quitó la mordaza y preguntó:

—¿Por qué?

—Porque es lo correcto —Astrid extendió su mano hacia ella—. Me llamo Astrid, soy la exgeneral del Aquelarre del Sabbat y he vuelto para matar a Le Fey y a Drago.

La bruja observó su mano durante unos segundos antes de dársela.

—Iana.

Astrid asintió.

—¿Puedes volar? —preguntó la rubia.

Iana cerró los ojos para concentrarse y respiró aliviada cuando sus pies se elevaron en el aire.

—Márchate —le pidió Astrid—. Busca a tu aquelarre y esconderos en un lugar seguro.

—¿Y tú que harás, nacida de la tormenta? No puedes ganar esta batalla tú sola —le advirtió la bruja elevándose a más altura.

El barco se zarandeo de repente y Astrid se sostuvo contra la barandilla de la cubierta. Giró la cabeza hacia dirección de Hipo. Su novio había abierto la trampilla de la celda de los dragones y una decena de ellos habían salido a cubierta. La bruja no pudo evitar sonreír de orgullo por el brillante plan de su novio.

—¿Quién dice que lo esté? —cuestionó Astrid con arrogancia.

La morena alzó las cejas y miró hacia Hipo para soltar una pequeña carcajada.

—Sin duda, te gusta nadar a contracorriente —la bruja miró hacia el grupo de tramperos que estaban luchando por salir de debajo de lona—. Tengo una deuda de sangre contigo. No lo olvidaré.

Astrid fue a decirle que todo aquello no era necesario, pero la bruja alzó el vuelo y se alejó a toda prisa de allí.

—¡No! —gritó Eret a su espalda.

Astrid escuchó el filo de una espada alzarse y giró a tiempo para detener la estocada de Eret. El trampero tenía fuerza, era innegable, pero Astrid se había enfrentado a tipos más grandes y fornidos que él y jamás había perdido. Empujó con su hacha hacia delante para quítarselo de encima y atacó cuando el trampero dio un traspiés hacia atrás. Eret bloqueaba sus ataques con dificultad, sorprendido por su velocidad y la fuerza de sus hachazos, y eso que Astrid estaba siendo floja con él, dado que no tenía ningún interés en matarle. Aunque trabajara para Drago, las intenciones de Eret no iban más allá de liberar a su pueblo de la tiranía de aquel loco y Astrid sabía lo que era anhelar la libertad a cualquier precio. La bruja bloqueó una repentina estocada y mientras intentaba quitárselo de encima, el trampero sacó del bolsillo de su pantalón un frasquito con un líquido transparente. Astrid intentó quitárselo de encima, pero Eret estaba usando todo el peso de su cuerpo para bloquearla de movimientos y quitó el corcho del frasco con la boca. Sin embargo, antes de que pudiera echarle el agua bendita encima, el frasco estalló en la mano del trampero, clavando los cristales en su mano y Astrid pudo apartarse a tiempo para evitar mojarse con aquel líquido maldito.

Hipo estaba de repente a su lado, con la mano alzada hacia Eret y tembloroso. El trampero alzó la mirada hacia él, claramente confundido por lo que acababa de suceder.

—Ponle un dedo encima de nuevo y te juro que no vives para contarlo —le advirtió Hipo rabioso.

—¿Piensas que un escuálido como tú puede hacerme algo a mí? ¡Podría reventarte la cabeza con mis propias manos, niñato!

De repente, Astrid sintió de repente la magia de Hipo dispararse con enorme intensidad y la bruja corrió hacia él para detenerle y coger de su mano. Su piel quemaba contra la suya y Astrid tuvo que tragar un quejido de dolor.

—Hay al menos dos decenas de personas aquí, tu magia sigue siendo un secreto a nuestro favor y no conviene que se sepa —le advirtió en la lengua de las brujas. Hipo seguía con los ojos puestos en Eret, amenazante y colérico—. Hipo, mírame. ¡Mírame! —su novio obedeció a regañadientes—. Thuggory viene hacia aquí y puede que Le Fey también, vámonos antes de que sea demasiado tarde.

—Pero…

—No eres de los que matan, Hipo —le recordó Astrid desesperada—. No son más que esclavos de Drago, víctimas que luchan por sobrevivir. Por favor, vámonos.

La magia de Hipo se calmó de repente y Astrid respiró aliviada cuando su piel bajó a su temperatura habitual. El vikingo apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos para concentrarse en calmar su respiración.

—Lo siento.

—No, lo siento yo, amor —dijo la bruja preocupada—. Esto ha sido culpa mía, pero no tenemos tiempo para hablar de esto ahora. Coge a Desdentao y vámonos ya.

Eret seguía dolorido por los cristales clavados en su mano; intentó levantarse, pero Astrid le propinó una patada en el pecho que le dejó tendido en el suelo. Intentó quitársela de encima, pero, por suerte, los efectos del agua bendita ya había pasado y pudo paralizar a Eret contra el suelo de la cubierta. La bruja colocó el filo del hacha en su cuello y Eret la desafió con la mirada.

—¡Vamos! —le animó furioso—. ¡Hazlo! ¡Demuestra al mundo lo que realmente eres, asesina!

Astrid apretó el mango del hacha con fuerza para contener su ira y visualizó la electricidad saliendo de la punta de sus dedos.

—Hace año y medio lo habría hecho encantada, Eret, pero ya no soy la bruja de entonces —le aseguró ella apartando el hacha—. Yo ya no mato a sangre fría y mucho menos a un esclavo. Sin embargo, agradecería que le dieras a Thuggory un mensaje para que se lo transmita a la reina de mi parte.

—¿Cual?

—Que voy a por ella y que no voy a descansar hasta matarla.

Eret se mofó de su amenaza.

—La reina cuenta con una armada invencible de vikingos y con el respaldo de Drago para protegerla, ¿qué piensas que pueden hacer una bruja sin aquelarre y un tullido don nadie contra todo eso?

Astrid sonrió.

—Te sorprendería.

Escuchó a Hipo llamar a Desdentao y Astrid guiñó el ojo a Eret a modo de despedida para irritarlo todavía más. La bruja silbó para que Tormenta la recogiera desde su posición, pero se extrañó cuando su Nadder no acudió a su llamada.

—¡Astrid, vamos! —le llamó Hipo montado sobre el Furia Nocturna.

—¿Dónde está Tormenta? —preguntó la bruja en pánico.

Desdentao miró hacia la trampilla vacía de dragones y luego giró la cabeza hacia ella.

¿No estaba contigo? ¡Debería estar encerrada en esa jaula!

—¿Qué? ¡No! ¡Ella escapó! ¡Conseguí liberarla antes de que me atraparan para que fuera a buscaros! —chilló la bruja horrorizada.

Ni Hipo ni Desdentao parecían saber de qué estaba hablando y Astrid comprendió que si la habían encontrado no había sido por otra cosa más que por el vínculo. La angustia se apoderó del cuerpo de la bruja, ¿dónde estaba Tormenta? ¿Acaso la habrían secuestrado otros tramperos mientras volaba a la búsqueda de Hipo y de Desdentao? Se llevó las manos a su pecho, dándose cuenta de que no podía respirar bien y que las lágrimas caían traicioneras por sus mejillas.

Su cabeza no podía parar de repetir la misma pregunta una y otra vez:

¿Y si le había pasado algo por su culpa?

La había dejado desprotegida.

Sola.

A su suerte.

—Astrid.

Las manos calientes de Hipo cogieron las suyas con firmeza y Astrid alzó la mirada para encontrarse con sus preciosas orbes verdes, siempre tan cálidas y amables con ella.

—Vamos a buscarla ahora mismo —le propuso su novio con voz atemperada—. Entre los tres la encontraremos, te lo prometo.

No fue hasta que montó sobre Desdentao cuando Astrid se dio cuenta que el barco estaba medio hundiéndose a causa del fuego. Recordó a Einar, quién debía haberse escondido en algún rincón del barco para esconderse del caos.

—Apaga el fuego.

Hipo volteó la cabeza ligeramente la cabeza.

—Son cazadores de dragones y de brujas, Astrid.

La bruja agarró de su túnica con fuerza.

—Hipo, apaga el puto fuego —le ordenó con voz más firme.

El vikingo suspiró frustrado, pero al menos el fuego comenzó a extinguirse en ese mismo instante y cuando Desdentao alzó el vuelo, Astrid deshizo el conjuro que había echado sobre Eret para que pudiera moverse de nuevo. Después de todo, todo barco necesitaba un capitán y estaba claro que todas las vidas de aquella tripulación dependía del buen mandato de Eret hijo de Eret.

El viento soplaba helado aquella noche. Astrid se abrazó con fuerza a la espalda caliente de Hipo, incapaz de dejar de pensar dónde podía encontrarse Tormenta. La sola idea de que otros tramperos hubieran podido capturarla le angustiaba tanto que era incapaz de distraer su mente con otra cosa. En algún punto del vuelo, Hipo posó su mano sobre la suya que estaba sujeta a su vientre.

—Siento lo ocurrido en el barco, estaba demasiado enfadado como para pensar con claridad.

—Einar Haugsen forma parte de la tripulación —le explicó Astrid apoyando la mejilla su omoplato.

—¿Qué? —preguntó Hipo sorprendido.

—Supongo que sus padres no tienen recursos suficientes para mantener a todos sus hijos. Al parecer, Faye se vio perjudicada por la amistad que compartimos en su día —relató Astrid con tristeza—. Ya debería acostumbrarme a eso de destruir a todo aquel o aquella que se me acerque.

Hipo volteó su cabeza alarmado.

—Astrid, tú no tienes la culpa de…

El rugido de un dragón le cortó de repente y Desdentao se movió bruscamente hacia un lado cuando lo que parecía ser un Garratrueno intentó darle un zarpazo entre las nubes.

—¿Pero qué coño…? —musitó Hipo.

¡No estamos solos! —gritó Desdentao—. ¡Ese no viaja solo!

Astrid estrechó los ojos para definir los movimientos en la oscuridad y entre las nubes, pero fue incapaz de ver nada. Sin darse de rogar, dio un chasquido con sus dedos y un relámpago iluminó el cielo nocturna Furia Nocturna, bruja y vikingo contuvieron la respiración. Debía haber al menos una treintena de dragones volando a su alrededor y uno de ellos parecía ser un dragón de cuatro alas que Astrid no había visto nunca antes.

—¡Agárrate! —le gritó su novio.

Astrid rodeó su espalda e Hipo movió el pedal de Desdentao para caer en picado. La bruja no pudo contener un grito al sentir la sensación de caída libre, aunque Hipo y Desdentao parecían saber muy bien lo que hacían, pues nivelaron el vuelo para volar a ras del agua. Astrid se vio obligada a cerrar los ojos, incapaz de soportar la presión que suponía volar a una velocidad tan vertiginosa como la de un Furia Nocturna. Le pareció oír los bramidos de los otros dragones a su espalda e intentó lanzar otro de sus rayos para asustar a aquellas criaturas, pero ésta vez su magia decidió no obedecerla.

—¡Me cago en la puta! —chilló ella.

—¡Astrid, por Odín! ¡No te sueltes, joder! —le regañó Hipo.

¡Hipo, hay que subir! —exclamó Desdentao—. ¡Hay algo en el agua que también nos sigue!

Astrid se esforzó en abrir los ojos para ver a qué se refería el dragón, pero la onda que generaba su velocidad sobre el agua hizo imposible que viera nada. Hipo, sin embargo, concordó con su amigo y la bruja escuchó el clic del pedal; aunque, para su enorme disgusto, Desdentao se puso a girar sobre sí mismo para coger más velocidad. Astrid sintió que se le revolvía el estómago, por lo que procuró tener su cuerpo bien enganchado al de Hipo y concentrarse en no vomitar. Al cabo de unos segundos, Desdentao volvió a estabilizarse y Astrid arrastraba un espantoso mareo. Era en ocasiones como aquella cuando echaba de menos volar por su cuenta o sobre Tormenta, quién no hacía malabares y filigranas como el Furia Nocturna. Al menos habían conseguido subir por encima de las nubes, a tantos pies por encima del mar que ahora veían la luna casi del todo llena y un océano de estrellas.

—Parece que los hemos distraído —susurró Hipo.

No lo entiendo, ¿por qué no nos han seguido hasta aquí arriba? —cuestionó Desdentao preocupado.

Astrid tenía la sensación de que algo muy malo iba a ocurrir y, como venía ya siendo costumbre, así fue. Un Pesadilla Monstruosa salió de entre las nubes a toda velocidad y la empujó con tal fuerza que ni siquiera pudo sostenerse a Hipo ni éste pudo atraparla a tiempo cuando cayó de la montura de Desdentao. Antes de perder toda su visión por el cúmulo de nubes, Astrid vio cómo el dragón de las cuatro alas había aprovechado el despiste de Hipo para atraparle con sus garras, causando que Desdentao también cayera al vacío.

Astrid no podía creerse que tras haberse librado la primera vez, ahora estuviera otra vez en la misma estúpida situación en la que había empezado todo.

Primero tramperos.

Ahora dragones.

¿Qué coño iba a ser lo siguiente?

Sin embargo, ésta vez, antes siquiera de poder invocar su magia para detener la caída, otro dragón la atrapó en el aire. La bruja reconoció a la criatura como un Cazavientos y la había cogido de sus patas traseras con tanta fuerza que sus garras habían rasgada la tela de su túnica. Astrid se planteó electrocutar al dragón para que la soltara, pero el escenario de morir congelada en el agua era mucho menos atractivo que esperar adónde podía llevarla aquella criatura. De repente, un borrón oscuro pasó cerca de ella y el dragón. Astrid suplicó al Cazavientos que rescatara al Furia Nocturna, pero éste actuó como si la cosa no fuera con él. El Furia Nocturna intentaba por todos los medios volar y pese a que Astrid se esforzó en soltarse de las garras del Cazavientos, sabía que no llegaría a tiempo para alcanzar al Furia Nocturna.

—¡Desdentao! —chilló Astrid desesperada cuando el dragón cayó al agua.

Se iban alejando cada vez más del lugar dónde Desdentao había caído, pero Astrid consiguió ver que el dragón salía del agua, desesperado por retomar el vuelo, pero era incapaz de hacerlo sin alguien que pudiera manejar la prótesis de su cola.

—¡Por favor! ¡Déjame ayudarle! —suplicó Astrid al Cazavientos—. ¡No puede volar él solo!

El dragón ignoró sus ruegos y cogió de nuevo altura mientras Astrid gritaba el nombre de Desdentao con tanta fuerza que resintió sus propias cuerdas vocales. La sola idea de que el Furia Nocturna fuera hundirse y morir en aquellas aguas de nadie, muerto de frío y solo, la quebró por dentro. Había aprendido a querer a ese dragón, habían pasado tanto tiempo juntos desde que habían marchado al exilio que Astrid incluso había aprendido a montarlo. Seguían chinchándose el uno a la otra, pero ambos se apreciaban y el resentimiento que pudo existir entre ellos había quedado como una anécdota que solían recordar con nostalgia. Además, Hipo y Desdentao estaban unidos por un vínculo especial. El uno no podía vivir sin el otro, era un hecho.

¡Por Thor! ¿Por qué tenía que haber sucedido esto? ¡Todo era por su culpa! ¡Nada de esto habría sucedido si hubiera sido más cuidadosa!

El Cazavientos se metió entre las nubes y Astrid observó que volvía a estar rodeada de diferentes especies dragones. Escuchó por encima de ella los gritos desesperados de Hipo llamándola a ella y a Desdentao, suplicando inútilmente al dragón que lo había secuestrado que permitiera volver a por ellos. Astrid gritó su nombre, pero Hipo no pareció escucharla porque siguió gritando su nombre y el de su mejor amigo con un grito quebrado.

Se pasaron un largo rato volando entre las nubes, helándose por el frío y con los brazos resentidos por las garras del dragón. Hipo había dejado de gritar hacía ya un rato y, aunque la bruja intentó llamarle varias veces, su novio parecía no oírla desde donde se encontraba, como si el viento se llevara el sonido de su voz lejos del alcance de sus oídos. El Cazavientos finalmente empezó a descender y Astrid contuvo la respiración al ver que se dirigían a un enorme y extraño. Era como si hubiera salido violentamente del agua y hubiera adquirido la forma de una montaña de cumbres picudas e irregulares. A varios metros por delante de ella se encontraba el dragón de las cuatro alas que había cogido a Hipo y la bruja definió por primera vez a una figura montada de pie sobre él. Parecía humano, aunque era difícil definirlo desde tanta distancia.

—¡Hipo! —chilló Astrid una vez más.

Ésta vez su novio pareció oírla, porque se agitó de entre las patas del dragón, como si quisiera venir él mismo a buscarla. Ni el dragón ni la figura que lo montaba parecían inmutarse de sus quejas o de los gritos de la propia Astrid. De repente, todos los dragones descendieron a lo que parecía ser la entrada a una caverna que llevaba al interior del glaciar. La cueva era oscura y helada, compuesta por pilares de roca y hielo que los dragones sorteaban con suma destreza, como si lo hubieran hecho cientos de veces antes. Llegaron a una galería amplia y el Cazavientos la soltó por fin a una distancia prudencial del suelo. Hipo corrió a socorrerla cuando la bruja rodó por la superficie de hielo y roca.

—¿Estás bien? —preguntó el vikingo alteradísimo—. ¿Y Desdentao?

—Cayó al agua, supliqué al dragón que me dejara rescatarle, pero no me hizo caso —respondió ella con voz rota.

Hipo la estrechó entre sus brazos cuando los dragones comenzaron a apelotonarse a su alrededor susurrando una y otra vez la misma palabra:

Brujas, brujas, brujas…

—Creo que a estos no les caemos precisamente bien —apuntó Astrid tragando saliva.

En la oscuridad de la caverna, Astrid podía ver como la cabeza de Hipo analizaba la situación con detenimiento. No iba a atacar a los dragones, eso era evidente, pero tampoco podían dejarse atacar por ellos. Movió la cabeza en todas las direcciones buscando algo que pudiera ayudarle y, cuando se agachó para coger algo del suelo, Astrid se percató que en la oscuridad la figura que había montado sobre el dragón de las cuatro alas estudiaba cada uno de sus movimientos con silenciosa atención.

—Hipo…

Pero la bruja cerró la boca cuando, de repente, surgió un círculo de fuego a su alrededor que hizo que los dragones se echaran hacia atrás. Sin embargo, aquel círculo se apagó rápido e Hipo prendió una antorcha discretamente con su magia con un palo que había encontrado en el suelo. La furia de los dragones parecía haberse disipado en el aire a la vez que Hipo movía la antorcha con suavidad de un lado a otro, causando que los dragones se quedaran prendados por la suave oscilación de su brazo. Cuando consideró que las criaturas estaban lo bastante calmadas, extendió la mano hacia uno de ellos, causando que la figura humanoide se tensara por el sorpresivo acto de su novio.

—Hipo… —volvió a llamarle Astrid en un susurro, deseosa de alertarle de la presencia de la otra persona.

Sin embargo, la figura agitó de repente la vara que llevaba encima, captando la atención de Hipo y la golpeó contra el suelo, generando un ruido sordo que hizo eco en las paredes de la caverna. Un nuevo dragón salió de una de las muchas entradas que aquella galería parecía tener, cargado con una criatura negra inconsciente que Astrid e Hipo enseguida reconocieron aliviados.

—¡Desdentao! —gritó Hipo tirando la antorcha al suelo para atender a su amigo.

Su novio habló con dulzura y suavidad al dragón que empezaba a despertarse. La figura humanoide los miró por unos segundos impasible hasta que decidió acercarse cautelosa hacia ellos. Astrid había tenido suficientes tonterías por aquel día y se interpuso en medio.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros? —cuestionó la bruja en nórdico.

La figura ladeó la cabeza ante sus preguntas y escuchó a Hipo callarse a su espalda.

—¿Entenderá siquiera nuestro idioma? —preguntó él sin levantarse del lado del Furia Nocturna.

La figura enmascarada sacudió de nuevo su vara y los dragones que tenía justo detrás abrieron sus bocas para prender sus llamas en ellas. La galería se iluminó ligeramente y el ser se estiró, demostrando ser algo más alto que ellos dos. Desdentao rugió y se puso por delante de ellos dos modo defensivo y enseñando sus dientes. La figura tiró su vara y el escudo que cargaba con ella y se puso a cuatro patas para acercarse, casi como si se tratara más de un animal que un humano. Hipo cogió a Astrid de la mano para que se echara hacia atrás, pero la bruja también adquirió una pose defensiva. Desdentao volvió a gruñir, pero para la enorme sorpresa de ambos, el ser realizó unos gestos con sus dedos que hizo que el Furia Nocturna cayera noqueado a un lado al instante. Ni Hipo ni Astrid supieron siquiera reaccionar y su único impulso fuera caminar hacia atrás para alejarse de aquella cosa lo más lejos posible.

La bruja intentó convocar su magia para defenderse; pero ésta, una vez más, no acudió a su llamada.

La figura alzó de repente su mano hacia el rostro de Hipo, quién ahora apretaba a Astrid contra él muy nervioso, como si estuviera más posesivo y defensivo de lo normal. Sin embargo, se quedó muy quieta cuando con sus dedos se encontraban a solo un par de centímetros de la cara de su novio. La figura se echó de repente hacia atrás, casi como si hubiera visto a un fantasma, y preguntó en un susurro:

—¿Hipo?

Astrid miró a su novio claramente confundida, demandado saber de qué conocía su novio a esa cosa; pero éste demostró estar tan o más desconcertado que ella.

—Eh… —empezó Hipo, pero no tenía claro qué decir.

La figura se llevó las manos hacia su máscara que resultaba ser un casco y al quitárselo se encontraron con una mujer de mediana edad. Su rostro era alargado, de pómulos acentuados con ojos claros azulados. Su pelo era del color del bronce, aunque se apreciaban numerosas canas en el nacimiento de su cabello. Su expresión era de la más profunda y sincera de las sorpresas, como si no se estuviera creyendo lo que tenía justo delante.

—¿Se...será posible? —cuestionó la mujer alzándose de nuevo—. ¿Después de tantos años? ¿Cómo es posible?

Había una brillo extraño en los ojos de aquella mujer. Alegría, sorpresa, pero también desconcierto, tristeza y miedo. Mucho miedo. Hipo observó a la mujer con la respiración acelerada para luego dirigirse confundido a Astrid y después mirar de nuevo a la desconocida.

—¿Nos… nos conocemos? —preguntó él inseguro.

La mujer parpadeó, como si aquella pregunta no se la hubiera esperado y, al mismo tiempo, la viera perfectamente lógica.

—No —respondió ella con resignación—. Sólo eras un bebé, pero…

Astrid se llevó la mano a la boca. No podía ser, ¿acaso era posible? Hipo la miró sin entender, pero volvió a llevar toda su atención de nuevo a la desconocida, quién parecía indecisa de si decir o no la verdad. La mujer tragó saliva antes de confesar la verdad que cambiaría para siempre la vida de Hipo Haddock:

—Una madre jamás olvida.

Xx.