19, CAPÍTULO DIECINUEVE,
CHAPTER NINETEEN.
—¿Qué estás...? ¿Qué diablos estás haciendo?
Abraham maldice por lo bajo. Se aparta lo justo para advertir a Amelia al inicio de las escaleras. Florida está a su lado.
Abro la boca, intento tomar aliento, tranquilizar mi pulso errático.
Florida se acerca y me toma del brazo, apartándome de Abraham.
—África —intenta decir él.
—Supéralo, Abraham —masculla Amelia.
La culpa en sus rasgos es lo último que advierto en él al desaparecer por las escaleras.
Me sujeto con fuerza a la balaustrada. Mis pensamientos corren en un caos que lucho por entender. Ahora mismo, todos mis muros me reprochan haberlos dejado caer.
Descendemos al descansillo del primer piso, dentro de un silencio tan espeso que abruma sobre mi propio ánimo. Sé que están pensando en lo que pasó o en lo que puedo haber pasado de no haberlo evitado. Mi razón, sin embargo, no alcanza a ser suficiente para explicarlo.
No consigo sobrellevarlo. Mis energías menguan a una velocidad increíble, dejándome apática y temerosa. Me desplomo sobre el primer escalón, llevándome las rodillas al pecho.
Soportar más miradas, cuchicheos o sátiras... no es algo que me guste mucho. Me gustaría, en realidad, que Abraham y su arrojo desaparezcan de mi mente.
¡Odio los besos robados!
—¿Estás bien?
Amelia para de bajar y gira a mí. ¿Cuándo la amenidad en su rostro ha sido suplida por constante preocupación?
—Sí, claro.
Estoy desconcertada, eso es todo. La situación se ha vuelto estresante, demandando cosas de mí sin contar siquiera con el derecho. Es como si de pronto les debiera algo a todas estas personas. ¡Sé que es mezquino! Pensar de esta manera, creer que la sociedad es un cúmulo de malas intenciones y miradas soeces, y que mi propósito es evitarlas a toda forma.
Pero es el mundo de Shawn y, en este momento, ese mundo ha traspasado al mío. Si no puedo soportar esto, si me es impertinente tolerar la intromisión ajena, no le seré digna.
Florida se sostiene a la balaustrada, sentándose un escalón por debajo. Ella lucha por descifrar mi expresión.
—¿Deseas quedarte aquí? —pregunta, con una suavidad subestimada.
Creo que Florida preocupándose por alguien debería estar en los libros de Historia. Generalmente, vira en mi dirección.
—Será lo mejor —digo, a medio aliento—. Todas estas personas me están incitando a gritarles un qué demonios te importa en la cara. Y Abraham... Dios. No sé qué hacer con eso.
Ambas guardan silencio, en sintonía. Sé que comprenden, como yo lo hago, como debí hacerlo a tiempo, que era cuestión de tiempo para que todo esto sucediera. Las fotografías, la represión de Shawn, Abraham... Habían estado suspendidas en el aire, como cocos, esperando por una ligera sacudida de aire o la maduración de un evento que se había prolongado lo suficiente, para caer y pegarme en la cabeza. Un golpe no del todo fatal, pero que dejó secuelas.
—Podría ir y comprarte algo de comer —considera Florida, luego de un momento.
Niego. —¿No? —replica—. ¡No has comido nada!
—¡Oh! —exclama Amelia de pronto. Se sienta a mi lado, en el peldaño, y saca una barra de granola de su polo. Me la da—. Come por lo menos esto. No queremos que esas mariposas bebé en tu estómago mueran prematuras, ¿verdad?
Algo ofendida, tomo la fibra horneada.
—Gracias —murmuro.
—Sí, de nada —sonríe ella, radiante.
Florida soporta una inoportuna risa.
—¿Has tenido noticias de Mérida? —me pregunta, reclinándose contra los postes de la baranda.
—No lo sé —digo, ensimismada en mi afán por desprender la envoltura de plástico biodegradable—. No he revisado el celular.
—¿Por qué?
—¡Porque soy cobarde, por eso!
Florida sopla un mechón de su cabello rubio, bufando incrédula y con fuerza.
Después de eso, Amelia hace otra pregunta y entonces Florida otra. Se turnan para cubrir los silencios, que nunca han sido un problema entre nosotras, pero que hoy requieren de su eclipse debido a la vulnerabilidad de mi ánimo.
Pero cuando no hay más intrigas o cavilaciones y no hay que esperar por más, sino que el descanso acabe, mi mirada va a dar con el mural del descansillo.
Se trata del Padre Miguel Hidalgo, el honorable personaje de esta academia, sosteniendo la antorcha de la libertad. La pintura cubre toda la pared del norte, una completa obra artística colmada de realismo, cólera y sacrificio.
Me produce escalofríos de noche, pero mera curiosidad de día.
Pero hoy sólo me pierdo en sus lóbregos colores, intentando darle forma a la revuelta de mis pensamientos.
La campana finalmente canta, recordándonos el regreso al aula. Las pisadas y las voces de un par de estudiantes ya se escuchan al inicio de las escaleras.
Lunes, pienso. Un poco más de todo esto por cuatro días más. Incluso entonces dudo en tener calma.
Risas femeninas doblan la esquina, llegando justo en ese momento al descansillo, donde Florida, Amelia y yo aguardamos por un poco más de placidez. El sonido se detiene repentinamente. Alzo la vista, topándome de inmediato con las miradas pasmadas y airadas de un grupo de chicas.
No tengo idea de quiénes son en el mundo, pero interpreto divinamente porqué me miran como si hubiera pisoteado cada uno de sus sueños.
Al frente del montón, una de ellas carraspea. Me observa de arriba abajo como si en realidad tuviera pinta de lograr intimidarme y, con un cabeceo que descubro frívolo en todos sus aspectos, prosigue con su camino. Las otras chicas se apresuran detrás de ella, jaladas por cadenas invisibles.
—Isma —suspira Florida, una vez han relegado—. Compartimos clases y resulta más que evidente que tiene un enamoramiento por Shawn. Me caía bien. Por supuesto, eso fue antes de que se atreviera a mirarte de esa forma. Ahora sólo me parece inmadura.
El golpe de culpa me toma por sorpresa. Había pensado que, bueno, esto no lograría sino raspar en la superficie de mi interés, que no me afectaría. Pero Shawn ha traído al exterior mi corazón y descubro –no sin un estremecimiento–, que empiezo a preocuparme no sólo por él.
¡Ew!
¿En cuántas personas he creado estas emociones tan tristes, tan dañinas? ¿A cuántas les rompe el corazón esto?
Los sentimientos son reales, no importa si van dirigidos a un actor, a un ídolo o a un personaje literario. Están ahí, latiendo, impulsándose a sonreír, a llorar.
¿Cuál es la magnitud de lo que estoy haciendo?
Amelia, leyendo la espina en mi cara, se inclina hasta empujar suavemente mi hombro con el suyo.
—Una cantidad exagerada de personas te odiará —dice—, pero otras te amarán. Por ninguna de ellas debes preocuparte, ni muchos menos pensar que les debes algo. Tú y Shawn no tienen obligación alguna por cumplir expectativas.
—Lo sé —digo, pero es más un susurro ahogado.
—Procura guardártelo —atañe Florida—. Eres muy olvidadiza.
Mientras que Florida se queda en la segunda planta, debido a que pertenece al grado de intermedio, Amelia y yo regresamos al último piso. Entre los alumnos haciendo su camino hacia sus respectivas aulas, las rodeamos hasta encontrarnos en las habitaciones del sur. Las siguientes tres horas: Literatura con el Professeur Desrosiers; básica y complementaria, pero con la capacidad suficiente para aligerarme el día.
Al acercarnos al salón de clases, la alta puerta se abre, emergiendo la última persona que esperé ver precisamente hoy.
Lo que, irónicamente, es un tanto predecible.
—Oh —exclama él al verme, con un acentuado francés—. Hola ahí, África.
Los pocos alumnos que aún deambulan por los corredores endurecen su andar, murmurando al advertir el intercambio.
No puedo evitar sonreír.
—Silvain.
Silvain Desrosiers. Atractivo francés de ademanes y costumbres. Posee este aire de fascinante sugestión que sirve como anzuelo para cualquiera con dos ojos en la cara. No es que él se dé cuenta.
Mmm, tiene 25 años...
Y es hijo de mi profesor de Literatura.
La presencia de Silvain se resume a corazones acelerados. Carismático y europeo, es el sueño de chicas y chicos a la par. Desrosiers por tal motivo es comúnmente llamado "suegro" en la academia, tanto por secretarias como por la descarada Srta. Moliner.
Silvain es realmente lindo, caballeroso de una manera inusual. Un poco nerd, si lo ves desde determinada perspectiva –la favorita de Florida–. Cabello castaño, con reflejos dorados. Piel almendrada. Mandíbula fuerte y marcada, adulando unos labios verdaderamente primorosos.
Tiene brillantes e intensos ojos color chocolate, ocultos detrás de unas gafas. Sé de alguien a quien le tiemblan las rodillas de sólo observarlos. Más exacto, cuando se posan en ella.
Es alto, sí, y su constitución te hace sentir desamparada, como si inmediatamente necesitaras entregarte a sus brazos. O, bueno, esa es la descripción de una señorita en particular.
Ciertamente puede intimidar.
Silvain me encuentra, sin pensárselo en absoluto. Besa mis mejillas. Su ineludible aroma, dulce y elegante, acierta con el mío.
—Es un consuelo verte —murmura Silvain—. En verdad, princesse.
El sonido de su voz forja una tristeza honda. Parpadeo, apresurándome a ocultar la pena, escondiéndola de su mirada.
—Lo siento —se me escapa decir.
Silvain niega con suavidad.
—Está bien.
Aún dudosa, señalo a mi mejor amiga, presentándola por primera vez ante Silvain.
—Mon amie, Amelia.
Un centello divertido cruza sus facciones, mezclado con orgullo. Sí, quizá y en el intento trato por demostrarle que no soy un caso del todo perdido.
Silvain mira a Amelia. La veo atrapar un suspiro.
—Enchanté, Amelia. —Se inclina y besa cada una de sus ruborizadas mejillas.
Y, justo en eso momento, ahí, donde su silueta sesga en una postura realmente magnífica, con una sagacidad perdida por el tiempo y traída al presente por la naturaleza honesta de un hombre, ahí lo sé con acuidad. Culpar a Florida por haberse enamorado de él me será por siempre imposible.
Amelia sale de su embeleso lo suficiente para corresponder a su saludo, pestañeando asombrada todo el tiempo. Silvain o no lo nota o es muy caballeroso como para pasarlo por alto.
—Te espero dentro —me dice ella, adelantándose hasta otorgarnos algo de privacidad.
—¿Cómo has estado? —me pregunta Silvain, un tanto prudente—. ¿Cómo ha estado ella?
Muerdo el interior de mi mejilla, abrumada por el tácito peso en sus hombros y todas esas indomables emociones rebelándose en su voz.
—Yo estoy... estoy bien. Ella bastante orgullosa —le digo—. Estará bien hasta que decida lo contrario. Sabes que es buena ocultándolo.
—Lo supuse cuando dejó de venir. —Silvain exhala un suspiro, que raspa en lo profundo—. Cuando dejaron de venir. Dime, princesse, ¿aún son un desastre con la morfología?
Un detalle más: Silvain es nuestro tutor de francés.
Oui, las clases ultra-mega-secretas.
—No —resoplo, soberbia—. Lo que pasa es que no toleramos el lenguaje inclusivo. Lo creemos un tanto innecesario y redundante.
Me estrecha sus ojos de infarto.
—Petit menteuse.
Pequeña mentirosa.
—¡Me ofendes!
—Por favor, no desistan —murmura Silvain—. S'il te plait, princesse. No por mí.
De trancazo, la realización me cae encima. Quizá se debe a que ahora me es mucho más fácil que nunca empatizar con el prójimo. Silvain está desalineado. Tiene algo fuera de su lugar. Siempre ha sido un hombre bastante prolijo, pero ahora... luce vulnerable. Como la consumación de un hecho al que lleva rato resistiéndose.
—Hablaré con ella —le prometo, por lo bajo.
Silvain suelta una sonrisa, tan breve y tambaleante que la emoción, escasa de fuerza, no consigue expresarse a través de sus ojos.
—Merci, princesse.
Toma el filo de mi trenza, jalándola con suavidad y aventura. Deposita un último beso en mi mejilla, donde se detiene a murmurar, —Cuídate y cuídala por mí. Espero verlas pronto.
—Lo haré —le digo—. Sabes que lo haré. Silvain, hasta luego.
Silvain sacude su cabeza, sonriendo desordenado.
—Vamos, entra al salón antes de que papá te llame la atención.
—No tendré compasión al culparte.
—Oh, pero sabes que eres su préféré.
Quizá Desrosiers no está exento del favoritismo que caracteriza a los profesores, pienso. Me detengo en el umbral del aula, tomando el marco de la puerta y mirando sobre mi hombro la figura de Silvain alejándose por el pasillo. Quizá y la razón es porque soy la única entre mis compañeros en entender sus referencias literarias. Ingeniosas, pero no del todo graciosas.
Las clases de francés con Silvain Desrosiers se suspendieron cuando Florida Fierro se dio cuenta que sentía más que aprecio por él. Cuando ella lo besó y él no la detuvo. Cuando correspondió a la inevitabilidad de sus sentimientos.
Por tal razón, somos algo más que bilingües y nuestra familia está muy lejos de saberlo.
Tal vez esas chicas de la clase de la Sra. Juárez tienen razón y mi familia es demasiado recta. Florida pasará las experiencias de un corazón entregado temiendo exponerse, juzgándose a veces desde la moral, el haberse involucrado sentimentalmente con alguien que la supera en edad. No tanta, no significativa, tampoco un obstáculo (pero lo es, tanta, significativa, obstáculo).
Lo que es absurdo, pues el corazón no sigue normas.
Contra toda razón, pienso que es caliente. Su situación, el vaivén imposible, explosivo, que sólo acentuará sus sentimientos de resistirse a ellos.
No sé si Florida lo intuye y no sé si decírselo. Creo que lo hace.
Y sólo puedo alegrarme de tener la suficiente edad, aquí, en este momento, debido a que, de otra forma, la relación que mantengo con mi ético y tenso pretendiente, Shawn Mendes, tendría más obstáculos.
Pienso que no hay más necesidad de ellos.
Mientras tomo lugar en el escritorio, le envío un rápido mensaje a Florida.
Silvain está aquí.
Responde al instante. ¿En serio?
Sí, qué más. Pero temo que ya se ha ido.
¿Hace cuánto?
Un minuto, aproximadamente. Te diría que salgas y lo busques y les des muchos besos de reconciliación, pero sé que eres una cabezota.
Florida no abre mi mensaje, empero, sé que me ha leído.
Alcánzalo, le escribo, casi con ruego.
No, contesta. Adiós.
El Prof. Desrosiers inicia la clase con una inmersión a la literatura de su camarada, el francés Marcel Proust. Da pie a una de las tres últimas novelas de su autoría, sumergiéndonos en sus memorias sin consideración. Al acabar la clase, mientras todos recogen sus cosas y Amelia sale por la puerta, me acerco al profesor.
—¿Qué piensa sobre Grant Allen? —pregunto.
Desrosiers hunde su expresión, alternando la vista entre las carpetas que introduce en el maletín y mi inesperada curiosidad.
—¿La universidad o el científico?
—La universidad —aclaro, absteniéndome de rodar los ojos—. Por supuesto.
—Universidad de Grant Allen —pronuncia, palpando el nombre como alguien que prueba una comida después de mucho tiempo. Su acento es una cadencia ligera que sufre de ritmo—. La guarida de los virtuosos. Poco he escuchado de ella desde que me titulé.
Sonrío porque, por muchas cosas que pase por alto, esta no ha sido una de ellas.
Desrosiers lo entrevé. —Supongo que por eso está aquí.
—He aplicado para una de sus licenciaturas.
—No me diga.
—En Lengua y Literatura.
—Mon Dieu! —exclama, exagerando un gesto de sorpresa que, definitivamente, no está ahí.
Al salir del aula, igualo mis pasos a los suyos. El tercer piso de la academia rápidamente es vaciado por las prisas de los alumnos. Los últimos licenciados abandonan sus predeterminadas salas, dirigiéndose a las escaleras del norte.
—Grant Allen cuenta con bases bastantes auténticas —comenta Desrosiers, inmerso en el pasillo que tenemos por delante—. ¿Sabía usted que su fundador es sir Arthur Conan Doyle?
—La mayoría de las opiniones lo relatan como mito.
—Gente escéptica. Pero, sin intención de continuar engrandeciendo el mito, me limitaré a decir que después de la muerte de Grant Allen, Conan encontró sus escritos y, con ello, una coincidencia de aficiones. Verá, en ese entonces ya eran amigos. Lo demás es historia.
—No del todo.
—Confío en que tiene una universidad de respaldo —dice Desrosiers.
—Sería realmente imprudente no tenerla, ¿no es cierto?
El profesor de literatura luce divertido. Por un momento, parece buscar por las palabras correctas.
—Ha hecho una buena elección —dice—, pero no de por hecho sus opciones. Considero que Grant Allen es la mejor elección que tiene por sus destrezas, contiene suficiente virtud para potenciar su escritura. Diría, por lo tanto, que no deje ir la oportunidad tan fácilmente. Buen juicio, Srta. Ruiz.
Al bajar, Florida ya está aguardando en el vestíbulo, observando con ojos templados y una calma que retiene la tormenta adentro, el patio sobre su hombro.
Cuidando ese silencio a su alrededor, me pongo a su lado, con el temor de alterar algo en ella.
—Lo alcancé —murmura.
Me toma un segundo entender la implicación.
—Está bien —digo.
Y, tal como pretendo, mi simplicidad da pie a su sinceridad.
—He dejado de lado a la razón. Salí de clases sin explicación alguna y corrí por los pasillos hasta detenerlo de irse por esta misma puerta. Silvain ni siquiera dijo hola.
—Entonces, ¿qué hizo?
—Nada, África. Me miró por lo que pareció una eternidad y se... fue. Sólo se fue.
—¿Por qué no le dijiste algo tú?
—No sabía qué decir. Fue una decisión impulsiva, ridícula y arriesgada.
—Fue esperanza —aclaro, con suavidad.
Florida me mira alrededor de un segundo, dudosa, antes de soltar el aire, incrédula. Pero no dice más nada y yo tampoco. Sé respetar sus silencios.
A punto de vaciarse la academia, mamá envía el mensaje para encontrarla afuera. Nos despedimos de los últimos maestros y profesores rezagados y subimos al auto. Esta vez, no hay paparazzis a la espera.
Regresamos a nuestro conjunto residencial. El viaje en auto ocurre en completa elipsis, una clara costumbre arraigada desde el inicio de la mañana. Los ánimos de Florida han decaído significativamente y los míos prevalecen sobre la cuerda floja, confusos sobre caer o seguir resistiendo.
Desrosiers me ha obsequiado el pensamiento para continuar de pie, pese a la dificultad. No por estar cediendo a la presión o retractándome de mis promesas, sino porque necesitaba volver sobre mis pasos y rememorar la raíz de mis inspiraciones. Personas, sensaciones. Él, ella, ella, yo, de nuevo él, él, hasta el fin de mis pensamientos.
No sé cómo empezar a describir el día, por lo que cuando mamá pregunta, me tomo la decencia de ser medianamente sincera.
«La escuela estuvo bien. Mis compañeros dejan mucho qué desear.»
Cuando el auto entra en la cochera y el portón es deslizado, mamá parece a punto de empezar una guerra contra los medios masivos.
—No permitiré que nadie asedie tu vida —dice—, o que te toque un solo cabello. Eres mi hija. Debía asegurarme de que lo entendieran bien.
Pese a que, al principio de la mañana, las cámaras me abordaron, al final de esta ya no quedaba ninguna.
Entiendo lo que pasó. Sé lo que mamá hizo. Ella lo arregló. El desastre, la intromisión, el acoso. Mamá los intimidó lo suficiente como para retroceder y reconsiderar sus movimientos.
—Si vuelven a molestarte —advierte—, me lo dirás enseguida.
¡Dios mío!
Entonces, agrega, —Y lo siento, pero habrá medidas necesarias.
Y, oh, carajo.
Florida nos sorprende al reír desde los asientos traseros.
Cuando la noche cae, sé que ya he ignorado suficiente de mi mundo, del suyo propio. Y, al marcar el reloj las 22:00 horas, sin avisos o titubeos, Shawn me envía la invitación a un videochat.
Justo a tiempo. Esta es nuestra hora de la noche. Silenciosa, cálida y tranquila. El resumen de todo un día pesaroso.
—Hola —dice, y me sonríe un poco.
Está recostado, con una almohada debajo de su barbilla y una suave luz fluctuando en el fondo, perfila su rostro y las líneas duras de su mandíbula y la altura majestuosa de sus pómulos. Su salvaje y castaña cabellera cae despeinada sobre su frente, la hermosa miel de sus ojos resalta pese al cansancio que sostiene con obstinación.
—Hola —musito.
—Estaba a punto de ir a dormir —confiesa.
—Bueno —digo—, ve a dormir.
Shawn ríe.
—Siempre tan desinteresada.
—No, lo siento —contesto—. A veces acostumbro a explicarme mal.
Suspiro y deposito mi mejilla en el brazo del sofá. —Esto puede ser un poco contradictorio...
—Tú eres total e insufriblemente contradictoria —dice Shawn.
—Halagador. Gracias.
Continúo, ensimismada. —Me preocupo por ti. Mucho. Como no tienes idea. Dejaría de ser egoísta, si así me lo pidieras. Sé que lo soy y que es difícil dejar de serlo, pero por ti haría el esfuerzo, ¿entiendes?
Shawn parpadea y las comisuras de sus ojos adquieren esa suavidad que adoro. Le he tomado con la guardia baja y es que es tan poco común que le exprese mis sentimientos.
Aparto la mirada, avergonzada. —En realidad no quiero que vayas a dormir, quiero que te quedes y hables conmigo y me sonrías de a poco, de esa forma, y aceleres mi corazón, aunque duela y me quite la respiración.
—Puedes ser egoísta.
—Estás cansado.
—Dios, África. Sé que seguiré cansado, incluso si duermo sin alarma. Eres la parte del día que espero. Y la espera jode, ¿sabes?
Las groserías suenan tan bien viniendo de su boca.
—Así que, ¿soy la razón detrás de tu cansancio?
—Eres la razón.
Estrecho mis ojos en su dirección, para nada contenta con su afirmación.
Shawn sonríe. —Eres la razón por la que estoy despierto.
—¿Incluso cuando no quieres hablar conmigo?
—Incluso entonces.
Desactivo la cámara. Un recuadro negro, insustancial, suple mi imagen.
Shawn maldice. —África —gruñe.
—Dime.
—Activa tu cámara.
—No.
—África, no —dice, mascullando cada vocal.
Me cubro el rostro, como si sostuviera todas estas emociones que florecen en mí como una segunda piel.
—No te obligaré a hablar conmigo —susurro—. Y tú no notarás cuánto tiempo aguardo por tu respuesta porque eres testarudo. ¿Sabes que ocurrió hoy?
Despejo mi cara, captándolo a través de la pantalla. Shawn mantiene la cámara en acción. Se reincorpora, reclinándose contra la cabecera de la cama, despierto e intranquilo. Sus ojos buscan por mí donde sólo hay oscuridad.
Él no habla y sé que no lo hará, pero no hay nada que me detenga a mí de hacerlo.
—Nos expusieron —digo—. Alguien tomó un par de fotografías de nosotros y las reveló.
Mi voz desciende en un hilo. —Los medios me acosaron, mamá tuvo que intervenir, está molesta. La academia es más un sitio hostil ahora. Florida está intranquila, mis amigas están preocupadas.
Jalo una respiración, abrumada, con los instintos tan fuera de control que no medito mis siguientes palabras y las pierdo. —Todo el mundo piensa que tiene el derecho de inmiscuirse en mi vida, e intentar besarme.
El silencio procedente logra la imposibilidad de aturdirme.
La reacción de Shawn hace todavía algo más increíble. Confusión y sorpresa colisionan, desatando el desastre en su apuesto gesto, deformándolo, por un instante, por la sombra del dolor. Se encierra, sin embargo, en sí mismo. Endurece su expresión, volcando mi serenidad con la poca, casi nula, gentileza que me muestra.
—¿Alguien intentó besarte, África?
—Eso no es...
—Entonces, ¿qué?
Con el temor en la punta de los dedos, le ofrezco mi imagen. Shawn pestañea al observarme decaída sobre el sofá, apenada por el recuerdo, sonrojada por el remordimiento.
—Las personas reaccionaron —digo.
Shawn arquea una ceja.
—Oh, ¿en serio?
Estrecho mis ojos, maldiciéndolo con la mirada. Shawn marca el contorno de su mandíbula con fuerza. Los dos, en este momento, competimos por relajar el dolor, aminorar la carga de culpa, buscando gestos, palabras que nos excusen.
—No creo en lo sucedido —murmuro, hacia él; la delicadeza que siempre ha demostrado al escucharme.
Por un segundo, Shawn guarda silencio. Suelta el aire, tomándose del cabello y jalándolo, disgustado.
—Lo sé —dice, finalmente.
Aunque sus palabras me reconfortan, hay algo que no me deja respirar. Una sensación amarga, encajada en los silencios que separan nuestras voces. Por primera vez, siento los kilómetros entre nosotros como verdadera distancia, la más fría y cruel. Y a Shawn más lejos que nunca.
—Deberíamos ir a dormir —murmuro, mordiendo con fuerza mi labio inferior.
Mira mi boca, por un corto instante. Aparta la mirada, rápidamente.
—Estoy de acuerdo —se limita a contestar.
—¿Estás enojado conmigo?
—No, hermosa. Nunca podría enojarme contigo. No realmente.
—Entonces, ¿por qué no lo siento así?
—Esto es mi culpa —dice Shawn—. Debería estar contigo, quiero estar contigo. No esconderte nada. Pero no... no puedo.
—No te culpo —confieso, sin más que sinceridad—. No puedo culparte, incluso si quisiera. Y no importa, nada de esto, sino que hables conmigo. Shawn, necesito que hables conmigo.
He ido a tientas, todo este tiempo, manejándome por un camino que de repente apareció frente a mí, cuando Shawn ya lo ha recorrido.
Sin embargo, él se limita a decir:
—Lo siento.
—¿Por qué? —inquiero, con desesperanza.
—Por no haber reunido la suficiente valentía para hablar contigo antes.
—Aún puedes hacerlo.
Shawn aprieta su mandíbula. Desvía la mirada. Su aliento asciende, junto a la furia en sus ojos, forjada en fuego ámbar. No pretende herir a nadie sino a sí mismo.
—Te llamo mañana, ¿sí? —me dice—. Buenas noches, bonita.
No recuerdo haber caminado hasta mi habitación, pero lo hago. Tampoco sé en qué momento me cambio a la pijama o cuándo cepillo mis dientes, no obstante, así es. Y entro en mi cama, protegiendo el sueño de Florida, y me cubro con las sábanas, y sé, como nunca sentí, que estoy cansada. Tan cansada que podría dormir por días y no importarme en lo absoluto.
—¿Crees que deberíamos retomar las clases con Silvain?
Veo hacia Florida, conociéndola despierta y en absoluto sorprendida por ello.
—Sí —le digo.
—¿Por qué?
Su voz no suena adormilada, está sesgada, como todo en ella. No tiene la respiración elevada, tampoco titubea al hablar. A veces creo que Florida es completamente racional, no se deja llevar por los impulsos de su corazón. Pero hoy me demostró que, como todos, como cada ser humano capaz de errar y sentir y no ser una máquina, su corazón lucha por sobrevivir, incluso cuando eso la vuelve impulsiva. Al escucharla a ella y luego al escucharme a mí, percibo una de nuestras mayores diferencias. Mi voz siempre está fragmentada, herida por mis emociones.
—No lo sé, no esperes de mí un consejo sabio de amor y sus heroísmos —respondo—. Puedes intentar consentir tu amor por él a través de las clases de francés o esperar que se torne amargo con el pasar del tiempo y las distancias.
—Tu concepción del amor no conoce humildad.
—Bueno, por mucho tiempo el amor me ha sido negado. No puedo sorprenderme ahora de que sea tan avaricioso.
Escucho su suspiro al aire. Luego, su cabeza reposa suavemente en mi hombro, respirando con tranquilidad.
—Temo por ti —confiesa de pronto, en voz baja.
—¿Por qué? —inquiero, confundida.
—Porque te piensas egoísta y no te das cuenta de que también eres buena. Shawn... no le conozco, pero sé que va a necesitarte mucho y tú no dudarás en darle todo de ti.
No sé qué responder a eso, ni siquiera estoy segura de haberla comprendido. Juego con los dedos de mis manos, reposadas con calma sobre mi estómago. El techo, donde mi vista está puesta, es un lugar sombreado por la oscuridad más tenue y perturbado por la luz más momentánea.
Entonces, formulo la pregunta de la única respuesta para la que mi razón no alcanza a ser suficiente.
—¿Cómo es tener el corazón roto, Florida?
De ser yo otra persona, Florida se habría encogido de hombros y citado a un poeta francés ya muerto, aparentando ignorancia.
Sin embargo, ella me responde.
—Es la sensación más desgarradora que jamás podrás describir con exactitud.
Recargo con suavidad mi cabeza con la suya. El aroma floral de su cabello juega con mi nariz, cosquilleando.
Lentamente, confieso, —No tengo miedo de que Shawn rompa mi corazón.
—¿No?
—Tengo miedo de yo romper el suyo.
