Estaba tratando de amoldarme a los relieves del terreno para dormir cuando Lavina vino y se sentó a mi lado mirándome. Sin preliminares me soltó:
– Alguien abusó de ti. Te forzaron… ¿verdad?
Me volví hacia Lavina sorprendida ante la pregunta. Me senté y le respondí con un susurro ofendido. Pequeña Nutria y Feranon estaban ya durmiendo, Adva estaba montando guardia y no quería que ninguno de ellos nos oyese.
– ¡¿Qué tipo de pregunta es esa?! ¿De dónde sacas esa idea?
– Tu reacción me lo confirma. Pero, sinceramente, la cara que pusiste cuando Feranon superó tu defensa lo dijo todo. Solo he visto esa expresión en otra mujer por algo muy concreto.
Sentí que se me enrojecía la cara, por la vergüenza o la ira o ambas. Lavina me observó demasiado fijo y volví la cabeza hacia el amanecer.
– No quiero hablar de eso – respondí secamente.
– Ni yo quiero que lo hagas. Pero esto me explica varias cosas – siguió –. Ahora entiendo por qué todavía no eres capaz de atacar con efectividad.
La miré extrañada y ella siguió:
– No te acercas a nadie, ni siquiera a mí durante los entrenamientos. Siempre mantienes la distancia. Pero no es por cobardía, porque la única vez que te he visto acercarte a alguien para aferrarlo fue en el Viento Bueno, cuando te lanzaste a salvar a Pequeña Nutria del ástirax... o a morir en el intento. Así que no te engañes, Erisad, eres valiente, mucho. Pero el recuerdo de lo que sea que te pasó te hace creer que no lo eres.
Me sentí sorprendida ante el halago.
– Gracias…
– Y espero que tengas claro que Feranon no hizo nada incorrecto.
Me resultaba incómodo recordarlo, pero Lavina tenía razón. Asentí.
– Sé que no había motivo para que yo reaccionase así.
– Sí que lo había – me contradijo –. Feranon tiene un estilo de combate mucho más cercano, mucho más… íntimo, por así decirlo. Es normal que reaccionases mal. Pero es hora de que dejes atrás lo que sea que viviste en el pasado, Erisad. Sácate de ahí tú misma o te sacaré yo a palos.
La mezcla de empatía y arrollamiento fue desconcertante y, en parte, el revulsivo que necesitaba. Pero Lavina no le dio más importancia, se envolvió en su manto y se arrebujó junto a Pequeña Nutria para compartir el calor. A los pocos minutos estaba roncando suavemente. Tenía la capacidad de dormirse en cuanto se lo proponía y de abrir las puertas de tu mente de par en par y entrar en ella dando voces. La envidiaba.
Y tenía razón. Yo tendía a dormir alejada de mis compañeros, a pesar del frío. Ni siquiera fui capaz de unirme al abrazo y las lágrimas de Lavina y Pequeña Nutria por el Viento Bueno, Dulzagua y Rivaverde. Algo estaba encogido dentro de mí. Me envolví en mi capa y me pegué contra la parte más abrigada de la roca. Tenía que hacer algo al respecto… pero otro día.
Era medio día cuando Adva nos despertó a todos. Un grupo de jinetes cabalgaba hacia nuestra posición desde el sur. Eran séis. Oh, puta mierda sagrada…
– ¿Crees que nos han visto? – preguntó Lavina.
– Sí, nos han visto, por como se mueven. ¿Algo en ellos os hace sospechar de su identidad?
Tratamos de discernir detalles. Vestían ropas anchas y al menos la mitad llevaban corazas de cuero y cascos. Iban armados. Vimos dos arcos recurvados y lanzas. Bajo las leyes de La Sombra solo podías portar armas si eras un servidor suyo.
– Adva – llamó Feranon y señaló al cielo.
Había algún tipo de pájaro volando en círculos sobre nosotros.
– Oh mierda, ¿creéis que es un ástirax? – preguntó Lavina.
– No lo sé, pero prefiero pensar mal – dijo Pequeña Nutria mientras montaba su ballesta.
– No podremos huir – dije –. Son más rápidos y nos localizarán también gracias a su pájaro.
– Erisad, ¿te ves capaz de engañarles y hacerles creer que somos servidores de la sombra?
– Sin un traje, difícil… Con dos elfos, imposible. Pero será mejor tratar de evitar una pelea. Si no nos queda más remedio, combatimos.
Lavina asintió.
– Adva, Feranon, escondeos.
Los dos elfos se adentraron en el bosquecillo disperso tras nosotros. Lavina, Pequeña Nutria y yo tomamos nuestras armas y nos adelantamos para recibir a los jinetes desconocidos.
– Creo que esta puede ser una buena ocasión para probar un nuevo hechizo– dijo Pequeña Nutria–. Tengo algo que puede ser de utilidad.
– Me quedaré a tu lado por si te ataca el ástirax – dijo Lavina.
Los caballos treparon la ladera de la colina con una energía y rapidez inusitadas para unos animales tan enjutos. El redoble de sus cascos aumentó. No eran como los caballos de guerra dornos. Estos eran unos animales más delgados y nervudos. Los jinetes no levantaron sus lanzas, ni sus arcos… de momento, pero las tenían demasiado a mano. Era mejor no iniciar hostilidades, nunca había que despreciar la posible salida diplomática, pero Pequeña Nutria había dejado la ballesta cargada en el suelo, a su lado y noté la tensión en sus manos mientras los observaba acercarse. Yo llevaba, envainadas, la espada corta y mi daga… y estaba muy atenta a las sombras a mi alrededor. Lavina cruzó los brazos ente su pecho con gesto de fastidio y, daba igual las armas que portase, siempre parecía amenazante.
Los caballos frenaron ante nosotros y se desplegaron en un semicírculo. Pudimos entonces apreciar los rasgos de los jinetes. Eran todos hombres de piel morena y con los ojos rasgados. Nos dirigieron unas magníficas miradas de suspicacia bajo aquellos párpados. Vestían ropas holgadas y prácticas. Se les veía aseados, alimentados... y atentos. Uno de ellos nos dijo algo en un idioma que no entendimos.
Respondí con el tono más sereno y autoritario que pude.
– No os entiendo. ¿Quiénes sois y qué queréis?
El mismo jinete cambió a ereño, con un acento que arrastraba las erres y las eses. Su voz destilaba agresividad contenida.
– Saludos, señora. Estábamos de cacería y os vimos a lo lejos –no se me escaparon las implicaciones de la palabra "cacería"–. ¿Qué hace tan importante dama por aquí?
Su tono irónico era una trampa. Bien, tenía la respuesta perfecta para hacerle creerse sus propias palabras y, con suerte, evitarnos un combate. Pero antes de que pudiese replicarle, lo hizo Lavina:
– Estamos visitando a tu puta madre.
Hubo un momento de silencio y después un estallido de risas entre los jinetes. Miré a Lavina sorprendida. ¿Pero qué carajo hacía? El mismo hombre que había hablado inclinó irónicamente la cabeza hacia ella y los tipos se callaron todos.
– Faltan dos – dijo, perdido todo rastro de humor –… ¿Donde están?
– ¿Por qué no bajas del caballo y me lo pides por favor? – le provocó Lavina.
Por un momento creí que funcionaría, pero el líder dijo algo en aquel idioma y dos de los caballos se movieron para rodearnos por completo.
– ¿Qué estáis escondiendo, señoras?
Adva y Feranon, eso estábamos escondiendo. En cualquier lugar bajo mandato de La Sombra, ofrecían recompensas por la cabeza de un elfo, y cualquier cabeza rebelde que las acompañase era usada para decorar picas. No podíamos permitir que los detectasen. En ese momento, el halcón lanzó un chillido, mientras sobrevolaba el grupo de árboles donde se habían ocultado los elfos.
Uno de los jinetes gritó algo que no entendí y señaló hacia los árboles con la lanza. Los dos arqueros tomaron sus arcos y… actué por instinto. Oí a Pequeña Nutria musitar una retaíla que reconocí como una invocación a la magia mientras yo me sumergía por la sombra de Lavina. Surgí bajo el caballo del arquero mejor situado para el disparo. Mi mano agarró el arco que estaba levantando y, con un tirón, se lo arrebaté. Me miró y sus ojos se abrieron por la sorpresa y el miedo. Casi al mismo tiempo, el otro arquero cayó inerte al suelo desde su montura. ¡Bien, Pequeña Nutria!
Oí el sonido de un caballo detrás mío. Me giré. Un jinete había levantado su lanza para ensartarme.
– ¡Basura de La Sombra! – me insultó.
Me preparé para esquivar, pero no me dio tiempo, porque algo golpeó su brazo. Un chisporroteo de luces azules recorrió su extremidad… y se cubrió de hielo. El hombre lanzó un alarido de dolor y dejó caer la lanza.
– Basura de la sombra lo será tu puta madre – respondió Adva, con un tono perfectamente cortés. Le faltó el veneno en la entonación, pero el efecto fue el mismo.
Todas las miradas se volvieron hacia la ladera: dos elfos caminaban hacia nosotros. El bastón de combate de Adva estaba iluminado por pequeños relámpagos azules. Feranon a su lado había desenvainado sus armas y parecía estar deseando usarlas.
Cinco pares de ojos se abrieron desorbitados y un arquero derribado roncó suavemente sobre el suelo.
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La presencia de los dos elfos hizo cambiar totalmente su actitud. De la sorpresa, pasaron a las disculpas.
Cuando Pequeña Nutria les aseguró que lo que había derribado a su arquero era un simple hechizo de sueño y Adva utilizó su magia para curar el brazo que había congelado, bajaron de sus monturas y nos ofrecieron ayuda.
Adva aceptó casi de inmediato. Yo miré a Lavina para ver su reacción. Parecía tranquila pero les preguntó:
– ¿Cómo nos habéis encontrado?
Por toda respuesta, uno de ellos levantó el puño y el halcón se posó en él.
–Tenemos ojos en el cielo – dijo.
Nos subieron a las grupas de los caballos y cabalgamos hacia el este. Sentir a un animal con su propia mente y sus propios deseos moverse bajo mí y tener que aferrarme a la persona delante mío para no caerme me resultó muy inquietante. Probablemente, montar no era lo mío.
