Capítulo 30 Las siete puertas del abismo

El frío calaba las extremidades. El silencio mortal roto por las brisas del inframundo causaba una sensación de vacío nada agradable. Enkidu era llevado de la mano por Ereshkigal. La diosa parecía divertida, como si hubiese presenciado un espectáculo interesante. Se detuvo cuando llegó a una enorme puerta imponente vigilada por una especie de dos gigantes espectros con lanzas hechas de neblina blanca resplandeciente.

—Enkidu—comenzó Ereshkigal, flotando fantasmalmente—, bienvenido a Kur, mi maravilloso reino.

Enkidu lucía ido. Su cabello corto flotaba con la neblina y su cuerpo cubierto por una sencilla túnica se delineaba bajo las luces azuladas que danzaban en el aire.

—He muerto, ¿Verdad? —susurró Enkidu, mirando hacia atrás, a la nada absoluta, oscura como la boca de un lobo.

—¿Qué esperabas? —contestó Ereshkigal con un tono de voz alegre— ¡Vamos, date prisa!

—No quiero ir contigo—sentenció Enkidu, con cierto miedo en su voz.

—Pues… ¿Dónde piensas ir si no es a Kur? —preguntó Ereshkigal, apoyando sus manos en la cintura.

—Quisiera regresar.

Ereshkigal negó con energía, disfrutando el momento.

—Lo siento querida arma mía. Atravesarás las puertas te guste o no.

Ereshkigal se dirigió hacia Enkidu y tomó uno de sus brazos, pero la cadena maciza y fuerte de oro se materializo, amarrando a la diosa a su mano.

—Déjame ir—solicitó una vez más.

Ereshkigal sacudió su brazo como si tuviese un insecto en él y rio complacida.

—Conmigo no funcionan estas cosas. Puede que con el resto de los dioses sí, pero yo soy la rechazada, la condenada a vivir en las sombras, a cuidar del abismo, a resguardar sus secretos y a sentenciar a las almas a ser olvidadas o no. Soy una especie distinta de dios y deberías obedecer mis palabras o podría dejarte caer accidentalmente al abismo y perderte para siempre.

Ereshkigal, a pesar de su hermosa expresión femenina e infantil, hablaba muy en serio.

—¿Por qué yo? —comenzó Enkidu, tan inanimado que parecía un autómata.

—Porque si no eras tú, era Gilgamesh—contestó Ereshkigal, moviendo su cabellera de un lado a otro—, ¿No te alegras acaso de haber salvado su vida?

Enkidu titubeó y meditó. Frunció el ceño y movió la cabeza con lentitud.

—¿A que te refieres?

—Pues…—Ereshkigal se acercó a él y tomó su brazo para caminar hacia la imponente puerta—, los dioses querían castigar a uno de ustedes dos por lo que hicieron con Gugalanna, y decidieron elegirte a ti, pues así sería un castigo también para Gilgamesh.

Enkidu miró a Ereshkigal consternado y decidió acompañarla hasta la primera puerta.

—Si es así—dijo Enkidu, atravesando con pesar el portal—, prefiero haber muerto yo a que él.

Ereshkigal iluminó su rostro y juntó sus manos, completamente feliz.

—Vamos entonces a mi reino.

Enkidu no tuvo más remedio que obedecer. Las puertas se abrieron ante la petición de su reina y así comenzaron su viaje.

—Dime Enkidu—dijo Ereshkigal cuando avanzaron a través de un camino que era más bien un puente ancho, cuyos costados se extendía un enorme precipicio que daba a mares negros y profundos— ¿Qué tal ha sido tu vida?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —Enkidu no estaba de ánimos como para decir cualquier cosa. Sentía sopor y la constante sensación de querer dormir.

—Quiero divertirme mientras vamos a Kur, ¿Es tanto pedir?

Enkidu no contestó a ninguna pregunta y se preparó para atravesar la segunda puerta.

—Enkidu… Enkidu—llamaba Ereshkigal, animada, irónicamente rebosante de vida—, ¿Te arrepientes de lo que has vivido con Gilgamesh? ¿Has cambiado de parecer? ¿Sabes que podrías haber sido rey de Uruk si lo matabas? ¡Estoy ansiosa de que veas Kur!

Enkidu por poco hace callar a la diosa, pero recordó su posición en todo esto y el letargo que le invadía no le dejaban actuar.

—¿Me dejarías dormir un momento? —dijo después de un instante, cuando estuvo a punto de atravesar la tercera puerta—, no me siento bien.

Ereshkigal se mordió el labio y frunció el entrecejo.

—Si te dejo dormir en el camino, te dormirás para siempre, Enkidu… y la verdad, hace mucho no me divierto como ahora. Dormirás cuando estés en Kur.

—No es bueno que te regocijes del dolor ajeno.

—No, no—negó Ereshkigal—. Tu vida y tu historia me parece interesantísima. Quisiera saber las aventuras que embarcaste, los sentimientos, tus pensamientos, aquellas cosas que a nadie más contaste.

Enkidu detuvo su marcha en seco y escuchó el chocar de las aguas contra las piedras allá en lo profundo del abismo.

—Realmente te alimentas de la vida—musitó, inanimado.

—Podría decirse que sí—admitió Ereshkigal con una sonrisa en su rostro.

Enkidu atravesó la puerta y se percató que el ancho del puente se iba angostando cada vez más.

Ereshkigal flotaba a su lado, llevando consigo una especie de espada hecha azarosamente, sin empuñadura ni hoja reconocible, más bien parecía un rayo congelado en el momento de emitido.

En el puente rondaban lucecillas azuladas a nivel del suelo, que le daban un aire mágico al lugar. A los costados, comenzaron a aparecer jaulas casi al borde del abismo, como tentadas a caer en cualquier momento, con fantasmas adentro. Algunas dormían profundamente y otras se aferraban a los barrotes pidiendo piedad. Ereshkigal pasaba de prestarles atención y sonreía a un lado de Enkidu, disfrutando el momento. Enkidu temió por su destino, pero agradeció enormemente que fuese él el que recorría este camino y no Gilgamesh.

—¿Qué son esas cosas? —preguntó Enkidu, señalando las jaulas a su alrededor.

—Son almas que me gustaron… las pongo en el abismo para que ellos mismos decidan sus destinos: si quieren ser olvidados, es cosa que se arrojen y ya.

—Pero no parecen felices de estar ahí—objetó Enkidu, cerca de la cuarta puerta.

—Eso no importa. A mí me han gustado. Me gustan las cosas hermosas, como tú.

Enkidu, atribulado por lo que aquello significaba, atravesó la cuarta puerta y el camino se estrechó aún más.

Las jaulas se extendían con mayor cantidad conforme avanzaban el puente. Ereshkigal tarareaba una cancioncita en voz baja y Enkidu sentía el dolor de su alma apaciguado, consciente de que jamás volvería a ver a Gilgamesh. Llegado a la quinta puerta, se volvió y enfrentó a Ereshkigal, con una esperanza en su corazón.

—Cuando Gilgamesh muera, ¿Podré volver a verlo?

Ereshkigal se llevó el índice al mentón y meditó la respuesta.

—No creo. Kur es vasta y las jaulas se me pierden entre sí. En algún momento olvidaré la tuya… si es que te pienso considerar. Quizás te lance al vacío sin más.

Enkidu apoyó su mano en la puerta y agachó la cabeza. Apuño sus dedos y arrugó sus párpados para dejar caer una lágrima de rabia. Ereshkigal mantuvo la distancia y la sonrisa se borró de su rostro. Trago con algo de dificultad y se acercó a él.

—Vamos Enkidu—habló, casi maternalmente—, si te demoras, más tortuoso será este camino.

Enkidu abrió la quinta puerta y el puente no medía más de dos metros de ancho.

El vértigo comenzó a apropiarse de su estómago. Caminó con los pies descalzos sobre los guijarros y se centró en la sexta puerta, con tal de no ver los atemorizantes costados. Ereshkigal se balanceaba de un lado a otro, balanceando su espada (o lanza) de forma extraña.

—¿De verdad te gustaría volver a ver a Gilgamesh?

Enkidu limpió una de sus lágrimas con suavidad y asintió.

—Da igual lo que desee, ¿No es así? Ya nada importa. Me he perdido para siempre.

Ereshkigal tenía una expresión entre apenada y divertida.

—Quién sabe. En este mundo todo depende de mí.

Enkidu llegó a la sexta puerta y su corazón dio un vuelco. El camino frente a él no se extendía más que su propia altura acostada transversalmente. Caminó con cuidado, sintiendo que la tierra se agrietaba bajo sus pies, amenazando con dejarlo caer en cualquier momento. Empezó a temblar. Por su mente pasaron muchas escenas: la pelea en Uruk, su primer beso con Gilgamesh, las noches en los bosques de cedros, su anhelo más preciado. Se detuvo en la mitad de camino y consideró seriamente en arrojarse al vacío.

Miró por los costados: si jamás volvería a ver a Gilgamesh, ¿Cuál era el sentido de permanecer consciente por el resto de la eternidad? Sería más una tortura que un premio.

—Ereshkigal—llamó Enkidu, caminando hacia el borde—lánzame.

La diosa suspiró y posó sus pies sobre la tierra.

—No lo haré yo. Si quieres lanzarte, eres libre de hacerlo, pero yo no lo haré. Mis deseos contigo son otros.

Enkidu se aproximó hacia el borde y miró el fondo, donde las aguas se azotaban fuertes en la oscuridad. La brisa del mar del olvido llegó a su rostro y la imperiosa sensación de llanto se apropió de su pecho.

Su existencia nunca tendría sentido sin Gilgamesh.

Sus pies descalzos jugaban con el borde de las piedras. Respiró hondo para armarse de valor.

Pero no pudo.

Llorando se retiró del borde y tapó su rostro con ambas manos. El cabello corto se le alborotaba mientras que el de Ereshkigal flotaba hermoso. La diosa miró a Enkidu algo desilusionada y chistó para luego negar.

—Avanza a la siguiente puerta Enkidu. Atravesándola estarás a salvo.

Ereshkigal tomó a Enkidu por los hombros y él deseó por un momento que ella lo lanzara lejos, sin embargo, no sucedió.

Al atravesar la séptima puerta, la cual daba a una enorme montaña, se topó con una caverna repleta de cristales luminiscentes. Insectos brillantes revoloteaban por todos lados, como pequeñas luciérnagas espectrales. Al fondo de aquella cueva, la cual se abría conforme avanzaban, se encontraba una gigantesca ciudad dentro de la montaña, como si esta hubiese sido un volcán apagado. Arriba, una única abertura iluminaba el fantasmal reino con una luz deprimente y suave. Enkidu observó los árboles, las casas abandonadas, los puestos del mercado sin nadie atendiendo. Sólo almas en pena caminando sin sentido alguno, con las miradas perdidas, los rostros atormentados y las manos a los costados.

—Arrójame al abismo—rogó Enkidu, espantado de lo que sus ojos veían.

Ereshkigal, con una seriedad increíble, negó.

—Tuviste tu oportunidad y la has desaprovechado. Ven conmigo, te llevaré al palacio de Kur.

Enkidu se rehusó con todas las fuerzas que le quedaban. Ereshkigal entornó los ojos y tomó de la mano a Enkidu.

—Nada pasará, querido Enkidu. ¿Sabes por qué? Porque me gustas. Quiero que te quedes conmigo un tiempo… quizás luego cumpla tu deseo.

Enkidu miró a Ereshkigal rogando por piedad, pero la diosa no cedió ante la petición. Enkidu se relajó, sabiendo que por mucho que se resistiera las cosas no cambiarían, y siguió a Ereshkigal, tal como esas almas atribuladas vagaban por las calles de Kur.

Un carruaje tirado de caballos que parecían estar entre la descomposición y la vida se apersonó ante Ereshkigal e invitó a Enkidu que se subiera a la elegante cubierta. Ambos iniciaron un viaje al palacio de Kur. Conforme galopaban, Enkidu vio un montón de jaulas con almas adentro. Algunas saludaban alegres a Enkidu y otras le echaban miradas de aborrecimiento, como envidiando su suerte.

El silencio en las calles de Kur era desolador. El aire frío se colaba por todos lados y la desilusión era palpable. Enkidu se volteó a ver a Ereshkigal.

—¿Cuál es el sentido de todas estas casas si sólo hay almas en pena? Esto no es un reino.

—Oh, interesante pregunta—notó Ereshkigal—. Quizás algún día haga de esto un paraíso. Por ahora no me llama la idea. No te has preguntado: ¿Para qué existe el paraíso si nadie puede tocarlo? ¿Acaso los seres mortales, los padres trabajólicos, los hijos infectados por pestes, las madres muertas en partos no merecen un trozo de cielo? Los dioses son crueles, querido Enkidu. Guardan sus riquezas y sus buenas vidas para aquellos héroes que llamen su atención. Ni siquiera te han considerado en ello. Tampoco lo harán con Gilgamesh, quizás. Todos vienen a parar aquí, el paraíso es sólo para ellos.

—¿No es lo mismo que tú haces conmigo? Me llevas a tu palacio porque te he parecido interesante—murmuró Enkidu, desanimado.

—Otro sugestivo punto—premió Ereshkigal—. Quizás es … ¡Por que también soy una diosa!

Así, entre charlas deprimentes, llegaron al palacio de Kur.

Las jaulas ahora eran un tanto más elegantes y espaciosas. Adentro se encontraban hombres, mujeres y niños, quienes no lucían más felices que las que hallaron en el camino. Descendieron del carruaje y caminaron hacia las escaleras del zigurat, que era mucho más pequeño que el de Gilgamesh. Al llegar a la primera planta, se encontró con un salón decorado digno de una reina y al fondo, dos enormes jaulas espaciosas y dentro de una de ellas, se encontraba una niña. La pequeña se alegró de sobremanera al ver a Ereshkigal y se aferró de los barrotes con entusiasmo. Ereshkigal dejó un momento a Enkidu y fue tras la chica, abriéndole la puerta.

—¡Has vuelto Eresh! —gritó la pequeña, saltando a su alrededor.

—Sí, he vuelto. Es primera vez en mucho tiempo que voy personalmente a retirar el alma de alguien.

Generalmente Ereshkigal no iba por las almas de cada una de las personas de este mundo: aquello no tenía lógica y ella probablemente no daría abasto. Las almas simplemente migraban a la primera puerta del abismo y atravesaban guiados por fantasmales lacayos y sirvientes de Ereshkigal. Además, la diosa no podía dejar el inframundo por mucho tiempo, ya que su energía se veía afectada.

—Lirio, te presento a Enkidu, el arma de los dioses.

—¡Enkidu! —gritó Lirio, la chica a un lado de Ereshkigal— ¡El buen amigo del rey Gilgamesh! ¡Has venido aquí!

Enkidu se sorprendió al ver tanto entusiasmo entre Ereshkigal y Lirio, como si la muerte estuviese lejos de ellas.

—Sí—confirmó Enkidu—, he muerto—agregó, con cierto aire de abandono, como si estuviese ido.

—Descuida—dijo Lirio, jugando con su trenza—, es gracias a ti que nuestro rey es benevolente y un buen regente. ¡El pueblo de Uruk te adora!

Enkidu no se sintió más feliz después de oír eso.

—Enkidu—comenzó Ereshkigal—Te llamaré Azul.

—¿Azul? —se extrañó Enkidu—, prefiero que me llames por mi nombre.

—Hmm…—Ereshkigal se llevó el pulgar y el índice a su mentón y asintió—, de vez en cuando te llamaré Azul.

—Enkidu—Lirio se acercó a su lado y tiró de la túnica— ¿Por qué has muerto?

La expresión de Enkidu se ensombreció y acarició el cabello de la chica.

—Lo merecía.

Ereshkigal curvó las cejas, pero no permitió que los presentes vieran eso.

—Azul…—Ereshkigal lo tomó de un brazo y lo guió a la otra jaula al lado de su trono— Entra ahí. Te quedarás conmigo un tiempo.

Enkidu miró la jaula y negó.

—Quiero que me arrojes al abismo.

Lirio ahogó un grito y corrió con sus espectrales piernas hacia Enkidu.

—¡No! No quiero que te vayas Azul—dijo la chica, abrazando a Enkidu—, Seremos buenos amigos.

Enkidu sonrió tristemente.

—Lo siento señorita—susurró—, yo sólo tendré un amigo en mi vida.

Ereshkigal tomó de los hombros a Enkidu y lo introdujo en la elegante jaula, para encerrarlo con un candado hecho de oro y lapislázuli.