SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Cuarenta:
La Herencia del Padre
"Papá está muerto, verdad?" Preguntó Jinenji suavemente mientras se sentaba en el lujoso sofá, el mismo en el que su madre se había sentado durante la desafortunada conversación entre su padre y ella.
Sin embargo, la situación era completamente diferente ahora. Ya no eran su madre y su padre en el sofá, y él no estaba escondido a cierta distancia en la cocina. No—ahora era su madre con un pañuelo en su mano y lágrimas bajando por su rostro sentada a su lado—Jinenji—quien no podía permitirse sentir nada más que incredulidad.
"Sí." Susurró su madre en el pañuelo, su voz apenas audible entre los combinados esfuerzos de su llanto y la prenda.
Jinenji cerró sus manos fuertemente, sus propias lágrimas se acumulaban mientras pensaba en su padre y la muerte de su padre. Su padre se había ido para pelear por él, por su madre, y él—su padre no había regresado. Se había ido, muerto a manos de hombres que se habían llamado sus amigos, a quienes había curado con sus manos y conocido por los muchos años que había vivido. Ellos lo habían matado, a sangre fría porque su hijo había sido un mitad demonio, había nacido de una madre humana.
"No-o-no-oh." Gritó su madre junto a él, sus sollozos se hacían más fuertes mientras cubría sus ojos con el suave lino blanco, la suciedad de su cara se frotó en la prenda cambiando su color ligeramente de un alegre amarillo a un sucio dorado. "Por qué-e-e." Tartamudeó ella e hipó mientras jadeaba, sus manos temblaban mientras las retiraba de su rostro, sus labios formaban una línea que se abrió ampliamente mientras liberaba un sollozo más fuerte, toda su expresión se contorsionó en una mirada de puro tormento.
"Mamá?" Susurró Jinenji mientras sollozaba, sus pequeñas manos la alcanzaron, agarrando el orillo de su falda. "Está bien, mamá." Trató de consolarla pero aún con su joven mente supo que sus palabras estaban muertas antes de abandonar su boca. Sabía, tan bien como ella, que la muerte de su padre era mucho más que triste—era devastadora, emocional y conscientemente. Sin su padre no quedaba nada para protegerlos, nada. Solo era cuestión de tiempo.
La mujer hipó e inhaló un tembloroso respiro mientras dirigía sus ojos enrojecidos hacia su joven hijo. Lentamente estiró una mano, tocando su mejilla con tal ternura y amor que hizo que los ojos de Jinenji se desbordaran con más lágrimas. "Escúchame," dijo ella en un apresurado susurro mientras se levantaba del sofá solo para arrodillarse ante él, una de sus suaves manos descansaba gentilmente en una de sus mejillas. "Vamos a—," comenzó a hablar pero un sollozo pareció atascársele en su garganta.
Desvió la mirada levantando el pañuelo para secar sus ojos por un segundo. Se sonó y los cerró con fuerza recomponiéndose, todo de ella. Inhalando un profundo respiro alcanzó en su corpiño, sacando una delgada cadena de debajo. Jinenji la reconoció instantáneamente. La había visto muchas veces antes.
"Jinenji." Susurró su madre mientras finalmente abría sus ojos y giraba la cadena hacia él. Colgando había una mellada joya que reconoció pero que nunca había visto de cerca. Era pequeña y blanca, un ligero tinte rosa brillaba dentro.
Algo en ese rosa lo sorprendió, lo penetró y alcanzó el interior de su alma. Cerró sus manos fuertemente mientras lo sentía pulsar en él, la vista hizo que sus ojos se cegaran a todo menos a ella.
"Esto era de tu padre—,"
Supo que su madre de nuevo estaba hablando pero no pudo escuchar sus palabras. Sus ojos solo podían mirar la joya y sus oídos no podían escuchar nada. Lamió sus labios y ladeó su cabeza observando hipnotizado mientras el mismo tono rosa comenzaba a cambiar, haciéndose más y más oscuro cuanto más lo miraba hasta que era casi oscuridad lo que estaba viendo, un negro puro había invadido ese blanco. Giró lentamente al principio y luego más rápido, el opaco color tomó un tinte púrpura. Tragó saliva mientras sentía escocer su palma, como si sintiera que algo dentro de él demandaba esa joya. La quería más que nada—algo dentro de él rogaba por ella. Suplicando absolutamente.
"Tómala."
La voz resonó en su cabeza pero no lo asustó, era una voz que conocía sin haberla escuchado.
"Tómala."
La voz ordenó y Jinenji sintió un hormigueo en la boca de su estómago. Sus palmas comenzaron a sudar y los cortos vellos en su nuca, en sus brazos, incluso los pequeños en sus piernas se erizaron. Quería desviar la mirada, quería romper el contacto visual con ese miasma de oscuridad púrpura, pero no podía, no podía aun si lo hubiese intentado.
Podía escuchar a su madre hablando tranquila, sus palabras distantes y no distintivas para sus preocupados oídos. No podía mirarla, ni su gentil voz pudo romper este gran hechizo. Sintió su corazón acelerarse en su pecho, las palpitaciones contra su caja torácica en verdad lo lastimaban. Se sentía enfermo, sentía nauseas, sentía como si algo estuviera tratando de entrar en su alma. No podía identificarlo, no podía entenderlo, y no sabía por qué la deseaba tanto.
"Su poder, poder."
Sintió su respiración atascarse en su garganta mientras la voz señalaba lo que no había entendido. Ese púrpura, el cosquilleo por su espina, el sudor en sus palmas, y los vellos erizados, sentía todas esas extrañas sensaciones por el poder, el poder de la joya. Era un poder que nunca había conocido, una completitud que había deseado experimentar y la quería, la deseaba tan intensamente que dolía, lo desgarraba. Esa joya estaba llamándolo, rogándole entregarse a esa sensación. La necesitaba, la joya quería que la tuviera, él quería tenerla. Su cuerpo comenzó a temblar mientras el escozor se hacía más fuerte, esa voz dentro de él reconoció la joya por lo que era y la posibilidad que contenía.
"Se hace fuerte, nos hace fuertes."
La voz gruñó y Jinenji no pudo evitar ceder un poco; liberarse a ella, solo por un momento. Sus fosas nasales se ensancharon y sus ojos destellaron rojos, su joven mente no fue lo fuerte suficiente para pararse y decirle al latente demonio dentro 'n
"Jinenji?"
Escuchó la voz de su madre, escuchó su nombre pero no pudo enfocarse ni en el nombre ni en el dulce sonido. Sintió algo agitarse dentro de él, algo que había estado sintiendo todo el tiempo pero que apenas se había dado cuenta que estaba ahí. Era algo muy fuerte—lo sabía—e igualmente peligroso, "Dame la joya." Escuchó su voz pero no sonó como la suya.
"Jinenji?" Su madre se había levantado, su voz había cambiado, la pena fue reemplazada por miedo mientras retrocedía ligeramente, sus ojos entre Jinenji y el fragmento de la joya en la cadena de oro.
Él la observó con una sonrisa y se levantó lentamente, sus ojos enfocados e intensos mientras consideraba la vista de su madre con ojos abiertos y asustados. "Dámela." Le ordenó él, su voz perdida para sí. Una parte de él gritaba al fondo, desatada de la otra parte de él que estaba hablando tan oscuramente.
Los ojos de su madre se abrieron; el temor fue reemplazado por una extraña comprensión. Rápidamente, se retiró tan lejos como pudo por la habitación y retiró la joya de su línea de visión.
Inmediatamente, Jinenji sintió paz. Parpadeó varias veces mientras la voz, el cosquilleo y el escozor desaparecían. Confundido, buscó por su madre, estaba de pie contra la pared al otro lado del salón, sus ojos abiertos y su piel casi pálida y blanca. "Mamá?" Susurró él levantándose, con preocupación en su rostro.
Su madre retrocedió, sus manos estaban temblando pero no se movió, en vez, observaba simplemente, atenta y enfocada en su hijo ante ella. Lamió sus labios y se enderezó, alejándose de la pared, sus ojos estudiaban a Jinenji como si nunca antes lo hubiese visto pero tal vez conociera a alguien que se veía similar. "Jinenji," dijo ella suavemente, su voz calmada y sus ojos llenos con una compresión que Jinenji deseaba tener. "Esta joya," pronunció la palabra tan gentilmente que Jinenji sintió que estaba hecha de vidrio. "Perteneció a tu padre."
De alguna manera, Jinenji tuvo la sensación de que había dicho esto antes.
"Es tu herencia y es tu derecho tenerla—sin embargo—," se desvaneció, sus ojos distantes recordando algo, algo de lo que Jinenji no había estado al tanto. Suspiró de repente y parpadeó una o dos veces mientras llevaba una mano hacia su frente como si luchara contra un dolor de cabeza. "No es así de simple."
"Mamá?" Susurró Jinenji completa y totalmente confundido por todo, la joya, esa sensación, la voz dentro de él, la muerte de su padre, y el derecho que le había dejado. "Mamá, qué es—por qué—," sacudió su cabeza. "Por qué no es simple?"
Ella frunció, una mirada de misericordia en su rostro. No se veía más como la viuda o la madre o incluso la esposa. En ese momento, Jinenji pensó que su madre se veía absolutamente como una mujer, valiente y joven que estaba preparada para enfrentar la adversidad pura pero primero necesitaba preparar a su hijo para ello. "Jinenji," habló, su voz tan fuerte que Jinenji sintió que estaba mirando a una persona diferente. "En este mundo, hay muchos elementos buenos," susurró su madre mientras alcanzaba por la joya en su corpiño donde la había escondido de él. Presentándosela una vez más, aunque ahora apropiadamente distanciada, la dejó colgar, sus propios ojos observaban mientras se giraba de un lado a otro. "Y malos."
"Lo sé, mamá." Habló él confundido mientras observaba la joya girar en su cadena por un momento antes de regresar con su madre.
"Estábamos esperando contarte la leyenda cuando fueras mayor." Continuó ella como si no lo hubiese escuchado, sus ojos aun enfocados en esa joya, como si la culpara en silencio por todo.
"Legenda?" Cuestionó Jinenji cuando no habló de inmediato.
"Sí." La joven madre asintió y desvió sus ojos lentamente de la joya para mirar a los ojos a Jinenji. "Sobre el origen de esta joya, su poder, y el mal dentro de ella."
Como en la mayoría de los recuerdos de su padre y su muerte, Jinenji salió del momento sintiendo frío. Inuyasha y Kagome aun estaban de pie ante él, sus ojos intensos mientras esperaban a que Jinenji continuara con la explicación que involucraba a su padre y la joya que había poseído.
"Cuando mi padre murió," Jinenji comenzó a explicar mientras miraba hacia sus campos de hierbas, ligeramente inquieto por la intensidad de la expresión del Capitán. "Me fue heredada." Pausó por un segundo, el recuerdo empujaba su psique. "Sin embargo," miró a Inuyasha y luego a Kagome, sus enormes ojos azules dolidos. "Al igual que tú, nunca pude tocar tal herencia."
Kagome sintió apretarse su corazón en su pecho ante el penoso sonido de su voz. El haber perdido a su padre a tan joven edad y luego descubrir que la única cosa que te heredó era algo que nunca podrías tocar, debió haber sido miserable para el pobre niño abusado y ahora el adulto sanado. Miró a Inuyasha, preguntándose si estaba sintiendo la misma pena por el hombre ante ellos. Si lo estaba, no estaba escrito en su rostro.
"Y qué le pasó?" Presionó Inuyasha ignorando sus propios recuerdos de reliquias heredadas en favor de dar un paso para mirar a los ojos al joven demonio. Jinenji no dijo una palabra sólo lamió sus labios lentamente. Inuyasha tragó saliva, la sensación de que algo estaba mal comenzaba a punzar en su estómago. "Sabes qué le pasó?" Reformuló la pregunta, sus orejas de perro trabajaban en la cima de su cabeza, asimilando el extraño sonido de los continuos latidos de Jinenji pero irregular respiración, señales mixtas para la mentira y la verdad.
"Sí." Dijo Jinenji después de unos largos segundos pero sus ojos aun miraban a lo lejos, profundos y atormentados. "Pero no puedo decirte."
"Por qué no?" Inuyasha prácticamente gruñó mientras todas sus esperanzas porque esta infinita búsqueda tuviera un final se desvanecían. "Dame una maldita razón."
Jinenji levantó su cabeza, sus ojos de un profundo azul marino, miraban a Inuyasha tan intensamente que parecía como si estuviera tratando de ver el alma del hombre. Lentamente, parpadeó, sus enormes ojos permanecieron cerrados por tanto tiempo que casi era como si estuviera tratando de bloquear el mundo en vez de aclarar su visión. "Esa joya es mala." Habló Jinenji, sus labios apretados y tensos, sus latidos se aceleraron, y su respiración ganaba velocidad pero su verdad era innegable. "Sólo lastimará a los hombres," continuó suavemente, sus palabras fuertes y perturbadas. "Sólo causará dolor y sacará la oscuridad en las almas," con gran contención levantó la mirada, sus ojos tan perturbados que hizo que los de Kagome se llenaran con lágrimas. "Como lo hizo para ti y para mí."
Inuyasha se paralizó, su corazón se detuvo en su pecho y sus manos se desplomaron a sus costados, el recuerdo del poder de la joya cuando había estado en el pequeño bote de Manten regresó a él diez veces más. Podía sentirlo, exactamente lo que Jinenji había dicho le pegó en la boca de su estómago. El odio, el vacío y la oscuridad: había sido real, en verdad lo había tocado y esa sola idea era aterradora.
"No lo sentiste, cuando tocaste la joya?" Susurró Jinenji mientras lamía sus labios y trataba de calmar sus temblorosas manos aunque sabía que no había caso. "Poder, poder incuestionable, eso fue lo que sentí." Levantó sus manos ante él, mirando sus leves garras. "Toda la energía de demonio en tu cuerpo en la punta de tus dedos." Jinenji inhaló un profundo y tembloroso respiro mientras apretaba y aflojaba su enorme puño recordando el sabor de tal potencial. "Es como ser un demonio completo," asintió levemente. "Te hace querer transformarte a pesar de perder tu mente cuando lo haces," inhaló un tembloroso respiro y se rodeó con sus brazos en un extraño abrazo. "Sentiste eso?" Susurró en el aire antes de mirar a Inuyasha de nuevo, sus ojos severos y enfocados. "No sentiste eso?" Terminó misteriosamente mientras miraba a Inuyasha directamente a los ojos, sus órbitas azules oscuras y terribles.
Inuyasha guardó silencio por un momento, su expresión también oscura mientras recordaba que su mente se tornó borrosa y mareada. No había sido capaz de detener esa sensación, no había sido capaz de controlarla, simplemente se había parado ahí y había aceptado la transformación. Recordaba que su mente comenzó a ponerse en blanco, recordaba el segundo exacto cuando perdió el control de su alma humana, recordaba la sensación de vacío, la sensación de nada sino rabia y odio. Se había sentido desolado, se había sentido vacío. Recordaba suplicar y rogar porque se detuviera la transformación pero no había sido capaz de domarla, su cuerpo no lo había dejado. Había estado indefenso, completamente indefenso y luego se había llenado, se había llenado completamente con el poder de un demonio.
El absoluto poder que había entrado por sus venas había hecho a un lado toda su sangre humana, tan profundo dentro de su cuerpo que se había sentido como una marea bajando. Y luego, la ráfaga de sangre pura demoníaca, al punto de poder sentir el palpitante calor del poder absoluto hacia los dedos de sus pies, lo golpeó. Era una sensación que había sido completamente intoxicante e indudablemente causada por algo puramente malvado. Y fue con esa maldad, que en ese momento, su corazón se rindió; se había transformado y se halló queriendo ese poder, deseándolo más que nada.
A pesar de haber sido aterrador, se encontró con ganas de experimentar ese torrente inicial de poder una vez más; se había sentido estimulante e innegablemente adictivo. Lo había deseado—no pudo evitar quererlo, el poder, la intensidad de ello fue como una droga: una droga que parecía alterar psicológicamente el estado de la mente humana/demonio. Esa joya había alterado su estado y lo dejó con la sensación de que no era una abominación sino un individuo completo. Había sido tan grandioso sentirse completo por primera vez en su vida que—por un momento había olvidado de dónde había venido esa sensación de plenitud: la maldad en la joya que no pudo controlar.
La maldad dentro de la joya era incontrolable; intocable; innegable. Una vez que la maldad lo tocó, perdió toda apariencia de quien era—sí—estaba completo en cierto sentido pero en un sentido más amplio no era él mismo. La sensación de perder el control, del demonio en él saliendo a la superficie y dejando que su mente racional se disipara, lo asustó. No había forma de decir lo que podría hacer un poder así, lo que podría hacerle a la gente rodeándolo la pérdida de su racionalidad.
Miró a Kagome, considerando su expresión. Ella estaba observándolo, plenamente, sus ojos enfocados en su rostro. Frunció, esos grandes ojos grises le parpadearon lentamente como si tratara de formular una pregunta—estás bien—parecían decir y se encontró preguntándose qué haría su demonio si se le permitiera salir ante ella.
Tragó saliva; sabía exactamente qué haría. Sus ojos miraron su marca, o en realidad, el lugar debajo de su ropa donde sabía que descansaba, y apretó ambos de sus puños al punto de casi sacarse sangre. El demonio en él, desenfrenado, querría terminar lo que había comenzado y que él le había prohibido completar. Y eso era algo que no dejaría pasar—nunca.
Determinado, Inuyasha giró sus oscuros ojos miel hacia Jinenji, mirando al otro demonio casi bruscamente antes de que su expresión se suavizara un poco, lo suficiente para hacerlo ver levemente furioso. "Lo sentí," su voz era apretada. "Sentí ese poder en cada parte de mi ser pero Jinenji," Inuyasha desvió su mirada por un segundo, sus ojos captaron los grises de Kagome, tratando de transmitirle un mensaje como ella lo había hecho con él.
Sus ojos grises vieron los suyos dorados y los dos se miraron mutuamente por un momento, un mensaje desconocido entre ellos. Uno del que incluso él no estaba seguro cuál era ese significado pero sabía que era profundo, tan profundo y tan significativo que posiblemente no podía tener palabras. Era un mensaje de emoción, un mensaje de reafirmación, un mensaje de recuerdos y hechos pasados y de gratitud por haberlos cumplido.
Mientras la miraba y consideraba sus ojos, los recordó en un escenario diferente. En un momento en el que habían sido tan atormentados y llenos de poder que lo habían traído de vuelta, regresándolo de nuevo a su ser. Recordó su sonrisa y luego la forma en que se acercó a él en el pequeño bote como si pudiera caminar sobre el agua si hubiese querido.
"Regresa."
Había dicho tan suavemente que la sola idea de su voz lo hacía querer caer de rodillas y adorarla como lo haría cualquiera con una diosa antigua.
"Ella me salvó." Reconoció mientras una emoción que nunca había sentido entró en su pecho. Bruscamente, Inuyasha desvió sus ojos de Kagome, su corazón palpitaba en su pecho recordando la fría corriente de su poder desvaneciéndose mientras ella removía la joya de su cuello. Ella lo había salvado, lo había regresado a ser él. A la persona que estaba destinada a ser. Y eso no quería decir que, el poder de un demonio—esa innegable supremacía demente—no fuera asombroso, incluso era un poco tentador pero cuando las cosas se complicaron, no era él.
"Soy mejor que eso."
Esas eran las palabras que le había dicho y esas eran las palabras que había querido decir más que nada. Era un mejor hombre, no necesitaba el poder de un demonio, no necesitaba perderse en algo tan estúpido como la lujuria por la sangre. Era un mitad demonio, la sangre humana y de demonio es lo que lo marcaba y lo etiquetaba. Era esa combinación lo que lo hacía quien era.
"Pero aún eres tú, verdad?"
Kagome había tenido razón cuando lo dijo. Era él, humano y demonio y el demonio que salió cuando tocó la Shikon no Tama no era parte de eso. Era un demonio influenciado por el odio y la rabia, por la naturaleza malvada de la joya; no era real, no era una parte de él.
Inhalando un profundo respiro, miró al otro hombre, su expresión llena de misericordia. "Ese poder—no es verdadero poder, Jinenji." Habló, su voz sonaba como si estuviera hablándole a un niño. "No es fuerza, no es ser un demonio completo, por eso te pierdes en ella, porque no eres más tú," asintió para sí mientras sus palabras sonaban cada vez más verdaderas para sus propios oídos. "Eres parte de la joya, parte de su odio y parte de su maldad."
"Pero," Jinenji contratacó. "No fuiste tentado a caer en su trampa, Sr. Inuyasha?"
"A—," Inuyasha desvió su mirada y mordió su labio con un colmillo antes de levantar una mano para pasarla por su cabello. "Sí." Le dijo finalmente a Jinenji, siempre había sido sincero, por así decirlo.
Jinenji asintió firmemente alejándose del Capitán luciendo triunfante. "Y por eso es que no puedo decir—."
"Dije que lo fui—," Interrumpió Inuyasha rápidamente, sus ojos brillantes con esa misma verdad. "Pero nunca lo seré otra vez, soy más fuerte que un estúpido pedazo de joya mitológica." Resopló cruzando sus brazos molesto. "Qué pasa contigo y tu madre malinterpretando mis palabras?" Sacudió su cabeza. "Ese poder es asombroso y tentador y no diré que no me importaría experimentarlo de nuevo, sin embargo," puntualizó la última palabra bruscamente, sus ojos ardientes. "No lo necesito, no soy yo." Asintió firmemente. "Soy el hombre de pie ante ti, que ha demostrado una y otra vez que soy lo suficientemente rudo sin ese poder." Sonrió presumido, una mirada que merecía. "No podrías hacerme más fuerte y tampoco esa joya."
Jinenji sonrió, sus ojos se iluminaron. "Entonces no deseas usar la joya?"
"Jinenji," Inuyasha dejó caer sus brazos exasperado. "El único deseo que tengo es ayudar a Kagome a destruirla."
Jinenji en realidad pareció sorprendido por esas palabras, como si hubiesen detenido en seco todo pensamiento que tenía el medio demonio. Lentamente, su cabeza se movió, sus ojos aterrizaron en Kagome mientras una sonrisa se formaba en su rostro. Sus ojos bajaron un poco más mirando la joya blanca y pura que descansaba alrededor de su cuello, parpadeando lentamente notando que nunca había visto una tan blanca, tan pura. Esa joya que Kagome cargaba no era tentadora como la otra, esta era pacífica, controlada por Kagome porque Kagome tenía el poder para hacer lo que sus ancestros nunca habían hecho. "Kagome puede destruir la joya." No era una pregunta sino una afirmación de innegable verdad.
Inuyasha sonrió y miró a Kagome por el rabillo de su ojo, tratando de enviar un mensaje que en verdad no podía decir en voz alta.
Kagome sintió su corazón hincharse ante la mirada de orgullo y confianza que le transmitió a través de sus profundos ojos dorados. Era como si estuviera diciendo, "Sé que ella puede, creo en ella y en su poder." Era como si estuviera admitiendo que él, el hombre que no confiaba en nadie, que no se aliaba con nadie (además de Miroku a quien había criado como un hijo y que realmente no era solo un aliado), confiaba y creía en ella. Fue una idea que hizo que Kagome se girara muy intimidada por la firme creencia como para mirarlo más.
"Eso es muy bueno." Dijo Jinenji de repente, la sonrisa en su rostro asombrosa mientras cerraba sus ojos, pequeñas lágrimas brillaban en sus pestañas mientras se sonaba, gimoteaba y llevaba una mano hacia su rostro secándolas firmemente. "Ella puede hacerlo. Lo que yo nunca podría." Asintió firmemente para sí, sabiendo que Kagome tenía el poder para hacer lo que él sólo había soñado lograr. "Muy bueno."
Inuyasha miró a Kagome confundido, dándole una mirada que claramente decía, qué demonios estaba pasando con él? La joven se encogió de hombros y negó con la cabeza pero dio un paso más cerca de Inuyasha por impulso. No era que tuviera miedo de Jinenji o que quisiera estar más cerca de Inuyasha, era una búsqueda de consuelo, un consuelo que estaba comenzando a asociar con el mitad demonio a su lado. Lenta pero seguramente, estaba comenzando a confiar en él tanto como él parecía confiar en ella.
Inuyasha sintió que su rostro se calentaba a medida que ella se acercaba a él pero logró contener el inminente impulso de pasar una mano por su cintura y acercarla aún más. "Entonces," comenzó desviando la mirada de Kagome, lamiendo sus labios mientras bajaba la mirada hacia la parte superior de su cabeza, observando la forma en que su cabello se movía suavemente con la brisa, los rizos negros suaves bajo la luz del mediodía.
Un mechón de repente ondeó en frente de su rostro y ella arrugó su nariz en respuesta, intentando no estornudar cuando rozó su nariz. Su mano comenzó a temblar ante la vista y entró en pánico cruzando sus brazos sobre su pecho y haciéndose a un lado mientras el impulso de estirar la mano y recoger ese rebelde cabello detrás de su oreja se volvía demasiado.
Aclarando su garganta, se giró hacia Jinenji para hablar de nuevo. "Vas a mostrarnos el fragmento de la joya que tienes?"
"Bueno, ah," murmuró Jinenji asustado por las impulsivas palabras. Parpadeando rápidamente levantó la mano y rascó la parte trasera de su cabeza, una tímida sonrisa en su rostro. "Supongo que tengo pocas opciones."
Kagome arrugó su entrecejo y avanzó levemente ignorando el extraño comportamiento del Capitán, sus ojos preocupados mientras veía crecer la aprehensión de Jinenji. "No va a ser un problema para ti, verdad?" Preguntó suavemente, su expresión extremadamente preocupada. "Es decir, era de tu padre."
Jinenji la miró, sus ojos llenos con shock que rápidamente se transformó en una cálida sonrisa. "No entiendes," comenzó viéndose ligeramente incómodo. "Lo era pero—fue el último deseo de papá—um—bueno, quiero decir," miró de un lado a otro pensando por un momento, tratando de elegir sus palabras sabiamente. "Estaba en su familia porque—le había sido confiada a su bisabuelo, siglos atrás por un noble en nuestra tierra natal." Asintió su cabeza con firmeza mientras las palabras parecieron llegarle, teniendo sentido en su cabeza. "El noble se la dio con una misión en mente que desde entonces ha pasado en mi familia por generaciones."
"La misión nunca ha sido completada?" Supuso Kagome por su tono y sus palabras.
"Nunca." Confirmó Jinenji.
"Cuál era la misión?" Inuyasha preguntó rápidamente, una furtiva sospecha crecía dentro de él mientras miraba al demonio más joven.
Jinenji guardó silencio mientras observaba al capitán, un cierto brillo en sus ojos que sorprendentemente estaba fuera de lugar en su rostro sombrío. Le molestó grandemente a Inuyasha pero no dijo una palabra o presionó más la situación, en cambio, esperó pacientemente a que el joven hablara, sus ojos nunca dejaron a Jinenji por un segundo mientras esperaba.
El joven demonio lamió sus labios e inhaló un profundo respiro, tal vez para crear suspenso o simplemente porque aún estaba ligeramente aprehensivo de lo que pasaría cuando hablara. Con un profundo respiro y una larga exhalación, asintió para sí y miró a Inuyasha directamente a los ojos. "Destruir la joya y purificar la innegable maldad dentro de ella."
La respiración de Kagome se atascó, Inuyasha tosió un par de veces sorprendido. "De ninguna manera." Logró decir el Capitán ahogadamente. "Lo mismo—quieren lo mismo," miró a Kagome, su boca abierta con asombro.
Kagome lo miró, sus ojos grises llenos de incredulidad mientras asentía entendiendo fácilmente su balbuceo. "Lo mismo." Miró al suelo con asombro antes de girarse hacia Jinenji que observaba cómo el joven mitad demonio se movía de un pie a otro. "Eso es por qué—por qué no te importa darnos la joya."
Él asintió en respuesta. "Eso sería lo que mi papá hubiese querido." Confirmó con su cabeza gacha. "Sé que necesito hacerlo por él y su memoria."
Kagome asintió rápidamente, "Entonces esto parece ser el destino." Le dijo a Jinenji seriamente, su expresión casi infantil y deslumbrada. "Mi misión es completar y destruir esta joya y fue el último deseo de tu padre y su antepasado que esa tarea se llevara a cabo con su propio fragmento de la joya." Juntó sus manos frente a su rostro, maravillada. "Qué suerte, cuán afortunado, puedes contar conmigo Jinenji en que haré cualquier cosa para destruir esta joya, lo que sea, por ti, tus ancestros, tu padre y tu madre."
Jinenji chasqueó su lengua ante la mención de la palabra 'madre' y rascó su cabeza. "Ahí podría haber un problema, Srta. Kagome."
La brillante expresión abandonó el joven rostro de la chica y sus manos se desplomaron a sus costados. "Qu—?" Trató de decir pero las palabras se enredaron en su lengua llevando a Inuyasha a tomar el control.
"Qué tipo de problema," presionó él sin dirigir una mirada hacia Kagome, sus ojos fijos en el alto e incómodo hombre frente a él.
"Mamá," comenzó Jinenji, un sonrojo aparente en sus amplias mejillas. "Ella es quien lleva la joya viendo que yo no puedo." Asintió firmemente y juntó sus manos frente a ellos, apretándolas fuertemente mientras se movía inquieto. "Y no sé si estará dispuesta a dártela a ti o a alguien más."
Inuyasha frunció y miró a Kagome quien también estaba frunciendo profundamente. Sin palabras, ambos se asintieron mutuamente y se giraron hacia la casa donde Haniyama aún moraba, sabiendo exactamente lo que tenían que hacer.
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"Absolutamente no!" Exclamó Haniyama sentándose en su pequeña mesa con una taza de té y tetera frente a ella.
Habían venido a Haniyama pidiendo hablar con ella mientras tomaban un té veinte minutos atrás con la esperanza de que la anciana les entregara la joya fácilmente. Pero incluso después de explicarle que tenían intenciones similares a las de su esposo, la anciana aún no se hacía a la idea, sin embargo, ni Kagome, ni Inuyasha o incluso Jinenji estaban completamente seguros de por qué. Era porque no confiaba en ellos para hacer lo que dijeron que iban a hacer o era completamente por otra razón? De cierta manera, aun antes de haber entrado en la conversación, Kagome había tenido la sospecha de que era por otra razón—una razón que se acercaba más al corazón irracional que a la mente racional.
"Cómo pudiste contarles de la joya, Jinenji?" Haniyama continuó sermoneando mientras sostenía su rostro en sus manos exasperada. "Esta joya se ha mantenido en secreto para todos los forasteros de esta familia desde los tiempos de tu bisabuelo por una razón." Asintió firmemente, removiendo sus manos de sus ojos en orden de mirar a su hijo con desdén. "No me importa si ellos tienen una parte de la joya, de lo que sabemos," señaló a Inuyasha y a Kagome con una mano arrugada. "Quieren completarla y usarla por el poder y un beneficio personal, justo como fue predicho en los tiempos de su creación."
"Mamá," suplicó Jinenji pero su tono aún era tranquilo y tímido como siempre. "La Srta. Kagome y el Sr. Inuyasha nos han demostrado su naturaleza. Son buenas personas, nunca usarían la joya para beneficio personal." La miró severamente, tratando de mostrar que creía firmemente en lo que estaba diciendo. "Ellos quieren lo que papá quería y nada más."
"Jinenji," la anciana suspiró, su voz extremadamente cansada. "No podemos confiar en las personas porque hayan hecho algo bueno por nuestras vidas, no los conocemos—."
Inuyasha resopló haciendo que Haniyama se girara y lo mirara.
"Sin ofender." Añadió ella como algo tardío pero su tono sugirió que realmente no eran en serio sus palabras.
Inuyasha giró sus ojos y se levantó de la mesa tirando su silla mientras se enderezaba completamente. Apretando sus dientes la clavó con sus ojos antes de hablar finalmente. "Con todo el debido respeto," espetó él. "Qué hay que saber sobre nosotros?" Enojado, levantó sus manos en el aire. "Soy un mitad demonio como tu hijo, así que no puedo tocar la maldita cosa por temor a enloquecer!" Gruñó. "Por qué crees que Kagome la tiene?" Empujó su pulgar en su dirección haciendo que Kagome se encogiera, una acción que ignoró. "Y en cuando a ella, Kagome es la persona más pura en todo el mundo. Sacó la maldad de los corazones de las personas por amor de Dios!" Estrelló sus puños en la mesa. "Entonces, por qué ella, la maldita cosa más pura que jamás haya nacido en esta tierra, querría una joya oscura y sanguinaria y todo el mal que la acompaña?"
Haniyama lo miró, viéndolo realmente mientras su voz retumbaba la última maldición. "Cuida tu lenguaje conmigo, muchacho." Dijo ella haciendo que Inuyasha literalmente gruñera.
"Hablaré como me dé la mald—."
"Inuyasha." Kagome lo interrumpió volviendo en sí de repente.
"Qué?" Respondió él aun enojado, sus ojos mirándola, molesto de que lo hubiese interrumpido.
Kagome se levantó de la mesa y recorrió la corta distancia hacia él, una de sus manos se estiró para descansarla ligeramente en su hombro mientras miraba sus ojos, tratando de exudar tanta calma como fuera posible. "Déjame manejar esto, por favor?"
Inuyasha parpadeó sorprendido ante sus palabras calmadas y recogidas, toda la rabia en su cuerpo se disipó lentamente mientras escuchaba su gentil voz. Suspiró cansadamente y desvió la mirada, solo su orgullo se interponía en el camino de permitirle calmarlo completamente. "Bien." Gruñó mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho y se dirigía hacia la pared más cercana, recostándose en ella con un suspiro.
Kagome no pudo resistir una sonrisa cuando aplastó sus orejas en su cráneo mientras se recostaba, como si fuera un niño pequeño rehusándose a escuchar porque estaba en problemas. Preparándose, Kagome se giró y miró a Haniyama quien aún estaba sentada en su silla, sus ojos desafiantes, transmitiéndole a Kagome que esta mujer no estaba preparada en absoluto para dar marcha atrás y Kagome no podía culparla. "Haniyama," comenzó gentilmente, sus palabras nada llenas de malicia o rabia o incluso juicio sino simplemente compasión y genuina comprensión. "Tu esposo significaba el mundo para ti, verdad?"
Por un segundo la anciana se vio honestamente sorprendida, como si aquellas palabras fueran lo último que hubiese esperado escuchar pero luego desvió la mirada de Kagome rehusándose a hacer contacto visual con la chica, negándole la conexión emocional.
"Debió haber sido horrible," Kagome continuó razonando suavemente, tampoco atreviéndose a mirar a Haniyama a los ojos. "Tener que perderlo tan joven, tener que perder todo tan joven." Kagome se estiró por la mesa mientras hablaba, tomando una de las pequeñas tazas en su mano, estudiando el diseño del zorro en la lujosa vajilla china. "No puedo imaginar," susurró ella levantando un dedo para trazar la cola del zorro, su mente divagó brevemente hacia el pequeño Shippo en el barco. "Cómo debió haberse sentido no tener absolutamente nada tan de repente." Miró a Haniyama entonces, sus ojos oscuros y tristes. "Nada quedó para recordarlo excepto los dolorosos recuerdos de su muerte, que nublaron otros de los tiempos felices cuando estaba vivo."
Haniyama no respondió, no se movió, solo continuó mirando vacíamente a un costado, sus ojos fijos en algo indistinguible pero aparentemente sin ver—como si estuvieran mirando el objeto pero no sin captarlo, ciegos y desenfocados.
Kagome sonrió tristemente ante la vista, sabiendo que Haniyama estaba escuchándola. Cautelosamente, rodeó la mesa, pasando a Inuyasha y hacia la silla que había desocupado y que estaba más cercana al lado de Haniyama. No se sentó, simplemente permaneció tras ella, sus ojos observaban a la anciana quien aún miraba vacíamente en la dirección opuesta. Con manos lentas y deliberadas, Kagome bajó la taza de té en la mesa cerca del lado de Haniyama. La vajilla hizo un ligero sonido cuando tocó la superficie de madera. Finalmente, Haniyama miró, sus ojos consideraban el pequeño zorro igual que los de Kagome.
"Es eso, verdad?" Susurró Kagome suavemente. "Tu obsequio de bodas de tu madre, lo guardaste y con ello recuerdas un momento en el que él—," su voz se desvaneció y movió la silla para poder sentarse a un pie o dos de la afligida viuda. "—estuvo vivo."
Haniyama dejó escapar un sonido que fue sospechosamente similar a un chillido antes de calmarse una vez más tratando desesperadamente de no comprar las palabras de Kagome.
"La joya es la misma, verdad?" Continuó la Miko. "Es un recordatorio de una parte de él, mantiene viva su memoria." Asintió para sí pero sonrió tristemente al mismo tiempo. "Pero sabes, Haniyama," su voz era tan suave como el gorjeo de una alondra mientras hablaba. "Tienes más que solo el fragmento de la joya o estas tazas de té para recordar a tu esposo." Rió, sus ojos aun fijos en esa pequeña taza, considerando el misterioso zorro en su diseño. "De hecho, diría que tienes el mejor recuerdo que alguien podría haber dejado."
Ante esto, Haniyama finalmente miró a Kagome, sus tristes y aturdidos ojos aun luchaban, molestos y dolidos. "Y qué sabrías del recuerdo que dejó mi esposo?" Gruñó ella, espetándole enojada a Kagome. "Eso es todo," señaló hacia las tazas de té. "Estas pequeñas piezas de vajilla y ese pedazo de joya—eso es todo lo que me dejó, niña, todo lo que pude lograr guardar!"
Inuyasha resopló ante su tono pero su voz se detuvo cuando Kagome le levantó una deliciosa mano blanca sin mirarlo. "Kagome." Murmuró suavemente mientras sus vellos lentamente volvían a bajar con solo su simple gesto, un hecho que lo asombró. Nadie en todo el mundo podía hacerlo pasar del enojo a la calma tan rápidamente como Kagome.
Kagome se giró y le dirigió una leve sonrisa antes de mirar a Haniyama, sus ojos compasivos y preocupados, amorosos y honestos; su color gris remembraba una tormenta la cual estaba llena de sabiduría y conocimiento que excedía sus cortos diecisiete años. "Él dejó para ti, Haniyama, un regalo viviente." Inhaló un profundo respiro antes de terminar. "Tu hijo."
La corta frase se suspendió en el aire; esas dos palabras hicieron que el mentón de Haniyama se desplomara y sus ojos se abrieran y su respiración se atascara. Lentamente, la anciana se giró y miró a Jinenji quien estaba sentado en su lugar característico, de espalda a la chimenea y su cabeza gacha. "Jinenji." Susurró ella, el nombre sonó como si nunca hubiese sido pronunciado antes. "Yo—," sacudió su cabeza lentamente, las palabras no pudieron salir pero aún estaban en su lengua. "Cómo pude haber olvidado, el más grande recuerdo que me dio." Lágrimas se deslizaron suavemente por sus mejillas.
"Mamá." Susurró Jinenji y levantó la mirada, su nariz retorcida por el olor de la sal. "Mamá, por favor no llores."
"Lo siento tanto." Susurró ella mientras rastros de lágrimas bajaban por su rostro.
"Está bien, mamá." Le dijo Jinenji honestamente con una pequeña sonrisa en su rostro. "Sé que me amas."
"Te amo tanto, Jinenji." Dijo la anciana, sus lágrimas aun predominantes en sus mejillas mientras mordía su labio e hipaba afligida. "Tú, más que nada en esta tierra, eres mi más grande tesoro." Habló lenta y suave, apologéticamente. "Y siempre has sido lo mejor que me dio tu padre. El regalo más preciado que he recibido en toda mi vida."
Jinenji dejó escapar un gemido que no se ajustaba a un hombre de su tamaño y asintió su cabeza, levantando una enorme mano hacia su rostro, tratando de secar sus propias lágrimas. "Gracias—mamá," se sonó antes de mirar a Kagome, sus ojos dándole las gracias también.
Sin provocación, Haniyama buscó en su corpiño, sacando el fragmento de la joya que permanecía en una cadena de oro similar a la de Kagome y la retiró de su cuello ofreciéndosela a Kagome en la palma de su mano.
"Haniyama?" Comenzó a preguntar sorprendida de que la anciana hubiese cambiado de opinión tan rápidamente pero se detuvo cuando vio la mirada en el rostro de la anciana. Era suplicante, aceptante, y tan llena de orgullo que hizo sonreír a Kagome. "Gracias." Susurró ella y se acercó, sus manos temblaban mientras se acercaban para tomar la joya de Haniyama para siempre, la última pieza de su esposo y el legado que le había dejado a su muerte.
De cierta manera se sentía mal quitarle algo tan preciado a una mujer cuya vida entera no había sido más que dolor y pérdida, sin embargo, también se sentía muy bien dar ese paso en una dirección positiva. Este era el primer fragmento de la joya que habían encontrado por su cuenta, era el conocimiento de que era posible que ella pudiera hacer esto, que pudiera encontrar el resto de la joya y acabar con la locura que le había causado al mundo y a las personas que habían entrado en contacto con ella. Era el conocimiento de que era capaz de algo que en el pasado no era.
Con cuidado, sus dedos tocaron la punta de la joya en mano de Haniyama haciéndola brillar. Automáticamente, ambos mitad demonios jadearon y se alejaron, sus ojos brillaban salvajes mientras el resplandor se desvanecía. Ambos lo habían sentido, el poder y la maldad dentro de la joya, esa maldad que buscaba algo a qué aferrarse, en este caso a un alma que no fuera completamente demonio, un alma que fácilmente podía ser desafiada a aceptar su poder y ser corrompida.
Sin inmutarse, Kagome se obligó a inclinarse de nuevo, solo su índice y pulgar tocaron los bordes de la joya tomándola de la mano de Haniyama sin resistencia. Una vez más brilló pero esta vez el brillo cambió, no estaba atacando como la primera vez que la había tocado. Esta vez, simplemente iluminó todo, el color blanco puro iluminó la habitación como si fuera el sol mismo.
"Asombroso." Susurró Haniyama mientras observaba el color más puro que hubiese visto inundar su pequeña cabaña, iluminando todo en un rayo de energía pura.
Y luego, como una vela apagada en la noche, la luz se evaporó y todo aquello que quedó fue una joya blanca entre los dedos de Kagome. La joven Miko la miró momentáneamente insegura de qué hacer con la pequeña joya blanca y entonces, como si algo estuviera hablándole desde lejos, escuchó sus instrucciones susurradas en el aire.
"Las otras joyas—tráeselas."
Kagome asintió aunque no tenía idea de a quien le estaba asintiendo y alcanzó por la cadena alrededor de su cuello quitándosela fácilmente. Abriendo su palma, colocó el pequeño fragmento con la joya más grande y observó mientras regresaba la blancura. Esta vez solo duró un breve segundo antes de desaparecer de nuevo dejando en su lugar una pequeña y malformada joya blanca, un lado liso y casi redondo y el otro dentado como si todavía le faltaran más piezas.
"Las combinó." Susurró Jinenji completamente sorprendido.
"Te lo dije," gruñó Inuyasha mientras hablaba. "Kagome estaba destinada a completar y a destruir la joya."
Haniyama asintió ante las palabras del hombre de cabello plateado, sus ojos no perdieron a Kagome por un segundo mientras los cubría la credulidad. "Eres asombrosa." Identificó ella tan suavemente que casi fue difícil escuchar sus palabras.
"Gracias." Kagome se sonrojó mientras hablaba, su voz una nota suave en el aire tranquilo. Sin pensarlo más regresó el collar a su cuello permitiéndole a la joya colgar en frente de ella, balanceándose contra el fondo de su pecho. "Prometo, Haniyama." Dijo ella con convicción. "Que destruiré esta joya y completaré la misión que le dieron a tu esposo tiempo atrás."
Haniyama asintió, una sonrisa en su rostro manchado de lágrimas. "Gracias." Susurró ella. "Siento que yo—yo—"
"No te preocupes por eso." Le dijo Kagome gentilmente acercando una mano para tocar la mano de la anciana.
"Tiene que haber algo que pueda hacer—para pagarte—por—todo—todo esto—todo lo que has hecho por mí," giró su muñeca hacia Jinenji. "Y mi hijo."
"Haniyama, si en verdad quieres pagarme," habló Kagome, sus palabras honestas y justas. "Entonces vive tu vida de ahora en adelante en completa felicidad con tu hijo."
Haniyama tragó saliva y miró a su pequeño—su hijo mitad demonio cuyos ojos mostraban un brillo como los de su padre. "Lo haré, prometo por la tumba y alma de mi esposo que lo haré."
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La mañana siguiente llegó y encontró a Inuyasha y Kagome de nuevo sentados en esa misma mesa con Haniyama y Jinenji, aunque esta vez fue para desayunar y despedirse.
"No puedo creer que los dos se vayan tan pronto." Murmuró Haniyama mientras tomaba un sorbo de su té desafiante, viéndose tan regia como siempre. El anuncio de Kagome e Inuyasha de que era hora de irse no le había caído bien a la anciana que estaba comenzando a verlos a los dos como parte de su vida sin la que nunca podría vivir realmente. Después de todo, los dos habían hecho tanto por la anciana que era casi imposible pensar en que alguno de los dos se fuera y que ella y Jinenji se quedaran solos una vez más.
"Nos hemos ausentado por seis días." Razonó Inuyasha fácilmente mientras mordía un pedazo de uno de los rollos que Haniyama les había hecho para desayunar, masticándolo pensativo.
"Asumo," murmuró Haniyama en su taza de té. "Que tienen gente esperando por ustedes?"
"Sí," respondió Inuyasha sin titubear mientras se estiraba por la mesa y agarraba la tetera. "Mi hijo y mi nuera."
Ambos, Haniyama y Jinenji se paralizaron ante la admisión pero no dijeron una palabra que la etiqueta dictaba que no debían.
"Inicialmente les dijimos que nos iríamos por un par de días a lo sumo," explicó Inuyasha fácilmente mientras se servía algo más de té.
A su lado, Kagome mordió su propio rollo (aunque más delicadamente de lo que Inuyasha era capaz) y lentamente masticó los mantequillosos contenidos. Se habían demorado mucho más de lo que originalmente habían planeado, podía imaginar en qué estado debían estar Sango y Miroku, sin mencionar el pequeño Shippo quien aún era muy novato para el barco. El pobre niño probablemente estaba teniendo un ataque para entonces. "Sólo lo he conocido por unas pocas semanas y ya estoy apegada a él." Tragó y alcanzó por su taza de té. "Probablemente es porque me recuerda mucho a Souta." Razonó distraídamente, su expresión triste ante la idea de su joven hermano.
"Me temo," continuó Inuyasha inconsciente de las tristes meditaciones de Kagome. "Que ambos deben estar preocupados viendo que nos hemos ausentado casi una semana."
"No puedo discutir con eso, verdad Jinenji." Razonó Haniyama con un firme movimiento de su anciano rostro viéndose un poco desilusionada pero perfectamente de acuerdo. "Probablemente tu hijo está preocupado por su padre."
Inuyasha sonrió ante la idea y asintió. "Conociéndolo, probablemente cree que estoy muerto." Bromeó mientras miraba a Kagome, su expresión divertida pero que lentamente se tornó confundida cuando Kagome no respondió enseguida. "Kagome?"
Kagome parpadeó rápidamente ante el sonido de su nombre y levantó su cabeza de golpe mirándolo asustada. "S-sí-í?"
Inuyasha le levantó una ceja pero en realidad no comentó sobre su extraño comportamiento, en cambio, decidió que era mejor dejarla en paz en el momento. Aclaró su garganta y rápidamente se bebió el resto de su té antes de lamer sus labios. "Tan pronto como termines será mejor que nos vayamos." Asintió firmemente levantándose de su silla para estirarse. "Estoy seguro de que entre más pronto regresemos será mejor."
Kagome asintió en acuerdo. "Sí—apuesto que todos están preocupados."
"Bueno, me entristecerá verlos partir." Haniyama se encogió desde el otro lado de la mesa pero su expresión mostró su verdadera tristeza. "Pero sé que tienen una familia a la cual regresar y no puedo ser egoísta deteniéndolos."
Kagome simplemente les dio a Jinenji y a su madre una afectuosa mirada mientras consideraba las palabras de la anciana. "La próxima vez que los visitemos traeremos al resto de nuestra familia, estoy segura de que los amarán." Kagome asintió firmemente no poco consciente del impacto de sus palabras.
Tras ella, Inuyasha miraba, sus orejas atentas, sus latidos muertos en su pecho, y sus ojos tan abiertos como la luna. "Familia." Repitió sonoramente en su cabeza. "No—más que eso—nuestra familia." Sacudió su cabeza lentamente. "Nuestra familia—cuándo—cuándo Kagome comenzó a pensar." Parpadeó y dejó descolgar su boca levemente mientras observaba a Kagome tomar su bolsa de la mano extendida de Jinenji mientras continuaban las despedidas. "Cuándo Kagome comenzó a pensar en mí, en nosotros, como su familia?"
"Muy bien, Inuyasha." Kagome comenzó a hablar girándose para mirar al mitad demonio ante ella. "Inuyasha?" Preguntó de nuevo cuando no reaccionó a sus palabras, su expresión aturdida mientras la miraba completamente sorprendido por algo—de lo que ella no era consciente. "Um?" Ladeó su cabeza y se le acercó con cautela. "Hola?" Movió una mano en frente de su cara mientras hablaba, la acción captó su atención lo suficiente que cerró su boca de golpe y tartamudeó.
"Um—," tosió en su mano levemente. "Bueno-tienes-tu bolsa, verdad?" preguntó él mientras rascaba su mejilla con una garra.
Kagome le levantó una ceja. "Sí-í-í." Arrastró ella.
"Bien." Él asintió su cabeza firmemente girándose hacia Haniyama y Jinenji, un gesto muy extraño que ninguno de los tres había visto. "Gracias por permitirnos quedarnos en su casa." Dijo formalmente, otra cosa que era extraña para aquellos que no lo conocían bien o sólo lo habían visto de una forma informal. "Estamos en deuda con su amabilidad."
"Oh no," discutió Haniyama al instante. "Nosotros estamos en deuda por su amabilidad, Sr. Inuyasha," se giró y miró a Kagome firmemente. "Y también contigo, Srta. Kagome."
Kagome se sonrojó al instante y ondeó una mano ante su agradecimiento. "Por favor, por favor, sólo hice lo que era correcto y nada más al igual Inuyasha." Señaló ella al mayor de los dos mitad demonio. "No hay necesidad de más gracias, ayer superamos esto."
"Pero la hay," intervino Jinenji finalmente, su voz un brillante tenor en la pequeña casa. "Sin ti, no sabemos lo que nos hubiera pasado el otro día," bajó la mirada mientras el recuerdo del ataque regresaba a él. "Y yo nunca hubiese sido capaz de—capaz de—completar el deseo de mi padre." Asintió su cabeza firmemente. "Sin ti, nada hubiera sido posible."
"Jinenji—,"
Él la interrumpió. "Sacaste la maldad de los corazones de mis vecinos así como sacaste la maldad de esa joya. Gracias a ti, Srta. Kagome y a lo que ha hecho, yo—podré vivir la vida que siempre soñé vivir." Sollozó y frotó sus ojos por un segundo mientras una oleada de lágrimas le impedía hablar. "Creaste el mundo que mamá y yo queríamos, un mundo donde las palabras hablaran más fuerte que las armas o los puños. Aceptaste la misión a la que temí toda mi vida y la completarás." Tragó firmemente, empujándose a decir lo que sabía que tenía que decir antes de que se fuera. "Nunca podría haber hecho nada de eso sin ti. No podía tocar esa joya así como no pude tocar sus negros corazones pero tú sí. Tú, Srta. Kagome, pudiste hacer todo lo que yo no pude y no puedo pensar en ninguna manera de pagarte por todo eso." Inhaló un último respiro antes de terminar. "Incluso el vivir una vida maravillosa como se lo pediste a mamá ayer parece una nimiedad ante lo que hiciste por nosotros esta semana pasada."
"Jinenji." Susurró Kagome mientras las lágrimas llenaban sus ojos haciéndolos brillar. "No tienes que hacerlo, no necesito ningún agradecimiento. Yo sólo—hice lo que se debía hacer. Cosas como esta comienzan como algo pequeño, como encontrar estos fragmentos de la joya." Alcanzó por la cadena, sacándola para mirarla mientras algunas de las lágrimas escapaban de sus ojos y brotaban. "Continuaré encontrando una a la vez, la purificaré y eventualmente las tendré todas. Entonces—entonces finalmente podré extinguir el odio dentro de la joya." Lo miró y sonrió. "Así como, cambiaré uno por uno los corazones de las personas hasta que eventualmente sea capaz de exterminar todo el odio en este mundo. Es justo lo que necesito hacer, es mi propósito en esta tierra y lo acepto sin necesitar ningún agradecimiento."
Jinenji sonrió y asintió, sonándose. "Aun te agradeceré, Srta. Kagome, por cambiar sus corazones, nadie más en el mundo podría hacer eso sino tú—," se desvaneció por un segundo cuando algo captó su ojo.
Kagome miró siguiendo su línea de visión y frunció cuando vio a Inuyasha de pie con su espalda hacia ellos mirando por la ventana, desligado de toda la conversación.
"Sr. Inuyasha." Comenzó Jinenji abruptamente haciendo gruñir al demonio mayor. "Te debo tantas gracias como a la Srta. Kagome, así que gracias." Dijo, su voz genuina. "También creíste en mí." Lamió sus labios, avergonzado. "Y me mostraste, algo que nunca antes había sabido—soy—un—soy digno." Las palabras incluso parecían saber cómo hablar. "Gracias por mostrarme que mi vida vale la pena—que tengo algo por qué vivir, algo preciado."
Inuyasha no se giró ni movió su cabeza pero resopló. "Como sea," gruñó mientras se encogía de hombros y cruzaba sus brazos sobre su pecho, su espalda aun claramente incómoda.
"Inuyasha?" Gruñó Kagome sacudiendo su cabeza incrédula. Aquí, Jinenji estaba abriéndoles su corazón y eso era todo lo que Inuyasha podía decir? Abrió su boca preparada para reprimir al firme Capitán cuando la sorprendió de repente al dejar caer sus manos a sus costados y suspirar.
"Jinenji." Dijo Inuyasha suavemente mientras miraba sobre su hombro al otro mitad demonio. "Recuerda esas palabras cuando creas que la vida está a punto empeorar." Miró al suelo y para sorpresa de Kagome, la miró con una ladeada sonrisa en su rostro. "Prométeme que recordarás a esa persona y la razón por la que tu vida vale la pena."
Jinenji guardó silencio por un segundo mientras consideraba al hombre en frente de él, sus ojos observaban al Capitán con una compresión única. "Tú también lo recordarás?" Preguntó de repente, sus ojos se desviaron hacia Kagome rápidamente antes de regresar—la acción tan rápida que Kagome no la vio.
Inuyasha sonrió y negó con su cabeza antes de darle a Kagome otro guiño enrevesado que la hizo ladear su cabeza. "No voy a prometer nada." Declaró fuertemente haciendo que Haniyama y Jinenji rieran, era un sonido que ninguno había hecho en mucho tiempo. Inuyasha inhaló una profunda bocanada de aire y traqueó su cuello mientras sus próximas palabras llegaban con cuidado. "Pero lo intentaré—." Terminó con una sonrisa, señalándole a Kagome con una firme mano. "Vamos, traigamos el caballo y salgamos de aquí mientras la luz aun sea buena."
Kagome sonrió y asintió siguiéndolo por la puerta, mirando tras ella para asegurarse de que Haniyama y Jinenji estaban siguiéndolos.
Rodearon la casa y llegaron al poste donde el caballo había sido amarrado. Acercándose a él, agarró la silla que había sido colgada para darle al caballo algo de libertad y la lanzó sobre su lomo donde ya descansaba la almohadilla. El caballo relinchó en respuesta pero no se movió mientras Inuyasha apretaba fácilmente la correa de un lado. Sin ser llamado, Jinenji llegó al otro lado del caballo, lloriqueando suavemente en el fondo de su garganta mientras el caballo gimoteaba antes de relinchar y sacudir su cabeza.
Jinenji sonrió en respuesta y palpó afectuosamente el cuello del caballo antes de alcanzar para asegurar la correa del otro lado. "Él dice que en verdad eres bueno en esto, Sr. Inuyasha." Suplió Jinenji mientras se enderezaba para mirar al demonio mayor.
Inuyasha se encogió en respuesta preparándose para ponerle el frenillo al caballo. "He estado montando por mucho tiempo." Murmuró honestamente mientras desabrochaba el cabestro y lo ataba alrededor del cuello del caballo antes de maniobrar las riendas sobre la cabeza del caballo. "Puedes poner el frenillo?" Preguntó mientras arreglaba las orejas del caballo en la cabecera.
Jinenji asintió y le gimoteó al caballo haciéndolo abrir su boca sin daño físico. Con la pieza en su lugar, Jinenji retrocedió y observó mientras el Capitán terminaba de situar el cierre de garganta y la muserola, asegurándolos fácilmente antes de retroceder.
"Muy bien Kagome, vámonos." Inuyasha alcanzó por ella ofreciéndole su mano para ayudarla a subir al caballo.
Kagome tragó saliva y asintió aceptando la extremidad ofrecida con algo de duda. El caballo relinchó en respuesta y estampó uno de sus cascos dos veces en el suelo mientras relinchaba y sacudía su cabeza rudamente una vez más antes de darle a Jinenji una extraña mirada casi incisiva.
Jinenji jadeó en respuesta y asintió. "Le tienes miedo a los caballos, Srta. Kagome?" Hizo la pregunta con ojos azules observándola divertidos.
Kagome se sonrojó en respuesta, retirando su mano de la de Inuyasha en orden de entrelazar sus dedos mientras desviaba la mirada. "Sólo un poco."
El caballo dejó escapar un ruido que sonó sospechosamente como una carcajada. Jinenji rió en respuesta y le gimoteó al caballo, dejando escapar un bufido y una combinación de gruñido seguid por un distintivo relincho. El caballo de nuevo sacudió su cabeza en respuesta y sopló sus labios con firmeza. "Gracias." Dijo Jinenji en inglés antes de girar hacia Kagome otra vez. "No te preocupes más Kagome. Él será gentil para ti así que no más preocupaciones."
Kagome frunció sus labios, insegura de qué pensar de lo que Jinenji había dicho pero asintió como si fuera la ocurrencia más natural en el mundo. "Gracias." Respondió ella ligeramente aturdida y jadeó cuando sintió dos manos firmemente en su cintura levantándola y depositándola en el caballo. "Inuyasha!" Exclamó con mejillas sonrojadas. "Puedo subirme solo con una mano, sabes."
Inuyasha rió levemente y se encogió de hombros. "Lo sé pero era más fácil hacerlo mientras estabas distraída y no muy concentrada en el caballo."
Kagome se infló pero no le dio a Inuyasha la satisfacción de contraatacar mientras se echaba hacia atrás en la silla dándole espacio para saltar fácilmente en frente de ella y acomodarse en una fácil posición de montar. Como si fuera lo más natural en el mundo, Kagome automáticamente puso su mano alrededor de su cintura, preparada para el movimiento del caballo. "Adiós, Sra. Haniyama," se dirigió a la anciana una última vez con una sonrisa. "Sr. Jinenji, te deseo todo lo mejor en la vida y toda la felicidad que viene con ello."
Jinenji se sonrojó y le devolvió su sonrisa, su corazón saltó al escuchar sus palabras. "Gracias, Srta. Kagome." Le dijo él, su rostro fuerte y lleno de convicción. "Gracias por todo."
Kagome no se molestó en discutir con sus palabras mientras Haniyama tocaba suavemente el brazo de su hijo y hablaba. "Te deseo lo mismo, niña Kagome." Habló gentilmente, sus ojos descansaron en Inuyasha mientras tomaba las riendas en sus manos. "Y a ti también, Sr. Inuyasha. Espero que ambos sean felices y estén a salvo a lo largo de su vida—," se desvaneció mirando al suelo antes de añadir tan tranquilamente que solo Inuyasha y Jinenji pudieron escuchar sus palabras. "—juntos."
Inuyasha aclaró su garganta fuertemente y haló las riendas ligeramente hacia la izquierda haciendo que el caballo se girara y comenzara a caminar suavemente. "Sin promesas." Contestó sobre su hombro mientras Kagome se giraba en la silla y ondeaba su mano una última vez antes de que Inuyasha clavara ligeramente sus talones en los costados del caballo y comenzara a galopar dejando a Haniyama y a Jinenji atrás, a salvo, felices, y libres para vivir una vida libre de obstáculos por el odio de sus vecinos y el odio de la joya.
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"Cuándo van a regresar la Srta. Kagome y el Capitán?" Gruñó Shippo sentándose junto a Sango en la cama.
Sango sonrió en respuesta y señaló el pequeño libro de gramática que ayer habían escogido en el pueblo para el niño. Era el más reciente compendio de gramática liberado por Noah Webster y Sango estaba segura de que Kagome estaría encantada de ver que habían comprado el libro para ayudar a enseñarle al niño una apropiada pronunciación y gramática (una faceta de educación a la que Shippo nunca había estado expuesto). "No estoy segura de cuándo regresarán." Le dijo mientras miraba lo que iban a trabajar a continuación, sustantivos. Antes de poder dirigir la lección, el pequeño niño ya estaba hablando de nuevo.
"Se han ido para siempre." Murmuró rodando de espalda en la cama, uno de sus pequeños brazos cubría su rostro mientras suspiraba profundamente.
"Han pasado solo seis días." Discutió Sango débilmente. Honestamente, estaba comenzando a preocuparse un poco. Seguramente no debería tomar tanto tiempo encontrar un fragmento de la joya a menos que se hubiesen metido en problemas en el camino. "No," pensó ella sacudiendo su cabeza. "Probablemente estaba más tierra adentro de lo que pensaban." Asintió pero aún no se sentía convencida.
Con cautela, mordió su labio, sus ojos miraban el libro infantil de gramática sin verlo realmente. "Y si pasó algo?" Pensó la posibilidad, su corazón comenzó a martillar en su pecho. "Kagome no sabe nada de pelear. Y si el Capitán no fue capaz de protegerla o—no—no—no." Se interrumpió sabiendo que sus pensamientos se estaban tornando peligrosos. "Tengo que creer en el Capitán, él no permitirá que nada la lastime, no lo haría, no lo hará."
"Srta. Sango?" Shippo habló de repente y ella miró al niño.
De nuevo estaba sentado, sus brillantes ojos verdes se veían un poco apagados mientras la observaba. "Sí, Shippo?"
"Cuando regrese la Srta. Kagome," desvió la mirada y se sonrojó levemente un poco avergonzado. "Hará las lecciones con nosotros otra vez?"
"Por supuesto, Shippo." Sango sonrió gentilmente sintiendo por el pequeño huérfano. Con dedos cuidadosos alcanzó y retiró sus mechones rojos de su rostro, dejando las puntas de sus dedos en su frente por un momento como una muestra de amor.
El pequeño niño se sonó pero por el contrario no dijo nada ante la gentil caricia, sus listos ojos se agacharon de nuevo hacia el libro. "Tenemos más lecciones para hacer hoy?" Se quejó suavemente, su pequeña voz sonaba compasiva.
Sango resopló en respuesta y alcanzó, agarrando el libro y cerrándolo mientras se levantaba de la cama. Sin una palabra, caminó hacia el escritorio y depositó el libro encima de la vieja madera señalando la puerta mientras lo hacía. "Adelante, busca al Sr. Myoga y quédate con él, de acuerdo?"
Los aburridos ojos del niño se iluminaron ante la mención del viejo Maestre Aparejador. Rápidamente salió de las suaves cobijas de la cama y corrió hacia la puerta. "Gracias Srta. Sango!" Gritó precipitándose hacia la puerta, saltando para poder alcanzar el pomo. Usando el peso de su cuerpo logró bajarlo lo suficiente para que la puerta se abriera. Riendo triunfante se escabulló en cuatro por la puerta y el corredor, los sonidos de sus risas resonaban por la puerta aún abierta.
Sango rió con él, sus preocupados ojos se suavizaron por un momento mientras tocaba ligeramente el libro de gramática. "Es un buen niño." Murmuró para sí halando la silla debajo del escritorio y tomaba asiento, su cuerpo se desplomó en la silla mientras se recostaba cansadamente. Echando hacia atrás su cabeza, descansó su cuello contra la dura espalda de la silla y levantó la mirada hacia el techo, sus ojos trazaban las tablas de madera que descansaban sobre ella. "Me pregunto—qué los está demorando?"
"Igual yo."
Asustada, Sango salió de la silla, girando sus ojos en pánico hacia la puerta abierta donde ahora estaba Miroku, una divertida sonrisa en su rostro.
"Te asusté?" Preguntó él, una ligera carcajada amenazaba con eructar desde el fondo de su garganta.
Sango soltó un bufido muy poco femenino y cruzó sus brazos debajo de sus senos, abrazándose fuertemente. "Oh, cállate." Se infló y de desplomó en la silla.
Miroku sonrió ante sus acciones pero la mirada realmente no alcanzó sus ojos. Levantando una mano hacia su rostro frotó su sien y el puente de su nariz antes de entrar en la habitación cerrando la puerta tras él con un leve clic mientras se aproximaba a la cama, pasándola en favor de sentarse en el suave cobertor. "Vi a Shippo correr para molestar a Myoga." Mencionó mientras se recostaba en la cama, permitiéndole descansar a su ansioso cuerpo por un segundo.
"Sí." Reconoció Sango inclinándose en la silla, descansando sus codos contra sus rodillas y su mentón contra sus manos mientras lo observaba esperando por una reacción a sus siguientes palabras. "Otra vez preguntó por Kagome y el Capitán."
Miroku no respondió de inmediato, en cambio, vio hacia su costado para mirar por una ventana que alineaba el fondo de su habitación. Podía ver el océano abierto y las siluetas de barcos entrando al puerto en la distancia. Gruñó levemente sentándose, desviando sus ojos de la tranquila escena.
"Miroku?" Lo llamó Sango gentilmente, su voz mucho más suave que nunca.
Sorprendido por la gentil emoción que escuchó de ella, Miroku levantó la mirada y consideró la vista de sus brillantes ojos. Estaba preocupada, realmente preocupada y eso sólo alimentó aún más su preocupación. "No te preocupes, Sango," trató de consolar pero las palabras parecían vacías. Cómo puedes consolar a alguien cuando tú mismo estás tan preocupado?
"Dame una buena razón para no estarlo." Murmuró Sango, su expresión desafiante y sincera. "No debería tomar tanto tiempo y lo sabes."
Miroku hundió una de sus manos en su cabello y desvió la mirada. No tenía nada que decir a eso, nada en absoluto. Tenía razón, no debería demorar tanto viajar tierra adentro y obtener una joya, especialmente cuando se tenía el aparato que te guiaba directo a ella.
"Qué vas a hacer?" Sango continuó presionando, sus oscuros ojos lo observaban, esperando a que se decidiera a actuar pronto. No podía soportar esperar más.
Los primeros días habían sido duros pero estos últimos tres habían sido imposibles. Cada mañana se despertaba y se dirigía a la habitación del Capitán, llamando a la puerta con la esperanza de escuchar su ronca voz o el dulce sonido de la de Kagome al otro lado, pero no había escuchado nada así que había entrado con la esperanza de que estuvieran dormidos y no hubiesen escuchado el golpe (pequeña probabilidad pero valía el intento). Y cada vez se decepcionaba al entrar en la habitación vacía, exactamente igual a como la habían dejado. Después de tal decepción, pasaba el resto del día mirando y observando, esperando ver algo plateado en los puertos. Plateado había visto pero el plateado del Capitán no y eso sólo la decepcionaba y la preocupaba más.
Seis días había pasado así y no había manera de que Sango pudiese soportar uno más.
"No estoy seguro de qué hacer." Habló Miroku de repente, su voz sonó contenida. "Me mantengo pensando en que—va a subir la plataforma en cualquier momento—no te preocupes—no puedo evitar pensarlo—no te preocupes, él regresará, siempre regresa." Miroku suspiró profundamente, lanzando sus piernas por el costado de la cama, sentándose y depositando su cabeza en sus manos. "Pero—la otra parte de mí—el lado racional sabe que siempre ha regresado para entonces. Y como no lo ha hecho—lógicamente." Miroku inhaló un profundo respiro, obviamente las próximas palabras eran difíciles de decir. "Algo está mal."
Sango asintió en respuesta, su corazón le decía lo mismo.
"Y si algo está mal." Continuó él sacando su rostro de sus manos para mirarla desesperadamente. "Entonces tenemos que hacer algo pero no sé qué hacer." La miró suplicante. "No sé dónde encontrarlos. Por dónde se fueron, qué camino, por cuánto tiempo, qué tan lejos?" Gruñó Miroku ante la idea. "No hay manera de decir dónde están.
"Podríamos preguntar?" Ofreció Sango pero su voz carecía de confianza. Incluso ella sabía que era probable de que no tuviera éxito.
"Conociendo a Otou-san," Miroku dejó escapar el nombre fácilmente. "Nadie sabe a dónde fue, no deja rastros, no le dice a la gente a dónde va: ese es el tipo de mierda que hace que te sigan y te maten."
Sango asintió en acuerdo, incluso había escuchado al Capitán decir estas mismas palabras. "Entonces qué hacemos?" Preguntó de nuevo completamente perdida.
Miroku de nuevo guardó silencio, su voz atascada en su garganta. Era una sensación miserable, la sensación de saber que sin importar qué, estabas arrinconado en una esquina, no había nada que pudieras hacer. Podría buscar pero sería como encontrar una aguja en un pajar—imposible. Lo único que podía hacer lógicamente era esperar, esperar y confiar pero cuando se refería a tu padre eso era muy difícil de hacer. "Sango—," comenzó a decir pero se detuvo.
Entendiendo su vacilación, Sango se levantó de la silla del escritorio y acortó la distancia por la habitación hacia Miroku, arrodillándose ante él, con una mano descansando en su rodilla mientras la otra alcanzaba para tocar su mejilla en consuelo, subiéndola hasta que la mirara. Los dos hicieron contacto visual, un intercambio de ansiedad y preocupación entre ellos. "Él regresará, ambos regresarán." Razonó ella aunque su voz sonara como una mentira para sus propios oídos.
"Espero que sí." Miroku estuvo de acuerdo con ella mientras levantaba una mano para cubrir el delicado apéndice que tocaba su mejilla. Retirándola de su cara, cerró sus ojos y suavemente besó su palma antes de bajar la mano para descansarla contra su corazón por un momento. Finalmente, suspiró y liberó su mano levantando su propia mano para tocar su rostro, halándola hasta que estuvo a un respiro.
"Mir—." Ella trató de decir pero las palabras nunca salieron cuando de repente sintió sus labios contra los suyos, hambrientos y embriagantes. Gimió mientras su mano bajaba de su rostro para descender por su cuello hacia un seno que acarició con cautela a través de su chaqueta y camisa.
Miroku gruñó en respuesta y alcanzó por los botones de su chaqueta desabrochándolos rápidamente, no queriendo nada más que tocarla, tocarla y sentirla realmente, su cálida piel contra su ardiente carne. Lo necesitaba, necesitaba la liberación, necesitaba que toda la tensión acumulada en su cuerpo explotara y sabía que su carne podía ofrecerle tal liberación. "San-g-o-o." Jadeó él separándose lo suficiente para deslizar su chaqueta de sus hombros, sus manos se movían como si estuvieran en piloto automático hacia sus alegres senos, sus dedos los acariciaban a través de la gruesa tela de su camisa.
"Miroku." Su voz era rápida y embriagadora mientras trataba de recuperar su aliento. "Miroku." Repitió cuando sus ágiles dedos encontraron su pezón a través del material de su camisa, retorciéndolo contra el plano de la ruda tela, la sensación la hizo estremecer y gimotear. "Maldición—Miroku." Maldijo mientras los halaba rudamente, una sensación que le gustó aún más.
Miroku rió por lo bajo en respuesta pero permaneció en silencio mientras le permitía a sus manos vagar hacia el borde de su camisa, sacándola de sus pantalones lentamente mientras llevaba su boca hacia su cuello, succionando en el punto justo debajo de su mentón antes de hacer su camino hacia el lado derecho de su quijada, subiendo todo el tiempo hasta encontrar su oreja. Cautelosamente, lamió el borde exterior antes de chupar el lóbulo, recibiendo un delicioso gemido de ella mientras alcanzaba y sujetaba sus hombros fuertemente, sus dedos se clavaron en su piel mientras se perdía en la sensación. Sonriendo para sí se separó, levantando la camisa y sacándola por su cabeza, descartándola tras él mientras quedaba cara a cara con una vista que había conocido por años.
"Nunca envejece." Pensó para sí llevando una mano hacia el borde de un rechoncho y pálido seno, sus dedos fríos contra su cálida piel la hicieron saltar sorprendida.
"Fríos." Se quejó ella levantando sus manos para cubrirse un poco, su rostro sonrojado hacía pucheros de una manera tan linda que Miroku se encontró en apuros para no lanzarla al suelo en ese momento y salirse con la suya.
"Lo siento." Se disculpó, alcanzando de nuevo para tomar sus brazos los cuales ahora cubrían su pecho. Gentilmente bajó sus brazos, depositándolos a sus costados mientras su piel perfecta le era revelada una vez más. Antes de poder descender sobre un seno, la puerta se abrió de golpe para shock de Sango y Miroku.
"Oye, Miroku qué demonios estás hacien—. Ah, mierda!" Gritó Inuyasha sorprendido cubriendo sus ojos automáticamente mientras veía muy bien la parte superior del cuerpo de Sango completamente desnudo. "Por Dios, no les dije darme una maldita advertencia, poner una señal en la puerta o algo!"
"Otou-san?" Susurró Miroku sorprendido, sus ojos abiertos como platos mientras miraba al hombre de pie en la puerta viéndose igual a cuando se fue: perfectamente bien. "Regresaste, estás bien!" Exclamó, tan feliz de que su padre estuviera vivo y bien que se olvidó completamente de su esposa medio desnuda que estaba coloreándose de un desconocido tono de rojo.
"Sí, ambos estamos aquí y estamos bien." Inuyasha asintió comenzando a retroceder por la puerta, sus ojos aun cubiertos. "Sólo quería hacértelo saber."
"Conseguiste el fragmento?" Miroku continuó levantándose de la cama completamente inconsciente. "Algo salió mal? Quiero decir, por qué se demoraron tanto?"
"Miroku tal vez ahora no sea el momento para hablar de esto." Presionó Inuyasha mientras finalmente lograba agarrar el pomo de la puerta sin mirar. "Aunque normalmente estaría encantado de ver una mujer desnuda, creo que a esta mujer en particular no le gusta la idea de que la vea."
Miroku parpadeó rápidamente cuando la comprensión pareció descender sobre su rostro. "Sango?" Gruñó mirando a la mujer que estaba sentada perfectamente callada, sus manos aun cubrían su pecho lo suficiente para que nada fuera verdaderamente visible pero aún dejaban nada a la imaginación. Miró su rostro el cual estaba de un innatural tono de borgoña y sintió su corazón desplomarse hacia su estómago. Tragó saliva, sabiendo de alguna manera que iba a morir al segundo que el Capitán abandonara la habitación.
"Los dejaré solos." Murmuró Inuyasha mientras sus orejas temblaban al escuchar el silencio y el inminente sonido de la presión arterial de Sango disparándose. "Que tengan una buena noche." Llamó sobre su hombro mientras cerraba la puerta, el sonoro clic fue una señal práctica para que Sango dejara escapar un grito espeluznante.
Él rió para sí mientras se dirigía hacia su habitación sabiendo que Kagome ya estaba ahí con Shippo a su lado. "Supongo," musitó. "Que tendré que hablar con él mañana sobre todo lo que pasó pero se lo merece." Frunció pero fue una vista divertida. "Le he dicho miles de veces que ponga una señal o algo. No puedo apoyarme en mi olfato todo el tiempo," pensó alcanzando su propia puerta, abriéndola y entrando. Kagome ya estaba sentada en su cama, Shippo en su regazo divirtiéndola con historias.
La joven le ofreció una sonrisa cuando lo vio en la habitación antes de fruncir cuando el sonido de golpes y más gritos llegó a sus oídos. "Qué es ese ruido?" Preguntó ella mientras jugaba distraídamente con el cabello de Shippo.
"Oh nada," le dijo Inuyasha con un movimiento de hombro antes de estirarse y caminar hacia su escritorio. "Sólo un hombre perdiendo su dignidad."
Fin del Capítulo
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Noah Webster – escribió un compendio de tres volúmenes para niños americanos titulado, Un Instituto Gramatical del Idioma Inglés. El trabajo consistió en un deletreador (publicado en 1783), una gramática (publicado en 1784) y un lector (publicado en 1785). Su objetivo era proporcional un enfoque exclusivamente estadounidense para la formación de los niños. Es más notablemente responsable de la publicación de un diccionario en 1807—Un Diccionario Americano de la Lengua Inglesa. Con una revisión de años, se conocería como el diccionario Webster y todavía se utiliza hoy en día con su nombre.
