Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 31
Antes de comenzar una pelea, como si se tratase de un animal salvaje defendiendo su territorio, Shapner acostumbraba caminar alrededor del cuadrilátero delineándolo con lentitud. De ese modo, motivándose psicológicamente, el rubio se proclamaba a sí mismo como el amo y señor de aquel sitio. Por ende, todo aquel que intentase invadirlo, se vería castigado por su insolencia.
Supersticioso, repitió aquella táctica motivacional muchas veces. Tal hábito se convirtió en un ritual sagrado para Shapner, quien, religiosamente, lo realizaba en cada uno de sus encuentros de boxeo. Una vez que establecía los límites de su reino, Shapner, alzando la mirada, observaba al público que se congregó en las tribunas para disfrutar de la contienda.
Al tratarse de torneos escolares, los espectadores, en su inmensa mayoría, estaban integrados por estudiantes de preparatoria. Y si bien, en ocasiones, el número de asistentes era considerable, Shapner siempre conseguía localizar dos rostros familiares entre aquel tumulto de adolescentes. El primero era el de Ireza, quien, sonriéndole y animándolo, lo saludaba inquieta desde su asiento.
El segundo; aunque más estoico y menos efusivo, poseía una importancia inmensa para Shapner a quien le prometía que ganaría. Videl, callada y de piernas cruzadas, sólo se limitaba a levantarle un pulgar como señal de apoyo. Nunca fue su estilo gritar y saltar como lo hacía Ireza; sin embargo, estando tan enamorado de ella, hasta un gesto tan minúsculo como aquel era valioso para él.
Gozando de su cercanía, sabiendo que Videl vería cada uno de sus ataques, la adrenalina corría por sus venas convirtiéndolo en una máquina endemoniada de lanzar golpes. Uno tras otro, conectado brutales puñetazos en las mandíbulas de sus rivales, Shapner imponía su ley dentro del ring enviando un claro mensaje a quien tuviese la osadía de intentar retarlo.
Con Videl de su lado, Shapner era un ganador. La victoria, aún sin sonar la campana, ya era suya.
– Pero hoy, ella no está aquí. Ella me abandonó…
Rodeándolo, cayéndose a pedazos por culpa del deterioro, la que fuese una vibrante y concurrida estación de ferrocarril a principios de siglo, era ahora, tristemente, un montón de basura oxidada que se pudría por la humedad. Van Zant, explicando que eligió dicha ubicación por su soledad, le aseguró a Mr. Satán y a él que ningún policía o intruso arruinaría la inminente batalla.
No obstante, con sinceridad, a Shapner aquello no le importaba en lo más mínimo. Hace menos de un día que su motivación se encontraba por las nubes, teniendo el respaldo del amor de Videl en su corazón, Shapner, por más difícil que pareciese el desafío, confiaba ciegamente en derrotar al Gran Saiyaman en un duelo limpio hombre a hombre.
Al pensar en su contrincante, el rubio, muy lentamente, volteó sus ojos a su brazo derecho que lucía de maravilla y listo para pelear. Tal cosa aún le resultaba un rompecabezas, su firme convicción le gritaba que aquello no podía ser real; debía ser imposible. Pero, destrozando los argumentos más verosímiles, su hombro que fue perforado por una bala yacía sano y como nuevo.
El agobiante dolor que la ciencia médica no pudo eliminar, desapareció, mágicamente, gracias a una diminuta semilla que Shapner, en circunstancias más normales, hubiera confundido con una ordinaria habichuela. En un comienzo dudó; creyó que el Gran Saiyaman se estaba burlando de él al afirmarle que tal fruto sanaría sus heridas con meramente comerlo. Aquello era una ridiculez.
Pero al hacerlo, luego de vacilar, cualquiera se hubiese regocijado saltando de alegría ante tal milagro. Empero, arruinando sus recuerdos, lo que sucedió después de su sanación borró de sus sentires la más ínfima gota de felicidad. Porque no fue el Gran Saiyaman quien lo venció; no fue él quien traicionó su confianza y mermó su coraje. La autora de su caída fue la mismísima Videl.
Todavía no aceptaba la realidad, aún se negaba a asimilar las duras palabras de Videl la noche anterior. Shapner, apretando los puños, giró su vista al suelo agrietado buscando una respuesta que sabía que no estaría allí. Sin embargo, empecinado en comprender por qué su fantasía romántica se desmoronó, el rubio se transportó a sí mismo de regreso a la fiesta en la alcaldía.
– ¿Planea participar en el próximo torneo de artes marciales, Mr. Satán?
Habiéndose terminado la breve ceremonia de premiación para Videl, el alcalde, quien fue el responsable de entregarle la medalla que aún adornaba el cuello de la pelinegra, se acercó a la mesa de la familia Satán uniéndose a ellos para la cena. Entretanto, apresurándose en complacer a los hambrientos comensales, un ejército de meseros llenó sus platos con toda clase de delicias.
Shapner, quien hasta ese momento continuaba con su lesión aquejándolo, se las arregló para comer sosteniendo la cuchara con su mano izquierda. A pesar de la evidente incomodidad que eso le acarreaba, el rubio, sintiéndose parte de un cuento de hadas, superó con creces aquel problema mientras Mr. Satán y el gobernador de la ciudad platicaban entre sí.
– Por supuesto que sí, defenderé a toda costa mi cinturón del campeonato–con su habitual fanfarrea, Mr. Satán, sujetando una copa de vino, no se demoró en replicar–es posible que esta sea mi última participación, así que deseo retirarme invicto y con mi título de campeón.
– Es una pena que desee retirarse, será un duro golpe para sus miles de fanáticos–después de darle una mordida a la jugosa carne de res que tenía frente a él, el alcalde, sinceramente sorprendido por aquella revelación, no ocultó su desilusión–pero comprendo que desee tomarse un merecido descanso, usted ha combatido sin parar desde que lo vi luchar por primera vez hace años.
– Así es, ni siquiera yo puedo ganarle a la edad. Ya no tengo la misma agilidad de antes y últimamente me canso con rapidez–contestándole, Mr. Satán también le dio una mordida al apetitoso manjar ante él–cuando me haya retirado me encantaría escribir mi autobiografía, hay muchísimas historias inéditas que deseo contar.
A su vez que ambos caballeros conversaban, Videl, quien era observada con disimulo por su novio, se mantenía completamente en silencio sin participar en la charla. Ella, como si estuviese metida en su propio universo, no levantaba los ojos de su plato en tanto masticaba con pereza. Shapner, al notar su actitud, pensó en preguntarle si se encontraba bien, pero se detuvo al ser mencionado.
– Tenemos con nosotros a una futura abogada…–el alcalde, refiriéndose a Videl quien se giró a mirarlo, enseguida se prestó a inclinarse sobre Shapner–y en cuanto a ti, muchacho… ¿ya has decido qué hacer con tu vida?
Shapner, enfocándose en el alcalde, tomó una servilleta para limpiar su faz antes de responderle.
– Me gustaría entrar en el mundo de la actuación, desde niño he fantaseado con ser actor de cine–comentándole, Shapner tomó un trago de agua para aclarar su voz–sinceramente todavía no he investigado en cuál universidad es la mejor opción para estudiar; pero una vez que haya terminado la preparatoria, me pondré a investigar.
– Un actor, eso no me lo esperaba...–afirmándole, aquel anciano a cargo de la ciudad le sonrió–Mr. Satán me comentó que también eres un deportista, pensé que desearías emprender una carrera deportiva.
– Eso es verdad, señor alcalde. Desde muy joven me interesaron los deportes, el boxeo especialmente.
– ¿Boxeas? –Verdaderamente interesado, el alcalde le platicó con entusiasmo–toda mi vida he sido un gran seguidor del boxeo, cuando tenía tu edad mi padre me inscribió en un gimnasio y tomé algunas lecciones; aunque, para ser sincero, nunca pude sostenerme en el cuadrilátero por más de cinco asaltos. Así que decidí colgar los guantes y ver las peleas fuera del ring.
– No le mentiré, muchas veces llegué a pensar lo mismo. Cuando comencé, me convertí en un saco de patatas al que todos golpeaban–evocando sus primeras peleas, Shapner de inmediato recordó a su madre–mi mamá, por ejemplo, me amenazó con quitarme mi mesada si no abandonaba el boxeo. Siempre agradecí su preocupación, pero yo no quería rendirme sin importar cuántos moretones tuviese en la cara.
– El valor y las agallas son vitales para cualquier luchador, sin importar la disciplina que se practique–Mr. Satán, soltando una inesperada acotación, se ganó las miradas de los demás en su mesa–es normal tener muchos tropiezos al principio, pero como dice un refrán: lo que no te mata, te hace más fuerte.
– ¡Exactamente! –Apoyando al campeón mundial, el alcalde exclamó con ánimos–y no nos olvidemos del talento, el coraje y el talento deben ir de la mano.
– Mi padre pensaba igual de ustedes, gracias a él continué entrenando sin importar cuántas veces regresara a casa con el rostro destrozado–sin olvidarse de su padre, Shapner le debía muchísimo a él–con el tiempo, poco a poco, empecé a cosechar victorias. Subí de peso y gané masa muscular, recuerdo que mi propia madre no me reconocía cuando me veía sin camisa.
– ¿Cómo fue que te lastimaste el hombro? –Señalándole el cabestrillo que sostenía su brazo derecho, el alcalde no se resistió a la tentación de saber qué le sucedió–supongo que debiste herirte en alguna pelea.
Deteniéndose por un instante, viendo de reojo a Mr. Satán y a su novia, Shapner se percató de las diferentes expresiones que cada uno de ellos exhibió ante la pregunta del alcalde. Mr. Satán, sosteniendo con éxito su máscara de serenidad, le dio a Shapner una mirada fugaz pero profunda que, sin lugar a dudas, le indicó silentemente lo que debía responder.
Videl, por su parte, se petrificó por un santiamén quedándose boquiabierta justo cuando se llevaba una cucharada de sopa a la boca. Ella, sabiendo claramente el motivo de la herida de Shapner, no se atrevió a mirarlo directamente como si desease sumergirse en el guiso que degustaba. Así pues, no queriéndose demorar en replicar, Shapner se apresuró a hacerlo.
– Me lesioné el hombro durante un entrenamiento con Mr. Satán–sin alterarse, manteniendo la calma, Shapner le mintió al alcalde sin remordimiento–el boxeo y las artes marciales comparten algunas similitudes, pero las técnicas de combate tienen sus grandes diferencias.
– Así es, tenía la intención que Shapner compitiera junto conmigo en el próximo torneo de artes marciales–uniéndose a las mentiras, Mr. Satán no se tardó en hacer lo suyo–pero por desgracia, mientras entrenábamos, sufrió de una horrenda luxación y debió recibir asistencia médica. Afortunadamente no fue nada grave, en unos meses más estará de nuevo en el cuadrilátero.
– Es una pena, en verdad. Pero espero que te recuperes pronto, muchacho.
– Se lo agradezco, señor alcalde.
– No hay de qué; aunque me encantaría saber de dónde salió ese gusto por la actuación si siempre te has dedicado al boxeo.
La plática prosiguió tocando numerosos temas entretanto continuaron cenando; no obstante, todos aquellos temas tuvieron un factor en común: Shapner. Videl, aún sin decir ni una sílaba, se limitó a terminar con su plato quedándose sentada en su silla escuchando como ellos tres seguían parloteando. Pero; si bien pareciese que la estaban excluyendo, a ella le alegraba su inactividad.
Ese era uno de los varios motivos por los cuales detestaba sumarse a esas fiestas de ricachones, le asqueaba en demasía escuchar como los egos se inflaban aún más. Sin embargo, en este caso más particular, le irritaba como los constantes halagos y cumplidos del alcalde y su padre, sacaban a relucir, inevitablemente, el peor defecto que Shapner poseía: la soberbia.
Lo que inició como una simple interrogante, los llevó, sin moderación alguna, a glorificar al rubio llegando al punto de llenar su cabeza con premios y recompensas inexistentes. Desde ser el sucesor del cinturón del campeonato mundial de Mr. Satán, hasta ser el ganador de un aclamado galardón por su actuación en una película; Shapner, en un parpadeo, se vio bañado en oro falso.
Los temores de Videl, que al principio creyó exagerados, se vieron más que fundamentados ante tal escenario. Mr. Satán, sin la más ínfima vergüenza, no detuvo su terca obstinación por llenar las manos de Shapner con promesas que, incluso un individuo tan rico como él, no podría cumplir ni en mil años. Shapner era un buen tipo, pero Videl no quería una copia de su papá como su pareja.
El rubio, por otro lado, escuchó encantado los comentarios que recibía, ya que estos, por más increíbles que sonasen, venían de las dos personas más importantes de toda la ciudad. Tener a Mr. Satán como suegro era una bendición inesperada; asimismo, entablar amistad con el alcalde, era un beneficio no presupuestado del cual no se quejaría.
Un año antes, si alguna adivina o pitonisa le hubiera dicho que llegaría a tal nivel de jerarquía, Shapner, sin dudarlo, se hubiese burlado tachando tal predicción como una mentira. Así pues, riéndose y bromeando con sus acompañantes, Shapner demostraba con cada segundo que iba integrándose, más y más, a ese grupo de élite que pertenecía a la alta sociedad de Ciudad Satán.
Mientras él sonreía y se divertía, no se percataba de la seriedad y hartazgo de Videl.
– Hacía mucho que no me reía tanto al comer, haber organizado esta cena privada fue una excelente idea, Mr. Satán–satisfecho, no pudiendo comer ni un bocado más, el alcalde se reclinó hacia atrás en su silla–sé que la mayoría de la ciudadanía adora los desfiles, pero ya era necesario un cambio.
– Sabía que le gustaría, yo también quería un cambio de ambiente–igualmente complacido, Mr. Satán buscó en sus bolsillos un par de habanos, para cerrar, con broche de oro, la cena–Shapner, muchacho, el señor alcalde y yo debemos conversar sobre su próxima campaña de reelección y no quisiera que tú y Videl se aburrieran escuchando de política. Vayan a bailar un rato y diviértanse.
Videl, reaccionando inmediatamente, no dijo nada; pero sí plasmó un rostro que reflejaba la ambivalencia que dicha situación le planteó. Desde hacía mucho estaba harta de tanta habladuría y fanfarronería; empero, sin olvidarse de los zapatos que traía puestos, lo que menos deseaba era meterse en una encrucijada que terminase con ella cayéndose y haciendo el ridículo.
Para Shapner, quien tenía un pensamiento diametralmente opuesto al de su novia, la idea de compartir con ella en la pista de baile no sólo lo maravilló; sino también, que avivó aquella vieja fantasía de verse a sí mismo junto a Videl pasándola bien en una discoteca. Pese a que eso no sería exactamente lo que pasaría, el rubio no pudo evitar sonreír aún más.
– ¡Claro que sí, Mr. Satán! –Veloz, levantándose de su asiento, Shapner no se tardó en seguir la orden de su suegro–la noche aún es joven, le aseguro que Videl se divertirá.
En consecuencia, girándose al unísono hacia la chica que permanecía callada desde hace más de una hora, los tres la miraron esperando por su contestación. A pesar de que Videl era la gran galardonada de la noche, ella, como si no estuviese allí presente, había bajado tanto su perfil que daba la impresión de ser una pintura o un elemento más de la decoración del salón.
Habiendo permanecido en las sombras por mucho tiempo, la antigua Videl, aquella jovencita más que conocida por su temperamento volátil y huraño, finalmente recuperó su libertad gracias a Ireza luego de confesarle sus crímenes a la rubia. Por ende, dicha Videl se habría levantado y con un rotundo "no" acabaría con las tonterías de su padre escapándose de tan molesto aprieto.
Aún así, no queriendo lastimar más a Shapner, Videl contuvo su explosivo carácter y se irguió con una marcada desazón. Enseguida, recuperando el don del habla, la otrora justiciera respondió con un cabizbajo "de acuerdo". Shapner, poniendo en práctica sus modales, extendió su único brazo saludable para que Videl lo tomara. Ella, aceptando su invitación, se le acercó y tomó su mano.
– ¡Diviértanse! –Encendiendo el puro que sostenía entre sus dientes, Mr. Satán los despidió con un ademán mientras le entregaba otro habano al alcalde–los buscaré cuando la fiesta haya terminado y nos marchemos…
Inclinando la cabeza, emprendiendo la marcha, la expresión feliz y complacida que Shapner esculpió en su faz, se desquebrajó, instantáneamente, justo al girarse cuando se daba cuenta que algo no andaba bien. Aquel era un suceso que imaginó miles de veces en su mente, no por nada en sus sueños creó a una Videl artificial que lo amaba y le sonreía cada vez que se encontraban.
Shapner, avanzando con la misma apatía que su novia, no sentía ni las chispas ni la mágica electricidad que esperaría sentir, cuando, por fin, bailaría con Videl en la vida real. Al contrario, era clarísimo para él que Videl no se veía nada feliz. Aquello, dolorosamente, le recordaba cuando ella rechazó el beso que le ofreció al volver a la mesa después de su premiación.
Todavía sin decirse nada, los dos caminaron hasta donde varios de los demás invitados bailaban con la música de orquesta que, animosamente, lograba llenar el ambiente con la contagiosa melodía de sus instrumentos. Así pues, colocándose uno frente al otro, Shapner se vio obligado a rodear su cintura con su brazo izquierdo; entretanto Videl lo emulaba al sujetarse de su cuello.
– Lamento no poder sujetarte como es debido, ojalá pudiera usar mis dos brazos–moviéndose lentamente, Shapner fue el primero en romper el frío silencio que los envolvió–te prometo que la próxima vez bailaremos como debe ser…
– No te preocupes, entiendo muy bien cuál es tu situación.
– Videl, no soy ciego; sé que no estás muy contenta por tener que bailar–armándose de valor, Shapner, yendo directo al grano y sin rodeos, le comentó a Videl–si lo deseas, podemos…
– No, está bien. Tratemos de divertirnos…–si bien no escondía su desagrado por permanecer atrapada en aquella fiesta, Videl, honrando la promesa que le hizo a Ireza, no tenía la más mínima intención de pisotear más a Shapner–y discúlpame por mi poco entusiasmo, es que no acostumbro vestirme de esta forma y este vestido, al ser tan ajustado, me corta la respiración. Los zapatos también agotaron mi paciencia, me muero de ganas por tirarlos por la ventana.
– Comprendo, entonces bailemos muy despacio para que no te sientas más incómoda–pese a que le alegró escuchar que él no era la razón de su disgusto, Shapner, no lanzando las campanas al aire, presentía que algo más también molestaba a su temperamental novia.
Acercándose más él, Videl, reclinándose en el pecho de Shapner, trataba de olvidarse de lo que ocurría en el exterior, encerrándose, dentro de sí, para tomar la decisión más grande de su vida. Tanta proximidad con Shapner disipó el último dilema que ella arrastraba consigo, era indiscutible que el rubio no despertaba en ella ningún sentimiento romántico que lo uniera a él para siempre.
Videl, meciéndose al tener los ojos cerrados, no se atrevía a mirarlo en tanto iba preparando la dura pero necesaria conversación que tendría con él al terminarse la gala. La imagen de ella arrancándole el corazón continuaba atormentándola, sabía que era casi inevitable que Shapner no saliera lastimado al romper con él. Sin embargo, continuar con esta mentira era insostenible.
– ¿Puedo hacerte una pregunta, Videl?
Interrumpiendo su debate interno, Shapner, sacándola de sus pensamientos, tomó otra vez la iniciativa para hablarle.
– Claro, dime.
– ¿De verdad piensas convertirte en una abogada? –Shapner, girando con ella a pasos lentos, recordó el breve discurso que su novia dio como agradecimiento por su galardón–para serte muy sincero, me sorprendió mucho escucharte. Siempre te había imaginado como una luchadora profesional igual de tu padre, llegué a creer que algún día el cinturón del campeonato mundial sería tuyo.
– Pelear siempre me encantó, eso no cambiará nunca; pero si te soy honesta, no quiero tomar el mismo sendero que mi padre–tomando desprevenido al rubio, aquella declaración casi lo hace detenerse–no me malinterpretes, amo a mi padre. Valoro todo el duro trabajo que hizo para llegar hasta donde está, pero la fama y los halagos no son lo mío, no quiero convertirme en una copia de él.
Shapner, sintiendo una punzada en sus entrañas, creyó que dicha frase final era alguna especie de indirecta dirigida a él. Así pues, no queriéndose quedar con la duda, se dispuso a preguntarle al respecto.
– ¿Una copia?
– Sí, recuerda lo que te dije antes de que esta tontería comenzara. A todos los ricos y famosos que están aquí sólo les preocupan sus fortunas; no les importa lo que realmente pase en la ciudad–alzando la mirada, echándole un vistazo a sus alrededores, Videl frunció el ceño sin esconder su molestia–viven en enormes mansiones, viajan en lujosas limusinas y cuentan con guardaespaldas que los protegen. Ninguno de ellos tiene nada qué temer, se sienten seguros dentro de sus burbujas mientras más y más ladrones corren sueltos por las calles.
– ¿Pero eso qué tiene que ver con tu padre? –Shapner, todavía sin comprender, no encontraba ninguna conexión entre la forma de ser de su suegro y la problemática actual de la metrópoli–sé que hay una grave ola de robos y asaltos en las calles, pero tu padre no es el culpable de nada de eso.
– Eso es verdad, mi padre no tiene la culpa que haya tantas mafias pudriendo la ciudad–concediéndole la razón en ese aspecto, la ojiazul asintió con la cabeza–a lo que me refería, es que no puedo ser una persona que vea todos esos problemas y simplemente los ignore. No puedo ser alguien que viva nadando entre riquezas mientras la ciudad se hunde en la corrupción, me niego a convertirme en alguien así.
Shapner, aún sin recibir la respuesta que esperaba, pensaba en debatirle, pero Videl se le adelantó.
– Es mi padre y lo amo mucho, pero es la clase de persona que no quiero ser. Recuerdo que cada vez que le hablaba sobre la situación de la ciudad, únicamente me respondía con indiferencia y desinterés–diciendo justo lo que Shapner quería escuchar, el rubio se preguntaba qué pensaría Videl si ella supiese que su padre se había asociado con uno de los tantos pandilleros que ella aborrecía–y tampoco puedo olvidarme del alcalde. Es un buen hombre, pero últimamente lo único que le preocupa es mantenerse en su puesto. Mi padre ha sido uno de sus más grandes mecenas desde que tengo memoria, el alcalde haría lo que sea a cambio que mi padre financie de por vida sus campañas de reelección.
– Entiendo que toda esta crisis te moleste, pero creo que estás echándote encima un peso demasiado grande para ti sola–viendo como Videl finalmente se animó a entablar una conversación estable, Shapner, dándole una mirada en la distancia a su suegro y al alcalde, intentó razonar con ella sobre lo que le parecía ser una locura–no puedes llevar en tu espalda toda la responsabilidad de traer justicia para la ciudad entera, simplemente es imposible que seas policía, jueza y jurado para todas las alimañas que se esconden por allí.
– No pretendo convertirme en todo eso, Shapner; únicamente quiero cerrar todas las puertas que esas alimañas usan para salirse con la suya–replicándole, Videl reestructuró su argumento–cuando la policía me pedía su ayuda, en la inmensa mayoría de los casos, los sujetos involucrados eran los mismos que con anterioridad ya había arrestado. Hay muchos abogados y jueces corruptos que los liberan, no tengo la menor duda. Sé que no podré impedir que todos regresen a las calles, pero intentaré arruinarles la fiesta a cuantos me sea posible.
– Admiro tu valor, sabes muy bien que esa fue la principal razón por la que me enamoré de ti–apretando el agarre sobre sus caderas, Shapner la acercó aún más a él–no eres como las demás chicas que he conocido, sé que meterías las manos al fuego sin dudarlo en cualquier momento; sin embargo, temo por tu seguridad.
La pelinegra, irguiendo su cabeza, demostró aquella valentía que tanto amaba Shapner al atreverse a mirarlo de nuevo.
– Si cumples tus objetivos, es más que obvio que te rodearás de muchos enemigos; enemigos que no vacilarán en conspirar en tu contra–notando como ella se disponía a decir algo, Shapner, ahora siendo su turno para adelantarse, adivinó lo que su novia pensaba decirle–lo sé; sé que ya han intentado matarte en el pasado. No me gusta pensar en eso; por mucho que admire tu valentía, eso nunca evitó que me preocupara por ti cuando me enteraba que trataron de asesinarte.
Al convertirse en una justiciera, naturalmente, tal cosa trajo consigo incontables adversarios que buscaron la manera de quitarla del camino para librarse de ella. Por ello, sin dejar de mirarla, perdiéndose en el profundo azul de sus ojos, Shapner se vio a sí mismo en sus recuerdos, cuando, amenazada por aquellos que la deseaban muerta, la vida de Videl estuvo a punto de extinguirse.
El rubio, al escuchar en la televisión que Videl se enfrentó sola, otra vez, a un ejército de maleantes, se preguntaba cómo podía ser posible que la policía fuese tan inútil y tan irresponsable como para dejar en las manos de una jovencita el deber que les correspondía únicamente a ellos. No dudaba de la fortaleza de Videl; al contrario, confiaba en ella, pero igualmente se asustaba.
Por fuera, luciendo como una inquebrantable roca, Shapner maquillaba su sincera preocupación con su acostumbrada fachada arrogante, afirmando, con ligereza, que Videl no sería derrotada por unos sucios y malolientes ladrones. Sin embargo, por dentro, le imploraba al cielo que Videl saliese ilesa y volviese a casa a salvo. La mera idea de perderla lo enloquecía, aquello lo devastaría.
– Aprecio tu preocupación, pero cada vez que se hace algo que vaya en contra de los intereses de la mafia se corre el riesgo de perderlo todo…–escudriñando en sus propias remembranzas, Videl pensó en cada una de las veces en las que creyó que su vida acabaría; pero, afortunadamente, sobrevivió para contarlo–tengo varias cicatrices por todo el cuerpo, cada marca me recordará los errores que cometí y me ayudarán a mejorar.
– Aún así me asusta que salgas lastimada, por una vez en mi vida desearía que no fueras tan valiente–honesto, Shapner le aseveró.
– El peligro siempre estará allí, Shapner. Estará presente en todo lo que haga y diga; pero no pienso intimidarme por él–si bien podría sonar un poco presuntuosa y con exceso de confianza, Videl simplemente estaba volviendo a ser la que siempre había sido–y; sobre todo, no puedo dejarme acorralar por el miedo otra vez.
Shapner no podía saberlo con exactitud, pero tal proclamación era más que una simple promesa; fue un juramento que Videl honraría hasta el final de sus días. La pelinegra, guardándolas en sus entrañas, sentía una enorme vergüenza y rabia con ella misma por haberse convertido en una cobarde que, al verse superada por el Gran Saiyaman, se escondió como un insecto en una cueva.
Aquello la enfermaba provocándole náuseas, le revolvía el estómago de sólo recordarlo. El miedo la aprisionó y jugó con ella a su antojo, la hizo cometer una estupidez tras otra, metiéndola, consecuentemente, en el embrollo en que se hallaba ahora mismo. Patética, se dijo en sus pensamientos, la Videl de las últimas semanas le parecía patética a la verdadera Videl.
Aún así, tal cosa no fue más que una prueba que la providencia misma le planteó; fue una prueba que falló. Pero antes de embarcarse en el futuro que ya construía en su mente, Videl, plantando los pies en el presente, primero debía encargarse de acabar con su falso romance con Shapner.
– ¿Y qué hay de ti? –Videl, intercambiando papeles con él, ahora se convertía en la entrevistadora– ¿todo eso de ser actor fue cierto o sólo querías quedar bien con el alcalde?
– Claro que fue verdad, no es ninguna mentira–respondiendo con una pizca de reproche, a Shapner le dolió que Videl no creyese en sus palabras–no es algo que haya inventado sólo para impresionar y presumir, es un sueño real que he tenido desde hace un tiempo. No olvides que te lo comenté en nuestra primera cita cuando fuimos al cine.
– Es cierto, discúlpame; no lo recordaba.
– Soy realista y sincero conmigo mismo, sé que no será nada fácil hacer que algún director se fije en mí para una película, pero estoy dispuesto a intentarlo–prefiriendo enfocarse en lo positivo, Shapner pasó por alto la incredulidad de Videl–al igual que tu padre, considero que es hora de olvidarme de las peleas. Me encantaría ser un boxeador profesional pero no quiero recibir golpes en mi cara el resto de mi vida, prefiero un método menos doloroso para escalar hasta la cima.
Videl, con honestidad, le deseaba buena suerte a Shapner en lo que planease para sí mismo. No obstante, como ya lo había reconocido con anterioridad, ambos eran incompatibles en tantos aspectos que era imposible que continuasen caminando juntos por el mismo sendero. Era tiempo de soltar sus manos y separarse; era tiempo de cortar el delgado hilo que los unía.
– ¿Podríamos dejar de bailar? –ya no soportando el dolor que aquellas odiosas zapatillas le provocaban, Videl, con urgencia, le preguntó a Shapner–necesito cinco minutos de descanso, el dolor de pies me está matando. Además, hace demasiado calor aquí; me apetece un poco de aire fresco.
– Claro, busquemos un lugar que esté menos concurrido–aunque le hubiese encantado seguir bailando, Shapner, sin querer ser descortés, accedió a la petición de su novia sin sospechar que esa sería la última vez que podría pensar en ella de esa manera.
Tal y como entraron, Shapner y Videl abandonaron la improvisa pista de baile con una marcada lentitud que, con claridad, reflejó las dificultades que ella padecía para moverse con comodidad. Entretanto, armándose de valor, Videl avistó a lo lejos las puertas cerradas de uno de los varios balcones de la alcaldía, tal lugar, por su soledad, era el sitio ideal para platicar a solas con Shapner.
Una vez allí, asegurándose que nadie más los estuviese viendo para evitar que Shapner se sintiese humillado en público, Videl, como nunca antes lo ha hecho, abriría su corazón ante el rubio para confesarle la cruel realidad. De un tirón, sin dudarlo ni un segundo, Videl le quitaría la venda que ella misma le colocó y que lo ha mantenido cegado con aquella dulce mentira.
Era casi un hecho que Shapner no volvería a ser el mismo, el impacto de tal revelación provocaría un enorme cambio que, tanto física como psicológicamente, repercutiría en él hasta su lecho de muerte. Una enorme ansiedad la invadió, a medida que avanzaron tuvo problemas para mantener el equilibrio y no tropezarse con sus tacones. Fue un recorrido tenso y agónico para ella.
Con cada paso que daba, Videl, recordando aquellas películas y telenovelas que tanto le encantaban a Ireza, se vio tentada a usar alguna de las frases que escuchó en ellas. Creyó oír en su cabeza las trilladas excusas de "no eres tú, soy yo", "te mereces a alguien mejor" y la clásica: "no estoy preparada para tener una relación". Aún así, tales pretextos poseían una cuota de validez.
Ya que, para bien y para mal, tales argumentos eran una muestra fidedigna de sus sentires.
– Hola, disculpe que los interrumpa; pero me gustaría conversar con ustedes dos para…
Deteniéndose en seco, haciendo una parada no planeada, Videl y Shapner se vieron interceptados por uno de los poquísimos reporteros que tenían la autorización para estar presente en la fiesta. El rubio, no ocultando su sorpresa en su rostro, se quedó callado y perplejo mientras buscaba la manera de responder. Conociendo a Videl, Shapner presentía que ella no estaría nada contenta.
Y efectivamente, la ojiazul, mordiéndose la lengua, soltó un suspiro cargado de frustración al verse atrapada por aquel sujeto. Shapner, reponiéndose de la sorpresa, intentó escaparse de la entrevista que dicho periodista quería hacerles a ambos. Escribir un reportaje de la hija de Mr. Satán y su nuevo, o, mejor dicho, su primer novio, era algo que vendería muchos ejemplares.
– Si quieres habla con él, yo iré a afuera por un poco de aire fresco–soltándose del brazo de Shapner, Videl alejándose con cautela, le conversó al rubio y luego al entrometido reportero–lamento mucho no poder quedarme, pero me siento sofocada y quiero refrescarme un poco.
– ¿Estás segura, Videl? –no muy convencido, Shapner le preguntó.
– Sí, adelante–distanciándose más, Videl les sonrió con nerviosismo–estaré esperándote en ese balcón, si no me refresco me desmayaré del calor.
Y sin más, no dándoles a ninguno de los dos la oportunidad de replicar, Videl se giró sobre sus talones y retomó la caminata eludiendo a los demás invitados en la gala. Shapner, sin decir nada, la observó salir de la sala principal perdiéndose de su vista casi instantáneamente. Así pues, ya sin ella a su lado, Shapner se volteó para contestar a las preguntas que le hiciesen.
Aunque mantenía a Videl en sus pensamientos, dibujándose en sus labios una amplia sonrisa, Shapner experimentó una gran felicidad al ser el foco de la prensa. Le cuestionaron su origen, cómo había conocido a Videl y qué se sentía ser el yerno de un héroe mundial. Sus respuestas, largas y elocuentes, comprobaron lo orgulloso que estaba por ser parte de la familia Satán.
Exagerando de más, queriendo endulzar su relato para, según él, maravillar a los lectores, Shapner dejó correr su imaginación al cambiar varios acontecimientos a su favor. Cualquiera que no lo conociera, basándose en su historia, creería que Shapner y Videl eran una pareja sacada de las páginas de un cuento de hadas, donde el amor, desbordadamente, corría a raudales como un río.
Veinte minutos más tarde, luego de saciar la curiosidad de su entrevistador, Shapner se despidió de él completamente mentalizado en reencontrarse con Videl. En el trayecto, no sin antes tomar dos copas con agua helada, conversó con un par de meceros que le ofrecieron una bebida. Y al fin, con algo de prisa por reunirse con ella, Shapner empujó la ventanilla abierta saliendo al exterior.
– ¡Videl…!
Las elegantes zapatillas de Videl, las que él mismo le ayudó a Mr. Satán a escoger para ella, yacían tiradas y olvidadas en el piso. El viento gélido y potente, característico de una noche de invierno como aquella, golpeaba su largo cabello suelto forzándolo a sacudirse a su ritmo. Y ella, sostenida por los brazos del Gran Saiyaman, era prisionera de la boca de éste al compartir un beso.
No obstante, no fue el sonido de su voz el que provocó su abrupta separación, el responsable de tomarlos desprevenidos fue el ruido del cristal al romperse. Shapner, inconscientemente, soltó los vasos que traía consigo cuando los encontró besándose. Videl, alterada, se mostró genuinamente asustada; el Gran Saiyaman se mantuvo firme en su postura al notar su repentina llegada.
Shapner no quiso admitirlo en ese instante, pero su añeja fantasía con Videl murió en ese momento.
– Prepárate, chico. Él está a punto de llegar, no vayas a olvidar el plan…
Sacándolo de los dolorosos recuerdos de ayer, Van Zant, hablándole por medio de un audífono que ocultaba en su oído derecho, le hizo olvidarse de la imagen de su ahora "exnovia" para meterse de lleno en la que sería, al menos para él, la pelea del siglo. Así pues, elevando la mirada hacia el cielo, Shapner lo vio flotando en el aire muy por encima de él.
Aterrizando con fuerza, muy probablemente para intimidar, el Gran Saiyaman creó un pequeño cráter en el pavimento al plantarse unos metros por delante del rubio. Llenando sus pulmones de oxígeno, dando grandes bocanadas al respirar, Shapner apretó sus puños enguantados y no vaciló al aproximarse a su enemigo, el cual, imitándolo, también cerró la brecha que los distanciaba.
No le importaban sus supuestos poderes, ni su propia seguridad. Esa era una batalla que no se permitiría perder.
– ¡Dónde diablos están!
El desastre que se observaba en aquella habitación, por más exagerado que pudiese sonar, daba la impresión de haber sido creado por algún huracán. Cajones abiertos, ropa tirada por doquier y la cama desarreglada sólo eran una diminuta muestra de aquel desorden. Sin embargo, lejos de terminarse, dicha tormenta continuaba en la forma de una jovencita de cabellos negros.
Videl, buscando como una loca entre sus esparcidas pertenencias, maldecía su mala suerte al no encontrar las llaves de su helicóptero. Faltaba menos de una hora para el mediodía, si no se apuraba, llegaría demasiado tarde a detener aquella maldita locura. Habiendo desperdiciado tiempo valioso, cayendo víctima del cansancio acumulado, Videl se quedó dormida.
Hoy debió ser una mañana brillante y esplendorosa para celebrar. Se suponía que hoy marcaría el inicio de una nueva etapa en su vida que, en el futuro, la transformaría en una renovada defensora de la ley. Pero eso, para su desgracia, no fue el caso. Cuando al fin parecía que salía de aquel profundo hoyo donde había caído, Videl, trágicamente, cayó en otro igual de hondo y lúgubre.
Deteniéndose, quedándose estática justo en el centro de su dormitorio, Videl trató de tranquilizar su agitada respiración, mientras observaba, lentamente, cada una de sus posesiones personales que yacían derramadas por todas partes. Justo en una esquina, como si fuesen un par de objetos poseídos que jamás desearía usar otra vez, se encontraban tanto su vestido como sus tacones.
Callada, con un silencio sepulcral, Videl se aproximó a ellos arrodillándose ante éstos. Sintiendo en sus palmas la delgadez de la tela púrpura, Videl aún llegaba a oler algunas diminutas partículas del perfume que Shapner usó ayer en la noche. Suspirando, cayendo sentada sobre la alfombra, Videl se repetía hasta la saciedad que hizo lo correcto; tomó la decisión correcta.
Sin embargo, como una cruel broma del destino, los acontecimientos dieron un giro que no imaginaba.
Viéndose a ella misma en el pasado, la otrora justiciera, sumergiéndose en sus recuerdos, evocó cuando abandonó la concurrida y calurosa fiesta en su honor, para, urgentemente, tomarse un merecido descanso de tanta algarabía. Así pues, hallando refugio en uno de los muchos balcones del ayuntamiento, Videl se separó de Shapner sin mirar atrás.
– ¡Gracias al cielo, aire fresco!
Dándole la bienvenida, siendo lo primero que notó al salir, el frío viento nocturno la impactó de lleno agitando su largo cabello negro, obligándola, consecuentemente, a cerrar sus párpados ante el vigoroso recibiendo de las ráfagas. Empero, haciéndolo gustosamente, Videl sonrió complacida al percibir una inmensa sensación de alivio al liberarse del asqueroso bochorno que la asfixiaba.
Girando su cuello, sintiendo como su piel sudorosa le agradecía por refrescarla, Videl se moría de ganas por volver a casa para darse una ducha helada. Tan pronto como pudiese pararse debajo de la regadera, se quitaría las numerosas capas de maquillaje que tanto trabajo le costaron a Ireza aplicar; asimismo, lavaría su cabellera para remover el fijador que la rubia le colocó.
– ¡Ya no soporto estas malditas porquerías!
Agachándose, sin soltarse de la barandilla perimetral para ayudarse a mantener el equilibrio, Videl levantó la falda de su vestido para tener acceso a sus tobillos, en los cuales, sujetándose a ellos con dos correas, observó las altas zapatillas que venían torturándola desde el momento en que supo que tendría que usarlas. Por ende, con fiereza, Videl procedió a soltarlas para quitárselas.
Podría sonar tonto o ridículo, pero para Videl fue una bendición caída del cielo. La sensación de sentir como las plantas de sus pies tocaban por completo el suelo la maravilló, jamás pensó que algo tan simple pudiese ser tan satisfactorio. Si bien el ruido de la música en el interior alcanzaba a oírse donde se ubicaba, Videl juraría que escuchó como sus huesos crujieron al encoger sus dedos.
Nunca más, se dijo a sí misma, nunca más volvería a cometer el error de ponerse ningún tipo de calzado similar. No obstante, por más cómoda que se sintiese físicamente, en sus adentros continuaban revoloteando sus ansias por cortar el cordel que la mantenía unida a Shapner. Tal vez no fue tan malo que aquel periodista apareciese, así podría tener unos minutos para pensar.
– Lamento mucho interrumpirla, pero ya no podía seguir escondiéndome más…
Asustándola, provocándole un susto de muerte, Videl reconoció aquella inesperada voz girándose de inmediato para encararlo. Empero, para su sorpresa, no vio a nadie frente a ella.
– Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que conversamos, señorita Videl. Y debo decirle, que se ve especialmente hermosa esta noche…
Buscándolo, mirando tanto a la derecha como a la izquierda, la hija de Mr. Satán casi perdió la razón cuando su búsqueda no dio frutos. Pero, encendiéndose como una bombilla, Videl tuvo la idea de alzar la vista logrando dar con su ubicación. Allí estaba él, flotando unos diez metros por encima de ella, tal altura la llevó a comprender por qué no había notado su presencia en un inicio.
Con lentitud, descendiendo con una parsimonia que le resultó eterna a Videl, el Gran Saiyaman se posó a una corta distancia de ella luciendo aquella boba y estúpida sonrisa que, tantas veces, llegó a resultarle insoportable. Pero, a diferencia de tales ocasiones, Videl no lo insultó ni le gritó quedándose enmudecida e inmóvil sin poder borrar su cara de sorpresa.
– Vuelvo a disculparme con usted, señorita Videl. Sé que esta no es la forma más adecuada de verla, pero no tuve más alternativa–manteniendo sus modales, el Gran Saiyaman le hablaba con su acostumbrada amabilidad–escuché hace unos días en la televisión que la condecorarían por sus servicios a la ciudad, y bueno, pensé que lo más correcto que podía hacer era felicitarla en persona.
– ¿Qué haces aquí? –reponiéndose con rapidez de su asombro inicial, la ojiazul, empleando el tono con el que solía intimidar a sus rivales, le preguntó el motivo de su aparición.
– Acabo de decírselo, quería felicitarla en persona por…
– No pretendas jugar conmigo, Gohan. Quiero saber por qué estás de aquí, no me mientas–sin bajar sus defensas, Videl lo interrumpió sintiendo un muy mal presentimiento de todo esto–y escuchaste bien; sé que eres tú, Gohan. Estoy completamente convencida de que eres tú, así que cualquier excusa barata que uses para negarlo no servirá de nada. Así que déjate de juegos y dime por qué estás aquí…
A pesar de que no podía ver su rostro por culpa de su casco, Videl, sin temor a equivocarse, apostaría lo que fuese a que su expresión facial reflejó un atisbo de perplejidad.
– De acuerdo, no tiene sentido continuar con esta mentira. Tienes razón, Videl; siempre la has tenido. Soy yo, soy Gohan…
Aquello sí que la dejó perpleja, no se lo esperaba. Hubiese esperado, como era normal, un millar de excusas para negarlo; de hecho, ya estaba preparada para recurrir a los indicios que recolectó por meses para desenmascararlo. Pero, con una facilidad casi irrisoria, el chico que se empeñó una y otra vez en huir de sus acusaciones, las enfrentaba, finalmente, admitiendo la verdad.
Videl, quedándose estupefacta, se preguntó si realmente este era el mismo Gohan que parecía morirse de pánico al confrontarlo con las inusuales coincidencias entre él y el superhéroe. Aún así, teniendo una pizca de felicidad, Videl se vio liberada de una carga que la venía aplastando desde hacía mucho. El misterio de descubrir quién era el Gran Saiyaman la agobió; la llevó al límite.
Como un rayo, casi al instante, se le vino a la mente aquella imagen de sí misma destrozando todas las pistas y evidencias que recopiló, cuando, al ser el génesis de su declive, Shapner la salvó de haber muerto en aquel tiroteo. Confirmar que Gohan era el Gran Saiyaman iba más allá de una simple victoria, era sanarse de una enfermiza obsesión que la empujó a cometer graves errores.
– He estado pensando mucho en los últimos días, me di cuenta que me cansé de esconder lo que siento y lo que soy–mirándose a él mismo, Gohan le afirmó con voz decidida, pero con matices de tristeza–cuando llegué a Ciudad Satán y me di cuenta de todo el caos que sacudía las calles, no pude resistirme a la tentación de hacer algo. Así que no dudé en usar mis poderes para ayudar a los demás, pero eso pronto me trajo un problema: corría el riesgo de ser descubierto.
En tanto Gohan le hablaba, Videl, teniendo otro súbito terremoto mental, rememoró aquellos testimonios que escuchó sobre un sujeto de cabellos dorados que, usando alguna especie de magia, detuvo un robo a un banco además de arrestar a sus perpetradores.
– Toda mi vida la viví en las montañas, lejos de esto–extendiendo un brazo, Gohan señaló la bulliciosa y vasta Ciudad Satán iluminada por miles de luces artificiales–y al venir aquí, muchas cosas fueron extrañas y nuevas para mí, eso me hizo dudar varias veces a medida que conocía a más personas. Tal dilema me llevó a ponerse este disfraz, nunca me importó si se burlaban de mí, me sentía a salvo y seguro al ponérmelo.
– Eso parece tener sentido, pero me sigo preguntando cómo puedes hacer todas esas cosas que te he visto hacer. Al principio creí que debían ser trucos; aunque sospecho que es algo mucho más complejo que eso.
– Te debo muchas explicaciones, lo sé. Pero creo que ahora no es el momento ni el lugar correcto para eso–dando un vistazo hacia atrás, Gohan podía ver de reojo a los invitados dentro del ayuntamiento a través de las ventanas–como te decía, he estado pensando en mi vida y en las cosas que vendrán para mí en el futuro, fue por eso que ayer decidí no ir a la escuela. Necesitaba un rato a solas para mí mismo, sin mi familia ni nadie del salón rodeándome.
– Ahora comprendo por qué faltaste a clases ayer, Ireza se preocupó mucho por tu ausencia…–cruzando sus brazos, Videl empezaba a notar como la temperatura bajaba cada vez más con el transcurso de los minutos–varios profesores entregaron nuestras calificaciones finales, es casi un hecho que te graduarás como el mejor alumno de toda la clase.
– Eso alegrará mucho a mi madre–riéndose un poco, Gohan caminó hacia Videl hasta colocarse a pocos centímetros de ella, para luego, con un dedo, apuntarle a la medalla que traía en el cuello–Videl, no te mentí cuando llegué; en verdad quiero felicitarte por tu condecoración. Es más que merecida, arriesgarse para salvar a otros es una decisión que no cualquiera se atreve a tomar.
– Gracias…–algo escueta, Videl todavía no terminaba de creer que el Gohan que tenía frente a ella era el mismo chico tímido y reservado que conoció hace casi un año–aunque quisiera hacerte una pregunta.
– Claro, la que sea.
– Escuché que casi matas a cuatro asaltabancos hace unos días; por lo que Ireza me contó, los enviaste al hospital–si bien nunca llegó a ver ninguna de las imágenes que la televisión mostró al respecto, Videl, aún con dudas, quería una confirmación del mismísimo Gran Saiyaman– ¿por qué hiciste eso, Gohan?
– Porque perdí la cabeza; perdí el control–avergonzado, no esperándose que ella le preguntase sobre aquello, Gohan le agradecía al cielo por no haberse quitado su casco; de haberlo hecho, Videl hubiese visto su cara llena de vergüenza–fue un muy mal día para mí, claro, eso no justifica lo que hice y me arrepiento de haberme excedido. Pero la razón que me hizo perder la cabeza, es la misma razón que me trajo hasta aquí esta noche.
– ¿Qué…? –confundida, sumamente intrigada, Videl llegó a olvidarse que su padre y Shapner estaban a pocos metros de ella– ¿de qué estás hablando?
– Me tardé mucho tiempo en comprenderlo, demasiado para mi gusto, pero al fin entendí que tienes un valor muy grande para mí–derrotando sus propios miedos, Gohan fue sincerándose más con ella–te admiro por todo lo que representas y has logrado, te quiero como la amiga que fuiste para mí desde que llegué a la escuela. Pero eso no fue suficiente, admirarte y quererte fue sólo el principio. Al final del camino, terminé enamorándome de ti.
Videl, atragantándose con su propia incredulidad, creyó revivir la conversación que sostuvo con Ireza días atrás, cuando la rubia, diciéndole sus sospechas sobre los sentimientos de Gohan hacia ella, la dejaron igual de pasmada que ahora. No obstante, por más que intentó detectar alguna falsedad no lo consiguió. Gohan, sin más engaños, estaba siendo totalmente honesto con ella.
– Eres muy hermosa, Videl. Tus ojos, tu cabello; todo me encanta de ti. Todo–sonriéndole, Gohan no pudo impedir que sus mejillas ganaran un notorio tono carmesí–pero no pienses que sólo me gustas por tu apariencia, tu belleza no es lo único que adoro.
– Gohan, yo…
– He podido conocerte mejor en los últimos meses, Videl. He visto con mis propios ojos la clase de persona que eres, tienes tantas cualidades que no sé por cuál comenzar–con su corazón bombeando a toda máquina dentro de él, Gohan se sentía más cómodo consigo mismo al sincerarse con ella–aunque también comprendo que es muy probable que no sientas lo mismo por mí, eso es algo que me entristece pero que respeto.
Videl, viéndose abrumada por tales afirmaciones, incluso se vio tentada a regresar al interior de la alcaldía, para marcharse, rápidamente, de vuelta a su casa. Empero, Gohan, quien tenía que descargar todo lo que acumulaba en su ser, no dejó de hablar.
– Sé que es difícil de entender, te juro que no estoy mintiendo ni tampoco me he vuelto loco…–Gohan, batallando por aclararle un detalle crucial sobre su propia naturaleza, balbuceó con notoriedad–una de las razones por las que tengo poderes es que no soy totalmente un ser humano, sólo la mitad de mí lo es. La otra mitad es, por más descabellado que suene, de otro mundo.
– ¡Qué! –No teniendo ni la más mínima idea de lo que hablaba, Videl, muy preocupada, comenzaba a preguntarse si Gohan había bebido antes de ir a buscarla– ¿escuchaste lo que acabas de decir?
– No estoy loco, Videl. Sé que suena como una locura, pero es la verdad–sabiendo que ella no le estaba creyendo, Gohan, haciendo algunos ademanes, trataba de darle coherencia a lo que deseaba decir–mi padre no era un ser humano; era de otro planeta. La raza a la que pertenecía mi padre se caracterizaba por ser muy hostil y salvaje, por ese motivo fue que perdí el control de mis acciones y envié al hospital a esos asaltabancos.
– Gohan, si esto se trata de una broma de mal gusto te advierto que no me está haciendo reír– empezando a enfadarse, Videl se repuso de la inesperada confesión de amor de su acompañante– ¿pretendes que crea que eres una clase de extraterrestre que tiene apariencia humana?
– ¡Sí, exacto! –Exclamando, Gohan, tomándola por los hombros con suavidad, se reclinó hacia ella–parece un disparate; lo sé, pero ese es mi origen. No eres ninguna tonta, eres una mujer muy lista con una mente brillante, sé que te darás cuenta que no te miento si análisis los hechos.
– ¿Estás consciente de lo ridículo que suena todo esto?
– Sí, lo entiendo–apretando con delicadeza su sujeción sobre ella, Gohan, susurrándole, quiso borrar la imagen de un lunático que construyó en segundos, para, racionalmente, invitarla a pensar–te lo ruego, Videl. Piensa en todo lo que te he dicho, piensa y analízalo con ese formidable raciocinio que tienes.
– Pero, Gohan…
– ¡Hazlo, te lo suplico!
Exhalando un suspiro, la pelinegra, soltándose de las manos de Gohan, caminó descalza por el balcón hasta llegar al extremo opuesto de éste. Allí, sin importarle que el gélido viento la envolviera y vulnerara la delgadez de la tela de su vestido, la hija de Mr. Satán le concedió a Gohan su petición aferrándose a la baranda que evitaba que cualquiera cayera al vacío.
Mirando las luces de la ciudad, Videl, inclinando su vista hacia el cielo nocturno, alcanzó a ver las muchísimas constelaciones que integraban el firmamento encabezado por la luna. Así pues, contemplando las estrellas, Videl se debatió la veracidad de la loca historia de Gohan, cuestionándose, con seriedad, la posibilidad de la existencia de vida inteligente en otros mundos.
No era ninguna científica ni mucho menos una astrónoma; sin embargo, al usar su sentido común, Videl concluyó que el universo era infinitamente grande e inimaginable. En un sitio tan enorme como el cosmos, por simple lógica, debía de haber incontables galaxias repletas de planetas. Y en uno de esos planetas, en al menos uno sólo, cabía la probabilidad de albergar seres vivientes.
– Suponiendo que no te has vuelto loco y que todo esto no es una pésima broma; pues sí, es posible que en algún otro rincón del universo exista vida–empleando su inteligencia; la misma inteligencia que la llevará a ser una destacada jurista, Videl retomó la conversación al hacer deducciones en voz alta– ¿pero cuántas probabilidades de hay de que casualmente; a pesar de ser una forma de vida de otro planeta, tu padre tenga la apariencia de un terrícola y que sea posible que conciba un hijo con una mujer humana?
– Entiendo tu punto, las implicaciones genéticas para que tal cosa sea posible son increíblemente complicadas–también usando su cerebro para pensar con sensatez, Gohan validó su observación–pero contra todo pronóstico, es un hecho real. Es más, yo no soy el único saiyajin que vive en la Tierra, hay tres más, incluido mi hermano menor.
– ¿Saiyajin?
– Ese es el nombre de la raza de mi padre, yo soy mitad humano y mitad saiyajin.
– Supongamos por un segundo; sólo por un segundo, que te creo–aún escéptica, Videl no se atrevía a aceptar por completo la disparatada explicación de Gohan– ¿eso significa entonces que yo no podría aprender a volar como lo haces tú?... ¿al ser una humana no puedo volar igual que tú?
– Sí puedes aprender a volar, que seas una humana no es impedimento para que controles tu ki–sonriente, dándose cuenta de que Videl ya no dudaba como al principio, Gohan volvió a cerrar la distancia entre ambos–tengo amigos que son humanos que también pueden volar, todos podemos hacerlo gracias a nuestro ki.
– ¿Ki?
– Sé que es demasiada información para una sola noche, te prometo que en otra ocasión te explicaré todo con más detalles–aseverándole, Gohan le sonrió–en resumen: el ki es la energía vital que existe dentro de todos los seres vivos. Un artista marcial, con el debido entrenamiento, es capaz de controlarlo para realizar muchísimas técnicas de combate; entre ellas, el vuelo.
– Gohan, respóndeme una cosa más y quiero la absoluta verdad–la otrora justiciera, trayendo a colación una duda que la ha perseguido desde hacía siete años, se dispuso a despejarla al fin– ¿fueron tus amigos y tú los que aparecieron en el Torneo de Cell?... ¿eran ustedes ese grupo de desconocidos que peleó contra Cell?
Borrándole, de un plumazo, la sonrisa de los labios, la pregunta de Videl propició que Gohan se tensara y agachara la cabeza con vergüenza. Videl, sin dejar de mirarlo, fue acercándose con lentitud hacia él, deteniéndose, justamente, cuando las puntas de sus pies desnudos tocaron las botas del superhéroe. Ahora, siendo su turno para aferrarse a él, Videl lo tomó de las manos.
Y al hacerlo, sorprendiéndose casi en el acto, Videl se dio cuenta como éstas temblaban, como si Gohan, librando batalla interna consigo mismo, estuviese esforzándose por retener y reprimir una avalancha de emociones. Tal descubrimiento le hizo arrepentirse de su pesquisa; no obstante, sabiendo que ya no podía dar marcha atrás, Videl intentó ser más amable con su curiosidad.
Así pues, humedeciéndose los labios, Videl apretó con firmeza y empatía los temblorosos puños de Gohan, el cual, dando la impresión de reaccionar, enderezó su mirada conectándola con la de Videl. Los dos, quietos y silenciosos, permanecieron en aquella posición por unos segundos, hasta que Gohan, con tono vacilante, aparentaba estarse preparando para responder.
– ¿El niño que estaba en ese grupo de extraños eras tú, verdad Gohan? –nuevamente, con cuidado, Videl fue aún más específica al modificar su gran interrogante.
– Sí, éramos nosotros–con voz casi inaudible, Gohan le replicó–y tienes razón otra vez, era yo.
Callándose, concentrándose en debatir con ella misma, Videl comenzó a contabilizar todas las contradicciones y cosas extrañas que había notado sobre la gran victoria de su padre. Cada vez que Mr. Satán alardeaba al respecto, Videl, prestando atención, se percataba cómo él cambiaba sutilmente la versión cuando contaba un detalle en particular de su lucha contra Cell.
Enseguida, como un torrente feroz de ideas, Videl recordó como su padre eludía y titubeaba al preguntarle sobre los hombres desconocidos de cabellos rubios. Mr. Satán, sin decir más, siempre respondía alegando que esos sujetos no eran más que unos charlatanes y unos estafadores. Videl, guardando silencio, se limitaba a escucharlo; aunque no creía en nada de lo que decía.
– Jamás pensé que asistir a este estúpido baile fuese a terminar siendo la noche más reveladora de mi vida…
– Videl, no es mi intención hacer lucir mal a tu padre.
– No se trata de hacer lucir mal a nadie; se trata de saber la verdad–todavía sin soltar las manos de Gohan, Videl le conversó con tranquilidad y alivio–por mucho tiempo tuve mis dudas, había tantas cosas que me parecían no encajar. Ahora todo tiene sentido, ya no me queda la menor duda que mi familia ha vivido por años presumiendo una mentira.
– Además de haber venido a verte, también estoy aquí por alguien más…
Si bien disfrutaba de su cercanía con Videl, Gohan, endureciéndose poco a poco, oyó un grito en su cabeza que le recordaba el otro motivo de su presencia allí. Por ende, detectando los varios ki dentro del ayuntamiento, el Gran Saiyaman localizó el que buscaba descubriendo que no se hallaba muy lejos de ellos. Ya era hora de terminar con la diplomacia; era hora de luchar.
– ¿A qué te refieres con "alguien más"? –sintiendo una punzada en su pecho, Videl volvió a subir su guardia.
– Me gustas, Videl. Me gustas mucho, yo me enamoré de ti–presionándola suavemente contra la barandilla, Gohan se olvidó de su pelea con Cell para apuntar a su próximo adversario–una parte de mí te ama con tanta locura que me asusta, los celos y la envidia me han hecho cometer errores terribles. Pero también entiendo que es ridículo que mágicamente sientas lo mismo por mí, sería absurdo suponer que lo harías.
– No estoy comprendiendo, Gohan…
– Si no sientes nada por mí, por mucho que me duela, lo entenderé y lo respetaré. No me atreveré a obligarte a amarme–sin renunciar a la honestidad, Gohan le reiteró sus sentimientos por ella–pero eso no significa que me quedaré de brazos cruzados viéndote atrapada en un engaño, vine hasta aquí esta noche para ponerle fin a tu esclavitud. Pienso liberarte de tus cadenas, Videl. Te prometo que serás libre; serás libre para entregarle tu corazón al hombre que desees sin que haya trucos de por medio.
Videl, sin saber qué responder, no terminaba de comprender. Sin embargo, evocando los roces y choques que Gohan tuvo con Shapner en días anteriores, la pelinegra, abriendo los ojos por completo, se dio cuenta de lo que Gohan quería darle a entender.
– No sé exactamente qué te habrá dicho Shapner para obligarte a ser su novia, pero sé que no lo amas. No sólo lo puedo ver; lo puedo sentir. No lo amas, no sientes nada por él. Nada–más airado, pero sin gritar, Gohan dejó salir un ápice de su rabia contra el rubio–sé por qué lo hiciste; sé por qué no te negaste a sus artimañas. Te sientes culpable de lo que le ocurrió en aquel tiroteo, haberlo visto casi morir te devora la conciencia. Y él, como una rata sinvergüenza, se aprovechó de tu remordimiento para sacar ventaja sobre ti.
– ¡Basta, no sigas! –Interrumpiéndolo, Videl rompió abruptamente la unión de sus manos–no tienes ni la menor idea de lo que realmente pasó entre nosotros; así que no pretendas saberlo todo de mí.
– Pero Videl…
– Es cierto que no siento nada por él; no lo amo, no te equivocas en eso–atreviéndose a reconocerlo abiertamente, Videl se apuntó a ella misma con un dedo–pero Shapner nunca se ha aprovechado de mí, de ninguna manera. Shapner ha sido todo un caballero conmigo.
– No tienes que defenderlo, no se lo merece.
– No sabes lo que dices, Gohan–reprochándole, Videl le objetó–es verdad que nuestra relación es una farsa, pero yo acepté voluntariamente a estar con él. Shapner nunca me engañó ni me obligó a nada, él es un buen hombre; un buen amigo.
– ¡Abre los ojos, Videl! –Terco, Gohan se negaba a creer tal cosa–he visto la forma tan repugnante con la que él te mira, no es más que un fanfarrón que te usa como trofeo. Cuando se le presente la oportunidad hará lo que sea por aprovecharse más de ti, por eso he venido a ponerle un alto.
– ¡Entiéndelo de una vez, él no se ha aprovechado de mí! –molesta, ya no preocupándole si alguien la escuchaba dentro de la alcaldía, Videl se vio tentada a abofetearlo– ¡yo fui la que se aprovechó de él, la que ha estado manipulándolo a su antojo todo este tiempo he sido yo!
Jadeante, respirando sonoramente, Videl tragó saliva mientras se quedó paralizada mirando a Gohan, el cual, sin hacer ruido, se mantenía en su lugar sin romper el contacto visual. La pelinegra, sintiendo como una ráfaga de viento helado sacudía su cabello, escuchaba el eco de su propia voz resonando dentro de ella, repitiendo, hasta el cansancio, la última frase que vociferó.
Pestañeando, aún sin alegar nada más, la hija del campeón mundial se dio cuenta de cómo un inesperado alivio recorrió su espalda. Haber gritado aquello, funcionando como una pequeña catarsis, facilitó que expulsara gran parte de la culpa y arrepentimiento que traía acumulando en sus entrañas. Si Shapner la hubiese oído, en cierta forma, le habría ahorrado muchísimo trabajo.
No obstante, regresando su atención a Gohan, Videl veía con angustia como sus sospechas se confirmaron al escuchar los equivocados argumentos del superhéroe. Gohan, desde un inicio, entendió todo mal; había apuntado a la víctima y al victimario erróneamente. Videl, deshonrando su legado justiciero, acabó convirtiéndose en aquello que tanto combatió por años.
Ella, impulsada por el miedo y la desesperación, cruzó la línea interpretando el papel de la villana. Y para empeorar las cosas aún más, Gohan, tomándose demasiado en serio su personaje de héroe de historietas, se disponía a lanzarse contra Shapner creyendo que la rescataría al mejor estilo de una damisela en apuros. La ironía, burlándose de ella, sólo volvió su situación mucho más amarga.
Y desgraciadamente para Videl, los futuros acontecimientos se agravarían todavía más.
– Sabía que las cosas eran muy graves, pero jamás imaginé que tanto–Gohan, recuperando la elocuencia después de un minuto, le afirmó con desconsuelo–lo que Shapner te ha hecho no tiene perdón, es completamente imperdonable. Nunca creí que fuese capaz de manipularte a tal extremo, te ha convertido en una marioneta.
– ¡Qué!
– La Videl que recuerdo; la verdadera Videl, nunca se hubiese echado la culpa para que el auténtico culpable quedase impune–demostrando que no le prestó nada de atención a lo que Videl le dijo, Gohan, aferrándose a sus propias conjeturas y creencias, se negaba a considerar la posibilidad de que Videl fuese la responsable de todo aquello–me prometí a mí mismo no arrebatarle la vida a Shapner, esa es una promesa que no pienso romper; pero me aseguraré que no olvide la lección que le daré. Recordará por el resto de su miserable existencia que no debe volver a acercarte a ti jamás.
– ¡Maldita sea, Gohan! –Pasmada, aterrada de lo que acababa de escuchar, Videl casi entra en pánico– ¿acaso no escuchaste nada de lo que te dije?... ¡la culpa es mía, sólo mía!
– Videl, te doy mi palabra solemne, me encargaré de que vuelvas a ser libre–aproximándosele otra vez, Gohan se atrevió a sujetar su rostro con sus manos mientras se inclinaba hacia ella–me cueste lo que me cueste, te prometo que volverás a ser feliz…
Videl, viéndose notoriamente incómoda, se sentía como si estuviese atrapada en una montaña rusa, donde, en menos de un parpadeo, pasó de repentinas confesiones de amor a verse envuelta en lo que podría terminar siendo una masacre. Empero, no dándole la oportunidad de continuar pensando con claridad, Gohan la haló con suavidad hacia él uniendo sus labios con rapidez.
En el pasado, en más de una ocasión, Ireza le había comentado sobre lo mágico y romántico que era cuando un chico le robaba un beso a una chica. Sin embargo, no creyendo lo mismo que la rubia, Videl se vio aturdida por tan efusiva demostración de afecto que; aunque fuese honesta, no gozaba de su permiso. Y si bien Gohan no la sostenía con violencia, ella intentó soltarse de él.
– ¡Videl…!
Igual de sorpresivo, logrando notar como su nombre era pronunciado, Videl giró sus ojos a un costado, pudiendo ver, por encima de los hombros de Gohan, una silueta masculina muy familiar. Aún así, no fue hasta que se alcanzó a escuchar como algo hecho de cristal se rompía en mil pedazos, que Gohan, al fin soltándola, se apartó de ella para girar y darse la vuelta.
Lo que sucedió después de eso es la razón de su zozobra actual, ya que ellos dos, como si fuesen un par de gorilas estúpidos y sin cerebro, ignoraron totalmente sus ruegos por escucharla para retarse entre sí emulando a los gladiadores de épocas antiguas. Videl, sin que pudiese hacer algo, sabiendo de los poderes de Gohan, presenció cómo Shapner firmó su propia sentencia de muerte.
Audaces, citándose para el día siguiente en una estación de ferrocarril abandonada en las afueras de la ciudad, acordaron que allí les pondrían punto final a todas sus discordias. Sin más, habiendo conseguido lo que quería, el Gran Saiyaman, quien no le reveló a Shapner la identidad de su álter ego, se marchó volando perdiéndose en el cielo nocturno ante una Videl al borde de la locura.
Shapner, por su parte, sólo le dedicó algunas miradas evasivas sin saber que decirle. Y allí, casi sintiéndose como una asesina armada con un puñal, Videl, no teniendo más alternativas, se vio obligada a abrir aún más la herida diciéndole la verdad. Fue doloroso y duro para ellos, Videl pudo ver en la cara de Shapner como sus sueños y anhelos para el futuro se destruyeron en un soplido.
Golpeado, como si le hubiesen dado una paliza en el cuadrilátero, Shapner se apresuró a retirarse del balcón dejándola sola. De inmediato, sin tomarse la molestia de atarse sus tacones otra vez, Videl simplemente los recogió llevándolos en una mano al correr descalza detrás de Shapner. Lo persiguió sin que le importase que la mirasen, lo hacía porque temía que él la odiase para siempre.
– ¿Dónde están esas malditas llaves?
Retornando al presente, tirando de nuevo al piso su vestido púrpura, Videl buscó como una demente entre sus esparcidas ropas, sin poder sacarse, de la mente, el silencioso y tenso viaje de regreso a casa al terminarse la fiesta ayer por la noche. Con su padre junto a ellos le fue imposible hablar con Shapner; asimismo, cuando él se bajó de la limusina, se despidió de ambos sin mirarla.
Casi instantáneamente, su padre, percatándose que algo extraño le ocurría, le preguntó si se encontraba bien. La pelinegra, entendiendo que no podía decirle lo que pasó, debió recurrir a la mentira para esquivar su preocupación paternal, alegándole, superficialmente, que el baile la dejó agotada y que se moría de ganas por irse a dormir. Y para su suerte, Mr. Satán mordió el anzuelo.
Al llegar a casa, ya faltando muy poco para la medianoche, Videl se apresuró en encerrarse en su habitación a duras penas pudiendo mantenerse en pie. Mirándose en su espejo, caminando lentamente hacia él, Videl halló una nota pegada en el vidrio escrita por la mismísima Ireza, la cual, antes de marcharse de la mansión, le obsequió otra muestra de su sincera e incondicional amistad.
Espero que todo haya salido bien, no dudes en llamarme para lo que sea.
Si bien aquello fue dejado con buenas intenciones, Videl, observando su propio reflejo, se vio en la obligación de taparse la boca conteniendo sus ansias por gritar. Abrumándola, comenzando a perder el equilibrio, un mareo intenso y violento la golpeó, mientras recordaba, una y otra vez, tanto la visita de Gohan como la expresión de Shapner cuando ella rompió con él.
Ahogándola, creyendo que se hallaba en un horno, un bochorno asfixiante la forzó a quitarse su atuendo con desesperación a su vez que unas náuseas repentinas la amenazaron con hacerla vomitar. Sin embargo, arrebatándole la conciencia al desmayarse, un fulminante desvanecimiento la hizo caer sobre su cama colapsando ante la volátil mezcla de emociones que explotó en ella.
– ¿Dónde están, dónde están?
Al despertar, muchas horas más tarde, Videl descubrió que su tormento apenas había iniciado. Así pues, sin darse una ducha o tan siquiera comer algo, la otrora justiciera emprendió una demencial búsqueda por las llaves de su helicóptero, convencida, completamente, en detener aquella pelea antes de que iniciase. Lastimosamente, el reloj se volcó en su contra desde antes de abrir los ojos.
– ¡Dónde diablos están!
Neurótica, con una histeria que superaba con creces su reacción cuando se enteró que Shapner terminó hospitalizado por protegerla, Videl le propinó una furiosa patada a una montaña de ropa que yacía apilada en el piso. Y al patearla, volando por los aires entre todas aquellas prendas de vestir, un inconfundible brillo metálico se apoderó de sus retinas.
– ¡Al fin! –Recogiendo las llaves, Videl, comprobando la hora, se repetía que no podría llegar a tiempo– ¡pero tengo que intentarlo, si no hago algo Gohan podría terminar matando a Shapner!
No importándole si se ponía dos calcetines de diferentes colores, ni tampoco si su despeinado cabello le daba la apariencia de una bruja, Videl se vistió en un segundo antes de emprender una frenética maratón desde su recámara hasta la cochera de la mansión. Esquivó un millón de sirvientas; igualmente, ignoró a un preocupado Sashimi que la miró correr como una loca.
Entrando en su aeronave, escuchando como los sirvientes de su padre le gritaban a sus espaldas, Videl encendió el motor pisando el acelerador a fondo sin dudarlo. No le importó que su despegue creara una ventisca que tiró al suelo algunos de los jarrones y estatuas que decoraban el garaje, ni mucho menos que los criados de la residencia Satán se reunieran en las ventanas para verla irse.
Sin soltar la palanca de control, consultando de reojo la computadora de navegación, Videl se orientó en el brillante cielo de Ciudad Satán enfilándose hacia la única estación de tren abandonada que encontró en su mapa. Faltando cinco minutos para el mediodía, Videl, mordiéndose el labio inferior, tuvo que reconocer con amargura que no los detendría.
Rezando, elevando una plegaria, Videl les suplicaba a Gohan y Shapner que no hicieran una estupidez que los persiguiera, a los tres, por el resto de sus vidas.
Fin Capítulo Treinta y uno
Hola, muchas gracias por leer, espero que les haya gustado el capítulo. Por fin llegué a la parte del fic que me moría de ganas por contar; de hecho, me vi obligado a recortar un poco las escenas porque si no el capítulo hubiese quedado más grande. Pero les adelanto tengo pensando narrar, tanto el reto de Gohan a Shapner como la ruptura de Videl con el rubio, en el siguiente episodio.
Cuando pensé el fic en el 2015, lo primero que imaginé fue la pelea de Gohan y Shapner; aunque, para llegar a este punto, era necesario que antes estableciera toda la situación. Finalmente ese momento ha llegado, sospecho que los próximos capítulos serán igual de largos que este. Hace años me prometí no hacer de nuevo capítulos kilométricos; heme aquí haciéndolo otra vez.
Antes de despedirme, les doy las gracias a Lei1990, Akane Mitsui, Kellz19 y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.
