No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Isabella recibió varios regalos el día de su cumpleaños. A la mañana se despertó con flores. Edward le había enviado diecinueve rosas rojas en un arreglo inigualable. Más tarde la llevó a almorzar junto a Marie, y ambos la sorprendieron obsequiándole un mini vestido para su perrita Vainilla. Era un vestido de novia, con velo de tul. Y traía un collar rosa con una pequeña V con piedritas, idéntica a la de Bella y a la de su abuela.
Isabella estaba radiante, y se la veía más hermosa que nunca. Su abuela la miraba extasiada… la hacía feliz verla tan contenta. Y Edward… él estaba tan enamorado que no podía quitarle los ojos de encima, comía observándola, bebía observándola, hasta conducía observándola.
Habían ido a almorzar en el coche de Bella, pero Marie había advertido que, si conducía su nieta, ella no se subía al coche. Así que Edward fue el que manejó hasta el restaurante, y luego de vuelta a la casa. Recién cuando dejaron a Marie, Isabella pudo conducir su flamante VW. Y lo hizo muy bien. Edward pensó que siempre debería manejar ella, así él tendría completa libertad para observarla. Era lo más bello que había visto en su vida, y cuando estaba con Bella, todo lo que había a su alrededor le resultaba difuso. Había demasiada gente ese lunes en la calle, así que resultó imposible encontrar un lugar discreto para que ella cumpliera con su deseo de cumpleaños. Se sentían algo frustrados, pero no del todo. Tendrían una vida entera para cumplir sus deseos; los de ella, los de él, los de ambos.
A la tarde, llegó Alec con más regalos que Bella abría con el entusiasmo de una niña. Ahora eran tres los que observaban la dicha de la persona que más amaban en la vida.
El festejo terminaba allí porque Edward estaba cubierto de trabajo. Debía dejar todo listo para poder irse de luna de miel sin nada pendiente. Iban a disfrutar de quince maravillosos días en Playa del Carmen en un resort de seis estrellas. Al día siguiente, Edward la pasó a buscar a las siete en punto y la llevó a La Escala. Ella no podía creer todo lo que había pasado en un año.
Ese año descubrió el amor. Aprendió a disfrutar del sexo. Supo que su belleza era un arma que le podía abrir muchas puertas, pero que también podía provocar violentas pasiones. Lo más valioso que le había dejado ese año se podía resumir en una sola palabra: Edward. Y también sería lo más importante, lo más amado en los años venideros.
—Recuerdo cada detalle del día que nos conocimos —murmuró Bella una vez que se instalaron en una mesa cerca de la ventana.
—¿Qué recuerdas? —quiso saber él— Cuéntame, Princesa…
—Todo. Cuando te vi en la puerta, y me pareciste tan guapo que casi me caigo de la silla. Cuando nuestras miradas se encontraron una y otra vez… —respondió.
—Me deslumbraste, Isabella. De veras lo hiciste. Jamás había visto tanta belleza. Cuando pasaste la lengua por la cuchara, el suelo cedió bajo mis pies. Cuando desapareciste de pronto, me desesperé, mi amor.
—Doy fe de ello —acotó una voz a su lado.
Era Wylon, el mesero que había aportado su granito de arena para que ellos se conocieran.
—¡Wylon! —exclamó Bella, se puso de pie y lo abrazó.
"Qué chiquita tan linda… Y yo continúo siendo un viejo verde", pensó por enésima vez.
Edward le dio la mano mientras en sus labios se dibujaba un "gracias" silencioso.
—Es un placer verlos ¿cómo han estado? —preguntó Wylon.
—Mejor imposible. Wylon, el sábado nos casaremos y tú estás invitado —dijo Isabella, mirando a Edward de reojo.
Él asintió ¿cómo no hacerlo? El mesero había tenido una participación importante en su felicidad. Wylon los felicitó y luego les trajo el menú. Ah, el amor. La fuerza más poderosa del mundo, sin duda.
Isabella tenía un tema pendiente con Edward. Algo que no se había atrevido a preguntar. Se dijo que no podía dilatarlo más; no debían existir secretos entre ellos.
—Edward... Cuéntame lo de Tanya. Me refiero a lo del embarazo, y todo lo que me ocultaste en su momento.
Él se sorprendió tanto que casi se ahoga con la bebida. No se lo esperaba. Había enterrado el asunto de Tanya bien profundo, y no entendía cómo estaba ahora sobre la mesa.
—Bella... ¿cómo lo supiste? —balbuceó.
—Te lo diré después. Ahora cuéntame qué fue lo que realmente sucedió.
Y Edward se lo contó. Hasta el último detalle. Cuando terminó, no se atrevía a mirarla...
—¿Qué piensas, Princesa?
—Pienso que ojalá no hubieses tenido que pasar por eso. Y que ojalá hubieses confiado en mí lo suficiente para contármelo. Pero pensándolo bien, yo te he dado señales de no ser muy comprensiva, así que... Olvídalo, Edward.
—¿De verdad no estás molesta? —preguntó él, incrédulo.
—De verdad. Dime algo, ¿sientes haber perdido al bebé?
La respuesta fue inmediata.
—No. No lo siento.
—Ahora sí estoy molesta.
—¿Por qué? No quería tener un niño con ella, Bella. No la amaba. – Isabella lo tomó del rostro y lo miró a los ojos.
—Escúchame bien, Edward Cullen. Un hijo debe ser una bendición siempre. Es maravilloso tenerlo con alguien que amas, pero si no es así, no importa.
Él la observaba sorprendido. La madurez de Isabella no dejaba de asombrarlo. Tenía sólo diecinueve años, y él veintinueve, pero en ese momento se sintió como un niño a su lado.
—¿Sabes qué? Tienes razón. Aún soy un chico, ya ves —le dijo con la culpa reflejada en su verde mirada.
—¿Sabes qué? Tienes que crecer. Porque yo quiero tener muchas bendiciones contigo —respondió ella.
Edward sonrió encantado. Nunca pensó que se iba a alegrar de escuchar algo así...
—Cuenta con ello, Princesa.
Y luego brindaron por los hijos que tendrían, que luego de discutirlo un poco acordaron que serían tres. Fue un buen trato, pues ella quería cinco y él dos.
—Dime, Isabella. ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te habló de los detalles de lo de Tanya? —quiso saber él de pronto.
Y Bella le contó lo de Ben. Mientras lo hacía, el rostro de Edward se transformaba.
—¿Fuiste a bailar con ese bastardo? —le preguntó furioso.
—¿Eres sordo? ¿No escuchaste nada de lo mal que me sentía, de lo triste que estaba? —murmuró ella, dolida.
—No habrías estado tan mal, si hubieses creído en mí. Isabella.
—Pues no era la primera vez que me ocultabas algo, así que...
—¿Te gusta Ben? —le espetó él. Después de todo era un tío atractivo, con un físico trabajado en el gimnasio. Era arquitecto como él, pero sin dinero, lo que para Isabella era una ventaja. Los celos lo estaban matando.
—Tú no sólo eres sordo, también eres tonto. Oh, mierda. ¿Por qué estamos discutiendo, Edward? Se supone que éste es nuestro aniversario...
Él la observó y se puso en pie. Sin demasiada delicadeza tiró de ella y la pegó a su cuerpo. Tomó el exquisito rostro entre sus grandes manos y la besó. Una y otra vez, salvajemente, hasta dejarla sin aire.
—Feliz aniversario, Princesa —murmuró sobre su boca.
—Feliz aniversario, mi amor.
—No más secretos entre nosotros, por favor. Y no más Ben, te lo ruego —le pidió sonriendo.
—Te lo prometo. Te amo —susurró ella.
—Yo también, pero tengo deseos de matarlo...
—Edward —dijo ella, golpeándolo suavemente.
Y volvieron a besarse para deleite de todos los presentes, especialmente de Wylon, el mesero que esperaba paciente con la humeante bandeja entre sus manos.
Esa cena, fue la última vez que Isabella y Edward se vieron, por lo menos estando solteros.
Y finalmente llegó el gran día. Hacía más de veinticuatro horas que Isabella y Edward no hablaban, ni siquiera por teléfono. Marie insistió en que era lo mejor, Isabella estaba muy emocionada, y no quería que llegara al "altar" con los ojos enrojecidos de tanto llorar. El altar… hubiese sido tan lindo que su nieta no fuese tan rebelde, y tan atea. ¿Por qué no podía ser como cualquier novia y casarse ante un sacerdote? "Porque si lo hiciese así, no sería Isabella", le dijo una voz interior.
Bella era única. A veces era un torbellino; tenía tanto carácter que ganaba todas las pulseadas. Y a veces era como un ángel, con esa increíble belleza, y esa forma de ser tan tierna. Era valiente y talentosa. Marie sabía que Dios le había quitado mucho, pero también que le había dado tanto… Y también sabía que su nieta iba a ser muy feliz, pues se casaba enamorada, y con un hombre que besaba el suelo que ella pisaba.
No podía pedirle más a la vida.
Alec también estaba muy conmovido. Su hermanita, casada. Le parecía algo insólito. Por un lado, la veía como una niña traviesa, y por otro estaba asombrado de la madurez que había adquirido ese último año. La adoraba, y se la entregaría a Edward de mil amores, pues sabía que él era el único que podía hacerla feliz. Ojalá él pudiese alcanzar un tercio de esa felicidad que ellos derrochaban ese día. Y sin querer se encontró pensando en Chelsea. Hacía varios meses que no hablaban. No lo hacían desde aquel tórrido e inesperado encuentro el día del cumpleaños de Edward. Mientras su hermana jugaba con su novio en la piscina, él lo hacía en la cama de Chelsea. Habían decidido darse un tiempo para pensar. Y la boda de Isabella sería la oportunidad que Alec esperaba para retomar lo que nunca debió interrumpir. Y mucho menos por una aeromoza de plástico, casada e infiel.
Otro que se veía muy dichoso era Carlisle. Ver a su hijo tan feliz le llenaba el corazón. Le hubiese gustado que tanto Renata como Esme compartieran esa alegría con ellos, pero sabía que era difícil. Su madre estaría presente, por supuesto. Renata jamás se perdía un evento social relacionado con la familia. Ella era tan Cullen como Edward, y esa chiquilla también lo sería, así que asistiría a la boda de su único nieto y presumiría un poco. Tenía muchos motivos para hacerlo. Edward era tan guapo, e Isabella… debía reconocer que no había en su círculo social una mujer más hermosa. Tendrían niños adorables. Esperaba que los tuvieran enseguida. Sospechaba que se le estaba terminando la cuerda, y un bisnieto sería el broche de oro perfecto para su perfecta vida.
De Esme no habían sabido nada más.
A Edward eso le importaba tres pepinos. Su madre le había hecho daño a Isabella, y junto con ella, había vuelto a lastimarlo a él. El perdón estaba muy lejos de lo que Edward sentía con respecto a Esme. En eso pensaba mientras esperaba la entrada de su princesa. O más bien la salida, ya que estaban al aire libre, con el Océano Atlántico enmarcando el bello cuadro. Por eso se sorprendió de ver a su madre allí, sentada en la última fila. Estaba muy bella, con esa elegancia que la caracterizaba. Vestía de negro, y una capelina también negra, ocultaba sus rubios cabellos. Levantó la cabeza y los ojos de ella se encontraron con los de Edward. Esme estaba llorando. Era la primera vez que él la veía llorar, y lejos de conmoverse le pareció muy extraño. Sólo esperaba que no le echara a perder la boda. Ya le había arruinado la infancia, y estuvo a punto de destruir la relación que había construido con Bella. Lo único que faltaba era que montara una escenita en plena ceremonia.
Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos con la llegada de la novia. Edward sintió que el corazón se le salía del pecho cuando la vio caminando hacia él del brazo de Alec. Encandilaba de tan bella. Él esperaba que estuviese guapa, pero no se imaginaba cuán hermosa podía estar vestida de novia. Tenía el encanto de sus diecinueve años, y una elegancia innata. No podía ser de otra manera… nada de plumas, tules y tonterías. Sólo una flor a un lado de la cabeza recogiendo su cabello.
Un precioso vestido envolviendo su figura perfecta. Y esos zapatos. Edward adoraba sus eternas plataformas con tiritas, ésta vez inmaculadamente blancas. De Barbie Rosa a su mujer. Y se estremeció de sólo pensarlo. Suya…
"Hoy eres más que una princesa, hoy eres mi reina. Eres la dueña de mi corazón, de mis pensamientos, de cada uno de mis actos. Todo lo que hago es por y para ti, Isabella", pensó emocionado.
Bella tenía los ojos llenos de lágrimas. En minutos sería la esposa de Edward. Si no fuese porque su hermano la sostenía, no podría mantenerse en pie. Miró a su novio mientras se acercaba, y una vez más la abrumó esa sensación de flechazo a la que ya debería haberse acostumbrado, pero no… Jamás podría. Es que se veía tan guapo. La hamaca en la que estaba montada desde que lo conoció ascendió hasta el cielo, las mariposas estaban de fiesta en su vientre, y ella se sentía perdida, totalmente perdida de amor por él. "Eres mi principio y mi final hombre lindo. Y cuando te tome la mano, seré tu mujer ante la ley porque en los hechos ya hace mucho que lo soy. Tú me hiciste mujer, corazón… Ah, ¡cuánto te amo!".
Se veía tan tímida cuando pasó del brazo de su hermano al de su hombre…
La ceremonia duró menos de tres minutos. Fueron los que tardó el juez en leerles sus derechos y obligaciones, y declararlos legalmente marido y mujer. Ellos no escucharon ni una palabra, parecían abstraídos del mundo, mirándose a los ojos como si quisieran comerse el uno al otro. Firmaron, se colocaron mutuamente las alianzas, y luego un sacerdote amigo de Edward bendijo esa unión que según él "había sido armada en el cielo, pues un ángel los había tocado para que estuviesen juntos por toda la eternidad".
Isabella no creía en ángeles… pero una vez ese hombre hermoso le había dicho que ellos habían cantado cuando ella vino al mundo… Y si Edward lo decía, así debió ser. Ella creía en él y con eso tenía suficiente.
El beso que se dieron luego no fue nada angelical. Más bien todo lo contrario. uando el sacerdote les hizo la señal de la cruz, Edward no pudo resistir más. La elevó en el aire, y mientras ella le echaba los brazos al cuello, él le buscó la boca como un desesperado. Se besaron largamente, y estaban tan concentrados en ello, que ni escucharon los cerrados aplausos de los concurrentes.
El beso culminó en un interminable abrazo. Aún estaban fuera del entorno que los rodeaba. Eran ellos dos solos, y el mar…
—Te amo, Edward. Te amo más que a mi vida —susurró ella, emocionada.
—Y yo a ti… Ah, Isabella, tú eres mi vida —las lágrimas caían libremente por su rostro y él no hacía nada para detenerlas. Hundió su cara en el cabello de ella, y deseó no tener que quitarla de allí. Aspiró su perfume a flores, sintió el latido de su corazón en su propio pecho, y se aferró a ella como si fuese un niño.
Lentamente fueron regresando a la realidad.
En un rincón, Esme observaba el cuadro y pestañeaba una y otra vez, pues el maldito rímel se le había metido en los ojos. Años sobre un escenario lloriqueando y aún no había aprendido a usar el maquillaje adecuado para poder lagrimear sin problemas. Es que no sabía que se iba a emocionar tanto en esa boda. Todavía creía que Isabella no era la mujer adecuada para su hijo. Era demasiado joven, y esa rebeldía que adivinaba en sus ojos no era apropiada para la mujer de un exitoso empresario. Tampoco pensaba que Kate fuera la chica ideal para Edward. Esa era demasiado… tonta. Su hijo era complejo y exigente, y la estúpida de Kate no hubiera podido satisfacerlo jamás.
Finalmente, la pequeña Isabella se había llevado el premio. Sorprendente. Era muy hábil tras esa apariencia de hada buena. Esperaba que ese matrimonio durara más que los suyos. Y que no la hicieran abuela demasiado pronto, que una mujer que no representaba más de cuarenta no podía ser abuela.
Tenía que encontrar la forma de acercarse a Edward. Sabía que era difícil lograr su perdón, pero era su hijo y lo amaba. Diablos, adoraba a ese chico… ¿Cómo podían ella y Carlisle haber hecho algo tan perfecto? Era demasiado bueno para ser cierto, pero ella no se lo merecía, lo sabía muy bien. Por eso no se enojó cuando vio que Edward la esquivaba hábilmente. No quería tener ningún contacto con ella. Bien, lo entendía. Era consciente de que no había sido una buena madre. En realidad, no había sido una madre en lo absoluto, ni buena, ni mala, pero ya era tarde para remediarlo.
De todos modos, ella había asistido para una sola cosa. Era algo que había decidido hacer, y nada la detendría.
Cuando vio que Isabella se dirigía al baño, sin que nadie se diese cuenta, fue tras ella.
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¡Y hubo boda! Que emoción. Chicas, solo nos quedan 2 caps para terminar esta historia… en un rato les subiré el cap que sigue y desgraciadamente tendremos que esperar para leer el epílogo jeje
En fin… ya leí algunos comentarios que decían que no querían adelanto para LA MANERA EN LA QUE ME CONOCES… así que mañana tendremos el capítulo final! ¿Están emocionadas?
No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
