Cuadragésimo
Admito que los trece siempre me habían traído algo de mala suerte, que le tenía bastante superstición a ese número y más aún si coincidía con un martes.
Salir de mi apartamento dispuesta a enfrentarme a la primera clase de danza después de todo lo sucedido con Brian, era algo que me estuvo quitando el sueño durante las dos últimas noches. Y que justo coincidiese con esa fecha no hacia otra cosa más que provocarme un nerviosismo desmesurado. No obstante, pude conciliarlo perfectamente tras poder presentarme a la reunión con Rupert, y llegar al acuerdo de mi participación en el musical. Casi 6 meses tenía para prepararme, empezar los ensayos, conocer a mis compañeros, etc. Era demasiado buena aquella noticia como para seguir descentrada. De hecho, no sé qué me sucedió tras abandonar el restaurante la madrugada del domingo al lunes, que sentí como algo en mí había cambiado.
No volví a saber más de Quinn, ni siquiera sabía si seguía o no en la ciudad. Y ella no volvió a molestarme en aquellos dos días. Supuse que mi amenaza surtió efecto. Y tampoco Santana volvió a sacar hablarme de aquello. De hecho, apenas volvió a molestarme en aquellos días. Las veces que nos encontramos en el apartamento mantuvimos una relación respetuosa, en la que simplemente nos hablábamos por motivos puramente relacionados con nuestro hogar o con la cafetería.
Es cierto que ese distanciamiento me dolía, aunque yo ya sabía que ella estaba por la labor de arreglar las cosas entre nosotras. Sin embargo, entendí que mantenerme un tanto distante era lo mejor para evitar que de nuevo volviese a surgir disputas entre nosotras. Todo estaba demasiado reciente, y acelerar las cosas solo podía traer nuevos conflictos. Y también fue lo mejor para Kurt, que optó por mantenerse al margen tras conocer todo lo que había sucedido en el restaurante.
Dicen que cuando lo ves todo negro, el mundo entero se vuelve en tu contra para terminar hundiéndote más. Sin embargo, cuando decides enfrentarte a las cosas y tratas de sacar lo positivo, no hay nada ni nadie que consiga hacerte caer de nuevo. Y para mi sorpresa, el karma también se había puesto de mi lado y me tenía reservada una tregua que agradecía, incluso siendo martes 13.
Brian me trató como a una más. Tanto es así que incluso pude recuperar la clase que tuve que saltarme por culpa de mi catarro, y mis conocimientos de danza no se vieron perjudicados.
No hablamos de nada que no fueran pliés, fondu o échappe. Tampoco me vi en la obligación de agradecerle que evitase que Quinn terminase en comisaria aquella noche. Al fin y al cabo, fue él mismo quien me pidió que no me entrometiera más en su vida, y eso iba a hacer. Todo parecía estar bien en él, como si nada hubiera sucedido. Al menos hasta que nos indicó que debía abandonar la clase diez minutos antes para tratar un asunto personal, y yo noté como lo hacía regalándome una desafiante mirada que no presagiaba nada bueno. O al menos eso intuí.
Evidentemente no me interesé. Lo único que realmente me importaba por aquel entonces, era yo, yo y yo. Rachel Berry había dejado de sacrificar su vida por los demás. Así que, sin pensarlo, decidí continuar con mi rutina como cualquier otro día que acudía a clases.
Recoger mis pertenencias, tomar una ducha en los vestuarios y salir de allí con la intención de regresar a la cafetería, donde me esperaba un nuevo turno de trabajo. Sin embargo, no todo iba a ser tan plácido como deseaba o creía que iba a suceder.
Puede que yo me propusiera centrarme en mí misma, pero eso se hacía casi imposible si las sorpresas llegaban y se plantaban frente a ti.
Fue justo cuando abandonaba los vestuarios, como siempre siendo una de las últimas en hacerlo, y pasar por el pasillo que me trasladaba hasta la salida. A apenas un par de metros de la misma se situaba el despacho de Brian, el mismo que yo ya ni siquiera me atrevía a mirar cuando pasaba junto a él, y que esa misma mañana me obligó a detenerme por culpa de su voz. Yo ya sabía que estaba loca, y que podía ver apariciones o incluso escuchar su voz en cualquier lugar, pero en aquel instante mi locura no era producto de mi imaginación. Al igual que tampoco lo fue el día del restaurante.
Estaba allí. Quinn estaba en el despacho de Brian y hablaba con él. Y no solo hablaban, sino que además reían o al menos eso pude escuchar. Y a mí volvía a atravesarme el corazón algo frío, muy frío. Tanto que me provocaba escalofríos, y de nuevo la angustia que no me dejaba respirar.
Pegué mi espalda a la pared y fingí abrochar los cordones de mis botas para hacer tiempo, y esperar a que algunas de mis compañeras más rezagadas abandonaran el edificio, y me permitiesen ser testigo de lo que allí estaba sucediendo. No tenía ni idea de lo que pretendía Quinn al estar allí, y no puede evitar empezar a creer que, de nuevo, volvía a las andadas. Que aquella tregua de no joderme solo había durado un par de días. Aunque ver como la conversación era distendida transmitía todo lo contrario, y lograba confundirme aún más de lo que ya estaba.
No pude hilar nada de lo que decían. Solo escuché a Quinn hablar de la rectitud de su espalda gracias a los consejos de una tal Señora Hilland, y a Brian recomendarle algunos ejercicios, para que no perdiese ese aire elegante con el que solía presentarse ante el resto de los humanos.
Un completo disparate. Una locura que no tenía ni pies ni cabeza. De hecho, hubo un momento en el que pensé que Brian no habría reconocido a Quinn, y por eso la trataba bien. O tal vez yo estaba tan obsesionada que pensaba que aquella chica era ella, y en realidad no lo era. Tanta era la confusión que volví a buscarla en el interior del despacho, dispuesta a asegurarme que sí era mi princesa, y lo confirmé al encontrármela de frente. Por suerte ella no me vio porque su mirada buscaba a Brian, pero yo no tuve más remedio que reaccionar lo antes posible para evitar que me encontrase allí.
Di gracias por haber sentido la necesidad de asegurarme que era ella, porque de no haberlo hecho, Quinn me habría descubierto espiándolos. Y no me apetecía en absoluto que así fuera.
Corrí.
Era lo único que podía hacer y fue lo que hice a través del pasillo, dispuesta a abandonar el edificio lo antes posible. Sin embargo, no lo hice por la calle. Me detuve cuando estaba lo suficientemente alejada de la salida, y esperé. Esperé a verla aparecer para saber cuáles iban a ser sus siguientes pasos.
Idiota. Ilusa. Estúpida.
Si me prometí no volver a saber nada más de ella, ¿por qué diablos esperé a que saliera y me viese? ¿Tal vez porque seguía siendo masoquista y desleal a mis pensamientos? ¿Tal vez porque no podía evitarlo y aquella chica se había convertido en lo único que me hacía vibrar, daba igual si para bien o para mal?
Quinn me descubrió, hasta una ciega lo habría hecho. Y yo como una idiota la miré durante un par de segundos. O tal vez fueron diez, o veinte, no lo sé. Solo sé que cuando ya sentía que me quedaba sin respiración, comencé a caminar alejándome de ella, tomando el camino que me llevaba hasta la cafetería. Y ella, a pesar de que no la podía ver sin girarme, hizo lo mismo. Miento. Fueron varias veces las que la miré de soslayo y pude comprobar que mis sospechas eran ciertas, y caminaba detrás de mí, siempre sin dejar de mirarme, ni cambiar el rumbo.
Eran 40 o 50 metros los que nos separaban, pero podía sentirla como si estuviese rozando mi espalda con su aliento. Y lo peor es que no me estaba persiguiendo. No podía recriminarle que estuviese haciendo algo así, porque aquel camino era justo el que debía tomar para llegar hasta su hogar. No había otro a menos que quisiera rodear toda la avenida de Broadway, y si yo no lo hice, ¿por qué lo iba a hacer ella? Simplemente se mantuvo alejada, evitando molestarme o cruzarse en mi camino.
Era tan extraño vivir una situación como aquella que incluso llegué a alegrarme. Y no por saber que caminaba detrás de mí, sino porque la última vez que la vi estaba tan desolada, que verla de nuevo brillar como solo ella era capaz de hacer, me hizo bien.
No parecía haber lágrimas ni ojeras en sus ojos. Su pelo lucía perfecto, con varias ondas que caían sobre los hombros, y la viveza que le regalaba un abrigo anaranjado, que la hacía resaltar entre el resto de personas que también ocupaban la acera. De hecho, si no llega a ser por lo llamativo del color de su ropa, era probable que la hubiese perdido de vista. Y eso que ni siquiera la miraba directamente.
Hubo un momento en que el ingenio me hizo utilizar la cámara interna de mi móvil para asegurarme que seguía caminando detrás de mí. Y ella ni siquiera pudo verme, o al menos eso creí, ya que también empezó a utilizar su teléfono.
Sé que es complicado de comprender o creer, pero sí. Aquella mañana del martes 13 sobre las 12 del mediodía, Quinn y yo recorrimos unas cuatro manzanas juntas, pero separadas. Y no hablamos, ni discutimos, ni sonreímos, ni nos molestamos. Más de cuarenta minutos caminando la una detrás de la otra, sin ningún tipo de interacción hasta que llegamos al cruce de la calle donde estaba la floristería. Fue en ese momento cuando yo aceleré más el paso por miedo a que decidiera adelantarse y detenerme, pero para mí tranquilidad, Quinn no hizo nada más que girar y seguir su camino, esta vez alejándose de mí.
Estaba confundida, sí, pero después de tantos encuentros había aprendido a no mostrar lo que sentía o me sucedía. Simplemente empezaba a acostumbrarme a ello y ya no dejaba que me aturdiese tanto. Aunque confieso que temblé. Pero aquel temblor de piernas que me provocaba su presencia, ni la curiosidad por saber que había hecho en el despacho de Brian, fueron suficientes para no hacerme desechar la idea de seguir mi trayecto hasta la cafetería. Y eso hice. Aunque lo que me esperaba allí tampoco era calma precisamente.
Apenas accedí al interior y saludé a mis compañeros, Santana reclamó mi presencia antes de que me perdiese en los vestuarios para colocarme el uniforme y comenzar mi turno.
—¿Qué quieres?
—Ven al almacén, necesito hablar contigo.
No repliqué. No tenía motivo alguno para hacerlo, al menos por el momento. Y aunque Santana estaba seria, no deduje nada que me pusiera en alerta o me preocupase. Y no estaba equivocada.
Nada más entrar en el almacén la vi relajada, sin esa tensión que solía reflejar cuando quería discutir, y me ofreció un documento que yo acepté sin saber muy bien que era hasta que leí el encabezado.
—¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Un contrato?
—Así es, necesito que lo leas y lo firmes lo antes posible. El administrador me está pidiendo…
—Espera, espera —la detuve—. Quedamos en que hablaríamos antes de esto. No te he dicho si iba o no a seguir, te dije que todo dependía de lo que me dijesen en el teatro.
—Sí. Y ya te lo han dicho. ¿No?
—Así es, dentro de 6 meses no podré seguir trabajando.
—¿Y mientras? ¿Qué vas a hacer?
—Tengo reuniones, empezaré los ensayos. ¿Quieres que firme aun sabiendo que voy a tener que faltar bastantes días?
—Tú y yo llegamos a un acuerdo antes de que toda esta mierda nos pusiese así. ¿No? Me diste tu palabra de seguir trabajando aquí hasta que ya fuera imposible. ¿Lo vas a dejar ahora?
—A ver, no es que quiera dejarlo, es que me parece injusto que… Oh, espera —recapacité—. ¿Por qué estás tan interesada en que siga aquí?¿Por las jodidas rosquillas?¿Para limpiar los servicios?
—No seas idiota —me interrumpió—. Es mi manera de demostrarte que por mucho que quiera estrangularte, quiero que todo vuelva a la normalidad. Te prometí que serías encargada, y eso es lo que te ofrezco. Podrás salir y entrar sin tener que dar explicaciones a nadie. Tú conoces como funciona esto, y no creo que pueda encontrar a nadie ahora mismo que tenga esas funciones.
—¿De, de verdad quieres que tenga mando? —cuestioné aún sin creérmelo, aunque en el contrato que ya tenía entre mis manos aparecía perfectamente descrita mi nueva ocupación, y mi sueldo. Mucho más generoso que el que tenía hasta aquel día.
—Nunca vas a tener más que yo —respondió con algo de orgullo forzado—, pero sí. Quiero que te quedes.
No lo pude evitar. Una débil sonrisa se adueñó de mis labios, y aunque quise forzarlos para que no aparecieran, Santana pudo percatarse perfectamente del detalle. Tanto que incluso llegó a bromear.
—Sé que no tengo mucha imaginación, y las flores no son lo mío para dejarte mensajes, de hecho, había pensado regalarte algunas para que me perdonases por lo que sucedió el otro día, pero creo que con esto queda claro que sigo queriéndote tener en mi vida. ¿No? No quiero más peleas, Rachel. Quiero que hacer lo posible porque todo vuelva a ser como antes.
Podía haberla ignorado, o tal vez haberme lanzado a sus brazos. Pero no hice ninguna de las dos cosas, aun no gustándome la pequeña referencia a las flores. Simplemente bajé la mirada hacia el contrato y asentí.
—Debería pensarlo, pero… Supongo que lo firmaré.
—Perfecto.
—Pero…
—¿Pero? ¿Hay un pero?
—No volvamos a hablar de flores. ¿Ok? Aún me duele lo que le hiciste al lirio. Creo que nunca voy a poder perdonarte eso.
—Perfecto —alzó las manos con gesto de rendición—. Nada de flores. A partir de ahora, solo rosquillas.
—Solo rosquillas —musité dando por finalizada la conversación, aunque lo cierto es que no pude evitar pensar en ella después de la referencia a las flores, y lo sucedido hacia escasos minutos durante todo el trayecto desde la academia hasta la cafetería, regresó a mi mente.
No quería hablar, y mucho menos con Santana. Aquella conversación era la primera que tenía sin que nos insultásemos, o la tensión se apoderase de nosotras. Todo parecía empezar a recuperar la normalidad que siempre habíamos tenido, y yo ya poco le tenía que reprochar después de saber que lo que hizo el día del restaurante, no fue otra de sus jugarretas. Solo quería ayudarme, aunque yo no le había dado el beneficio de la duda y ella aún creía que no era consciente de ello.
Yo simplemente estaba demostrándole que también tengo orgullo, y que, aunque no sirve de mucho en situaciones como aquellas, debía respetar mi decisión de mantener cierta distancia entre nosotras. Y lo cierto es que parecía entenderlo perfectamente.
Ni una sola réplica. Ni una sola mala respuesta. Ni una sola pregunta, más que lo necesario para estar al corriente de mi situación, del teatro y demás asuntos que evidentemente no me molestaba que supiese. La tregua había llegado a nosotras, y las dos la estábamos respetando hasta que los ánimos volvieran a calmarse y la normalidad en nuestra amistad, regresase. Porque de que íbamos a volver a ser amigas, era algo en lo que ambas estábamos de acuerdo.
—Ya puedes ir a vestirte —me dijo tras ver como dudaba al abandonar el almacén.
—Eh, Santana —murmuré desviando la mirada hacia el suelo.
—¿Qué? ¿Qué he hecho ésta vez?
—No, nada, es solo que, que, me ha pasado algo extraño cuando venía hacia aquí y, me preguntaba si… ¿Has, has vuelto a hablar con… ¿Ya sabes, ella?
—¿Con la inglesita del demonio? —bromeó y yo asentí—Pues hablé con ella en el hotel, y ayer para preguntarle qué tal estaba.
—¿Y qué le dijiste de mí? —me interesé.
—¿De ti? Nada.
—¿Ni en el hotel? ¿No te preguntó por mí cuando salió?
—Ah, sí bueno, le dije que te habías ido porque ya estabas cansada de todo y que necesitabas centrarte en tus cosas... Bueno, lo cierto es que le dije algo más, pero fue una broma.
—¿Una broma? ¿Qué broma?
—Le he puesto una orden de alejamiento.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Le dije que no se acercara a ti —volvió a mostrarse seria—. Le expliqué que todo había sido idea mía y que me habías pedido tranquilidad. Y creo que lo comprendió. Le dije que tenías asuntos bastantes importantes con el teatro y que no podíamos seguir molestándote. No sé, supongo que es lo mejor y que tenías razón. No he hecho más que liar las cosas y no quiero que esto siga perjudicándote más.
—Oh, vaya…
—¿No es lo que querías? Tranquila, le dije que era una orden de alejamiento, pero entendió que estaba bromeando.
—Sí, sí claro, es solo que, que…
—¿Qué? Rachel, Quinn no te va a molestar. De hecho, ella no estaba interesada en encontrarse contigo cuando Brittany me dijo que hiciera algo por arreglar la situación. Por cierto, esa chica está más loca que las dos hermanas. ¿Sabes que tiene un tatuaje que le ocupa toda su espalda y se lo hizo con una astilla de madera? Se lo hizo en una tribu africana o algo así, aunque yo creo que ha querido reírse de mí, porque dice cosas muy raras y…
No, no lo sabía, y tampoco me importaba—. ¿Qué te dijo Britt? ¿Ella sabía todo? —cuestioné interrumpiéndola e ignorando aquella referencia al tatuaje.
—Más o menos. ¿Recuerdas el día que vino a la cafetería? Quería hablar conmigo porque según Emma, yo había sido la culpable de que Quinn quisiera regresar a Inglaterra, y dejarla a ella sola con la floristería. Y Britt no quería que eso sucediera, porque iba a pasar un tiempo aquí y quería que estuviesen las dos hermanas juntas. Por eso acepté y me fui a cenar con ellas. Bueno, cenar, cenar, no cenamos. Ni siquiera teníamos mesa en ese restaurante tan snob. De hecho, nos quedamos en la segunda planta que es un buffet libre de 20 dólares por persona —sonrió—, y si no llega a ser porque obligué a Quinn a que subiéramos para ver donde tú estabas, ni siquiera te habría visto allí. Yo, yo solo quería arreglarlo, Rachel. Te lo juro, Quinn me decía que no quería saber nada de ti y yo sabía que mentía, porque le pasa lo mismo que a ti
—¿Lo mismo que a mí?
—Sí. Las dos negáis como idiotas que queréis estar juntas y en el fondo estáis deseándolo. Creí que si te veía con Brian reaccionaría y cambiaria de opinión. Pero jamás imaginé que el cambio la hiciera tirar a Brian por las escaleras. Y Kurt se quejaba de mi patada en la puerta —volvió a bromear, pero yo no atendía a ninguna de ellas. Solo trataba de procesar lo que me estaba contando, y entender el motivo por el que Quinn incluso se replanteaba regresar a Inglaterra por evitar verme—. Cuando la dejaron salir, le dije todo lo que tú necesitabas y lo entendió, o al menos eso me dejó entrever.
—Ok, es lo mejor para todos.
—¿Ha pasado algo que deba saber? ¿Por qué has dicho que te ha sucedido algo hoy?
—No, todo está bien, es solo que acabo de verla hablando con Brian —musité tratando de hacerle entender que no me importaba en absoluto.
—¿Qué? ¿Con Brian?
—Sí, y no parecían discutir precisamente —volví a desviar la mirada hacia el suelo.
—Tal vez haya ido a disculparse con él por lo sucedido. ¿Te ha dicho algo ese capullo?
—No, no, ni siquiera he hablado con él. Me ha tratado como una alumna más, cosa que agradezco. Lo de Quinn ha sido cuando ya salía de la academia. Es más, luego ha venido caminando detrás de mí hasta que ha llegado al cruce de la 72.
—¿Caminando detrás de ti? —se mostró curiosa.
—Sí, supongo que se ha tomado en serio lo de la orden de alejamiento, porque no se ha acercado a menos de 50 metros. Como ves, ambas podemos convivir en la misma ciudad.
—¿De veras? ¿Habéis venido las dos andando y ni siquiera…?
—No —la interrumpí entendiendo que, si volvía a preguntar, iba a ser demasiado evidente mi curiosidad—. No hemos hablado ni ha habido intención de hacerlo. Y yo me alegro que haya sido así. Necesito que sea así.
—Ok. Si es lo que quieres, eso tendrás.
—Eso tendré —mascullé tras un breve silencio y entender que ya había llegado el límite de lo que quería decir acerca de Quinn. Si seguía hablando, corría el riesgo de sacar a relucir mis contradicciones, y después de todos aquellos días mostrándome firme, no podía permitirlo—. Ok. ¿Puedo irme ya? Hace cinco minutos que debería estar reponiendo rosquillas.
—Claro, vamos, ponte ese uniforme y a trabajar —volvió a recuperar su aire de jefa insolente, aunque se notaba que volvía a ser una de sus continuas y raras bromas. Bromas que nunca había tenido conmigo, y de las que, sin embargo, parecía haberse convertido en una experta.
No volví a decirle nada más. Salí de allí dispuesta a adentrarme en los servicios donde pude cambiarme de ropa, y prepararme para mi jornada laboral. Tranquila, en calma, logrando que nada de lo que había descubierto y vivido lograse alterarme. De hecho, en aquellos últimos días conseguí encontrar el equilibrio perfecto entre mi cuerpo y mi estado anímico.
Alguien me dijo una vez que nuestra mente se vuelve lúcida y espaciosa cuando logras encontrar ese equilibrio, y sabes apartar lo que te hace mal. Aquella noche del domingo, cuando apenas faltaban un par de horas para acudir a la reunión con Rupert y no conciliaba el sueño, pensé en el mar. Como cuando está encrespado, el sedimento del fondo se agita y el agua se enturbia. Sin embargo, cuando el viento cesa, el lodo se deposita en el fondo de manera gradual y el agua se vuelve transparente. Así debía ser mi vida a partir de aquel instante.
Demasiado lodo, demasiadas turbulencias que me habían nublado por completo. La mayoría de las dificultades y las tensiones que sufrimos tienen su origen en la mente, y muchos de nuestros problemas, como la mala salud son provocados por el estrés. Y yo estaba segura de que aquello me estaba perjudicando. Nunca antes había estado enferma tantas veces seguidas, y no podía seguir así. No podía seguir tomándome todo con tanto drama. No podía creer que el mundo se acababa por un vaso lleno de agua, cuando podía volcarlo y dejar que empezase a llenarse a mi gusto.
Ni Santana, que empezaba a ser la misma de siempre, ni Kurt, que en ningún momento se vio agobiado por nuestra situación, ni nadie más que hubiese sido participe de la más extraña de las Navidades que había vivido, parecían sufrir tanto como yo lo hice. Y las palabras de mi padre acerca de lo verdaderamente importante en la vida, hicieron el resto en aquella noche.
Rachel Berry había vuelto más serena que nunca, y ni siquiera la presencia de Brittany en la cafetería portando un enorme ramo de flores logró desestabilizarme. Y eso ya era extraño. Aunque admito que, al principio, y solo por la confusión que sentí al encontrármela allí tras abandonar el servicio, dudé de mi capacidad por saber controlarme.
—Rachel —fue Jake quien reclamó mi presencia. Santana observaba la escena desde uno de los laterales de la cafetería, mientras ayudaba a Kristen a colocar un par de cuadros de la nueva decoración—. Preguntan por ti —añadió.
Respiré. Llené mis pulmones de aire y lo dejé escapar con calma, sin alterar mi estado y con la templanza necesaria para enfrentarme a aquella chica de cristalinos ojos y sonrisa traviesa que esperaba impaciente por mí.
—¿Qué? —fui seca, casi cortante.
—¿Eres Rachel Barbra Berry? —me cuestionó y yo dudé. Ella me conocía de sobra, así que supuse que estaba bromeando.
—Depende, hoy tal vez si lo sea. ¿Por?
—Hey, esa es buena —sonrió guiñándome el ojo por mi ocurrencia.
—¿Qué quieres? —volví a mostrarme seria.
—Como soy la novata, la nueva empleada, la que menos cobra y probablemente la que se lleve todas las culpas por las próximas 12.345 flores que se marchiten por culpa de mi inexperiencia, me han enviado para entregarte esto —respondió ofreciéndome el ramo de flores—. Si no lo aceptas, no me pagaran —añadió divertida, y a punto estuve de desecharlo. Sin embargo, mi cerebro dio la orden a mi mano para que se hiciera con él, mucho antes de que yo siquiera lograse pensarlo. Así que acepté el ramo mientras ella me sonreía.
—¿De quién es? —pregunté deseando que la culpable de aquello fuese Santana, o tal vez Brian. O Kurt. Daba igual, siempre y cuando no fuese de ella. De Quinn.
—No lo sé —respondió—. Yo solo soy una mensajera —volvió a sonreírme regalándome otro guiño de ojos—Que tengas un buen día —añadió desviando la mirada hacia Jake—. Bonito uniforme, llámame —susurró al tiempo que gesticulaba con su mano simulando un teléfono.
No pude ver nada más, excepto como se marchaba tras regalarle otro guiño a Santana, y la sonrisa boba de Jake tras el cumplido.
Tal vez estaba loca, pero era bastante divertida, y desprendía un halo de positivismo que se agradecía sin dudas. Tal vez era esa buena vibración de la que hablan los hippies, no lo sé. Pero de que su presencia no molestaba en absoluto estaba más que convencida, y creo que Santana también tenía la misma percepción que yo, a tenor por cómo la miraba marcharse.
—¿No vas a mirar de quién es? Tiene una tarjeta —fue Jake de nuevo quien me sacó de mis pensamientos. Sin embargo, yo no le respondí. De hecho, ni siquiera le di opción a que descubriese mi cara al leer aquella nota.
Me fui directa al almacén de nuevo, donde dejé el ramo y abrí el sobre que llegó entre las hojas de aquellas flores blancas con manchas moradas y amarillas que yo desconocía. Al menos hasta que ella me lo explicó.
Tres bonitas caras bajo una capucha.
En Inglaterra, las jóvenes aldeanas como yo llamamos así al pensamiento. No te asustes, no hablo de eso que nos hace actuar de manera estúpida y que tantos problemas nos causa, sino al nombre de esa flor. Se llama Viola tricolor, pero comúnmente se le conoce como PENSAMIENTO, aunque en Francia la llaman Flor de la Trinidad por el motivo que te voy a explicar a continuación.
Cuenta la leyenda que el pensamiento tenía en sus primeros días de existencia un aroma más suave y delicado que el de su hermana la violeta. Crecía en los campos, entre el trigo, y era muy buscado a causa de sus bellos colores y exquisita fragancia; esto era causa de que los trigos quedasen estropeados por los que iban en busca de tan bella y delicada flor. No era raro que, en la época de la cosecha, escasease el grano por culpa del daño que provocaban en el trigal. Y la pena no tardó en asolar profundamente a la flor, que viéndose culpable de tal situación, un día en el que el sol relucía brillante y la primavera estaba al llegar, rogó a la Divina Trinidad que la privase de su suave perfume, para así evitar que fuesen a buscarla por su fragancia, y que la cosecha no se viese perjudicada. Fue oída su plegaria, y la flor perdió su aroma. Y los campos de trigo no volvieron a sufrir nunca más, beneficiándose así todos los aldeanos que vivían de las cosechas gracias al sacrificio de la hermosa flor.
Tal vez te preguntes qué o cuál es el motivo que me lleva a enviarte este ramo de flores sin perfume, con este mensaje y esa leyenda. Y me parece lógico que lo hagas. No obstante, mi mensaje es simple, y quiero que lo tengas en cuenta. Que no lo olvides.
Acabo de verte caminar, con algo de miedo por un posible encuentro y no quiero que algo así vuelva a suceder. No era mi intención la de provocarlo, te lo aseguro. No ha sido idea mía la de acudir a la academia.
No es necesario que te deshagas de tu perfume para evitar que yo pueda destrozar el trigal. Seré fuerte, mis pies no harán más daño en tu mundo. Dejaré que el trigo crezca y la cosecha sea buena para todos. Te lo prometo.
Luce. Q. Fabray.
