Capítulo 51

Supergirl

—¿Hace frío Supergirl?

Quinn se acercaba a uno de los ventanales que adornaban su amplio apartamento, observando como la pequeña ardilla permanecía en el quicio del mismo, mirando al exterior mientras roía entusiasmada uno de aquellos cacahuetes.

Eran las 8 de la mañana. Un nuevo día amanecía y por suerte, al menos para Quinn, lo hacía sin probabilidad alguna de nieve o lluvia. Solo un despejado y azulado cielo se dejaba ver tras los rayos del Sol, a pesar del frío, algo habitual en mitad de aquél frío mes de enero.

La pequeña ardilla la miraba a ella por algunos segundos, y volvía a fijarse en el transparente cristal, perdiendo su mirada a través de él y del bullicio que se podía ver en aquellas céntricas calles.

—Echas de menos vivir en libertad, ¿verdad? —se acercó al animal—soy una mala persona, te tengo aquí encerrada y encima permito que te pongan un nombre masculino, pero no te preocupes prometo que encontraré la solución para que puedas disfrutar del aire libre, y yo te llamaré Supergirl, ¿Ok?

Evidentemente no iba a recibir respuesta alguna, pero era el momento perfecto para poder atraparla distraída y devolverla al interior de la jaula.

A Quinn le gustaba que la ardilla estuviese suelta por el apartamento. El instinto animal de la pequeña roedora hacía que se desplazase hacia el interior de la jaula cuando tenía que realizar sus necesidades, y eso le fascinaba. No había tenido que enseñarle como a los perros o a los gatos, fue ella misma, guiándose por el propio olor que desprendía su menudo cuerpo lo que le hacía volver a su hogar, y mantener el apartamento completamente limpio. Pero eso no era suficiente para que Quinn la dejase a solas en el piso, cuando ella no estuviese en él, y en ese mismo instante, Quinn ya estaba preparada con su ropa deportiva para salir a disfrutar de una agradable carrera por el parque, antes de comenzar con un nuevo día de ensayos.

Prefería hacer deporte al aire libre, no solo por la sensación de bienestar que sentía al poder disfrutar de aquel paraíso en mitad de Manhattan, sino porque así también evitaba tener que ver tan a menudo a su entrenador personal, Henry. No era agradable tener que encontrarse con el chico a diario y menos aun cuando pudo descubrir que su novia, la chica a la que había engañado con ella misma, acudía también a aquel gimnasio.

No quería problemas.

Quinn solo quería hacer su vida y pasar desapercibida para el resto, aunque aquella mañana se le iba a complicar un poco.

Apenas tardó un par de minutos en abandonar la casa para adentrarse en el ascensor cuando se disponía a preparar su pequeño reproductor de música, y notó como alguien detenía la cabina una planta más abajo.

Aquella sonrisa le era familiar, por supuesto.

—Hey ¿No me digas que vas a salir a correr con el frío que hace? —cuestionó una entusiasmada Kate al descubrirla en el interior del ascensor.

—Así es, buenos días—saludó Quinn regalándole la misma sonrisa.

—Buenos días, Quinn—respondía adentrándose—¿Qué tal?

—Bien, con ganas de correr—volvía a sonreír—¿Y tú?

—Bien también, aunque con mucho sueño, anoche me acosté tarde y en media hora tengo que estar con Em.

—Ah cierto, Rachel tiene reunión—recordó—me lo dijo anoche.

—¿Cenasteis juntas?

—Sí estoy cenando casi todas las noches con ella—respondía sonriente. —Es lo bueno de vivir tan cerca.

—Bueno, está bien eso, al menos estáis acompañadas.

—Sí, así es nos vamos a convertir en grandes chefs—bromeó segundos antes de notar como la luz que iluminaba el ascensor parpadeaba, y de repente la cabina se detenía.

—¿Qué pasa? —cuestionó Kate alzando la mirada por inercia.

—No lo sé—se acercó al cuadro de botones—No va.

—¡Mierda! No me jodas, Quinn. ¿Nos hemos quedado atrapadas?

Apenas Kate terminó aquella frase, la luz volvía a hacer un gesto extraño y terminaba apagándose, quedando solo las luces de emergencias encendidas.

—¡Joder! —exclamó Quinn—¿¡Hola!? ¿¡Pueden oírnos!?—Exclamó a través de un pequeño micrófono que existía en el cuadro de botones—¡Hola!

—¡Hola! —se escuchó tras el altavoz.

—Hola, señor estamos atrapadas en el ascensor—respondía Quinn.

—¿Sr. Kanningam? —interrumpió Kate al reconocer la voz—soy Kate McAdams.

—Hola señorita McAdams—respondía el hombre—Hay un fallo de electricidad, hemos sufrido un apagón y por eso el ascensor se ha detenido. ¿Estáis bien?

—Eh, sí, sí.

—¿Cuántas personas sois?

—Dos, solo somos dos.

—Ok. No se preocupe, ¿de acuerdo?

—¿Y qué vamos a hacer? —se adelantó Kate ante la curiosa mirada de Quinn.

—No se preocupe, se reestablecerá el suministro eléctrico en 15 minutos, si no llega de nuevo la luz lo haremos con un generador, pero mientras tienen que tener paciencia ¿De acuerdo?

—Oh dios.

—Disculpe señorita McAdams, le prometo que lo haremos lo más rápido posible.

—Oh ok, por favor no tarde, tengo que trabajar y… ¡mierda Rachel! —susurró lanzando una mirada a Quinn—Dese prisa, por favor—volvía a hablar al interlocutor.

—Lo haremos señorita, aguarde unos minutos.

—Unos minutos, unos minutos—murmuró malhumorada al tiempo que buscaba el teléfono en su bolso.

—¿Quién es? ¿Le conoces? —cuestionó Quinn.

—No es la primera vez que me quedo atrapada aquí—respondía focalizando la mirada sobre la pantalla de su teléfono. —Es el encargado de mantenimiento del edificio, espero que sea rápido.

—¿No es la primera vez? —musitó la rubia al ver como Kate comenzaba a llamar. —Que bien, nadie me comentó que ese detalle… ¿A quién llamas? —le preguntó, pero no necesitó respuesta alguna. Kate se lo hizo saber enseguida.

—¡Rachel!, oye no te lo vas a creer, pero no sé si voy a llegar a tiempo a tu casa. ¿Qué? Sí, hey, relájate… Estoy atrapada en el ascensor, al parecer hay un apagón y dicen que mínimo tardan quince minutos. Si joder Rachel, no puedo tele transportarme, está aquí Quinn, te lo puede decir ella… Sí, si está aquí te la paso—espetó al tiempo que le entregaba el teléfono a la rubia.

Quinn lo aceptaba aún un tanto confusa.

—¿Rachel?

—¿Quinn? ¿De verdad estáis atrapada en el ascensor?

—Sí, así es cielo—respondía con calma.

—Mierda ¿Y qué hago yo ahora? tengo una reunión en menos en una hora y no puedo dejar a Em sola. ¡Estúpida luz! ¿Por qué se tiene que ir hoy, precisamente hoy?

—Hey, tranquilízate Rachel. El chico que nos ha atendido dice que en 15 minutos nos saca de aquí y podrás irte ¿Ok?

—Tengo que ir Harlem, no es en el teatro Quinn, no me va a dar tiempo.

—Pues llámales y dile que estás en un atasco, que se yo, o pídeles que se desplacen a algún lugar más cercano, que te dé tiempo a llegar en menos de 30 minutos.

—Dios, todo mal—resopló con frustración.

—Cálmate Rachel, todo el mundo sufre atrasos en Nueva York, no es nada extraño y seguro que lo entienden.

—Ya ¿Puedes volverme a pasar con Kate?

—Claro—respondía con dulzura—pero tranquilízate ¿Ok? Todo va a ir bien.

—Gracias Quinn.

—Un beso.

—Te quiero—se despedía Rachel provocando la sonrisa en Quinn, que ya le entregaba el teléfono a Kate.

—¿Te lo crees ahora? —cuestionó la pelirroja.

—Escúchame Kate—susurró en voz baja—ya que vas a estar un rato ahí con…

—¿Qué? —interrumpía Kate—No te oigo Rachel ¿Puedes hablar más alto?

—No quiero que me oiga Quinn—respondía con el mismo tono. —Escúchame

—¡Rachel, no te oigo! —volvía a exclamar Kate—¿Por qué hablas en voz baja? —añadió, provocando la atención de Quinn.

—Shhh, deja de decir eso—susurró Rachel—Ahora te escribo, ¡adiós! —se despidió rápidamente, dejando completamente confusa a Kate que ya observaba el teléfono, mientras Quinn, frente a ella, era testigo de cómo algo extraño estaba comenzando a suceder.

Que Rachel comenzase a hablar en voz baja solo tenía una lectura, no quería que ella escuchase la conversación que mantuviese con la pelirroja, y si eso era cierto, evidentemente algo sucedía.

—¿Todo bien? —cuestionó tratando de averiguar algo.

—Eh sí, supongo—respondía Kate—Parece que no tenía cobertura o no sé…

Un sonido. La alerta de la llegada de un mensaje volvía a provocar la reacción de Kate que rápidamente observaba la pantalla de su móvil y leía.

Ni se te ocurra comentarle a Quinn nada acerca del sexo o esas cosas morbosas que andas preguntando siempre ¿Entendido? Si lo haces, no habrá mundo donde puedas esconderte de mí.

Kate abría los ojos al máximo y lanzaba una fugaz mirada hacia Quinn, que esperaba impaciente algún tipo de reacción a aquel mensaje de Rachel. Por supuesto, jamás esperó aquel gesto de sorpresa por parte de la pelirroja.

—Bingo—disimuló con una sonrisa—No tenía cobertura.

—Ya… —dejó escapar Quinn con resignación. No le creía en absoluto.

—¿Así que a correr? Me impresiona la fuerza de voluntad que tenéis los actores—habló Kate tras varios segundos en silencio.

—¿Por? Tenemos que mantenernos en forma, y es la única manera que me hace sentir bien.

—Lo sé, pero, aun así, es digno de admirar. Siempre se lo digo a Matt, me parece tan increíble que todos los días tenga ganas de hacer deporte—resopló—Yo hace años que no hago deporte.

—Quizás deberías empezar—sonreía—No querrás que la ley de la gravedad empiece a hacer estragos en tu cuerpo ¿No?

—Mmm, pues no lo había pensado así—se miró en el espejo de la cabina—Pero la pereza me puede.

—Prefieres estar tumbada en el sofá.

—Cierto —sonreía satisfecha—es mucho menos cansado.

—Ya, y cuando tengas cincuenta y no puedas moverte o te duela todo el cuerpo, desearas no estar en el sofá y ya será tarde.

—Hey, no me metas miedo—recriminó—No te tenía como una obsesiva del deporte.

—No lo soy, solo trato de estar en forma. Llevo desde los 15 años haciendo deporte. Primero con las animadoras, luego en la facultad… Ya es un hábito y también tengo mis días de pereza, incluso meses de pereza, pero procuro que no sean demasiados.

—Ojalá tuviese tanta fuerza de voluntad como tú—respondía sin darle importancia.

—Es por tu bien, piensa en el futuro, no hablo del físico, sino de tu salud. No es lo mismo llegar a los 50 estando en forma, que dejándose completamente.

—Ya, el problema es que yo no pienso en el futuro—espetó—De hecho, creo que tengo algún problema psicológico serio respecto a ese tema. Estoy convencida de que no voy a vivir demasiado. Sí ya sé, soy rara y bastante negativa, pero no puedo evitarlo. Y si pienso que no voy a vivir lo suficiente ¿Para qué machacarme en un gimnasio cuando puedo estar disfrutando de una buena película en el cine? —sonreía satisfecha. —Y tampoco es que me llame mucho la atención mejorar mi físico. Creo que ya me he dado por vencida.

—Ok, me temo que sí, que tienes un serio problema psicológico—respondía Quinn con el gesto confuso—¿Cómo que darte por vencida con tu físico? —lanzó una mirada al cuerpo de la chica—Eres jodidamente hermosa.

—¿Qué?

—¿Qué de qué? Mírate… Eres muy guapa.

—¿Crees que soy guapa? —cuestionó divertida.

—Claro, salta a la vista, no creo que sea la primera persona que te lo dice.

—No, no eres la primera, pero sí la primera chica, aunque no… Mentira, si hay chicas que me lo han dicho, más concretamente las chicas de tu ejercito—sonreía traviesa—Tengo fans ahí ¿Lo sabias?

—Pues no, no lo sabía, y eso me da la razón.

—O igual es que estáis todas locas—le sonrió. —O ciegas…

—¿Te lo han dicho por la foto que subiste conmigo? —le preguntó ignorando su comentario.

—Sí, y hablando de esa foto, me gustaría pedirte disculpas—se sonrojó.

—¿Disculpas? ¿Por qué?

—Por todo lo que puse de ti. No sé, me resultó divertido y no te haces una idea de la cantidad de mensajes privados que recibí preguntándome. Pero ahora entiendo que tal vez me he pasado un poco.

—¿Y qué preguntaban?

—Pues ya sabes, Quinn, esas chicas están todas enamoradas de ti, y bueno me preguntaban si eras simpática, si olías bien… Todas esas cosas que tú también leíste—le dijo desviando la mirada al suelo.

—Espero que las respuestas fuesen positivas.

—Por supuesto—le aclaró regresando a ella—Jamás hablaría mal de ti.

—Y espero que sean las últimas—añadió.

—Claro, te juro que no volveré a ponerte en una situación comprometida.

—No, no te equivoques—interrumpía—No es por mí Kate, realmente a mí no me importa en absoluto lo que piensen de mí.

—¿Entonces?

—Es por Rachel—aclaró—No quiero crearle problemas, y si quiero que todo siga igual tengo que pasar desapercibida ¿Entiendes?

—Oh, claro, la privacidad de Rachel—balbuceó recuperando la seriedad.

—Así es. No quisiera salir del apartamento de Rachel y encontrarme algún día un grupo de fans de esas, o que alguien deje algún rumor por Internet que nos pueda relacionar como algo más que compañeras de profesión.

—Cierto—murmuró—Vaya, me doy cuenta de todo lo que haces por estar con ella.

—No hago nada—se removió inquieta—En este mundo todos tenemos que seguir unas normas, y Rachel tiene las suyas.

—Y tú tienes que seguir esas reglas.

—Nadie me obliga, lo hago porque la…

—Porque la quieres—interrumpía Kate.

—Sí, así es. No es un juego.

—Ya veo. Sacrificas muchas cosas por estar con ella.

—No tantas—desvió la mirada—No es un suplicio precisamente, Kate.

—Ya, ya, pero por ejemplo nada de salir a cenar juntas o ir al cine. Nada de vacaciones a solas… Que se yo, cualquiera no soportaría ese tipo de vida. Rachel siempre quiere estar en su casa, y ahora como mucho en la tuya también. Es digno de admirar que aceptes todo eso, y yo me alegro muchísimo, se nota que la quieres muchísimo—hizo una pausa—Y Rachel a ti, por supuesto. Nunca la había visto tan animada como ahora—añadió sonriente—Cada vez que habla de ti, se le iluminan los ojos.

Visto de aquella forma, Quinn se lamentó. Claro que se había detenido a pensar en todos los sacrificios que tenía que hacer solo por estar con Rachel, le quedó bastante claro días atrás con aquella inesperada llamada de Santana y su reacción por el inocente comentario acerca de dormir juntas. Sabía a lo que se enfrentaba tras haberle hecho saber que seguía con la firme intención de estar en su vida, o como ella lo llamaba, su mundo. Pero en aquel instante, justo cuando Kate le relataba aquella lista de pequeñas cosas que cualquier pareja hacía, y que ellas no iban a poder llevar a cabo, fue cuando sintió como algo comenzaba a presionarle en el pecho, como una ligera sensación de malestar se apoderaba de ella, y conseguía incluso hacerle dudar, pero solo fueron unos segundos, justos los que tardaron en pasar hasta que Kate volvía a hablar, y la sacaba de sus pensamientos.

—Es cierto que os tengo envidia.

—¿Envidia? —susurró alzando de nuevo la mirada hacia la chica.

—Sí Quinn, aunque no lo sepas, he sido testigo de todo el proceso de enamoramiento de Rachel—sonreía—O como quiera que se le llame, y te aseguro que he sentido envidia.

—No lo entiendo, supongo que habrá sido normal... O quizás no, pero no creo que sea motivo de envidia.

—Quinn, la primera vez que te vi en el video del casting, Rachel estaba a mi lado y su cara de sorpresa era tal, que te juro que jamás la había visto así, ni siquiera cuando Em soltó su primera carcajada después de saber que no podría hablar. Y desde ese día, cada vez que hablaba de ti algo nuevo aparecía en su cara. No sé, eran pequeños detalles como la ilusión por verte después de tanto tiempo, la desesperación porque no le aceptabas la llamada en fin de año. Todavía trato de entender cómo aceptó que Matt estuviese presente aquella noche solo porque tu estarías también. Es increíble el cambio que ha dado.

—No pretendo cambiarla—respondía por inercia. Su mente aun trataba de asimilar todas aquellas palabras que la subían a un pedestal en el que no se veía en absoluto.

—La estás cambiando para bien—aclaró—Sé que tú opinas igual que Brody y, por lo tanto, igual que yo.

—¿Acerca de qué?

—Acerca de la locura paranoica que siente Rachel por mantener su vida en una burbuja—respondía con absoluta claridad—Sé qué piensas como nosotros, que no es algo que le beneficie en absoluto vivir como vive, y también sé qué piensas que la fama no es algo que merezca la pena lo suficiente como para vivir así, pero, gracias a ti, Rachel se está abriendo al mundo, no a ese al que pertenece y que solo conocemos unos cuantos privilegiados, sino al mundo de verdad al que pertenecía hace tres años, justo antes de que naciera Emily—Hizo una pausa—Jamás pensé que Rachel pudiese jugar con Emily en el parque, sin apenas importarle quien estuviera a su alrededor, y eso solo lo has conseguido tú, ni siquiera Brody lo pudo hacer.

—Solo quiero que disfrute con ella, es lo único que importa ahora mismo—respondía. —Emily necesita a su madre y ella necesita a Emily. No pueden perder el tiempo entre cuatro paredes

—Lo sé, y me a… —no pudo continuar. La luz del ascensor volvía a aparecer al completo y el sonido de un motor volvía a reanudar el descenso de la cabina—Bien, puede que llegue a tiempo—susurró lanzando una mirada hacia su reloj.

—Eso parece—murmuró Quinn al sentir como el ascensor ya las dejaba en el hall de entrada.

—¿Sabes? Ha sido un placer quedarme encerrada contigo en ese ascensor—volvía a hablar Kate ya en el exterior—La última vez que me sucedió, me quedé encerrada con el Sr. Thompson.

—No sé quién es.

Kate se acercó con sigilo al tiempo que cubría su boca con la palma de la mano—vive en la penúltima planta y tiene tres gatos y un loro. Está loco, —susurró—pero no es peligroso.

—Bueno, si no es peligroso tampoco es tan malo ¿No?

—Digamos que su problema no es ese—añadió al tiempo que comenzaba a alejarse—Su problema es que no sabe que existe el desodorante—espetó al tiempo que dibujaba una divertida mueca con su nariz y le guiñaba el ojo, provocándole de nuevo una sonrisa aún más amplia.

Kate repetía la historia como si de un Deja Vú se tratase. Se volvía a marchar de la misma manera que hacía un par de meses, dejándola a ella allí plantada, lanzándole un guiño de ojos mientras ella se disponía comenzar una carrera matutina por Central Park. Pero aquella vez era muy distinta a la primera.

Las cosas habían cambiado tanto que ni siquiera conseguía asimilarlo. Ahora, después de casi cuatro meses, Quinn era parte de la vida de Rachel, de la cerrada y complicada vida de la morena en aquella ciudad, y las palabras de aquella chica de enormes ojos verdes y pelo rojizo, se amontonaban en su mente mientras comenzaba a trotar por la acera.

Era totalmente cierto lo que dijo en el ascensor. Rachel parecía vivir en una burbuja creada por una paranoia que no le hacía ningún bien, de hecho, esa no era la verdadera Rachel Berry.

Quinn recordaba los primeros años de instituto, cuando la morena luchaba por cualquier escaso minuto de fama que pudiese lograr entre sus compañeros. Aquella chica que creía que no ser popular, era terrorífico. Rachel Berry habría hecho cualquier cosa por conseguir esa fama, inclusive salir en las portadas de las revistas con una chica de la mano. Le daba igual el método, lo importante era llegar hasta donde quería.

Sin embargo, ahora todo era distinto.

Rachel podía llegar a tener toda la fama que quisiera, pero no le interesaba en absoluto o quizás sí, quizás seguía siendo tan importante para ella que había asumido por completo que no podría lograrlo si no mantenía su imagen impoluta, y eso la obligaba a mantener a su hija en secreto, y, por supuesto, que nadie hablase de sus relaciones, en ese caso concreto, con una mujer como ella.

¿Tan equivocada estaba? ¿Tan obsesionada estaba con creer que no lo conseguiría si no era de esa manera o había algo más? Y es ahí donde entraba la imagen de su representante, Kevin Reich.

La llamada que recibió de Mónica el fin de semana anterior le dejó algunas pistas sobre quién y cómo actuaba aquel tipo. No tenía escrúpulos, esa fue la respuesta de su representante al explicarle lo que había averiguado sobre Kevin.

Era manipulador y conseguía llevar a la fama a todas las actrices con las que trabajaba, pero ésta siempre vivía envuelta en un misterio que poco o nada les favorecía. Egocéntricas, mal educadas e inaccesibles, esas eran las características que tenían en común las chicas con las que trabajaba aquel representante, y Quinn supo que eso mismo era lo que estaba tratando hacer con Rachel. De hecho, ya casi lo había logrado. Una buena muestra de ello era ver como Rachel había rechazado incluso a sus amigos. Y eso precisamente era lo que Quinn estaba dispuesta a evitar.

Rachel no era así. Sí, había madurado, había cambiado su forma de ver la vida porque a cualquier persona le cambia la vida cuando es madre, pero seguía viendo a la Rachel Berry que ella había conocido. Pudo verlo días atrás, cuando pudieron disfrutar del parque junto a la pequeña, o con las divertidas e infantiles actitudes que mostraba cuando quería algo que no tenía. Seguía siendo aquella Rachel Berry y ella, tal y como Kate le acababa de confesar, tenía gran parte de culpa de que aquello sucediera.

Quizás con paciencia y sin alterar demasiado su estado, podría conseguir que Rachel volviese a disfrutar de la vida y de sus sueños.

—Paciencia—susurró convenciéndose a sí misma tras detener la carrera.

Habían pasado los 45 minutos que siempre se marcaba como tiempo a ocupar con aquella actividad. Ya ni siquiera notaba el cansancio y se alegraba, los días de esfuerzo en el gimnasio empezaban a dar sus frutos y a mejorar su aspecto físico. Pero nada, ni siquiera el haber quemado aquellas calorías en su trepidante carrera a través del parque, podían acabar con la incesante necesidad que sentía al pasar por aquella cafetería de regreso a su casa. No podía evitarlo, era como si una dulce voz o quizás un canto de sirena se dejase oír y su cuerpo reaccionaba colándose en el interior, saboreando de ante mano el exquisito sabor de aquel café que colmaba sus sentidos, y que por supuesto, iba a pedir como recompensa por la fuerza de voluntad al practicar deporte, tal y como se lo recordó Kate hacia apenas una hora.

No podía evitar entrar con una sonrisa al local, pero aquella sonrisa aumentó de forma considerable al encontrarse de pleno con una mirada, alguien que conseguía hacerla mirar hacia una de las esquinas de aquella cafetería solo con la fuerza que transmitían sus ojos.

Rachel.

Quinn tragó saliva al descubrirla sentada en uno de los sofás, observándola mientras trataba de disimular la sonrisa frente a dos personas, una mujer y un hombre que, sentados frente a ella, hablaban y gesticulaban sin parar.

Quinn no supo qué hacía allí. Supuestamente debía estar en una reunión importantísima con unos inversores que estaban dispuestos a colaborar con la obra, no en un Starbucks a las 09:30 de la mañana.

No supo por qué lo hizo, quizás porque Rachel conseguía transmitirle mentalmente lo que debía hacer, y lejos de detenerse en la cola que existía para pedir en la barra, siguió caminando hasta colarse en el interior del pasillo que la llevaba hasta los servicios. Por supuesto, Rachel fue testigo de la acción y, apenas un par de minutos después, conseguía levantarse de la mesa con una excusa y adentrarse también en aquella zona.

Dos golpes sobre la puerta y Quinn, que trataba de asimilar que hacía en el interior de aquel baño, supo que era ella.

Su sonrisa al colarse en el interior del habitáculo la sacó de cualquier tipo de duda o temor que pudiese rondar por su mente.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó incrédula segundos antes de sentir como los labios de su chica se unían a los suyos en un rápido y certero beso—Rachel —susurró.

—Estoy histérica ¡Oh dios! Me encanta verte, haces que me tranquilice.

—Pero ¿Qué está pasando? ¿No tenías una reunión con…?

—Son ellos—interrumpía—cuando Kate me llamó para decirme que no sabía a qué hora iba a llegar, te hice caso y les llamé para tratar de hacer la reunión más tarde o en otro lugar más cercano, y cuál fue mi sorpresa, aceptaron. Y yo pensé en ti, y me dije… ¿Qué haría Quinn? Y no te lo vas creer, pero me acordé del Mocca Blanco y automáticamente, los cité aquí—respondía sin apenas respirar mientras hablaba.

—¿Y qué tal? ¿Va bien? —se interesó sin apartar las manos de su cintura, completamente sorprendida por la verborrea de su chica.

—Sí, están encantados con el proyecto e incluso quieren ver algunos de los ensayos.

—Bien—sonreía satisfecha—eso es bueno ¿No?

—Es buenísimo Quinn, si ellos invierten podremos hacer más cosas como contratar por fin a los actores sustituidos. Es muy importante tener un plan B, ya me entiendes.

—Si, y me parece perfecto Rachel, eres increíble—susurró antes de besarla de nuevo.

—¿Qué haces aquí tú? Bueno, para qué pregunto—sonreía, —supongo que vienes a por tu café ¿No es cierto?

—No pude evitarlo—respondía divertida. —Vengo de correr, de hecho, no deberías abrazarme mucho, estoy un poco sudada—se miraba.

—Quinn Fabray—la observó sonriente—No te haces una idea de lo que te haría ahora mismo sudada.

—Hey —la detuvo. —No me tientes que estamos en un baño público.

—Ok, será mejor que salga ya, no quiero que todo se eche a perder.

—Perfecto, sal ahí afuera y comételos—espetó volviendo a atrapar los labios de su chica con los suyos.

—Mmm, lo haré por ti—susurró segundos antes de girarse e intentar abrir la puerta, pero Quinn la detuvo. Ese, lo haré por ti, quedó tan latente en su cabeza que no pudo evitarlo.

—Rachel

—Dime—volvía a girarse hacia ella.

—Sabes que estos días es complicado que nos veamos a menudo, ¿verdad?

—Lo sé, tienes ensayo hasta tarde, pero no te preocupes intentaré verte, aunque sea en el camerino.

—No lo digo por eso lo digo por… —dudó—Si consigo que este sábado podamos cenar y salir a bailar a algún lugar y que no parezca que somos pareja, ¿aceptarías mi propuesta?

—¿Salir a cenar y a bailar? —frunció el cejo.

—Sí, pero tranquila, lo haríamos de tal forma que nadie sabrá que vamos juntas.

—No, no entiendo, Quinn. ¿Cómo vas a hacer eso? Además ¿Qué pasa con Em?

—Yo me encargo de todo, solo quiero que me digas si estarías dispuesta a salir si cumplo con todos los requisitos.

—Pues —balbuceó—No sé, supongo que sí.

—¿Te apetece salir a cenar y a bailar?

—Me encantaría—respondía con algo de confusión—Pero eres consciente de…

—Sé todo, y prometo que será como tú quieres que sea—sonreía satisfecha—Solo quería saber si estabas dispuesta, de lo demás yo me hago cargo.

—Ok, ok—susurró aún con algo de preocupación.

—Bien, pues ahora vamos, sal ahí y demuestra que no hay nadie como Rachel Berry para conseguir lo mejor—espetó volviendo a besarla.

Rachel se limitó a morderse el labio tras aquel último beso y con un profundo suspiro, volvía a salir del baño, dejando a Quinn a solas en el interior del mismo, reorganizando su mente y lo que había sucedido en aquellos extraños minutos.

—Voy a conseguir que vuelvas a ser quién eres, Rachel—susurró siguiendo los pasos de la morena varios minutos después, cuando ya se había asegurado de que nadie podía asociarlas a aquel encuentro.

Le bastó lanzar una última mirada hacia la mesa, cuando ya se disponía a recoger el café que había pedido, para afianzar sus pensamientos. Una mirada que Rachel le devolvió sin dudas, con una disimulada sonrisa y un gesto que la hizo sonreír también a ella. El vaso que permanecía entre sus manos era igual que el suyo y lo supo en ese instante. Rachel estaba tomando lo mismo que ella solía tomar, y por lo que siempre terminaba entrando en aquella cafetería, su apreciado café con chocolate blanco. Y una sonrisa de satisfacción volvía a dibujarse en su rostro a modo de despedida.

—Vas a volver, lo juro.