Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
CAPITULO VEINTITRES
Dos noches más tarde las luces brillaban en las ventanas de la residencia de campo de los Uchiha. Elegantes carruajes adornados con blasones nobiliarios ascendían por la avenida que llevaba a la entrada de la mansión, y los lacayos ayudaban a bajar de sus asientos a miembros de la alta sociedad. Cuando Hinata entró en el vestíbulo de suelo de mármol, la fiesta se hallaba en su apogeo.
Habían asistido más de doscientos invitados, algunos estaban en la pista de baile de parquet, otros charlaban en corrillos. Hinata divisó a Sakura en el lugar acordado, junto al tiesto de una palma, al lado de un ventanal.
Sakura vio a Hinata y fue en su busca.
—Está preciosa —le dijo en cuanto llegó a su lado—. Lleva un bonito vestido.
—Gracias. —Hinata se había puesto el vestido lila que le había regalado Naruto. Se apretó el estómago, que tenía algo revuelto, con ambas manos—. Estoy un poco nerviosa.
—Y yo —reconoció Sakura mientras llevaba a Hinata a un rincón—. ¿Ha visto a Naruto?
A Hinata se le humedecieron las palmas de las manos ante la idea.
—No. ¿Está por aquí?
Sakura asintió.
—Sí. Ha llegado hace unos veinte minutos, y me alegra decirle que parece estar bastante sobrio.
—Todavía no estoy segura de que esto sea una buena idea...
—Tonterías —interrumpió Sakura—. Ya lo hemos hablado un montón de veces. Cuando Naruto la vea, cuando haya hablado con usted, todo se arreglará. —Dio a Hinata un apretón de manos para animarla—. Basta con que recuerde que él la quiere. Sólo necesita darse cuenta de sus sentimientos.
—¿Y si no lo hace? —preguntó Hinata, sintiendo una súbita punzada de inseguridad sobre el plan de Sakura.
—Créame, lo hará. —Sakura dirigió su mirada hacia el salón—. Le veo. Está cerca de las puertaventanas que dan al jardín. Vaya a hablar con él. —Dio un rápido abrazo a Hinata—. Buena suerte. Y quiero que me cuente hasta el último detalle.
—Espero poder darle buenas noticias —dijo Hinata con voz trémula.
Sakura dio a Hinata un empujoncito para incitarla a salir del rincón.
—Venga. Ahora.
Hinata vio a Naruto de inmediato y le dio un vuelco el corazón. Estaba de pie junto a las puertaventanas, solo, con una copa de champán en la mano, mirando hacia la oscuridad. Su elegante traje negro de noche acentuaba la anchura de sus hombros, unos hombros que a Hinata le parecía como si se le hubieran desplomado. Le vio sacar un reloj de mano del chaleco y mirarlo. Se bebió el champán, abrió la puerta y salió al jardín.
Para no perderlo de vista, Hinata recorrió a toda prisa el perímetro del salón de baile, y pocos minutos después salió al cálido aire nocturno que olía a flores. Las nubes ocultaban la luna, pero los jardines estaban iluminados con antorchas. Hinata vio que Naruto se disponía a coger uno de los senderos que salían del fondo del lado derecho del jardín, y se apresuró a seguirle.
Naruto anduvo por el sendero con la mente ofuscada. Faltaban veinte minutos para que Sasuke y sus hombres llegaran a sus puestos, pero no podía soportar quedarse más tiempo en el salón de baile.
El empalagoso ambiente que se respiraba en la fiesta le había hecho sentirse como un animal enjaulado. Si avanzaba a paso lento, llegaría al lugar acordado sólo unos pocos minutos antes; y ¿qué podían importar unos pocos minutos?
Quería acabar con aquello de una vez por todas. Quería desenmascarar a quien fuera que quisiera matarle para poder seguir con su vida. Con un poco de suerte, el culpable atacaría aquella noche y sería apresado. Entonces podría continuar con su vida. «¿Pero en qué diablos consiste mi vida? ¿Más fiestas? ¿El juego? ¿Las mujeres?»
Se le escapó un amargo quejido. No tocaba a una mujer desde su regreso a Londres. Y no había sentido el menor deseo de hacerlo. Se había encontrado con su amante en un baile la noche anterior, pensó que era una oportunidad para quitarse a Hinata de la cabeza, pero, una vez allí con ella, no había podido hacer nada. Ino Delacroix podría seducir a las estrellas para que bajaran del cielo con su hermoso rostro y sus voluptuosas y sensuales curvas, Naruto no soportó que le tocara. Su beso le dejó frió y con un sabor desagradable en la boca. Pidió un brandy, hilvanó una rápida excusa y se fue. Y allí estaba él, paseando por el asqueroso jardín de flores de su hermana e intentando quitarse de la cabeza a la persona en quien no podía dejar de pensar.
Hinata...
Ella ocupaba todos sus pensamientos, llenaba cada recoveco de su mente, y no había nada que la pudiera apartar de allí. Si sólo...
—Naruto.
Naruto se quedó helado y luego farfulló una blasfemia y pensó: «¡Maldita sea, hasta oigo su voz!» Siguió andando. Había dado menos de dos pasos cuando volvió a oír que alguien le llamaba. Se volvió y miró fijamente a la mujer que se le acercaba, sin creerse lo que veían sus ojos. Sacudió enérgicamente la cabeza como si quisiera borrar aquella visión, convencido de que sus ojos le estaban engañando. «Debo de estar borracho», pensó. Pero era imposible, sólo se había bebido una copa de champán. La visión siguió avanzando, deteniéndose aproximadamente a un metro de él.
—Hola, Naruto.
Era real. No era ninguna aparición ni tampoco el producto de su imaginación. Se trataba de Hinata. Su ángel. De pie ante él, con el vestido lila que él le había regalado, los ojos luminosos y brillantes y una tímida e insegura sonrisa en los labios. Naruto cerró los ojos y tragó saliva, bombardeado por una tormenta de sentimientos contradictorios. Confusión. Extrañeza. Alegría.
Abrió los ojos de par en par y la miró, recorriendo su figura de arriba abajo con la mirada. «¡Dios! ¡Qué hermosa es! Y cómo la he echado de menos.»
Pero, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Cómo lo había encontrado? A Naruto se le paró el corazón. «¡Dios mío! Debe de estar embarazada. Por eso me ha seguido la pista.» Multitud de emociones volvieron a bombardearle. «Hinata. ¡Embarazada!» Se le desbocó el corazón y empezó a latirle con más fuerza. Le embargó un júbilo que no tenía ningún derecho a sentir. Estaba a punto de correr hacia ella, abrazarla con todas sus fuerzas y no dejarla marchar nunca más, cuando recuperó súbitamente la razón.
Dentro de sólo unos minutos iban a tenderle una trampa a un asesino, un asesino que podía estar lo bastante loco o lo bastante desesperado como para matar también a Hinata si estaba en medio. Según sus datos, era posible que alguien le estuviera siguiendo los pasos justo en ese momento. No podía poner la vida de Hinata en peligro. Tenía que quitársela de encima. Y cuanto antes mejor.
—Quiero que vuelvas a la fiesta. Ahora.
Ella negó con la cabeza.
—Tengo que hablar contigo.
—¿Cómo diablos me has encontrado?
—A través de tu hermana.
—¿Mi hermana? —«¡Maldita sea», pensó, «vaya lío que ha organizado Sakura!»—. Vete. De inmediato.
—No. No pienso moverme de aquí.
Naruto apretó los puños. «¡Maldita testaruda!» Si le ocurría algo a Hinata, mataría a Sakura con sus propias manos. Y parecía que, a aquel paso, tendría que cargar literalmente a Hinata hasta la mansión. Pero antes tenía que saberlo.
—¿Esperas un hijo? ¿Por eso has venido?
Ella se puso lívida.
—No —susurró.
—¿Entonces por qué...? —Se le quebró la voz cuando le asaltó una idea que le heló la sangre. Se impuso la realidad, aplastándole con su implacable peso. Conocía demasiado bien la naturaleza humana y sabía que, si Hinata le había buscado después del daño que debía de haberle hecho abandonándola de aquella forma, era porque, como todo el mundo, quería sacar tajada de la situación.
«¡Dios mío, qué estúpido he sido! Es igual que la multitud de aristócratas cazadoras de fortunas y buscadoras de títulos que me sale a cada paso.» Una gélida rabia le hizo apretar los puños. «¿Cómo he podido ser tan idiota y tan ingenuo?»
La miró con los ojos entornados.
—¿Sabes quién soy?
—Sí. Sé que eres el marqués de Konohagakure.
Naruto le contestó con voz gélida.
—¿Por eso has venido? Averiguaste que era rico y de buena familia y te imaginaste que podrías sacar tajada. ¿Qué pasa? ¿No ganas lo suficiente vendiendo relatos para alimentar a todas esas bocas hambrientas? ¿Acaso vienes a reclamar los varios miles de libras que crees que te debo por haberme salvado la vida? ¿O tal vez por «los servicios prestados»? —La repasó de arriba abajo con una mirada inconfundiblemente insultante—. No tengo la costumbre de pagar los favores sexuales, pero fuiste un interesante pasatiempo. Lamentablemente para ti, ahora voy un poco justo de efectivo, pero contactaré con mi agente para que te pague mañana.
El rostro de Hinata se había puesto pálido como la muerte.
—¿Cómo puedes decirme esas cosas tan horribles? —susurró mientras se le quebraba la voz—. ¡Dios mío! ¡No te conozco! ¿Quién eres?
A Naruto se le escapó una risa llena de amargura.
—Como tú misma acabas de decir, soy el marqués de Konohagakure. Y, en calidad de tal, no tengo el deseo ni la intención de proseguir esta discusión. Cualquier relación que hayamos podido tener es cosa del pasado. Sugiero que lo tengas presente y que te mantengas alejada de mí.
Hinata permaneció completamente inmóvil durante varios segundos. Luego levantó la barbilla, echando chispas por los ojos.
—¿Cómo demonios he podido equivocarme tanto sobre ti? Eres un hombre frío y horrible. Un completo desconocido. —Tras dirigirle una última y fulminante mirada, con una expresión que reflejaba elocuentemente su desprecio y su rencor, se dio la vuelta.
De repente, a Naruto le asaltó la duda. La indignación, el enfado de Hinata... parecían tan auténticos. ¿La había malinterpretado? Alargó la mano y retuvo a Hinata sujetándola del brazo.
—Hinata, yo...
La palma de la mano de Hinata se estrelló contra la mejilla de Naruto con un ruido seco. Soltándose bruscamente de Naruto, Hinata se frotó el brazo en el lugar donde él la había tocado como si intentara eliminar la sensación de aquel contacto en su piel.
—Como tú mismo acabas de decir, eres el marqués de Konohagakure —le devolvió sus mismas palabras, con el pecho hacia delante y echando fuego por los ojos—. Y, en calidad de tal, no tengo el deseo ni la intención de proseguir esta discusión. Cualquier relación que hayamos podido tener es cosa del pasado. No quiero tener nunca la desgracia de volverte a ver. —La mirada despectiva que le dirigió podría haber prendido fuego a un bosque—. Sugiero que lo tengas presente y que te mantengas alejado de mí. —Habiendo dicho esto, se dio la vuelta y se alejó sendero abajo, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.
A Naruto le ardía la cara en el lugar donde la mano de Hinata le había dejado la marca de la bofetada, pero aquel escozor no era nada comparado con el terrible dolor que se le clavaba en lo más profundo de su alma. Sintió como si, de repente, se le hubieran secado las entrañas y se moría por dentro cuando se dio cuenta de que acababa de cometer un terrible e imperdonable error. Tras pasar sólo dos semanas en Londres, rodeado de sus colegas superficiales e interesados, se había olvidado de que realmente existía gente como Hinata.
Le había mirado como si le odiara. Y no la podía culpar por ello. Él también se odiaba a sí mismo. Inmovilizado por la angustia, la miró fijamente mientras se alejaba. Y contempló cómo Hinata salía de su vida, para siempre.
Hinata estaba tan enfadada, tan desilusionada, tan profundamente dolida que no se fijó en adonde iba. Lo único que quería era alejarse de Naruto lo antes posible. Avanzó con paso airado por un sendero del jardín, echando pestes contra Naruto, hasta que sintió que la cabeza le iba a estallar. De todos modos, estaba contenta de sentir rabia. Le impedía tirarse al suelo, hacerse un ovillo y sumirse en la humillación y la autocompasión.
Tras varios minutos, bajó el ritmo y miró alrededor. No tenía ni idea de dónde estaba.
Se encontraba rodeada por altos setos. Estiró el cuello y vio las luces de la mansión parpadeando a lo lejos. En plena tempestad emocional, se había alejado bastante del edificio. Divisando un banco de mármol a unos metros, agradeció poderse sentar un rato. No estaba en absoluto preparada para volver a la fiesta.
De hecho, tras pensarlo momentáneamente, decidió que no volvería a la fiesta. ¿Para qué exponerse a la humillante posibilidad de volverse a encontrar con Naruto? Y no le apetecía nada hablar con Sakura. ¿Qué iba a decirle? Apenas podía soportar pensar en las cosas tan odiosas que le había dicho Naruto, y no digamos repetirlas.
Hundió la cara en las manos, profundamente avergonzada. «¡Dios mío! ¡Qué estúpida he sido!» Creía estar enamorada de Naruto, pero, ¿cómo podía estarlo cuando era evidente que no le conocía? El hombre de quien estaba enamorada nunca se habría comportado como aquel frío y amargado desconocido del jardín. «No permitiré que me destruya. Es un mentiroso indigno de mi confianza y de mi amor. Tengo una familia a quien querer, una familia que me quiere y que me necesita.»
Pero, por mucho que lo intentó, Hinata no pudo evitar que las lágrimas le inundaran los ojos y le resbalaran por las mejillas. Lágrimas inútiles y desesperadas por un espejismo, un mero producto de su imaginación, un hombre a quien había amado durante un breve período de tiempo.
Un hombre que, en realidad, no existía.
Casi todos los invitados estaban bailando o conversando. El champán y el brandy fluían a borbotones, y más de la mitad de los presentes estaba cerca de la embriaguez. Una figura solitaria recorrió el salón de baile y se coló disimuladamente por las puertaventanas que daban al jardín. Andando a paso ligero y con la cabeza gacha, se adentró en el jardín. «Pronto estarás muerto, canalla. Entonces todo será mío, como siempre debería haber sido.»
Naruto se quedó mirando fijamente a la oscuridad durante un buen rato después de que Hinata desapareciera en la distancia. Tenía las entrañas en carne viva, los nervios destrozados, el alma dolorida. Aunque llegara a vivir cien años, jamás olvidaría la expresión de profunda desilusión del rostro de Hinata. Ni su última mirada llena de desprecio.
Sumido en sus martirizantes pensamientos, al final empezó a descender por un sendero, girando en la dirección contraria adonde se encontraba la mansión. Casi era la hora en que tenía que encontrarse con Sasuke, pero necesitaba unos minutos para recomponerse y calmarse. Divisó un banco de mármol y decidió sentarse un rato. Cerrando los ojos con fuerza, intentó, sin éxito, borrar la imagen de Hinata de su mente.
¿Cómo diablos habían contactado Sakura y Hinata? ¿Estaba Sasuke involucrado de algún modo? Naruto no tenía ni idea, pero estaba dispuesto a averiguarlo antes de que acabara la noche. La mirada desconcertada de Hinata irrumpió súbitamente en sus pensamientos, y él dejó caer su martilleante cabeza sobre las palmas de las manos.
—Hola, Naruto —dijo una voz procedente de la oscuridad.
Naruto levantó la cabeza y miró hacia las sombras. Se le acercó una figura. Todo su cuerpo se quedó completamente inmóvil cuando vio la pistola apuntándole al centro del pecho.
El nerviosismo de Sasuke crecía con cada minuto que pasaba. Naruto llegaba tarde. La trampa estaba tendida, los agentes de la ley, en sus puestos, pero no había ni rastro de Naruto en la oscuridad del jardín. Pasaron cinco minutos más, pero el sendero del jardín seguía en silencio y desierto. El pulso de Sasuke empezó a latir con más fuerza, y un terror creciente e implacable se adueñó de él.
«¡Maldita sea, Naruto! ¿Dónde diablos te has metido?»
Naruto miró fijamente el arma que le apuntaba y luego alzó la mirada lentamente. Unos ojillos llenos de odio lo miraban fijamente a través de las gafas puestas. Supuso que debería estar sorprendido, pero, en lugar de ello, sintió un raro distanciamiento, como si, en cierto modo, estuviera observando la escena desde lejos. Como si fuese el espectador de una extraña escena de una obra macabra.
—Debo decir que esto no es exactamente lo que me esperaba —comentó en tono neutro. Miró el arma—. ¿Quizá podrías tomarte la molestia de explicarme por qué estás apuntándome con esa pistola? O mejor, ¿tal vez podrías tomarte la molestia de apuntar a algún otro lugar?
Los finos labios de la funesta figura esbozaron una maliciosa sonrisa.
—Me gusta apuntar adonde estoy apuntando. Y, en lo que respecta a por qué te estoy apuntando, es obvio. Voy a matarte.
—Entiendo. —Naruto calculó rápidamente la distancia que los separaba y concluyó que no podría cogerle el arma sin que le disparara antes.
—No te recomiendo que intentes desarmarme. Soy una excelente tiradora. Serías hombre muerto antes de tocarme.
—¿Ah, sí? —dijo Naruto arrastrando la voz—. No tenía ni idea de que fueras tan buena con las armas, pero creo que tu seguridad en ti misma es infundada. Ya me has disparado varias veces y has fallado.
—No fui yo, estúpido. —Cada palabra era veneno puro—. Esos idiotas que contraté lo hicieron todo mal. Por eso he decidido hacerlo con mis propias manos. Así estaré segura de que estás bien muerto.
Naruto miró teatralmente a su alrededor.
—¿Y dónde está mi querido hermano? Venga, Deidara, sal de tu escondrijo. ¿Te has escondido entre los setos?
Una carcajada llena de amargura rasgó el aire.
—Tu hermano no es más que un parásito borracho que vive a mi costa. No tiene suficiente cerebro pata matar a nadie.
—Entonces, ¿no estás haciendo esto por él? —Naruto la observaba atentamente, esperando una oportunidad para desarmarla.
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Por qué iba hacer algo por Deidara? Le detesto. Esto lo hago por mí. ¡Sólo por mí! Cuando hayas muerto, Deidara heredará el título y las propiedades y yo me convertiré en marquesa. Y, cuando muera tu padre, también seré duquesa. Los miembros de la alta sociedad dejarán de despreciarme y rechazarme como la molesta, poco agraciada, tímida e insignificante mujer del segundo hijo de un duque.
Dirigió a Naruto una mirada fulminante y llena de odio mientras le temblaba la voz de pura rabia.
—Me convertiré en la reina de la ciudad. Todo el mundo buscará mi compañía, mendigará mi favor. Nadie me ignorará ni me despreciará. Nunca volveré a tener que pasar por la humillación de ser la fea esposa de Deidara, una mujer de quien compadecerse. Tendré poder e influencias. —Sus ojos se achinaron hasta convertirse en sendas ranuras, Naruto pudo verlo através de las gafas—. Y no me veré obligada a soportar más la indiferencia de Deidara. En lugar de ello, tendré multitud de amantes, todos ellos disputándose mis favores, deseosos de complacerme.
Naruto se dio cuenta de que tendría más probabilidades de salir con vida si la hacía hablar.
—Dime, Shiho, si ansiabas tan vehementemente un título, ¿por qué no te casaste con un hombre que ostentara uno? ¿Por qué te conformaste con Deidara?
—No tuve otra elección. Mi padre arregló mi matrimonio. Al principio, estaba profundamente feliz, encantada de poder escapar por fin de mi familia. ¿No sabías que tengo tres hermanas mayores?
—No —respondió Naruto negando con la cabeza.
—Claro que no lo sabías. Nadie lo sabe. Nadie pierde el tiempo hablando conmigo. No soy guapa. No tengo una portentosa inteligencia ni ningún don para la música. Soy fea y patosa y tímida y, por lo tanto, fácilmente despreciable. Insignificante. —Miró a Naruto con ojos brillantes—. Mis tres hermanas son muy guapas. Guapas y con mucho talento. Los hombres se arremolinaban en torno a ellas y mis padres les organizaron maravillosas puestas de largo y abrieron la casa a multitud de pretendientes. Todas pudieron elegir un buen partido.
Shiho hizo una breve pausa para coger aire y luego prosiguió.
—Me han ignorado, apartado, aplastado, ridiculizado y ocultado durante toda la vida. Creía que mi vida iba a cambiar cuando me casé con Deidara, pero todavía empeoró más. Yo ya sabía que él sólo se había casado conmigo por mi dinero, pero esperaba... —Su voz se fue desvaneciendo y a Naruto le pareció detectar el brillo de las lágrimas en sus ojos. Pero, cuando prosiguió con su discurso, su tono de voz era tan duro como el granito—. Deidara me desprecia y aprovecha cualquier oportunidad para demostrármelo. Me humilla pavoneándose con sus mujeres ante mis narices, como si yo no pintara nada, como si no fuera nadie. Me habría gustado tener un hijo, pero tu hermano ni siquiera me toca. —Dio un paso adelante—. Ha cometido un error. Todos han cometido un error. Y, después de esta noche, todo lo que siempre he deseado, todo lo que siempre me ha sido negado, todo cuanto merezco, será mío. —Cogió la pistola con ambas manos y la niveló con el pecho de Naruto.
Naruto se quedó completamente inmóvil, curiosamente con la mente en blanco. Shiho estaba demasiado lejos para desarmarla y lo bastante cerca como para acertar el tiro si tenía tan buena puntería como ella decía. Naruto se dio cuenta de que el pulso de su inminente verdugo era perfectamente estable.
—¿Quieres decir tus últimas palabras? —dijo la mujer teatralmente.
De repente, a Naruto le asaltó la imagen de Hinata. Ella era lo único bueno que le había pasado en toda la vida, y la había perdido para siempre. La idea de luchar por su vida, una vida vacua y carente de sentido, le llenó de resignado agotamiento. ¿Para qué luchar por una vida que no merecía la pena vivir?
Naruto esbozó una amarga semisonrisa.
—Espero que los títulos y el prestigio te hagan más feliz de lo que me han hecho a mí.
Shiho le apuntó al corazón.
—Adiós, Naruto —dijo educadamente, con el mismo tono que podría haber empleado para preguntarle si quería una taza de té. Y luego apretó el gatillo.
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Continuará...
