27

Deja Vú

Un minuto más con ellos y sería capaz de arrasar con la sala de ensayos y destruirla.

Jamás, nunca antes en mis 26 años alguien había logrado sacarme de quicio tanto como Gareth, Edgar, Kate, Drew y Dylan. Sobre todo, Dylan. Una mocosa de 17 años capaz de amargarte la mañana, el día y tu propia existencia con tan solo una mirada. Ni Santana en su peor época como manipuladora, ni la mismísima Sue maléfica Sylvester llegaban a provocarme tal desesperación. ¿Cómo podía un ser tan pequeño ser tan desesperante y odiosa? Ni siquiera me superaba en altura, y en peso mucho menos. ¿Dónde cabía tanta crueldad? Aquella chica guardaba en su menudo cuerpo una déspota y soberbia personalidad que me apabullaba cada vez que se dirigía a mí. Era una niñata. Y tenía a todo el coro acatando sus órdenes sin rechistar una sola de las palabras que soltaba en cada una de sus frases, con Gareth, Edgar, Kate y Drew cubriendo sus espaldas. Era como la loba de la manada, el rey león o, mejor dicho, la zarigüeya madre del nido.

Llegué a todas esas conclusiones en apenas 30 minutos de reunión en la sala del coro. 30 minutos en los que ya deseaba deshacerme de ella y apartarla del campeonato.

—Ya hemos decidido cuales son las canciones que vamos a cantar en el campeonato. No necesitamos que una estrellita de Hollywood venga a decirnos que hacer —replicó alzándose como la portavoz del grupo.

—Entiendo que tengáis preparadas las canciones —dije procurando mantener la tranquilidad—, pero conozco ese concurso mejor que ninguno de vosotros. He ganado dos ediciones, una cantando y la otra dirigiendo. Sé lo que hay que hacer para conseguir la tercera. Ya he visto el listado de canciones que teníais elegidas y no me convencen para lograr el triunfo. Como tampoco me convence que tú seas la solista. Eso es algo que tengo que decidir yo.

—No, no te equivoques —volvió a replicarme—. La solista soy yo. Y eso no es un punto que se pueda debatir.

—Señorita Harnet, estoy aquí para hacer las cosas bien. En primer lugar, te pido que me respetes y te dirijas a mí de manera adecuada, como yo lo hago contigo. A menos que quieras obligarme a que te expulse de la sala de ensayo. Las cosas no van a ser como han venido siendo hasta ahora. Sobre todo, porque el profesor Reegan está en su casa con serios problemas depresivos por culpa de vuestra actitud desafiante. Yo no soy él. Si piensas que a mí me vas a manejar a tu antojo, estás equivocada… Y si no estás de acuerdo, lo mejor que puedes hacer es largarte de aquí. Y, en segundo lugar, te informo que hasta que yo no os haya escuchado a todos cantar, no habrá un solista para el concurso. Todos tenéis las mismas oportunidades, y yo soy quien decido. ¿Entendido?

—Me temo que no sabes con quien estás hablando —espetó desafiante mientras el resto se removía inquieto en sus sillas.

—Estoy hablando con Dylan Harnet, al menos ese es el nombre que leo en la lista. Y por lo que veo, eres tú quien no sabe con quién está hablando.

—Sí, claro que lo sé. Con la novia de Zac culito duro Efron —masculló logrando que toda mi ira se acumulara en mis puños, y las risitas burlonas del resto de alumnos acompañaran su gracia.

Me estaba poniendo a prueba una niñata de 17 años. A mí, a Rachel Barbra Berry, y no iba a permitirlo. Mucho menos aquel día en el que regresaba de nuevo al instituto, con la incertidumbre de no saber si me había vuelto loca y veía dobles por doquier.

La mañana anterior no pude hacer mucho más que regresar a mi casa y organizar mi estancia en ella para aquellas tres semanas. Ordenar mis cosas, organizar el planning de trabajo, mantener mi reunión telefónica con George, como cada día, y además soportar de la mejor manera posible la intensidad de mi padre por tenerme junto a él después de tanto tiempo. Pero mi cabeza no dejó de pensar en ella ni un solo segundo. Hacía un año y dos meses que no la veía. Catorce meses en los que me mantuve firme y desesperadamente alejada de su mundo, de su vida, de sus ojos, de su sonrisa, de su voz, de su perfume. De toda ella. No quería saber nada, no quise siquiera que mencionaran su nombre en mi presencia creyendo que así me olvidaría de ella. Pero era imposible hacerlo cuando todo me lo recordaba. Cuando volvía a mi casa después de algún viaje y no la veía tumbada en el sofá viendo Moulin Rouge. Cuando los jueves veía como nos ofrecían las deliciosas patatas asadas en el bufet de los estudios, o mi gel de chocolate permanecía intacto en mi baño. No podía evitar pensar, preguntarme qué estaría haciendo y porqué hizo lo que hizo. Por qué decidió romper todas y cada una de sus promesas. Por qué me mintió y destrozó mi confianza cuando más la necesitaba, cuando mejor me sentía por abrirle mi corazón. Tenía miles de preguntas que ni siquiera me atrevía a lanzar por miedo a sus respuestas, y porque tampoco me permitió que lo hiciera. No volví a verla hasta aquella mañana junto al semáforo, en el que ni siquiera puedo confirmar que fuese ella y no una doble, o alguna ilusión óptica mía.

Toda la noche pensando en ese momento. Toda la mañana mirando a cada lado, hacia los coches con los que me cruzaba en mi trayecto, o entre los alumnos que salían a mi paso en el mismo. Y mi temor por estar volviéndome una loca obsesiva, me hizo desistir en el intento de llamar a Santana y preguntarle por su paradero. Suficientes veces le había preguntado ya a lo largo de aquellos meses. Pero no. No la volví a ver. No había ni rastro de ella, y supuse que todo parecía haber sido producto de mi imaginación, que se empeñaba en seguir martirizando mi corazón. Y para colmo me encontraba con aquel grupo de adolescentes irritantes que creían ser los dueños del mundo, y con una niñata que me faltaba el respeto con la simple mirada.

—Se acabó. Fuera del aula —solté rotunda.

—¿Qué?

—Que te largues de aquí ahora mismo —repetí sin perder la firmeza, viendo cómo se atrevía a levantarse de su silla para encararse conmigo—. He venido para dar clases a un grupo, y no voy a permitir que alguien que no está por la labor de aprender se quede aquí fastidiando a los demás.

—¿Fastidiando? Creo que te equivocas. El Glee Club no es nada sin mí. Ellos están aquí porque yo estoy.

—No lo voy a volver a repetir. Sal de la clase ahora mismo, y te aconsejo que vayas preparando una buena excusa para dar a la directora Sylvester.

—Mi nombre en tu voz suena horripilante —escuché de repente rompiendo la tensa discusión que mantenía con la insoportable Dylan. Cuando vi cómo se colaba en el interior de la sala de ensayo quise que el mundo cayese sobre mí. No tenía suficiente con la niñata, sino que además tenía que lidiar con Sue. Si me faltaba el respeto delante del grupo, mi intento por ser la mejor directora del coro se desvanecería sin siquiera haber tenido ocasión de intentarlo— ¿Tengo que venir yo para que guardéis silencio?

—Directora, no creo que sea el momento oportuno de mostrarnos su dote de mando —le dije en un desesperado intento por evitar el cruce de insultos.

—Si alguien me menciona, es evidente que tengo que estar presente. ¿Qué está sucediendo? —cuestionó haciéndome dudar por cómo había sido capaz de saber que la estaba mencionando. De hecho, llegué a pensar que me estaba espiando, pero mis dudas no tardaron en resolverse. Y de qué manera.

—No sucede nada. Estoy invitando a la señorita Harnet a que abandone la clase porque no está dispuesta a atender mis lecciones. No voy a permitir que una persona interrumpa constantemente mis explicaciones.

—Eso no es cierto —replicó ella—. Esta actriz de pacotilla viene aquí con aires de diva, y obligándonos a hacer lo que ella dice sin escuchar nuestras opiniones.

—¡Dylan! —exclamó Sue sorprendiéndome—. Es la primera y la última vez que faltas el respeto a alguien en mi presencia, y mucho menos si es un superior —añadió dejándome más sorprendida aun de lo que ya estaba. Jamás imaginé que fuese a salir en mi defensa.

—Directora, yo no…

—Tú nada. Ninguna zarigüeya va evitar que el McKinley gane las Nacionales, y si no te interesa esto…Ya te puedes ir.

—No quiero irme. Yo quiero ganar las Nacionales, pero ésta…

—Se llama Rachel Berry, y para ti debe ser la Señorita Berry —la interrumpió ante mi asombro—. Guarda respeto a los mayores, insolente.

—Sí, directora —masculló resignada, como un gatito que había perdido toda la fuerza ante la leona mayor.

—¿Te quedas o te vas?

—Me quedo, directora.

—Entonces sienta tu culo en esa silla y deja de interrumpir de una maldita vez. Ella es la directora del coro ahora, y a ella debéis atender. A quien no le gusten sus métodos, que se largue…

—Gracias directora —dije yo agradecida por el apoyo que me mostró cuando menos lo esperaba. Evidentemente, su respeto hacia mi persona no era algo real. Solo una estrategia para lograr su objetivo, que no era otro más que el tenerlo todo perfecto para ganar ese preciado premio en metálico que entregaban con el trofeo. Pero lo acepté. Prefería mil veces saber que su apoyo no era sincero, a que me insultase o ridiculizase delante del grupo. Un grupo que guardó silencio al verla entrar, y que terminó completamente sometido a la expresión dura de su rostro.

—Ni se te ocurra agradecerme nada. De hecho, ni siquiera quiero que me hables porque no soporto tu voz —respondió haciendo gala de su habitual desprecio—. Espero que sea la última vez que tenga que venir a poner a cada uno en su sitio. La próxima, tendrás que hacerte cargo tú.

—No habrá ninguna próxima. Estoy segura de que me van a atender —dije sin demasiada convicción.

—Más te vale que así sea —espetó desafiante—. De todas formas, no pienses que he venido a salvarte el culo de estos malcriados. He venido para decirles un par de cosas —masculló lanzando la mirada hacia el grupo, que inquietos permanecían expectantes.

—Todos suyos —musité desplazándome hacia el piano que quedaba a mi derecha, y permitiéndole que ocupase mi posición en el centro del aula. Vi como cruzaba las manos tras su espalda, y comenzaba un paseíllo de izquierda a derecha que me recordó a alguna de esas películas de soldados. Solo le faltaba el bigote y la barba. Bueno, tal vez solo la barba, porque el bigote ya lo tenía.

—El doctor me administró hormonas bovinas hace años —comenzó su discurso de la manera más atípica de cuantas había escuchado—. Desde entonces, mi olfato es prácticamente insuperable. Puedo oler vuestro miedo, puedo oler el ridículo saliendo a borbotones por vuestras sudorosas axilas. Sois una panda de payasos que creen conseguir todo cuanto os proponéis porque así os han enseñado desde que erais cucarachas. Vuestros padres están empeñados en asegurar que vuestra salud mental siga intacta después de los ensayos, como si realmente fuerais personas normales —añadió soltando una carcajada que solo ella disfrutó—. Para hacerles creer que seguís con el cerebro intacto, hemos acordado que todos y cada uno de vosotros tenga a disposición la ayuda de un profesional. Como sois una panda de bichos sin capacidad, tendréis la continua supervisión completamente parcial y racional de la única persona que ya sabe cómo sois. Porque yo me he encargado de decírselo, por supuesto. Será ella quien decida si vuestras quejas son reales o simplemente estáis tratando de acabar con mi paciencia. Os voy a dar la oportunidad de abandonar ahora si no estáis de acuerdo, y no queréis disfrutar de las mieles del éxito cuando logremos ganar el campeonato. O quedaros y acatar mis órdenes y las de la señorita Berry. Cuando mi chica se encargue de vosotros, todos y cada uno de los que estáis aquí aceptareis las condiciones que vuestros propios padres han exigido para que sigáis perteneciendo a este club de payasos —apuntilló mientras yo trataba de ordenar su discurso en mi cabeza. Sabía que Sue era aficionada a soltar metáforas sin sentido alguno, pero aquella referencia a su chica me desconcertó por completo. Tanto que desde ese instante ya no pude seguir el hilo de su conversación y me mantuve en un segundo plano esperando los acontecimientos—. ¿Hay alguien que quiera largarse de aquí ahora? —cuestionó permitiendo que el silencio se instalara en la sala. Todos, absolutamente todos los chicos comenzaron a mirarse entre ellos, y algunos incluso se dirigía a mí buscando algún tipo de apoyo, o tal vez complicidad que yo me limité a devolver con una forzada sonrisa— Viendo que nadie tiene nada que objetar, ¡Fabray! —gritó logrando que mi presión arterial bajase hasta lograr que mis piernas temblasen. No supe si había sido de nuevo producto de mi imaginación, hasta que vi como todas las miradas de los chicos se desviaban hacia la puerta de entrada, y me obligaban a mí a hacerlo también. Mi carpeta con las fichas de los alumnos terminó esparcida en el suelo cuando la vi entrar con su media sonrisa, y esos andares típicos de la realeza medieval. No, mi corazón no se detuvo al verla, lo hizo cuando sus ojos se clavaron en los míos y me hicieron comprender que aquello estaba sucediendo de verdad. Que Quinn Lucy Fabray estaba cruzando la sala de ensayo, y se colocaba junto a Sue sin perder de vista al grupo de alumnos, esquivando mi desconcierto con esa serenidad de la que siempre solía hacer gala—. Ella es Quinn Fabray. Algunos de vosotros ya la deben conocer. Estará a vuestra disposición después de cada ensayo en el despacho de orientación —anunció mientras yo seguía debatiéndome entre perder la consciencia, o lanzarme hacia ella para recriminarle todo lo que me había hecho—. En el caso de encontrar alguna irregularidad en vuestra estupidez, ella se entrevistará con vuestros padres tal y como hemos acordado. Todos, sin excepción alguna, deberéis hablar con ella al menos una vez por semana. ¿Algo que objetar? —nadie contestó, y yo por supuesto había perdido por completo el habla, hasta que vi cómo Sue me miraba— Imagino que a ti no hace falta que te la presente, ¿no?

Estúpida y patética. Negué ridículamente con la cabeza segundos antes de lanzarme hacia el suelo para recoger mi carpeta mientras todos me miraban. De hecho, ni siquiera pude centrarme en escuchar lo siguiente que dijo la directora. Cuando fui consciente de ello, ya desaparecía y me dejaba allí, con el grupo al completo mirándome y a Quinn observándome sin pestañear. Solo las manos de Jimmy, uno de los pocos que parecía tener algo de humanidad en aquel coro, me hizo reaccionar entregándome una de las fichas que se había extraviado debajo del piano. Y fue entonces cuando la escuché hablar, justo cuando la sirena nos indicaba que el tiempo se había acabado.

—Chicos —alzó la voz controlando por algunos segundos la desbandada general—. Antes de que os marchéis, quiero deciros que siento mucho que la directora haya sido tan radical. Me gustaría deciros que no solo voy a estar disponible para el cometido que me han asignado con vuestros padres. Si necesitáis algún tipo de ayuda personal, hablar, resolver algunas dudas… Podéis contar conmigo con total y absoluta confidencialidad. Estaré a vuestra disposición. ¿De acuerdo?

No escuché que nadie respondiese, sin embargo, supe que todos parecían haberle dado el visto bueno aun sin percatarme de sus caras. Me limité a ordenar la carpeta sobre el piano, tratando de controlar los nervios que me estaban colapsando, y con la intención de marcharme de allí lo antes posible.

No quería, no podía ni debía enfrentarme a ella. Necesitaba un guion, un discurso perfectamente preparado antes de hacerlo. Y, sobre todo, no estar en pleno shock, como lo estaba en aquel instante. Así que cuando noté que me volvía a mirar y se decidía a caminar hacia mí, saqué mi orgullo e hice lo que tenía que hacer.

—¡Os espero mañana a las 12 en el auditorio! —exclamé evitando el contacto con sus ojos en todo momento—. Haremos pruebas de solistas —añadí sin poder evitar retroceder en mis pasos hasta que pude girarme y salir de allí sin que ella pudiera cortarme el paso, sin despedirme siquiera del grupo de zarigüeyas, como los llamaba Sue. Porque a pesar de no mirarla en ningún momento supe que pretendía hablarme, y yo no estaba preparada para ello. En cuanto puse un pie en el pasillo, logré reaccionar y mis pasos se hicieron más y más rápidos hasta que pude llegar a mi despacho. Ni siquiera miré atrás. Simplemente me aferré a la carpeta, crucé todo el pasillo sorteando a los alumnos que ya intercambiaban clases, y me colé en el interior del despacho buscando esa soledad que necesitaba para comprender qué diablos estaba sucediendo. Y realmente pensé que lo lograría al meterme en la estancia, pero el destino, o el karma, hizo que mi patética y ridícula huida fuese una mera anécdota para lo que estaba por suceder.

No llegué a comprender como, pero nada más cerrar la puerta noté como mi falda se tensaba, y una fuerza sobre natural me tiraba hacia atrás, haciéndome ver que algo no iba bien. Mi falda se había quedado pillada con la puerta, pero antes de pararme a pensar y actuar como una persona normal en una situación rocambolesca como aquella, simplemente me dejé llevar por la tensión del momento, y en vez de abrir la puerta y liberar mi falda de ella, tiré sin más ignorando lo que evidentemente iba a suceder si lo hacía.

Fue tan brusco el tirón y tan efusiva mi reacción, que lo único que pude percibir fue el sonido de la tela desgarrándose por completo, y una leve brisa sacudiendo mis piernas y parte de mi trasero. Recordándome que la fuerza bruta y las faldas no son buenas compañeras.

Cuando quise darme cuenta de la situación, mi falda ya pendía destrozada de la puerta cerrada, dejándome semidesnuda en el despacho situado en mitad de un instituto con adolescentes que me envidiaban, de una directora que me odiaba, y el ser que más daño me había hecho en toda mi vida.

Ese ser que no tuvo reparos en perseguirme y llegar hasta allí mismo, sin pararse siquiera a llamar antes de entrar.

Me pilló justo en el momento en el que me acercaba para recuperar mi falda, y el golpe de la puerta en mi cabeza fue tan certero que me lanzó al suelo. Lo juro, llegó un momento en el que incluso supliqué porque todo aquello fuese una terrible pesadilla.

—¡Oh dios mío! ¡Rachel! ¿Qué te pasa? —la escuché mientras se lanzaba hacia mí, cuando yo ya permanecía completamente en shock sentada en el suelo, sacudiéndome la cabeza con las manos como si aquel brusco gesto fuera a quitarme el dolor— ¡Rachel! ¿Estás bien?

—Es…Es evidente que no —murmuré tratando de focalizar mi vista y recuperar la visión que había perdido por culpa del golpe. No fue una buena idea. La tenía a escasos centímetros de mí.

—¿Qué te ha pasado? ¿Quieres que llame a un médico?

—Quiero que dejes de tocarme —mascullé tratando de levantarme. Lo hice, pero fue gracias a su ayuda. Quinn no dudó en tomarme de la mano para hacerlo a pesar de mi resistencia. Solo dejó de hacerlo cuando me adueñé de una de las sillas y pude estabilizarme tras el golpe.

—¿Qué te ha pasado? —insistió

—¿Qué me ha pasado?¡Que me has roto la cabeza! —le recriminé sin siquiera mirarla.

—¿Yo?

—Sí, tú. Estaba tratando de recuperar mi falda y has entrado sin siquiera llamar. Me has golpeado.

—Pero… No entiendo nada. ¿Qué hace tu falda en el suelo? —preguntó recordándome que estaba semidesnuda ante ella.

—¿Qué va a hacer? —la miré por primera vez para descubrir la confusión en su cara— Se enganchó con la puerta y se ha roto, y yo pretendía volver a cogerla y entonces has entrado y me has golpeado en la cabeza. Y me duele muchísimo… ¿Qué? —cuestioné al ver como poco a poco iba asomándose una sonrisa en sus labios— ¿Te vas a reír de mí?

—Eh… No, no claro que no. Es solo que me parece todo muy surrealista, además de un Deja Vú —musitó lanzando la mirada hacia mis piernas, gesto que me incomodó y me hizo reaccionar rápidamente. Me levanté de la silla, recuperé mi falda y me la coloqué de manera que pudiese protegerme algo, aunque tuviera que sujetarla con mis manos— ¿Te encuentras bien, Rachel? Tal vez deberías ir a la enfermería.

—Lo surrealista es no saber qué mierda haces aquí —repliqué con rudeza ignorando sus intenciones. Muy ruda de hecho. Tanto que esa sonrisilla que seguía tratando de contener, desapareció por completo de su cara— ¿Qué haces aquí? ¿Me estás persiguiendo?

—¿Persiguiendo? No, claro que no, Rachel. Te he visto salir tan rápido del aula que no me has dejado tiempo para que te saludase. Solo quería…

—¿Saludarme? ¿De veras?

—Eh… Sí.

—¿Después de catorce meses vienes aquí a saludarme? ¿Así, sin más?

Resopló. Desvió su mirada hacia la estantería de trofeos de Sam, y me permitió que fuese yo quien siguiese hablando.

—¿Qué haces aquí? ¿No estabas en tu querida New Haven?

—Rachel, estoy trabajando.

—¿Aquí? ¡Qué casualidad! Un año sin saber nada de ti, y ahora precisamente que vengo, apareces.

—No te equivoques. Yo no he aparecido, has sido tú la que ha llegado de la nada.

—¿Yo?

—Rachel, llevo varios meses viniendo a trabajar. Necesitaba hacer prácticas y Sue me ofreció el puesto de orientadora para obtener las notas que me faltan. Así que sí, has sido tú quien ha aparecido de la nada. No yo.

—¿Piensas que te voy a creer? ¿Piensas que de verdad voy a creer que tú ya estabas aquí, y que todo esto no es una estrategia de Santana? —mascullé sin poder evitar auto convencerme de mis propias palabras. Justo en ese instante llegué a creer comprender por qué Santana me propuso este plan para recuperar la ilusión.

—¿Por qué te iba a mentir?

—Porque no has hecho otra cosa desde que nos conocimos —me encaré con ella. Mal por mi parte. Olvidé por completo que tenía que seguir sujetando mi falda y ésta volvió a caer al suelo.

—¿Aun me guardas rencor? —cuestionó siendo más rápida que yo para recuperar mi falda. Por supuesto, no dejé que me la colocara y se la arrebaté de forma brusca, alejándome de ella para ocupar el sillón tras la mesa, y evitar seguir haciendo el idiota. Al menos sentada estaba protegida— ¿Después de tanto tiempo me sigues guardando rencor?

—¿Qué te hace pensar que, si no he querido volver a hablar contigo hasta ahora, lo voy a querer hacer ahora mismo?

—Rachel…

—Rachel nada. No quiero hablar contigo —interrumpí con firmeza. Completamente convencida de lo que decía. Como para no estarlo.

Quinn tenía un súper poder, una cualidad que pocas personas lograban poseer y que supuso mi perdición. Una genialidad. Le bastaba mirarte a los ojos mientras hablaba para convencerte de lo que quisiera. No importaba qué despropósito fuera, ella era capaz de hacerte creer que la tierra era plana solo con su mirada y ese tono de voz que utilizaba, y que tantas veces me hizo soñar. Era casi enfermizo no caer en sus redes. Empezaba así, tanteando el terreno, mostrándose distante y respetuosa. Luego vendrían las sonrisas, esa que ya había vislumbrado en sus labios. Y después el contacto físico. Los halagos acompañados de caricias sutiles en tus manos, en tu mejilla. Así actuaba Quinn Fabray. Ese era su modus operandis para conquistarte y convertirte en su marioneta. Y yo ya estaba concienciada de ello. No lo iba a permitir bajo ningún concepto.

—Pues no vamos a tener más remedio que hacerlo. Créeme, lo último que quiero es hacer que tu estancia aquí sea incomoda, pero vamos a tener que trabajar juntas.

—No, ni hablar. Tú tienes tu cometido, ¿no? Y es el de tratar con ese grupo de niñatos para que sus padres no denuncien al instituto por excesiva presión sobre sus hijos, o como quieran llamarlo. Yo me encargo de hacer que el coro funcione. No tenemos nada que ver la una con la otra, por lo que la única conversación que vamos a mantener es esta.

—¿Por qué me haces eso?

¡Caradura!, quise gritar tras varios segundos asegurándome que acababa de tener la desfachatez de preguntarme aquello. Apenas pude dejar escapar una risa repleta de sarcasmo.

—¿No es suficiente castigo un año sin saber nada de ti?

—¿Me lo preguntas en serio? ¿Me estás recriminando que no quiera saber nada de ti después de lo que me hiciste?

—Rachel. Tenía que volver a hacer mi vida, y lo sabias —me respondió tratando de contener la calma que quería aparentar. Puros cuentos. Su mandíbula tensa me indicaba que estaba a punto de perder los estribos.

—Claro que tenías que volver a hacer tu vida, pero jamás imaginé que pudieses marcharte haciéndome tanto daño. ¡Me mentiste!

—No te mentí…

—¡Lo hiciste! —alcé la voz sorprendiéndola—. Me fallaste, Quinn. No solo me mentiste al organizar toda aquella estrategia para librarte del casting, sino que además lo hiciste conmigo… Con mis sentimientos. Rompiste la confianza que te di.

—No es como piensas…

—¿No le dijiste a Santana y a mi padre lo que me estaba sucediendo con los productores?

—Eh…Sí, pero…

—¿No me esquivaste cuando regresaste de Lima? ¿No me hiciste creer que pasaba algo entre nosotras cuando amanecimos juntas? ¿Quién te crees que eres? Jugaste conmigo durante tres semanas aun sabiendo lo mal que lo estaba pasando, el miedo que tenía y que estaba al borde del colapso. ¡Jugaste conmigo, Quinn!

—Rachel, yo nunca quise hacerte daño. Simplemente las cosas no estaban preparadas para que sucedieran así.

—¡Me importa una mierda! —volví a callarla sintiendo como mi estómago se revolvía. Curioso. Durante aquellos meses sentí una presión en mi pecho, como si una bola se hubiese anclado a él y me obligaba a respirar con dificultad. En ese instante noté como esa bola se movía hacia mi garganta, y gritar me ayudaba a deshacerme de ella—. Te abrí mi corazón, y nada… No te importó una mierda joderme. Ni siquiera me miraste cuando te marchaste. Ni siquiera me dijiste adiós o quiero volver a verte. No, Quinn. Te fuiste sin decirme nada, después de haber destrozado todo lo que conseguí armar. ¿Dónde quedó la confianza que tanto querías darme? ¿Dónde quedó la sinceridad que exigías? Tú no fuiste nada de eso. No solo no fuiste honesta conmigo, sino que además me fallaste. Ni uno, ni dos, ni mil años podrán hacerme olvidar que fuiste una cobarde y te reíste de mí y mis sentimientos.

—Jamás me reí de ti. Te lo juro.

—No quiero tus excusas. Vete por favor.

—Rachel…—se acercó a la mesa decidida, pero yo la obligué a detenerse simplemente alzando mi mano— Escúchame, si alguna vez confiaste en mí, si alguna vez logré hacerte sentir bien.

—No sigas —la volví a interrumpir sin dejar de mirarla—. No quiero escucharte, Quinn. Déjame sola, por favor.

—Está bien —masculló sin perder esa tensión que seguía apoderándose de su mandíbula, y regalándome esa imagen que tanto había extrañado. Tal vez habían pasado 14 meses, pero el paso del tiempo no hacia otra cosa más que justicia con su belleza. Estaba tan, tan, tan hermosa que temí porque su poder ya no necesitase de su mirada y sus palabras. Su pelo, mucho más largo que la última vez que la vi, y el elegante vestido gris sin mangas que llevaba, me regalaban una imagen de ella muy diferente a la que yo recordaba, aunque apenas hubiese cambiado. Era la madurez. La templanza de sus movimientos y su presencia lo que la hacían terriblemente irresistible—. No voy a seguir atormentándote. Solo quería saludarte y explicarte qué es lo que voy a hacer con los chicos.

—No me interesa. Simplemente haz tu trabajo y yo haré el mío.

—Está bien… Haré mi trabajo —repitió tras dejar escapar un suspiro de resignación—. De todas formas, no me voy a marchar de aquí sin decirte que me alegra muchísimo volver a verte. No sabes cuánto —añadió y yo permití que continuase por temor a perder la voz si la interrumpía. Y tal vez porque deseaba con toda mi alma escucharla decir aquello—. Y que, si necesitas algo, no tienes más que avisarme.

Podría haberle gritado ¡hipócrita! o tal vez ¡cínica! con tanta fuerza, que la bola de mi pecho saldría disparada por mi boca. Pero preferí no hacerlo, porque si ella era capaz de mantener la calma, yo no iba a ser menos después de haberle dejado muestras explicitas de mi rencor. Prefería que se marchase y me dejase a solas, para al menos poder ordenar todo el barullo de pensamientos que se agolpaban en mi cabeza. Y supuse que mi silencio fue la respuesta que esperaba, porque después de decir aquello me mantuvo la mirada por algunos segundos, y a continuación decidió regresar sobre sus pasos hasta la puerta, donde de nuevo se detuvo para mirarme.

—Rachel…—susurró y yo desvié la mirada hacia los trofeos a modo de desagrado— Utiliza una de las pinzas de los archivadores para sujetar tu falda. Te aseguro que funciona.

—Estúpida —susurré cuando ya no podía oírme, al menos eso pensé. Apenas un segundo después de cerrar la puerta tras ella volvía a abrirla, pero esta vez no estaba sola. Vi cómo se mantuvo firme, y de pronto un chico hacia acto de presencia portando otra rosa azul, como la que había encontrado allí el día anterior.

—¿Señorita Berry? —me dijo y yo fui a levantarme.

—Yo la recojo, no entres —respondió Quinn adelantándose a mi gesto. Idiota de mí. Si no llega a ser por su rápida reacción, aquel chico me habría visto en braguitas—. ¿Tiene alguna nota o viene de alguien en concreto? —le preguntó mientras yo me dedicaba a mirarla completamente confusa.

—Trae esta tarjeta —dijo el chico ofreciéndosela— ¿Puede firmarme aquí? —añadió mostrándole un libreto.

—¿Puedo, o te levantas y firmas tú? —me dijo, y yo asentí sin más dándole permiso para que aceptara la flor y firmase el recibo. Y eso fue lo que hizo mientras yo seguía tratando de comprender que aquello estaba sucediendo de verdad. Que después de catorce meses sin verla en persona, estaba allí, en el despacho de Sam en el McKinley y recibiendo una rosa azul en mi nombre por parte de un mensajero.

—Gracias. Que la disfrute —escuché decir al chico, que tras obtener su firma desapareció dejándonos de nuevo a solas. Quinn observó la rosa por algunos segundos, y a continuación volvió a entrar en el despacho para dejarme la flor sobre la mesa, y el pequeño sobre a su lado. Ni siquiera me miró, y yo me lamenté. Precisamente en ese momento deseé mirarla a los ojos y tratar de descifrar que pensaba al hacer lo que estaba haciendo. Pero no lo hizo. Cuando dejó la flor en la mesa volvió a retroceder y se marchó sin siquiera despedirse, haciendo caso a mi petición de no escucharla hablar.

Surrealista sí.

Después de todo el daño que me había hecho, iba a tener que agradecer que me hubiese librado de un pequeño contratiempo con aquel mensajero, y mi falda destrozada dejando mi culo al aire. Situación que al igual que ella, me llevó al pasado, a aquel festival en el que un loco provocó el estropicio de sus pantalones cortos. Era como un Deja Vú, con la diferencia abismal de que, en aquel instante, yo me desvivía por protegerla, y no por odiarla.

Y todo por ella. Por una rosa azul que alguien me volvía a enviar logrando que mi curiosidad empezara a hacer acto de presencia. Podría haber sospechado de ella precisamente, pero ver la mirada de desprecio que le regaló al pobre mensajero y sus preguntas, me hizo comprender que no tenía nada que ver. Sam tampoco había sido, al menos me lo había negado el día anterior, y en él sí que confiaba. Solo me quedaba leer esa tarjeta que la acompañaba y ver si lograba sacar algo en claro aquella mañana. Porque era evidente que el quebradero de cabeza ya me acompañaría durante el resto del día, de la semana y probablemente del mes que estuviese allí. Y no por el misterioso de la flor, precisamente.

Nueve palabras. Ni una más ni una menos. Nueve palabras que lejos de regalarme un segundo de tranquilidad en aquella mañana, lograron golpearme más fuerte que la dichosa puerta contra mi cabeza.

De repente el mundo parece un lugar tan perfecto.