SEVERUS SNAPE
DUAL
Decir que Severus Snape arrastras las palabras al hablar es quedarse corto.
—Ginevra Weasley. —La chica mira en su dirección pero no dice nada. Al contrario que Ron ella aprende rápido y sabe cuándo no puede ganar. Y contra el profesor nadie puede ganar—. Esperemos que no le invada la vena familiar y se ponga a hacer acrobacias por la clase.
La muchacha pelirroja se pregunta a qué viene eso, pero no hace ningún comentario al respecto.
—O tal vez a pintar en las paredes. ¿No era así?
Responde sólo el silencio.
—Weasley. La estoy hablando. ¿O acaso es sorda?
Las risitas de los Slytherin le sirven de eco.
—No, señor. No soy sorda. —La condena de Ginny es que, además de lista, es Gryffindor. Y esa condición siempre será su perdición—. Pero tampoco soy ni Fred, ni George.
Snape se regodea en el silencio, pero no dice nada más. Pronto vuelve a la pizarra.
El recuerdo de los hermanos les pone los pelos como escarpias. Están un escalón por debajo de Harry Potter y uno por encima del resto de la casa Gryffindor. El dual estaba entre lo peor de lo peor. Lo mejor que le podía haber pasado a la escuela es que decidieran abandonar el colegio; esos meses de sufrimiento que se ahorraban. Eran insubordinados, desagradables y, lo peor de todo: eran dos.
—Abran el libro por la página doscientos cincuenta y nueve.
Weasley lee el título y se le corta la respiración: «Autem Confundit», brebaje alucinógeno.
