Capítulo 24

El día siguiente amaneció frío y lluvioso, las cimas de las montañas hacia el Este se perdían en la niebla. No había bañera caliente esperando a Hinata esa mañana, sólo una palangana de agua fría y un restregón presuroso delante del fuego. El desayuno consistió en gachas de avena otra vez, y luego Kurenai la sumergió en otro torbellino de actividad.

—Los hombres se adiestran en el patio a pesar de la lluvia —explicó Kurenai—. Lord Naruto dice que los problemas no esperan a un día bello para producirse, y los juncos se ponen perdidos con el barro cuando entran a tropel, empapados y quejándose.

Kurenai los calentaba internamente con cocannon, un potaje de berza, y los hombres se entretenían con juegos de dados, coqueteando con las sirvientas, afilando sus espadas y sus dagas, e intercambiando cuentos en los que exageraban diciendo ser más fuertes y más altos. No todos los hombres estaban allí. Naruto y otros diez patrullaban alrededor de Creag Dhu.

La lluvia goteaba monótonamente, y el cielo gris oscuro hizo que fueran necesarias antorchas para iluminar.

Hinata bostezó, pensando que un día lluvioso era más apropiado para tomar una siesta delante de un fuego que para cualquier otra cosa. Ella no era la única bostezando; unos cuantos de los hombres buscaron las esquinas más oscuras y se durmieron. Los pensamientos de los otros se concentraron también en la cama pero por un motivo diferente. Hinata vio brazos masculinos peludos enrollándose alrededor de cinturas entradas en carnes aquí y allá, y pronto hubo bastantes menos mujeres ocupándose de sus labores.

Todos se sobresaltaron con alarma repentina cuando oyeron unos gritos desde la entrada. Asuma tenía a Kurenai en su rodilla, pellizcándole en broma el trasero y tratando de engatusarla para que dejase su trabajo. Con los gritos, pegó un salto para ponerse de pie, tirando a Kurenai al suelo. Su mano se cerró sobre la espada y corrió antes de que su tartán hubiera vuelto a su posición normal alrededor de sus rodillas.

Kurenai gateó para ponerse de pie y corrió a las enormes puertas de dos hojas de tres metros de alto que conducían a la gran sala. Con el corazón en la garganta, Hinata corrió también. Naruto estaba allí afuera, lejos de la seguridad de las puertas.

¿Le había ocurrido algo? La escena era caótica, confusa. Una multitud de personas se abalanzó sobre la entrada, gritando con alarma, con las cabezas tapadas contra la persistente lluvia. Detrás de ellos se veía la tétrica incandescencia rojiza de chozas en llamas.

—¡Los Hay! —chillaban—. ¡Los Hay! —surgieron hombres a caballo, ondeando hachas y espadas.

—¡Abrid la entrada! —gritó Asuma.

Los hombres apartaron a empujones a Kurenai y Hinata mientras se apresuraban a ir a sus puestos en un ejercicio bien ordenado, algunos yendo a la parte superior de las murallas con sus ballestas, algunos hacia el establo para traer a los caballos, otros detrás de Asuma.

Hinata entró corriendo en el patio, sin prestar atención a la lluvia. Los Hays atacaban, y Naruto estaba en algún lado fuera. ¿Habían sido atacados él y sus hombres por una fuerza mucho mayor? El pánico brotó en su pecho, dejándola sin respiración.

¡No! ¡No! Ella no podría soportarlo otra vez, no podría perderle.

Kurenai agarró su brazo, tirando de ella para que diese la vuelta.

—¡Ven adentro! Flechas —las puertas estaban abiertas, el gentío sólo a unos metros de distancia de ellas.

Hinata les lanzó una mirada angustiada mientras Kurenai la arrastraba hacia las puertas, y su mirada cayó sobre el hombre musculoso que corría al frente de todos los demás, con el tartán sobre la cabeza. Le vio sonreír abierta y repentinamente, vio sus dientes podridos, y se soltó de Kurenai, corriendo hacia adelante mientras gritaba:

—¡Cerrad las puertas! ¡Es una trampa! —la cabeza de Asuma giró alrededor y la miró boquiabierto, luego sus palabras cobraron sentido y se giró hacia atrás, hacia la entrada.

—¡Cerrad las puertas! —rugió, lanzándose adelante.

Los guardias empezaron a empujar las puertas macizas cerrándolas pero era demasiado tarde. Los Hays entraban a raudales en la caseta del guardabarrera angosta, abriendo de un empujón las puertas. Las espadas y las hachas fueron sacadas de debajo de los tartanes, y "las víctimas" atacaron.

—¡Huye! —gritó Kurenai, tirando del brazo de Hinata otra vez y arrastrándola hacia atrás dentro de la gran sala. Las mujeres gritaban y corrían de un lado a otro, los perros ladraban excitados y brincaban en torno a sus pies, estorbándolas—. ¡Las puertas! —dijo Kurenai jadeando, y ella y Hinata empezaron a lanzar sus pesos contra ellas, cerrándolas para poder poner la barra maciza que las cerraba en su lugar.

Kurenai pesaba unos veinticinco kilos más que Hinata o quizás más, y terminó de cerrar la puerta derecha antes, luego se lanzó al otro lado para ayudar a Hinata.

Casi lo consiguieron.

Unos cuerpos pesados cayeron sobre las puertas, abriéndolas, y la pelea comenzó en la sala. El impacto envió a Hinata al suelo. Kurenai se agachó rápidamente esquivando una espada y agarró a Hinata otra vez, levantándola físicamente y empujándola vestíbulo abajo hacia las cocinas.

—¡Corre! —gritó otra vez, y Hinata se levantó las faldas y corrió.

Delante de ellas se oían pies estruendosos y ruidos metálicos. Hinata resbaló para detenerse justamente fuera de la despensa.

—¡También están dentro de aquí! —gritó, tratando de dar marcha atrás.

Luego la puerta de la despensa golpeó ruidosamente el muro al abrirse y Naruto salió por ella en una agotadora carrera, con el claymore en la mano, el pelo rubio volando alrededor de su cabeza y con muerte en sus ojos claros. Le seguían los diez hombres que habían estado de patrulla con él.

Hinata se aplastó contra la pared para evitar ser atropellada. Naruto ni siquiera le echó un vistazo mientras pasaba corriendo pero ladró hacia Kurenai:

—¡Id a lugar seguro! —luego con un rugido entró corriendo en la sala y se lanzó a la batalla, haciendo retroceder a los Hays unos pocos pasos simplemente con la fuerza de su tamaño y la oscilación de su espada. Gritando, sus hombres le siguieron.

—¡Venga! —gritó Kurenai para hacerse oír por encima del estrépito de batalla, y entró corriendo a la cocina sin mirar detrás de ella.

Hinata comenzó a obedecer, luego miró la despensa. Ese tenía que ser el pasadizo secreto, ¿de qué otra manera si no podían haber regresado Naruto y sus hombres dentro del castillo? Vaciló sólo un segundo, y se zambulló en el cuarto frío, oscuro.

Había una pequeña provisión de velas justo al lado de la puerta y cogió una. Le temblaban las manos mientras empleaba la piedra y el pedernal que estaban al lado de las velas y los golpeaba para encender la vela con una chispa.

Cuando la pequeña llama vaciló, cerró de prisa la puerta de la despensa y miró alrededor.

Una sección completa del muro de atrás estaba girada y abierta. No había más que oscuridad más allá de la abertura.

Comenzó a respirar con rapidez mientras se acercaba a la sección abierta.

Esto podía conducir al escondite del Tesoro. O quizás no. Pero ésta era la primera vez que había estado sola para buscar, y en el caos de la batalla pasaría algún tiempo antes de que la echasen en falta. Pensó en Naruto lanzándose a la batalla con desenvoltura aterradora y se mordió el labio inferior hasta que brotó la sangre.

Podrían herirle, incluso asesinarle.

Y no había nada que ella pudiese hacer. Aquí estaba su oportunidad, probablemente su única oportunidad, de cumplir lo que había venido a hacer a Creag Dhu.

El rugido ensordecedor de batalla estaba sólo ligeramente amortiguado aquí dentro. Hombres que gritaban, por la furia y por la agonía, espadas chocando ruidosamente con espadas, madera astillándose. Ella había entrado en esta época en la mitad de una batalla. Quizás eso quería decir que tenía que marcharse durante otra, también.

Naruto. Su corazón murmuró el nombre, y sus manos temblaron, haciendo bailar la llama de la vela. Luego pensó en Toneri y cerró los ojos, tratando de ver su cara.

La única imagen que le vino a la mente fue la última, los ojos en blanco por la muerte mientras perdía el equilibrio.

Un sonido mudo de dolor vibró en su garganta, y dio un paso a través de la abertura.

El aire estaba perceptiblemente más frío y húmedo, y tenía un débil olor a agua de mar. Unas escaleras empinadas y estrechas se hundían en línea recta hacia abajo en la completa oscuridad. Las bajó cautelosamente, protegiendo la vela para que la llama no se apagase.

Todo el mundo conocía el pasadizo secreto, pensó. Era poco probable que Naruto escondiera el Tesoro allí. Pero donde había un pasadizo, quizá hubiera otros.

Alcanzó la base de la escalera y se encontró en un túnel estrecho, recubierto de roca.

El olor del mar era más fuerte allí, y podía oírse el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas. El pasadizo era corto, luego, desembocaba directamente en la costa rocosa.

Su suposición era correcta. Aunque avanzaba lentamente, alcanzó el final del túnel en dos minutos. Una conglomeración de rocas delante de ella llenaba casi completamente la abertura, dejando filtrarse a través de ellas sólo un trocito luz grisácea por la lluvia.

No había ningún Tesoro allí. Desanduvo sus pasos, y comenzó a subir por las traicioneras escaleras. Mantuvo la vela en su mano derecha y puso su izquierda contra la pared para sostenerse. Nunca había tenido claustrofobia, pero la oscuridad negra parecía agarrarse a sus pies, tratando de tirarla hacia abajo.

Tembló y se movió cerca de la pared, y sus dedos se deslizaron sobre una sección de roca que sobresalía medio centímetro de las otras piedras.

Se detuvo, levantando la vela más alta para aumentar la zona iluminada.

Podía oír la misteriosa resonancia su respiración mientras examinaba la sección que no estaba alineada. ¿Podía haber un pasadizo secreto dentro de un pasadizo secreto? Lo presionó alrededor de los bordes de la roca, sintiéndose tonta pero haciéndolo de todos modos. No ocurrió nada. Sostuvo la vela más cerca para ver si había una pequeña veta en el mortero, o si estaba malgastando el tiempo.

El mortero estaba agrietado, pero cuando examinó la roca alrededor de esa sección concreta también encontró grietas en los bordes. No había junturas que pudiese ver, ninguna forma de abrir la puerta si era una puerta.

La arqueología y las traducciones la habían enseñado para abordar lo desconocido a través de la lógica. Si allí había una puerta escondida, tenía que existir una forma fácil de abrirla, fácil porque un método que llevara mucho tiempo o supusiera muchos problemas aumentaría las probabilidades de ser descubierto en el preciso momento de abrirla. Una puerta escondida sería silenciosa y rápida.

El método más fácil sería poner un mecanismo de apertura detrás de una de las otras piedras, pero dada la pendiente y la estrechez de las escaleras, era razonable pensar que casi cualquiera que subiese o bajase pondría una mano contra la pared para equilibrarse, y poner el mecanismo de apertura en las piedras haría muy probable que la puerta escondida fuese abierta por casualidad.

Subió unos pocos peldaños y examinó la sección de roca desde lo alto. Sí, definitivamente una sección rectangular sobresalía fuera una fracción de centímetro. ¿Dónde podía estar escondido el mecanismo? Tenía que ser en alguna parte accesible, fácilmente alcanzable.

Fácilmente alcanzable. Los ojos de Hinata se ensancharon. En esta época, ella era de la altura promedio para una mujer, la mayoría de los hombres que había visto estaban el rango de un metro sesenta y cinco, hasta un metro setenta y cinco, con muy pocos más altos del metro ochenta. Asuma era un hombre grande, quizá alcanzaba el metro ochenta. Sólo Naruto era más alto. Naruto medía un metro noventa.

Podría alcanzar más alto que cualquier otro en el castillo.

Ella miró hacia arriba. Si ésta era una puerta, y había un mecanismo para abrirla escondido detrás de una de estas rocas, entonces lógicamente estaría detrás de una de las rocas más altas, una que sólo Naruto pudiera alcanzar cómodamente.

Ella se estiró de puntillas, presionando cada roca que podía alcanzar. La sección rectangular permaneció tercamente inmóvil. Había una piedra plana que parecía prometedora, porque era ligeramente más lisa que las que la rodeaban, pero estaba quince centímetros fuera de su alcance.

Subió otro peldaño y se inclinó hacia un lado, balanceándose precariamente en el borde del escalón mientras se estiraba, y arañaba con los dedos la roca, tratando de tirar de sí misma apenas unos centímetros más arriba. Casi perdió el equilibrio y rápidamente se aplastó contra la pared, quedándose sin aliento con el rabo entre las piernas. Una caída por estas escaleras le rompería el cuello.

Cautelosamente se puso de puntillas otra vez, y se colocó en el borde mismo del peldaño. Sus dedos extendidos totalmente no podían rozar el borde de la roca.

Jurando en bajo por la frustración, Hinata se sentó en el escalón y se quitó el zapato izquierdo. Otra vez se puso de puntillas, y estirándose hacia arriba, y golpeó su zapato contra la roca lisa.

Silenciosamente la sección rectangular se deslizó hacia dentro, dejando un agujero negro en la pared.

Manteniendo la vela delante de a ella, se inclinó hacia adentro, sin colocar un pie dentro de ese hueco hasta no saber qué había allí dentro.

La oscuridad era absoluta, tragándose la luz débil de su vela pequeña. Podría ver un suelo sólido de piedra, y nada más, ni siquiera paredes.

Entró, apretándose detrás de la puerta de piedra. Esperó, preparada para echarse hacia atrás a través de la abertura si la puerta comenzaba a cerrarse encima suyo, pero permaneció reconfortantemente abierta. Probablemente había otro mecanismo a este lado de la pared que se tenía que apretar para cerrar la puerta, cosa que ella no tenía intención de hacer.

Cautelosamente avanzó algunos centímetros y divisó una pared tres o cuatro metros delante de ella. Se volvió hacia la izquierda, entrecerrando los ojos en al oscuridad intentando ver mejor. Se acercó, y vio que había otra puerta, estaba hecha de una madera muy oscura, y había una barra colocada a través de unas abrazaderas. La barra estaba sujetada como una palanca en un extremo para que pudiera ser levantada y pudiera oscilar encima para quitar la tranca a la puerta, pero no se pudiese quitar.

Una corriente de aire que venía de algún lugar hizo parpadear la vela, y rápidamente puso su mano alrededor de la llama para protegerla. Miró por encima su hombro a la apertura en la pared, pero la corriente de aire no parecía venir de allí. Provenía de la dirección de esa puerta oscura, cerrada, lo cual no tenía sentido.

El aire debía estar entrando a través de la abertura de la roca y formando remolinos alrededor de la antecámara, confundiéndola.

Hinata se acercó a la puerta y trató de levantar la barra, pero aunque era una barra pequeña comparada con las macizas de otros partes de Creag Dhu, era más pesada de lo que parecía y no la podría manejar con una mano. Colocó la vela en el suelo, y agarró la palanca con ambas manos. Apuntalando su peso bajo la barra y empujando, lentamente la hizo avanzar poco a poco hacia arriba. El enganche que giraba sobre un eje estaba suave, pero la acción era increíblemente difícil para una barra tan fina. Hubo un chasquido mecánico definitivo cuando impulsó la barra directamente arriba, y la atoró en la posición erguida.

La puerta giró silenciosamente hacia dentro, y aparecieron más escaleras a sus pies con una pared de piedra a un lado y un negro vacío al otro lado. La corriente de aire era más pronunciada ahora, y la vela titiló salvajemente, casi apagándose. Hinata se encorvó y ahuecó sus manos alrededor de la llama otra vez hasta que se estabilizó, recogió la vela, y se levantó con una mano todavía delante de ella.

¿Cuánto tiempo había pasado? Se preguntó mientras bajaba las escaleras dentro de la nada.

¿Había acabado la batalla? ¿Estaba ileso Naruto? El deseo incontrolable de dar la vuelta y regresar a los confines del castillo la detuvo con un pie suspendido en el aire para bajar otro escalón.

Naruto, pensó con desesperación, aterrorizada por él. Él era un guerrero temible. Ella le había visto pelear en escaramuzas y en batallas campales, y había entendido por qué su nombre infundía terror en los corazones de sus enemigos, pero a pesar de todo era humano. Sangraba si era herido, se magullaba si era golpeado. Podía ser sorprendido, como había sido cuando los hombres de Gatō le habían capturado.

No había nada que pudiera hacer para afectar al desenlace de la batalla de arriba. Si encontraba el Tesoro, según los documentos que Obito deseaba tanto que estaba dispuesto hasta a asesinar, podría afectar el resultado de acontecimientos en su propio tiempo. Su elección era simple, pero más costosa de lo que alguna vez había imaginado. Ella había estado en esta época menos de una semana; ¿cómo podía haberse vuelto Naruto tan rápidamente importante para ella?

Porque ella le había conocido durante mucho más tiempo que una semana, murmuró su alma interior. Le había conocido durante un año, a través de los documentos que custodiaba, y había estado fascinada, obsesionada, seducida por él incluso antes de que su mundo hubiera sido destruido por dos balas. Si no hubiera estado tan ansiosa por tener su módem arreglado para poder acceder a los archivos y enterarse de más acerca de Naruto, habría estado en casa cuando Obito y sus hombres llegaron, y también estaría muerta ahora.

Quería volver atrás. En lugar de eso avanzó, peldaño a peldaño con cautela.

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—¡Ahhhhh! — Gatō se abalanzó contra Naruto con la boca abierta y gritando, manteniendo el claymore sobre su cabeza con ambas manos.

Durante una fracción de segundo Naruto retiró su atención del miembro del clan Hay que había al otro extremo de su espada. Gatō estaba detrás de él, el otro enfrente, y tenía sólo un segundo más para evitar que Gatō le rajase desde la garganta hasta los pies.

Se agachó rápidamente bajo la espada oscilante del miembro de un clan Hay, le agarró por el brazo, y le lanzó en el camino de Gatō. La espada grande de Gatō estaba ya arqueándose hacia abajo y se clavó profundamente en el hombro y el cuello del miembro de su clan. Un gran chorro de sangre empapó sus ropas, pero Gatō siguió acercándose con sus pequeños ojos desquiciados por la furia.

—¡Bastardo! —aulló—. ¡Bastardo! —levantó la espada otra vez y la bajó silbando, con el objetivo de separar la cabeza de Naruto de sus hombros.

Naruto esquivó el golpe con su hacha y la fuerza del golpe le entumeció el brazo.

Asestó un contragolpe con su espada pero Gatō fue más ágil de lo que esperaba, poniéndose de un salto lejos de la larga espada.

—Matasteis a mi hijo —rugió—. ¡Bastardo, tendré vuestra cabeza! — Naruto no malgastó saliva en hablar.

Sí, había matado a Zōri, y lo haría otra vez si tuviese la oportunidad. Estaba lleno de una furia fría, despiadada, que la bazofia Hay se hubiera atrevido a invadir Creag Dhu, su casa. No sólo estaba en peligro el Tesoro, sino también Hinata. Recordó el terror evidente en su cara mientras él corría hacia ella. Él conocía su destino, y el de todas las mujeres de Creag Dhu, si él y sus hombres no podían repeler a los invasores.

No permitiría que ocurriera. Tomó la ofensiva, atacando con ferocidad silenciosa, el acero de su espada repicaba conforme encontraba la de Gatō. Avanzó firmemente, haciendo oscilar el hacha y la espada, y conduciendo a Gatō delante de ellas. Un miembro del clan Hay corrió gritando hacia él desde la izquierda y él arrojó el hacha, enterrándola en el pecho del hombre. El hombre dio un gorgoteo extraño y cayó como una piedra, con su corazón silenciado por la espada maciza que lo había partido en dos.

Naruto tenía sólo la espada ahora, pero no se había atrevido a dejar que el hombre se acercase hasta él. Agarró la empuñadura con ambas manos para equilibrarse mejor, sosteniendo el peso centrado con su cuerpo.

Gatō se abalanzó, alentado por la pérdida del hacha de Naruto. Naruto esquivó el arco descendente de la espada de Gatō. El acero se deslizó por el acero con un silbido, luego las espadas se separaron y Naruto lanzó un mandoble desde su izquierda y sepultando la espada profundamente en el costado derecho de Gatō, en el riñón.

Gatō avanzó dando tumbos, su cara se puso gris. Su espada traqueteó cayendo al suelo. Él se puso de puntillas, convulsionándose a medida que su cuerpo reaccionaba a la gravedad de la herida. Naruto liberó la espada de un tirón y golpeó otra vez, directo en el corazón, un golpe mortal.

Un alarido se elevó sobre el estruendo de batalla mientras los miembros del clan Gatō veían a su jefe muerto.

Quedaron desconcertados por un momento, y ese momento les costó muy caro, pues los hombres de Naruto tomaron ventaja con rapidez, y su entrenamiento llevó la lucha a un rápido final.

Naruto se apoyó en su espada ensangrentada, jadeando. Lentamente examinó la ruina de su gran salón, notando cuales de sus hombres yacían muertos. Hubo un momento de silencio escalofriante; luego los gemidos empezaron a elevarse, los sollozos y las maldiciones de hombres heridos. Aquí y allá vio una maraña de faldas más largas, miembros delicadamente redondeados, y supo que algunas de las mujeres no habían podido esconderse.

¿Qué le habría pasado a Hinata? Estaba con Kurenai, huyendo hacia las cocinas.

Asuma lentamente caminó hacia él, tenía la cara tan cubierta de sangre coagulada que Naruto casi no le reconoció. El hombre alto cojeaba, toda su cadera izquierda estaba empapada en sangre.

—¿Qué hacemos con los Hays que están vivos? — preguntó.

La primera intención de Naruto fue matarlos a todos, pero la aquietó. Le causaría problemas a Menma si destruyese el clan. También había mujeres y niños Hay. Necesitarían a los hombres que habían sobrevivido. El clan no se recuperaría durante largos años por la terca insensatez de Gatō.

—Déjales salir —dijo.

Las mujeres salían a rastras de sus escondites. Hubo lágrimas, tanto de alegría como de pesar, a medida que identificaban tanto a los sobrevivientes como a los muertos, y después como las mujeres hacen emprendieron la tarea de restaurar el orden, cuidando a los heridos, dejando tendidos a los muertos, trayendo bebida para aquéllos que lo querían, sacando fuera los juncos ensangrentados.

Kurenai se hizo cargo, con sus maneras enérgicas y capaces, aunque sus mejillas estaban todavía pálidas de miedo.

La mirada cielo de Naruto pasaba velozmente de una mujer a otra, buscando una forma delicada, una caída larga, gruesa de pelo. Escuchó, pero no podía percibir esa voz con extraño acento que hacía hincapié en todas las sílabas equivocadas.

—¡Kurenai! —llamó—. ¿Dónde está la muchacha? — Kurenai no tenía ninguna duda de a qué muchacha se refería.

Ella miró alrededor con perplejidad, pero llegó a la misma conclusión que él.

Hinata no estaba allí.

—Ella no me siguió —dijo Kurenai lentamente—. Pero estaba allí detrás de mí cuando vos salisteis de la despensa. Quizá se escondió allí —se detuvo—. La muchacha nos salvó, nos advirtió. Reconoció a Gatō —Así que ella no había dado apoyo a Gatō.

El pensamiento le alivió, pero otra preocupación le hizo salir corriendo a grandes zancadas velozmente del gran salón. Dentro del pasadizo de escape existía otro pasadizo, uno que había jurado proteger con su vida. Había algo misterioso en torno a la muchacha, algo que ella mantenía oculto. ¿Qué pasaría si fuera la amenaza más seria para el Tesoro con la que se había topado hasta ahora?

¿Podría mantener su voto, si significara matarla? El sudor frío perló su frente mientras cogía una vela y zambullía en el pasadizo de escape.

A mitad de las largas y estrechas escaleras, un área de la pared estaba incluso más oscura, como si se hubiera abierto un hueco en la piedra. Naruto sintió que su corazón dejaba de latir y que la piel se ponía fría del miedo.

Luego llegó la furia, furia salvadora.

Silenciosamente cogió su espada ensangrentada y la persiguió.

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Las escaleras se terminaban. Hinata levantó la vela pero no podría ver nada excepto paredes frías de piedra, hechas de la misma roca oscura que el resto de castillo. Hacía mucho frío allí abajo, y empezó a temblar. Una pulsación extraña zumbaba por el aire, no un sonido sino una sensación, rozando contra su piel.

La piel le hormigueaba, pero no de frío. Lentamente anduvo de arriba abajo por los muros, buscando cualquier indicio de una puerta. La piedra lisa era todo que encontraban sus dedos buscadores.

La sutil pulsación era extraña. Debía estar bajo el nivel del mar, y lo que sentía era la fuerza de olas azotando contra la roca.

Debajo de las escaleras había una oscuridad más profunda. Con el corazón martillando en su garganta, Hinata dio un paso adelante, y la luz débil de su vela iluminó otra abertura, un agujero negro que conducía... ¿a dónde? La pulsación era más fuerte. La podría sentir en la cara. Venía de la abertura oscura.

Se detuvo, con los pelos de la nuca de punta. ¿Por el Amor Dios, qué había allí? Podría hacerlo, se dijo. Por Toneri, y por Neji, podría hacer cualquier cosa. Ella se lo había demostrado a sí misma una y otra vez durante este pasado año en el infierno.

Le dolían los huesos por el frío que emanaba de la piedra directamente a través de las delgadas suelas de sus zapatos, y que avanzaba lentamente bajo sus faldas para enrollar sus dedos helados alrededor de sus piernas. Tenía que actuar rápidamente, antes de que el peligroso frío comenzase a agotar su fuerza. Su pequeña vela no duraría por mucho tiempo, y no quería estar atrapada allá abajo sin luz.

Más tranquila ahora, impulsada por la necesidad, se movió hacia el agujero negro en el muro.

La absorbió en cuanto dio un paso a través de él, la oscuridad, la sensación de temblor en el borde de... algo.

¿Era calor lo que sentía? Se introdujo más en la oscuridad con su vela agitándose locamente. La luz iluminó la forma oscura de lo que parecía a una silla grande... ¿Un trono? Esculpido con leones. Un estandarte andrajoso, del tipo llevado a la batalla y tejido con fuego en las hebras, colgaba sobre el trono y en él ojos dorados del león relucían a la luz de la vela. Al lado del trono había algo más, algo que no podía ver totalmente, así que dio otro paso hacia adelante.

—Ah, muchacha —la voz profunda era baja, compungida, controlada. Venía de no más de unos pocos metros detrás de ella—. No quería mataros —todos los cabellos finos del cuerpo de Hinata se erizaron de puro terror, y durante un momento se sintió mareada mientras la sangre huía su cabeza.

Sangre. Ella la podía oler ahora, picante y metálica. La sangre de la batalla estaba en él, su crueldad cantando a través de sus venas, intensificando la furia que ella podía sentir saliendo de él en oleadas.

Iba a matarla. Podía sentir su empeño, la fría determinación que había preservado el Tesoro todos estos años. Sin embargo, debajo de ella estaba su furia apenas contenida por... ¿Qué? ¿Por su engaño? ¿Por lo cerca que había estado ella de triunfar? Era furia lo que ella sentía, principalmente, fuego ardiendo bajo hielo, y eso encendió su propia furia.

No le podía permitir matarla. Si ella moría ahora, después Obito ganaría. No habría venganza para Toneri, para Neji. Su valentía en la muerte habría sido en vano. Ella moriría sabiendo que les había fallado, y eso, más que cualquier otra cosa, era insoportable.

La mano de Naruto se cerró sobre su hombro, girándola, sus dedos sujetándola como hierro. Hinata dejó caer la vela y ésta se alejó rodando, su llama frágil centelleó sobre la espada que él tenía en la mano, vacilando, casi extinguiéndose antes de dar una llamarada renovada. Ella dio la vuelta en su apretón, dando un paso más cerca, vertiginosamente. El guerrero que había en él, empezó a reaccionar incluso antes de que ella pudiese completar el movimiento, moviendo su cadera hacia un lado para recibir el embate de su rodilla. Pero no fue su rodilla lo que ella usó, fue su codo. Ella se lo hincó con fuerza en el pecho, intentando darle en el plexo solar. El impacto con su estómago duro sacudió su brazo hasta su hombro.

Ella no dio en su objetivo pero la fuerza fue suficiente para hacerle gruñir y doblarse hacia adelante un poco, su fuerte agarre en su hombro se aflojó durante una fracción de segundo.

Era suficiente. Ella se echó hacia atrás de un tirón, escapándose de su control.

Los dedos de Naruto lograron alcanzar la tela de su corpiño y una costura cedió, el sonido fue formidable, casi intolerablemente fuerte en este sepulcro profundo, silencioso. La tela se desgarró floja y Hinata tropezó por la súbita liberación, cayéndose al suelo casi de rodillas antes de conseguir ponerse de pie, gracias al pánico que le prestaba su fuerza. Se recogió las faldas hacia arriba y corrió a toda velocidad en la oscuridad más allá de la luz de la vela, dejándose guiar por el instinto hacia las escaleras.

Sus probabilidades de dejarle atrás eran escasas, y salir del castillo aún más improbable. A pesar de todo, tenía que intentarlo. Las suelas de sus zapatos resbalaron en las piedras y chocó con fuerza contra la pared. La luz de la vela detrás de ella no era más que una tenue luz apenas perceptible, de poca utilidad para encontrar el camino, pero ahora tenía la pared para guiarse. Ella apoyó una mano sobre ella y corrió.

Tropezó en la escalera más bajo y cayó, duramente. Instantáneamente se levantó, sabiendo que él estaba justo detrás de ella, sintiendo su presencia aunque no le pudiera ver, no le pudiera oír sobre el trueno del latido de su corazón, y las boqueadas ásperas de su respiración. Él estaba cerca, con esa espada ensangrentada terrible en su mano poderosa, y su furia latiendo a través de él.

Hinata subió rápidamente por las escaleras, lanzándose hacia arriba en la negra oscuridad. Si tropezaba, caería a un lado, sobre el suelo de piedra, mutilándose si no se mataba en el acto. Si vacilaba, él estaría sobre ella. Había una muerte segura detrás de ella, y una muerte posible esperando a cada paso. Ella no podría hacer nada salvo lanzarse hacia adelante, esperando que hubiera un escalón más que la permitiera ganar la parte superior de las escaleras y la barra de la puerta antes de que él pudiera alcanzarla.

Sólo un escalón más. Apenas había podido mover la barra, pero se las ingeniería, de algún modo. Si podía poner la barra en sitio, lo haría. Naruto se abriría camino a hachazos pero eso llevaría su tiempo, el suficiente tiempo para que ella pudiera escapar el castillo. Un peldaño.

No. No podría huir, no ahora, no cuando estaba tan cerca. Tendría que esconderse... y regresar.

No había más escaleras. Ella casi perdió el equilibrio cuando su pie levantado bajó con fuerza sobre una superficie plana. Trató desesperadamente de alcanzar la puerta.

Y ella le oyó, oyó su respiración, la sintió ardiente en su cuello. No había tiempo para la puerta.

Sus manos apenas se habían cerrado en el marco de la puerta cuando el peso de él la golpeó en la espalda, abrumándola, impulsándola hacia adelante y bajo y aplastándola bajo él.

Hinata puso sus manos delante para amortiguar la caída pero a pesar de eso aterrizó pesadamente. Atontada, yació impotentemente debajo de él, con la mejilla tocando la arena que cubría el frío suelo de piedra. Era tan pesado que apenas podría respirar, y tan grande que la rodeaba, su calor quemando su espalda, abrasador a través de su ropa. Su respiración caliente agitaba su pelo. Inhaló su perfume acre, los olores picantes, mezclados de sudor, sangre y hombre, primitivo y peligroso. El olor de él la llenó, calentándola por dentro como su cuerpo la calentaba por fuera.

Atrapada. Capturada. Entonces, éste era el fin.

Él podía romperle el cuello con una mano, y quizá lo haría, pues ella podía sentir la gran furia bullendo dentro de él. Ella estaba vencida, e indefensa. Él la mataría ahora.

Él no se movió, no levantó a su gran peso de ella. Ella no le podía ver. La oscuridad era casi total. A mucha distancia parecía haber cierta disminución de la oscuridad, quizá una antorcha colocada en un candelabro de pared en las escaleras externas, pero era demasiado débil para ser de utilidad. Él no habló.

Todo lo que ella podía hacer era sentirle, su cuerpo tendido encima del de ella, sus miembros con una fuerza de hierro controlándola. Podía sentir el movimiento de su pecho con su respiración controlada, sentir la firmeza de su latido cayendo pesadamente contra su espalda.

Él ni siquiera estaba sin aliento, maldito.

Quiso gritarle, darle arañazos por su furia frustrada, pero todo lo que podía hacer era presionar su cara contra la piedra helada y esperar.

El silencio aumentó mientras yacían allí, y luego ella sintió el aguijón de su pene endurecido contra sus nalgas, el movimiento lento y deliberado de sus piernas, empujando entre las de ella.

La respiración de Hinata se detuvo. Ella había conocido grandes emociones. Se había estremecido amando, había sido devastada por la pena, había cabalgado en la hoja afilada del odio. La corriente de deseo que aprisionó su cuerpo ahora fue incluso más allá de la fuerza de esas cosas, derribando sus barreras como si nunca hubiesen existido, devastando todo dentro con la necesidad repentina,

cegadoramente intensa por él que la sobrepasaba. Ella sabía que era débil en lo que a él concernía. La primera vez que él la besó, su carne solitaria, anhelante había estallado en un clímax por su contacto.

Él la excitaba como ningún otro hombre en toda su vida lo había hecho, como jamás nadie lo haría, podía excitarla hasta lograr una respuesta tan abrumadora que ella no la podía controlar.

Él no era Toneri... ¡Él no era Toneri! ¿Cómo le podía desear tanto, a este hombre grande, violento que tenía en sus manos poderosas la llave de su búsqueda desesperada? Él había jurado proteger el Tesoro, había matado en su defensa, y la mataría.

Luego. Por ahora, yaciendo allí en el suelo frío de piedra en la oscuridad, sólo existía el sonido de su respiración, y la de ella, volviéndose más rápida y más áspera a medida que su furia se transformaba en deseo.

Hinata dejó escapar un gemido quedo más allá de sus labios, un sonido ronco, indefenso de necesidad. Sí. Oh, Dios mío. Sí.

Aunque él la matara luego, antes de que ella muriese quería sentirle dentro, absorber su fuerza, enfriar esta fiebre loca, inexorable que quemaba en su carne por él.

Sus caderas se levantaron unos escasos centímetros, empujando instintivamente, hacia arriba contra él, frotando sus glúteos con fuerza contra su pene rígido. Solamente eso, un movimiento leve en el mejor de los casos, pero que envió fragmentos de placer que la traspasaban como una lanza.

Sus pechos se endurecieron por la necesidad dolorosa de su contacto, su cuerpo se humedeció, tenso, dolorido de deseo, frustración y vaciedad.

—Maldito seas —murmuró ella en el silencio, casi llorando.

Maldito por ser un hombre como ningún otro, por ser duro y cruel, por ser más dominante en carne y hueso de lo que alguna vez podía haberse imaginado. Los demás hombres palidecían a su lado. Él era demasiado enérgico, la fuerza de su personalidad y la fuerza de su brazo de la espada hacían pedazos cualquier resistencia contra su voluntad.

Y maldita fuera ella, pero ¿cómo podía resistirse a él, cuando sólo tenía que tocarla y su cuerpo débil, traicionero instantáneamente empezaba a prepararse para ceder ante él?

—Maldito sea yo, entonces, si vos lo queréis — murmuró él contra su pelo, aceptando su desesperación.

Como era un bastardo sutil e instintivo, sabía que ahora ella era suya para tomarla, porque toda su resistencia había desaparecido, y se movió para reclamar su carne dispuesta.

Él deslizó su falda hacia arriba, dejando la tela recogida sobre su espalda, y el aire frío bañó su trasero y sus piernas desnudas. Él mantenía atrapadas bajo la presión de sus rodillas el resto de las faldas de ella, sujetándola en el sitio. Hinata se estremeció, el miedo y deseo se retorcieron bruscamente juntos hasta que ella no los pudo separar. La tosca lana del tartán de su kilt arañaba la tierna parte trasera de sus muslos. Él movió la mano entre ellos, levantando su tartán y echándolo hacia un lado, y su carne desnuda estuvo repentinamente contra la de ella, muslo con muslo, su ingle contra sus nalgas. Su calor era sorprendente, casi insoportable, como si ella tocara fuego.

Él deslizó su brazo derecho bajo ella, curvándose alrededor de su vientre, y tiró de ella hacia arriba y atrás, poniéndola de rodillas, levantando sus caderas y colocándola en la posición adecuada para él. Hinata mantuvo cerrados los párpados con fuerza mientras luchaba contra la repentina exposición y vulnerabilidad de su sexo. Su pene rígido permanecía rozando sus pliegues flexibles pero él no trataba de entrar en ella, todavía no.

Ella tenía el cuerpo palpitante mientras esperaba paralizada por el tormento, la estocada que le llevaría a su interior profundamente, y por fin aliviaría esta terrible necesidad.

El brazo que la sostenía se deslizó alejándose de su cintura, pero ella mantuvo su posición, de rodillas con el trasero levantado. Sus dedos arañaron contra la piedra helada, tratando de hundirse en ella.

¿Por qué estaba esperando él? ¿Por qué no lo hacía ya, antes de que ella perdiese la razón? Él la tocó entonces, sus palmas calientes moldeaban las curvas de sus glúteos, aprendiendo su forma. Deslizó su mano entre las piernas de ella y la ahuecó sobre su sexo, sus dedos duros abrieron los pliegues cerrados, ocultos.

Dejó al descubierto su clítoris pequeño y exquisitamente rígido, echando hacia atrás los pliegues protectores de carne y dejándola expuesta al suave roce de sus dedos callosos. Ella lanzó un grito suave, y sus caderas se contorsionaron.

Oh, Dios mío, otro toque y ella explotaría, tal como lo había hecho antes. Pero él no le dio ese toque. Esos dedos detestablemente sagaces se retiraron después de la breve caricia, arrastrándose a través de sus pliegues hinchados hasta encontrar y acariciar la entrada de su cuerpo. Él dio vueltas alrededor de su flexible abertura con un dedo, esparciendo su humedad pero sin sondear dentro de ella aunque tenía que sentir el fuerte agarre y los espasmos de las paredes de su vagina. Él la tocó entre las nalgas, explorando, y murmuró un suave consuelo cuándo su cuerpo entero se sacudió en estado de choque.

Él se inclinó hacia adelante, cubriendo con todo su cuerpo el de ella, sosteniendo su peso sobre su antebrazo y codo izquierdos.

—Coloca tu cabeza sobre mi brazo, muchacha — murmuró él, y ciegamente ella lo hizo así, presionando su frente contra los músculos duros de su antebrazo.

Su mano derecha se entrelazó y se aferró a la de él mientras su mano izquierda se enrolló alrededor del abultamiento de hierro de sus bíceps, sujetándose para lo qué ella sabía que debía llegar.

Con su mano libre él guió su pene prominente hacia la abertura dispuesta, y lentamente empujó hacia dentro.

Hinata no pudo evitar su inspiración brusca, su quejido involuntario de desasosiego femenino. Ella sabía que él era grande. Le había visto desnudo. Pero hasta que no le sintió empujando dentro de ella, su cuerpo no había sabido su auténtico tamaño. Era grueso, ardiente, y tan duro que se sintió magullada por el avance inexorable de su lanza dentro de ella. Él no era brutal, solamente implacable. Sus caderas ondularon, tratando instintivamente de aliviar la presión entorno a él, mientras centímetro a centímetro despacio él completaba su penetración.

Los dedos de ella se clavaron en sus bíceps, y ella presionó su frente con más fuerza contra su brazo.

Sin duda ella no podía soportar más. Él era demasiado grande, le hacía daño, y gritos pequeños indefensos salían de su garganta. Pero él continuó empujando, y las caderas de ella se balancearon de atrás a delante, adaptándose, agarrando.

Después él estuvo en ella por completo, encajado duramente, su pelo púbico áspero rozando contra su trasero, sus testículos pesados bamboleándose entre las piernas extendidas de ella, tocando el nudo ardiente de carne que él había dejado expuesto.

Él se movió con precaución dentro de ella, apenas un poco, y la sensación hizo estallar diminutas explosiones en las terminaciones nerviosas de Hinata.

—¿Así? —preguntó él suavemente, su voz profunda susurrando contra su oído—. O... ¿Así? —él se movió otra vez, su inflamado pene se acercó a un lugar dentro de ella que no había sabido que existía, y su grito salvaje, indefenso le proporcionó la respuesta que buscaba.

Lentamente él empezó a moverse, una sutil flexión de sus caderas que no era en absoluto una estocada, sino una caricia interna, cruel y tierna sobre ese lugar interior profundo de ella. Hinata gritó otra vez, su cuerpo entero convulsionado bajo el azote de un placer tan intenso no lo podía soportar. Se estremeció espasmódicamente, su cuerpo temblando en torno a la recia intrusión de su pene.

Oh, Dios mío, ella había llegado al clímax anteriormente con menos excitación que ésta, pero en cierta forma no podía alcanzar realmente ese bendito alivio. Éste era un tormento exquisito, un placer paralizante, y ella no podía luchar contra él.

Tampoco podía mover sus caderas más rápido para alcanzar esa cima, pues el cuerpo de él también controlaba por completo el de ella. Todo lo que podía hacer era temblar apenas a un paso de la culminación, cada fricción lenta de su pene llevándola casi allí, pero no del todo. Gritos quedos, rítmicos salían de ella con cada movimiento interno que él hacía, y su excitación creció aún más intensa, hasta que pensó que se desmayaría. Ella se oyó suplicándole, palabras audaces, desarticuladas de necesidad.

—¡Naruto, por favor! ¡Más, hazlo! Por favor... ¡No puedo soportarlo!

—¿No? —jadeó él suavemente en su oído, su voz baja y cruda. El siguiente movimiento le arrancó a él un gemido—. Lo soportaréis, muchacha, pues yo digo que debéis hacerlo.

—No puedo —dijo ella otra vez, gimiendo. Ella trató de moverse, trató de acabar con esta exquisita tortura, pero él cerró su brazo derecho alrededor de sus caderas y la mantuvo quieta para que recibiese otro profundo embate más.

Ella se tensó contra esa banda caliente, con músculos de hierro, sabiendo que era inútil, que su fuerza era mucho mayor que la de ella. En esta batalla carnal estaba indefensa para tomar nada excepto lo que él le daba. Su cuerpo era demasiado ligero y delicado para resistir ser abrumado por un hombre que era treinta centímetros más alto que ella, y que había pasado toda su vida combatiendo o entrenándose para la batalla, para ser más fuerte que cualquiera que ella hubiera conocido antes.

Diminutas chispas rojas explotaron detrás de sus párpados cerrados. Su corazón retumbó, reverberando contra su caja torácica. Ella no podía hacer entrar suficiente aire. Los pulmones le estallaban, el cuerpo entero le estallaba, y con un grito tenue de desesperación, de placer tomado más allá de lo que se podía soportar, ella giró la cara hacia el recodo de su brazo y hundió sus dientes salvajemente en el abultamiento de su bíceps. Ella escuchó su gruñido de respuesta, y su gran cuerpo se dobló. Un sonido gutural sacudió ruidosamente su garganta mientras su control se hacía pedazos.

Como un semental él ajustó sus dientes a la curva entre su cuello y su hombro, mordiendo el cordón sensible que corría allí, y sus caderas se hundieron en ella. Ella gritó, electrizada por el mordisco primitivo, la arremetida dura y brusca, y todo en su cuerpo pareció acumularse, concentrándose, empujando hasta que ella estalló en mil pedazos en medio un cataclismo de placer. La violencia sensual que la apresó era tan intensa que fue sólo débilmente consciente de la potencia de los espasmos de él mientras bombeaba violentamente dentro de ella, y las contracciones siguieron sin parar, profundas y duras, aferrándole a él, destrozándola a ella.

Más tarde el silencio era como la muerte, negro y total. Quizá ella se había desmayado. No lo sabía. La realidad regresó poco a poco, primero la conciencia del suelo frío, arenoso de piedra debajo de ella, y el calor de su cuerpo sobre ella. Él tenía el brazo húmedo, por sus mordiscos y sus lágrimas. Flotaba un olor a sexo, acre y almizcleño, sumado a los otros olores del hombre y de la batalla. El tendón en su cuello palpitaba, un eco del placer igual que la pulsación persistente en sus caderas. Ella sentía la humedad de su semen. Él estaba todavía dentro de ella, no tan grande o tan duro como antes, pero todavía rígido, todavía allí. Su vagina se contrajo en una caricia saciada, tierna y él gruñó, cambiando de posición un poco encima de ella mientras él sentía la oleada final de su orgasmo.

Quizá la mataría ahora. El pensamiento cobró forma desde la vaciedad de la extenuación.

Que así fuera. Ella no podía luchar contra él, ni siquiera podía moverse.

Lentamente él se retiró de su cuerpo, llevándose lejos su sostén, su calor, dejándola tumbada medio desnuda y expuesta en el suelo. Ella podía oír las ráfagas laboriosas de su respiración, el chirrido del acero mientras él recogía su espada, y ella esperaba sentir la mordedura fría de la muerte.

Entonces él la recogió también, poniéndola de pie durante un segundo escaso antes de agacharse y colocar su hombro izquierdo sobre el abdomen de ella, luego se levantó con ella colgada como un bulto fláccido de harapos sobre ese ancho apoyo. Al menos sus faldas habían vuelto a la posición adecuada, pensó ella vagamente, para que su trasero no quedara al descubierto mientras él la llevaba a... ¿dónde?

Él caminaba a grandes pasos a través de la oscuridad, su paso seguro y firme mientras la llevaba sin esfuerzo alguno a ella sobre un hombro y su enorme espada en su otra mano, subiendo escaleras con tanta facilidad como si no hubiera estado luchando una batalla y luego hubiera vertido su semilla en ella en un acoplamiento de pasmosa intensidad.

Estaba todavía furioso. No simplemente enfadado, sino furioso. Ella podía sentir la fuerza de su furia dentro de él, controlada pero no mitigada, y ella supo que su batalla personal no había terminado.

Continuará...