Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K Rowling
-Guest: Había pensado que, si traía a Malfoy, sería en el sexto libro como dices, o muy a tardar en el séptimo.
-Venom: Pues estuve muy tentado de poner que Kamijou dijese "Fukou da" en vez de "Que mala suerte", la verdad, XD
-Moro: Es posible que Malfoy este en algún momento, pero todavía no estoy seguro. Pero Snape no estará desde luego.
Bueno, el chico que aparece mencionado en el capítulo anterior, se trata de Kamijou Touma, protagonista de la serie de novelas/manga/anime Toaru Majutsu no Index (A Certain Magical Index), siendo la mala suerte uno de sus rasgos más característicos.
Después de que Astoria terminase de leer, James cogió el libro y comenzó con la lectura.
—El Frente de Liberación de los Elfos Domésticos —leyó—. ¡Vaya! No me digáis que ya no sois el "Pedo", sino que ahora sois el "Fled".
—¡Qué es P.E.D.D.O! —exclamó Hermione.
—Si en vez de ser una "L" hubiese sido una "R", habría quedado mi nombre —dijo Fred, sin hacer caso de la protesta de Hermione.
—¿Y cuál sería entonces el nombre? —preguntó Ron.
—Esto... el Frente de Represión de los Elfos Domésticos —respondió su hermano tras unos segundos de duda.
—¡Eso es lo contrario a lo que quiero conseguir!
Harry, Ron y Hermione fueron aquella noche a buscar a Pigwidgeon a la lechucería para que Harry le pudiera enviar una carta a Sirius diciéndole que había logrado burlar al dragón sin recibir ningún daño.
—Pues tu hombro no dice lo mismo —señaló Emily.
Por el camino, Harry puso a Ron al corriente de todo lo que Sirius le había dicho sobre Karkarov.
Aunque al principio Ron se mostró impresionado al oír que Karkarov había sido un mortífago, para cuando entraban en la lechucería se extrañaba de que no lo hubieran sospechado desde el principio.
—¿Cómo podías haber sospechado desde el principio que Karkarov era un mortífago? —preguntó Bill.
—Todo encaja, ¿no? —dijo—. ¿No os acordáis de lo que dijo Malfoy en el tren de que su padre y Karkarov eran amigos?
—Por eso —dijo Ron, respondiendo a la anterior pregunta de Bill.
—Que esos dos fuesen conocidos no implica que Karkarov sea un mortífago, Ron —suspiró Percy.
Ahora ya sabemos dónde se conocieron. Seguramente en los Mundiales iban los dos juntitos y bien enmascarados...
—Llámame loco, pero creo que se conocían de antes —dijo Will.
Pero te diré una cosa, Harry: si fue Karkarov el que puso tu nombre en el cáliz, ahora mismo debe de sentirse como un idiota, ¿a que sí? No le ha funcionado, ¿verdad? ¡Sólo recibiste un rasguño! Ven acá, yo lo haré.
Pigwidgeon estaba tan emocionado con la idea del reparto, que daba vueltas y más vueltas alrededor de Harry, ululando sin parar.
—Se nota que es muy nerviosa —dijo Sirius.
—Ni te imaginas —respondió Ron.
Ron lo atrapó en el aire y lo sujetó mientras Harry le ataba la carta a la patita.
—No es posible que el resto de las pruebas sean tan peligrosas como ésta... ¿Cómo podrían serlo?
—Van a ser más peligrosas, ¿verdad? —suspiró Ron.
—Depende de como se vea —dijo Dumbledore con tranquilidad.
—Eso es que sí —dijo Harry.
—siguió Ron, acercando a Pigwidgeon a la ventana—. ¿Sabes qué? Creo que podrías ganar el Torneo, Harry, te lo digo en serio.
Harry sabía que Ron sólo se lo decía para compensar de alguna manera su comportamiento de las últimas semanas, pero se lo agradecía de todas formas.
—No, de verdad creo que puedes ganar —dijo Ron.
—Lamentablemente planeo ganar yo —dijo en ese momento Cedric.
—Ni creas que te lo voy a poner fácil —replicó Harry con una sonrisa.
—Espero que no os estéis olvidando de moi* —dijo Fleur Delacour—. Porque no planeo quedarme de brazos cruzados.
—No pude hacerme con la Copa del Mundo... pero me haré con la del Torneo. —murmuró Krum, aunque lo suficientemente fuerte como para ser escuchado.
Hermione, sin embargo, se apoyó contra el muro de la lechucería, cruzó los brazos y miró a Ron con el entrecejo fruncido.
—A Harry le queda mucho por andar antes de que termine el Torneo —declaró muy seria—. Si esto ha sido la primera prueba, no me atrevo a pensar qué puede venir después.
—¿No puedes ser un poco más positiva?
—Puedo serlo. Pero también soy realista —replicó Hermione.
—Eres la esperanza personificada, Hermione —le reprochó Ron—. Parece que te hayas puesto de acuerdo con la profesora Trelawney.
—Dudo que eso alguna vez suceda.
Arrojó al mochuelo por la ventana. Pigwidgeon cayó cuatro metros en picado antes de lograr remontar el vuelo. La carta que llevaba atada a la pata era mucho más grande y pesada de lo habitual: Harry no había podido vencer la tentación de hacerle a Sirius un relato pormenorizado de cómo había burlado y esquivado al colacuerno volando en torno a él.
—¿Le has mandado las páginas del libro o qué? —preguntó su hermana, divertida.
Contemplaron cómo desaparecía Pigwidgeon en la oscuridad, y luego dijo Ron:
—Bueno, será mejor que bajemos para tu fiesta sorpresa, Harry. A estas alturas, Fred y George ya habrán robado suficiente comida de las cocinas del castillo.
—¡De robar nada! —exclamó "indignado" Fred.
—Eso. No se puede considerar robar si son ellos los que nos la dan encantados.
Por supuesto, cuando entraron en la sala común de Gryffindor todos prorrumpieron una vez más en gritos y vítores.
—Después de esa exhibición no esperaba menos —dijo Charlie.
Había montones de pasteles y de botellas grandes de zumo de calabaza y cerveza de mantequilla en cada mesa. Lee Jordan había encendido algunas bengalas fabulosas del doctor Filibuster, que no necesitaban fuego porque prendían con la humedad, así que el aire estaba cargado de chispas y estrellitas. Dean Thomas, que era muy bueno en dibujo, había colgado unos estandartes nuevos impresionantes, la mayoría de los cuales representaban a Harry volando en torno a la cabeza del colacuerno con su Saeta de Fuego, aunque un par de ellos mostraban a Cedric con la cabeza en llamas.
—Vaya que majo —dijo Cedric con cierto sarcasmo.
Harry se sirvió comida (casi había olvidado lo que era sentirse de verdad hambriento) y se sentó con Ron y Hermione. No podía concebir tanta felicidad: tenía de nuevo a Ron de su parte, había pasado la primera prueba y no tendría que afrontar la segunda hasta tres meses después.
—Pues no te pongas muy cómodo, que tres meses pasan más rápido de lo que uno se espera —le advirtió Bill.
—¡Jo, cómo pesa! —dijo Lee Jordan cogiendo el huevo de oro,
—Bueno, claro que pesa. Esta hecho de oro —dijo Ron.
—El huevo podría ser de otro material pero bañado en oro —apuntó Hermione.
que Harry había dejado en una mesa, y sopesándolo en una mano—. ¡Vamos, Harry, ábrelo! ¡A ver lo que hay dentro!
—Se supone que tiene que resolver la pista por sí mismo —objetó Hermione—. Son las reglas del Torneo...
—En ninguna parte dice que Harry no pueda enseñar el contenido del huevo a otras personas —señaló Will.
—En realidad, mientras nadie ayude al señor Potter ha resolver el misterio del huevo, no hay problema para que muestre el contenido —explicó McGonagall—. Aunque no es vayan a ver nada —murmuró para ella.
—También se suponía que tenía que averiguar por mí mismo cómo burlar al dragón —susurró Harry
—En realidad no. Ya que, en teoría, no deberías haber sabido acerca de los dragones —dijo Emily.
para que sólo Hermione pudiera oírlo, y ella sonrió sintiéndose un poco culpable.
—¡Sí, vamos, Harry, ábrelo! —repitieron varios.
Lee le pasó el huevo a Harry, que hundió las uñas en la ranura y apalancó para abrirlo.
Los que sabían el secreto del huevo, sonrieron un poco, sabiendo lo que iba a ocurrir.
Estaba hueco y completamente vacío.
La mayoría se quedó extrañada ante eso.
—¿Cómo? —dijo Harry.
—¿Acaso han olvidado poner lo que fuese ha haber? —preguntó Ron.
—No creo. A lo mejor es algo invisible —trató de adivinar Hermione.
—O a lo mejor los bordes están escritos con tinta que solamente se lee en la oscuridad —señaló Ginny.
—Quizás sea alguna especie de sonido —dijo Luna suavemente.
Pero, en cuanto Harry lo abrió, el más horrible de los ruidos,
—Pues al final Luna tenía razón —dijo Neville.
—Aunque eso de "el más horrible de los ruidos" no me gusta como suena —dijo Fleur Delacour.
una especie de lamento chirriante y estrepitoso, llenó la sala. Lo más parecido a aquello que Harry había oído había sido la orquesta fantasma en la fiesta de cumpleaños de muerte de Nick Casi Decapitado, cuyos componentes tocaban sierras musicales.
—¿Qué se supone que consiste la segunda prueba? ¿En soportar estar en un cumpleaños de muerte sin ganas de suicidarte? —preguntó Sirius.
—A lo mejor la prueba va de comerse toda la comida que hay en un cumpleaños de muerte —sugirió James.
Tres de los cuatro campeones se pusieron ligeramente verdes al recordar la descripción dada de esa comida en el segundo libro. Y el único campeón, que había tenido el dudoso placer de asistir a esa clase de eventos y ver la comida que servían en dicho lugar, casi vomita al recordar, no solo la apariencia, sino también el olor.
—¡Ciérralo! —gritó Fred, tapándose los oídos con las manos.
—¿Qué era eso? —preguntó Seamus Finnigan, observando el huevo cuando Harry volvió a cerrarlo—. Sonaba como una banshee. ¡A lo mejor te hacen burlar a una de ellas, Harry!
—Bueno, eso tendría mucho más sentido que la comida podrida —dijo Will.
—No creo que sea eso —señaló Daphne—. No creo que las tres pruebas consistan en burlar algún tipo de criatura mágica.
—¡Era como alguien a quien estuvieran torturando! —opinó Neville, que se había puesto muy blanco y había dejado caer los hojaldres rellenos de salchicha—. ¡Vas a tener que luchar contra la maldición cruciatus!
—Yo del libro, eso suena muy estúpido.
—Además de que usarla es ilegal —añadió su padre.
—No seas tonto, Neville, eso es ilegal —observó George—. Nunca utilizarían la maldición cruciatus contra los campeones. Yo creo que se parecía más bien a Percy cantando... A lo mejor tienes que atacarlo cuando esté en la ducha, Harry.
—Tiene sentido —dijeron los hermanos Weasley, a excepción de Percy.
—Venga ya. No canto tan mal —protestó Percy.
—Percy, hijo... digamos que todos tenemos cosas que se nos dan bien y otras que se nos da mal —dijo Arthur.
—Y otros que directamente no tienen talento en ciertas cosas —dijo Fred—. Por ejemplo Percy y el canto.
—¿Quieres un trozo de tarta de mermelada, Hermione? —le ofreció Fred.
—No lo aceptes —dijo Ginny de inmediato.
—¡Oh, vamos! ¡No vamos a convertir todo lo que tocamos en objetos de broma! —protestó George.
—Aunque sería interesante poder hacerlo —dijo Fred pensativamente.
Hermione miró con desconfianza la fuente que él le ofrecía. Fred sonrió.
—No te preocupes, no le he hecho nada —le aseguró—. Con las que hay que tener cuidado es con las galletas de crema.
Neville, que precisamente acababa de probar una de esas galletas, se atragantó y la escupió. Fred se rió.
—Sólo es una broma inocente, Neville...
—Define inocente.
—Tan solo convierte al que se la coma en un canario gigante durante un minuto —respondió Fred.
Hermione se sirvió un trozo de tarta de mermelada y preguntó:
—¿Has cogido todo esto de las cocinas, Fred?
—Ajá —contestó Fred muy sonriente. Adoptó un tono muy agudo para imitar la voz de un elfo—: «¡Cualquier cosa que podamos darle, señor, absolutamente cualquier cosa!»
—Por eso decimos que nosotros no robamos nada. ¡Si nos dan la comida encantados!
—Igualmente visitar las cocinas esta prohibido —replicó McGonagall.
Son la mar de atentos... Si les digo que tengo un poquito de hambre son capaces de ofrecerme un buey asado.
—En realidad en una ocasión nos sirvieron un buey asado —dijo George.
—¿En serio? —preguntó Bill.
—Bueno, en realidad no sabíamos lo que era. Solo que era grande —respondió Fred.
—¿Cómo te las arreglas para entrar? —preguntó Hermione, con un tono de voz inocentemente indiferente.
—Es bastante fácil —dijo Fred
George le dio a su gemelo un codazo y una mirada de advertencia.
—. Hay una puerta oculta detrás de un cuadro con un frutero. Cuando uno le hace cosquillas a la pera, se ríe y...
George suspiró.
—Prácticamente se lo has dicho todo.
—Menos el lugar dónde se encuentra el cuadro... pero conociéndola, seguro que lo encuentra —suspiró Fred.
—Se detuvo y la miró con recelo—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada —contestó rápidamente Hermione.
—Sí, ya —dijo Sirius.
—¿Vas a intentar ahora llevar a los elfos a la huelga? —inquirió George—. ¿Vas a dejar todo eso de la propaganda y sembrar el germen de la revolución?
Algunos se rieron alegremente, pero Hermione no contestó.
—¡No vayas a enfadarlos diciéndoles que tienen que liberarse y cobrar salarios! —le advirtió Fred—. ¡Los distraerás de su trabajo en la cocina!
El que los distrajo en aquel momento fue Neville al convertirse en un canario grande.
La sala se quedó en silencio, antes de estallar en carcajadas.
—Bueno, nosotros ya avisamos que había una galleta especial por ahí —dijo Fred alegremente.
—Tendría que haberme imaginado que sería yo quién me la acabaría comiendo —dijo Neville con una sonrisa divertida.
—¡Ah, lo siento, Neville! —gritó Fred, por encima de las carcajadas—. Se me había olvidado. Es la galleta de crema que hemos embrujado.
Un minuto después las plumas de Neville empezaron a desprenderse, y, una vez que se hubieron caído todas, su aspecto volvió a ser el de siempre. Hasta él se rió.
—La broma es divertida —dijo Neville.
—¡Son galletas de canarios! —explicó Fred con entusiasmo—. Las hemos inventado George y yo... Siete sickles cada una. ¡Son una ganga!
Era casi la una de la madrugada
—¿La una de la madrugada? ¿Pero no era martes? —preguntó Lily.
—Eh... creo que sí —asintió James.
—Entonces... ¿os habéis ido a dormir a la una de la madrugada entre semana? —La señora Weasley miró severamente a sus hijos, especialmente a Fred y a George, quienes eran los mayores.
—No pasa nada, Molly —intervino en ese momento Dumbledore—. Una de las cosas que haremos para este torneo, es que los días siguientes a las pruebas, si es un día de clase normal, dejaremos ese día libre.
cuando por fin Harry subió al dormitorio acompañado de Ron, Neville, Seamus y Dean. Antes de cerrar las cortinas de su cama adoselada, Harry colocó la miniatura del colacuerno húngaro en la mesita de noche, donde el pequeño dragón bostezó, se acurrucó y cerró los ojos. En realidad, pensó Harry, echando las cortinas, Hagrid tenía algo de razón: los dragones no estaban tan mal...
—Oh, no. No te conviertas tú ahora en un amante de los dragones —le pidió Ron.
El comienzo del mes de diciembre llevó a Hogwarts vientos y tormentas de aguanieve.
—Vamos, un poco el panorama de cada año —dijo Bill.
Aunque el castillo siempre resultaba frío en invierno por las abundantes corrientes de aire, a Harry le alegraba encontrar las chimeneas encendidas y los gruesos muros cada vez que volvía del lago,
—Hombre, pues claro que te alegras de encontrarte con eso cada vez que vuelves del lago, con el frío que debes pasar por ahí —dijo Tonks.
donde el viento hacía cabecear el barco de Durmstrang e inflaba las velas negras contra la oscuridad del cielo. Imaginó que el carruaje de Beauxbatons también debía de resultar bastante frío.
—Hay encantamientos calentadores en ellos para evitar eso —explicó Fleur.
—¿Y por qué no se puede hacer lo mismo con Hogwarts? —preguntó Ron con cierto fastidio. Puede que hubiese chimeneas encendidas, pero eso solamente era en unas cuantas habitaciones. El resto del castillo continuaba igual de helado que siempre.
—Porqué resulta más sencillo encantar algo del tamaño de un carruaje, aunque sean muchos de ellos, que no encantar un castillo enorme, señor Weasley —explicó Flitwick.
Notó que Hagrid mantenía los caballos de Madame Maxime bien provistos de su bebida preferida: whisky de malta sin rebajar. Los efluvios que emanaban del bebedero, situado en un rincón del potrero, bastaban para que la clase entera de Cuidado de Criaturas Mágicas se mareara.
—Joder, los críos están pillando una buena cogorza —rió Sirius.
Esto resultaba inconveniente, dado que seguían cuidando de los horribles escregutos y necesitaban tener la cabeza despejada.
—Ya sabéis. Si vais a cuidar de escregutos, no bebáis.
—No estoy seguro de si hibernan o no
—Si a esas alturas no han demostrado ningún signo de que hibernen, dudo que lo hagan —dijo Charlie.
—dijo Hagrid a sus alumnos, que temblaban de frío, en la siguiente clase, en la huerta de las calabazas—. Lo que vamos a hacer es probar si les apetece echarse un sueñecito... Los pondremos en estas cajas.
Sólo quedaban diez escregutos. Aparentemente, sus deseos de matarse se habían limitado a los de su especie.
—Por ahora —murmuró Ron sombríamente.
Para entonces tenían casi dos metros de largo.
—Ay, Dios —gimió Hermione.
El grueso caparazón gris, las patas poderosas y rápidas, las colas explosivas, los aguijones y los aparatos succionadores se combinaban para hacer de los escregutos las criaturas más repulsivas que Harry hubiera visto nunca.
—¿Qué cojones tuvieron que cruzar para crear semejante abominación? —murmuró Reggie.
Desalentada, la clase observó las enormes cajas que Hagrid acababa de llevarles, todas provistas de almohadas y mantas mullidas.
—Y ya que estamos que también les ponga también un osito de peluche y un vaso de leche calentito —dijo Tonks—. Y, ya de paso, cuando los metan dentro, les canten una nana.
Daphne se imagino a Malfoy. Crabbe y Goyle cantando una canción de cuna a un escreguto acostado en una cuna gigante. Tuvo que poner las manos delante de su boca para impedir el ataque de risa que le había entrado.
—¿Pasa algo? —preguntó su hermana.
—No, nada —respondió Daphne, después de varios segundos.
—Los meteremos dentro —explicó Hagrid—, les pondremos las tapas, y a ver qué sucede.
—¿Alguien más tiene la sensación de que esto va a acabar mal?
Pero no tardó en resultar evidente que los escregutos no hibernaban
—Si es que se venía a venir —murmuró Charlie.
y que no se mostraban agradecidos de que los obligaran a meterse en cajas con almohadas y mantas, y los dejaran allí encerrados. Hagrid enseguida empezó a gritar: «¡No os asustéis, no os asustéis!»,
—¿Se lo esta gritando a los alumnos o a los escregutos? —preguntó Neville.
—Seguro que a los escregutos —respondió Harry.
mientras los escregutos se desmadraban por el huerto de las calabazas tras dejarlo sembrado de los restos de las cajas, que ardían sin llama. La mayor parte de la clase (con Malfoy, Crabbe y Goyle a la cabeza) se había refugiado en la cabaña de Hagrid y se había atrincherado allí dentro.
—No creo que una cabaña de madera sea un buen lugar para ocultarse de criaturas que escupen fuego —dijo Holly.
Harry, Ron y Hermione, sin embargo, estaban entre los que se habían quedado fuera para ayudar a Hagrid. Entre todos consiguieron sujetar y atar a nueve escregutos, aunque a costa de numerosas quemaduras y heridas.
Los tres amigos hicieron una mueca de dolor al leer lo de las heridas y quemaduras.
Al final no quedaba más que uno.
—¡No lo espantéis! —les gritó Hagrid a Harry y Ron, que le lanzaban chorros de chispas con las varitas. El escreguto avanzaba hacia ellos con aire amenazador, el aguijón levantado y temblando—. ¡Sólo hay que deslizarle una cuerda por el aguijón para que no les haga daño a los otros!
—También podría evitar que los escregutos hicieran daño a los estudiantes, ¿no? —espetó Molly.
—¡Por nada del mundo querríamos que sufrieran ningún daño! —exclamó Ron con enojo mientras Harry y él retrocedían hacia la cabaña de Hagrid, defendiéndose del escreguto a base de chispas.
—Jamás querríamos que eso sucediese —dijo Harry con un tono de voz que sugería que eso era lo que más quería que sucediese en el mundo.
—Bien, bien, bien... esto parece divertido.
—¿Por qué tengo la sensación de que sé quién es? —susurró Percy.
Rita Skeeter estaba apoyada en la valla del jardín de Hagrid, contemplando el alboroto.
—Genial, la que faltaba —murmuró Alice. Ya se estaba imaginando futuro artículos de El Profeta atacando a Hagrid.
Aquel día llevaba una gruesa capa de color fucsia con cuello de piel púrpura y, colgado del brazo, el bolso de piel de cocodrilo.
Hagrid se lanzó sobre el escreguto que estaba acorralando a Harry y Ron, y lo aplastó contra el suelo. El animal disparó por la cola un chorro de fuego que estropeó las plantas de calabaza cercanas.
—Suerte que Halloween ya ha pasado, porque sino adiós a las calabazas gigantes —dijo Eli.
—¿Quién es usted? —le preguntó Hagrid a Rita Skeeter, mientras le pasaba al escreguto un lazo por el aguijón y lo apretaba.
—Rita Skeeter, reportera de El Profeta —contestó Rita con una sonrisa. Le brillaron los dientes de oro.
—Creía que Dumbledore le había dicho que ya no se le permitía entrar en Hogwarts
—Pues al parecer no le ha quedado muy claro —comentó Dumbledore con tranquilidad.
—contestó ceñudo Hagrid, que se incorporó y empezó a arrastrar el escreguto hacia sus compañeros.
Rita actuó como si no lo hubiera oído.
—¿Cómo se llaman esas fascinantes criaturas? —preguntó, acentuando aún más su sonrisa.
—Escregutos de cola explosiva —gruñó Hagrid.
—¿De verdad? —dijo Rita, llena de interés—. Nunca había oído hablar de ellos... ¿De dónde vienen?
Harry notó que, por encima de la enmarañada barba negra de Hagrid, la piel adquiría rápidamente un color rojo mate, y se le cayó el alma a los pies.¿Dónde había conseguido Hagrid los escregutos?
—Espero que Hagrid los haya conseguido de forma legal... ¿A quién quiero engañar? Es evidente que los ha conseguido de forma ilegal —suspiró McGonagall con resignación.
Hermione, que parecía estar pensando lo mismo, se apresuró a intervenir.
—Son muy interesantes, ¿verdad? ¿Verdad, Harry?
—¿Qué? ¡Ah, sí...!, ¡ay!... muy interesantes —dijo Harry al recibir un pisotón.
—El pisotón no hacía falta —gruñó Harry.
—¡Ah, pero si estás aquí, Harry! —exclamó Rita Skeeter cuando lo vio
—Seguro que ya había dado cuenta de la presencia de Harry y estaba esperando el momento oportuno para "darse" cuenta de su presencia —dijo Arthur.
—. Así que te gusta el Cuidado de Criaturas Mágicas, ¿eh? ¿Es una de tus asignaturas favoritas?
—Claro que sí —aseguró Harry. De haber estado Hagrid allí, seguramente le habría dado uno de sus abrazos rompe-huesos.
—Sí —declaró Harry con rotundidad. Hagrid le dirigió una sonrisa.
—Divinamente —dijo Rita—. Divinamente de verdad. ¿Lleva mucho dando clase? —le preguntó a Hagrid.
Harry notó que los ojos de ella pasaban de Dean (que tenía un feo corte en la mejilla) a Lavender (cuya túnica estaba chamuscada), a Seamus (que intentaba curarse varios dedos quemados) y luego a las ventanas de la cabaña, donde la mayor parte de la clase se apiñaba contra el cristal, esperando a que pasara el peligro.
—Skeeter no podía aparecer en peor momento —dijo Remus.
—Éste es sólo mi segundo curso —contestó Hagrid.
—Divinamente... ¿Estaría usted dispuesto a concederme una entrevista?
—No lo hagas, Hagrid —exclamó Charlie, inútilmente.
Podría compartir algo de su experiencia con las criaturas mágicas. El Profeta saca todos los miércoles una columna zoológica, como estoy segura de que sabrá. Podríamos hablar de estos... eh... «escorbutos de cola positiva».
—Estoy seguro que solamente hablaran de los escregutos —dijo James con sorna.
—Escorbutos, James. Escorbutos —corrigió Sirius con amabilidad a su amigo—. Lo dice ella, así que debe ser correcto, ¿no?
—Por supuesto. Un error por mí parte.
—Escregutos de cola explosiva —la corrigió Hagrid—. Eh... sí, ¿por qué no?
A Harry aquello le dio muy mala espina,
—A ti y a todos —dijo Emily.
pero no había manera de decírselo a Hagrid sin que Rita Skeeter se diera cuenta, así que aguantó en silencio mientras Hagrid y Rita Skeeter acordaban verse en Las Tres Escobas esa misma semana para una larga entrevista. Luego sonó la campana en el castillo, señalando el fin de la clase.
—¡Bueno, Harry, adiós! —lo saludó Rita Skeeter con alegría cuando él se iba con Ron y Hermione—. ¡Hasta el viernes por la noche, Hagrid!
—Le dará la vuelta a todo lo que diga Hagrid —dijo Harry en voz baja.
—Tenlo por seguro —dijo Bill.
—Mientras no haya importado los escregutos ilegalmente o algo así... —agregó Hermione muy preocupada.
—Seguramente ha hecho eso —suspiró Charlie.
Se miraron entre sí. Ése era precisamente el tipo de cosas de las que Hagrid era perfectamente capaz.
—Hagrid ya ha dado antes muchos problemas, y Dumbledore no lo ha despedido nunca
—Porque sé de buena tinta que Hagrid jamás heriría a un estudiante —dijo Dumbledore—. Evidentemente si algún estudiante resultase con una herida grave en alguna clase suya, como lamentablemente le ocurrió al señor Malfoy el curso pasado, mucho me temo que habría que tomar medidas. No con su despido, claro esta, pero si hacer algo.
—dijo Ron en tono tranquilizador—. Lo peor que podría pasar sería que Hagrid tuviera que deshacerse de los escregutos.
—¿Peor?
Perdón, ¿he dicho lo peor? Quería decir lo mejor.
—Ya me extrañaba.
Harry y Hermione se rieron y, algo más alegres, se fueron a comer.
Harry disfrutó mucho la clase de Adivinación de aquella tarde.
Algunos se mostraron sorprendidos. Viendo como habían sido las clases de Adivinación hasta la fecha, les sorprendía que Harry pudiese disfrutar de ellas.
Seguían con los mapas planetarios y las predicciones; pero, como Ron y él eran amigos de nuevo, la clase volvía a resultar muy divertida.
Ahora entendían porque Harry disfrutaba de esas clases.
La profesora Trelawney, que se había mostrado tan satisfecha de los dos cuando predecían sus horribles muertes,
—No me extraña si predecir muertes es su pasatiempo favorito —susurró Hermione con cierto tono de fastidio.
volvió a enfadarse de la risa tonta que les entró en medio de su explicación de las diversas maneras en que Plutón podía alterar la vida cotidiana.
—Me atrevo a pensar —dijo en su voz tenue que no ocultaba el evidente enfado— que algunos de los presentes
—Me pregunto quién será —dijo Harry con falso interés, mientras fingía bostezar.
—miró reveladoramente a Harry—
—Creo que eres tú —señaló Neville.
Harry abrió exageradamente los ojos.
—¿Yo? ¡No puede ser! —exclamó con falsa indignación.
se mostrarían menos frívolos si hubieran visto lo que he visto yo al mirar esta noche la bola de cristal. Estaba yo sentada cosiendo, cuando no pude contener el impulso de consultar la bola.
—Pues mira que es casualidad —murmuró McGonagall.
Me levanté, me coloqué ante ella y sondeé en sus cristalinas profundidades... ¿Y a que no diríais lo que vi devolviéndome la mirada?
—¿Un murciélago con gafas? —dijo Ron en voz muy baja.
—Ron —advirtió Molly a su hijo menor.
—Solo era un comentario en broma, mamá —se defendió Ron.
Harry hizo enormes esfuerzos para no reírse.
—La muerte, queridos míos.
—Creo que debería revisarse el Ojo interior, porque no es muy normal que solamente vea la muerte —dijo Jake.
Parvati y Lavender se taparon la boca con las manos, horrorizadas.
—Sí —dijo la profesora Trelawney—, viene acercándose cada vez más, describiendo círculos en lo alto como un buitre, bajando, cerniéndose sobre el castillo...
Miró con enojo a Harry, que bostezaba con descaro.
—Al menos intenta fingir que prestas atención a la clase —suspiró Lily.
—Daría más miedo si no hubiera dicho lo mismo ochenta veces antes —comentó Harry,
—Exactamente —dijeron varios.
—¿Uno de los requisitos para ser profesor de Adivinación es predecir semanalmente la muerte de alguien? —preguntó Sirius.
—Eso es solamente uno de los pasatiempos de Sybill, me temo —respondió Dumbledore.
cuando por fin salieron al aire fresco de la escalera que había bajo el aula de la profesora Trelawney—. Pero si me hubiera muerto cada vez que me lo ha pronosticado, sería a estas alturas un milagro médico.
—Serías un concentrado de fantasma —dijo Ron riéndose alegremente cuando se cruzaron con el Barón Sanguinario, que iba en el sentido opuesto, con una expresión siniestra en los ojos—. Al menos no nos han puesto deberes. Espero que la profesora Vector le haya puesto a Hermione un montón de trabajo. Me encanta no hacer nada mientras ella está...
Hermione miró a Ron.
—Pues en realidad yo no tengo problemas con hacer deberes mientras tú haces el vago, Ronald.
Pero Hermione no fue a cenar, ni la encontraron en la biblioteca cuando fueron a buscarla.
—Sabéis que puedo estar en otros lugares que no sea una biblioteca, ¿verdad? —comentó mirando a sus dos amigos.
—Imposible. Tú ratio de aparición es solamente la biblioteca —replicó Ron.
Hermione lo miró confundida.
—¿Qué?
—Creo que enseñarle a Ron acerca de los videojuegos esta pasando factura —murmuró Will.
Dentro sólo estaba Viktor Krum. Ron merodeó un rato por las estanterías, observando a Krum y cuchicheando con Harry sobre si pedirle un autógrafo.
Viktor simplemente levantó una ceja, pero no dijo nada.
Pero luego Ron se dio cuenta de que había al acecho seis o siete chicas en la estantería de al lado deba tiendo exactamente lo mismo,
Cómo no pensó Krum.
y perdió todo interés en la idea.
—Pero ¿adónde habrá ido? —preguntó Ron mientras volvía con Harry a la torre de Gryffindor.
—Ni idea... «Tonterías.»
—¿Soy yo o esa contraseña esta durando demasiado? Porque ya estáis en diciembre y todavía no ha sido cambiada —comentó Percy.**
Apenas había empezado la Señora Gorda a despejar el paso, cuando las pisadas de alguien que se acercaba corriendo por detrás les anunciaron la llegada de Hermione.
—¡Harry! —llamó, jadeante, y patinó al intentar detenerse en seco (la Señora Gorda la observó con las cejas levantadas)—. Tienes que venir, Harry. Tienes que venir: es lo más sorprendente que puedas imaginar. Por favor...
—¿Eh? ¿Qué has visto? —preguntó Harry.
—Y yo que sé —respondió Hermione—. Imagino que lo veremos ahora.
Agarró a Harry del brazo e intentó arrastrarlo por el corredor.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—Ya lo verás cuando lleguemos. Ven, ven, rápido...
Harry miró a Ron, y él le devolvió la mirada, intrigado.
—Vale —aceptó Harry, que dio media vuelta para acompañar a Hermione.
Ron se apresuró para no quedarse atrás.
—¡Ah, no os preocupéis por mí! —les gritó bastante irritada la Señora Gorda
—Imagino que debe ser bastante molesto que te hagan abrir la puerta oculta que custodias y que al final nadie la utilice —dijo Sally.
—. ¡No es necesario que os disculpéis por haberme molestado! No me importa quedarme aquí, franqueando el paso hasta que volváis.
—Muchas gracias —contestó Ron por encima del hombro.
—No va ha hacer eso, ¿verdad? —dijo Ron.
—Creo que no —confirmó su hermana.
—¿Adónde vamos, Hermione? —preguntó Harry, después de que ella los hubo conducido por seis pisos y comenzaron a bajar la escalinata de mármol que daba al vestíbulo.
—Me hago una idea —dijo Cedric, reconociendo el lugar.
—¡Ya lo veréis, lo veréis dentro de un minuto! —dijo Hermione emocionada.
Al final de la escalinata dobló a la izquierda y fue aprisa hacia la puerta por la que Cedric Diggory había entrado la noche en que el cáliz de fuego eligió su nombre y el de Harry. Harry nunca había estado allí. Él y Ron siguieron a Hermione por otro tramo de escaleras que, en lugar de dar a un sombrío pasaje subterráneo como el que llevaba a la mazmorra de Snape, desembocaba en un amplio corredor de piedra, brillantemente iluminado con antorchas y decorado con alegres pinturas, la mayoría bodegones.
¿No será...? pensó Harry.
—¡Ah, espera...! —exclamó Harry, a medio corredor—. Espera un minuto, Hermione.
—¿Qué? —Ella se volvió para mirarlo con expresión impaciente.
—Creo que ya sé de qué se trata —dijo Harry.
Le dio un codazo a Ron y señaló la pintura que había justo detrás de Hermione: representaba un gigantesco frutero de plata.
—¡Oh! —exclamó Ron.
—¡Hermione! —dijo Ron cayendo en la cuenta—. ¡Nos quieres liar otra vez en ese rollo del pedo!
—¡Qué es P.E.D.D.O! —exclamó Hermione.
—¡No, no, no es verdad! —se apresuró a negar ella—. Y no se llama «pedo», Ron.
—¿Le has cambiado el nombre? —preguntó Ron, frunciendo el entrecejo—. ¿Qué somos ahora, el Frente de Liberación de los Elfos Domésticos?
—Anda, el título del capítulo —comentó Jake.
Yo no me voy a meter en las cocinas para intentar que dejen de trabajar, ni lo sueñes.
—¡No te pido nada de eso! —contestó Hermione un poco harta—. Acabo de venir a hablar con ellos y me he encontrado... ¡Ven, Harry, quiero que lo veas!
—Pero, ¿qué quieres que vea? —preguntó Harry.
—Y yo que sé —respondió Hermione.
—Bueno, ya que vais a las cocinas, ¿no será algo relacionado con los elfos domésticos? —señaló Neville.
—Pues no veo porque motivo tiene algo que ver conmigo —replicó Harry—. Al único elfo doméstico que conozco es a Dobby.
—¡Claro! —exclamó Ron—. ¡Dobby debe de estar trabajando en las cocinas! Por eso Hermione quería que fueses con ella.
—¿En serio? ¿De verdad Dobby esta trabajando allí? —preguntó Harry a Dumbledore, pensando que debería hacerle una visita pronto a Dobby, aprovechando que ahora se encontraba en el castillo.
—Mucho me temo que Dobby aún no se encuentra trabajando en las cocinas —respondió Dumbledore—. Sin embargo parece ser que lo contratare en algún momento antes de diciembre.
Cogiéndolo otra vez del brazo, tiró de él hasta la pintura del frutero gigante, alargó el índice y le hizo cosquillas a una enorme pera verde, que comenzó a retorcerse entre risitas, y de repente se convirtió en un gran pomo verde. Hermione lo accionó, abrió la puerta y empujó a Harry por la espalda, obligándolo a entrar.
—Así que se entra a las cocinas de esa manera —murmuró Ron.
Harry alcanzó a echar un rápido vistazo a una sala enorme con el techo muy alto, tan grande como el Gran Comedor que había encima, llena de montones de relucientes ollas de metal y sartenes colgadas a lo largo de los muros de piedra, y una gran chimenea de ladrillo al otro extremo, cuando algo pequeño se acercó a él corriendo desde el medio de la sala.
—¡Harry Potter, señor! —chilló—. ¡Harry Potter!
Sin escuchar su nombre, Harry ya sabía quién era.
Un segundo después el elfo le dio un abrazo tan fuerte en el estómago que lo dejó sin aliento, y Harry temió que le partiera las costillas.
—Pues mira que estás flojo, Potter. Porque la fuerza de un elfo doméstico tampoco es para tanto —dijo Daphne.
—Pero, ¿tú has visto lo canijo que es? Sinceramente, me sorprende que cada vez que atrapé la snitch, esta no se lo lleve volando —dijo Ron.
—Muy gracioso, Ron —resopló Harry.
Hermione y Ginny intercambiaron una mirada. ¿De verdad Ron acababa de tener un intercambio con un Slytherin sin ponerse violento?
—¿Esto ya había pasado antes? —preguntó Ginny en un susurro.
—Pues sinceramente, no estoy segura —respondió Hermione con duda.
—¿Do... Dobby? —dijo, casi ahogado.
—¡Es Dobby, señor, es Dobby!
—Por si ha alguien no le ha quedado claro, es Dobby —dijo Will.
—¡Oh, madre mía! ¿Dobby? No me había quedado claro —exclamó Fred.
—chilló una voz desde algún lugar cercano a su ombligo—. ¡Dobby ha esperado y esperado para ver a Harry Potter, señor, hasta que Harry Potter ha venido a verlo, señor!
Dobby lo soltó y retrocedió u nos pasos, sonriéndole. Sus enormes ojos verdes, que tenían la forma de pelotas de tenis, rebosaban lágrimas de felicidad. Estaba casi igual a como Harry lo recordaba: la nariz en forma de lápiz, las orejas de murciélago, los dedos y pies largos... Lo único diferente era la ropa.
—Evidentemente. No iba a seguir llevando ese paño enmohecido —resopló McGonagall.
Cuando Dobby trabajaba para los Malfoy, vestía siempre la misma funda de almohadón vieja y sucia. Pero aquel día llevaba la combinación de prendas de vestir más extraña que Harry hubiera visto nunca.
—Oh, vamos a ver —dijo Astoria con una pequeña sonrisa.
—¿Eh?
—El sentido de la moda de los elfos domésticos es un poco... ¿como decirlo? —murmuró Daphne—. Mmm... digamos que curioso.
Al elegir él mismo la ropa había hecho un trabajo aún peor que los magos que habían ido a los Mundiales.
—Me empiezo ha hacer una idea —dijo Harry.
De sombrero llevaba una cubre tetera en la que había puesto un montón de insignias, y, sobre el pecho desnudo, una corbata con dibujos de herraduras; a ello se sumaba lo que parecían ser unos pantalones de fútbol de niño, y unos extraños calcetines. Harry reconoció uno de ellos como el calcetín negro que él mismo se había quitado, engañando al señor Malfoy para que se lo pasara a Dobby, con lo cual le había concedido involuntariamente la libertad. El otro era de rayas de color rosa y naranja.
Varios se echaron a reír al concluir la descripción de la vestimenta de Dobby.
—¿Qué haces aquí, Dobby? —dijo Harry sorprendido.
—¡Dobby ha venido para trabajar en Hogwarts, señor! —chilló Dobby emocionado—. El profesor Dumbledore les ha dado trabajo a Winky y Dobby, señor.
—¿Winky? —exclamaron varios.
—¿Winky? —se asombró Harry—. ¿Es que también está aquí?
—Bueno, es evidente que sí —señaló Emily.
—¡Sí, señor, sí! —Dobby agarró a Harry de la mano y tiró de él entre las cuatro largas mesas de madera que había allí. Cada una de las mesas, según notó Harry al pasar por entre ellas, estaba colocada exactamente bajo una de las cuatro que había arriba, en el Gran Comedor. En aquel momento se hallaban vacías porque la cena había acabado, pero se imaginó que una hora antes habrían estado repletas de platos que luego se enviarían a través del techo a sus correspondientes del piso de arriba.
En la cocina había al menos cien pequeños elfos, que se inclinaban sonrientes cuando Harry, arrastrado por Dobby, pasaba entre ellos. Todos llevaban el mismo uniforme: un paño de cocina estampado con el blasón de Hogwarts y atado a modo de toga, como había visto que hacía Winky.
Suerte que tienen un uniforme reglamentario o eso sería un espectáculo digno de verse pensó Daphne. Aunque me pregunto porque motivo Dobby no lleva lo mismo.
Dobby se detuvo ante la chimenea de ladrillo.
—¡Winky, señor! —anunció.
Winky estaba sentada en un taburete al lado del fuego. A diferencia de Dobby, ella no había andado apropiándose de ropa. Llevaba una faldita elegante y una blusa con un sombrero azul a juego que tenía agujeros para las orejas.
—¿Un elfo doméstico llevando un atuendo que combine? Pues si que es raro —dijo Astoria.
—Tal vez Winky si tenga sentido de la moda o algo así —dijo Reggie.
Sin embargo, mientras que todas las prendas del extraño atuendo de Dobby se hallaban tan limpias y bien cuidadas que parecían completamente nuevas, Winky no parecía dar ninguna importancia a su ropa: tenía manchas de sopa por toda la pechera de la blusa y una quemadura en la falda.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ron
—Hola, Winky —saludó Harry.
A Winky le tembló el labio. Luego rompió a llorar, y las lágrimas se derramaron desde sus grandes ojos castaños y le cayeron a la blusa, como en los Mundiales de quidditch.
—Claramente esta disgustada por algo —dijo Ginny.
—Pero, ¿el qué? —señaló Neville.
—¡Ah, por Dios! —dijo Hermione. Ella y Ron habían seguido a Harry y Dobby hasta el otro extremo de la cocina—. Winky, no llores, por favor, no...
Pero Winky lloró aún con más fuerza.
—Creo que estás teniendo el efecto contrario —señaló Ron amablemente.
—Vaya, gracias. No me había dado cuenta —ironizó Hermione.
Por su parte, Dobby le sonrió a Harry.
—¿Le apetecería a Harry Potter una taza de té? —chilló bien alto, por encima de los sollozos de Winky.
—Eh... bueno —aceptó Harry.
Al instante, unos seis elfos domésticos llegaron al trote por detrás, llevando una bandeja grande de plata cargada con una tetera, tazas para Harry, Ron y Hermione, una lecherita y un plato lleno de pastas.
Varios abrieron los ojos con asombro.
—¡Qué buen servicio! —dijo Ron impresionado.
Hermione lo miró con el entrecejo fruncido,
—¡Es cierto! —exclamó Ron al ver que Hermione le miraba de la misma manera.
pero los elfos parecían encantados. Hicieron una profunda reverencia y se retiraron.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Dobby? —preguntó Harry, mientras Dobby servía el té.
—¡Sólo una semana, Harry Potter, señor!
—Pues si que lleva poco tiempo —comentó Ginny.
—contestó Dobby muy contento—. Dobby vino para ver al profesor Dumbledore, señor. ¿Sabe, señor?, a un elfo doméstico que ha sido despedido le resulta muy difícil conseguir un nuevo puesto de trabajo.
—Bueno, si un elfo doméstico ha sido despedido, quiere decir que no hacía bien su trabajo. Así que, evidentemente, la gente no querría contratar a alguien así —dijo Reg.
Al decir esto, Winky redobló la fuerza de sus sollozos.
—Creo que no le gusta mucho orí acerca de elfos domésticos despedidos —dijo George.
La nariz, que era parecida a un tomate aplastado, le goteaba sobre la blusa, y ella no hacía nada para impedirlo.
—¡Dobby ha viajado por todo el país durante dos años intentando encontrar trabajo, señor!
—¿En serio? —dijo Harry con asombro—. Creí que después de quedar en libertad, lo último que haría sería buscar un nuevo empleo.
—Para los elfos domésticos es de vital importancia tener un empleo, Potter —respondió Daphne.
—chilló Dobby—. ¡Pero Dobby no ha encontrado trabajo, señor, porque Dobby quiere que le paguen!
—Creo que es la primera vez que oigo que un elfo doméstico quiere cobrar por un trabajo —dijo Astoria.
—Pues bien que hace —dijo Hermione—. Eso es algo que deberían buscar todos los elfos domésticos.
Los elfos domésticos que había por la cocina, que escuchaban y observaban con interés, apartaron la mirada al oír aquellas palabras, como si Dobby hubiera dicho algo grosero y vergonzoso.
Hermione sacudió la cabeza.
Hermione, por el contrario, le dijo:
—¡Me parece muy bien, Dobby!
—¡Gracias, señorita! —respondió Dobby, enseñándole los dientes al sonreír—. Pero la mayor parte de los magos no quieren un elfo doméstico que exige que le paguen, señorita. «¡Pues vaya un elfo doméstico!», dicen, y me dan un portazo.
—Menudos idiotas. Es normal que la gente quiera recibir una compensación por el trabajo que realizan —dijo Emily.
A Dobby le gusta trabajar, pero quiere llevar ropa y quiere que le paguen, Harry Potter... ¡A Dobby le gusta ser libre!
—Muy bien dicho, Dobby —dijo Hermione con una sonrisa.
Los elfos domésticos de Hogwarts se alejaban de Dobby poco a poco, como si sufriera una enfermedad contagiosa.
La sonrisa de Hermione se borró un poco.
Winky se quedó donde estaba, aunque se puso a llorar aún con más fuerza.
—¡Y después, Harry Potter, Dobby va a ver a Winky y se entera de que Winky también ha sido liberada! —dijo Dobby contento.
Al oír esto, Winky se levantó de golpe del taburete y, echándose boca abajo sobre el suelo de losas de piedra, se puso a golpearlo con sus diminutos puños mientras lloraba con verdadero dolor.
—Sí, se nota que a Winky le ha hecho gracia ser liberada —murmuró Ginny, sintiendo pena por la elfina.
Hermione se apresuró a dejarse caer de rodillas a su lado, e intentó consolarla, pero nada de lo que decía tenía ningún efecto.
Dobby prosiguió su historia chillando por encima del llanto de Winky.
—¡Y entonces se le ocurrió a Dobby, Harry Potter, señor! «¿Por qué Dobby y Winky no buscan trabajo juntos?», dice Dobby. «¿Dónde hay bastante trabajo para dos elfos domésticos?», pregunta Winky. Y Dobby piensa, ¡y cae en la cuenta, señor! ¡Hogwarts! Así que Dobby y Winky vinieron a ver al profesor Dumbledore, señor, ¡y el profesor Dumbledore los contrató!
—No tengo ningún motivo para no contratarlos —dijo Dumbledore.
—Más allá de que Dobby quiere que le paguen —murmuró Ron.
—Le aseguró que no tengo ningún problema en darla una paga, señor Weasley —dijo el director con una sonrisa.
Dobby sonrió muy contento, y de los ojos volvieron a brotarle lágrimas de felicidad.
—¡Y el profesor Dumbledore dice que pagará a Dobby, señor, si Dobby quiere que se le pague! ¡Y así Dobby es un elfo libre, señor, y Dobby recibe un galeón a la semana y libra un día al mes!
—Me parece muy poco —dijo Hermione con el ceño fruncido.
—Si Dobby quiere más, no tengo problemas en dárselo, señorita Granger —expresó Dumbledore.
—¡Eso no es mucho! —dijo Hermione desde el suelo, por encima de los continuados llantos y puñetazos de Winky.
—El profesor Dumbledore le ofreció a Dobby diez galeones a la semana, y librar los fines de semana
—O también puede ser que la paga que recibe, es lo que Dobby quería —dijo Harry.
Hermione no dijo nada. Si Dobby quería recibir como paga solamente un galeón y librar un día al mes, ella no iba a decir nada. Aunque en el fondo le seguía pareciendo poco.
—explicó Dobby, estremeciéndose repentinamente, como si la posibilidad de tantas riquezas y tiempo libre lo aterrorizara—, pero Dobby regateó hacia abajo, señorita... A Dobby le gusta la libertad, señorita, pero no quiere demasiada, señorita. Prefiere trabajar.
—En realidad no es tan diferente a los otros elfos domésticos —dijo Ron—. Más allá de que quiere cobrar por lo que hace. Algo que tiene todo el derecho de hacer —añadió al ver la mirada de Hermione.
—¿Y cuánto te paga a ti el profesor Dumbledore, Winky? —le preguntó Hermione con suavidad.
—Me parece que esa pregunta no le va a gustar —dijo Neville.
Si pensaba que aquella pregunta la alegraría, estaba completamente equivocada.
—Era de suponer.
Winky dejó de llorar, pero cuando se sentó miró a Hermione con sus enormes ojos castaños, con la cara empapada y una expresión de furia.
—¡Winky puede ser una elfina desgraciada, pero todavía no recibe paga! —chilló—. ¡Winky no ha caído tan bajo! ¡Winky se siente avergonzada de ser libre! ¡Como debe ser!
—¿Qué? ¡Pero si ella no tiene la culpa de nada! —exclamó Hermione.
—¿Avergonzada? —repitió Hermione sin comprender—. ¡Pero, vamos, Winky! ¡Es el señor Crouch el que debería avergonzarse, no tú! Tú no hiciste nada incorrecto. ¡Es él el que se portó contigo horriblemente!
Hermione asintió, de acuerdo con su yo del libro.
Percy no dijo nada, pero entendía porque motivo Crouch había despedido a Winky. Sin embargo una parte de él estaba de acuerdo con Hermione.
Pero, al oír aquellas palabras, Winky se llevó las manos a los agujeros del sombrero y se aplastó las orejas para no oír nada, a la vez que chillaba:
—¡Usted no puede insultar a mi amo, señorita! ¡Usted no puede insultar al señor Crouch! ¡El señor Crouch es un buen mago, señorita! ¡El señor Crouch hizo bien en despedir a Winky, que es mala!
—Aún se imagina que esta ligada con Crouch —dijo Reg.
—A Winky le está costando adaptarse, Harry Potter —chilló Dobby en tono confidencial—. Winky se olvida de que ya no está ligada al señor Crouch. Ahora podría decir lo que piensa, pero no lo hará.
—Entonces, ¿los elfos domésticos no pueden decir lo que piensan sobre sus amos? —preguntó Harry.
—¡Oh, no, señor, no! —contestó Dobby, repentinamente serio—. Es parte de la esclavitud del elfo doméstico, señor. Guardamos sus secretos con nuestro silencio, señor. Nosotros sostenemos el honor familiar y nunca hablamos mal de ellos.
—Pues me parece fatal que los elfos domésticos no puedan expresar libremente su opinión —dijo Emily.
Daphne se encogió de hombros.
—En principio eso esta hecho para que no puedan contar secretos de las familias a las que sirven —dijo—. Aunque seguramente hay quienes lo llevan al extremo.
Aunque el profesor Dumbledore le dijo a Dobby que él no le daba importancia a eso. El profesor Dumbledore dijo que somos libres para... para...
Dobby se puso nervioso de pronto, y le hizo a Harry una seña para que se acercara más. Harry se inclinó hacia él. Entonces Dobby le susurró:
—Dijo que somos libres para llamarlo... para llamarlo... vejete chiflado, si queremos, señor.
—Me parece un buen apodo —asintió Dumbledore con una pequeña sonrisa.
Dobby se rió con una risa nerviosa. Estaba asustado.
—Pero Dobby no quiere llamarlo así, Harry Potter
—Oh... pues me gustaba.
—Albus... —suspiró McGonagall con cansancio.
—dijo, retomando el tono normal y sacudiendo la cabeza para hacer que sus orejas palmearan la una con la otra—. Dobby aprecia muchísimo al profesor Dumbledore, y estará orgulloso de guardarle sus secretos.
—Pero ¿ahora puedes decir lo que quieras sobre los Malfoy? —le preguntó Harry, sonriendo.
En los inmensos ojos de Dobby había una mirada de temor.
—Dobby... Dobby podría —dijo dudando. Encogió sus pequeños hombros—. Dobby podría decirle a Harry Potter que sus antiguos amos eran... eran... ¡magos tenebrosos!
—Dinos algo que no sepamos —dijo Arthur.
Dobby se quedó quieto un momento, temblando, horrorizado de su propio atrevimiento. Luego corrió hasta la mesa más cercana y empezó a darse cabezazos contra ella, muy fuerte.
—¿Para qué hace eso? —exclamó Holly.
—¡Dobby es malo! ¡Dobby es malo! —chilló.
—Imagino que él no esta acostumbrado ha decir nada malo de los Malfoy —dijo Jake.
Harry agarró a Dobby por la parte de atrás de la corbata y tiró de él para separarlo de la mesa.
—Gracias, Harry Potter, gracias —dijo Dobby sin aliento, frotándose la cabeza.
Varios sacudieron la cabeza, sintiendo pena por Dobby. ¿Cómo de duros, o mejor dicho crueles, debían ser los castigos que los Malfoy realizaban contra Dobby cómo para que, dos años después de ser liberado, el elfo siguiese reaccionando de esa manera?
—Sólo te hace falta un poco de práctica —repuso Harry.
—¡Práctica! —chilló Winky furiosa—. ¡Deberías avergonzarte de ti mismo, Dobby, decir eso de tus amos!
—Pero si ya no son sus amos —dijo Will.
—¡Ellos ya no son mis amos, Winky! —replicó Dobby desafiante—. ¡A Dobby ya no le preocupa lo que piensen!
—¡Eres un mal elfo, Dobby! —gimió Winky, con lágrimas brotándole de los ojos—. ¡Pobre señor Crouch!, ¿cómo se las apañará sin Winky?
—Seguro que el señor Crouch se las apaña bien él solito —dijo Hermione.
¡Me necesita, necesita mis cuidados! He cuidado de los Crouch toda mi vida, y mi madre lo hizo antes que yo, y mi abuela antes que ella... ¿Qué dirían si supieran que me han liberado? ¡Ah, el oprobio, la vergüenza! —Volvió a taparse la cara con la falda y siguió llorando.
—Winky —le dijo Hermione con firmeza—, estoy completamente segura de que el señor Crouch se las apaña bien sin ti. Lo hemos visto, ¿sabes?
—Cierto, ni me acordaba —dijo Sirius.
—Pero si salió en el anterior capítulo —señaló Remus.
—Estaba demasiado ocupado escuchando como mi ahijado superaba a un dragón con una escoba, como para preocuparme de otra cosa.
—¿Han visto a mi amo? —exclamó Winky sin aliento, alzando la cara llena de lágrimas y mirándola con ojos como platos—. ¿Lo ha visto usted aquí, en Hogwarts?
—Sí —repuso Hermione—. Él y el señor Bagman son jueces en el Torneo de los tres magos.
—¿También viene el señor Bagman? —chilló Winky.
Para sorpresa de Harry (y también de Ron y Hermione, por la expresión de sus caras), Winky volvió a indignarse.
—¡El señor Bagman es un mago malo!, ¡un mago muy malo! ¡A mi amo no le gusta, no, nada en absoluto!
—¿Bagman malo? —se extrañó Harry.
—Bagman fue arrestado hace años por sospechas de ser un mortífago —gruñó Moody—. Al final fue liberado por falta de pruebas.
¿Bagman mortífago? Harry no había conocido personalmente a Ludo Bagman, pero no le parecía el tipo de persona que se uniría a un grupo como ese.
—¡Ay, sí! —dijo Winky, afirmando enérgicamente con la cabeza—. ¡Mi amo le contó a Winky algunas cosas! Pero Winky no lo dice... Winky guarda los secretos de su amo... —Volvió a deshacerse en lágrimas, y la oyeron murmurar entre sollozos, con la cabeza otra vez escondida en la falda—: ¡Pobre amo, pobre amo!, ¡ya no tiene a Winky para que lo ayude!
Como fue imposible sacarle a Winky otra palabra sensata, la dejaron llorar y se acabaron el té mientras Dobby les hablaba alegremente sobre su vida como elfo libre y los planes que tenía para su dinero.
—¡Dobby va a comprarse un jersey, Harry Potter! —explicó muy contento, señalándose el pecho desnudo.
—¿Sabes una cosa, Dobby? —le dijo Ron, que parecía haberle tomado aprecio—. Te daré el que me haga mi madre esta Navidad;
—Oh...
Molly no sabía como sentirse. Por un lado apreciaba que su hijo se preocupase de Dobby y quisiese hacerle un regalo. Pero por otro le apenaba que dicho regalo fuese el jersey que tejía cada año.
—Esto, mamá, yo... —Ron, con las orejas rojas por la vergüenza, trato de buscar una excusa para su madre, pero no encontró ninguna.
—No pasa nada, cariño —dijo Molly con una pequeña sonrisa.
siempre me regala uno. No te disgusta el color rojo, ¿verdad? —Dobby se emocionó—. Tendremos que encogerlo un poco para que te venga bien, pero combinará perfectamente con la cubre tetera.
Cuando se disponían a irse, muchos de los elfos que había por allí se les acercaron a fin de ofrecerles cosas de picar para que las tomaran mientras subían la escalera. Hermione declinó, entristecida por la manera en que los elfos hacían reverencias, pero Harry y Ron se llenaron los bolsillos con empanadillas y pasteles.
Hermione miró a sus dos amigos.
—Ya que nos lo ofrecen, sería de mala educación negarnos, ¿no? —dijo Ron mientras Harry asentía.
—¡Muchísimas gracias! —les dijo Harry a los elfos, que se habían arracimado junto a la puerta para darles las buenas noches—. ¡Hasta luego, Dobby!
—Harry Potter... ¿puede Dobby ir a verlo alguna vez, señor? —preguntó el elfo con timidez.
—Por supuesto que sí —respondió Harry, y Dobby sonrió.
—Acabas de hacerle el elfo doméstico más feliz del mundo —dijo Ginny.
—¿Sabéis una cosa? —comentó Ron cuando Harry, Hermione y él habían dejado atrás las cocinas, y subían hacia el vestíbulo—. He estado todos estos años muy impresionado por la manera en que Fred y George robaban comida de las cocinas. Y, la verdad, no es que sea muy dificil, ¿no? ¡Arden en deseos de obsequiarlo a uno con ella!
—Creo que no podía haberles ocurrido nada mejor a esos elfos, ¿sabéis? —dijo Hermione, subiendo delante de ellos por la escalinata de mármol—. Me refiero a que Dobby viniera a trabajar aquí. Los otros elfos se darán cuenta de lo feliz que es siendo libre, ¡y poco a poco empezarán a desear lo mismo!
Algunos tenían sus dudas, pero no dijeron nada.
—Esperemos que no se fijen mucho en Winky —dijo Harry.
—Winky es un factor a tener en cuenta —asintió Will.
—Ella se animará —afirmó Hermione, aunque parecía un poco dudosa—. En cuanto se le haya pasado el susto y se haya acostumbrado a Hogwarts, se dará cuenta de que está mucho mejor sin ese señor Crouch.
—Parece que lo quiere mucho —apuntó Ron con la boca llena (acababa de empezar un pastel de crema).
—No hables con la boca llena —le riñó su madre.
—Sin embargo, no tiene muy buena opinión de Bagman, ¿verdad? —comentó Harry—. Me pregunto qué dirá el señor Crouch de él en su casa.
—Seguramente dice que no es un buen director de departamento —repuso Hermione—, y la verdad es que algo de razón sí que tiene, ¿no?
—Aun así preferiría trabajar para él que para Crouch —declaró Ron—. Al menos Bagman tiene sentido del humor.
—Que Percy no te oiga decir eso —le advirtió Hermione, sonriendo ligeramente.
—No, bueno, Percy no trabajaría para alguien que tuviera sentido del humor —dijo Ron, comenzando un relámpago de chocolate—. Percy no reconocería una broma aunque bailara desnuda delante de él llevando la cubre tetera de Dobby.
—Fin del capítulo —anunció James.
*: Yo en francés.
**: No, en serio ¿alguien tiene alguna idea de por qué motivo no cambiaban la contraseña?
Hola gente.
Este ha sido el capítulo vigésimo sexto. Después de más de un mes (más o menos un mes y medio), aquí os traigo el nuevo capítulo. Me gustaría daros alguna excusa/explicación de porque he tardado en subir el siguiente capítulo. Pero es que sencillamente no tengo ninguna, ha sido por simple pereza que he tardo tanto.
No tengo mucho que comentar por aquí (más allá de que alguien me explique por que motivo la contraseña de la sala común de Gryffindor seguía siendo la misma que en septiembre ha pesar de encontrarse ya en diciembre). Bueno, una cosa sí que tengo que decir. Seguramente los padres de Hermione aparecerán en el siguiente capítulo en el próximo a ese.
Espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki
