Que el clavel y la rosa,

¿cuál era más hermosa?

El clavel, lindo en color,

y la rosa todo amor;

el jazmín de honesto olor,

la azucena religiosa,

¿Cuál es la más hermosa?

La violeta enamorada,

la retama encaramada,

la madreselva mezclada,

la flor de lino celosa.

¿Cuál es la más hermosa?

Que el clavel y la rosa,

¿cuál era más hermosa?

Tirso de Molina, El clavel y la rosa.


- ¿Qué es lo que sucede? Estás actuando extraño desde que llegaste del paseo. – La mujer se giró, mirando a su primo con rabia contenida.

- ¡Casi me descubre!

- ¿De qué hablas?

- El idiota de Hans…de no haber curado su mano…él intentó quitarme la máscara.

- Te dije que esto no era buena idea. – André cruzó los brazos sobre su pecho, observando a su prima pasearse por su cuarto como una leona enjaulada.

- No, no es una mala idea, es solo que él no entiende hasta donde soy capaz de llegar con tal de sacármelo de encima.

- Él ni siquiera sabe que tú, Oscar y Olive son la misma persona. – Regañó con suavidad. – Él solo busca a su esposa y la quiere de vuelta.

- ¿Y que hago? ¿Busco a una mujer que se parezca a mí? ¿Me arrancó la cara y se la colocó a otra? ¿O finjo mi muerte para que me deje en paz?

- Eso sería extremo. – Opinó André. – Simplemente puedes decirle la verdad, esperar que él entienda y volver a tu vida de antes.

- A mi vida de antes. – Repitió. - ¿A mi vida de antes? ¡Por dios! André ¿te estas escuchando? No puedo, ya te lo he dicho, no confió en él y jamás lo voy a hacer, si pudiese hacerlo, créeme, no haría este mal baile de máscaras para mantenerlo lejos de mí. – Se lamió el labio superior.

- Vivir como tú lo has hecho hasta el momento no es fácil, te agota, lo sé, y si me dices que prefieres tu pantomima porque piensas que Julie no te entendería, te aseguro estás muy equivocada, la criaste como te criaron a ti y es bastante inteligente.

- ¿Y que pasaría conmigo? – Se detuvo, abrazándose mientras dirigía su mirada a la ventana, observando como el sol del atardecer comenzaba a teñir de un tono bermellón las tierras que se extendían fuera del castillo.

- Serías una condesa.

- No…no lo sería…sería la esposa de un conde y me vería obligada a recibir a gente detestable en mi casa, a dejar la vida que me gusta para encerrarme en un lúgubre rincón sueco rodeada de arpías, dejaría mi vida en Paris, en Francia para convertirme en una mueca de aparador.

- No creo que Hans quiera eso.

- No lo querría, pero sé que la sociedad vería con muy malos ojos que la esposa de un conde tan importante se comportara como una "salvaje", incluso en Francia me llamarían loca. – Se llevó una mano a la cara, frotándose una mejilla. – No es el destino que quiero para mí, además, tengo tierras que debo administrar, volviendo a mi lugar de esposa, tendría que ver como mi marido toma mis posesiones como lo dicta la norma.

- Oscar…

- Voy a ponerme algo más ligero, ve a avisar a Bernardino que prepare el salón de visitas, quiero que sirvan el té y, de paso, practicar un poco con el piano.

- ¿Quieres que Julie cante?

- Quizá eso me traiga un poco de paz.

- Creo que podrías ir a ver a Rosalie. – Dijo André de forma distraída, la mujer levantó la vista, mirando fijamente a su primo.

- Hace mucho que no la veo. – Suspiró, una sonrisa involuntaria asomándose en su boca. – Debe estar muy diferente de la última vez que la vi.

- Cuando volvamos a París te llevaré personalmente a verla, su hijo pronto nacerá…

- Un hijo de su vientre ¿Qué se sentirá tener un hijo con tu propia sangre? Un hijo nacido del amor y la confianza. – Negó, bufando. – Sal.


Julie sonrió mientras tocaba sus labios con la punta de sus dedos, aún sintiendo la sensación de los de Alain besándola, como si hubiesen quedado impresos a fuego en su piel.

Se sonrojó al pensar que no debería estar comportándose como lo hacía, pero no podía evitarlo, le gustaba demasiado la sensación de estar cerca de él y, cuando sintió sus brazos alrededor de ella, sus manos acariciándola, sus ojos…había leído suficientes novelas románticas como para comprender lo que era el amor, recordando levemente lo que su tío le había provocado durante su infancia cuando lo había conocido. No…no se podía comparar el amor de una niña con lo que estaba inundando su alma.

Su corazón había sido flechado desde el día del baile y, aunque él parecía reacio a los sentimientos más blandos, presentía que su futuro y el del capitán estaban entrelazados.

Saliendo de su ensoñación, decidió cambiarse de vestimenta para bajar a comer algo, ya era tarde y no podía mantenerse a base de recuerdos agradables.

Debía comer.


- Mi piacerebbe che cantasse, Julie (Me gustaría que cantaras, Julie) – Dijo la duquesa mientras se sentaba en le pequeño banquillo delante de un piano de color blanco.

- Che gli piacerebbe? (¿Qué le gustaría?) – Preguntó la pelirroja dejando su taza sobre la mesita, levantándose del sofá, temblando levemente cuando el calor de Alain la abandonó.

- Qualcosa da Vivaldi (Algo de Vivaldi) – La joven asintió, la italiana comenzando a deslizar sus dedos sobre las teclas, reconociendo que no era el mejor instrumento para acompañar a la aria en la que estaba pensando, pero no tenía un violín ni un chelo para poder hacerlo, así que debía ser con lo que tenía al alcance de las manos.

- Filiae maestae Jerusalem, Sileant Zephyri. – Reconoció de inmediato Julie. - Eccellente gusto, come sempre (Excelente gusto, como siempre)

- Grazie, cara (gracias, querida) – Julie se aclaró la garganta con una sonrisa

- Sileant zephyri, rigeant prata, unda amata, frondes, flores non satientur. /Mortuo flumine, proprio lumine luna et sol etiam priventur. – Cantó con suavidad.

- ¿Qué idioma es ese? – Preguntó en voz baja Alain, Honoré mirándolo antes de responder.

- Latín. – Dijo sin más.

- ¿Julie sabe latín? – Diane le golpeó un brazo para que se callase, quería escuchar a su amiga cantar.

- Claro, Oscar se esmeró en su educación, creo que maneja cinco idiomas además del francés. – Se puso la mano en el mentón, tratando de recordar. – Inglés, alemán, italiano, ruso y español, junto con un poco de latín y griego, pero el último se le da mejor leerlo que hablarlo.

- Increíble. – Susurró Alain.

Hans, por su parte, quiso que Paula se despegara de su lado, pero ella era peor que una garrapata, sus dedos enterrándose en un brazo del inglés mientras su cabeza descansaba en el hombro masculino. Suspiró con rabia, lo único que en verdad quería era ver el rostro oculto de Nicoletta, aunque también quería volver a París y ver de nuevo a Oscar, aunque él debía estar en Bélgica. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras escuchaba a Julie y obviaba las muecas de mal gusto de Paula.

Sentía su corazón desgarrado por la lejanía de la persona por la que sentía atraído, confundido por la presencia de la mujer que le daba la espalda, ofuscado por tener de regreso en su vida a Paula y desorientado por no saber que sentir respecto a su Olive.

Quizá debía olvidar todo y llevar su caso con un abogado para que su matrimonio se disolviera por ausencia de uno de los cónyuges, pero algo en su pecho le decía que debía ser perseverante, no rendirse.

Que su Olive estaba cerca.