Capítulo 25
Estaba tumbada en la cama de la antigua habitación de Edward en Forks, que las últimas tres semanas había sido también la mía. Estaba mirando por el gran ventanal como la lluvia repiqueteaba contra los cristales, como el viento mecía los grandes pinos que rodeaban la mansión, y como el sol se iba poniendo tras las nubes de lluvia.
Suspiré mientras acariciaba mi enorme "pelotita"… ya quedaba menos… quedaba tan poco que la tarde anterior Carlisle me sorprendió con una cuna para poner al lado de la cama para cuando nuestro bebé decidiese hacer acto de presencia. Alice, en un primer momento, hizo un mohín y se enfadó diciendo que ella había tenido la idea y su padre se la había robado, pero después alabó el buen gusto de Carlisle y lo felicitó con una sonrisa y un abrazo.
De todos eran conocida la bipolaridad de la pequeña Cullen, podía pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos. Todavía podía recordar nuestra adolescencia, cuando éramos inseparables solo a los dos días de conocernos en la universidad, después se añadió Rosalie a la ecuación, y aunque la adoraba, mi relación con ella no fue tan fuerte como lo era con Alice.
Todavía estaba pensando en mi hiperactiva amiga cuando ella misma entró en la habitación y se sentó a mi lado. No dijo nada, solo se quedó mirando la ventana distraídamente. Como un movimiento mecánico colocó la mano en mi panza y la acarició con ausencia, tanto que no se enteró de que el bebé la pateó y no se puso a gritarle completamente eufórica como de costumbre. Yo siempre bromeaba con ella y le decía que la conocería como su tía la de los gritos, y Edward me callaba diciendo que lo mejor era que conociese a tía tal y como era, no una versión más contenida.
— Alice… —la llamé en un susurro, ella me dedicó una mirada triste y me sonrió sin ganas— ¿ocurre algo? —pregunté.
Negó con la cabeza y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Me incorporé en la cama, no sin dificultad, y abracé a mi amiga, que como siempre apoyó la cabeza en mi tripa, pero esta vez lloró en lugar de escuchar a mi bebé. La consolé en silencio, pasando una mano por sus suaves cabellos y acariciando su espalda durante los minutos que duró su llanto.
Cuando sus lágrimas cesaron me miró con los ojos enrojecidos y me dedicó una sonrisa. En ese momento recordé que semanas atrás había ido a la consulta de aquel especialista en Seattle, y como tenía la cabeza en mil lugares diferentes olvidé preguntar cómo les había ido. Me insulté a mí misma por haber sido tan desconsiderada con mi amiga, ella que siempre había estado para mí, yo ahora me estaba preocupada más por mi propia vida que por mis amigos.
— ¿Quieres hablar de ello? —le pregunté en un susurro.
Ella negó con la cabeza y me miró sonriendo con más ganas.
— Mañana tendré todo más claro —dijo con un suspiro de esperanza.
Yo también suspiré… esperaba que mi amiga encontrase su felicidad, que era algo tan sencillo y a la vez tan complicado como tener un bebé. No me parecía justo, el destino no sabía cómo jugar sus cartas o no sabía lo que pasaba exactamente, pero había mujeres que se quedaban embarazadas sin esperarlo, que acaban con la vida de sus hijos incluso antes de que naciesen, otras que no los querían y los abandonaban o los trataban mal, y mi amiga….que lo ansiaba, que estaba segura de que adoraría a su bebé y le haría la vida color de rosa para verlo feliz, pero no podía tenerlo, o al menos le costaba más de lo que era necesario.
Me quedé dormida con esos pensamientos en mi cabeza mientras Alice continuaba acariciando mi tripa, esta vez estaba concentrada en lo que hacía, y le susurraba al bebé cosas totalmente incoherentes para mí. Intentando no elevar el tono de voz para no molestarme en mi descanso.
Me desperté unas horas después con un peso en mi cintura, mi bebé estaba realmente inquieto y no dejaba de moverse. Miré a mi costado y Edward dormía tranquilamente, quité su mano de cintura con cuidado de no despertarlo y salí de la cama rumbo al baño. Después de hacer lo que debía hacer allí me entró hambre ya que no había cenado y bajé al primer piso.
Entré en la cocina y me encontré a Rosalie sentada en la mesa comiendo un bol de cereales con yogurt y fruta. La miré y arrugué la nariz… eso no me apetecía nada. Abrí el frigorífico y encontré restos de pollo asado de la cena, me serví un plato y después de calentarlo al microondas me senté al lado de mi amiga que me recibió con una sonrisa.
— ¿Tampoco has cenado? —pregunté con la boca llena.
— Sí… pero me entró hambre —contestó ella con la boca llena también.
Ambas nos reímos de nosotras mismas por lo inverosímil de la situación. Cuando acabó su comida, Rosalie se puso en pie y dejó ver su "pelotita" en todo su esplendor. El embarazo le había sentado bien a mi amiga, no tenía ni un gramo de grasa de más, todo se concentraba en su tripa, que estaba redondeada y pronunciada hacia delante. Su cara había adquirido una expresión dulce mientras se pasaba una mano distraídamente, y me reí internamente de mí misma ya que últimamente mis únicos pensamientos eran sobre bebés, pañales y ropa tamaño mini… lo que hacían las hormonas.
Me puse en pie yo también y mi ceño se frunció cuando sentí un leve tirón en un costado. Me llevé una mano allí y Rosalie me miró con una ceja alzada.
— No es nada —la tranquilicé.
No pareció creerme, pero no le di importancia y me fui a la cama tumbándome de nuevo al lado de Edward, que abrió un ojo y me estrechó entre sus brazos mientras susurraba un te amo en mi oído. Sonreí y cerré los ojos intentando dormir. Pero no pude… el bebé estaba intranquilo y leve tirón de mi costado cada vez se hacía más frecuente y se expandió por la parte frontal de mi bajo vientre.
Volví a salir de la cama y fui al baño, me habían entrado unas ganas enormes de repente. En cuanto me puse en pie y al querer dar un paso sentí un líquido caliente recorriendo mis piernas. Ahogué un jadeo y me llevé las manos a mi tripa, mi bebé pateó intensamente y yo comencé a temblar…
"No… no… si todavía faltaba una semana… no podía estar pasando justo ahora"
Respiré hondo un par de veces para tranquilizarme y caminando con extrema lentitud cogí ropa limpia en mi armario y fui a darme una ducha.
Me di una ducha rápida de agua caliente que me tranquilizó bastante, pero los tirones ahora llegaban a la parte baja de mi espalda comenzando a ser molesto. A lo que deduje que esos "tirones" eran contracciones. Mis manos temblaban mientras me ponía la ropa limpia, decir que estaba nerviosa es poco, ¡estaba de parto! Y era la primera vez que pasaba por algo así.
Una contracción un poco más fuerte me hizo tener que sujetarme del lavabo para no doblarme en el suelo… así que sin perder más tiempo salí de la habitación y me senté en la cama.
— Edward —lo llamé en un susurro moviendo su hombro.
— Hum —él murmuró un par de cosas inentendibles y continuó durmiendo.
— ¿Edward? —lo llamé elevando un poco el volumen y moviendo su hombro con más energía.
— ¿Qué pasa? —preguntó con voz pesada y sin abrir los ojos.
— Edward… despierta por favor —no pude evitar que mi voz se rompiese al acabar la frase.
Eso pareció alertar a Edward que parpadeó varias veces y me miró de arriba a abajo frunciendo el ceño al no verme vestida con el pijama.
— ¿Pasa algo? —preguntó nervioso.
— Creo que he roto aguas —contesté.
Se quedó mirándome fijamente y ladeó la cabeza… supongo que el sueño no le dejaba pensar con claridad.
— De acuerdo —dijo con tranquilidad.
Se puso en pie y comenzó a vestirse lentamente, ya que dormía solo con su bóxer, por primera vez en meses verlo medio desnudo no provocó nada en mí, creo que si no estuviese tan sorprendida por su reacción estaría riéndome de mí misma. Cuando se estaba abrochando los botones de su camisa me miró a la cara y se concentró en mis ojos, en ese momento sentí otra contracción y siseé entre dientes porque había sido un poco más fuerte que las anteriores. Edward frunció el ceño y me miró durante unos segundos.
— Sé que no te lo creerás… —susurró— he ido clases prenatales contigo y todo eso, pero no estoy muy lúcido en este momento… ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
Lo miré con la boca abierta preparada para decir una sarta de maldiciones o incluso pedirle el divorcio por no reaccionar como debería, cuando el entendimiento pareció llegar a sus lentas neuronas y abrió extremadamente los ojos, se puso los zapatos de un tirón y cogió la chaqueta colocándosela del revés.
— ¿Qué hago? —preguntó frenético.
Mi boca se cerró de golpe y ahogué una carcajada.
— Avisa a Carlisle, yo intentaré bajar las escaleras —le dije.
Salió corriendo y yo negué con la cabeza, también estaba nerviosa, pero canalizaba mis nervios de otro modo. Me puse en pie y mis rodillas temblaron, respiré hondo un par de veces y avancé saliendo de la habitación por el largo pasillo hacia las escaleras, cuando estaba por llegar a estas, me encontré con Rosalie que venía subiendo. Me miró de arriba abajo y sonrió.
— ¿Duele mucho? —preguntó mordiendo su labio inferior.
— Por ahora es solo molesto… ya te contestaré cuando todo haya acabado —contesté en un susurro cuando sentí otra contracción.
Rose me ayudo a bajar las escaleras y me dejó sentada en un sillón, mientras subía de nuevo a al segundo piso para buscar la bolsa que había preparado solo dos días antes. Edward apareció con la bolsa y con la cara totalmente desfigurada por la ansiedad, seguido por Carlisle que intentaba disimilar una sonrisa. Edward fue directo a la puerta y Carlisle se sentó a mi lado.
— ¿Qué tal vas? —preguntó comando mi mano.
— Bien... —contesté no muy convencida.
Otra contracción, cerré los ojos y me sostuve del vientre.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la anterior? —me preguntó.
Yo abrí un ojo y lo miré sin saber que contestarle, en lo último que estaba pensando en ese momento era en ponerme a contar minutos.
— Siete minutos —oí la voz de Rosalie.
— ¡Vámonos ya! —bramó Edward.
Carlisle rió entre dientes y me ayudó a ponerme en pie y caminar hacia la puerta, donde Edward tomó su relevo y me ayudó a llegar hasta el coche. Me gustaría decir que el camino hacia el hospital fue en silencio, pero no puedo, Edward estaba muy nervioso y no dejaba de increpar a Carlisle para que fuese más rápido, y eso que solo estábamos a cinco minutos de allí, pero para él debió parecer una eternidad.
Al llegar al hospital una silla de ruedas nos esperaba y nos llevaron a una habitación privada, donde me dieron una bata y me cambié bajo la supervisión de Edward que se había vuelto mi sombra y no se separaba de mí. Después me tumbé en una cama y me conectaron el monitor fetal, donde podían oírse los latidos del corazón de nuestro pequeño. Durante todo ese proceso, las contracciones comenzaron a hacerse más fuertes y cada vez que mostraba signos de tener una, Edward comenzaba a revolotear a mi alrededor sin saber muy bien que hacer.
Cuando Carlisle apareció en la habitación vestido de médico con el pijama verde di un suspiro de alivio, y más cuando echó a Edward de allí y le pidió a una enfermera que le diese un tranquilizante.
— Me gustaría darte una buena noticia… pero no puedo —dijo Carlisle cuando Edward se hubo ido.
— ¿Qué ocurre? —pregunté evidentemente preocupada.
— Forks es un hospital pequeño y solo tenemos un anestesista de guardia, ahora está ocupado con una operación de urgencia y no podremos ponerte la epidural —dijo de un tirón.
Intenté procesar la información que me había dado mientras otra contracción me hacía gemir de dolor… muchas mujeres habían dado a luz a lo largo de los siglos sin necesidad de epidural… pero yo no era esas mujeres y me daba mucho miedo el dolor. Aunque pensándolo bien, que me clavasen un aguja en mitad de las espalda tampoco estaba en mis más oscuras fantasías. Así con un suspiró resignado le susurré un "está bien" a Carlisle que sonrió para darme ánimos…
Edward volvió a entrar en la habitación justo cuando Carlisle estaba mirando cuanto había dilatado, y muy sonriente nos dijo que ya faltaba poco.
"¡Mentiroso!"
Pensé dos horas después cuando todavía estaba tirada en esa cama retorciéndome de dolor cada vez que tenía una contracción. Edward ya no sabía qué hacer, y las enfermeras entraban y salían de la habitación alertadas por mi marido que las llamaba cada cinco minutos para decirles algo que ellas solían ignorar y se daban vuelta sobre sus talones, él murmuraba algo como "ineptas" y se sentaba nuevamente a mi lado sujetando mi mano.
Otra hora más tarde Carlisle se quedó a mi lado, sosteniendo él mi mano ahora cada vez que yo gemía adolorida, ya que Edward estaba mirando hacia la oscuridad por la ventana sosteniéndose el puente de la nariz y respirando profundamente para no entrar en shock o en un ataque de pánico.
Media hora después, y a un grito de "vámonos ya" dos enfermeras entraron en la habitación y colocaron mis piernas en el potro, yo miré a Carlisle asustada, que en ese momento estaba colocándose unos guantes de látex, después miré a Edward, pero el lugar donde estaba segundos antes ahora estaba vacío… entré en pánico, sí, todo lo tranquila que había estado todo ese tiempo se fue al caño cuando Edward desapareció de mi campo visual, nuestro hijo no podía nacer sin él… no.
— ¿Ya? —le pregunté a Carlisle en un susurro, él asintió sonriendo— ¿Dónde está Edward? —pregunté histérica.
— Ahora viene —contestó—, respira hondo y vamos a comenzar.
— ¡No! —grité casi desesperada— ¿Dónde está Edward?
— Bella cariño, tranquilízate… ahora viene, te lo prometo —dijo Carlisle en un susurro.
— No, no, no, no… —lloriqueé tapando mi rostro con una mano.
La puerta se abrió de golpe y Edward entró vestido completamente de verde, lo que hacía resaltar más sus ojos, me llamé idiota internamente ¿Quién en su sano juicio se pondría a pensar en el color de los ojos de su marido al momento de dar a luz? Solo yo, Bella Swan… perdón, Bella Masen.
Edward llegó a mi lado y me tomó de la mano mientras miraba mis ojos, era lo que necesitaba, su sola presencia era suficiente para infundirme el valor que necesitaba para hacer eso… y sin drogas de por medio sintiendo todo al natural…
Aterrador…
— Bien… comencemos —oí la voz de Carlisle algo amortiguada, cuando lo miré tenía una mascarilla puesta—. En la próxima contracción coge aire y puja con fuerza.
Cuando sentí que la contracción estaba cerca, comencé a respirar profundamente, al primer signo de dolor tomé una bocanada de aire y pujé con todas mis fuerzas… una vez… y otra vez… y otra más… ya había perdido la cuenta y estaba al límite cuando…
— ¡Ya veo la cabeza! —gritó Carlisle emocionado— Tiene mucho pelo… y oscuro —dijo divertido.
Edward sonrió y yo busqué un poco más de fuerza de donde no la tenía y pujé una vez más. Carlisle volvió a gritar dándome me ánimos y un par de empujones más sentí como algo abandonaba mi cuerpo, me dejé caer sobre la camilla y Edward besó mi frente diciéndome que lo había hecho muy bien, en ese momento lo más bonito que había escuchado en mi vida rompió el silencio que se había formado a nuestro alrededor. Era un llanto, o intentaba parecerse a eso, y sentí como mi pecho se hinchaba y entraba en un calor inexplicable… había nacido mi bebé… mi bebé.
— Edward —lo llamó Carlisle.
Edward se fue de mi lado unos minutos mientras yo intentaba concentrarme en los sonidos que había a mi alrededor, ya que no tenía fuerzas para alzar la cabeza y poder verlo con mis propios ojos. Podía oír los cuchicheos de mi marido y Carlisle, la risa de dos enfermeras y una respiración suave pero agitada. Cuando tomé aire para alzar la cabeza Edward apareció a mi lado con un bultito entre sus manos, me lo cocó entre los brazos y cuando vi por primera vez su carita redonda, perfecta, sus mejillas regordetas, sus labios rosados, su pelo color café… me enamoré a primera vista, sentí que no podía haber algo tan hermoso ni maravillosos en el mundo. Mis vellos se pusieron de punta y mi mano tembló cuando acaricié su mejilla.
— Gracias —susurró Edward en mi oído.
Las lágrimas inundaron mis ojos y solo pude mirarlo y gesticular un agradecimiento por mi parte… ¿podía morirse de felicidad? Esperaba que no…
— Carlisle… —lo llamé en un susurro, él se acercó a nuestro lado con una deslumbrante sonrisa— ¿Está bien? ¿Es un niño?
— Bueno… —titubeó— es una niña.
Juro, de verdad, por lo más sagrado, que la sonrisa de Edward era enorme, había conseguido lo que él quería… a su princesita. En el fondo me lamenté de que no fuese un niño para poder chinchar y decirle que estaba equivocado, pero en ese momento no cambiaba a nuestra princesita por nada del mundo… era nuestra, un pedacito de nosotros mismos.
— ¡Lo sabía! —gritó emocionado y después besó mis labios y la frente de nuestra pequeña.
— Yo también lo sabía —dijo Carlisle riendo.
Edward y yo lo miramos con el ceño fruncido…
— ¿Cómo que lo sabías? —pregunté sin apartar mis ojos de él.
— Lo sé desde hace un par de meses… —contestó encogiéndose de hombros.
— ¿Por… por qué no has dicho nada? —preguntó Edward.
— Era divertido veros discutir por eso —dijo carcajeándose.
Edward y yo nos miramos frunciendo el ceño y luego a Carlisle lanzándole dagas con los ojos.
— Al abuelo Carlisle no le hagas ni caso —le susurró Edward a nuestra hija—, por su cumpleaños le regalamos un bosque y que se pierda.
Tanto Carlisle como yo reíamos ante eso y después suspiré maravillada, miré a Edward entre mis pestañas y estaba radiante, sonriendo y con un brillo de felicidad en sus ojos.
— Todavía no me has dicho como se llama —le dije en un susurro.
Me miró entre sus pestañas y besó mis labios antes de decírmelo.
…
Sabía que debía abrir mis ojos, pero estaba cansada, además el sol no ayuda cegándome malintencionadamente. Podía oír la voz de Edward susurrando una melodía a lo lejos y los quejidos inconfundibles de un bebé… mi bebé… nuestro bebé.
Abrí por fin los ojos con dificultad y Edward estaba sentado en el sofá con nuestra hija en brazos, me quedé embobada mirándolo, como si fuese la mejor imagen del mundo y valla que lo era. Edward estaba impresionante en su papel de padre, y ni su cara de cansancio y sus prominentes ojeras podían ensombrecer tan maravillosa estampa.
— Te amo —esas dos palabras salieron de mis labios sin apenas darme cuenta, pero era lo que de verdad sentía, aun con mi cuerpo adolorido y estando tremendamente agotada incluso acabando de despertar, mi amor por ese hombre no había hecho más que crecer… crecer y multiplicarse por el que ahora sentía también por nuestra hija.
Estuvimos un rato a solas con nuestra pequeña, maravillándonos una vez más con su perfección. Todavía no nos había mostrado sus ojitos, pero estaba segura de que serían tan verdes como los de su padre, o al menos eso deseaba. Nos entretuvimos contando los deditos de sus manos y sus pies mientras ella hacía muecas de desagrado por las cosquillas que recibía. Era preciosa… perfecta.
Pero la tranquilidad duró más bien poco, la familia entera entró en la habitación. Rose, Emmett, Alice, Jasper, Carlisle, Esme, Charlie… no faltaba nadie. Estaban todos lo que quería que estuviesen, hasta que la puerta volvió a abrirse y la cruzó una muy alocada Renée seguida por su marido Phil.
Mi madre llegó a mi lado con lágrimas en los ojos y nos besó a ambas, a mi hija y a mí, en la frente y abrazó a Edward mientras sus lágrimas se derramaban. Después de las felicitaciones de todos, el orgullo de Edward era palpable, "Estoy mejor que nunca, ahora tengo a mis dos princesas" repetía con alegría cuando le preguntaban cómo estaba.
— ¿Y cómo se llama la nueva Masen? —preguntó Emmett sonriendo.
— Renesmee —dijimos Edward y yo al unísono.
Alice gimió y se abrazó a Jasper, vi como su cuerpo temblaba por lo que supuse que estaba llorando. Se me hizo un nudo en la garganta, no era justo… ¡maldita sea! No era justo.
— Alice —la llamé en un susurro.
Todos continuaban bromeando ajenos a lo que pasaba, excepto Jasper que me miró y me guiñó un ojo dejándome confundida. Alice vino y se sentó a mi lado en la cama acariciando la cabecita de Renesmee mientras ella dormía en mis brazos.
— ¿Cómo estás? —le pregunté preocupada— Lo siento mucho cariño…
Comenzó a negar efusivamente con la cabeza mientras nuevas lágrimas rodaban por sus mejillas y una sonrisa surcaba sus labios.
— No hay nada que sentir, Bella —dijo con voz rota.
— Alice… —intenté hablar pero ella me cortó.
— Lo he conseguido —dijo tan bajo que casi no la escuché.
— ¿Qué? —pregunte confundida.
— Jazz y yo lo hemos conseguido, Bella —dijo más fuerte y con una enorme sonrisa.
Mis ojos y mi boca se abrieron exageradamente y Alice saltó a mis brazos, con cuidado de no hacer daño a mi pequeña. Ambas lloramos mientras reíamos.
— ¿Qué les pasa? —preguntó Emmett.
— Nada que deba preocuparte —gruñó Alice.
— ¿Cómo… cuándo? —pregunté alegre.
— Ayer lo sospechaba pero hoy lo he confirmado con un doctor… todavía no puedo creérmelo —dijo negando con la cabeza.
— ¿Por eso estabas así anoche? —pregunté.
— Sí… lo siento si te asusté o te hice sentir mal —se disculpó.
— Todo está bien Allie… ahora todo está bien —suspiré.
Nos abrazamos de nuevo mientras reíamos a carcajadas.
— Bueno… ¿quién quiere una foto familiar? —preguntó una enfermera sonriendo.
— Gracias Kate —dijo Carlisle tendiéndole una cámara de fotos.
Todos se colocaron alrededor de la cama en las posturas más diversas para que todos los rostros fuesen visibles, y con una sonrisa enmarcada en la cara de cada uno, el flash de la cámara nos cegó durante unos segundos y el llanto de mi pequeña asustada por la luz nos hizo sonreír más todavía.
Poco después todos fueron abandonando la habitación y nos dejaron solos a Edward y a mí con la pequeña de la familia… solo por unos meses, ya que Rosalie en cuatro meses tendría a su bebé también, seguido por el de Alice pocos meses después... sonreí como una estúpida al darme cuenta de que las tres parejas por fin podríamos ser felices con nuestros bebés, haciendo a Carlisle y Esme abuelos por partida triple.
Edward se sentó a mi lado y recargó la barbilla en mi hombro mientras ambos mirábamos como Renesmee dormía.
— Es hermosa —susurré.
— Como su madre… tendrá tu pelo —dijo besando mi cuello.
Sonreí y giré mi cabeza para quedar frente a frente, nos besamos lentamente, disfrutando del momento, dejando que nuestros sentimientos se expresasen con evidencia en ese simple gesto. Hasta que un ligero llanto nos distrajo, ambos miramos al bebé que segundos antes dormía y ahora intentaba gimotear sin muchos resultados. Acaricié sus mejillas para que supiese que no estaba sola y ella abrió sus ojos dejándonos completamente deslumbrados a ambos… tenía los ojos tan verdes como Edward.
Fin…
