Capítulo 31

Carta a Ereshkigal

Ya era la sexta noche desde que Enkidu fue sepultado en la que Gilgamesh se acostaba sin comer bocado alguno.

Gilgamesh cruzó sus manos sobre su abdomen y resopló mirando el techo de su habitación.

Desde hace dos días llovía intermitentemente. Era una llovizna suave, pero eso era suficiente como para que por las calles corrieran pequeños riachuelos.

Aquel día, Gilgamesh había ido al consejo de sabios. Ya retomaba su vida con calma, con la cotidianidad de siempre. Hablaron del mercado (el maldito mercado, qué tema más aburrido), de la reconstrucción de algunos templos, las casas que aún estaban destrozadas, de las cosechas…

Un trueno rompió en los cielos después de que la luz enceguecedora del relámpago iluminara la instancia. Liberó la tensión de su pecho y levantó su mano izquierda. Le gustaba jugar con la cadena, pensar que llegaría Enkidu a preguntar qué era lo que quería, pero eso jamás ocurriría. Se sintió muy idiota al jugar esas artimañas tan ridículas, creyendo que algo estúpido sucedería.

Giró hacia la izquierda y vio el espacio vacío.

Maldito Enkidu.

"Hay mucho que hacer en la ciudad y él se da la libertad de desfallecer y dejarme con…"

Cerró los ojos.

Quería dormir.

Quería descansar.

El relajante ruido de la lluvia le hacían tener dos emociones: odio y calma. Odio porque le recordaba a Enkidu, calma porque podría resguardarse en el golpeteo constante.
Contrario a todo lo que pedía su cuerpo, se levantó de la cama y salió al recibidor. Se adentró y se apoyó en el balcón mojado. El agua escurría por sus cabellos y comenzó a humedecerlo lentamente. Ese baño de agua fría sería la última oportunidad que se daría para terminar con el luto sin sentido.

Ereshkigal.

Gilgamesh detestaba a los dioses. Ellos lo abandonaron y aquí estaba el resultado de todo eso, pero sabía que Ereshkigal era diferente. La diosa del inframundo estaba desconectada de los demás, relegada a vivir en las tinieblas, lejos de todo lo hermoso.

—Ereshkigal—susurró, sin realmente creer lo que estaba por hacer—, no se cómo dirigirme a ti. No me queda más que rezar. No puedo pedirte lo imposible, pero quiero que consideres algo.

"Enkidu no merece todo lo que ha ocurrido, él es un alma fuera de este mundo y debería regresar a su paraíso, donde realmente pertenece, pero sé que no es así. Los dioses lo han condenado como a mí me condenarán algún día. Te diré algo Ereshkigal: yo no atravesaré tus puertas jamás. Seré inmortal, la muerte no tocará mi cuerpo y no me ocurrirá lo que le ocurrió a Enkidu. Sin embargo, quisiera pedirte algo: no abandones a Enkidu, él puede alegrar tus sombrías tardes con sus comentarios y sus ideas. Prometí que lo cuidaría por siempre y ese por siempre también incluye la muerte. Desconozco tus dominios, como funciona tu reino, pero si su alma permanece en el olvido, te pido que hagas de su muerte algo más ameno.

Gilgamesh se encontraba cansadísimo. Miró a lo lejos las puertas de Uruk y entornó los ojos. Apoyó su cabeza sobre la palma de su mano izquierda y sonrió.

Ya nada importaba realmente.

Así fue como lo decidió.

Salió de su habitación, húmedo como estaba, con la piel de un león sobre sus hombros. Fue a la sala de las llaves y sacó la llave maestra de la recámara de tesoros. En el camino vio como los guardias le miraban con cierta emoción en sus rostros, demostrando quizás preocupación, cosa que le daba igual. Al llegar a las puertas de la bóveda, las abrió y se encerró dentro de la instancia.

Resulta que el mayor tesoro que tuvo fue Enkidu y no lo supo por completo hasta que se fue de sus brazos.

La lluvia golpeteaba las armaduras debido al cielo abierto del salón. Gilgamesh caminó al centro de la sala y levantó el rostro para que la lluvia batiera directamente su cara.

Descendió la mirada y se burló de sí mismo.

Tomó una lanza de oro, una daga de lapislázuli y una de plata. La daga destellaba en sus manos y la giró un momento, jugando con ella. Perdió la atención en un arcón lleno de joyas y giró sobre sus talones para salir de la sala.

Ya no le importaba nada.

Gilgamesh caminaba como un muerto en vida. Cuando los guardias lo vieron salir del salón de los tesoros, temieron que hubiese perdido la razón, que les gritara o peor aún, que los golpeara o los matara.

Nada de ello ocurrió.

Gilgamesh deambuló por el palacio con las tres armas en sus manos. Fue a los jardines, a la sala astronómica. Fue al harem donde las mujeres se acercaron a él, pero Gilgamesh no reaccionó. Se retiró para descender a la sala del trono y mirar su imponente estrado en lo alto. Se giró para ir a la capilla de Aruru y permaneció un instante afuera, sin entrar. La gente que se topaba con él a las altas horas de la madrugada quedaba estupefacta de su expresión insípida.

Cuando Gilgamesh regresó al salón del trono, su cuerpo se paralizó unos momentos y luego bajó las escalinatas, lento, pausado, como reteniendo el tiempo en sus pasos. Su nublado semblante se contagiaba alrededor, llenando su caminar con una lúgubre pesadumbre.

Descendió y descendió. Las puertas cedieron a sus indicaciones y la lluvia golpeó su humedecido cuerpo con violencia, ya que se había intensificado: el aguacero parecía acompañar el semblante que traía encima. Siguió bajando, perdido en sus pensamientos hasta que llegó al último escalón, donde se giró a ver el zigurat.

—Enkidu…—comenzó—Sé que estás escuchándome. Te diré sólo una cosa. Voy a superar la estupidez que hiciste y no volveré a pensar en ti. Te voy a olvidar como tú te olvidaste de tus asquerosas promesas.

Dicho esto, se agachó a colocar las armas sobre la escalinata y se limpió el agua que difuminaba su mirada. Caviló unos momentos y volvió a hablar:

—Ereshkigal, la que cura almas rotas, la vejez y la pena. Acepta estos tributos en tu honor y acompaña a Enkidu en su camino, porque yo ya no marcharé más a su lado.

Gilgamesh recorrió los jardines colindantes al zigurat y pidió que un carruaje se preparara para él. Luego de un cuarto de hora, éste lo esperaba a las afueras de las puertas del palacio. Serio y cabizbajo, Gilgamesh se subió y dio una sola indicación.

Él sabía que los dioses lo observaban y se regocijaban de su miseria, encontrando finalmente el castigo que tanto ansiaban en el luto que sobrellevaba.

Colocó su codo sobre la ventanilla y vio pasar las casas, los mercados y las plazas llena de vegetación siendo bañadas. Su cabello goteaba, no le importaba.

Cuando llegó a las puertas de Uruk, descendió del carruaje y fue hasta la entrada para ordenar a uno de sus guardias. El hombre, sorprendido por la repentina visita del rey, despabiló de su sueño y se posicionó lo más rápido que pudo.

—A sus órdenes, majestad.

Gilgamesh aborreció la manera en la que le habló, no obstante, pasó de decirle algo con respecto a eso.

—Abre las puertas.

Pasmado, miró a su compañero y sin cuestionar la decisión, movieron los cerrojos, los engranajes y finalmente las pesadas puertas cedieron a las afueras de Uruk.

Gilgamesh salió de la ciudad amurallada sin mirar atrás y se perdió en la profundidad de la noche.

I know, I know I've let you down
I've been fool to myself
I thought that I could
Live for no one else
But now
through all the hurt and pain
It's time for me to respect
The ones you love
Mean more than anything
So with sadness in my heart
(I) feel the best thing
I could do
is end it all
and leave forever
what's done is done it
feels so bad
what once was happy now is sad
I'll never love again
My world is ending
I wish
that I could turn back time
Cos now the guilt is all mine
Can't live without
The trust from those you love
I know we can't forget the past
You can't forget love and pride
Because of that,
It's kill in me inside
It all returns to nothing,
it all comes tumbling down,
tumbling down, tumbling down,
It all returns to nothing,
I just keep letting me down,
letting me down, letting me down
In my heart of hearts
I know that I called
never love again
I've lost everything
Everything
Everything that matters to me,
matters in this world
I wish
that I could turn back time
Cos now the guilt is all mine
Can't live without
The trust from those you love
I know we can't forget the past
You can't forget love and pride
Because of that,
It's kill in me inside
It all returns to nothing,
it just keeps tumbling down,
tumbling down, tumbling down
It all returns to nothing,
I just keep letting me down,
letting me down, letting me down.

Komm süsser Tod – Shiro Sagisu