Epílogo.

Milán, Italia. 23 de octubre.

Aeropuerto Internacional Milán — Malpensa.

Una de las pocas ventajas que la selección juvenil italiana de soccer tuvo al asistir a un torneo exprés como lo fue el World Youth celebrado en Japón, fue que los organizadores pertenecientes a la Federación Japonesa de Fútbol, debido a la premura y cercanía con que se organizó el evento, no tuvieron el tiempo suficiente para conseguir los boletos de avión que requerían las selecciones que participarían en el torneo, por lo que se vieron en la necesidad de rentar aviones exclusivos para poder transportar a los distintos equipos, tanto en su viaje de ida como en el de regreso, siendo ésta la razón por la que el vuelo AIRBUSA330 de Alitalia había despegado únicamente con el equipo italiano a bordo.

Así pues, hacía apenas algunos minutos atrás que el vuelo "especial" de Alitalia procedente de la ciudad de Tokio, había hecho su arribo y sus exclusivos pasajeros se encontraban en ese momento atravesando el túnel de conexión para, una vez en el edificio principal del aeropuerto, integrarse con el resto de los pasajeros provenientes de los diferentes vuelos y destinos que también llegaban a la ciudad; una vez que los jóvenes italianos salieron del túnel, éstos caminaron por el largo pasillo que les llevaría a su primera parada, la cual sería el área de migración, para posteriormente pasar a recoger su equipaje en las bandas eléctricas y de ahí pasarían al área de aduanas para, finalmente, salir al área comunal de llegadas del aeropuerto.

La selección no esperaba un buen recibimiento en casa sino muy al contrario, creían firmemente que tanto la prensa como los aficionados estarían bastante molestos con ellos por el pésimo desempeño que habían tenido en el campeonato, siendo que esta idea era más que acrecentada luego de ver la manera en que fueron abucheados y maltratados en el estadio por su propia gente durante su último encuentro, por lo que, temiendo un recibimiento similar, no tenían mucha prisa en llegar a la salida, entreteniéndose en cada punto de su trayecto con bromas y juegos o mirando en cada una de las tiendas que se extendían a su alrededor, todo con tal de hacer el tiempo suficiente como para que la mayoría de los que pudieran estar esperándolos se aburrieran y decidieran irse.

— ¡Vamos! —exclamó Gino, con voz cansada, cuando sus compañeros se pararon por enésima ocasión—. Por más que lo evitemos algún día tenemos que salir de aquí.

— Pero entre más nos tardemos, es más probable que quien haya venido a esperarnos y abuchearnos se termine aburriendo y al salir ya no lo encontremos —comentó Marco, no creyendo del todo sus palabras.

— No creo que ninguno de nosotros se encuentre preparado para enfrentar lo que seguramente nos espera a la salida —comentó Alonzo a su vez un tanto desanimado.

— Pues si fastidian mucho es sólo cuestión de que les dejemos al Dr. Lucchetti para que él responda por todos —comentó Valentino con tono burlón.

— ¡Te escuché, Conti! —comentó el galeno, quien venía cerca de ellos—. ¿Qué te parece si mejor te quedas tú a responder por todos? Total, tú eras el que estuvo de capitán en el último encuentro.

— ¿Qué, yo? —respondió el aludido, con expresión estresada a lo que los demás rieron al verle.

— ¿Quieren calmarse? Saben perfectamente bien que será el entrenador quien dé la cara —comentó Gino con seguridad—. Él dijo que lo haría, además de aclarar que no será en el aeropuerto sino en una conferencia de prensa dentro de algunos días más, así que dejen de preocuparse y caminen más rápido que a este paso varios de ustedes van a perder sus vuelos de conexión —agregó su capitán, finalizando con esto el tema, a lo que los demás obedecieron sin reproche.

— Por cierto, todos podremos irnos a casa tranquilos sabiendo que tendrás a un médico tan cerca de ti y que éste te dará una atención tan personalizada —se burló Valentino, colgándose del cuello del portero con cuidado para tratar de no lastimarlo, cambiando así el tema—. Sobre todo ahora que lo vas a necesitar más que nunca.

Por respuesta, Gino miró intensamente a Valentino, respirando profundamente al tiempo en que se mordía el labio inferior para no responderle a su amigo como en verdad deseaba hacerlo, prefiriendo en su lugar ignorar el comentario de éste mientras lo veía desaparecer momentáneamente de su campo de visión pues el mediocampista había tomado la prudente decisión de que lo mejor era irse a apresurar a los demás para que caminaran lo más rápido posible.

— Creo que no te dejarán en paz —le comentó Erika a Gino con una sonrisa divertida mientras caminaba al lado del portero.

— Estoy seguro de que no lo harán —respondió Hernández, devolviéndole la sonrisa después de un largo suspiro pues a pesar de todo no le molestaba tanto la situación—. Lo bueno es que para cuando los vuelva a ver ya se les habrá olvidado el asunto —agregó, al recordar quien había sido el causante de que sus compañeros ahora le estuvieran realizando este tipo de comentarios.

Un par de horas atrás, cuando el avión ya se encontraba dentro del espacio aéreo de la Unión Europea, el portero se había levantado de su asiento para acercarse al lugar en donde se encontraba Salvatore Gentile, quien se hallaba en ese instante escuchando música en su reproductor portátil, recargado contra la ventanilla, al tiempo en que levantaba la pierna lesionada sobre los otros asientos que se encontraban disponibles a su lado.

— ¡Salvo, esto es culpa tuya! ¿Cierto? —había reclamado Gino, exasperado, al llegar al sitio en donde se encontraba el líbero.

Salvatore entonces levantó su mirada hacia el portero que le veía desde el pasillo y se tomó todo el tiempo del mundo para quitarse los audífonos antes de responder.

— No sé a qué te refieres —comentó Salvatore, fingiendo total inocencia.

— ¡No te hagas! —exclamó Hernández, respirando profundamente para intentar controlarse—. Llevo casi quince horas soportando a Valentino, a Alonzo, a Marco y a Franco, los cuales no me han dejado en paz desde que abordamos el autobús con rumbo al aeropuerto.

— ¿En serio? —comentó Gentile, burlonamente, conteniéndose de soltar la carcajada que deseaba—. ¿Y por qué razón no te dejan en paz? —volvió a preguntar con tranquilidad.

— Es precisamente eso lo que quiero saber —respondió el portero, queriendo darle un golpe en la cabeza a su compañero con la férula que traía puesta en su brazo derecho—. ¿Qué carajos les dijiste anoche? —exigió saber.

— ¿Por qué tendría que ser yo quien les dijo algo? —cuestionó Salvatore, muy divertido.

— Una, porque eres tú quien salió con ellos anoche —comenzó a decir Gino—. Y dos, porque fue el propio Valentino el que me dijo que tú les habías comentado algo y que debía ser yo quien se los confirmara.

— Pero si yo no dije nada —respondió Gentile, con tal seguridad que hasta Hernández dudó de si eran o no ciertas sus palabras—. Y será mejor que te sientes o te vas a caer —agregó el líbero, cambiando de tema cuando se sintió un ligero movimiento en el avión—. Con los brazos así como los tienes, si el avión hace un movimiento brusco no tendrás forma de sujetarte.

— ¿Estás seguro de que no dijiste absolutamente nada? —preguntó Gino, recargándose sobre el asiento de la hilera de enfrente pues justo en ese momento se volvió a sentir un ligero movimiento.

— Completamente seguro —comentó Salvatore, con seguridad en la voz, lo que terminó de convencer al portero que el defensor decía la verdad.

Hernández suspiró, dándose por vencido, por lo que al no encontrar la respuesta que había ido a buscar se dispuso a regresar a su asiento.

— Sólo creo que se me salió decir que Erika se había quedado con mi tarjeta de la habitación y que jamás regresó a devolverla, por lo que creía que tú y ella estarían muy ocupados —continuó diciendo Gentile en cuando el portero ya se había dado la vuelta para retirarse.

— ¡¿Qué hiciste qué?! —Gino le gritó a Salvatore, siendo que todos se giraron a mirarlos.

Por respuesta el líbero soltó la estruendosa carcajada que había estado conteniendo desde minutos atrás.

— ¿Se puede saber por qué hiciste eso? —preguntó Hernández.

— Pues porque es la verdad, ¿o no? —respondió Salvatore, con una sonrisa burlona—. Me vas a negar que te la pasaste de lo más entretenido anoche.

— Eso no es de tu incumbencia —rezongó Gino.

— Si tú lo dices —comentó Gentile, encogiéndose de hombros y buscando las puntas de sus audífonos para volvérselos a colocar, sin llegar a hacerlo—. Aunque al parecer resultó ser algo bastante interesante para los demás —volvió a reír con ganas—. Por algo todos quieren saber el chisme completo.

Gino estaba a punto de responderle a Salvatore de una manera más altisonante cuando el avión entró a una zona de turbulencias por lo que comenzó a hacer movimientos mucho más bruscos que casi tiran al portero; en ese instante se escuchó al capitán del avión, quien ordenó que todos los pasajeros permanecieran en sus lugares por lo que Hernández decidió regresar mejor a su lugar.

— Esto no ha terminado aún, Salvo —le dijo con tono molesto—. En cuanto aterricemos continuaremos con esta conversación.

— Lo siento mucho, su Eminencia, pero no puedo —respondió Gentile, con sorna, poniéndose los audífonos de nuevo—. Debo tomar mi vuelo a Turín en cuanto aterricemos así que no tendré tiempo para atenderle —comentó, bastante divertido y mirando cómo Gino regresaba a su asiento.

Y fue así que, gracias a Salvatore, después de que las turbulencias pasaron y antes de que el avión tocara tierra, Gino tuvo que contarles a sus amigos que Erika y él se conocían desde mucho tiempo atrás y que ahora simplemente habían reiniciado su relación, teniendo que darles algunas explicaciones que el joven había deseado no hacer pero con la esperanza de que así lo dejaran de fastidiar y no la molestaran a ella; sin embargo, el resultado había sido todo lo contrario para él pues los comentarios y bromas no habían dejado de escucharse hasta que la azafata los obligó a sentarse en sus lugares para comenzar finalmente con las labores de descenso. Siendo así que, en ese instante, sus amigos no perdían la menor oportunidad de bromear al respecto como lo acaba de hacer Valentino, pero a Hernández realmente no le molestaba la situación pues finalmente estaba al lado de la persona que él amaba.

Fue en ese instante que Erika recibió un mensaje a su celular por lo que detuvo su marcha para checar el mismo y responderlo, siendo que el guardameta también se detuvo para esperarla y haciendo que, con esta acción, ambos se retrasaran y se apartaran del grupo principal. Una vez que la joven terminó de responder y ambos se dispusieron a continuar, Gino se percató de que detrás de ellos venía Salvatore quien caminaba con cierta rigidez en la pierna lesionada. Después de tanto tiempo de pasar en el avión en una posición algo incómoda para su pierna, Gentile traía una ligera molestia en la rodilla por lo que andaba más lento que los demás, quedándose relegado del resto del grupo sin que aparentemente nadie lo hubiera notado. Al verlo caminar así, Erika se preocupó pensando en la posibilidad de que su lesión se hallara en peor estado por lo que tanto ella como Gino le esperaron para ver cómo se encontraba.

— ¿Estas bien? —le preguntó Erika a Salvatore en cuando éste finalmente llegó a su lado.

— Sí, sólo traigo un poco entumida la pierna por tantas horas de viaje —respondió el defensor, escuetamente—. Eso me hace caminar un poco más lento.

— Salvo, ¿quieres que solicitemos una silla de ruedas? —comentó Gino, con genuina preocupación y mirando a su alrededor en busca de un personal del aeropuerto.

— ¡No, ni se te ocurra hacerlo! —respondió Salvatore, indignado —Puedo caminar por mi propia cuenta.

Al final tanto Hernández como Shanks decidieron andar al mismo ritmo de Gentile para no dejarlo atrás y vigilarlo en caso de necesitar ayuda, por lo que fueron los últimos en salir de los procesos aduanales, llegando a la salida justo a tiempo en que el resto de sus compañeros se despedían para dispersarse por el aeropuerto, dirigiéndose a las diferentes salas en donde debían tomar sus respectivos vuelos de regreso a sus ciudades de origen, quedándose finalmente sólo Gino, Erika y Salvatore en la sala de llegadas, la cual por cierto brillaba por la ausencia de cualquier tipo de medio periodístico o tabloide de espectáculos, habiendo sólo uno que otro fan que se alegraban de poder tomarse algunas fotos con el equipo italiano. Mientras Hernández se entretenía tomándose una foto con un fan, Shanks aprovechó el momento para preguntarle una vez más a Gentile si éste se encontraba bien de su pierna, a lo que él le respondió que sí y que ya incluso se le había pasado el malestar por lo que no había nada de qué preocuparse. Una vez que los jóvenes quedaron libres de cualquier situación que los distrajera, continuaron con su plática por algunos minutos más y justo cuando estaban por despedirse algo los interrumpió.

— ¡Gino! —se escuchó de pronto decir a una voz femenina que llamaba a sus espaldas—. ¿Gino, eres tú?

El portero, un tanto sorprendido y curioso, se giró en dirección a la fuente del sonido, encontrándose de inmediato con la persona que le hablaba, la cual le saludaba efusivamente con un suave y delicado movimiento de su mano, por lo cual Gino al reconocerla sonrió al instante y de inmediato se dirigió a ella dejando atrás a Erika y Salvatore, quienes se quedaron miraron la escena a cierta distancia con mucha curiosidad, pero estando lo suficientemente cerca como para escuchar toda la conversación; la persona a la que había ido a ver Gino era una hermosa joven pelirroja de cabello rizado, de aproximadamente la misma edad que ellos, de ojos turquesa y piel clara quien le sonreía animadamente a Hernández, se notaba claramente que ellos se conocían pues su trato era muy familiar y cercano.

— ¡Dafne, cuánto tiempo sin verte! —sonrió Gino al llegar con la joven, para luego abrazarla con efusividad.

— ¡Por dios! ¿Qué te ha pasado? —exclamó la chica, con mucha preocupación, cuando finalmente se separó del portero y miró con mucho más detenimiento los elaborados vendajes e inmovilizaciones de los brazos del guardameta—. Parece como si te hubieran atropellado —comentó, bastante alarmada.

— Algo así —rio Hernández, avergonzado—. Tuvimos un muy desafortunado torneo y terminé lesionado durante los encuentros, de hecho venimos llegando de allá.

— ¡Oh, cuánto lo siento! —expresó Dafne, con genuina empatía—. Pero dime, ¿cómo estás? ¿Te duele mucho? —preguntó la joven, con marcado interés en la salud del portero.

Gino entonces recordó en ese instante el enorme dolor que experimentó durante el último partido, sabía bien que debía ser paciente y cuidadoso para mejorar sus lesiones pero era demasiado desesperado y cada que intentaba hacer algo por su propia cuenta terminaba arrepintiéndose por el dolor que aún le generaban las lesiones.

— Duele sólo si me muevo —respondió finalmente Gino—. Así que ya te imaginarás, será un largo proceso de recuperación —agregó, encogiéndose de hombros—. Pero dime, ¿qué estás haciendo en Milán?

— Vine a comprar un nuevo guardarropa —respondió la joven—. Tú sabes que en mi profesión siempre debo vestir con lo último de la moda.

— ¡Oh, cierto! —comentó Gino con una gran sonrisa—. Que ya eres toda una actriz famosa, el otro día vi un programa en donde aparecías.

— Aún son papeles secundarios —respondió Dafne, sonriendo—. Pero pronto verás que seré la actriz principal y la más famosa no sólo de Italia sino de toda Europa.

— Estoy completamente seguro de que así será, eres una actriz muy talentosa —respondió Gino.

A sólo unos cuantos pasos de distancia Erika miraba la escena, los jóvenes se veían muy animados y alegres en su conversación, lo que la hacía experimentar una cierta sensación de desazón en su corazón pues la familiaridad con que se trataban los dos, además del constante contacto que había entre ellos, la hacían pensar que durante estos tres años que no había visto a Gino muchas cosas pudieron haber sucedido.

"Quizás se trata de alguna exnovia", pensó la joven, con desconsuelo.

E instintivamente Erika se comenzó a morder el labio inferior para contener sus emociones, abrazando su cintura para oprimirse el estómago y con eso eliminar la sensación que comenzaba a asentarse en él. Salvatore quien se encontraba a su lado y no había perdido detalle alguno de los movimientos que realizaban los tres personajes presentes, no pudo evitar hacer un comentario al respecto.

— Ya estás como él —se burló el líbero, señalando con un gesto de cabeza a Gino—. ¿Será acaso contagioso?

— ¿De qué hablas? —respondió Erika, sin comprender las palabras de su interlocutor.

— De ese tic —respondió Salvatore, señalando el labio de la joven el cual se encontraba siendo apabullado por los dientes de ella en ese instante—. Vi a Hernández morderse el labio de ese mismo modo en muchas ocasiones mientras estuvimos en Japón y sé que puede ser originado por varios motivos, ¿cuál es el tuyo? ¿Acaso son celos? —le dijo con sorna.

— No sé de qué hablas —respondió Erika al instante, dejando de morderse el labio y enrojeciendo.

— Yo diría que sí, ¡atiné! ¿Cierto? —sonrió Salvatore, con arrogancia.

— Bueno, ¿tú no tenías que irte ya? —comentó Shanks, intentando cortar el tema.

— Aún tengo tiempo disponible —respondió Gentile, encogiéndose de hombros y sin querer darle más detalles a la joven.

Salvatore no había querido admitirle a Erika que el motivo por el cual aún no se había ido era porque se encontraba realmente interesado en la escena que sucedía frente a él, pero sobre todo estaba interesado en su protagonista pues desde que esa joven había aparecido él no había podido quitarle la mirada de encima, la chica le había parecido realmente hermosa y deseaba a toda costa poder conocerla y saber qué tipo de relación era la que tenía con el portero, considerando las posibilidades y pensando si éste podía serle de utilidad para acercarse más a la joven, por lo que impaciente de encontrar las respuestas que buscaba se decidió a romper el momento e interrumpir carraspeando lo más fuerte que pudo para así llamar la atención de su compañero de equipo.

— ¡Oh, perdón! —se disculpó Gino, al recordar que no se hallaba solo y haciéndole señas a Erika para que ésta se acercara a ellos.

Erika obedeció, un tanto insegura, pero sus dudas se disolvieron en cuanto llegó al lado de Hernández, quien la tomó por la cintura con su brazo izquierdo y la atrajo hacia él.

— Dafne, deja que te presente a mi novia Erika Shanks —comentó el portero, con una gran sonrisa—. Erika, ella es mi amiga Dafne Marcoccio —agregó, señalando a la joven con quien había estado conversando.

— Mucho gusto —saludó Erika.

— ¿Tú eres Erika? —preguntó Dafne, sorprendida, para luego mirar a Gino—. ¿Es la misma Erika?

Shanks, quien no comprendía bien lo que sucedía, miró primero a la joven para luego mirar al italiano, quien se había puesto rojo de la vergüenza por la pregunta que su amiga le había hecho.

— Sí, es ella —comentó finalmente el joven, sabiendo que no tenía más opción que responder, con lo que se dibujó una enorme sonrisa en Marcoccio.

— Gino me habló mucho de ti —le dijo Dafne a Erika, aún con la gran sonrisa—. Hasta que por fin te conozco, no sabes cuánto él te extrañaba y por supuesto te puedo asegurar que te ama con locura.

— ¡Dafne! —exclamó el portero, sumamente avergonzado, lo que ocasionó las risas de las jóvenes.

— ¿Y a mí no me piensas presentar a tu amiga? —preguntó Salvatore en ese instante, interrumpiendo la escena pues ya estaba cansado de ser ignorado.

— ¿Sigues aquí, Salvo? —cuestionó Gino, fingiendo sorpresa y con cierto tono burlón—. Creí que me habías dicho que tenías mucha prisa por tomar tu vuelo.

— ¿Me la vas a presentar o no? —gruño Gentile, pues no esperaba que le regresaran el golpe tan pronto.

— Mmm, no lo sé —respondió el guardameta, fingiendo que lo consideraba durante un instante—. Aprecio demasiado a Dafne como para presentarle a un dolor de cabeza como tú.

— ¡Hey! —comentó Salvatore, dolido—. Y yo que creí que tú eras el bueno, no creí que me odiaras tanto —agregó, con un ligero dramatismo.

— ¿Y quién dice que te odio? —preguntó Gino, riendo al ver la expresión de su compañero de equipo—. Es broma, Salvo, ven acá —comentó, con un gesto de cabeza y una gran sonrisa—. Dafne, él es Salvatore Gentile, mi compañero en la Azzurri; Salvo, ella es Dafne Marcoccio, una querida amiga mía a quien conozco desde hace ya muchos años.

Salvatore, sumamente feliz de por fin estar frente a la beldad que deseaba conocer, tomó la mano de Dafne y la besó con bastante galantería.

— Es un verdadero placer conocer a tan hermosa dama —comentó Gentile.

Por su parte, en cuando Dafne desvió su atención del portero para observar a la persona que le hablaba a su amigo a cierta distancia, ella quedó impresionada al mirar al joven que se hallaba parado a unos cuantos metros de distancia de donde ella se localizaba, pues el defensor era un hombre realmente atractivo, alto, musculoso y con esa cabellera castaña clara, esos ojos azules y esa piel bronceada que le hacían lucir guapísimo; sin embargo, en cuanto vio que Salvatore tomaba esa actitud de engreimiento y autosuficiencia tan característica del defensor, aunque Gentile le había gustado de primera intención, Dafne decidió adoptar una actitud fría y algo arrogante con el hombre que se encontraba claramente coqueteándole.

— Mucho gusto, señor Gentile —comentó la joven aparentando no tener ni el mínimo interés en el defensor y estirando su mano lo más que pudo para alejarse de él.

Si Salvatore notó la actitud de Dafne pareció no importarle en lo absoluto pues ni se inmutó con la acción de la chica ni cambió su semblante, continuando con la conversación como si nada hubiera ocurrido y por supuesto sin quitarle ni un segundo la mirada de encima.

— ¿Qué les parece si vamos a comer algo? —sugirió Salvatore, muy galante, mirando fijamente a los ojos de Dafne, con la esperanza de pasar más tiempo a su lado.

— ¿No tenías un vuelo pendiente? —le volvió a decir Gino, mordaz—. Jamás podríamos perdonarnos si lo llegaras a perder —agregó, con cierta ironía.

— Aún tengo algo de tiempo disponible —respondió cínicamente Gentile, sin darle mucha importancia a su amigo.

Ante tal respuesta, Gino esbozó una ligera mueca divertida por la clara desfachatez de su amigo. Hernández sabía muy bien que si bien al principio el defensor le alegó no tener el tiempo necesario para quedarse, era más que evidente que Salvatore estaba dispuesto a perder su vuelo con tal de pasar más tiempo al lado de Dafne, por lo que el guardameta, a quien no se le había pasado por alto la actitud que Gentile tenía con su amiga, se dijo que ésta era la ocasión perfecta para molestarlo un poco en retribución a lo que el otro había hecho la noche previa en Japón.

— En fin, buen viaje de regreso a Turín, Salvo —comentó Gino, con malicia, haciendo el ademán de buscar su equipaje para salir de ahí, el cual ya tenía Erika en sus manos —. ¿Dafne, vienes con nosotros?

— ¡Por supuesto! —respondió la aludida, tomando a su vez su equipaje—. ¿A dónde vamos?

— Podríamos ir a comer a un restaurante que me recomendaron y que no está muy lejos de aquí —comentó Gino, ignorando la presencia de su amigo.

— ¡Gino! ¡No me puedes correr así como así! —protestó Salvatore, mirándolo incrédulo.

— ¡Cierto! Yo no te puedo correr —respondió Hernández, con mucha tranquilidad—. Ésta es una zona federal y puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees, nosotros somos los que nos vamos pues es éste nuestro destino, así que buen viaje de regreso a Turín, Salvo.

— ¡No, espera! —reclamó Gentile— Voy entonces con ustedes.

— ¡No, eso sí que no! —comentó tajante Gino—. Tú tienes un vuelo pendiente, así que te quedas aquí, nosotros somos los que nos vamos tranquilamente a comer.

— ¡No me puedes hacer eso! —reclamó Salvatore.

— Claro que puedo —respondió al instante Hernández—. Te recuerdo que fuiste tú quien dijo que no podías quedarte porque tenías ya tu vuelo programado y que ésa era la razón de que no pudiéramos terminar con la conversación que teníamos pendiente, ¿recuerdas?

— Bueno, sí, pero…—comenzó a titubear Gentile, pensando en cómo zafarse de sus propias palabras—. Mi vuelo sale hasta dentro de tres horas —confesó al fin—. ¡Vamos! Mínimo vayamos a comer, me muero de hambre, no me pueden dejar aquí.

— Pues cómprate algo de comer en alguno de los establecimientos de comida rápida que hay aquí —respondió Gino, gozando el momento y cada palabra.

— ¡No! Mejor me quedo sin comer —respondió Salvatore, todo indignado y haciendo muecas de disgusto de sólo pensarlo—. Vamos los cuatro a comer a un buen restaurante; dices que conoces uno cerca, me daría bien tiempo de ir y regresar.

— ¡Adiós, Salvo! —comentó Hernández con voz triunfal, para luego ignorarlo y girarse en dirección de las chicas; las cuales, una lo miraba con mucha curiosidad y la otra bastante divertida.

Salvatore no supo si eran o no ciertas las palabras que el portero le decía pues no lo creía capaz de dejarlo ahí sólo, muriéndose de hambre; no, él no era de ese tipo de personas pero por más que le se quedó mirando fijamente, Gino simplemente lo ignoró.

— Dafne, ¿por qué no en vez de hospedarte en el hotel, te quedas en mi casa durante los días que estarás en Milán? —preguntó Gino de pronto—. De este modo no tendrás que estar sola.

— No lo sé —respondió la joven, algo dudosa—. No quisiera ser una molestia.

— No lo eres en absoluto —le respondió Hernández con sinceridad—. Además, así podríamos tanto Erika como yo acompañarte en tus compras y paseos por la ciudad.

— ¡Oh! Eso me encantaría mucho —sonrió Dafne, entusiasmada—. ¿Pero no será mucha molestia?

— Yo también te puedo acompañar —se escuchó decir a Salvatore, pero o no lo escucharon o prefirieron ignorarlo.

— Para nada —respondió Erika a su vez, continuando con su conversación—. Por mí encantada de acompañarte, aún tengo algunos días libres antes de volver a la Universidad y en ese tiempo nos podríamos conocer más.

— Oh, sí, y te podría contar algunas cosas más sobre tu novio —rio Dafne, divertida.

— ¡Eso sí que no! —respingó Gino, a lo que las jóvenes rieron—. Lo que sí es que yo tengo que ir al club a valoración médica uno de estos días y seguramente después de eso quedaré libre.

— Oigan yo también puedo acompañarlos —volvió a decir Gentile.

— ¿Aun sigues aquí, Salvo? ¡Creí que ya te habías ido! —le dijo Gino, con toda tranquilidad—. Bueno, ahora sí, nosotros ya nos vamos, nos vemos Salvo —comentó, dirigiéndose hacia la salida.

— Nos vemos, Salvatore —comentó a su vez Erika, dándole un beso en la mejilla—. Cuida mucho esa pierna.

Salvatore vio incrédulo como los tres jóvenes se retiraban del aeropuerto, dejándolo ahí a su suerte; sin embargo, no habiendo avanzado mucho aún, Dafne Marccocio se detuvo un instante de su andar para mirar hacia atrás y darle una última sonrisa al defensor de la Juventus. Gentile sonrió genuinamente ante esta muestra de afecto y se dijo que eso no se iba a quedar así.

— ¡Hey, Gino! —gritó Salvatore, a lo que Hernández se giró a verlo algo sorprendido por la insistencia de su amigo—. Nos veremos muy pronto, más pronto de lo que te puedas imaginar —comentó, con una gran sonrisa de autosuficiencia.

Y por supuesto que así sería, Salvatore Gentile no se daría tan fácilmente por vencido, pues estaba decidido a no sólo conocer a esa hermosa dama sino además a conquistarla y sólo el tiempo decidiría si él podría o no lograr su objetivo.