Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco

Capítulo veintidós

Sin vergüenza. Sin misericordia.

"Imagina intentar vivir sin aire. Ahora imagina algo peor." ~Amy Reed.

BELLA

"Hace cinco días, mi esposa Isabella Swan Cullen fue secuestrada a tan solo horas de haber dado a luz a nuestro hijo. La quiero de vuelta. Mi hijo y yo la necesitamos. Mi familia y yo ofrecemos cien millones de dólares para que vuelva a salvo. Bella, si estás viendo, no me doy por vencido, jamás me daré por vencido hasta que te tenga de vuelta. Nuestro hijo y yo te extrañamos y te amamos mucho…"

—Creo que es suficiente por ahora. —La voz de Renée me irritaba por completo, mi odio por ella seguía incrementando con cada momento que pasaba en su presencia. Ella apagó el televisor, saliendo de la cocina y colocando una bandeja frente a mí—. Spaghetti con albóndigas gigantes, tu favorito ¿no?

Simplemente la observé, haciendo nada para ocultar mi odio y disgusto por la mujer que me dio a luz, pero que aun así me hacía sufrir. Todo por culpa de sus delirios y su cobardía.

—¿Cien millones? Deberías sentirte insultada, por cierto. —Tomó asiento del otro lado de la lujosa mesa, antes de abrir su servilleta y colocarla en su regazo. Me había encadenado a cada maldita silla hasta que llegamos a este lugar que, por lo que podía ver, daba hacia la playa. Después fui promovida a una silla de ruedas. Los últimos dos días habían sido más sobre cómo ella intentaba salvarme y cómo hizo esto para protegerme.

No sabía a quién intentaba convencer.

Todo este tiempo había pensado que era una mente maestra de corazón frío, siempre planeando, siempre un paso por delante de nosotros porque simplemente ella era así de buena. Pero estaba equivocada. Ella deliraba, no estaba segura si realmente ella entendía lo que estaba haciendo. Parte de ella todavía me veía como la niña que abandonó en el medio del océano, mientras que otra parte de ella entendía que era adulta.

Pensé que era fuerte, admiraba su tenacidad y sus tácticas para conseguir lo que quería, eficiente y efectivamente, pero ni bien habló de su padre Orlando, se volvía débil. Lo que fuera que él le había hecho, la había roto. Ella acataba todas sus órdenes, era su perro faldero y eso me disgustaba. Ella no era mejor que los psicópatas que trabajaban para mí.

Todos los días me lavaba y peinaba el cabello, incluso me vestía, todo mientras que me mantenía encadenada. Me trataba como su muñeca personal. En el segundo día aquí, intenté ser buena, hoy intentaba no hablar, pero había algo realmente extraño con esta mujer. A pesar de mis tácticas para incentivar una reacción por parte de ella, ella actuaba como si nada le afectara. La única vez que conseguí una respuesta de ella fue cuando me "porté mal" y, aparte de eso, no me daba señales que estuviera presente más que físicamente. Necesitaba salir de allí, pero todavía no tenía idea en qué país estaba, mucho menos de cómo escapar.

—¿Necesitas que te consiga a alguien para que te ayude, cariño? —preguntó, cortando su comida con sus cubiertos de plata. Ella asintió hacia la rata, que pronto estará muerta, que se encontraba en la puerta. Mike se acercó y como un robot, cortó mi comida antes de llevarla hacia mis labios.

Supongo que incluso los manipulados pueden manipular.

Abriendo mi boca, acepté la comida y la mastiqué un poco antes de escupírselo en la cara.

—¡ISABELLA!

Él dio un paso hacia atrás mientras que Renée se ponía de pie y se acercaba. Mike se limpió el rostro lentamente antes de fulminarme con la mirada.

Renée agarró mi rostro, obligándome a verla a los ojos.

—Lo estoy intentando, Isabella. Lo estoy intentando. Quiero que seas feliz conmigo, ¿de acuerdo? Te amo, pero tienes que olvidarte de él y de ese niño. Ellos son tu pasado, un pasado que jamás hubieras tenido si hubiéramos estado juntas. Te amo, así que compórtate porque no quiero lastimarte.

—Lo único que evita que te rompa el cuello ahora mismo son estas malditas esposas. Vete al d…

Me abofeteó tan fuerte que mis dientes cortaron mi labio. Lamiéndome la sangre, levanté la mirada hacia ella, sonriendo.

—Eres una madre horrible, siempre lo has sido… siempre lo serás.

Me abofeteó por segunda y tercera vez antes de apartarse.

—¡PARA DE HACER QUE TE LASTIME!

Mi rostro ardía y sabía sin mirarme que mi mejilla tendría una marca de su mano.

Me reí sin humor y me pregunté por un momento si su tipo de locura era infecciosa o hereditaria. Eliminando ese pensamiento de mi miente, me concentré en la mujer que respiraba fuertemente frente a mí.

—¿Eso es lo que el abuelito te solía decir?

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente. Eso no es ayudar. Crees que lo haces, pero no es así. Suéltame, dime quién es Orlando y todos podemos ser libres de él.

Ella sacudió su cabeza, pasándose las manos por su cabello corto.

—No, no. No lo conoces. No sabes nada. Déjame protegerte, cariño. No puedes ganarle, nadie le gana. Está bien…

—Tú, yo, Edward, podemos…

—¡NO! ¡Dije que no! Te voy a proteger, ¿de acuerdo? Tu mami. No Edward, ni nadie más. Ya no estás allí. Orlando no se molestará con tu familia, solo sé buena, Isabella, sé buena para mí, ¿está bien? —Era como intentar hacer entrar en razón a un niño que tenía una rabieta.

—Orlando es solo un hombre…

—¡SUFICIENTE! —Respirando profundamente, acarició su rostro—. Has arruinado una cena perfecta. Te portabas tan bien cuando te criaba.

—Jamás me criaste, Renée.

Me miró a los ojos y vi que no tenían emoción. Solo era una sombra de una mujer que una vez fue mi madre. Enderezándose, ella caminó hacia la chimenea que se situaba debajo de una pintura de ella en una versión más joven. Sacó una jeringa y suspiró antes de volverse hacia mí.

—Renée —siseé, sabiendo lo que se venía. Intenté alejarme de ella, pero seguía viniendo.

Ella acarició mi rostro y si no fuera por lo que estaba a punto de hacer, hubiera pensado que intentaba ser gentil.

—Esto ayudará a tu dolor.

—¡RENÉE, NO! —Subió mi manga e intenté resistirme, pero el robot vino a su ayuda y me tomó de los hombros.

—No —siseé mientras la aguja encontraba mi vena.

—¿Sabes qué es irónico? Le compré esto a tu dealer.

—Mamá —susurré mientras todo comenzaba a dar vueltas en todos colores.

—Shh, cariño, intentaremos esto de nuevo, ¿sí? Serás buena para mí después. Todo se verá y se sentirá mucho mejor. Te lo prometo, ¿sí, bebé? Te lo prometo.

Me sentía como si estuviera volando, volando hacia Ethan y Edward. Nada podía lastimarnos aquí. Nadie podía encontrarnos, estábamos en un avión sin rumbo. Estábamos felices, yo estaba feliz.

EDWARD

—Nuestro hijo y yo te extrañamos y te amamos mucho, Bella. Gracias. —Alejándome de los micrófonos, los reporteros comenzaron a gritar preguntas y las cámaras a cegarme con sus flashes.

—Señor, el coche está listo —dijo Seth, dirigiéndonos al hospital. Se suponía que debíamos irnos hoy. Los coches estaban ya esperándonos en la parte trasera. Una parte de mí quería quedarse. Vine con mi esposa, debería irme con mi esposa. Pero no podía quedarme, mientras más rápido volvía a casa, más rápido podría salir a trabajar.

Mi madre se acercó con mi hijo… el hijo de Bella y mío, envuelto en una pequeña manta y gorro mientras dormía. A él le gustaba dormir. Bella le había hablado desde la panza, demandándole que se acostumbre a dormir en el horario que ella dormía. Era algo loco, pero mayormente hermoso. Ella decía que no sería una buena madre, pero yo lo veía todos los días y ahora no tendría la oportunidad de probarse a sí misma.

Antes que pudiera caminar hacia él, el oficial "dolor en mi culo" ya se encontraba detrás de mí.

—Sr. Cullen, le pedimos que no mencionara un rescate…

—Y yo los ignoré.

—Sr. Cullen, con una cifra así, vamos recibir miles de llamadas que nos distraerán de las pistas verdaderas, haciendo que se nos haga más difícil…

—Entonces, pongan más gente frente a los malditos teléfonos —rugí—. ¿Quieres que no haga nada? Mi esposa está allí afuera y planeo tenerla de vuelta, incluso aunque tenga que entregar todo mi dinero, ya que la policía de Chicago no puede hacer su trabajo.

—Usted dijo que quería a un agente verdadero del FBI. Bueno, pedí un favor, Sr. Cullen y encontraremos a su esposa. Ian Rood, el director del FBI ha reunido a un equipo… Solo denos…

Fue interrumpido cuando Ethan comenzó a llorar en los brazos de mi madre.

—Todo lo que escucho son palabras, oficial. Ahora, si me disculpa, a mi familia y a mí nos gustaría ir a casa.

—Sr. Cullen, ¿hay algo que esté es…?

—Oficial Scooter, mi hermano le ha pedido que nos deje. Por favor, hágalo antes que nos neguemos a hablar con alguien más de los de su tipo —dijo Jasper, conduciendo a Alice, que tenía la cabeza baja y observaba a sus manos delgadas.

El oficial sacudió su cabeza.

—No le aconsejaría eso, señor, eso solo nos haría pensar que tiene algo que esconder. No tiene nada que esconder, ¿correcto?

—Adiós, oficial —respondió Jasper mientras yo tomaba a mi hijo. Olía como a ropa fresca y flores.

Nadie había hablado conmigo realmente, dentro de mi familia, era muy difícil hacerlo cuando muchas personas estaban escuchando. Emmett y Rose estaban en la casa, esperando a que volviéramos e inspeccionando la casa… O, al menos, Emmett lo estaba haciendo, no tenía idea de lo que hacía su esposa además de escupir veneno.

—Oh, no, no puedes —le susurré al pequeño. Él bostezó, frunciendo todo su rostro—. Duerme todo lo que puedas.

—Edward, también le conseguí una silla para él. Se la di a Seth, así que debería estar en el coche —dijo mi madre una vez que llegamos al callejón. El mismo callejón en el que la doctora había muerto. La nieve nueva cubría todo el rastro.

—Gracias, madre —respondí, bajando un poco el gorro de Ethan, cubriéndole las orejas. Él estaba más que listo para el clima, con todas las prendas que tenía. Me preocupaba que estuviera demasiado caliente, pero las enfermeras habían dicho que él querría estar lo más caliente posible.

—Edward, necesitamos irnos. —Mi padre mantenía la puerta abierta para mí. Vi la silla de bebé y me di cuenta que este sería su primer viaje en coche.

Bella hubiera querido colocarlo ella misma.

Él bostezó nuevamente cuando lo senté adentro, golpeándome el rostro un poco mientras intentaba meterse el pulgar en su boca antes de quedarse dormido.

—Emmett dice que la casa está limpia, está listo para volar a dónde sea que lo necesites. —Jasper se acercó a mí con un teléfono en sus manos mientras me sentaba dentro del coche.

—Haz que chequee de nuevo —dije, subiendo el cristal de la ventana y, sin ninguna otra palabra, Seth condujo haciendo que los demás usen el cuarto coche. El que se encontraba en frente y detrás nuestro nos seguían de cerca. Por el espejo retrovisor podía ver a nuestros hombres.

—Señor, tengo que decirle algo.

—¿Estás traicionándonos, Seth? —Porque alguien lo estaba haciendo… alguien cercano y se encontraba demasiado cerca.

Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo antes que él sacudiera su cabeza.

—No, señor. Jamás.

Por supuesto, como si los culpables alguna vez lo admitieran.

—Entonces, habla.

—Hay un rumor esparciéndose entre los italianos que usted mandó a secuestrar y matar a la jefa.

Mi sangre parecía hervir debajo de mi piel, ¡no tenía tiempo para esta mierda!

—¿Qué tan malo?

—Las cinco familias se reunirán esta noche, quieren su cabeza.

—¿Cómo obtuviste esta información, Seth?

Sonrió.

—La jefa, señor. Jacob maneja los hombres en la casa y yo me encargo de los infiltrados afuera. Cuando ella se hizo cargo, se aseguró de tener infiltrados en cada una de las familias, es cómo se mantuvo a la cabeza. Solo yo sé quiénes son, pero ellos son completamente leales a ella.

Aparentemente, mi esposa tenía más secretos de los que yo sabía.

—¿Te reportan a ti?

—No están al tanto de Renée o su padre. Es cómo la jefa lo quería, ellos no saben nada de ella o su familia y ella sabe todo sobre ellos. Sin embargo, ahora no saben qué creer —dijo, obviamente eligiendo sus palabras con cuidado—. ¿Qué quiere que haga?

Mi teléfono sonó antes que pudiera responder.

—Jasper.

—Ese teléfono que Renée usó no nos dijo dónde se encuentra…

—Jasper. —¿Por qué gastaba mi tiempo?

—Edward, fui capaz de conseguir el historial de llamadas que hizo a un teléfono cerca de la estación de trenes. Obtuve los videos y jamás creerás quién estaba allí para atender la llamada. Realmente la cagaron.

—Jasper.

—Angela, Edward. Angela es la rata. Te enviaré el video a tu teléfono.

BELLA

—Ah… —gemí, todavía me sentía dar vueltas con un terrible sabor en el fondo de mi garganta. Mike se encontraba sentado en la otra punta de la mesa de té, que estaba llena de caramelos. El resto del cuarto hacia juego, era del tamaño de mi armario en casa y no tenía sentido, estaba diseñado para adultos, pero cubierta de pequeñas muñecas.

—¿Dónde está Renée?

—Seguramente llamando a tu mano derecha. Angela, ¿no? ¿Sabes que fue ella la razón por la cual conseguí ese puesto en tu avión? —Se echó hacia atrás en su silla—. No, no sabrías eso. Tu madre fue más inteligente que tú en todo sentido y ni siquiera puedes ser una buena niña para ella.

Maldita perra.

—Mira quién encontró sus pelotas.

—¡Jamás las perdí! ¿Recuerdas esto? —preguntó, levantando la chaqueta blanca y manchada que le había dado la primera vez que nos conocimos.

Pero no gastaría mi aliento con él.

—Cuando me lanzaste esto a la cara como si fuera menos que una persona, tuve que juntar todo mi control para no meterte una bala en ese preciso instante. —Sacó una pistola de atrás de él, posándola sobre la mesa—. ¡Me dijiste que se la diera a mi hermana, sin saber que tus drogas fueron lo que la mataron!

—Todos los días mueren personas, yo no les obligo a consumir.

—¡No te hagas la lista conmigo! —gritó—. No sabes lo mucho que he esperado este día. Destruiste a mi familia. Ella estaba mejorando y entonces la tentaste con tu mierda nueva. ¡Era tan fuerte que no pudo soportarlo, tú la mataste!

—¡Tu familia se destruyó a sí misma, no me culpes a mí porque tu hermana no tuvo autocontrol! ¿Le echarías la culpa a McDonald's por la presión alta? Ahora, por favor, sal de mi vista, imbécil. —Sentía que mi cabeza estaba por explotar. ¡Dios!

—Pensé que dirías eso. No tienes vergüenza —siseó, sacando la misma jeringa que Renée había usado—. Me pregunto cuanto autocontrol tendrás. Para cuando termine, estarás rogando por esto.

Otra vez jalé de las esposas, estaban más débiles. Después de cinco días de constante tironeo, comenzaron a gastarse. Antes que pudiera hacer algo, él sostuvo mi brazo.

—Piensa bien, Mike. Me liberaré de aquí y cuan…

—¡Cállate! —Me abofeteó—. Solo estás llena de aire caliente.

—No. —Pero no escuchó. Una vez más, la aguja se metió en mi vena y, una vez más, sentí la euforia. Mordiéndome el labio, intenté ignorar los colores en mis ojos, el placer corría por mi cuerpo.

Él tironeó mi cabello hacia atrás, sonriendo a solo un centímetro de mi rostro.

—¿Qué es lo que le dijiste a mi hermana? ¿Puta adicta al crack?

Acarició mi rostro con su pistola, como si yo fuera su mascota, e incluso apartó mi cabello con su otra mano.

—¿Cómo te sientes?

Echando mi cabeza hacia atrás, la estrellé contra su nariz.

—¡MIERDA! —gritó, sosteniéndose la nariz mientras yo tironeaba. Lo mejor de estar tan malditamente drogada era que nada dolía. Así que cuando debería haber parado cuando las esposas se clavaban en mi piel, jalé con fuerza, liberando mi muñeca por primera vez en cinco días… Desearía poder decir lo mismo de mis tobillos.

Se giró mientras la sangre corría por su nariz, pero antes que pudiera apuntar con su arma en mi dirección, tomé el tenedor de la mesa y lo apuñalé lo más fuerte posible. La única razón por la que me detuve fue porque el tenedor llegó a su hueso. Dejó caer la pistola y comenzó a rasguñar mis manos para intentar quitar el tenedor, una hazaña que estaba segura que jamás lograría.

—¡Maldita perra! —Intentó agarrar mi cabello, pero quité el tenedor de su brazo, provocando que gritara antes de que lo apuñalara en el hombro. Esta vez, no me quedé en el mismo lugar por demasiado tiempo. Lo apuñalé una y otra vez. Su sangre saltó a mi rostro hasta que sus rodillas cedieron, haciendo que se arrodillara frente a mí. Se tomó del cuello, intentando detener el río de sangre que mojaba su camiseta.

—¡Deberías haberte ido! —Sacando el tenedor por última vez, lo enterré en su garganta—. Jamás debiste haberme traicionado, perra. Grita y te desangrarás más rápido.

Empujándolo lejos de mí, cayó al suelo. Parecía como un pescado sacado del agua, intentando respirar mientras se ahogaba en su sangre. No tenía idea de cuánto tiempo tenía. Renée venía a mí todas las noches, para leer, golpearme o insultarme; dependía de cómo se sintiera.

—Llaves —siseé, señalando a mis tobillos. Él no estaba muerto aún, lo último que podía hacer era ayudarme. Pero no se movió, sus ojos lentamente comenzaron a girarse hacia su cráneo.

Bueno, no me sirve.

No tuve otra opción más que usar el tenedor sangriento. Doblando las cadenas entre mis pies, intenté concentrarme, demasiado consciente que se me acababa el tiempo.

—Concéntrate, Bella. Concéntrate. —No ayudó. Las drogas ardían en mis venas… Lo que era peor, era la voz en el fondo de mi mente que las extrañaba, que quería estar en un avión con Edward y Ethan, que quería que el dolor se detenga. Estaba jodida en todo sentido de la palabra, pero no podía concentrarme en eso ahora.

—Al fin. —Quitándome las cadenas alrededor de mis pies, intenté ponerme de pie, pero mis pies cedieron ante mi propio peso. Aferrándome del borde de la mesa, trastrabillé hacia Mike, tomé el arma que se encontraba al lado de su cabeza y me arrodillé a su lado, presionado un ojo.

—¿Dónde está ella?

Él no tuvo oportunidad de responder ya que la puerta se abrió.

—Mierda, códig…

Antes que pudiera terminar de hablar, disparé, haciendo que suenen las alarmas por toda la casa.

—Ja…más vas a sa…lir. —Sonrió Mike mientras la sangre salía por sus oídos.

—Mándale mis saludos a tu hermana. —Le metí la pistola en su ojo antes de jalar el gatillo.

Paso uno: llamar a Edward.

Paso dos: matar a Renée.

EDWARD

La cagamos. Bella y yo comenzamos a confiar en las personas que nos rodeaban. Nos habíamos acostumbrado a ellas y, de cierta forma, los queríamos como si fueran de nuestra familia. Pero no lo eran. La verdad era que ellos eran vajillas rotas y nosotros intentábamos pegarlos con pegamento para seguir usándolas. Sin importar lo mucho que intentáramos, sin importar cuanta cantidad de pegamento que usáramos, jamás cambiaría el hecho que estaban rotas… que las vajillas rotas jamás serían confiables. Una taza roja sigue goteando.

Habíamos confiado en Angela. Yo había confiado en Angela, y aquí me encontraba, de pie en la plataforma B del centro de transporte Ogilvie esperando a Judas. Mi mano temblaba, deseando poder hacerla pedazos. Durante cinco días, ella nos había observado, me había visto con mi hijo sufrir y agonizar. Probablemente se reía.

—Jefe, ella se acerca a su dirección —habló Seth en mi oído y, efectivamente, cuando me giré hacia las escaleras, allí estaba con una peluca rubia y lentes enormes.

Cuando me vio, intentó correr, pero Seth ya la esperaba detrás de ella. Quitándose la peluca, se giró hacia mí, suspirando profundamente al dar sus últimos pasos con libertad hacia mí.

—He estado esperando a que te dieras cuenta —susurró, manteniendo su cabeza agachada.

—¿Dónde está ella?

—No lo sé.

—¿Qué quiere Renée?

—Salvarla de Orlando. Ed…

Tomándola del brazo, la acerqué a mí.

—No digas mi nombre. Quiero retorcer tu maldito cuello ahora mismo. ¿Acaso Ben también estaba traicionándonos o le estabas mintiendo a todos?

—No. Ben jamás…

—Y, aun así, tú lo hiciste. —Se estremeció mientras aplicaba presión—. ¿Quién es Orlando?

—Juro que no lo sé. Pero es un demente, un psicópata…

—La única razón por la que sigues viva es porque Bella querría encargarse de ti.

—La he pasado mal —susurró—. Hice esto para protegerla. ¡Puede que Renée esté loca, pero sabe cómo protegerla! Lo ha estado haciendo por años. Ella ama…

—¿Acaso te escuchas? —¿Cómo pudimos estar tan ciegos con ella?—. Contáctate ahora.

Al momento que la solté, ella se secó las lágrimas que caían de sus ojos. Eso solo me hacía enojar aún más. ¿Cómo se atrevía a llorar?

—Angela… no juegues con mi paciencia.

—Después de llevarse a Bella, Renée me envió esto. —Me lanzó su teléfono.

Si ella tenía esto, ¿por qué se molestaba en venir…?

—Ella llama todos los jueves a las 12:01. Responde solo a la tercera llamada. Dile a Bella que lo siento. —Ni siquiera tuve tiempo de parpadear. Ella se tiró de la plataforma y su cuerpo desapareció mientras el tren atravesaba el túnel, chirriando al intentar detenerse.

—Mierda.