No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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Cuando estuvo segura de que se habían marchado y oyó cerrarse las puertas de la entrada, Isabella se quitó las joyas y las dejó sobre la mesa con el resto.
—Es más de lo que parece —jadeó mientras se tambaleaba hacia un banco.
Se sentó pesadamente.
—¿Qué pasa con esas cosas? —preguntó Esme—. ¿Qué te ha hecho? ¿Has tenido visiones?
—Lo bastante como para ver que no es un hombre corriente. Pero no puedo imaginar qué es. Un mago, quizá... no lo sé.
—Muchacha —dijo Esme, amontonando el oro y empezando a meterlo de nuevo en las alforjas—, háblame con coherencia. Dime qué es lo que ocurre. Vi tu cara cuando tocaste el primer collar, y parecía que hubieses visto una docena de fantasmas.
—Así fue, en cierto modo. Algunos objetos llevan consigo el recuerdo de acontecimientos, buenos y malos, con los que han estado relacionados. Están vivos, en ese sentido. ¿Recuerdas el vestido de la carreta cuando nos conocimos? ¿El que describí como vil?
—Sí.
—Bien, todas estas piezas de joyería están vivas... de esa forma. Estoy segura de que las escogió a propósito.
—Si lo hizo, te delataste por completo. El disimulo no es un arte natural en ti.
—No, ¿verdad? —admitió Isabella mientras se sentaba en el banco, retorciéndose las manos con desesperación.
Podía sentir las lágrimas que bajaban por sus mejillas.
—Basta —ordenó Esme—. No es momento para lágrimas, sino para pensar con claridad y hacer planes. Debemos decidir qué haremos con este hombre. Ahora, mientras aún está en Roma. El Conde Sam me escucha, si consigo convencerle de que ese Edward podría traicionar a los francos...
Algo cálido y suave cayó con delicadeza sobre el regazo de Isabella, y ella sintió una mano que le apretaba el hombro, consoladora.
Parpadeó, levantó la mirada y vio el manto de su padre. Se lo llevó al pecho y secó sus lágrimas con él. El amor, y una insoportable sensación de pérdida, la inundó, cegándola al mundo que la rodeaba.
Sus padres se habían fallado el uno al otro, y en cierto modo le habían fallado a ella, pensó, recordando el amor herido de su madre. Pero a pesar de estar influenciada por sus enseñanzas religiosas y la malicia del mundo, su madre la había querido. Y los brazos de su padre habían sido su fuerza en los mismos cañones del infierno. Ella le había visto entrar en el bosque. ¿Le esperaba allí Renee, segura de su perdón y el de Dios? ¿Era la muerte sólo un sueño del que despertamos en un jardín de luz?
Isabella vio a su lado a Tony, sonriendo. Era apuesto de nuevo. Unas pocas cicatrices desvaídas marcaban los finos rasgos aristocráticos, pero por lo demás parecía un hombre sano y en la flor de la vida. Estaba delgado, e iba vestido con la larga túnica bordada y la toga de un noble romano.
Los dedos sobre el hombro de Isabella estaban intactos, y eran poderosos, firmes y fuertes. Ella lo había conseguido. Y la sensación de victoria sobre la muerte alejó a los demonios de la duda y la desesperación como el sol hace que la niebla se desvanezca.
—Deja que llore si lo desea, Madre —dijo Tony amablemente—. Hay un momento para las lágrimas, y, créeme, sé que pueden aliviar el corazón.
—Calla, Tony, estoy pensando. Si podemos convencer a Sam de que...
—Siempre intrigando, ¿eh, Madre?
—Sí —contestó Esme—. Conoces mi mente. Eres el más sagaz de mis hijos: dime cómo podríamos convencer al Conde Sam de que ese Edward es peligroso.
—Yo no me molestaría —replicó Tony—. Al menos ya no. He visto a Sam esta mañana.
—Sí —dijo Esme—. Por supuesto, debe de tener urgentes razones políticas para estar aquí.
Tony asintió.
—Quiere ver si hay algo de cierto en la historia que están difundiendo los lombardos de que la familia de Carlisle está tocada por la lepra —dijo Isabella.
—No es lerda, ¿verdad, Madre? —comentó Tony—. En todo caso, le he visto esta mañana y he desmentido todos los rumores. Incluso me he desnudado en su presencia.
—¿Intentó seducirte? —preguntó Esme.
—No creo que esa sea una de sus debilidades.
—Qué lástima, siempre es un buen punto de apoyo con esos bárbaros. Pretenden que desprecian el afeminamiento.
—Sí —confirmó Tony—. Fue una especie de prueba. No obstante, cuando me hube asegurado de que estaba claro que los rumores no eran más que un truco lombardo, le convencí de que sería una buena idea nombrarme capitán de la guardia de Isabella.
La muchacha dejó escapar un suspiro de alivio. Esme aplaudió, alzando los ojos hacia el cielo:
—Un golpe maestro —gritó mientras abrazaba a su hijo—. Oh, mi hijo, mi hermoso y perfecto hijo... —Las lágrimas corrían por sus mejillas—. ¿Cómo podré agradecértelo, Isabella?
Tony se liberó suavemente del abrazo de su madre y le besó la mano.
—Seguro que se te ocurrirá algo, Madre —dijo con una ironía casi tierna.
—Querido... —contestó Esme.
Pero Isabella vio una chispa de malicia igualmente sutil en sus ojos.
—Tu padre estaría orgulloso de ti —continuó la mujer.
—¿Quién? —preguntó Tony con aire inocente—. ¿EL pirata tracio de barba negra, con sus músculos y cicatrices? ¿O el poeta siciliano que ganó tu corazón con canciones? Creo que era demasiado aficionado al vino. ¿No me contaste que murió en una pelea de taberna?
Esme le miró amargamente por un momento.
—Sólo intentaba hacer que estudiases tus lecciones, no tienes idea de lo difícil que es conseguir que un muchacho travieso se aplique. O al menos no la tendrás hasta que seas padre.
Tony guiñó un ojo a Isabella.
—Esta fantasmal procesión de padres me ha guiado toda la vida —suspiró—. Creo que el mejor era el arriero de la Umbría que apestaba a ajo y cebolla. Te lo inventaste cuando iba a marcharme con Carmen.
—No me gustaba Carmen, pero recuerdo que aquello no te detuvo.
—No —dijo Tony, sentándose en el banco junto a Isabella— Gracias por no decir "Te lo advertí". Dime, ¿de verdad estaría mi padre orgulloso de mí?
Algo cambió en el rostro de Esme. Sus ojos cobraron un aspecto embrujado. Por un momento, pareció encogerse sobre sí misma y su aspecto fue casi el de una vieja, pero se recuperó de inmediato. Se irguió, con los ojos centelleando.
—Querido, estoy segura de ello. Pero tengo una pregunta más importante que hacerte... ¿estás enamorado de Isabella?
—¡Esme! —gritó Isabella.
Pero Tony echó atrás la cabeza, riendo.
—¿Quieres decir, Madre, si voy a usar mis sutiles habilidades como correo, mi encanto personal y mi aire aristocrático para arruinar su vida y la mía?
—En una palabra, sí.
—No —contestó Tony, empezando a enumerar las razones con los dedos—. Primero, le debo demasiado para ponerla en el peligro que supondría un asunto amoroso. Segundo, no es mi tipo. Ya sabes la clase de mujer que me gusta: vulgar, un poco estúpida, desvergonzada y cruel.
—Olvidas mencionar la codicia.
—Sí, eso también. Créeme, Madre, mi comportamiento será irreprochable.
—Asegúrate de ello. Que no pueda haber sospecha sobre ti. Y recuerda que las apariencias pueden engañar. Incluso las acciones más inocentes pueden ser malinterpretadas, insinuando culpa donde no la hay.
—Madre, tienes tendencia a sermonear.
Esme metió el resto del oro en la alforja.
—El sermón ha terminado, espero que ambos lo recordéis —dijo, y se marchó con el oro.
Isabella siguió sentada en su sitio. Tony guardó silencio. Una mariposa se detuvo en su búsqueda de néctar entre las flores y se posó sobre su rodilla, plegando sus alas en una vela.
Los ojos de Isabella y los de la loba distinguieron las vetas endurecidas que mantenían la forma de las alas polvorientas. Entonces la mariposa las desplegó de nuevo y se alejó volando.
—¿Qué piensas de Edward? —preguntó Tony.
—Me gusta. Cuando me abrazó, quería ser su esposa.
—¿Es eso posible?
—No estoy segura.
—Sí, lo sé. Cuando estaba tranquilizando a mi madre sobre nuestra relación en el futuro, no mencioné una tercera razón para no poder mirarte como amante: no eres humana.
—No —admitió ella en voz baja.
Una libélula pasó volando junto a la cara de Isabella, y ella movió la mano rápidamente, atrapándola por el tórax. La sostuvo unos momentos, debatiéndose y zumbando indignada, antes de soltarla y dejar que siguiese su camino en paz.
—¿Conoces a muchos humanos capaces de hacer esto tan fácilmente?
—Muy pocos, quizá ninguno. Enjaula a la loba, Isabella.
—No —contestó ella—. La noche que Amun te secuestró, intentó matarme. Aquella noche, la loba encontró su libertad. Seré libre, o estaré muerta. Es así de sencillo. No puedo eliminarla, somos una.
—Entonces, siempre estarás en peligro.
—Lo sé. Y ese Edward es un formidable oponente.
Tony asintió.
—Ya me había dado cuenta. ¿Por qué crees que me he convertido en capitán de tu guardia? Lo he hecho para protegerte y para prevenir cualquier pequeño y letal plan que pueda estar incubando mi madre.
—Alguien debería decirle a tu madre que el asesinato está mal visto en ciertos círculos.
—No en los círculos en los que vamos a movernos tú y yo, Isabella. Allí es un instrumento político. ¿Lo comprendes?
—Sí—dijo ella—. O al menos empiezo a comprenderlo. La sangre de un rey corre por mis venas junto con la de lobo. Y nunca podré escapar de los peligros que ambas suponen. Debo aprender a defenderme.
—En cuanto a mi madre, no voy a pedirte disculpas por ella, no las necesita. Tú no sabes cómo era Roma cuando los lombardos controlaban el papado. —Inclinó la cabeza—. Un nuevo asesinato cada día, normalmente de algún amigo de Madre o de Carlisle. Él era demasiado popular entre los nobles y el pueblo para atacarle abiertamente, pero hubo muchos atentados contra su vida. Recuerdo muy bien la noche en que fue envenenado... durante una cena en la villa de un hombre al que consideraba su mejor amigo. Mi madre le dio vomitivos mientras yo sostenía la bacinilla. Vomitó una cena muy buena que le hubiese matado de haber seguido en su estómago. Durante muchos años, mi madre apenas se atrevió a salir durante el día, y nunca de noche. Una vez fue atacada por un grupo de soldados lombardos, y creo que sólo sobrevivió porque dio un ánimo sobrenatural a sus hombres al coger una espada y luchar junto a ellos. Yo mismo crucé los Alpes para ir a la corte de los francos y hacer la apuesta de mi madre.
—¿La apuesta?
—Sí, sobre qué rey franco prevalecería, Aro o Aro El Grande.
—Supongo que hiciste la elección correcta...
—Aro —asintió Tony—. Tenía cartas suyas apoyando la candidatura de Carlisle al trono papal. Cuando la salud del papa lombardo empezó a fallar...
—¡Espero que tu madre no tuviese nada que ver con ello!
Tony hizo una pausa, con una expresión calculadora en el rostro. Se llevó lentamente un dedo a los labios.
—Madre —susurró, casi para sí mismo— es una bruja sin principios, pero no creo... — Empezó a suspirar, mostrando unos dientes blancos y fuertes—. Bueno, prefiero no preguntárselo. En cualquier caso, aquellas cartas circularon entre los sacerdotes y patricios aquí en Roma encargados de elegir al nuevo papa, lo que virtualmente garantizó la victoria de Carlisle. Pero estuvo muy cerca, Isabella. Las amigas de Madre, sus chicas, revelaron en dos ocasiones tramas contra la vida de Carlisle. Y una vez tuvo que huir de la ciudad y esconderse en la propiedad de un amigo.
Isabella se estremeció, aunque el aire era cálido. La loba miraba curiosa el jardín a través de sus ojos. Podía sentir la indefensión de la bestia frente a la intriga, la traición y el engaño. Su propio corazón ansiaba la sencillez de lo salvaje.
Tenías hambre, y cazabas. Estabas enfurecido, y luchabas. El amor era un juego de sombras a la luz de la luna, gobernado por la oportunidad y la elección, no por la fuerza o la política. La rendición de todo el ser al placer y el deseo. La hembra es respetada: da vida, es vida. Su cuerpo es un templo. La bestia no usa la fuerza. La poderosa asesina de fuertes tendones, la señora de las horas entre la medianoche y el amanecer, rinde culto en el templo del amor.
—Sí —dijo Tony—. Resulta tentador rechazar el mundo.
Isabella se sobresaltó un poco.
—¿Cómo lo has sabido?
—Supongo que, si yo pudiera hacer lo mismo que tú, también estaría tentado.
—Pareces disfrutar del juego por el juego mismo.
—Sí. Y si eres lista, tú también aprenderás a disfrutarlo. Porque mucho me temo, Lupa, que vas a jugarlo toda tu vida.
—¿Por qué?
—Ese Rey Aro... Los hombres ya empiezan a llamarle Aro el Grande. Yo estuve con él la noche que escribió las cartas que aseguraron la elección de Carlisle como papa. Aquellas cartas fueron escritas en secreto, Isabella. Su hermano vivía todavía. Aro El Grande estaba casado con una princesa lombarda, y su madre favorecía una alianza con los lombardos. Pero Aro El Grande ya estaba preparando el terreno para la actual política franca. —Tony alzó una mano y sus palabras hicieron que la escena cobrase vida ante Isabella—. Estábamos solos en su cámara, aparte del escribiente. Aro no sabe escribir, aunque puede leer bien tres o cuatro idiomas. Teníamos sólo unas pocas velas de junco, y el escribiente se afanaba bajo su luz. Aro se paseaba arriba y abajo, con las manos a la espalda. No sólo debía de haber tenido presente la importancia de aquellas cartas durante mucho tiempo, sino también todas y cada una de las palabras que quería usar, pues el escribiente no tuvo que hacer ni una sola corrección en el pergamino. Y no hablaba sólo con la confianza de un rey, su porte era el de un emperador. Cuando terminó de dictar y el escribiente estaba sellando las cartas que yo debía llevar a Roma, le pregunté cómo podía estar tan seguro de que llevaría sus planes adelante. Me lo explicó muy claramente: "Mi hermano el rey está enfermo, como habrás observado. Será un milagro si sobrevive otro invierno. Los señores francos no apoyarán a su esposa, una mujer extranjera, ni a sus hijos. No contra mí. Y en cuanto a las simpatías de mi madre hacia los lombardos, bueno," dijo con una ligera sonrisa, "es un asunto de familia y me ocuparé de él cuando llegue el momento." Y lo ha hecho, Isabella. Aro, Aro El Grande, va a convertirse en un rey muy poderoso. Tu conexión con su familia se hará todavía más valiosa y más arriesgada para ti. Debes aprender los caminos del poder mundano, o morirás.
Isabella podía sentir los mazazos de su corazón.
—Si no mantienes a la loba enjaulada —dijo Tony, inclinándose y apoyando el puño en la rodilla—, aprende al menos a ser discreta. Ya hay demasiada gente en Roma que lo sabe.
Ella se puso en pie de un salto y miró a Tony, con los puños crispados.
—¡El pastor! No le...
Tony alzó una mano, como para tranquilizarla.
—No, Isabella. Aunque me costó convencer a Madre para que no le eliminase.
Isabella se dio la vuelta, temblando.
—¿Qué es lo que soy, que extiendo la muerte por todas partes?
Tony dejó escapar un bufido de risa.
—Serénate, muchacha. La muerte es parte del juego. Para los grandes y para los humildes. Verás fracaso, derrota y, sí, muerte a tu alrededor mientras vivas. El chico no arriesgó su vida sólo por ti y por mí, sino también por perlas y plata, suficientes para comprar una granja. Tendrá su vida y su granja, me he asegurado de ello. Reserva tus lágrimas y tus reproches para una causa mejor.
La joven se acercó a una de las columnas del porche y se apoyó en ella.
—Cómo te pareces a tu madre.
Tony rió.
—Sí. Pero no sólo soy como mi madre, ya lo descubrirás con el tiempo, soy peor. Pero sécate esas lágrimas, pues esta noche debes estar encantadora.
Isabella cerró los ojos por un instante. Su mente flotaba. Recordó las manos de Edward sobre su cuerpo. Aquello no era amor, pero era algo.
¿Sería lo demás igual de bueno?
La loba emitió un suave sonido de puro deleite, sus deseos estaban muy claros para Isabella. El sol era cálido sobre la cara de la mujer, y brillaba a través de sus pestañas. El aire era fresco, pero las piedras fuera de la ciudad conservarían el calor del sol.
La loba quería tenderse sobre una de ellas y pasar la tarde dormitando allí. Soñaría con la primavera, con torrentes de montaña congelados durante todo el invierno y que se convierten en una riada con el deshielo, con prados donde el delicado aroma de la hierba y las flores que acababan de brotar enloquecían los sentidos hasta el éxtasis. Con valles bañados por el sol donde sólo se oye el canto de los pájaros, que guardan silencio cuando las largas sombras azules del ocaso se convierten en una noche llena de estrellas.
Abrió los ojos y Tony le sonrió. La loba pasó más allá de la mujer. Sintió el frío, pero triste intelecto del hombre. Tony sabía lo que era el mundo, pero no se envanecía de su conocimiento. Y más allá del intelecto ardía la llama de un amor gentil y duradero.
La loba le dio su confianza.
—¿A quién tengo que encantar?
—Primero, saludarás a los hombres que van a ser tu guardia. Te recomiendo que busques en esa alforja llena de oro que te ha dado Edward y hagas un buen regalo a cada uno de ellos: deben saber quién les paga. Un toque de "Me alegra tanto que vosotros, fuertes y guapos hombretones, protejáis mi delicada belleza del peligro" tampoco iría mal.
Isabella sonrió.
—Eso es —dijo Tony—. Reparte esa sonrisa generosamente, y te conseguirá más que el oro. Después, conocerás a Rufus.
—¿Rufus? —Isabella frunció el ceño—. ¿Quién es... ¿El Rufus de Chloe? —preguntó, recordando al fin.
—Sí. ¿Recuerdas a Chloe?
—Claro —susurró Isabella—. ¿Cómo podría olvidarla? ¿Pero cómo es que tú la conoces? Dicen que nunca sale del convento.
—Eres una niña, Isabella —dijo Tony, meneando la cabeza—. Sí, nunca sale del convento, pero tiene un flujo casi constante de visitas. Y con frecuencia se trata de visitantes muy aristocráticos, diría yo. Dulcina y tú habéis recibido su aprobación y su espaldarazo. Dice que te encontró dulce, compasiva, apasionada, ingeniosa y encantadora. Por no mencionar atractiva.
—¿Sólo atractiva? —dijo Isabella, algo decepcionada.
Tony hizo un elegante gesto con la mano, imitando a Chloe:
—Una belleza, querida, que no aturde, sino que atrae. Que no se desvanecerá con el tiempo, sino que aumentará hasta convertirse en una magnífica presencia.
Isabella sonrió e hizo una reverencia.
—Sea como sea —continuó Tony—, su aprobación llegó a oídos de Rufus, y suplica que intercedas por él ante Chloe.
Isabella se apartó de Tony, acercándose a la estatua cubierta de musgo de una muchacha que derramaba agua en el estanque. Una suave brisa agitó la superficie, rompiendo el reflejo del sol en astillas de luz. Una carpa atrapó a un insecto que patinaba entre los reflejos, desapareciendo después en las profundidades con una sacudida de su musculoso cuerpo.
—No servirá de nada —dijo.
—Lo sé, Isabella. Pero no tienes que prometer que Chloe te hará caso, sólo que irás a hablar con ella.
—De acuerdo, iré.
—Muy bien. Las tierras de Rufus están muy cerca de Roma. Hasta ahora se ha mantenido leal al duque lombardo, pero si Madre y yo conseguimos convencerle para que se una a nosotros, Amun no podrá seguir poniendo sitio a Roma. De hecho, quedará aislado y en territorio enemigo. Rufus tiene sus propios hombres, luchadores experimentados y leales a él. No olvides que este jardín puede ser pacífico, pero al otro lado de los muros la ciudad es un caos. Sólo nos protege el miedo de Amun a atacar abiertamente a los francos. Haz cuanto puedas por complacer a Rufus y gánale para nuestra causa.
Ella asintió tristemente.
—El último, por supuesto, es Eleazar.
Los labios de Isabella formaron una estrecha línea.
—Tu madre ha dejado muy claro lo que debo decirle.
—Bien... —Tony bajó la mirada hacia sus rodillas, con una torcida sonrisa, negándose a hacer frente a los ojos en llamas de la joven—. Bien —repitió—. Supongo que cuanto menos se diga será mejor.
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—No hay nada malo en ella —dijo Emmett mientras cabalgaban calle abajo, alejándose de la casa de Esme. Sonaba complacido.
—Lo hay, y mucho —repuso Edward—. Pero no estoy seguro de qué.
—Edward —avisó Emmett—, ya me estás poniendo nervioso.
—¿No te fijaste en ella cuando tocó las joyas?
Emmett se sacudió un poco, y luego recordó que no estaba en su forma peluda. El gesto revelaba extrañeza entre los lobos.
—Te lo diré de otra manera —siguió Edward—. Según todas nuestras referencias, la chica es pobre. ¿Actuó como una mujer normal recibiendo un magnífico regalo?
—No-o-o-o-o, desde luego que no. Parecía suspicaz y un poco reservada.
—Tenía sus razones, el primer collar que le di estaba realmente maldito. Yo nunca he podido soportar su contacto más que unos pocos momentos. Ella debió de ver, como me pasó a mí, el destino fatal de la mujer que lo llevó la primera. La segunda joya perteneció a Jessica.
—¿Qué? —gritó Emmett.
—Jessica.
—¿Esa Jessica?
—No hay otra.
—Era una zorra —dijo Emmett, y un instante después un golpe le hizo caer al suelo.
Se puso en pie de inmediato, buscando el pomo de su espada. Edward detuvo su caballo ante él, de lado, bloqueando su camino. Rió.
—¿Quieres probar tus dientes contra mí, cachorro?
Emmett sacudió la cabeza como si intentase despejarla.
—Nunca te había visto así—dijo, confuso—. ¿Qué te ha hecho esta ciudad? Éramos felices en nuestras montañas ¿Qué he dicho? Y no me digas que vas a empezar a desvariar sobre cómo conociste a Jessica.
—Sí, lo hice.
Emmett fue tras su caballo con un aire de dignidad ofendida.
—No —gritó—. No voy a luchar contigo. Eres demasiado bueno, y no quiero suicidarme. Además —reflexionó, deteniéndose y elevando la mirada hacia Edward—, me dolería casi tanto si ganase como si perdiese. Te he seguido fielmente desde que nos conocimos en aquel bosque irlandés.
Edward vio que había lágrimas en los ojos de su capitán, y suspiró profundamente. Emmett perseguía al caballo trazando un círculo para montar de nuevo. El animal se apartó justo cuando iba a montarle.
—Quieto, maldita sea.
Una pequeña multitud se había reunido para ver el espectáculo, y algunos se burlaban de los esfuerzos de Emmett. Edward se apiadó de él y sujetó la brida de la montura, permitiendo que Emmett se pusiera sobre la silla.
—Muy bien —dijo Emmett envaradamente, de nuevo sobre la silla—. Supongo que crees que insulté a la dama.
—Sí, lo creo. Ella era, como dije, una poderosa reina que nunca fue derrotada en batalla. ¿Pero cómo puedo explicarte un mundo desaparecido hace mucho? ¿Un mundo que era sólo un vago recuerdo en tiempos de tu tatarabuelo? Lo siento, Emmett. Hay momentos en los que odio ser humano, y éste es uno de ellos. Pero no debería hacértelo pagar.
Se alejaron de las ajetreadas calles y entraron en las ruinas vacías. El cielo era de un claro y brillante azul invernal, y el viento soplaba suavemente a través de la desolación verde y parda.
—Nunca pensé —dijo Edward— que sería perseguido por los recuerdos. Tienes razón, Emmett, las montañas son limpias. Allí vagamos libremente y podemos desatar nuestras naturalezas. Aquí, en medio de esta corrupción, encuentro el rostro de la humanidad demasiado real.
—Yo era un hombre, pero de la forma en que lo cuentas, si estás diciendo la verdad... Tú fuiste un lobo primero. —Parecía impresionado. No, peor que impresionado, casi abrumado por la noticia—. Ni siquiera sabía que eso pudiese ocurrir.
—Ocurrió, al menos en mi caso. Nunca he preguntado a los demás. ¿Y tú?
—No —dijo Emmett con voz trémula—. Creo que no quiero saberlo.
—Yo tampoco, y no estoy seguro de si tenía que habértelo dicho. Pero eres el único amigo que he hecho en varios siglos. Y me he sentido... solo.
Emmett guardó silencio un largo momento.
—Todo lobo y nada de hombre —dijo—. Lobo por nacimiento y hombre por elección.
—No, no. No por elección. Llama eligió por mí. Dios, a veces os desprecio, Emmett. No personalmente, sino a toda vuestra especie. Habláis del lobo como un hambriento asesino, pero ¿qué lobo podría igualaros en crueldad y depravación? Como cobardes no tenéis rival, y ningún asesino se acerca a vosotros. Incluso corréis a cuatro patas para encontrar una multitud de amores. Lugares donde meter la verga y jadear de éxtasis. El cambio de forma es para vosotros un nuevo camino de depravación.
Emmett saltó de su caballo y lanzó un pedazo de mármol a Edward.
—Basta —gritó—. Toma esto.
Edward puso fácilmente su caballo fuera del alcance de los proyectiles de Emmett. El capitán se rindió, contemplando jadeante cómo reía Edward.
—Tú crees en eso, pobre inocente. ¿Verdad? Ahora entiendo muchas cosas de ti. Cosas que había visto, pero que no podía comprender. Dios, recuerdo cómo trataste a Marcus. Aquel rey francés, Vulturi, le envió para hacerse cargo del paso. No entendió lo que estaba gobernando —la voz de Emmett se alzó en un grito— pero tú y los demás le tratabais como a un dios. Ahora entiendo por qué. Tienes...
—¿Vas a decir algo de perros? —le interrumpió Edward, con la voz cargada de amenaza.
—Lo estaba pensando.
—Revisa la frase. Di "tengo la ética de un lobo".
La boca de Emmett se quedó seca de pronto. Tragó saliva rápidamente. Edward echó la cabeza hacia atrás, riendo.
—Animales... Los animales no necesitamos ética. No somos corruptos. Sois los humanos quienes la necesitáis.
Emmett agarró las riendas de su caballo.
—No entiendo cómo has vivido tanto tiempo —se quejó mientras volvía a montar.
Edward dejó caer las riendas de su caballo. Se quedó con las manos planas sobre sus muslos, mirando a través de las ruinas cubiertas de vegetación que había ante él.
—Yo mismo no lo entiendo demasiado bien. Recuerdo cuando esta ciudad era muy joven. La Roma eterna, el centro del mundo, lleno de gente. La odiaba, pero pensaba que era invencible. Ahora no encuentro nada donde gobernaban los Césares, donde sus nobles patricios se traicionaban unos a otros y luchaban por el poder. Nada más que viento y silencio. Es una sorpresa, eso es todo.
Emmett se encogió de hombros.
—Los lobos no tienen historia.
—No. Creo que no hay palabras que sirvan para la forma en que nos unimos y encajamos en el mundo. Nosotros resolvimos nuestros acuerdos entre nosotros hace mucho tiempo. Tenemos palabras como lobos... palabras para amar, cazar, luchar y matar. Para nieve, montaña, hierba, fuego y estrella. Para muchas otras cosas, pero no para pecado, corrupción y mal. Todo eso es de invención humana. Cuando cambié por primera vez, mi compañera me las dijo asustada. No volví a cambiar por mucho tiempo, hasta que vi a unas muchachas bañándose en un río.
Emmett silbó entre dientes.
—Es como dicen los sacerdotes: las mujeres y la lujuria son nuestra perdición.
—Considerando cuánto te gustan —dijo Edward secamente— no puedo creer que estés del todo en su contra. Me escondí entre los arbustos y me encontré erecto como un hombre... en ambos sentidos.
—Déjame adivinar: todas huyeron.
—Todas menos una.
—¿Te convertiste en lobo y te la comiste? —preguntó Emmett con una mueca.
—No tenía hambre. Y, además —respondió Edward con una fría mirada—, era un lobo, y los lobos no matamos a aquellos cuyos cuerpos compartimos. Ella estaba a salvo. Pero yo seguía siendo un animal, no había aprendido todavía la crueldad y perversión de los humanos, ni su posesivo carácter. Nuestro acoplamiento fue gentil y a la vez ferozmente apasionado. La dejé en buen estado, durmiendo satisfecha junto a la orilla. Incluso monté guardia cerca en mi estado natural, hasta que su gente, llevando antorchas a causa de la noche, la encontró allí.
—¿Fuiste seducido por el amor humano?
—Sí. Así fui atraído de la inocencia del animal a la profunda tragedia de la humanidad. Pues vuestro amor refleja las paradojas de vuestra especie. En el peor de los casos, una crueldad infligida sin asomo de decencia. Pero en el mejor, una pasión tan dulce que una pobre bestia... gobernada por leyes acordadas por sus ancestros antes del amanecer de los tiempos, no puede entender jamás. Como lobo obedecía las leyes de mi especie. Cuando las transgredí, no supe qué dios me daba el poder de desobedecer así... perdí mi alma. A lo largo de los siglos, Emmett, he intentado huir del humano en el lobo. Incluso he intentado, una o dos veces, escapar del lobo entre los humanos. Pero no puedo hacer ninguna de las dos cosas. Ahora me enfrento a otro dilema. Y mi mente vuelve a las leyes que me gobiernan.
—Piensas demasiado, Edward. ¿Qué dilema?
—Nunca, en todos los siglos que he vivido, se me ha ofrecido un regalo como la loba de plata. La muchacha de la villa llama a mis ingles, pero la loba llama a mi sangre. Por muchas depravaciones que haya sufrido como mujer o como loba, es virgen. Lo sé. Es virgen y está preparada para el fuego íntimo que arde en mí como hombre y como lobo. Sólo yo puedo ser ambas cosas para ella.
—Dios Cristo Jesús —dijo Emmett—. Debes de estar loco. Ni siquiera sabes cómo se llama. Puede que sea una puerca, una ramera. Quizá tenga un marido...
Edward sonrió. No había nada humano en la sonrisa, sólo unos dientes furiosamente desnudos.
—¿Y qué importa eso? ¿Crees que querrá enfrentarse a mí, como hombre o como lobo?
—No —dijo Emmett, mirando la salvaje expresión de Edward—. Yo no lo haría. No, tal y como estás ahora. Demonios, hombre, ¿por qué no las tomas a las dos? Más de un marido, más de un hombre, lo ha hecho.
—Ahí está el problema —dijo Edward con una risa desagradable—, yo no soy un hombre, y no puedo hacerlo. —Cogió las riendas, picó espuelas y se alejó al galope.
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Isabella actuó dócilmente como le habían dicho Tony y Esme.
Saludó a sus hombres, interpretando a la patrona encantadora y dando al papel el toque justo de frágil inocencia. Sonrió bella e inocentemente a cada uno de ellos, ofreció su mano para que la besaran, y pareció sonrojarse.
Preguntó el nombre de cada soldado, y se sorprendió a sí misma al recordarlos todos. Puso fin a su primer encuentro dando a cada uno un anillo o un broche del tesoro regalado por Edward. Cuando los mercenarios salieron de la sala de recepciones de la villa y el último hubo cruzado las cortinas en dirección a la calle, Isabella se volvió hacia Tony, preguntando:
—¿Y bien? ¿Qué tal lo he hecho?
—Maravilloso. Dos o tres de ellos parecían haber sido ensartados por una lanza, y los demás están absolutamente encantados.
Isabella bajó la mirada y acarició el suave lino de su vestido con los dedos. La prenda era, como había dicho Esme, elegantemente engañosa: fino lino egipcio con bordados de plata en el cuello y el dobladillo. Tenía unas mangas largas tan profundamente cortadas que casi arrastraban por el suelo. Bajo él, llevaba una gruesa camisa de seda con mangas largas y ajustadas, y bajo esa camisa una muda de lino sin mangas. El atavío dejaba mucho a la imaginación, y era caluroso.
Al verlo por primera vez, Isabella había gritado:
—¡Cielos, qué gasto!
—Tonterías —había respondido Esme—. Tus hombres deben saber que eres una doncella adecuadamente rica, y modesta. Además, ese Edward es quien paga ahora tus gastos. Creo que no te das cuenta de lo rica que te ha hecho. Llevaba el rescate de un rey en aquellas alforjas. Hay familias enteras en Roma que viven durante años con lo que vale una de esas piezas.
Esme intentó hacer que se pusiera una pesada cadena corporal de oro elaboradamente forjado, diciendo que aquella engorrosa joya era la moda del momento en Bizancio, pero Isabella se mostró poco inclinada a ello. Alice contribuyó con su opinión:
—Es muy feo.
Esme se puso furiosa:
—Feo o no, está de moda, y no voy a ser criticada por la representante de un pueblo que cree que el atuendo apropiado para la corte es una camisa larga para los hombres y corta para las mujeres ceñida por un cinto de cuero. Así que resérvate tu opinión, jovencita.
Tony estaba paralizado por la risa. Cuando se secó los ojos, dijo:
—Madre, en realidad no te importa esa condenada cosa, sólo estás intentando salirte con la tuya. Olvida el arte y deja un poco a la naturaleza.
Esme se giró enfadada, y Isabella salió victoriosa del brazo del Tony.
—Te llevaré a la reunión —dijo él—. Después de todo, soy tu chambelán.
—¿Qué es un chambelán? —preguntó Alice.
—No lo sé, pero estoy segura de que Tony será uno muy bueno.
Una vez finalizada la larga entrevista, Isabella se sentó, temblando un poco y acariciando suavemente el costoso tejido.
—Tony —dijo en voz baja—. ¿Sabes que fuiste el primero en decirme que era bella?
—¿Sí? Bueno, la belleza es otra arma. Aprende a usarla.
Isabella suspiró.
—Estaba pensando en otra cosa.
—Lo sé —dijo Tony—. Olvídalo. Incluso el menor coqueteo sería peligroso para los dos. Llamaré a Rufus.
—No —dijo ella, levantándose—. Al menos hoy quiero salir al aire libre. Llévame a donde está esperando.
Tony sonrió y le ofreció su brazo.
—Vamos, entonces. Es un buen paseo.
Isabella estaba sudando cuando encontraron a Rufus. Había sido un buen paseo, como dijo Tony: bajar un tramo de torcidos escalones de mármol, cruzar un campo bajo el sol, y después subir otra escalera que llevaba a una arboleda de viejos cipreses. Su fresca sombra fue bienvenida.
Por fin llegaron a un laberinto de ruinas más grande que el Foro. Rufus estaba sentado en un banco frente a una pila de losas de mármol que formaban una pequeña colina. Un chorrito de agua desde lo alto formaba pequeñas cataratas que caían en una fuente rota en la base.
Como implicaba su nombre, Rufus era pelirrojo, pero la fiera mata de pelo estaba entreverada de gris, y unas alas grises cubrían sus sienes. La primera impresión de Isabella fue de fealdad, tenía una gran nariz ganchuda y abultada, como si hubiese sido rota varias veces, y la blanca y fina cicatriz de un tajo de espada estropeaba su frente. Tenía una boca ancha y generosa, pómulos altos y mejillas hundidas, acompañadas por la casi delicada palidez que suele acompañar al cabello rojo. Con todo, no parecía el amante romántico capaz de ganarse la devoción de Chloe... hasta que sonrió.
Aquella sonrisa tuvo el mismo efecto que encender una lámpara en una habitación a oscuras.
Vaya, cualquiera le amaría, pensó Isabella al verla.
Se levantó con rapidez, dejando a un lado un papel que había estado leyendo, y se inclinó profundamente sobre la mano de Isabella.
—Mi señora —dijo—, no deberías haber caminado tanto. Yo podía haber ido hasta ti.
—Lo sé —respondió ella—, pero me apetecía salir. —Giró lentamente sobre sí misma, contemplando las pilas de cantería rota a su alrededor. Estaban cubiertas de hierbas, matojos y, aquí y allá, algún pino crecido que luchaba por su espacio—. ¿Qué lugar es éste?
—Impresionante, ¿verdad? —sonrió Rufus—. Se dice que esto, mi encantadora dama, es todo lo que queda de la casa de oro de Nerón, antaño el más famoso y bello palacio del mundo entero. Me gusta venir y pasear por aquí. Pienso en el mundo romano, los viejos tiempos y nuestros nuevos reinos.
—Así pasa la gloria del mundo —citó Tony—. Mis antepasados llevaban la púrpura y coronas de laurel dorado. Gobernaban el mundo, pero nosotros, sus descendientes, debemos pedir humildemente —se inclinó ante Rufus— a los valientes bárbaros que sean nuestros protectores en los malos tiempos.
—Te estás haciendo el gracioso —dijo Rufus con otra de sus contagiosas sonrisas—. Seguramente, tus antepasados sabían más de tejidos hechos en casa que de la púrpura, y estaban más acostumbrados a la aguijada para bueyes que a las coronas de laurel. Y en cuanto a lo de gobernar el mundo, lo más probable es que pasasen sus vidas sirviendo humildemente en las legiones o detrás de un arado. El actual desorden del mundo, aunque lo deploramos profundamente, nos ofreció nuestras oportunidades a ambos. Así que pasemos a los negocios, ¿de acuerdo?
Los labios de Tony se arquearon divertidos.
—Me alegra verte de nuevo, Rufus.
—Lo mismo digo. No sé qué pasó ni por qué, muchacho, pero estoy muy contento de que te encuentres bien otra vez.
Ambos hombres se estrecharon las manos con cordialidad. Rufus se volvió hacia Isabella:
—Dime, ¿cómo está mi querida Chloe?
—¡Oh! —boqueó Isabella. No sabía qué decir, e intentó ganar tiempo. Tiró del cuello de su vestido para enviar un poco de aire a su piel húmeda—. Por favor, necesito sentarme a la sombra unos momentos.
—Por supuesto —dijo Rufus, guiándola hacia el banco—. ¿Quieres una copa de vino? Siempre traigo una buena provisión de comida cuando vengo aquí.
Isabella aceptó la copa de vino, algo de pan y un excelente y cremoso queso blanco. El vino era delicioso, y el queso se extendía sobre el pan como mantequilla.
Isabella se quedó sentada, comiendo, bebiendo y temiendo lo que tendría que decir a Rufus, hasta que él se ladeó y alzó suavemente su barbilla con un dedo.
—¿Tan difícil es, querida?
—Sí —murmuró ella avergonzada a través de un bocado de pan y queso.
Rufus volvió a su asiento, con las manos sobre las rodillas.
—Encantadora —dijo a Tony, que se apoyaba en silencio en el tronco de un pequeño ciprés—. ¿Es siempre tan directa?
—Por lo general, sí. Aún no he tenido tiempo de instruirla en el arte de aparentar que lo promete todo sin comprometerse en realidad a nada.
—Bien, Isabella —continuó Rufus—. Dime al menos si mi adorable Chloe está disfrutando de su pequeño berrinche.
—¿Berrinche? —preguntaron a coro Isabella y Tony.
—Sí, un berrinche. Siempre ha sido muy aficionada a ellos. Tiene un gran temperamento.
—Dios mío, Rufus —dijo Tony—. ¿Llamas berrinche a un retiro de diez años en un convento? Además, se cortó...
—Sé lo que hizo —le interrumpió Rufus, su cara repentinamente en blanco—. No necesito que me lo recuerdes. Pero siempre he creído que si aquel idiota de Maximus, su marido, hubiese mostrado un poco de tacto, un mínimo de sentimientos humanos, Chloe hubiese vuelto a mis brazos en dos semanas. Pero el muy necio no pudo resistir la tentación de provocarla, de enfurecerla. El resto fue una locura.
Isabella se estremeció mientras bebía algo de vino. El sudor se estaba secando sobre su piel, y el hueco entre las ruinas se había vuelto más frío al alargarse las sombras.
—Si fue cruel con ella —dijo—, pagó el precio. Nunca olvidaré la descripción que me hizo Chloe de su muerte empobrecido en las calles, la lluvia cayendo sobre sus ojos abiertos.
Para su sorpresa, Rufus aulló de risa.
—¿Eso te dijo? Oh, vaya, esto no lo había oído.
—¿No es cierto? —preguntó Isabella—. ¿Quieres decir que mintió?
—No del todo —dijo Rufus—. Es verdad que Maximus nunca volvió a ser tan rico después de que nuestra pequeña... digamos sociedad... terminase, pero murió en cama, en su casa. Creo que fue por el hígado: se puso del color de un limón maduro poco antes de morir, o eso dicen. No nos hablábamos por entonces. Sí, creo que su excesiva afición al fruto de la vid acabó con él. No obstante, fuera lo que fuese la causa, no se trató de Chloe, pero no estoy seguro de que ella piense lo mismo. Siempre tendió a dramatizar las cosas... un poquito.
—¿Y qué hay de las rosas?
—¿Rosas? ¡Oh, sí, las rosas! Dime, ¿le alegra recibirlas? ¿Está contenta con ellas?
—¡Ja! Creo que, si dejases de enviárselas, ella saldría por fin.
Rufus meneó la cabeza.
—No, nunca dejaría de enviárselas. No podría hacerlo. Verás, querida, no soporto la idea de humillarla públicamente, o hacerle creer que su amante la ha olvidado y dejado de sufrir. Demasiadas matronas romanas han derramado lágrimas ante nuestra desdicha y contemplado nuestra miseria privada para que yo deje de enviarlas ahora. ¿Cómo podría seguir siendo Chloe una heroína, una figura de tragedia, sin ellas? Te voy a decir un secreto, Isabella: incluso cuando yo muera, las rosas seguirán llegando. Lo hice incluir en mi testamento. Hasta que ella exhale su último suspiro, la rodeará la fragancia de las rosas... en mi nombre.
Isabella dejó cuidadosamente la copa de vino sobre el banco, se puso en pie y se encaró con Rufus.
—Eres tan malo como ella.
—¡Isabella! —le reprendió Tony.
—No —dijo Rufus—. Es cierto, que Dios me perdone. La muchacha tiene razón. Lo soy, con mentiras, rosas, locura y todo, pero... —Se levantó, quedando frente a Isabella—. Soy un hombre feliz. Como piensan los hombres, he tenido una buena parte de las cosas buenas que ofrece la vida: riqueza, diversión, buena salud y placeres. Y no puedo decir que Chloe haya arruinado ninguna de esas cosas para mí. Pero hay algo que me haría más feliz —dijo alzando un dedo.
—Chloe.
Rufus se apartó de Isabella y contempló el camino, como viendo algo que Isabella no pudiese distinguir.
—Si ella viniese ahora por este sendero, nos sentaríamos juntos. Leería para mí a Tácito y Suetonio, y tejeríamos juntos una magnífica fantasía sobre Roma en una época en la que marchaban las legiones. Cuando Nerón vivía aquí en su casa de oro, con la hermosa y condenada emperatriz Popea a su lado. Nos emocionaríamos con historias de oscuros y antiguos crímenes, torturas, intrigas y la inexorable retribución final que llegaría a aquellos fascinantes y dorados pecadores. Y cuando terminase nuestro viaje a través del tiempo, pasearíamos cogidos de la mano hasta un calvero que conozco, donde brilla la luna y la hierba es alta y suave. Había noches en las que hacía que mis hombres dispusiesen un banquete en un prado y calentasen el aire con braseros, para que pudiésemos yacer cada uno en brazos del otro bajo el cielo abierto. Yo lo haría esta noche por ella, y todas las que quisiese. Y nunca nos separaríamos de nuevo.
—Nunca había pensado que el amor fuese eterno —dijo Isabella. Sus propias palabras le parecieron llenas de sorpresa e incluso un poco de miedo—. En ocasiones hasta lo había creído imposible.
Rufus se separó de ella, acercándose a un lecho de varillas de oro iluminadas por el sol de la tarde.
—Por supuesto —dijo—. Todavía eres joven. Había olvidado lo joven que eres. El amor es eterno. He ahí su terror y su belleza definitiva. El amor nunca acaba. La alegría puede agotarse en él, y a veces, incluso el dolor. Pero permanece allí como algo vivo, y te sigue cada momento de tu vida. No pasa un día sin que piense "Ojalá Chloe estuviese aquí para compartir este momento conmigo". Cuéntame un chiste, hazme reír, y desearé poder oír su risa. Pienso en ella en el arrebatador momento de la mañana antes de que el sol cubra las colinas de luz dorada, y al crepúsculo, en ese instante perfecto en que el cielo se llena de matices de púrpura, violeta, rojo y oro. —Rufus se detuvo a la luz del sol, rompiendo ociosamente las polvorientas cabezas de las flores. El sol moribundo hacía que su pelo ardiese como el fuego—. Paseo con ella en primavera, cuando florecen los campos. Sueño que está en mis brazos durante las breves y calurosas noches de verano. En otoño está a mi lado, entre el polvo del heno. Cuando mis arrendatarios llevan la primera gavilla al altar, ella camina coronada con trigo y hojas de otoño a través de los campos brillantes. Es a la vez Démeter y Afrodita. En las frías noches de invierno, cuando las estrellas son tenues luces en el negro cielo de la medianoche y el viento gime en los tejados, me despierto y la busco, y sé que quizá se haya ido para siempre. Porque, Isabella, sé que si el amor es eterno, también lo son la locura, las mentiras y las rosas. Y que puede que ella nunca vuelva.
Isabella se quedó en pie, con los puños crispados; las lágrimas enturbiaban su visión. Rufus se apartó de la luz del sol para ponerse a la sombra del ciprés.
—No puedo prometer que vaya a escucharme —dijo Isabella—, pero iré a verla y te defenderé lo mejor que pueda.
Rufus sonrió, tomando sus puños cerrados en la mano y abriéndolos cuidadosamente.
—No te preocupes por el éxito o el fracaso, querida. Soy un hombre sensato y conozco bien a Chloe. Sólo quiero que le des una excusa.
—Por supuesto —dijo Tony— Una excusa. Algo para salvar lo que le queda de cara.
Rufus dio un respingo.
—Por el amor de Dios, Tony —suplicó Isabella.
Para su sorpresa, Rufus recobró la compostura y soltó una carcajada.
—Tony, ¿cuántos hombres se enamoran realmente de la cara de una mujer? ¿Eso era todo lo que Carmen significaba para ti, una cara bonita?
—Debo recordar no volver a cruzar espadas contigo en el futuro —dijo Tony—. Te has apuntado un tanto aquí... uno muy palpable.
—Me alegra que lo hayas sentido.
—Espero que Chloe acepte la excusa que voy a ofrecerle —dijo Isabella—. Quizá quiera volver, pero no esté segura... de ser bienvenida.
Rufus se llevó a los labios una de las manos de Isabella y la besó.
—Asegúraselo.
—Vamos, Isabella —apremió Tony—. Es tarde, y las sombras se han alargado mucho. Tienes que vestirte para la fiesta de esta noche.
—Mis hombres están cerca —dijo Rufus—. Estas ruinas no son seguras por la noche, algunos de ellos os escoltarán de vuelta a casa de Esme.
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Bueno, bueno… solo quedan tres capítulos más… esto será todo por hoy nenas jajaja
No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
